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CAPÍTULO
III
El teatro en Roma
12.
ORÍGENES Y CONSIDERACIONES PREVIAS
12.1.
LA INEVITABLE COMPARACIÓN CON GRECIA
El
hecho de que, en la mayoría de manuales e historias, el capítulo
sobre el teatro romano siga al griego - ese gran monumento del Ática
-, profundo y tenso en la tragedia, elegante y paródico en
la comedia, ha invitado a un enfoque comparativo entre estas dos
manifestaciones.
De
la comparación ha salido malparado, la más de las
veces, el teatro romano. En algunos casos, la infravaloración
llega casi al desprecio.
Historiadores
hay para los que el teatro romano no es más que una copia,
una mala copia incluso, degenerada,
del teatro griego.
Es posible que tales historiadores y críticos estén
juzgando un hecho cultural sin tener en cuenta ni el tiempo ni el
espacio de recepción y de creación; ni las condiciones
de producción en la sociedad que lo recibe; ni el contexto
sociocultural en el que se inscribe. Estos historiadores es posible
que juzguen dos monumentos dramáticos distintos con
un mismo patrón para concluir sobre el escaso valor
de un teatro que condujo muchas veces a expresiones gestuales pobres
de palabra.
Hecha esta salvedad, pasemos ya a la exposición de los orígenes
del teatro romano.
12.2.
¿ORIGEN ETRUSCO U ORIGEN GRIEGO?
pintura etrusca
En reacción contra los que creen que el teatro romano es
una mera importación del teatro griego están los que
abogan por su origen etrusco.
Se
apoyan para ello en la autoridad de Tito Livio.
Según
este historiador, los romanos, que en el 364 a. de C. sólo
conocían los ludi circenses
(juegos circenses), pudieron contemplar a los judios o actores llegados
de Etruria que danzaban al son de la flauta,
sin texto cantado y sin mimar la acción de una obra.
Hoy
en día, esto no puede sorprendernos lo más mínimo.
Pero sí llamó la atención del historiador romano,
ya que Tito Livio escribe en un momento en el que los ludios romanos,
en sus mimos, están relatando
acciones, traduciendo una historia en imágenes visuales.
A partir de ahí, Tito Livio da pie a suposiciones sobre el
origer etrusco del teatro romano. Sigue contándonos que los
jóvenes romanos, al ver a estos ludios etruscos,
“se
pusieron a imitarlos (en sus danzas, se entiende), lanzándose,
además, entre ellos, burlas en versos improvisados. Había
concordancia entre sus palabras y sus gestos. Así pues,
esta práctica fue adoptada y pasó progresivamente
a formar parte de las costumbres.”
Y no quedó ahí la cosa. En una tercera etapa, los
histriones romanos, dejando aparte los versos improvisados de los
jóvenes, ejecutaban saturae musicales
(poutpurrís) en los que los cantos y los gestos estaban regulados
por un flautista.
El
término saturae dará origen a castellano sátira.
Pero aquí hemos de entenderlo en su acepción latina
primitiva de conjunto de textos cantados y
mimados sin un hilo que les diera unidad argumental o temática
(no en el sentido mordaz e irónico que tomará más
tarde).
Finalmente, y siempre de la mano de Tito Livio, se atribuye a Livio
Andrónico, que entre otras habilidades dominaba
el arte de los histriones, el haber sido el primero que, en el 240
a. de C., si atrevió a sustituir estos poutpurrís
por una pieza de teatro en la que se contaba una historia.
Este relato nos podría hacer pensar que el teatro romano
nace de las danzas etruscas que evolucionan con los jóvenes
romanos y con los histriones, para acabar más tarde ofreciéndonos
obras de estructura argumental con Livio Andrónico.
Pero ¿quién era este Livio Andrónico?
Se trata de un griego trasladado a Roma
a la edad de ocho años luego de la conquista de su ciudad
natal, Tarento, por los ejércitos de la República.
En
Roma, su dueño, Livio Salinator, le ofrece una educación
adecuada a fin de convertirlo en preceptor de sus hijos. Este Livio
Salinator será en dos ocasiones, en 249 y en 236 a. de C.,
jefe de los decemviros, que, como se sabe, tenían a su cargo
la organización de la política cultural de la ciudad.
Pues
bien, en 249, año de los Ludi Tarentini, se le encomendó
a Livio Andrónico el primer poema para ser cantado en estos
juegos.
A partir de ahí Livio Andrónico
se convertirá en el mayor aclimatador de la cultura griega
en Roma, en el traductor al latín del teatro heleno.
El conocimiento perfecto de los dos mundos, así como su práctica
total del teatro, en el que hizo de actor,
de traductor y de autor, lo convirtieron en un eslabón
indispensable.
Livio
Andrónico supo, en consecuencia, adaptar la tragedia griega
al gusto romano: suprimió los coros
originales y los sustituyó por largas intervenciones
líricas para ser cantadas por los actores
convertidos en solistas.
Estos
espectáculos exóticos, que vienen de un país
no latino, debían ir seguidos de breves piezas paródicas
llamadas exodi o salidas representadas
por jóvenes.
Se
trataba de un género que tenía mucho de improvisado,
importado de Campania, del que ya nos ocuparemos más adelante.
Resumiendo:
en los orígenes del teatro romano confluyen
dos vías principales, la etrusca y la griega, cada
una con sus tendencias particulares.
12.3.
EL TEATRO EN EL CONTEXTO DEL «OTIUM» ROMANO
Dos
grandes empresas existen en Roma: la guerra,
con su realización y preparación (censos, entrenamientos
... ), y la política, encargada
de la administración de la Res publica
y del afianzamiento de las conquistas de la guerra.
Es
el tiempo del negotium (literalmente,
no ocio).
Cuando se detiene la guerra y la política se toma un descanso,
la urbe entra en un nuevo tiempo, el del otium.
Fuera
de Roma, el ciudadano en ocio (ocioso) se dedicará a ocupaciones
placenteras (el cultivo lúdico de la tierra,
del aprendizaje, de la amistad...).
En
la urbe, se suele organizar el otium para
la colectividad por voluntad política del Poder o
de la aristocracia.
La
paz romana propicia el marco para la fiesta, centrada principalmente
en los juegos, ludi.
En
ellos se impone el espectáculo, la muestra hecha para ser
admirada, contemplada
de modo entusiasta.
El
concepto de espectáculo lo invade todo
en esta ciudad en la que el ciudadano se convierte en un homo
spectator.
Todo
se organiza espectacularmente:
*
desfiles militares,
* celebraciones de victorias,
* cortejos fúnebres,
* procesiones y juegos.
Estos
últimos se dividen en ludi circenses
y ludi scaenici (juegos
escénicos, entre ellos el teatro).
Los
Juegos circenses, anteriores a los juegos escénicos, ofrecen
carreras de caballos, combates
de animales y exhibiciones atléticas
primordialmente.
Sólo
ya entrado el Imperio asistiremos a combates
de gladiadores. Y sólo durante un tiempo menor se
instaurará la pena de muerte
en la arena a manos del vencedor, o se asistirá al martirio
de los cristianos.
Son
los tiempos del poder colérico de ciertos emperadores sobre
los que reflexionará implícitamente Séneca
en sus tragedias (siglo I).
En este contexto es fácil comprender que el público
romano exija del teatro un espectáculo
visual, plástico, divertido
en la medida de lo posible.
Y
el teatro deriva progresivamente a la pantomima
y que, en el teatro dialogado, especialmente en Plauto,
está siempre presente el gesto,
el mimo, la danza
y el canto.
En esta ciudad, en la que el otium está organizado, los
días de juegos irán progresivamente en aumento con
el paso de los años.
Por
su lado, los juegos escénicos se impondrán
paulatinamente a los juegos circenses.
En
la época republicana nos encontramos con una media de setenta
y siete días (77) de juegos al año, de los cuales
en cincuenta y cinco (55) se programan los escénicos.
Si pensamos que en Atenas las dionisiacas de la ciudad sólo
sumaban diez (10) días de fiesta, y que éstas tenían
un carácter primordialmente religioso, deduciremos que nos
encontramos con dos estilos de vida diferente
y de una organización ciudadana difícilmente comparables.
Con Marco Antonio, el número de días
de juegos se eleva a ciento treinta y cinco (135) anuales.
Y,
en el 354 d. de C. la cifra asciende a ciento setenta y cinco (175
prácticamente la mitad del año), de los cuales ciento
un días (101) se destinan a los juegos escénicos.
Por otro lado, las técnicas visuales
se perfeccionarán a lo largo de estos seis (6) siglos
de teatro romano.
Si,
además, tenemos en cuenta que los cónsules, aristócratas
y, en el Imperio, los propios césares conciben el teatro
-y los ludi en general- como una manifestación
hacia fuera del creciente poder romano y de la salud de su
gestión, podremos imaginar el despliegue y el lujo que en
esta época alcanzan los espectáculos teatrales, de
los que Apuleyo, en el siglo II a. de C., nos deja
algunas impresiones personales.
Con Nerón, incluso el emperador, que hasta ahora se había
contentado con su papel de generoso dador, se ofrece él mismo
como intérprete del espectáculo: escribe sus textos
tragicos y recorre las provincias romanas actuando ante sus súbditos
como actor, deshonroso papel reservado
hasta entonces a los esclavos y libertos.
Pero esta inclinación por lo fastuoso, por las fantasías
escenotécnicas, se encuentra ya muy desarrollada en
el periodo republicano.
Los
amantes de la cultura helénica, los ilustrados romanos, no
podrán por menos de lamentarlo.
Cicerón se preguntará:
1-
¿Qué belleza hay, decidme, en ver desfilar seiscientos
mulos en Clitemnestra, en pasear ante nuestros ojos mil copas
en El caballo de Troya, y en emplear en no sé qué
combate todas las armas de la infantería y de la caballería?
13.
LOS GÉNEROS
13.1.
LA COMEDIA

La
primera comedia romana propiamente dicha enlaza con la griega,
con Menandro en particular, sometida
a los modos autóctonos de representación a los que
ya hemos aludido.
Se
distinguen varios tipos de comedias latinas:
a)
Las comedias paliatas, así
llamadas porque los actores se vestían con el manto griego
o palio. Consecuentes con esta indumentaria, las paliatas solían
poner en escena temas griegos,
tomados de la comedia nueva. Después de Terencio
asistimos al ocaso de este tipo de comedias.
b) Las comedias togadas, que deben
su nombre a la toga romana que los actores usaban en ellas,
ponían en escena temas latinos.
Estas
comedias fueron reemplazadas por las tubernarias
(del latín taberna) que describían oficios y costumbres
populares, y por las farsas atelanas
(de Atella, ciudad de Campania).
Las
atelanas nos presentan una serie de personajes
tipificados en los que algunos han visto el más
claro precedente de la Commedia dell'Arte.
Destaquemos
entre ellos a Maccus, especie de Polichinela; Bucco, el típico
hablador; Pappus, el viejo engañado; Sannio, el payaso;
Dossennus, el cortabolsas...
En
su estructura, la comedia incluye, además del preludio
y de los intermedios musicales:
-
un prólogo, en el que se
implora la benevolencia del público para con el autor.
En Terencio asistiremos más bien a una
especie de debate literario;
- las escenas, en las que debemos distinguir los diálogos
hablados (diverbia); las partes
declamadas o cantadas (cantica)
con acompañamiento de flauta,
y las partes líricas, cantadas
y mimadas;
- los epílogos y exodí
representados por jóvenes aficionados.
Plauto,
al integrar las partes cantadas en la acción, convierte
la comedia en un vodevil (espectáculo con varios números
de acróbatas, cómicos, malabaristas, magos...) o
en una verdadera opereta.
Durante
la interpretación de los cantos, siempre acompañados
por la flauta, el
actor mimaba las palabras del cantor.
En
ocasiones, se trataba de bailes que
cobraban una singular importancia.
El
ejemplo más citado de estos últimos es la danza
de los cocineros y de los esclavos
en la Aulularia de Plauto.
13.2.
EL MIMO
El mimo, que constituía uno de los componentes de la comedia
atelana, como acabamos de ver, fue progresivamente ganando terreno
y acabó, en el siglo I a. de C., por convertirse en el género
cómico de mayor aceptación.
En
realidad, se trata de una farsa mimada,
de un realismo que llega incluso a complacerse
en lo grosero y de mal gusto.
Toma sus contenidos de la vida cotidiana.
Estos
mimos, que se representan sin máscara
y que, para darnos una idea de lo que suponían, podríamos
definirlos como sketches de bufones
acompañados por el canto, serán
sustituidos, al separar el canto de la música, por la pantomima,
con máscaras y vestuario tipificado.
Las
pantomimas tratan tanto de asuntos serios como cómicos, tomados
de la mítología o de la vida real.
El mimo desembocará finalmente en lo
licencioso, que caracterizará al teatro romano decadente
y que desencadenará la indignación de Juvenal:
“Cuando
con gestos lascivos, Batila baila la Leda, Tuccia no puede dominar
sus sentidos; Apula exhala de pronto prolongados suspiros plañideros,
como en el orgasmo; Timele permanece muda de admiración:
todavía joven novicia, Timele se educa en esta escuela.”
No
ha de extrañarnos que Ovidio, en su Ars
amandi, recomiende el teatro a los amantes de aventuras galantes,
«pues que allí se llegan las
mujeres, con sus mejores atuendos, para ver; pero también
para ser vistas».
13.3.
LA TRAGEDIA
Poco
es lo que nos queda de las tragedias de la época republicana.
Sabemos que, junto a la tragedia griega se representaron las tragedias
praetextatae (de praetexta, toga blanca
bordeada de púrpura de los jóvenes patricios,
senadores y magistrados).
Estas
tragedias abordaban temas latinos históricos o de la actualidad.
Junto a estas tragedias hemos de citar las
trabeatae (de trabea, vestimenta de lujo de los caballeros).
Se
trataba de una especie de drama burgués.
Después
de Séneca, la tragedia desaparece prácticamente.
Bajo
la influencia helenística, la tragedia se orientó
hacia un espectáculo próximo a nuestra ópera,
en el que la danza, el canto
y el decorado jugaban un papel preponderante
que, como hemos anotado, rayaba en lo espectacular
y fastuoso.
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