Nota bibliográfica: Cesar
Oliva y Francisco Torres Monreal:
Historia básica del
Arte Escénico, Catedra, Madrid, 1997.
Resto...
ESCÉNICO
(ENFOQUE
DE ESCENOGRAFÍA COMPLETO)
Última
actualización: Lunes 7-mayo-2007
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CAPÍTULO
XI
Prerrománticos
y románticos
En
tres países particularmente se dejó sentir con fuerza,
con violencia incluso, el fenómeno romántico: en Alemania,
en Francia y en España. Alemania fue, sin duda, adelantada
y precursora. Empecemos este capítulo por su dramaturgia.
1.
EL TEATRO ALEMÁN
1. UN POCO DE HISTORIA
Podríamos
decir que, al igual que el Renacimiento se inicia en Italia mucho
antes que en otros países de Europa, el Romanticismo se adelanta
en Alemania más de medio siglo a los movimientos plenamente
románticos franceses y españoles. Por ello, este tema
debemos iniciarlo en el último tercio del siglo XVIII alemán
y prolongarlo por el primer tercio del siglo XIX, etapa en la que
enlaza con los romanticismos vecinos ya citados.
Por otro lado, nos parece justo y oportuno hacer un breve recorrido
por la tradición teatral germana que desemboca en los periodos
que aquí nos ocupan. La escasa organización -aunque
no tanto como se ha venido diciendo- del teatro germano, en los dos
siglos precedentes, se viene achacando tradicionalmente a causas tales
como la falta de centralismo político-cultural; a las presiones
de la ideología luterana; al uso del latín por los escritores...
Digamos, de entrada, que en las provincias alemanas nos encontramos,
desde tiempos inmemoriales, con un intenso cultivo del espectáculo
y de las fiestas populares. Su mejor manifestación está
en los carnavales, famosos aún hoy en día, particularmente
los de Colonia, Lúbeck o Nuremberg. En Nuremberg, precisamente,
surge una figura entrañable que no sería justo echar
en olvido: el zapatero-poeta Hans Sachs (1494-1576), inmortalizado
por Wagner en Los maestros cantores. Cuentan que Sachs llegó
a componer más de dos mil juegos de carnaval, en los que la
farsa pícara se aliaba con los consejos morales.
Durante los siglos XVI y XVII el teatro es alentado en Alemania por
los jesuitas y las compañías inglesas ambulantes. Los
jesuitas, a los que es obligado referirse, cultivaron el teatro en
las provincias en las que el catolicismo no fue destronado por los
luteranos. El teatro se convierte en sus manos en instrumento pedagógico
y propagandístico de la ideología católica. Teatro,
pues, ad majorem Dei gloriam; pero, sin duda alguna, teatro de gran
mérito. En unión con los príncipes católicos,
que ponían a su disposición toda clase de medios técnicos
y económicos, este teatro de escuelas se convirtió en
una manifestación muy digna: por su calidad de juego, por sus
textos y escenografía. Solían representar historias
bíblicas, vidas de santos mártires, pero también
piezas latinas y creaciones costumbristas según el gusto de
la época. Este teatro se hacía en latín, lengua
que no era la habitual del pueblo. Por ello mismo, los encargados
de ordenar la fiesta pensaron que esta dificultad lingüística
debía ser compensada con el propio espectáculo a fin
de que el pueblo se distrajera y siguiera el hilo de la historia.
Para ello desarrollaron considerablemente los elementos visuales:
decorados pintados que cambiaban a la vista del público, vestuarios
de auténtico lujo, accesorios de toda especie; incentivaron
el papel de la música, en competencia con los luteranos, considerando
los llamados interludios musicales como parte integrante y esencial
de la tragedia; prodigaron las sorpresas y los toques efectistas:
incendios, tempestades con sus truenos, relámpagos y rayos,
milagros, apariciones...
Pronto comenzaron, además, a intercalar frases y escenas en
alemán. Es curioso este fenómeno lingüístico
que nos retrae a los inicios del teatro medieval en otros lugares.
Este cultivo del latín en el teatro hasta mediados del siglo
XVIII puede sorprendernos. Pero hemos de recordar que Leibniz, por
ejemplo, escribía normalmente en francés y en latín;
o que Federico II de Prusia usaba el francés en sus cartas
y poemas, con desprecio del alemán, que según decía
empleaba para hablar con sus criados, sus perros y sus caballos.
Tampoco se expresarán en alemán las numerosas compañías
inglesas que deambulan por tierras germanas a partir de finales del
siglo XVI, concretamente a partir de 1592, cuando aparece la primera
de ellas en Frankfurt a las órdenes de Robert Browne. Estas
compañías estaban generalmente dirigidas por un bufón
o clown que solía quedarse, en las representaciones, con la
parte más importante; de ahí que, aunque el repertorio
se nutría de temas y obras del periodo isabelino, especialmente
de Marlowe y de Shakespeare, las representaciones abundaban en bastonazos,
momentos farsescos, bromas y chistes obscenos, peleas... Este bufón-maestro
de ceremonias inglés estaba al corriente de los gustos del
público popular al que se dirigía, así como de
la tendencia germana hacia lo popular y festivo. De modo que las escenas
de horror y de sangre se compensaban con la risa, a veces de sal gorda,
provocada por los clowns ingleses -y algunos comediantes italianos-
que, finalmente, se germanizó en una figura siempre presente
en lo sucesivo: el personaje Hanswurst (etimológicamente, Juan
Salchicha). Este Juan Salchicha recoge la tradición del personaje
cómico medieval que aparecía en el teatro germano por
farsas y misterios. Su importancia fue tal que a él se sometían
las obras y su representación. De ahí que, ya en pleno
siglo XVIII, en el que este socarrón Hanswurst seguía
vivito y coleando, algunos pensaran que para que el teatro alemán
entrase en la época moderna, había que empezar por dar
muerte -con gran dolor de corazón- a Juan Salchicha, o, de
no atreverse a tanto, debían expulsarlo de los territorios
alemanes.
Pero, ¿cómo? Formulado de otro modo -para no tomarla
tanto con el simpático Juan Salchicha-, ¿cómo
acabar con las arlequinadas sin cuento, con las farsas groseras, con
tantas puñaladas que hacían correr la sangre por el
teatro alemán? Goethe pensó que bastaría, para
neutralizarlo, con procurarle un honroso y diplomático matrimonio.
Antes de él, Gottsched, profesor de universidad en Leipzig,
pensó haber dado con la solución: aclimatar en las provincias
alemanas a los franceses Moliére, Racine, Voltaire y, con ellos,
el buen gusto y el decoro en la escena. Así lo pensó
desde su tribuna universitaria, y así lo puso en práctica.
Pero se equivocó, a pesar de haber contado para su proyecto
y montajes con la colaboración de la extraordinaria actriz
Caroline Neuber y con la ayuda de Federico II de Prusia. Todo quedó
en unas ideas razonables expuestas en su monumental obra, La escena
alemana, escrita entre los años 1741 y 1745.
Y es que Gottsched remaba contra corriente. Contra la corriente de
ese sustrato germano que gusta ver mezclados lo vulgar y lo fantástico,
lo lírico y lo dramático, la risa y el llanto... Ese
sustrato colectivo constituía un terreno abonado no sólo
para el inmediato Sturm und Drang, sino incluso para tendencias posteriores:
romanticismo, naturalismo, expresionismo...; ese sustrato explica
la favorable acogida de los ejemplos que el teatro futuro alemán
debía imitar: los isabelinos y el teatro de Calderón,
cuya dramaturgia entusiasmó a Schiller y Goethe y que, más
tarde, Schlegel (1767-1845) propondría como modelo a los románticos
en su Teatro español (1803-1809) y en su Curso de literatura
dramática (1809-1811).
2. EL «STURM UND DRANG»
En
1776, un autor, hoy poco conocido, llamado Friedrich M. Klinger (1752-1831),
escribió una obra titulada Sturm und Drang (Tempestad y pasión).
Estas dos palabras se convirtieron en lema del resurgir dramático
alemán. El Sturm und Drang propugnaba la libertad absoluta
del individuo. De ahí la exaltación del héroe
o del genio creador, y de las pasiones como motor de la actividad
humana. Como es de suponer, rechazaron las clásicas unidades,
propusieron un lenguaje entre lírico y naturalista, escribiendo
en prosa cuando lo juzgaban conveniente.
Se consideran obras representativas de esta tendencia el Gütz
con Berlichingen (1773) de Goethe, su novela Werther, el drama de
SchiIler Die Rjuben (Los bandidos, 1781), y Die soldaten (Los soldados,
1776) de Lenz, que abre, en ciertos aspectos, la tendencia al drama
naturalista en Alemania. Lenz acabaría enfermo de locura, desconocido,
en parte debido a los ataques que le dirigió su rival Goethe.
Goethe
Aunque
en GOETHE (1749-1832), hombre de una inmensa cultura, interesado por
la magia y el ocultismo, cabe entrever en algún momento una
manifiesta inclinación por los clásicos, la parte más
considerable de su producción, y sin duda la mejor, se mueve
en este ambiente prerromántico del Sturm und Drang, participando
plenamente de las ideas de Lessing (ver cap. anterior, 1, 4). Dejándose
llevar de su ímpetu poético compuso obras que resultaban
irrepresentables. El mismo confesaba, a este respecto, que había
escrito «contra el escenario».
Goethe nos interesa también en esta historia por su labor como
administrador teatral. Para entender esta labor hemos de recordar
que el teatro germano era, por tradición, un teatro ambulante.
Se achaca este hecho a la ausencia de una populosa ciudad o capital,
al estilo de Londres o París, capaz de mantener una continuidad
creativa centrada en teatros fijos con compañías permanentes.
También esto era posible en Madrid, sin ser ciudad populosa
en extremo en el siglo XVIII, gracias a ser centro de la vida cultural
y política del país. Ninguna de estas circunstancias
se daba en Alemania. De ahí que el espíritu germano
soñase con la unidad del país en torno a la lengua,
sentimiento plenamente romántico y legítimo (aunque
nunca Goethe podría sospechar que esta tendencia se contaminase
de ideologías mitificadoras de la grandeza teutona ni menos
de los signos totalitarios a que la marcaron en nuestro siglo). Todo
esto se formulaba repetidamente en la necesidad de un teatro nacional.
Hubo distintos brotes aquí y allá a este respecto. Gottsched
ya había gestionado la creación de una Academia germana
al estilo de la francesa, situable en Leipzig.
Goethe se quedó en Weimar, en donde por más de medio
siglo fue consejero del duque, y durante veintiséis años
intentó realizar su sueño en la dirección del
Teatro Ducal. Su labor fue ingente: redactó unas normas sobre
dicción y gesticulación que, aunque hoy en día
nos parezcan ingenuas y anticuadas, debieron de ser muy útiles
a sus actores; elaboró más de cuatro mil programas,
de los cuales un tercio estaba dedicado al teatro lírico; hizo
bocetos de escenografía, etc.
Schiller
En
su teatro de Weimar, Goethe acogió en 1799 a un dramaturgo
de prestigio: Schiller. FRIEDRICH SCHILLER (1759-1805) sabía
muy bien lo que era un teatro, pues en 1782, tras fugarse del ejército,
fue gerente del de Mannheim. Allí escribió su Don Carlos.
A la circunstancia de su estancia en Weimar debe hoy el teatro la
existencia de otras obras: María Estuardo, La doncella de Orleans,
La novia de Mesina y Guillermo Tell, en las que el autor de Los bandidos
(1781) manifiesta su afición por el héroe mítico
o histórico inserto en su contexto social. Schiller anuncia
claramente todas las tendencias del drama romántico europeo.
3. OTROS AUTORES ROMÁNTICOS
El
impulso de Goethe y de Schiller puso en marcha la máquina del
teatro en alemán, que ha seguido a pleno rendimiento hasta
nuestros días. En la época que nos ocupa es justo recordar
a los inmediatos continuadores, apodados románticos por los
historiadores. Mencionemos ante todo al vienés FRANZ GRILLPARZER
(1791-1872) que, en 1817, estrenó su primera obra, La abuela.
Grillparzer era un entusiasta de la dramaturgia calderoniana y obtuvo
su mejor éxito con una adaptación personal de La vida
es sueño.
A caballo entre el XVIII e inicios del XIX se desarrolla la obra de
HEINRICH VON KLEIST (1777-1811), espíritu atormentado y romántico
que algunos han considerado como el padre del drama psicológico
moderno. Hoy, sin embargo, se le sigue recordando menos por sus dramas
que por su fina y divertida comedia titulada Der Zerbrochene Krug
(El cántaro roto).
A ellos hay que unir la figura de GEORG BUCHNER (1813-1837). A pesar
de la brevedad de su vida, entre 1833 y 1837 compuso dos excelentes
obras a las que los directores vuelven con frecuencia la mirada: La
muerte de Danton y lYoyzeck. Con estos últimos autores, especialmente
con Büchner, la escena alemana se adelanta de nuevo al teatro
occidental, marcando el paso del romanticismo al realismo y al naturalismo.
II. EL ROMANTICISMO EN FRANCIA
A final de siglo, exactamente en 1789, Francia ofrece al mundo el
mayor espectáculo de la historia contemporánea:, su
propia revolución, la revolución que cuestionó
las jerarquías políticas y sociales. Fue un drama exaltado,
furioso, con un reparto de multitudes aunque inicialmente muy sencillo
en su trama y en la distribución de papeles. Con un poco de
imaginación escénico-dramática podríamos
reconstruir mentalmente algunos de sus más patéticos
cuadros: las asambleas primeras presididas por un rey que se tambalea
en su trono, en un escenario colosal y con unos vestuarios de ceremonia
que permitían distinguir a los grupos de personajes, los eclesiásticos,
los nobles y el pueblo, que a todo decía que no; o la toma
por las masas de la colosal prisión de la Bastilla, símbolo
de la opresión pasada; o la escena en la que al mismísimo
rey le cortan la cabeza.
¿Cómo podían los artistas ignorar estos hechos?
No fue posible. Así que hubo poetas que escribieron sobre lo
que todo aquello significaba, músicos que con las letras de
los poetas compusieron melodías que todos canturreaban o coreaban;
y pintores e ilustradores que exaltaban las protestas indignadas del
pueblo. No hay duda de que la revolución favoreció el
espíritu romántico; aunque hemos de reconocer que, unos
años más tarde, el neoimperialismo napoleónico
recortase sus libertades. Recordemos que en 1810 se rompieron los
moldes de la primera impresión del libro de Mme. de Staél,
De l'Allemagne, en el que esta prerromántica daba testimonio
de lo conseguido por los alemanes.
El teatro empezó cuestionándose su propia tradición,
con sus personajes encumbrados, su lenguaje magnífico, pero
no siempre accesible, sus rígidas unidades, su decoro, su buen
gusto, su verosimilitud... Un gran actor llamado Talma, indiscutible
autoridad en este final de siglo y en el primer cuarto del XIX, abogará
por reformas profundas, pero sin permitir que el teatro cayese en
lo vulgar y sensiblero. Volveremos sobre Talma. De momento digamos
que Talma y el sector teatral que compartía sus ideas se quedó
en el centro de París, en los principales teatros: la Comédie
Française, que pasó a llamarse Théátre
de la Republique y el Odéon. Secundarios se consideraban otros
teatros: Vaudeville, Variétés, Ambigu-Comique y Gaité.
El nombre de los dos primeros indica claramente su destino. Los dos
últimos estaban exclusivamente consagrados a un género
dramático que hacía furor: el melodrama. Otro teatro
hay que mencionar aún, el Porte Saint-Martin, que en 1809 fue
consagrado como opéra du peuple, una ópera absorbida
por el melodrama.
1. EL MELODRAMA
¿Cómo
ocurrieron en realidad las cosas? ¿Qué modelos teatrales
tenía este melodrama, al que seguirá luego el drama
romántico?
Se ha visto una clara y quizá exagerada relación de
estos géneros con el Sturm und Drang. Refieren algunos en su
apoyo un hecho curioso: el estreno en París de Los bandidos,
de Schiller, en 1782. Esta obra, que por las mismas fechas había
sido prohibida en Inglaterra, sacaba a escena a una doncella, acosada
por un malvado, y a un padre encerrado en una mazmorra; relataba crímenes
sin cuento... No es extraño que la Revolución, muy poco
después, en 1792, nombrara a Schiller ciudadano honorario.
No vamos a negar el parecido del melodrama con la obra de Schiller.
Pero hemos de añadir que, en Francia, el terreno estaba abonado
por otras manifestaciones: las producciones teatrales de Feria, los
primitivos espectáculos de bulevar, las famosas pantomimas
habladas de Audinot, el éxito de algunos dramas sentimentales
del XVIII, así como de la novela sensiblera inglesa y francesa
que muchos devoraban con ansiedad.
La Revolución no podrá por menos de dar su espaldarazo
a un teatro que se denomina teatro del pueblo, de ese pueblo olvidado
por la escena francesa desde finales del teatro medieval. Sus primeros
contenidos halagaban a la Revolución. Recordemos aquel grito
de ¡Guerra a los castillos y paz a las cabañas!, que
todo París coreó, en 179 l, en el melodrama imitado
de Schiller, Robert, capitán de bandidos.
¿Qué ingredientes entraban en el melodrama para suscitar
tal entusiasmo en las clases populares y posteriormente en la burguesía?
Ante todo, su cañamazo narrativo, de estructuras fijas susceptibles
de diversas variantes. Esto, como es lógico, facilitaba su
lectura. En los relatos nos encontramos con el personaje maduro, el
barba, que ha pasado por desgracias sin cuento; con la niña
o muchacha desvalida cuya vida y honra pueden correr graves peligros
a manos del traidor y sus adláteres, hipócritas de la
más baja calaña (pues en el melodrama los malos han
de ser muy malos, y los buenos deben tener un corazón de oro);
naturalmente, no falta el héroe bueno, representado frecuentemente
por un joven caballero, apuesto y valiente, cuya misión será
castigar al traidor y acabar proponiendo el matrimonio a la joven
por él liberada.
Es fácil suponer la carga de emoción y sensiblería
que puede admitir este esquema. Por otro lado, a las peripecias de
la acción se une una exposición en la que se mezclan
las formas más extrañas a fin de distraer al espectador:
drama burgués, paradas, números de circo, danza y música
(etimológicamente, melodrama significar drama con música;
la que abundantemente pudieron ofrecer, en un inicio, los numerosos
cancioneros revolucionarios). Es fácil suponer también
que los autores de melodramas obtuvieron éxitos tan extraordinarios
como faltos de precedentes. Pixérécourt, el más
prolífico de todos, contabilizó mil trescientas treinta
representaciones de su Tekéli (1808); mil quinientas de Celina
(1800), más de mil de Latude (1834)... Parte de este éxito
era debido al arte de un elenco de actores, especializados en el género,
entre los que destacaron Fréderic Lemaitre y Marie Dorval.
La crítica marxista (A. Ubersfeld) reprochará al melodrama
su pronta asimilación por la burguesía: el torturar
a sus víctimas con males y desgracias cuyo origen parece que
se coloca en la naturaleza o en el comportamiento moral de individuos
sin escrúpulos, marginales, en vez de sugerir o marcar las
causas sociales que propiciaban la existencia tanto de las víctimas
como de los verdugos.
Es posible. Pero ello no obsta para que el melodrama ofreciese a su
público momentos de gran emoción en los que, además
de la historia lacrimógena, el «espectáculo era
rey», como se decía. En efecto, a lo ya dicho hay que
añadir un elemento clave y, a veces, hasta protagonista: el
marco de la acción que, en escena, se desarrollaba en extraños
e ingeniosos decorados que solían representar preferentemente
paisajes abruptos, salvajes, intimidantes y misteriosos, de signo
claramente romántico -antes del romanticismo propiamente dicho.
Estos paisajes nos recuerdan los álbumes ilustrados ingleses
de la época. Los pueblan y decoran, según los casos,
puentes carcomidos, ruinas, rocas y refugios practicables, bosques
enmarañados que acogen en su tenebrosa espesura relámpagos,
sonidos siniestros o gritos lastimeros... Hasta qué punto el
paisaje es parte esencial de estas obras puede indicarlo el hecho,
poco usual hasta entonces, de su aparición en muchos títulos,
como si del protagonista de la historia se tratase: El puente del
diablo, La cisterna, Las ruinas de Babilonia...
A pesar de las críticas compasivas y de las prevenciones de
los románticos, ¿sería descabellado decir que
muchos de los hallazgos del romanticismo francés y de la comedia
musical inglesa y americana, así como buena parte de la producción
del cine en nuestro siglo ya están en el melodrama? Volveremos
sobre el tema. Pero, ahora, permítasenos hacer un paréntesis
para recordar a un mítico intérprete francés
cuya actuación recorre estos años, convirtiéndose
en el exponente de una reforma del teatro al margen del melodrama.
2.
FRANÇOIS-JOSEPH TALMA (1763-1826)
El que Talma, considerado como un genio o un dios de la escena por
sus contemporáneos, gozase de la amistad de Danton y de Marat,
o abandonara la Comédie Française para constituir el
Théatre de la République no es lo más significativo
de su carrera. Sí lo es su rigor al exigir un teatro de la
naturalidad, virtual interpretación acosada tanto por el empaque
clásico como por el enfatismo de los melodramas; un teatro
de la autenticidad en todos sus componentes: vestuario, decorados,
gestos, dicción, textos... De ahí que se impusiese a
los dramaturgos y que, consciente de su inmenso prestigio como actor,
no se doblegase ante ninguna directriz o política administrativa.
Para él, la clave del teatro estaba en la acción y en
su expresión en el texto. Por ello, aparte de los clásicos,
rechazó a la mayoría de los dramaturgos de su época
(Pichat, Soumet, Guiraud, el joven Lamartine...) a los que reprochó
sus inútiles perífrasis y ornamentos. Un dramaturgo
gozó de su especial favor, sin duda porque se sometió
incondicionalmente a sus exigencias: Lebrun. Para Talma escribió
Lebrun Le Cid D'Andalourie y una escandalosa adaptación de
María Estuardo de Schiller, entre otras cosas. El escándalo
a que hacemos referencia estaba en el estilo llano adoptado por Lebrun
por exigencia de Talma, quien empleó un término tan
prosaico como mouchoir (que equivaldría a decir en español
moquero por pañuelo). Este estilo y sobre todo el uso de términos
y expresiones «no poéticas» como el que acabamos
de indicar eran intolerables para los críticos de buen gusto.
A la muerte de Talma, Lebrun hizo un fiel retrato de su amigo del
que citamos un extracto:
¿Qué
fue de los consejos que me excitaban, de los avisos que, expresados
la mayoría de las veces por un gesto, una mirada, un movimiento,
por palabras sin orden y sin significación aparentes, se
dejaban oír en mí mejor que las palabras más
claras; salían de un alma tan emocionada, de un conocimiento
tan profundo del arte y de los efectos del teatro y hacían
comprender en un momento todo un carácter, toda una situación...;
con los temas se acaloraba, los veía ya en el teatro, los
representaba antes de redactar un solo verso; se veía en
el escenario, sentía lo que tal o cual personaje debía
decir o hacer en esta o aquella circunstancia, andaba, gritaba,
era arte, naturaleza; se adivinaba, al verlo, una escena entera;
nos hallábamos ante una improvisación sublime; se
podía, por así decirlo, escribir a su dictado.
3. LOS ROMÁNTICOS FRANCESES
Dos
breves escritos conforman principalmente la teoría dramática
romántica, dos escritos que hoy podríamos calificar
de manifiestos: el Prefacio de Cromwell (1827), de Víctor Hugo,
y la Carta de Lord*** (1830), de Alfred de Vigny. Para ellos, la novedad
romántica significa, ante todo, oposición a la tradición
clásica, representada en Francia no sólo por la figura
de Racine -exponente sumo de la llamada por Scribe piéce bien
faite-, sino por la dramaturgia trágica del siglo XVIII, centrada
particularmente en la figura de Voltaire. Estos nombres se verán
reemplazados en la admiración poético-dramática
por Shakespeare y Schiller.
El terreno estaba abonado tanto en lo social como en lo dramático.
Los románticos no podrán disimular enteramente sus simpatías
por el melodrama. Se sabe que Víctor Hugo era, desde niño,
un gran aficionado a este teatro. Por poco que analicemos el drama
romántico descubriremos mil y un elementos melodramáticos.
Pero hay algo más sorprendente: los románticos seleccionaron
a sus actores entre el elenco de los teatros de bulevar. Veían
en ellos la plasmación de sus héroes más que
en los actores del Théátre Français. De ahí
que los nombres de Marie Dorval o de Fréderic Lema3tre -llamado
el Talma de los bulevares- apareciesen en los repartos de Hugo, de
Vigny o de Dumas, hijo. Incluso se escribía para ellos expresamente,
adaptando los personajes y sus caracteres a la personalidad de dichos
actores y a sus modos de representar -en los que abundaban los impulsos
súbitos, los largos parlamentos exaltados, los gestos patéticos,
los gritos, estertores, desmayos...
En el Prefacio de Cromwell, VÍCTOR HUGO (1802-1885) atribuye
al teatro misiones casi redentoras y, en cualquier caso, revoluciona
rías. Vale la pena detenernos un momento en él. Con
visión de cronista iluminado distingue tres grandes periodos
o edades de la historia: los tiempos prehistóricos o tiempos
de la lírica; los tiempos antiguos, o tiempos de la épica;
finalmente, el periodo actual, calificado de esencialmente dramático.
Este último comprende toda la era cristiana y se caracteriza
-de ahí su dramatismo- por el enfrentamiento de fuerzas antagónicas:
el bien contra el mal, el cuerpo contra el espíritu... El teatro
es la forma más adecuada para mostrar, mediante su poesía,
estas tensiones y la vía que lleve a la síntesis de
la realidad social y de la naturaleza. Ahí es nada.
Por otro lado, si el drama debe reflejar la existencia humana, ésta
debe evidenciarse en él con todas sus contradicciones, con
sus mil caras y disfraces: lo sublime puede entonces codearse con
lo grotesco, «como ocurre en la vida y en la creación».
Para mostrar esta realidad, el drama debe cuidar lo que llamaban el
colorlocal a fin de hacer sentir al espectador el espacio y el tiempo
verdaderos de la acción -sus conflictos sociales, sus pasiones,
sus éxtasis y bajezas. De ese color local habrán de
dar cuenta los caracteres auxiliados por la acción, la lengua,
los decorados, los objetos, el vestuario. Todo ello, así como
el deseo manifiesto de marcar sus distancias con el melodrama y con
la comedia burguesa, inclinaron a los románticos por el drama
histórico. Este les permitía la conciliación
de la individualidad del héroe con su mundo social. Seguían
así la vía de sus verdaderos maestros: Shakespeare y
Schiller. De este drama histórico son ejemplos destacables:
Enrique IIIy su Corte de A. Dumas; La mariscala de Ancre de A. de
Vigny; La copa y los labios, así como. Lorenzaccio de A. de
Musset; y, por supuesto, los dramas de Víctor Hugo.
Dos títulos de la producción de Víctor Hugo son
especialmente conocidos, los dos situados en España: Hernani
(1830) y Kuy Blas (1833). En España busca Hugo el barroquismo,
los contrastes más marcados, las pasiones primarias y, todo
hay que decirlo, la diferencia con Francia, el exotismo que tanto
cautiva a los viajeros europeos. Recordemos que en su libro Las orientales
incluye las composiciones ambientadas en España.
En la historia del teatro, el 25 de febrero de 1830 será considerado
como la fecha de la batalla de Hernani. La expectación era
inusitada. En el local del Théátre Frangais iban a enfrentarse
la vieja guardia clásica y la joven guardia romántica.
El dramaturgo había sustituido la claque habitual por jóvenes
buscados en el Barrio Latino por sus amigos de la escuela romántica:
Théophile Gautier, Gé rard de Nerval... Apenas se alzó
el telón comenzaron los insultos y los aplausos. El patio,
favorable, contra los hostiles palcos y galerías superiores.
Esta batalla se repitió durante todas las representaciones
que siguieron, con más fuerza si cabe que en la noche del estreno.
De no haber hecho Víctor Hugo tanto ruido con sus Prefacios
o de haber estrenado en una sala de bulevar, todo habría ido
sobre ruedas. Pero Víctor Hugo y los románticos quisieron
expresamente dar el asalto al Théátre Frangais, templo
de los clásicos. Buscaban abiertamente la pelea.
En aquel caos de gritos y aplausos, nadie llegaba a enterarse
de lo que estaba ocurriendo en el escenario. El dramaturgo había
estructurado los lances y peripecias en cinco actos -casi cuadros-
a los que había dado un título: El 1, El Rey, presentaba
precisamente al Rey Don Carlos (que será nombrado Emperador
Carlos V en el acto IV) en disputa con el proscrito Hernani por
causa de Doña Sol, a la que ambos desean. ¿Dónde?
En casa de Doña Sol, no podía ser en mejor lugar.
Para arreglar la situación serán sorprendidos por
el Duque Ruy Gómez de Silva, tío de Doña
Sol y prometido a ella en matrimonio.
En el acto II -El bandido- el rey cae en manos de Hernani. El
rey rehúsa luchar con él por considerarlo un bandido.
Acto III: El viejo. Día de la boda del Duque con Doña
Sol. Inoportunamente, un peregrino se presenta en el castillo.
Es Hernani que huye de la justicia real. El Duque oculta a Hernani
tras firmar con él un pacto: la cabeza de éste último
estará a disposición del Duque cuando lo requiera.
Acto IV: La tumba. Se trata de la tumba de Carlomagno en Aix-la-Chapelle,
en donde Carlos es nombrado Emperador. Hernani y el Duque son
apresados por los soldados imperiales. Pero Carlos inaugura su
mandato con un gesto magnánimo: perdonar a los conjurados
contra él y unir en matrimonio a Doña Sol con Hernani.
Golpe de efecto: Hernani se despoja de su disfraz: es el noble
Don Juan de Aragón.
Acto V: La boda. En el palacio de Aragón se celebra la
fiesta nupcial. De pronto, el Duque hace sonar el cuerno, señal
de la muerte pactada. Hernani-Don Juan se envenena junto con Doña
Sol. Sobre los cadáveres de los esposos, el Duque se clava
su puñal.
En
Hernani, como podemos ver, se infringen todas las normas. La acción,
que dura varios meses, pasa por Zaragoza, los montes aragoneses, Aix-la-Chapelle...
En ella asistimos a intrigas políticas, que reflejan la historia,
mezcladas con un relato sentimental. Se dan ocultamientos y lances
que más parecen de comedia que de tragedia; el personaje de
Doña Sol pasa de mano en mano y de una boda frustrada a una
boda de luto...
Junto a Víctor Hugo hay que citar, en justicia, el nombre de
ALFRED DE IMUSSET (1810-1857), cultivador de un género dieciochesco
moral y delicioso, adaptado a la sensibilidad romántica: el
proverbio dramático. Los proverbios se basan en juegos de imaginación
que Musset componía sin esperanzas de verlos representados.
Por esas comedias-proverbios desfila un mundo convencional y cortés
compuesto de siluetas amables y de fantoches tiernamente ridículos.
En decorados irreales se dan cita galanteos, celos, melancolías
y gestos de desesperación. En definitiva, una mezcla de verdad
y de fantasía, de ingenio y de sentimiento. Con Musset nace
y muere en Francia la comedia romántica.
Pero Musset es también autor de algunos grandes dramas, como
ya hemos dicho. En particular, Lorenaccio (1834), muy revalorizado
en la actualidad, pasa por ser la obra maestra del teatro romántico
en prosa. En ella se nos da cuenta de cómo Lorenzo de Médicis,
para liberar Florencia de su primo, el tiránico y disoluto
Alejandro, decide atraérselo frecuentando sus mismos ambientes
de depravación. Pero Lorenzo acaba corrompiéndose a
su vez, matando sólo por odio, y dejándose matar. Se
ha dicho que, a través de esta historia magnificada, Musset
proyecta su propia biografía. Una de sus comedias llevaba por
título No hay bromas con el amor (On ne badine pas avec l'amour).
En Lorenzaccio se nos advierte que tampoco proceden las bromas con
el Mal.
Debemos preguntarnos si los románticos franceses consiguieron
sus grandes y desmedidos propósitos, si vieron cumplidas sus
aspiraciones. Max Milner opina que el gran sueño romántico
fue imposible por no haber contado con las condiciones necesarias
para el éxito teatral: inexistencia de tradición escénica
que permitiese a los actores dar con el tono deseado, sin ahogar lo
histórico en las emociones individuales; inadecuación
del público, incapaz de rebasar los conflictos de los personajes
y proyectarlos en la historia y en su historia.
III.
EL ROMANTICISMO EN ESPANA
1. EL AMBIENTE PRERROMÁNTICO
España,
que se ha caracterizado con frecuencia por un ligero retraso en la
aparición de tendencias y movimientos artísticos, puede
justificar ahora la demora en la situación crítica de
una guerra, la de la Independiencia, y en una postguerra caracterizada
por el absolutismo de Fernando VII. Este rey, que reinstauró
la Inquisición, retrasó con sus medidas la aparición
del espíritu romántico que, como es sabido, tenía
un contenido altamente revolucionario.
Tras el Congreso de Viena (1815), la Europa posnapoleónica
asimila la moda romántica, pero con el matiz conservador que
le otorgan las modernas monarquías asentadas sobre el más
puro espíritu tradicional y, aún diríamos hoy,
reaccionario. Pero ni siquiera esa onda atravesó los Pirineos.
Tal era el celo del gobierno del «Deseado».
El término romántico no se utiliza en España
hasta 1818, en que aparece en el periódico madrileño
Crónica científica y literaria. Con anterioridad a esta
fecha se empleaba el término romancesco, palabra con una equivalencia
actual a exótico o extravagante. A lo largo del reinado de
Fernando VII (1813-1833), los románticos no tendrían
demasiada buena prensa. El propio Larra, quizá la personalidad
romántica por antonomasia de nuestra cultura, no acabó
de autocalificarse como tal. Tampoco su obra llegó a los extremos
de su vida.
2. PARADOJAS DEL MOVIMIENTO ROMÁNTICO ESPAÑOL
El
romanticismo español no pasa de ser un movimiento arrebatado,
con apenas quince años de presencia en el teatro; justamente
desde el estreno de Don Álvaro o la fuerza del sino, en 1835,
al de Traidor, inconfeso y mártir, en 1849. Fue un romanticismo
muy leve, pues el movimiento, desde el ímpetu de Klinger, cincuenta
años atrás, habíase amoldado a las modas relajadas
de principios del siglo xix. Algunos detalles en nuestra literatura
nos aclaran definitivamente ese nuevo concepto de romanticismo diluido.
Martínez de la Rosa, uno de los padres de la Constitución
de 1812, miembro del ala ultraliberal de esas Cortes, luchador en
Cádiz por la modernización de nuestro país, era
un autor eminentemente neoclásico. Como sabemos, el neoclasicismo
fue un movimiento caracterizado por la recuperación de viejas
fórmulas del pasado. Tras sufrir cárcel, exilio y destierro
(1823-1831), llega a conocer nuevas ideas vedadas en la península,
y escribe en París una obra como La conjuración de Venecia,
impregnada de espíritu romántico. Su estreno en Madrid,
en 1834, se considera un precedente imprescindible para establecer
la historia del teatro romántico en España. En ese año,
Martínez de la Rosa contaba ya con cuarenta y seis años,
y era presidente del Consejo de Ministros en un gobierno altamente
conservador.
Similar paradoja advertimos en la biografía de Ángel
Saavedra, apasionado combatiente en la Guerra de la Independencia,
en la que cayó herido en la batalla de Ocaña. Fue diputado
durante el trienio liberal y condenado a muerte por sus actividades,
aunque consiguió escapar a Gibraltar y Londres. En su exilio
(1823-1834) conoció el Romanticismo, sobre todo en su estancia
en Malta. Regresó con una primera redacción en prosa
de Don Álvaro o la fuerza del sino, que estrenó en Madrid
en su forma definitiva en 1835, estreno que los historiadores equiparan
al de Hernani, de Víctor Hugo, por la agresividad con que fue
«acogido». El drama entusiasmó, aunque no así
su interpretación. Tenía Saavedra cuarenta y cuatro
años. Para entonces, el dramaturgo había suavizado sus
impulsos juveniles; hereda el ducado de Rivas, al tiempo que llega
a ser embajador, ministro de la Gobernación -en 1836- y director
de la Real Academia. Como Martínez de la Rosa, es un neoclásico
metido un poco a la fuerza en el nuevo estilo, aunque no le podamos
negar la entidad romántica de sus proyectos.
Con anterioridad a Martínez de la Rosa y a Larra, existieron
síntomas de las tendencias románticas en España;
pero no dejaron de ser meros apuntes en géneros literarios
distintos del teatro. En éste imperaba la moda neoclásica,
que de alguna manera atravesará el Romanticismo para seguir
instalada en las adaptaciones españolas de la comedia lacrimosa
francesa decimonónica. Martínez de la Rosa había
escrito una Poética, en 1822, en la que no abandonaba las viejas
ideas de Boileau. Publicada en 1827, fue un fiel modelo de eclecticismo.
También en el exilio parisiense escribió tragedias neoclásicas,
como Aben-Humeya, redactada entre 1827 y 1830. De 1833, un año
antes del estreno de La conjuración de Venecia, es su Edipo,
adaptación de la tragedia de Sófocles. El talante romántico
de Martínez de la Rosa no parece, pues, absoluto. También
el duque de Rivas había cultivado con regularidad la comedia
y la tragedia neoclásicas antes de Don Álvaro. Después,
tampoco se prodigó en dicha tendencia, como lo prueba, entre
otras, el drama fantástico El desengaño en un sueño,
1842, y su discurso de entrada a la Academia.
El romanticismo práctico de Larra se redujo al estreno del
Macíac (1834), ya que sus ideas estéticas, de las que
después hablaremos, mezclaban lo neoclásico con lo romántico,
en un curioso y singular ejercicio de estilo. Fuera de ello, un par
de revistas literarias, y algún que otro gesto en favor del
Romancero, son los detalles precursores del movimiento.
3. CARACTERÍSTICAS GENERALES DEL TEATRO ROMÁNTICO ESPAÑOL
Coincidentes
con los alemanes y franceses en sus grandes directrices, en los románticos
españoles advertimos:
-
Un notorio afán de transgresión que explica esas mezclas
tan evitadas por los neoclásicos: de lo trágico con
lo cómico, de la prosa con el verso, de las burlas con las
veras...
- Abandono de las tres unidades. La acción es tan dinámica
y variada que requiere un constante cambio del espacio, siendo necesario
el devenir del tiempo.
- La complicación de la acción ha de ser explicada
en largas acotaciones que cuentan con precisión sus múltiples
peripecias y sorpresas. Dicha acción se puede mostrar en
cinco jornadas, frente a las tres habituales.
- El nivel temático se sitúa en torno al amor, un
amor imposible y perfectísimo, cuyo telón de fondo
viene conformado por la historia o la leyenda -con frecuencia medieval-,
con claras referencias a motivos del poder injusto.
- Los héroes románticos, de origen misterioso, están
cercanos al mito. Su destino es incierto, pues suelen sucumbir ante
las citadas injusticias políticas. En este sentido, los protagonistas,
que, como los héroes, son apasionados, no tienen otra misión
que la de servir al hombre con su única arma: el amor.
- Los autores utilizan fórmulas dramatúrgicas clásicas,
pese a que la forma sea renovadora. Por ejemplo, la anagnórisis,
con que finalizan no pocos dramas, que suelen reunir un cúmulo
de casualidades que, sólo al final, coinciden desgraciadamente
en el escenario.
- En el terreno de la técnica aparecen modernas funciones
dramatúrgicas en la escenografía. Los espectadores
gozan de nuevos efectos escénicos, gracias a las maquinarias
que se instalan definitivamente en escenarios que reúnen
condiciones para ello: fondos, laterales y, sobre todo, telares,
para poder hacer mutaciones con cierta rapidez. Es el final del
corral de comedias y el principio de los teatros a la italiana.
4.
IDEAS ESCÉNICAS DE LARRA
No basta que haya teatro; no basta que haya poetas; no basta
que haya actores; ninguna de estas tres cosas pueden existir
sin la cooperación de las otras y difícilmente
puede existir la reunión de las tres sin otra cuarta
más importante; es preciso que haya público. Las
cuatro, en fin, dependen en gran parte de la protección
que el gobierno les dispense.
Son
palabras de Mariano José de Larra, que dedicó no pocos
de sus artículos a los problemas que acosaban al teatro. En
dichas palabras podemos resumir la estrecha relación que señala
entre teatro y sociedad, marcando a aquél un cierto carácter
político. Como buen neoclásico, solicita la presencia
de un público culto; de ahí que critique a los gobiernos
el que tengan tímidas políticas en materia teatral.
Como romántico en potencia, requiere la verdad como única
norma preceptiva, ante el acoso de las unidades clásicas. «Cuando
destruidas las antiguas creencias, no se pudo ver en los reyes sino
hombres entronizados y no dioses caídos, no se comprende cómo
pudo subsistir la tragedia heroica aristotélica», dice
en otra de sus críticas.
Su pluma se afila de manera extraordinaria cuando habla de los actores,
a los que reprocha su técnica en exceso anticuada. Les achaca
falta de estudios, nulo conocimiento de la gramática castellana
y del latín, humanidades y bellas letras; que no lean ni conozcan
a los clásicos, ni el medio en el que vivieron. Sólo
saben -según él que si han de hacer de pícaros
pondrán cejas arqueadas, cara pálida, voz ronca, ojos
atravesados, aire misterioso, apartes melodramáticos»;
si de «calavera», que deberán dar «brincos
y zapatetas, carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y
habla ligera»; para los graciosos «estiraré mucho
la pata, daré grandes voces, haré con la cara y el cuerpo
todos los raros virajes y estupendas contorsiones que alcance y saldré
siempre vestido de arlequín». Si no tienen memoria, recurrirán
al apuntador, incluso si no lo oyeran, improvisarán alguna
tontería para que la gente ría. Corto prontuario de
un arte al que tanto aprecia Larra, pues tan necesario es para su
evolución. «Es imprescindible que el actor dé
a su papel aquel color que no pudo con la pluma prestarle el poeta,
y que cree su carácter, copiándole de la sociedad, de
la misma fuente de donde aquél le tomó; para lo cual
es preciso que el actor tenga casi el mismo talento y la misma inspiración
que el poeta, esto es, que sea artista.» Sus palabras bastan
para explicar el cuidado y empeño en tan difícil periodo
como fue el romántico. De la misma manera reclama para el escenario
mejor decoración y más indicadas luces. Habla de una
puesta en escena cada día más necesaria: «Una
comedia no entendida, lánguidamente dicha, sin color y sin
movimiento, es la peor de las comedias por muchas bellezas que encierre.»
Esta u otras voces incitaron a los actores a actualizar su vieja cartilla
de recitadores y a entrar por un arte mucho más complejo y
difícil, en la línea de Talma, del que en España
se tenían noticias. Isidoro Máiquez (1768-1820), en
concreto, recibió del francés una saludable influencia
que, adaptada al estilo español, sería continuada por
otros actores. Máiquez «creó por sí mismo
un nuevo sistema de representación e interpretación
natural, majestuoso y siempre variado, muy distinto en sus manos,
en su gesto, en su voz, del que manejaban Talma en lo trágico
y Clauzel en lo cómico», en palabras de José de
la Revilla -que no invalidan la influencia a que hemos aludido. Pero
sería la inauguración del Real Conservatorio de Música,
en 1830, el primer paso hacia la consolidación de los estudios
del arte de la interpretación. Los mejores actores de la época
prestaron sus esfuerzos en la enseñanza del teatro en el Conservatorio.
Carlos Latorre lo hizo desde 1833. En 1844 estrenaría Don Juan
Tenorio, de Zorrilla, con Bárbara Lamadrid de doña Inés,
actriz entrada en edad para tan singular papel. Quizá fuera
ésta una de las razones del relativo fracaso del famoso drama,
en su primera salida al público. También José
Luna fue profesor del Conservatorio y, al igual que Latorre, pudo
utilizar el «don» delante de su nombre, cosa que ningún
actor había conseguido hasta entonces.
5. UN MITO ROMÁNTICO: DON JUAN TENORIO
Muchos
fueron los héroes románticos que hicieron vibrar a los
espectadores españoles de la primera mitad del siglo XIX, desde
el trovador Macías hasta Don Álvaro, pasando por Ruggiero
(La conjuración de Venecia), Manrique (El trovador), Diego
e Isabel (Los amantes de Teruel) y otros nombres que, generalmente,
mueren en sus imposibles intentos. Pero ninguno se le puede comparar,
al menos en la admiración suscitada, a Don Juan Tenorio.
Se cuenta que fue un amigo quien insinuó a Zorrilla una refundición
de El burlador de Sevilla, pues No hay plazo que no se cumpla ni deuda
que no se pague de Antonio de Zamora empequeñecía la
figura de Don Juan. Zorrilla redactó una obra casi totalmente
original, habida cuenta de los nuevos ingredientes que añadió
a la leyenda, sobre todo en sus elevadas dosis de teatralidad. Ofrecer
a Don Juan en dos momentos de su vida, cortando con cinco significativos
años la tragedia de la muerte de Don Gonzalo con su regreso
a Sevilla, es un acierto sólo atribuible a un hombre de teatro.
Si a ello unimos el sentido de espectáculo que denota el arranque
de la obra (en Carnaval), y los climas de profanación y misterio
de ambas partes, tendremos un producto desigual en versificación,
pero perfecto de construcción dramática. Un producto
que gustó poco en su estreno, ~ que su autor vendió
por cuatro cuartos a un editor. Transcurridos dieciséis años,
otro actor llamado Pedro Delgado la reeestrenó con un éxito
extraordinario. Para entonces, Zorrilla ya no percibiría ningún
beneficio. Este martirio para un autor, de ver que una obra da dinero,
pero que nada le llega a él, hizo que el poeta vallisoletano
aborreciese su Tenorio. Escribió incluso una zarzuela paródica
para que a la gente dejase de interesarle. Vano intento. Durante un
siglo ha sido la obra más representada del teatro español.
Y todo por tener un héroe cargado de elementos románticos;
el mayor de ellos, e! redimir con el amor su condición de burlador,
y el consiguiente perdón divino que dos siglos antes, le había
negado un fraile mercenario o... quién sabe quién.
IV. TÉCNICAS ESCÉNICAS
Las
nuevas técnicas, de las que pudo echar mano el teatro en el
periodo que consideramos, no fueron realmente alarmantes. Vistas retrospectivamente,
se diría que tendían, con su realismo y ansias de veracidad,
a hacer más creíbles los relatos de la historia pasada
o de las leyendas más imposibles.
No es preciso insistir sobre la inadecuación histórica,
en siglos anteriores, del vestuario, el decorado o el mobiliario.
Un recorrido por la pintura del XVIII puede darnos una idea de lo
que podía estar ocurriendo en teatro. La precisión histórica
en el vestuario se impondrá progresivamente en la primera mitad
del siglo XIX. En Francia esto fue protegido por los responsables
culturales de la Revolución y por el actor Talma, quiénes,
además, acudían en su apoyo a la autoridad de Diderot
y de la recordada actriz, Mme. Clairon. En Alemania -y aunque no parezca
que las tendencias del Sturm und Drang fuesen a favorecer esta fidelidad
histórica-, H. Cottfried Koch la exigió para la representación
de sus contemporáneos. Impuso, por ejemplo, que el Gótz
de Goethe vistiese trajes medievales. Parecido fue el comportamiento
en Inglaterra por parte de Planché y de Charles Kemble.
En cuanto al escenario, la innovación principal, no siempre
adoptada, fue la aceptación del medio cajón, en el que
los laterales y el fondo daban la impresión de constituir auténticas
paredes en las que podían practicarse aberturas -ventanas,
puertas. Según parece, también fue idea alemana la de
disponer un techo para sustituir las bambalinas.
La contribución más importante consistió en la
adopción del panorama, importado por primera vez en París
en 1799 por el americano Fulton. El procedimiento, como es sabido,
consistía en un telón de fondo que podía prolongarse
por los laterales curvándose en las esquinas. Proyectando sobre
él con habilidad la iluminación se podían obtener
efectos llamativos de luces y de sombras. Algunos de los motivos pintados
en dicho telón iban, a veces, en relieve, a fin de aumentar
la ilusión de realidad. Esto llamó tanto la atención,
que en Francia se pensó en el estudio de espectáculos
basados en dicho panorama y en sus representaciones. Un edificio,
una vista panorámica, un puerto, una ciudad en lejanía...
Tanta fue la boga del invento que el barón Taylor -un hombre
al que debe mucho el teatro en esta época- fundó en
París el Panorama Dramático con la pretensión
empresarial de renovar el arte de la escena a partir de este elemento.
La breve vida del citado teatro (1822-1823) demuestra que el panorama,
a pesar de su efectismo, era sólo un instrumento y no un constituyente
esencial del arte de la escena.
Otra aportación importante fue el gas. Con él resultaba
fácil regular la ilumínación, interrumpirla,
etc., dosificando a voluntad su entrada por los tubos de caucho que
lo conducían a la sala y a la escena. En algunos teatros permitió
reducir la iluminación de la sala a una suave penumbra para
centrar la atención del espectador en la escena. Pero el uso
del gas entrañaba riesgos, y durante este siglo XIX y hasta
la utilización de la electricidad, se incendiaron más
de cuatrocientos teatros en Europa y América.
En lo que a España se refiere, a principios del siglo XIX todavía
los teatros españoles se alumbraban con candiles, que, amén
de iluminar poco, despedían un olor desagradable que podía
mezclarse, a veces, con el de los orines de los pasillos. Colocados
en el borde del escenario, estos candiles chorreaban hasta la sala.
Las localidades -aposentos, cazuela y lunetas- no eran un dechado
de comodidad. Los empresarios no sabían qué era mejor:
si tener la sala despeada, aunque ganaran menos, o tenerla llena,
con los consiguientes embrollos que ello ocasionaba. Galdós
describe con todo lujo de detalles, en La Corte de Carlos IV, el estreno
de El sí de las niñas, en 1806, insistiendo en la incomodidad
de nuestros teatros a principios de siglo. Eso es lo que encuentran
los románticos, por lo que opinan que los locales han de reformarse
y modernizarse para admitir decoraciones y montajes que era imposible
meter en los viejos corrales.
TEXTOS
¡Abajo
las poéticas!
Digámoslo
sin temor alguno. No dejaría de resultar extraño que
en esta época nuestra, la libertad, como la luz, penetrara
por doquier excepto en lo que es por naturaleza lo más libre
de todo: las cosas del espíritu. ¡Derribemos las teorías,
las poéticas, los sistemas! ¡Abajo con ese viejo enlucido
que enmascara la fachada del arte! ¡No más reglas ni
modelos!, o, mejor, ¡no más reglas que las leyes generales
de la Naturaleza -que planea sobre el arte todo- y las leyes especiales
que, en cada composición, resulten de las condiciones propias
de cada tema! Las primeras son eternas, interiores, de ahí
su permanencia; las segundas variables, exteriores, por lo que sólo
sirven una vez. Las primeras constituyen el armazón que sostiene
el edificio; las segundas los andamios que sirven para construir,
pero que es preciso rehacer a cada nuevo edificio. Constituyen éstas
la osamenta, aquéllas el ropaje del drama (...).
El poeta -hemos de insistir sobre este punto- sólo debe dejarse
aconsejar por la naturaleza, por la verdad y por la inspiración
-que es también una verdad y una naturaleza. «Quando
he», que dice Lope de Vega:
Quando he de escribir una comedia
encierro los preceptos con seis llaves (...)
Si
dispusiéramos de la facultad de decir cuál había
de ser, para nuestro gusto, el estilo del drama, querríamos
para él un verso libre, franco, leal, que se atreviese a decirlo
todo sin gazmoñería, a expresarlo todo sin rebuscamientos;
que pasase de modo natural de la comedia a la tragedia, de lo sublime
a lo grotesco; positivo o poético, siempre artista e inspirado,
profundo y repentino, amplio y verdadero; que a propósito supiera
romper y desplazar la cesura para enmascarar la monotonía del
alejandrino; más amigo del encabalgamiento que dilata que de
la inversión que todo lo enmaraña (...); inagotable
en la variedad de sus giros, inalcanzable en los secretos de la elegancia
y la factura; que adopte, como Proteo, mil formas sin cambiar de modelo
ni de carácter; que huya de la tirada; que se realice en el
diálogo; que siempre ande oculto tras el personaje...
(VICTOR HUGO, Prefacio de Cromwell,1827.)
Al
arte toca dar a una acción sola
la debida extensión y el propio enlace,
sin que desnuda y lánguida aparezca,
ni en su oscuro artificio se embarace:
para el drama nacida,
parezca que ella misma de buen grado
llena y completa la cabal medida;
y en su propia importancia, a su grandeza
consigo lleve su mayor belleza.
(MARTÍNEZ
DE LA ROSA, Poética.)
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CAPÍTULO
XII
De
la ópera al teatro simbolista
I. LA ÓPERA
1. NACIMIENTO
La
ópera nace en Italia en el siglo XVII. Este hecho hace justicia
a un país que, desde el teatro antiguo romano, pasando por
la Edad Media y el Renacimiento, marca la pauta en Europa, entre otras
innovaciones: por el uso de la música y el canto en el espectáculo,
por las investigaciones escenográficas, por la cultura de sus
magnates y mecenas que al buen gusto unen el deseo de ostentación
y lujo como demostraciones de poder. Por ello, la ópera constituye
en sus orígenes un espectáculo principesco, para un
público distinguido. La primera ópera, como tal considerada,
fue estrenada el 6 de octubre de 1600, día de la boda de María
de Médicis con Enrique IV, en Florencia. Su título fue
Eurídice, un mito que hará fortuna en el teatro lírico,
y su autor, Jacopo Peri.
Antes de pasar adelante convendría definir, en sus rasgos más
sobresalientes, este nuevo género. Se trata de un teatro de
gran espectáculo cuyo componente esencial, de principio a fin,
es el canto, acompañado por la orquesta. En la ópera
la acción se expone en los diálogos y solos cantados,
y transcurre en el marco de una escenografía de lujo. El coro
aparece también en este género, en intervenciones polifónicas,
solemnes; en momentos de danza... Difiere bastante, pues, del primitivo
coro de las tragedias 'griegas.
Podríamos desarrollar algunos de sus aspectos o plantearnos
algunas interrogantes. Por ejemplo: ¿no queda la ópera
fuera del espectáculo dramático, para convertirse con
frecuencia en un concierto escenificado? ¿No es la ópera
un espectáculo elitista, para minorías? Parece que algo
de todo esto existe en la realidad. Sólo en Italia la ópera
contó con un público fiel desde sus inicios. Pero, como
veremos, este género se ha ido acercando, gracias al esfuerzo
de modernos directores escénicos, al teatro dramático.
En la actualidad cuenta con un número cada vez mayor de adeptos
en todas partes.
2. COMPONENTES PRINCIPALES
La
escenografía
La
ópera lleva al grado máximo de su desarrollo las invenciones
de las que el artesano y el artista del teatro han hecho gala, desde
el theologion, o cielo de los griegos, hasta los ingenios renacentistas,
pasando por el teatro medieval con sus originales Misterios. Este
lujo se evidencia en los telones de terciopelo, en los grandes decorados
pintados, en el desarrollo de maquinarias que permiten hazañas
tales como representar un cielo poblado de ángeles, desplazar
nubes y dragones, convertir el mar en un prado de flores, sorprendernos
con cavernas en llamas que figuran las mansiones infernales... Desde
el principio destacó por su inventiva en estas artes Bernardo
Buontalenti, especializado en diversos juegos de agua, inundaciones,
travesías de barcos y los más sorprendentes cambios
a la vista del espectador: un fantasma que abre los brazos para dejarnos
ver todo un palacio, soldados que plantan sus lanzas, las cuales se
transforman en surtidores y árboles que conforman un bello
jardín... Estos cambios se operaban por rotación de
prismas triangulares colocados en los laterales de la escena, desplazamientos
de telones, etc.
En el escenario, sin embargo, la perspectiva de los decorados se avenía
mal con los personajes. Desde el momento en que el actor entraba por
ellos o se aproximaba al telón de fondo, se echaba de ver el
contraste ridículo de las mansiones y paisajes con su figura.
Se dice que era ésta una de las razones por las que los solistas
solían avanzar hasta el proscenio, particularmente en sus momentos
de lucimiento.
Vestuarios
En
principio no solían atenerse al criterio de fidelidad a la
realidad o a la época, pues ello habría ido, en muchos
casos, contra el boato y el lujo que la ópera debía
mostrar. Por otro lado, los anacronismos en el vestuario no son infrecuentes
en la pintura posrenacentista y barroca de los grandes maestros, como
tampoco lo son los referidos a los ambientes naturales o arquitectónicos.
Por su lado, los accesorios y los muebles son menos usuales en este
género.
Iluminación
En
este punto se limitan a perfeccionar los inventos de Serlio y de Sabbatini,
de los que ya hemos hablado al tratar del Renacimiento italiano, a
fin de hacer visible el lujo escénico y crear ambientes de
magia y de misterio. En 1822 tuvo lugar un acontecimiento capital
en la Opera de París: la iluminación por gas, al que
ya nos hemos referido al término del capítulo anterior.
Se utilizó por primera vez en el estreno de la obra Aladino
o la lámpara maravillosa, de Isouard. Finalmente, en 1849,
con El Profeta, de Meyerbeer, se empleará, por primera vez,
la luz eléctrica en escena. No es necesario insistir sobre
los mil efectos que este medio ponía en manos de directores
y escenógrafos.
Interpretación
Los
cantantes-actores constituyen el componente más delicado y
controvertido del espectáculo. Ante todo han de tener buenas
dotes musicales, pero deben poseer también genio interpretativo,
pues representan a unos personajes. Aunque, desde un principio, los
compositores advierten que el cantor no debe olvidarse del actor,
hemos de confesar que, en la ópera, primó ante todo
el canto y el marco escenográfico. Dicho de otro modo, la música
era el objeto del espectáculo, mientras que el drama constituía
sólo su medio o marco argumental. No al revés. Por otro
lado, el acompañamiento de la orquesta, la intervención
del coro, el tono agudo de las sopranos, hacían difícil
el seguimiento del texto, incluso para los espectadores que comprendían
el idioma en que el texto estaba escrito. Advirtamos que las mujeres
empiezan a convertirse en virtuosas del nuevo arte a finales del siglo
XVII, aunque esto no hizo que desapareciesen de inmediato los numerosos
castrados que, habitualmente, eran los destinados a los papeles femeninos.
Por su lado, los autores seguían abrigando inicialmente la
ilusión de ser seguidos por el público. Para salvar
los escollos aquí señalados, el texto de la representación
podía ser adquirido por los espectadores a la entrada del teatro
y seguido con la ayuda de pequeñas velas o cerini. Todas estas
incomodidades hacen que el público, que puede quedarse mudo
de admiración ante las magnificencias del arte visual y el
deleite del bel canto, también se distraiga cuando éste
se hace monótono, hable con su vecino, se entrometa con los
intérpretes, se mueva por la sala... Por su parte, los solistas
llegaban a pavonearse de sus interpretaciones; acudían, al
término de las mismas a saludar a los amigos... Todo esto nos
hará sin duda recordar al público las comedias de Plauto
y de Terencio.
Teatros
Este
género necesitaba de espacios apropiados, por lo que pronto
se echó de ver la conveniencia de disponer de teatros dedicados
exclusivamente a él. El primero de ellos no se hizo esperar.
Fue construido en 1637 en Venecia. Pero fue tan frecuentado que a
final de siglo ya contaba esta ciudad con dieciséis teatros
de ópera. No hay que decir que a Venecia no tardaron en sumarse
de inmediato Roma, Florencia y otras ciudades italianas.
3. LA ÓPERA EN EUROPA: EXPANSIÓN Y EVOLUCIÓN.
LA ÓPERA BUFA
Pronto
prendió por toda Europa la ópera italiana. Era lógico
que, bajo la tutela de Mazarino, se la favoreciese en Francia. Cuando,
en 1647, Luigi Rossi representó su Orfeo en París, dejó
admirado al público francés con sus efectos y portentos.
Durante el reinado de Luis XIV, los italianos fueron los maestros
de ceremonias en la Corte francesa. Ellos organizaban los cortejos,
las parades, las comedias-ballets. Pero pronto, los franceses pasaron
de discípulos a maestros, con la pretensión incluso
de competir (Mansart, Boucher, Rameau...) con los propios italianos.
Hay algo todavía más destacable. Los franceses fueron
los creadores, en el siglo XVIII, de un subgénero operístico
conocido como ópera bufa. Sus precedentes habría que
buscarlos en la propia tradición francesa, en sus comedias
con cantos y sus recitales juglarescos. Recordemos el fuego de Robín
y de Marión, del siglo XIII, conceptuado como un precedente
de la opereta. En realidad, la ópera bufa es, finalmente, una
comedia con cantos, ideada por los artistas de las ferias de Saint
Laurent y de Saint Germain, en París, que eran un poco de todo:
recitadores, cómicos, marionetistas y saltimbanquis. En los
ambientes serios -Opera de París, Comédie Française-
se creía que estos feriantes pretendían poner en ridículo
tanto la ópera como la comedia. En consecuencia, estas instituciones
echaron mano de su fuerza y de sus influencias, entre las que contaban
con la del propio rey, para prohibir el espectáculo de los
feriantes.
Sin
duda, el nacimiento de esta ópera bufa parisiense constituye
una de las anécdotas más curiosas de la historia del
teatro. Vale por ello la pena contarla en sus principales momentos.
A los artistas cómicos de feria se les prohibió primero
el diálogo en escena, permitiéndoseles el monólogo
como forma suficiente para exponer lo que ya venían haciendo
anteriormente. Esta prohibición dio origen a diversas astucias
para burlarla: que un actor respondiera entre bastidores dejando el
escenario a su interlocutor, quien, a su vez, se ocultaba al término
de su réplica para dejar salir al primero..., dando lugar con
este juego a gags de gran comicidad. Como tantas otras veces en la
historia del teatro, las prohibiciones y censuras provocaban invenciones
formales y estructurales que enriquecían el arte de la representación.
Pues bien, ante estas burlas por respuesta, el consejo del rey prohibió
entonces a los foráneos el uso de la palabra y, por su parte,
la Real Academia de la Música les prohibió que cantasen.
Sólo les quedaba la música instrumental y el mimo. Y
pensaron, antes de claudicar, en presentar al público el texto
escrito en paneles de uno o dos metros. Con esto el público
seguía, mal que bien, la historia contada, se divertía
y acababa cantando, al son de la música, las canciones que
astutamente se presentaban en los paneles.
A1 igual que en Francia, en Alemania e Inglaterra la ópera
se inicia bajo el consejo y la imitación de los italianos.
A lo largo del siglo XIX, la ópera irá evolucionando
por vías diversas, antes de aproximarse a ese espectáculo
total que pretende ser con Wagner.
Una de las preocupaciones mayores de los autores era la de dar con
los cantantes-actores adecuados. Para Mozart, la interpretación
debía ser verdadera; el cantante debía transmitir, a
través de la voz, la expresión, el sentimiento, el tono,
la tensión de lo que dice el texto, pues las melodías
han sido compuestas precisamente de acuerdo con tal texto.
Otro cambio podría estar en la elección de temas y argumentos.
Poco a poco vemos cómo los temas mitológicos griegos
dejan paso a historias más recientes, ubicadas en Oriente,
en España o en los propios lugares de la creación. Recordemos
algunos títulos de Mozart: Don Juan, Las bodas de Fígaro,
El rapto del serrallo, La flauta mágica... Con los románticos,
en el siglo XIX, la temática se hace más variada, al
tiempo que la escenografía se puebla de cascadas, ruinas, bosques,
ambientes góticos. Los argumentos se toman de grandes obras
dramáticas, entre las que no faltan los dramas de Shakespeare;
de la Biblia, de la historia romana. Algunos títulos lo ratifican:
Otelo, Macbeth, Aida, Nabuco, Don Carlos, de Verdi; Guillermo Tell,
La italiana en Argel, El barbero de Sevilla, de Rossini; Norma, de
Bellini; Don Quijote, Manon, de Massenet; Romeo y Julieta, de Berlioz;
El profeta, de Meyerbeer; Fausto, de Gounod...
4.
Y LLEGÓ WAGNER
Wagner
fue un autor exigente hasta el máximo consigo mismo, en primer
lugar, y con los demás, en segundo término. Particularmente,
con los cantantes. Al tiempo que grandes intérpretes debían
éstos ser grandes actores, sobrepasando a los del drama o de
la comedia. Y con razón, pues dada la larga duración
del canto, el actor de ópera debe contener el gesto; administrar
con medida los movimientos; reflejar el impacto de las réplicas
de sus interlocutores o del coro. No hay que decir que Wagner prohibió
radicalmente todos los guiños de connivencia entre cantores
y público (no se debía, según él, lanzar
la voz a la sala; había que acompasar los recitativos al mismo
ritmo que el canto...).
Como modelo de su gran teatro lírico tomó sin dudarlo
al teatro griego. En la tragedia griega encontró cuanto andaba
buscando: Una mitología que explicaba la propia identidad de
un pueblo; una concepción religiosa y poética del espectáculo;
una perfecta estructura dramática; una adecuada combinación
de ciertos lenguajes escénicos. Clarividente a partir de esos
principios, Wagner, que lo es todo -músico, poeta, dramaturgo,
director-, emprende la reforma de la ópera. El romántico
francés, Gérard de Nerval, que acudió a Weimar,
el 25 de agosto de 1850, al estreno de Lohengrin, nos aclara certeramente:
«El carácter de este poema imprime a la obra la forma
de un drama lírico más que el de una ópera.»
Esta afirmación apunta al fondo del problema. Wagner quiere
recuperar el drama, sin que éste se diluya en voces, arias,
danzas, coros y demás componentes del espectáculo. Partirá
de un mito o leyenda. La música, la pintura, la poesía
deben servir a esa leyenda, juntas o por separado, según convenga
para el mayor esplendor de la exposición dramática.
De este modo, Wagner pensaba que lo que hicieron los griegos se podía
hacer también en la Europa de XIX, buscando en sus mitos las
raíces de su identidad, de su conformación religiosa
y cultural. Los dioses antiguos se verán reemplazados, en algún
momento rodeados, por las divinidades nórdicas o por los héroes
de las leyendas cristianas de la Edad Media: Tanhaüser, Lohengrin,
la tetralogía El oro del Rhin, Parsifal, .Sigfrido...
II.
SIMBOLISMO Y TEATRO TOTAL
1.
Los INICIOS
Resulta
del todo imposible e inadecuado estudiar el teatro simbolista separándolo
del movimiento artístico global en el que se produce. El simbolismo
conecta, a este respecto, con tres predecesores de talla: Hegel, en
el terreno de la intuición pensante; Baudelaire, en el redescubrimiento
de las correspondencias de todos los seres, cosas y sensaciones que
el hombre encuentra en su caminar; Wagner, en el intento de reunión
de todas las formas de la expresión artística en un
espectáculo total capaz de despertar en el espectador modos
y ámbitos de percepción muchas veces dormidos. (Por
estas razones, aunque el simbolismo pueda explicarse en sus inicios
como una reacción contra el naturalismo, o como un cansancio
del detallismo realista -como veremos en el próximo capítulo-,
nos ha parecido adecuado presentarlo aquí, en este momento.)
Aunque bastante de lo que hicieron los simbolistas, tanto en el teatro
como en otros campos artísticos -música, poesía,
pintura, narrativa- haya dejado de interesar en la actualidad, hay
también que decir que otra gran parte de dicha producción
sigue aún vigente a finales del siglo XX. Por otro lado, este
movimiento ha sido de capital importancia en el arte de nuestro siglo,
particularmente en la mayoría de las tentativas de corte vanguardista,
empezando por los propios superrealistas. De los artistas simbolistas
-belgas y franceses en su mayoría- hemos de citar a los dramaturgos
y poetas Mallarmé, Villiers de 1'Isle Adam, Edouard Dujardin,
Josephin Péladan, Maurice Maeterlinck, Saint-Paul Roux, Elemir
Bourges, Paul Claudel, Francis James. Si los románticos franceses,
en contra de la opinión general del público, se entusiasmaron
con Wagner, Baudelaire fue el verdadero intermediario entre el compositor
y los simbolistas. Bajo la protección del maestro lograron
fundar éstos en París, en febrero de 1885, la Révue
wagnérienne. Esta revista, junto con la Révue indépendante
que le sobrevivirá a partir de 1888, tuvo el mérito,
aparte de exponer y comentar la obra del músico alemán,
de aunar y dar forma a las tentativas e intuiciones del movimiento
simbolista.
2. CARACTERÍSTICAS
Como
características más importantes del simbolismo podemos
señalar:
-
La búsqueda de la Idea por el Hombre, por medio de la intuición
y de la meditación. No se tomará como modelo, como ha
hecho el arte realista o impresionista, la cosa en su objetividad
externa. Hay que penetrar más en lo profundo. Hay que buscar
en la mente, en el espíritu, a través de la cultura,
de la mitología y de la historia, las ideas y las imágenes
capaces de expresar al hombre en su totalidad. El simbolismo es un
modo de conocimiento que antepone el Espíritu a la materia.
En el principio fue el Espíritu, que dirá Dujardin,
en la línea de Hegel. De ahí que se interprete también
como una reacción contra el realismo-naturalismo de signo materialista,
del que es su contemporáneo, particularmente contra Zola.
- Pero para expresar artísticamente la Idea, necesitará
del auxilio de la materia. En este punto, los simbolistas adoptan
dos caminos distintos: el de la depuración y aquilatamiento
de los medios expresivos, aun forzando su sintaxis y sus relaciones
semánticas, o bien el de la prolijidad o acumulación
en la obra dramática de símbolos y lenguajes. Mallarmé
optó por la primera vía, ofreciéndonos sólo
breves esbozos dramáticos: Herodías, La siesta de un
fauno. La vía de la prolijidad y de un cierto barroquismo decadente
fue la más seguida, a imitación de lo que en pintura
legendaria y ornamental hacía Gustave Moreau.
- Preferencia por los relatos míticos, por las leyendas, antes
que por la historia. El mito, aparte su interpretación como
ejemplo y símbolo, es más maleable. La historia es más
rígida. Cuando los simbolistas acuden a la historia es para
mitificarla, aunque para ello sea preciso echar mano de todo tipo
de libertades con ella. Así ocurre con todo el teatro de Claudel
de signo «histórico».
- La búsqueda de lo simbólico se confunde, en muchas
ocasiones, con la búsqueda de lo trascendente, de lo oscuro
y muy en particular de ciertos temas obsesivos (el más obsesivo
de todos ellos, y el más teatral sin duda, será el de
la Muerte). Ello explica que los dramaturgos simbolistas sean unos
estudiosos de los fenómenos mágicos, esotéricos,
religiosos. Más que de religión cabría hablar
de teosofía o de gnosis mística, tal como la explica
Edouard Schuré en su libro Los grandes iniciados, de 1889,
que fue ávidamente leído por algunos dramaturgos simbolistas.
Entresacamos esta cita:
La gnosis o mística racional de todos los tiempos es el arte
de encontrar a Dios en uno mismo, desarrollando las profundidades
ocultas, las facultades latentes de la conciencia (...). Las perspectivas
que se abren en el umbral de la teosofía son inmensas, sobre
todo si se las compara con el horizonte estrecho y desolador en que
el materialismo encierra al hombre o con las propuestas infantiles
e inaceptables de la teología clerical. Al percibirlas por
primera vez se experimenta el deslumbramiento de lo infinito. Los
abismos del inconsciente se abren en nosotros mismos, nos muestran
las simas de donde salimos, las alturas de vértigo a las que
aspiramos.
- Finalmente, este teatro no puede dejar de ser, de principio a fin,
un teatro poético; lo que no quiere decir -adviértase
bien un teatro en verso. Sólo la poesía puede ser el
vehículo adecuado para mostrar el arte y sus símbolos,
y sólo así puede la palabra conjugarse con las otras
artes del espectáculo. La práctica de la escritura poética
intensa despierta en el poeta-dramaturgo sus percepciones inconscientes,
como ha demostrado el psicoanálisis. Esta escritura está
muy cerca del onirismo, de las fantasías de los sueños,
procedimiento argumental o temático al que acuden frecuentemente
los dramaturgos simbolistas. Pero muchas veces, la palabra, incluso
la palabra más poética, traiciona los impulsos del escritor;
no por su faz material significante, que puede ser origen de sugerencias
de música y sonido, sino por su significado conceptual limitador.
Privada de lo conceptual, la música ha podido conservar la
magia de piezas simbolistas hoy olvidadas: Preludio a la siesta de
un fauno, de Claude Debussy, sobre la citada obra de Mallarmé;
Peleas y Melisenda, del mismo Debussy, sobre la obra de Maeterlinck;
la ópera de Richard Strauss sobre la obra de Hofmannsthal La
Muerte y el Loco; las múltiples composiciones orquestales de
Erik Satie, D. Milhaud, de Honneger sobre piezas de Claudel...
Como formas dramáticas más adecuadas para expresar estas
constantes y exigencias del teatro simbolista hemos de resaltar:
- la agrupación de diferentes lenguajes escénicos: conjunción
de música y palabra, recitados, coros; uso de la danza, modos
especiales de movimientos escénicos; empleos múltiples
de la iluminación, particularmente en su dimensión psicológica
y mágica, a fin de crear climas y ambientes de ensueño
y de misterio;
- los desdoblamientos y metamorfosis de un mismo personaje, a fin
de mostrar sus múltiples caras o los diferentes periodos de
su vida; o para proyectar y enfrentar su dimensión real con
sus dimensiones más transcendentes;
- los contrastes de lenguajes, originados por las asociaciones oníricas
o los presupuestos desmitificadores del dramaturgo. En Claudel, los
muertos bailan temas folklóricos de forma ridícula;
el rey de su Juana de Arco en la hoguera se convierte en rey de naipes
y cambia el juicio en un ballet de cartas de baraja... Los personajes,
las palabras, las imágenes, se asocian multiplicando sus posibilidades
combinatorias. Ello explica las dificultades de algunos simbolistas
para respetar la duración del espectáculo teatral. Cada
obra puede tener su duración propia, la intrínsecamente
exigida por sí misma: desde unos minutos hasta varias veladas
o jornadas (tomando este término como sesión teatral
para un día);
- la forma ceremonial, según la cual los distintos lenguajes
escénicos se ordenan ritualmente de acuerdo con un código
preestablecido. El carácter ceremonial del teatro de signo
artaudiano, manifiesto en autores y grupos como el Living americano,
Grotowski, T. Kantor, Arrabal, Genet... de los que nos ocuparemos
en los capítulos XV y XVI, tiene sus más claros precedentes
en los simbolistas. A su vez, el simbolismo redescubre por esta vía
el carácter sagrado del teatro en sus orígenes. Una
vez más, volvemos a los griegos.
2. LAS REPRESENTACIONES SIMBOLISTAS
La
protesta de los simbolistas contra los naturalistas fue posible llevarla
a los teatros gracias al atrevimiento juvenil de un alumno de segunda
enseñanza, lector entusiasta de Mallarmé, de Verlaine,
de Verhaeren y otros poetas del mismo tono. Este joven de diecisiete
años, expulsado de su centro de enseñanza de París,
que fundó el Teatro de Arte, no era otro que Paul Fort, el
futuro prince des poétes. Así ocurren a veces las cosas.
4. Los INICIOS
El
Teatro de Arte abrió sus puertas en 1890. Sus primeras escenificaciones
fueron Los Cenci de Shelley, el Fausto de Marlowe, así como
poemas «irrepresentables» entre los que destacamos El
cuervo de Edgar Allan Poe y El barco ebrio de A. Rimbaud. En 1903
inició el montaje de obras actuales con Peleas y Melisenda,
de Maeterlinck, La intrusa del mismo autor, y La dama del mar de Ibsen.
Con su ingenio y entusiasmo se atrajo a gentes de teatro, entre ellos,
ya en 1891, a Lugné-Poe, del Teatro Libre de Antoine. Poe y
Vouillard dieron al Teatro de Arte el nuevo calificativo de L'oeuvre.
Así se inició la empresa simbolista en París
en la que luego destacarían, entre otros, Copeau, Pitoeff,
el propio Artaud, y, más cercanos a nosotros, Jean Louis Barrault
y Patrice Chereau.
La escenografía simbolista
Paul
Fort y Lugné-Poe reaccionan violentamente, desde un principio,
contra el naturalismo del Teatro Libre de Antoine. Las escenografías
de este último pretendían trasladar la realidad al escenario
hasta en sus mínimos detalles. Más que de decorados
se diría que estábamos ante fotografías tomadas
de la realidad.
A Paul Fort y a Lugné-Poe no le convencieron tampoco las escenografías
del teatro lírico, particularmente las del drama wagneriano
en Francia. Según los primeros simbolistas, los decorados wagnerianos
pecaban igualmente de un exceso de realismo. Y no les faltaba razón.
Es curioso comprobar que escenógrafos como Amable y Jusseaume
trabajaban tanto para Antoine como para la Opera de París.
Claro está que, para Wagner, presentaban decorados exuberantes,
de lujo, con mil y un detalles. Pero no por ello dejaban de ser realistas
a ultranza. Otros escenógrafos fuera de Francia, como Hoffmann
o Brückner, ofrecerán ya una interpretación subjetiva
en sus decorados de Wagner, con toques irrealistas que, según
los casos, nos harán pensar en el expresionismo o en el simbolismo.
Por otro lado, el decorativismo, el barroquismo o el onirismo de la
pintura simbolista no influirán en los decorados de las primeras
representaciones simbolistas. Este hecho no ha dejado de sorprendernos.
Concedamos que tales precedentes no concordaran con ese simbolismo
de lo cotidiano de Maeterlinck, o con el Ibsen de La dama del mar.
Pero sí habrían de tener relación con esos otros
dramas simbolistas que toman su materia del mito o de los sueños.
¿Por qué entonces rechazaron una corriente pictórica
del mismo signo, sobre todo cuando manifestaron que los decorados
del teatro simbolista había que encomendarlos a los pintores
y no a los decoradores de oficio? Alguien ha indicado que este rechazo
se debió a la situación económica de miseria
en la que se desenvolvía el Teatro de Arte, sin ni siquiera
una sala propia en París, siempre al borde de la bancarrota.
Rechazando, pues, tanto la decoración naturalista como la pintura
simbolista, Paul Fort y Lugné-Poe buscaron en su auxilio a
pintores entusiastas con sus ideas -Roussel, Bonnard, M. Denis a los
que les pidieron un decorado que se calificó de sintético,
es decir, un decorado que, en sus rasgos mínimos, nos ayudase
a entrar en el clima general de la obra. Para M. Denis, este decorado
debía sugerir el triunfo universal de la imaginación
y de lo Bello sobre la mentira naturalista y los esfuerzos de la vacua
imitación. Y razonaron su opción: una escenografía
con decorados fieles a la realidad hasta el detallismo:
anula
o actúa contra la imaginación del espectador, ya que
todo se le da fabricado; el espectador no podrá crear sus propios
decorados;
apaga o debilita el poder sugestivo de la palabra de los poetas, que
se verá limitada por la materia decorativa; mata ese clima
anímico general que el espectáculo debe estar generando
en el público, así como los múltiples estímulos
que pueden impresionar su inconsciente receptivo;
debilita el impacto del actor, capaz de crear nuevos espacios con
su gesto, sus movimientos y su palabra...
La
primera etapa del teatro simbolista estuvo en relación con
los pintores. De acuerdo con los directores y poetas del grupo, los
decorados, además de lo dicho, debían ser capaces de
establecer correspondencias sensibles con otros lenguajes del espectáculo
(poesía, gestos, movimientos, música, colores y hasta
olores); debían integrarse de tal modo en la acción
escénica que ésta apareciese, según pretendían,
como un cuadro vivo, en movimiento. Precisamente, el célebre
soneto Correspondencias de Baudelaire, se convirtió en fuente
de sugestiones escénicas. A primeros de 1891 anunciaron:
A
partir de marzo las representaciones del Teatro de Arte acabarán
con la escenificación de un cuadro desconocido del público
o con un proyecto pictórico de un pintor de la nueva escuela.
El telón se alzará para mostrarnos dicho cuadro durante
tres minutos... Una música en escena y luces y perfumes combinados,
que se adapten al tema del cuadro representado, prepararán
y completarán la impresión. Los perfumes, los colores,
los sonidos se responden, dijo Baudelaire.
Denis
Bablet, de quien tomamos la cita, nos viene a decir que estos cuadros
fueron el origen de proyectos más ambiciosos, como la escenificación
de El cantar de los cantares, de Salomón. Dividieron dicha
escenificación en varios cuadros, también llamados divisas.
Cada cuadro se diferenciaba de los otros por el dominio de un color,
un olor, una tonalidad musical, un tono vocal...
Insistirán particularmente en los colores. Pero, puesto que
los decorados no deben acaparar en modo alguno el color, éste
se centrará en los vestuarios y en los efectos de iluminación.
Los decorados simples, con paños desnudos, de tonos apagados,
serán los ideales para que sobre ellos destaque el cromatismo
variable de actores y luces. La electricidad posibilitó los
juegos más variados de luces, sombras y colores, sobre los
que en buena medida se apoyaban los ambientes de sobrecogimiento,
de misterio o de magia de los simbolistas.
En su rechazo del naturalismo, coincidirán con los principios
teóricos de Craig y de Appia. Discreparon, no obstante, en
sus realizaciones. Craig y Appia -a quienes dedicamos un justo apartado
en esta historia- propondrán un «sintetismo» geométrico
de líneas, planos, desniveles, peldaños..., aptos para
acoger los juegos de luz y dotar de una nueva plástica posicional
la interpretación de los actores. Mientras tanto, en torno
a 1910, en París, Dethomas alterna sus decorados de interiores
para el Théátre des Arts con otros mucho más
sugerentes cuando la obra parecía aceptarlos. En los primeros,
Dethomas crea una unidad estilística total en muros, aperturas,
pasillos, escaleras, en la que privan las cuadriculaciones. Estas
cuadriculaciones pasan a otros elementos: una silla, una cama... Con
ello, los objetos, que son escasos, parecen estar formando parte de
sus decorados sugestivos. Por la vía del simbolismo mágico,
los telones se enriquecen de tonalidades y los motivos alcanzan, pese
a su deseo de esquematismo, grandes e ilustratrivas dimensiones (como
por ejemplo, esa tela de araña que apresa a los personajes
en Le festin del'araignée, de 1913). En esta segunda tendencia
influyeron, sin duda, los decorados de los ballets rusos, que tuvieron
un gran impacto en sus actuaciones en París. Por esta última
vía, y progresivamente hasta nuestros días, las escenografías
se irán sobrecargando hasta el barroquismo: un barroquismo
resurgente en los últimos años del que el español
Francisco Nieva es un exponente cualificado.
5.
AUTORES Y OBRAS
El
predominio de autores franceses y belgas no debe hacernos olvidar
los periodos y tendencias simbolistas de Hauptmann, de Hofmannsthal,
del irlandés Yeats o de las etapas finales de los nórdicos
Ibsen y Strindberg. Pero, ante la imposibilidad de dar cuenta
de todos ellos, contentémonos con subrayar la labor de Maurice
Maeterlinck y de Paul Claudel.
Maurice
Maeterlinck
MAURICE
MAETERLINCK (1862-1949) se traslada aún joven a París
donde conoce a Villiers de 1'Isle Adam, autor de cuentos misteriosos,
que aún hoy despiertan nuestra curiosidad, y de obras dramáticas
totalmente olvidadas. De la producción dramática de
Maeterlinck subrayamos La intrusa, Los ciegos (las dos de 1900), Interior,
y El pájaro azul.
La intrusa trata del tema de la muerte, como ya hemos dicho el más
obsesivo y predilecto de este movimiento. La originalidad de Maeterlinck
está en hacer constante su presencia sin necesidad de encarnarla
en un actor, como en el teatro medieval o en las moralidades inglesas.
En La intrusa la muerte se manifiesta como una espera de lo inevitable,
como un clima, como un temor y una certeza. Los personajes, relacionados
entre sí por lazos de parentesco y de amistad, esperan la noticia
fatal, el desenlace de una pobre mujer que acaba de dar a luz. Los
espectadores nos sentimos invadidos por la misma tensión, por
el pesado silencio de la escena.
Peleas y Melisenda nos presenta una historia muy simple, con un esquema
triangular: la mujer, Melisenda, y los dos hombres, Peleas y su hermano
Golaud. Peleas, príncipe viudo, se casa con Melisenda. Pero
esta Melisenda sin malicia no tarda en dejarse llevar por Golaud.
Todo puede ser interpretado simbólicamente en este relato:
las fuentes, los bosques, la tormenta, la pérdida de la corona
y del anillo... También aquí el clima de muerte es percibido
por dos personajes que quedan prácticamente fuera de la acción:
el padre de los dos hermanos y el propio hijo de Peleas. La muerte
que llega se impondrá a Melisenda en el parto y a Peleas a
manos de su propio hermano.
Las
historias dramatizadas por Maeterlinck se nutren de personajes de
la vida corriente, que no destacan por nada, de los que no se sabe
nada (a pesar del rango de algunos de ellos). A su vez, estos personajes
están dominados por fuerzas que los sobrepasan, el amor y la
muerte. Por esta vía, el dramaturgo nos muestra lo que él
conceptúa como el lado maravilloso y trágico de lo cotidiano.
Existe -nos dice- un lado trágico cotidiano que es mucho más
real, mucho más profundo y mucho más conforme con nuestro
ser verdadero que el lado trágico de las grandes aventuras.
Se trata de hacer ver lo que hay de sorprendente en el solo hecho
de vivir... (ver Textos).
Paul
Claudel
Con
PAUL CLAUDEL (1868-1955), de larga vida entregada ala poesía
y al teatro (amén de sus periodos políticos) asistimos
al desarrollo del simbolismo en el siglo XX. En sus inicios, fue decisiva
para su formación la lectura y meditación de los poetas
Baudelaire, Mallarmé y Rimbaud. De este último llegó
a escribir: «Otros me han instruido; Rimbaud me ha construido.»
Pero Claudel tuvo la suerte de haber conocido China, Japón,
Estados Unidos o Brasil a lo largo de nuestro siglo, en sus estancias
como enviado político de Francia, entrando en contacto con
las más diversas formas y lenguajes escénicos que luego
enriquecerán su escritura dramática. A ello hemos de
añadir la ayuda que le prestaron en todo momento pintores,
dramaturgos, músicos y directores escénicos (particularmente
Copeau, Artaud y Barrault).
Su teatro, por todas estas razones, se verá invadido por las
más diversas formas e invenciones. De ahí la dificultad
de llevarlo convenientemente a la escena, lo que a muchos les hizo
decir que se trataba de un teatro irrepresentable (quizá por
sus extensas divagaciones poéticas, quizá por la estructura
de las propias obras, quizá, también | |