Nota bibliográfica: Cesar
Oliva y Francisco Torres Monreal:
Historia básica del
Arte Escénico, Catedra, Madrid, 1997.
Resto...
ESCÉNICO
(ENFOQUE
DE ESCENOGRAFÍA COMPLETO)
Última
actualización: Lunes 7-mayo-2007
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CAPÍTULO
XI
Prerrománticos
y románticos
En
tres países particularmente se dejó sentir con fuerza,
con violencia incluso, el fenómeno romántico: en Alemania,
en Francia y en España. Alemania fue, sin duda, adelantada
y precursora. Empecemos este capítulo por su dramaturgia.
1.
EL TEATRO ALEMÁN
1. UN POCO DE HISTORIA
Podríamos
decir que, al igual que el Renacimiento se inicia en Italia mucho
antes que en otros países de Europa, el Romanticismo se adelanta
en Alemania más de medio siglo a los movimientos plenamente
románticos franceses y españoles. Por ello, este tema
debemos iniciarlo en el último tercio del siglo XVIII alemán
y prolongarlo por el primer tercio del siglo XIX, etapa en la que
enlaza con los romanticismos vecinos ya citados.
Por otro lado, nos parece justo y oportuno hacer un breve recorrido
por la tradición teatral germana que desemboca en los periodos
que aquí nos ocupan. La escasa organización -aunque
no tanto como se ha venido diciendo- del teatro germano, en los dos
siglos precedentes, se viene achacando tradicionalmente a causas tales
como la falta de centralismo político-cultural; a las presiones
de la ideología luterana; al uso del latín por los escritores...
Digamos, de entrada, que en las provincias alemanas nos encontramos,
desde tiempos inmemoriales, con un intenso cultivo del espectáculo
y de las fiestas populares. Su mejor manifestación está
en los carnavales, famosos aún hoy en día, particularmente
los de Colonia, Lúbeck o Nuremberg. En Nuremberg, precisamente,
surge una figura entrañable que no sería justo echar
en olvido: el zapatero-poeta Hans Sachs (1494-1576), inmortalizado
por Wagner en Los maestros cantores. Cuentan que Sachs llegó
a componer más de dos mil juegos de carnaval, en los que la
farsa pícara se aliaba con los consejos morales.
Durante los siglos XVI y XVII el teatro es alentado en Alemania por
los jesuitas y las compañías inglesas ambulantes. Los
jesuitas, a los que es obligado referirse, cultivaron el teatro en
las provincias en las que el catolicismo no fue destronado por los
luteranos. El teatro se convierte en sus manos en instrumento pedagógico
y propagandístico de la ideología católica. Teatro,
pues, ad majorem Dei gloriam; pero, sin duda alguna, teatro de gran
mérito. En unión con los príncipes católicos,
que ponían a su disposición toda clase de medios técnicos
y económicos, este teatro de escuelas se convirtió en
una manifestación muy digna: por su calidad de juego, por sus
textos y escenografía. Solían representar historias
bíblicas, vidas de santos mártires, pero también
piezas latinas y creaciones costumbristas según el gusto de
la época. Este teatro se hacía en latín, lengua
que no era la habitual del pueblo. Por ello mismo, los encargados
de ordenar la fiesta pensaron que esta dificultad lingüística
debía ser compensada con el propio espectáculo a fin
de que el pueblo se distrajera y siguiera el hilo de la historia.
Para ello desarrollaron considerablemente los elementos visuales:
decorados pintados que cambiaban a la vista del público, vestuarios
de auténtico lujo, accesorios de toda especie; incentivaron
el papel de la música, en competencia con los luteranos, considerando
los llamados interludios musicales como parte integrante y esencial
de la tragedia; prodigaron las sorpresas y los toques efectistas:
incendios, tempestades con sus truenos, relámpagos y rayos,
milagros, apariciones...
Pronto comenzaron, además, a intercalar frases y escenas en
alemán. Es curioso este fenómeno lingüístico
que nos retrae a los inicios del teatro medieval en otros lugares.
Este cultivo del latín en el teatro hasta mediados del siglo
XVIII puede sorprendernos. Pero hemos de recordar que Leibniz, por
ejemplo, escribía normalmente en francés y en latín;
o que Federico II de Prusia usaba el francés en sus cartas
y poemas, con desprecio del alemán, que según decía
empleaba para hablar con sus criados, sus perros y sus caballos.
Tampoco se expresarán en alemán las numerosas compañías
inglesas que deambulan por tierras germanas a partir de finales del
siglo XVI, concretamente a partir de 1592, cuando aparece la primera
de ellas en Frankfurt a las órdenes de Robert Browne. Estas
compañías estaban generalmente dirigidas por un bufón
o clown que solía quedarse, en las representaciones, con la
parte más importante; de ahí que, aunque el repertorio
se nutría de temas y obras del periodo isabelino, especialmente
de Marlowe y de Shakespeare, las representaciones abundaban en bastonazos,
momentos farsescos, bromas y chistes obscenos, peleas... Este bufón-maestro
de ceremonias inglés estaba al corriente de los gustos del
público popular al que se dirigía, así como de
la tendencia germana hacia lo popular y festivo. De modo que las escenas
de horror y de sangre se compensaban con la risa, a veces de sal gorda,
provocada por los clowns ingleses -y algunos comediantes italianos-
que, finalmente, se germanizó en una figura siempre presente
en lo sucesivo: el personaje Hanswurst (etimológicamente, Juan
Salchicha). Este Juan Salchicha recoge la tradición del personaje
cómico medieval que aparecía en el teatro germano por
farsas y misterios. Su importancia fue tal que a él se sometían
las obras y su representación. De ahí que, ya en pleno
siglo XVIII, en el que este socarrón Hanswurst seguía
vivito y coleando, algunos pensaran que para que el teatro alemán
entrase en la época moderna, había que empezar por dar
muerte -con gran dolor de corazón- a Juan Salchicha, o, de
no atreverse a tanto, debían expulsarlo de los territorios
alemanes.
Pero, ¿cómo? Formulado de otro modo -para no tomarla
tanto con el simpático Juan Salchicha-, ¿cómo
acabar con las arlequinadas sin cuento, con las farsas groseras, con
tantas puñaladas que hacían correr la sangre por el
teatro alemán? Goethe pensó que bastaría, para
neutralizarlo, con procurarle un honroso y diplomático matrimonio.
Antes de él, Gottsched, profesor de universidad en Leipzig,
pensó haber dado con la solución: aclimatar en las provincias
alemanas a los franceses Moliére, Racine, Voltaire y, con ellos,
el buen gusto y el decoro en la escena. Así lo pensó
desde su tribuna universitaria, y así lo puso en práctica.
Pero se equivocó, a pesar de haber contado para su proyecto
y montajes con la colaboración de la extraordinaria actriz
Caroline Neuber y con la ayuda de Federico II de Prusia. Todo quedó
en unas ideas razonables expuestas en su monumental obra, La escena
alemana, escrita entre los años 1741 y 1745.
Y es que Gottsched remaba contra corriente. Contra la corriente de
ese sustrato germano que gusta ver mezclados lo vulgar y lo fantástico,
lo lírico y lo dramático, la risa y el llanto... Ese
sustrato colectivo constituía un terreno abonado no sólo
para el inmediato Sturm und Drang, sino incluso para tendencias posteriores:
romanticismo, naturalismo, expresionismo...; ese sustrato explica
la favorable acogida de los ejemplos que el teatro futuro alemán
debía imitar: los isabelinos y el teatro de Calderón,
cuya dramaturgia entusiasmó a Schiller y Goethe y que, más
tarde, Schlegel (1767-1845) propondría como modelo a los románticos
en su Teatro español (1803-1809) y en su Curso de literatura
dramática (1809-1811).
2. EL «STURM UND DRANG»
En
1776, un autor, hoy poco conocido, llamado Friedrich M. Klinger (1752-1831),
escribió una obra titulada Sturm und Drang (Tempestad y pasión).
Estas dos palabras se convirtieron en lema del resurgir dramático
alemán. El Sturm und Drang propugnaba la libertad absoluta
del individuo. De ahí la exaltación del héroe
o del genio creador, y de las pasiones como motor de la actividad
humana. Como es de suponer, rechazaron las clásicas unidades,
propusieron un lenguaje entre lírico y naturalista, escribiendo
en prosa cuando lo juzgaban conveniente.
Se consideran obras representativas de esta tendencia el Gütz
con Berlichingen (1773) de Goethe, su novela Werther, el drama de
SchiIler Die Rjuben (Los bandidos, 1781), y Die soldaten (Los soldados,
1776) de Lenz, que abre, en ciertos aspectos, la tendencia al drama
naturalista en Alemania. Lenz acabaría enfermo de locura, desconocido,
en parte debido a los ataques que le dirigió su rival Goethe.
Goethe
Aunque
en GOETHE (1749-1832), hombre de una inmensa cultura, interesado por
la magia y el ocultismo, cabe entrever en algún momento una
manifiesta inclinación por los clásicos, la parte más
considerable de su producción, y sin duda la mejor, se mueve
en este ambiente prerromántico del Sturm und Drang, participando
plenamente de las ideas de Lessing (ver cap. anterior, 1, 4). Dejándose
llevar de su ímpetu poético compuso obras que resultaban
irrepresentables. El mismo confesaba, a este respecto, que había
escrito «contra el escenario».
Goethe nos interesa también en esta historia por su labor como
administrador teatral. Para entender esta labor hemos de recordar
que el teatro germano era, por tradición, un teatro ambulante.
Se achaca este hecho a la ausencia de una populosa ciudad o capital,
al estilo de Londres o París, capaz de mantener una continuidad
creativa centrada en teatros fijos con compañías permanentes.
También esto era posible en Madrid, sin ser ciudad populosa
en extremo en el siglo XVIII, gracias a ser centro de la vida cultural
y política del país. Ninguna de estas circunstancias
se daba en Alemania. De ahí que el espíritu germano
soñase con la unidad del país en torno a la lengua,
sentimiento plenamente romántico y legítimo (aunque
nunca Goethe podría sospechar que esta tendencia se contaminase
de ideologías mitificadoras de la grandeza teutona ni menos
de los signos totalitarios a que la marcaron en nuestro siglo). Todo
esto se formulaba repetidamente en la necesidad de un teatro nacional.
Hubo distintos brotes aquí y allá a este respecto. Gottsched
ya había gestionado la creación de una Academia germana
al estilo de la francesa, situable en Leipzig.
Goethe se quedó en Weimar, en donde por más de medio
siglo fue consejero del duque, y durante veintiséis años
intentó realizar su sueño en la dirección del
Teatro Ducal. Su labor fue ingente: redactó unas normas sobre
dicción y gesticulación que, aunque hoy en día
nos parezcan ingenuas y anticuadas, debieron de ser muy útiles
a sus actores; elaboró más de cuatro mil programas,
de los cuales un tercio estaba dedicado al teatro lírico; hizo
bocetos de escenografía, etc.
Schiller
En
su teatro de Weimar, Goethe acogió en 1799 a un dramaturgo
de prestigio: Schiller. FRIEDRICH SCHILLER (1759-1805) sabía
muy bien lo que era un teatro, pues en 1782, tras fugarse del ejército,
fue gerente del de Mannheim. Allí escribió su Don Carlos.
A la circunstancia de su estancia en Weimar debe hoy el teatro la
existencia de otras obras: María Estuardo, La doncella de Orleans,
La novia de Mesina y Guillermo Tell, en las que el autor de Los bandidos
(1781) manifiesta su afición por el héroe mítico
o histórico inserto en su contexto social. Schiller anuncia
claramente todas las tendencias del drama romántico europeo.
3. OTROS AUTORES ROMÁNTICOS
El
impulso de Goethe y de Schiller puso en marcha la máquina del
teatro en alemán, que ha seguido a pleno rendimiento hasta
nuestros días. En la época que nos ocupa es justo recordar
a los inmediatos continuadores, apodados románticos por los
historiadores. Mencionemos ante todo al vienés FRANZ GRILLPARZER
(1791-1872) que, en 1817, estrenó su primera obra, La abuela.
Grillparzer era un entusiasta de la dramaturgia calderoniana y obtuvo
su mejor éxito con una adaptación personal de La vida
es sueño.
A caballo entre el XVIII e inicios del XIX se desarrolla la obra de
HEINRICH VON KLEIST (1777-1811), espíritu atormentado y romántico
que algunos han considerado como el padre del drama psicológico
moderno. Hoy, sin embargo, se le sigue recordando menos por sus dramas
que por su fina y divertida comedia titulada Der Zerbrochene Krug
(El cántaro roto).
A ellos hay que unir la figura de GEORG BUCHNER (1813-1837). A pesar
de la brevedad de su vida, entre 1833 y 1837 compuso dos excelentes
obras a las que los directores vuelven con frecuencia la mirada: La
muerte de Danton y lYoyzeck. Con estos últimos autores, especialmente
con Büchner, la escena alemana se adelanta de nuevo al teatro
occidental, marcando el paso del romanticismo al realismo y al naturalismo.
II. EL ROMANTICISMO EN FRANCIA
A final de siglo, exactamente en 1789, Francia ofrece al mundo el
mayor espectáculo de la historia contemporánea:, su
propia revolución, la revolución que cuestionó
las jerarquías políticas y sociales. Fue un drama exaltado,
furioso, con un reparto de multitudes aunque inicialmente muy sencillo
en su trama y en la distribución de papeles. Con un poco de
imaginación escénico-dramática podríamos
reconstruir mentalmente algunos de sus más patéticos
cuadros: las asambleas primeras presididas por un rey que se tambalea
en su trono, en un escenario colosal y con unos vestuarios de ceremonia
que permitían distinguir a los grupos de personajes, los eclesiásticos,
los nobles y el pueblo, que a todo decía que no; o la toma
por las masas de la colosal prisión de la Bastilla, símbolo
de la opresión pasada; o la escena en la que al mismísimo
rey le cortan la cabeza.
¿Cómo podían los artistas ignorar estos hechos?
No fue posible. Así que hubo poetas que escribieron sobre lo
que todo aquello significaba, músicos que con las letras de
los poetas compusieron melodías que todos canturreaban o coreaban;
y pintores e ilustradores que exaltaban las protestas indignadas del
pueblo. No hay duda de que la revolución favoreció el
espíritu romántico; aunque hemos de reconocer que, unos
años más tarde, el neoimperialismo napoleónico
recortase sus libertades. Recordemos que en 1810 se rompieron los
moldes de la primera impresión del libro de Mme. de Staél,
De l'Allemagne, en el que esta prerromántica daba testimonio
de lo conseguido por los alemanes.
El teatro empezó cuestionándose su propia tradición,
con sus personajes encumbrados, su lenguaje magnífico, pero
no siempre accesible, sus rígidas unidades, su decoro, su buen
gusto, su verosimilitud... Un gran actor llamado Talma, indiscutible
autoridad en este final de siglo y en el primer cuarto del XIX, abogará
por reformas profundas, pero sin permitir que el teatro cayese en
lo vulgar y sensiblero. Volveremos sobre Talma. De momento digamos
que Talma y el sector teatral que compartía sus ideas se quedó
en el centro de París, en los principales teatros: la Comédie
Française, que pasó a llamarse Théátre
de la Republique y el Odéon. Secundarios se consideraban otros
teatros: Vaudeville, Variétés, Ambigu-Comique y Gaité.
El nombre de los dos primeros indica claramente su destino. Los dos
últimos estaban exclusivamente consagrados a un género
dramático que hacía furor: el melodrama. Otro teatro
hay que mencionar aún, el Porte Saint-Martin, que en 1809 fue
consagrado como opéra du peuple, una ópera absorbida
por el melodrama.
1. EL MELODRAMA
¿Cómo
ocurrieron en realidad las cosas? ¿Qué modelos teatrales
tenía este melodrama, al que seguirá luego el drama
romántico?
Se ha visto una clara y quizá exagerada relación de
estos géneros con el Sturm und Drang. Refieren algunos en su
apoyo un hecho curioso: el estreno en París de Los bandidos,
de Schiller, en 1782. Esta obra, que por las mismas fechas había
sido prohibida en Inglaterra, sacaba a escena a una doncella, acosada
por un malvado, y a un padre encerrado en una mazmorra; relataba crímenes
sin cuento... No es extraño que la Revolución, muy poco
después, en 1792, nombrara a Schiller ciudadano honorario.
No vamos a negar el parecido del melodrama con la obra de Schiller.
Pero hemos de añadir que, en Francia, el terreno estaba abonado
por otras manifestaciones: las producciones teatrales de Feria, los
primitivos espectáculos de bulevar, las famosas pantomimas
habladas de Audinot, el éxito de algunos dramas sentimentales
del XVIII, así como de la novela sensiblera inglesa y francesa
que muchos devoraban con ansiedad.
La Revolución no podrá por menos de dar su espaldarazo
a un teatro que se denomina teatro del pueblo, de ese pueblo olvidado
por la escena francesa desde finales del teatro medieval. Sus primeros
contenidos halagaban a la Revolución. Recordemos aquel grito
de ¡Guerra a los castillos y paz a las cabañas!, que
todo París coreó, en 179 l, en el melodrama imitado
de Schiller, Robert, capitán de bandidos.
¿Qué ingredientes entraban en el melodrama para suscitar
tal entusiasmo en las clases populares y posteriormente en la burguesía?
Ante todo, su cañamazo narrativo, de estructuras fijas susceptibles
de diversas variantes. Esto, como es lógico, facilitaba su
lectura. En los relatos nos encontramos con el personaje maduro, el
barba, que ha pasado por desgracias sin cuento; con la niña
o muchacha desvalida cuya vida y honra pueden correr graves peligros
a manos del traidor y sus adláteres, hipócritas de la
más baja calaña (pues en el melodrama los malos han
de ser muy malos, y los buenos deben tener un corazón de oro);
naturalmente, no falta el héroe bueno, representado frecuentemente
por un joven caballero, apuesto y valiente, cuya misión será
castigar al traidor y acabar proponiendo el matrimonio a la joven
por él liberada.
Es fácil suponer la carga de emoción y sensiblería
que puede admitir este esquema. Por otro lado, a las peripecias de
la acción se une una exposición en la que se mezclan
las formas más extrañas a fin de distraer al espectador:
drama burgués, paradas, números de circo, danza y música
(etimológicamente, melodrama significar drama con música;
la que abundantemente pudieron ofrecer, en un inicio, los numerosos
cancioneros revolucionarios). Es fácil suponer también
que los autores de melodramas obtuvieron éxitos tan extraordinarios
como faltos de precedentes. Pixérécourt, el más
prolífico de todos, contabilizó mil trescientas treinta
representaciones de su Tekéli (1808); mil quinientas de Celina
(1800), más de mil de Latude (1834)... Parte de este éxito
era debido al arte de un elenco de actores, especializados en el género,
entre los que destacaron Fréderic Lemaitre y Marie Dorval.
La crítica marxista (A. Ubersfeld) reprochará al melodrama
su pronta asimilación por la burguesía: el torturar
a sus víctimas con males y desgracias cuyo origen parece que
se coloca en la naturaleza o en el comportamiento moral de individuos
sin escrúpulos, marginales, en vez de sugerir o marcar las
causas sociales que propiciaban la existencia tanto de las víctimas
como de los verdugos.
Es posible. Pero ello no obsta para que el melodrama ofreciese a su
público momentos de gran emoción en los que, además
de la historia lacrimógena, el «espectáculo era
rey», como se decía. En efecto, a lo ya dicho hay que
añadir un elemento clave y, a veces, hasta protagonista: el
marco de la acción que, en escena, se desarrollaba en extraños
e ingeniosos decorados que solían representar preferentemente
paisajes abruptos, salvajes, intimidantes y misteriosos, de signo
claramente romántico -antes del romanticismo propiamente dicho.
Estos paisajes nos recuerdan los álbumes ilustrados ingleses
de la época. Los pueblan y decoran, según los casos,
puentes carcomidos, ruinas, rocas y refugios practicables, bosques
enmarañados que acogen en su tenebrosa espesura relámpagos,
sonidos siniestros o gritos lastimeros... Hasta qué punto el
paisaje es parte esencial de estas obras puede indicarlo el hecho,
poco usual hasta entonces, de su aparición en muchos títulos,
como si del protagonista de la historia se tratase: El puente del
diablo, La cisterna, Las ruinas de Babilonia...
A pesar de las críticas compasivas y de las prevenciones de
los románticos, ¿sería descabellado decir que
muchos de los hallazgos del romanticismo francés y de la comedia
musical inglesa y americana, así como buena parte de la producción
del cine en nuestro siglo ya están en el melodrama? Volveremos
sobre el tema. Pero, ahora, permítasenos hacer un paréntesis
para recordar a un mítico intérprete francés
cuya actuación recorre estos años, convirtiéndose
en el exponente de una reforma del teatro al margen del melodrama.
2.
FRANÇOIS-JOSEPH TALMA (1763-1826)
El que Talma, considerado como un genio o un dios de la escena por
sus contemporáneos, gozase de la amistad de Danton y de Marat,
o abandonara la Comédie Française para constituir el
Théatre de la République no es lo más significativo
de su carrera. Sí lo es su rigor al exigir un teatro de la
naturalidad, virtual interpretación acosada tanto por el empaque
clásico como por el enfatismo de los melodramas; un teatro
de la autenticidad en todos sus componentes: vestuario, decorados,
gestos, dicción, textos... De ahí que se impusiese a
los dramaturgos y que, consciente de su inmenso prestigio como actor,
no se doblegase ante ninguna directriz o política administrativa.
Para él, la clave del teatro estaba en la acción y en
su expresión en el texto. Por ello, aparte de los clásicos,
rechazó a la mayoría de los dramaturgos de su época
(Pichat, Soumet, Guiraud, el joven Lamartine...) a los que reprochó
sus inútiles perífrasis y ornamentos. Un dramaturgo
gozó de su especial favor, sin duda porque se sometió
incondicionalmente a sus exigencias: Lebrun. Para Talma escribió
Lebrun Le Cid D'Andalourie y una escandalosa adaptación de
María Estuardo de Schiller, entre otras cosas. El escándalo
a que hacemos referencia estaba en el estilo llano adoptado por Lebrun
por exigencia de Talma, quien empleó un término tan
prosaico como mouchoir (que equivaldría a decir en español
moquero por pañuelo). Este estilo y sobre todo el uso de términos
y expresiones «no poéticas» como el que acabamos
de indicar eran intolerables para los críticos de buen gusto.
A la muerte de Talma, Lebrun hizo un fiel retrato de su amigo del
que citamos un extracto:
¿Qué
fue de los consejos que me excitaban, de los avisos que, expresados
la mayoría de las veces por un gesto, una mirada, un movimiento,
por palabras sin orden y sin significación aparentes, se
dejaban oír en mí mejor que las palabras más
claras; salían de un alma tan emocionada, de un conocimiento
tan profundo del arte y de los efectos del teatro y hacían
comprender en un momento todo un carácter, toda una situación...;
con los temas se acaloraba, los veía ya en el teatro, los
representaba antes de redactar un solo verso; se veía en
el escenario, sentía lo que tal o cual personaje debía
decir o hacer en esta o aquella circunstancia, andaba, gritaba,
era arte, naturaleza; se adivinaba, al verlo, una escena entera;
nos hallábamos ante una improvisación sublime; se
podía, por así decirlo, escribir a su dictado.
3. LOS ROMÁNTICOS FRANCESES
Dos
breves escritos conforman principalmente la teoría dramática
romántica, dos escritos que hoy podríamos calificar
de manifiestos: el Prefacio de Cromwell (1827), de Víctor Hugo,
y la Carta de Lord*** (1830), de Alfred de Vigny. Para ellos, la novedad
romántica significa, ante todo, oposición a la tradición
clásica, representada en Francia no sólo por la figura
de Racine -exponente sumo de la llamada por Scribe piéce bien
faite-, sino por la dramaturgia trágica del siglo XVIII, centrada
particularmente en la figura de Voltaire. Estos nombres se verán
reemplazados en la admiración poético-dramática
por Shakespeare y Schiller.
El terreno estaba abonado tanto en lo social como en lo dramático.
Los románticos no podrán disimular enteramente sus simpatías
por el melodrama. Se sabe que Víctor Hugo era, desde niño,
un gran aficionado a este teatro. Por poco que analicemos el drama
romántico descubriremos mil y un elementos melodramáticos.
Pero hay algo más sorprendente: los románticos seleccionaron
a sus actores entre el elenco de los teatros de bulevar. Veían
en ellos la plasmación de sus héroes más que
en los actores del Théátre Français. De ahí
que los nombres de Marie Dorval o de Fréderic Lema3tre -llamado
el Talma de los bulevares- apareciesen en los repartos de Hugo, de
Vigny o de Dumas, hijo. Incluso se escribía para ellos expresamente,
adaptando los personajes y sus caracteres a la personalidad de dichos
actores y a sus modos de representar -en los que abundaban los impulsos
súbitos, los largos parlamentos exaltados, los gestos patéticos,
los gritos, estertores, desmayos...
En el Prefacio de Cromwell, VÍCTOR HUGO (1802-1885) atribuye
al teatro misiones casi redentoras y, en cualquier caso, revoluciona
rías. Vale la pena detenernos un momento en él. Con
visión de cronista iluminado distingue tres grandes periodos
o edades de la historia: los tiempos prehistóricos o tiempos
de la lírica; los tiempos antiguos, o tiempos de la épica;
finalmente, el periodo actual, calificado de esencialmente dramático.
Este último comprende toda la era cristiana y se caracteriza
-de ahí su dramatismo- por el enfrentamiento de fuerzas antagónicas:
el bien contra el mal, el cuerpo contra el espíritu... El teatro
es la forma más adecuada para mostrar, mediante su poesía,
estas tensiones y la vía que lleve a la síntesis de
la realidad social y de la naturaleza. Ahí es nada.
Por otro lado, si el drama debe reflejar la existencia humana, ésta
debe evidenciarse en él con todas sus contradicciones, con
sus mil caras y disfraces: lo sublime puede entonces codearse con
lo grotesco, «como ocurre en la vida y en la creación».
Para mostrar esta realidad, el drama debe cuidar lo que llamaban el
colorlocal a fin de hacer sentir al espectador el espacio y el tiempo
verdaderos de la acción -sus conflictos sociales, sus pasiones,
sus éxtasis y bajezas. De ese color local habrán de
dar cuenta los caracteres auxiliados por la acción, la lengua,
los decorados, los objetos, el vestuario. Todo ello, así como
el deseo manifiesto de marcar sus distancias con el melodrama y con
la comedia burguesa, inclinaron a los románticos por el drama
histórico. Este les permitía la conciliación
de la individualidad del héroe con su mundo social. Seguían
así la vía de sus verdaderos maestros: Shakespeare y
Schiller. De este drama histórico son ejemplos destacables:
Enrique IIIy su Corte de A. Dumas; La mariscala de Ancre de A. de
Vigny; La copa y los labios, así como. Lorenzaccio de A. de
Musset; y, por supuesto, los dramas de Víctor Hugo.
Dos títulos de la producción de Víctor Hugo son
especialmente conocidos, los dos situados en España: Hernani
(1830) y Kuy Blas (1833). En España busca Hugo el barroquismo,
los contrastes más marcados, las pasiones primarias y, todo
hay que decirlo, la diferencia con Francia, el exotismo que tanto
cautiva a los viajeros europeos. Recordemos que en su libro Las orientales
incluye las composiciones ambientadas en España.
En la historia del teatro, el 25 de febrero de 1830 será considerado
como la fecha de la batalla de Hernani. La expectación era
inusitada. En el local del Théátre Frangais iban a enfrentarse
la vieja guardia clásica y la joven guardia romántica.
El dramaturgo había sustituido la claque habitual por jóvenes
buscados en el Barrio Latino por sus amigos de la escuela romántica:
Théophile Gautier, Gé rard de Nerval... Apenas se alzó
el telón comenzaron los insultos y los aplausos. El patio,
favorable, contra los hostiles palcos y galerías superiores.
Esta batalla se repitió durante todas las representaciones
que siguieron, con más fuerza si cabe que en la noche del estreno.
De no haber hecho Víctor Hugo tanto ruido con sus Prefacios
o de haber estrenado en una sala de bulevar, todo habría ido
sobre ruedas. Pero Víctor Hugo y los románticos quisieron
expresamente dar el asalto al Théátre Frangais, templo
de los clásicos. Buscaban abiertamente la pelea.
En aquel caos de gritos y aplausos, nadie llegaba a enterarse
de lo que estaba ocurriendo en el escenario. El dramaturgo había
estructurado los lances y peripecias en cinco actos -casi cuadros-
a los que había dado un título: El 1, El Rey, presentaba
precisamente al Rey Don Carlos (que será nombrado Emperador
Carlos V en el acto IV) en disputa con el proscrito Hernani por
causa de Doña Sol, a la que ambos desean. ¿Dónde?
En casa de Doña Sol, no podía ser en mejor lugar.
Para arreglar la situación serán sorprendidos por
el Duque Ruy Gómez de Silva, tío de Doña
Sol y prometido a ella en matrimonio.
En el acto II -El bandido- el rey cae en manos de Hernani. El
rey rehúsa luchar con él por considerarlo un bandido.
Acto III: El viejo. Día de la boda del Duque con Doña
Sol. Inoportunamente, un peregrino se presenta en el castillo.
Es Hernani que huye de la justicia real. El Duque oculta a Hernani
tras firmar con él un pacto: la cabeza de éste último
estará a disposición del Duque cuando lo requiera.
Acto IV: La tumba. Se trata de la tumba de Carlomagno en Aix-la-Chapelle,
en donde Carlos es nombrado Emperador. Hernani y el Duque son
apresados por los soldados imperiales. Pero Carlos inaugura su
mandato con un gesto magnánimo: perdonar a los conjurados
contra él y unir en matrimonio a Doña Sol con Hernani.
Golpe de efecto: Hernani se despoja de su disfraz: es el noble
Don Juan de Aragón.
Acto V: La boda. En el palacio de Aragón se celebra la
fiesta nupcial. De pronto, el Duque hace sonar el cuerno, señal
de la muerte pactada. Hernani-Don Juan se envenena junto con Doña
Sol. Sobre los cadáveres de los esposos, el Duque se clava
su puñal.
En
Hernani, como podemos ver, se infringen todas las normas. La acción,
que dura varios meses, pasa por Zaragoza, los montes aragoneses, Aix-la-Chapelle...
En ella asistimos a intrigas políticas, que reflejan la historia,
mezcladas con un relato sentimental. Se dan ocultamientos y lances
que más parecen de comedia que de tragedia; el personaje de
Doña Sol pasa de mano en mano y de una boda frustrada a una
boda de luto...
Junto a Víctor Hugo hay que citar, en justicia, el nombre de
ALFRED DE IMUSSET (1810-1857), cultivador de un género dieciochesco
moral y delicioso, adaptado a la sensibilidad romántica: el
proverbio dramático. Los proverbios se basan en juegos de imaginación
que Musset componía sin esperanzas de verlos representados.
Por esas comedias-proverbios desfila un mundo convencional y cortés
compuesto de siluetas amables y de fantoches tiernamente ridículos.
En decorados irreales se dan cita galanteos, celos, melancolías
y gestos de desesperación. En definitiva, una mezcla de verdad
y de fantasía, de ingenio y de sentimiento. Con Musset nace
y muere en Francia la comedia romántica.
Pero Musset es también autor de algunos grandes dramas, como
ya hemos dicho. En particular, Lorenaccio (1834), muy revalorizado
en la actualidad, pasa por ser la obra maestra del teatro romántico
en prosa. En ella se nos da cuenta de cómo Lorenzo de Médicis,
para liberar Florencia de su primo, el tiránico y disoluto
Alejandro, decide atraérselo frecuentando sus mismos ambientes
de depravación. Pero Lorenzo acaba corrompiéndose a
su vez, matando sólo por odio, y dejándose matar. Se
ha dicho que, a través de esta historia magnificada, Musset
proyecta su propia biografía. Una de sus comedias llevaba por
título No hay bromas con el amor (On ne badine pas avec l'amour).
En Lorenzaccio se nos advierte que tampoco proceden las bromas con
el Mal.
Debemos preguntarnos si los románticos franceses consiguieron
sus grandes y desmedidos propósitos, si vieron cumplidas sus
aspiraciones. Max Milner opina que el gran sueño romántico
fue imposible por no haber contado con las condiciones necesarias
para el éxito teatral: inexistencia de tradición escénica
que permitiese a los actores dar con el tono deseado, sin ahogar lo
histórico en las emociones individuales; inadecuación
del público, incapaz de rebasar los conflictos de los personajes
y proyectarlos en la historia y en su historia.
III.
EL ROMANTICISMO EN ESPANA
1. EL AMBIENTE PRERROMÁNTICO
España,
que se ha caracterizado con frecuencia por un ligero retraso en la
aparición de tendencias y movimientos artísticos, puede
justificar ahora la demora en la situación crítica de
una guerra, la de la Independiencia, y en una postguerra caracterizada
por el absolutismo de Fernando VII. Este rey, que reinstauró
la Inquisición, retrasó con sus medidas la aparición
del espíritu romántico que, como es sabido, tenía
un contenido altamente revolucionario.
Tras el Congreso de Viena (1815), la Europa posnapoleónica
asimila la moda romántica, pero con el matiz conservador que
le otorgan las modernas monarquías asentadas sobre el más
puro espíritu tradicional y, aún diríamos hoy,
reaccionario. Pero ni siquiera esa onda atravesó los Pirineos.
Tal era el celo del gobierno del «Deseado».
El término romántico no se utiliza en España
hasta 1818, en que aparece en el periódico madrileño
Crónica científica y literaria. Con anterioridad a esta
fecha se empleaba el término romancesco, palabra con una equivalencia
actual a exótico o extravagante. A lo largo del reinado de
Fernando VII (1813-1833), los románticos no tendrían
demasiada buena prensa. El propio Larra, quizá la personalidad
romántica por antonomasia de nuestra cultura, no acabó
de autocalificarse como tal. Tampoco su obra llegó a los extremos
de su vida.
2. PARADOJAS DEL MOVIMIENTO ROMÁNTICO ESPAÑOL
El
romanticismo español no pasa de ser un movimiento arrebatado,
con apenas quince años de presencia en el teatro; justamente
desde el estreno de Don Álvaro o la fuerza del sino, en 1835,
al de Traidor, inconfeso y mártir, en 1849. Fue un romanticismo
muy leve, pues el movimiento, desde el ímpetu de Klinger, cincuenta
años atrás, habíase amoldado a las modas relajadas
de principios del siglo xix. Algunos detalles en nuestra literatura
nos aclaran definitivamente ese nuevo concepto de romanticismo diluido.
Martínez de la Rosa, uno de los padres de la Constitución
de 1812, miembro del ala ultraliberal de esas Cortes, luchador en
Cádiz por la modernización de nuestro país, era
un autor eminentemente neoclásico. Como sabemos, el neoclasicismo
fue un movimiento caracterizado por la recuperación de viejas
fórmulas del pasado. Tras sufrir cárcel, exilio y destierro
(1823-1831), llega a conocer nuevas ideas vedadas en la península,
y escribe en París una obra como La conjuración de Venecia,
impregnada de espíritu romántico. Su estreno en Madrid,
en 1834, se considera un precedente imprescindible para establecer
la historia del teatro romántico en España. En ese año,
Martínez de la Rosa contaba ya con cuarenta y seis años,
y era presidente del Consejo de Ministros en un gobierno altamente
conservador.
Similar paradoja advertimos en la biografía de Ángel
Saavedra, apasionado combatiente en la Guerra de la Independencia,
en la que cayó herido en la batalla de Ocaña. Fue diputado
durante el trienio liberal y condenado a muerte por sus actividades,
aunque consiguió escapar a Gibraltar y Londres. En su exilio
(1823-1834) conoció el Romanticismo, sobre todo en su estancia
en Malta. Regresó con una primera redacción en prosa
de Don Álvaro o la fuerza del sino, que estrenó en Madrid
en su forma definitiva en 1835, estreno que los historiadores equiparan
al de Hernani, de Víctor Hugo, por la agresividad con que fue
«acogido». El drama entusiasmó, aunque no así
su interpretación. Tenía Saavedra cuarenta y cuatro
años. Para entonces, el dramaturgo había suavizado sus
impulsos juveniles; hereda el ducado de Rivas, al tiempo que llega
a ser embajador, ministro de la Gobernación -en 1836- y director
de la Real Academia. Como Martínez de la Rosa, es un neoclásico
metido un poco a la fuerza en el nuevo estilo, aunque no le podamos
negar la entidad romántica de sus proyectos.
Con anterioridad a Martínez de la Rosa y a Larra, existieron
síntomas de las tendencias románticas en España;
pero no dejaron de ser meros apuntes en géneros literarios
distintos del teatro. En éste imperaba la moda neoclásica,
que de alguna manera atravesará el Romanticismo para seguir
instalada en las adaptaciones españolas de la comedia lacrimosa
francesa decimonónica. Martínez de la Rosa había
escrito una Poética, en 1822, en la que no abandonaba las viejas
ideas de Boileau. Publicada en 1827, fue un fiel modelo de eclecticismo.
También en el exilio parisiense escribió tragedias neoclásicas,
como Aben-Humeya, redactada entre 1827 y 1830. De 1833, un año
antes del estreno de La conjuración de Venecia, es su Edipo,
adaptación de la tragedia de Sófocles. El talante romántico
de Martínez de la Rosa no parece, pues, absoluto. También
el duque de Rivas había cultivado con regularidad la comedia
y la tragedia neoclásicas antes de Don Álvaro. Después,
tampoco se prodigó en dicha tendencia, como lo prueba, entre
otras, el drama fantástico El desengaño en un sueño,
1842, y su discurso de entrada a la Academia.
El romanticismo práctico de Larra se redujo al estreno del
Macíac (1834), ya que sus ideas estéticas, de las que
después hablaremos, mezclaban lo neoclásico con lo romántico,
en un curioso y singular ejercicio de estilo. Fuera de ello, un par
de revistas literarias, y algún que otro gesto en favor del
Romancero, son los detalles precursores del movimiento.
3. CARACTERÍSTICAS GENERALES DEL TEATRO ROMÁNTICO ESPAÑOL
Coincidentes
con los alemanes y franceses en sus grandes directrices, en los románticos
españoles advertimos:
-
Un notorio afán de transgresión que explica esas mezclas
tan evitadas por los neoclásicos: de lo trágico con
lo cómico, de la prosa con el verso, de las burlas con las
veras...
- Abandono de las tres unidades. La acción es tan dinámica
y variada que requiere un constante cambio del espacio, siendo necesario
el devenir del tiempo.
- La complicación de la acción ha de ser explicada
en largas acotaciones que cuentan con precisión sus múltiples
peripecias y sorpresas. Dicha acción se puede mostrar en
cinco jornadas, frente a las tres habituales.
- El nivel temático se sitúa en torno al amor, un
amor imposible y perfectísimo, cuyo telón de fondo
viene conformado por la historia o la leyenda -con frecuencia medieval-,
con claras referencias a motivos del poder injusto.
- Los héroes románticos, de origen misterioso, están
cercanos al mito. Su destino es incierto, pues suelen sucumbir ante
las citadas injusticias políticas. En este sentido, los protagonistas,
que, como los héroes, son apasionados, no tienen otra misión
que la de servir al hombre con su única arma: el amor.
- Los autores utilizan fórmulas dramatúrgicas clásicas,
pese a que la forma sea renovadora. Por ejemplo, la anagnórisis,
con que finalizan no pocos dramas, que suelen reunir un cúmulo
de casualidades que, sólo al final, coinciden desgraciadamente
en el escenario.
- En el terreno de la técnica aparecen modernas funciones
dramatúrgicas en la escenografía. Los espectadores
gozan de nuevos efectos escénicos, gracias a las maquinarias
que se instalan definitivamente en escenarios que reúnen
condiciones para ello: fondos, laterales y, sobre todo, telares,
para poder hacer mutaciones con cierta rapidez. Es el final del
corral de comedias y el principio de los teatros a la italiana.
4.
IDEAS ESCÉNICAS DE LARRA
No basta que haya teatro; no basta que haya poetas; no basta
que haya actores; ninguna de estas tres cosas pueden existir
sin la cooperación de las otras y difícilmente
puede existir la reunión de las tres sin otra cuarta
más importante; es preciso que haya público. Las
cuatro, en fin, dependen en gran parte de la protección
que el gobierno les dispense.
Son
palabras de Mariano José de Larra, que dedicó no pocos
de sus artículos a los problemas que acosaban al teatro. En
dichas palabras podemos resumir la estrecha relación que señala
entre teatro y sociedad, marcando a aquél un cierto carácter
político. Como buen neoclásico, solicita la presencia
de un público culto; de ahí que critique a los gobiernos
el que tengan tímidas políticas en materia teatral.
Como romántico en potencia, requiere la verdad como única
norma preceptiva, ante el acoso de las unidades clásicas. «Cuando
destruidas las antiguas creencias, no se pudo ver en los reyes sino
hombres entronizados y no dioses caídos, no se comprende cómo
pudo subsistir la tragedia heroica aristotélica», dice
en otra de sus críticas.
Su pluma se afila de manera extraordinaria cuando habla de los actores,
a los que reprocha su técnica en exceso anticuada. Les achaca
falta de estudios, nulo conocimiento de la gramática castellana
y del latín, humanidades y bellas letras; que no lean ni conozcan
a los clásicos, ni el medio en el que vivieron. Sólo
saben -según él que si han de hacer de pícaros
pondrán cejas arqueadas, cara pálida, voz ronca, ojos
atravesados, aire misterioso, apartes melodramáticos»;
si de «calavera», que deberán dar «brincos
y zapatetas, carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y
habla ligera»; para los graciosos «estiraré mucho
la pata, daré grandes voces, haré con la cara y el cuerpo
todos los raros virajes y estupendas contorsiones que alcance y saldré
siempre vestido de arlequín». Si no tienen memoria, recurrirán
al apuntador, incluso si no lo oyeran, improvisarán alguna
tontería para que la gente ría. Corto prontuario de
un arte al que tanto aprecia Larra, pues tan necesario es para su
evolución. «Es imprescindible que el actor dé
a su papel aquel color que no pudo con la pluma prestarle el poeta,
y que cree su carácter, copiándole de la sociedad, de
la misma fuente de donde aquél le tomó; para lo cual
es preciso que el actor tenga casi el mismo talento y la misma inspiración
que el poeta, esto es, que sea artista.» Sus palabras bastan
para explicar el cuidado y empeño en tan difícil periodo
como fue el romántico. De la misma manera reclama para el escenario
mejor decoración y más indicadas luces. Habla de una
puesta en escena cada día más necesaria: «Una
comedia no entendida, lánguidamente dicha, sin color y sin
movimiento, es la peor de las comedias por muchas bellezas que encierre.»
Esta u otras voces incitaron a los actores a actualizar su vieja cartilla
de recitadores y a entrar por un arte mucho más complejo y
difícil, en la línea de Talma, del que en España
se tenían noticias. Isidoro Máiquez (1768-1820), en
concreto, recibió del francés una saludable influencia
que, adaptada al estilo español, sería continuada por
otros actores. Máiquez «creó por sí mismo
un nuevo sistema de representación e interpretación
natural, majestuoso y siempre variado, muy distinto en sus manos,
en su gesto, en su voz, del que manejaban Talma en lo trágico
y Clauzel en lo cómico», en palabras de José de
la Revilla -que no invalidan la influencia a que hemos aludido. Pero
sería la inauguración del Real Conservatorio de Música,
en 1830, el primer paso hacia la consolidación de los estudios
del arte de la interpretación. Los mejores actores de la época
prestaron sus esfuerzos en la enseñanza del teatro en el Conservatorio.
Carlos Latorre lo hizo desde 1833. En 1844 estrenaría Don Juan
Tenorio, de Zorrilla, con Bárbara Lamadrid de doña Inés,
actriz entrada en edad para tan singular papel. Quizá fuera
ésta una de las razones del relativo fracaso del famoso drama,
en su primera salida al público. También José
Luna fue profesor del Conservatorio y, al igual que Latorre, pudo
utilizar el «don» delante de su nombre, cosa que ningún
actor había conseguido hasta entonces.
5. UN MITO ROMÁNTICO: DON JUAN TENORIO
Muchos
fueron los héroes románticos que hicieron vibrar a los
espectadores españoles de la primera mitad del siglo XIX, desde
el trovador Macías hasta Don Álvaro, pasando por Ruggiero
(La conjuración de Venecia), Manrique (El trovador), Diego
e Isabel (Los amantes de Teruel) y otros nombres que, generalmente,
mueren en sus imposibles intentos. Pero ninguno se le puede comparar,
al menos en la admiración suscitada, a Don Juan Tenorio.
Se cuenta que fue un amigo quien insinuó a Zorrilla una refundición
de El burlador de Sevilla, pues No hay plazo que no se cumpla ni deuda
que no se pague de Antonio de Zamora empequeñecía la
figura de Don Juan. Zorrilla redactó una obra casi totalmente
original, habida cuenta de los nuevos ingredientes que añadió
a la leyenda, sobre todo en sus elevadas dosis de teatralidad. Ofrecer
a Don Juan en dos momentos de su vida, cortando con cinco significativos
años la tragedia de la muerte de Don Gonzalo con su regreso
a Sevilla, es un acierto sólo atribuible a un hombre de teatro.
Si a ello unimos el sentido de espectáculo que denota el arranque
de la obra (en Carnaval), y los climas de profanación y misterio
de ambas partes, tendremos un producto desigual en versificación,
pero perfecto de construcción dramática. Un producto
que gustó poco en su estreno, ~ que su autor vendió
por cuatro cuartos a un editor. Transcurridos dieciséis años,
otro actor llamado Pedro Delgado la reeestrenó con un éxito
extraordinario. Para entonces, Zorrilla ya no percibiría ningún
beneficio. Este martirio para un autor, de ver que una obra da dinero,
pero que nada le llega a él, hizo que el poeta vallisoletano
aborreciese su Tenorio. Escribió incluso una zarzuela paródica
para que a la gente dejase de interesarle. Vano intento. Durante un
siglo ha sido la obra más representada del teatro español.
Y todo por tener un héroe cargado de elementos románticos;
el mayor de ellos, e! redimir con el amor su condición de burlador,
y el consiguiente perdón divino que dos siglos antes, le había
negado un fraile mercenario o... quién sabe quién.
IV. TÉCNICAS ESCÉNICAS
Las
nuevas técnicas, de las que pudo echar mano el teatro en el
periodo que consideramos, no fueron realmente alarmantes. Vistas retrospectivamente,
se diría que tendían, con su realismo y ansias de veracidad,
a hacer más creíbles los relatos de la historia pasada
o de las leyendas más imposibles.
No es preciso insistir sobre la inadecuación histórica,
en siglos anteriores, del vestuario, el decorado o el mobiliario.
Un recorrido por la pintura del XVIII puede darnos una idea de lo
que podía estar ocurriendo en teatro. La precisión histórica
en el vestuario se impondrá progresivamente en la primera mitad
del siglo XIX. En Francia esto fue protegido por los responsables
culturales de la Revolución y por el actor Talma, quiénes,
además, acudían en su apoyo a la autoridad de Diderot
y de la recordada actriz, Mme. Clairon. En Alemania -y aunque no parezca
que las tendencias del Sturm und Drang fuesen a favorecer esta fidelidad
histórica-, H. Cottfried Koch la exigió para la representación
de sus contemporáneos. Impuso, por ejemplo, que el Gótz
de Goethe vistiese trajes medievales. Parecido fue el comportamiento
en Inglaterra por parte de Planché y de Charles Kemble.
En cuanto al escenario, la innovación principal, no siempre
adoptada, fue la aceptación del medio cajón, en el que
los laterales y el fondo daban la impresión de constituir auténticas
paredes en las que podían practicarse aberturas -ventanas,
puertas. Según parece, también fue idea alemana la de
disponer un techo para sustituir las bambalinas.
La contribución más importante consistió en la
adopción del panorama, importado por primera vez en París
en 1799 por el americano Fulton. El procedimiento, como es sabido,
consistía en un telón de fondo que podía prolongarse
por los laterales curvándose en las esquinas. Proyectando sobre
él con habilidad la iluminación se podían obtener
efectos llamativos de luces y de sombras. Algunos de los motivos pintados
en dicho telón iban, a veces, en relieve, a fin de aumentar
la ilusión de realidad. Esto llamó tanto la atención,
que en Francia se pensó en el estudio de espectáculos
basados en dicho panorama y en sus representaciones. Un edificio,
una vista panorámica, un puerto, una ciudad en lejanía...
Tanta fue la boga del invento que el barón Taylor -un hombre
al que debe mucho el teatro en esta época- fundó en
París el Panorama Dramático con la pretensión
empresarial de renovar el arte de la escena a partir de este elemento.
La breve vida del citado teatro (1822-1823) demuestra que el panorama,
a pesar de su efectismo, era sólo un instrumento y no un constituyente
esencial del arte de la escena.
Otra aportación importante fue el gas. Con él resultaba
fácil regular la ilumínación, interrumpirla,
etc., dosificando a voluntad su entrada por los tubos de caucho que
lo conducían a la sala y a la escena. En algunos teatros permitió
reducir la iluminación de la sala a una suave penumbra para
centrar la atención del espectador en la escena. Pero el uso
del gas entrañaba riesgos, y durante este siglo XIX y hasta
la utilización de la electricidad, se incendiaron más
de cuatrocientos teatros en Europa y América.
En lo que a España se refiere, a principios del siglo XIX todavía
los teatros españoles se alumbraban con candiles, que, amén
de iluminar poco, despedían un olor desagradable que podía
mezclarse, a veces, con el de los orines de los pasillos. Colocados
en el borde del escenario, estos candiles chorreaban hasta la sala.
Las localidades -aposentos, cazuela y lunetas- no eran un dechado
de comodidad. Los empresarios no sabían qué era mejor:
si tener la sala despeada, aunque ganaran menos, o tenerla llena,
con los consiguientes embrollos que ello ocasionaba. Galdós
describe con todo lujo de detalles, en La Corte de Carlos IV, el estreno
de El sí de las niñas, en 1806, insistiendo en la incomodidad
de nuestros teatros a principios de siglo. Eso es lo que encuentran
los románticos, por lo que opinan que los locales han de reformarse
y modernizarse para admitir decoraciones y montajes que era imposible
meter en los viejos corrales.
TEXTOS
¡Abajo
las poéticas!
Digámoslo
sin temor alguno. No dejaría de resultar extraño que
en esta época nuestra, la libertad, como la luz, penetrara
por doquier excepto en lo que es por naturaleza lo más libre
de todo: las cosas del espíritu. ¡Derribemos las teorías,
las poéticas, los sistemas! ¡Abajo con ese viejo enlucido
que enmascara la fachada del arte! ¡No más reglas ni
modelos!, o, mejor, ¡no más reglas que las leyes generales
de la Naturaleza -que planea sobre el arte todo- y las leyes especiales
que, en cada composición, resulten de las condiciones propias
de cada tema! Las primeras son eternas, interiores, de ahí
su permanencia; las segundas variables, exteriores, por lo que sólo
sirven una vez. Las primeras constituyen el armazón que sostiene
el edificio; las segundas los andamios que sirven para construir,
pero que es preciso rehacer a cada nuevo edificio. Constituyen éstas
la osamenta, aquéllas el ropaje del drama (...).
El poeta -hemos de insistir sobre este punto- sólo debe dejarse
aconsejar por la naturaleza, por la verdad y por la inspiración
-que es también una verdad y una naturaleza. «Quando
he», que dice Lope de Vega:
Quando he de escribir una comedia
encierro los preceptos con seis llaves (...)
Si
dispusiéramos de la facultad de decir cuál había
de ser, para nuestro gusto, el estilo del drama, querríamos
para él un verso libre, franco, leal, que se atreviese a decirlo
todo sin gazmoñería, a expresarlo todo sin rebuscamientos;
que pasase de modo natural de la comedia a la tragedia, de lo sublime
a lo grotesco; positivo o poético, siempre artista e inspirado,
profundo y repentino, amplio y verdadero; que a propósito supiera
romper y desplazar la cesura para enmascarar la monotonía del
alejandrino; más amigo del encabalgamiento que dilata que de
la inversión que todo lo enmaraña (...); inagotable
en la variedad de sus giros, inalcanzable en los secretos de la elegancia
y la factura; que adopte, como Proteo, mil formas sin cambiar de modelo
ni de carácter; que huya de la tirada; que se realice en el
diálogo; que siempre ande oculto tras el personaje...
(VICTOR HUGO, Prefacio de Cromwell,1827.)
Al
arte toca dar a una acción sola
la debida extensión y el propio enlace,
sin que desnuda y lánguida aparezca,
ni en su oscuro artificio se embarace:
para el drama nacida,
parezca que ella misma de buen grado
llena y completa la cabal medida;
y en su propia importancia, a su grandeza
consigo lleve su mayor belleza.
(MARTÍNEZ
DE LA ROSA, Poética.)
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CAPÍTULO
XII
De
la ópera al teatro simbolista
I. LA ÓPERA
1. NACIMIENTO
La
ópera nace en Italia en el siglo XVII. Este hecho hace justicia
a un país que, desde el teatro antiguo romano, pasando por
la Edad Media y el Renacimiento, marca la pauta en Europa, entre otras
innovaciones: por el uso de la música y el canto en el espectáculo,
por las investigaciones escenográficas, por la cultura de sus
magnates y mecenas que al buen gusto unen el deseo de ostentación
y lujo como demostraciones de poder. Por ello, la ópera constituye
en sus orígenes un espectáculo principesco, para un
público distinguido. La primera ópera, como tal considerada,
fue estrenada el 6 de octubre de 1600, día de la boda de María
de Médicis con Enrique IV, en Florencia. Su título fue
Eurídice, un mito que hará fortuna en el teatro lírico,
y su autor, Jacopo Peri.
Antes de pasar adelante convendría definir, en sus rasgos más
sobresalientes, este nuevo género. Se trata de un teatro de
gran espectáculo cuyo componente esencial, de principio a fin,
es el canto, acompañado por la orquesta. En la ópera
la acción se expone en los diálogos y solos cantados,
y transcurre en el marco de una escenografía de lujo. El coro
aparece también en este género, en intervenciones polifónicas,
solemnes; en momentos de danza... Difiere bastante, pues, del primitivo
coro de las tragedias 'griegas.
Podríamos desarrollar algunos de sus aspectos o plantearnos
algunas interrogantes. Por ejemplo: ¿no queda la ópera
fuera del espectáculo dramático, para convertirse con
frecuencia en un concierto escenificado? ¿No es la ópera
un espectáculo elitista, para minorías? Parece que algo
de todo esto existe en la realidad. Sólo en Italia la ópera
contó con un público fiel desde sus inicios. Pero, como
veremos, este género se ha ido acercando, gracias al esfuerzo
de modernos directores escénicos, al teatro dramático.
En la actualidad cuenta con un número cada vez mayor de adeptos
en todas partes.
2. COMPONENTES PRINCIPALES
La
escenografía
La
ópera lleva al grado máximo de su desarrollo las invenciones
de las que el artesano y el artista del teatro han hecho gala, desde
el theologion, o cielo de los griegos, hasta los ingenios renacentistas,
pasando por el teatro medieval con sus originales Misterios. Este
lujo se evidencia en los telones de terciopelo, en los grandes decorados
pintados, en el desarrollo de maquinarias que permiten hazañas
tales como representar un cielo poblado de ángeles, desplazar
nubes y dragones, convertir el mar en un prado de flores, sorprendernos
con cavernas en llamas que figuran las mansiones infernales... Desde
el principio destacó por su inventiva en estas artes Bernardo
Buontalenti, especializado en diversos juegos de agua, inundaciones,
travesías de barcos y los más sorprendentes cambios
a la vista del espectador: un fantasma que abre los brazos para dejarnos
ver todo un palacio, soldados que plantan sus lanzas, las cuales se
transforman en surtidores y árboles que conforman un bello
jardín... Estos cambios se operaban por rotación de
prismas triangulares colocados en los laterales de la escena, desplazamientos
de telones, etc.
En el escenario, sin embargo, la perspectiva de los decorados se avenía
mal con los personajes. Desde el momento en que el actor entraba por
ellos o se aproximaba al telón de fondo, se echaba de ver el
contraste ridículo de las mansiones y paisajes con su figura.
Se dice que era ésta una de las razones por las que los solistas
solían avanzar hasta el proscenio, particularmente en sus momentos
de lucimiento.
Vestuarios
En
principio no solían atenerse al criterio de fidelidad a la
realidad o a la época, pues ello habría ido, en muchos
casos, contra el boato y el lujo que la ópera debía
mostrar. Por otro lado, los anacronismos en el vestuario no son infrecuentes
en la pintura posrenacentista y barroca de los grandes maestros, como
tampoco lo son los referidos a los ambientes naturales o arquitectónicos.
Por su lado, los accesorios y los muebles son menos usuales en este
género.
Iluminación
En
este punto se limitan a perfeccionar los inventos de Serlio y de Sabbatini,
de los que ya hemos hablado al tratar del Renacimiento italiano, a
fin de hacer visible el lujo escénico y crear ambientes de
magia y de misterio. En 1822 tuvo lugar un acontecimiento capital
en la Opera de París: la iluminación por gas, al que
ya nos hemos referido al término del capítulo anterior.
Se utilizó por primera vez en el estreno de la obra Aladino
o la lámpara maravillosa, de Isouard. Finalmente, en 1849,
con El Profeta, de Meyerbeer, se empleará, por primera vez,
la luz eléctrica en escena. No es necesario insistir sobre
los mil efectos que este medio ponía en manos de directores
y escenógrafos.
Interpretación
Los
cantantes-actores constituyen el componente más delicado y
controvertido del espectáculo. Ante todo han de tener buenas
dotes musicales, pero deben poseer también genio interpretativo,
pues representan a unos personajes. Aunque, desde un principio, los
compositores advierten que el cantor no debe olvidarse del actor,
hemos de confesar que, en la ópera, primó ante todo
el canto y el marco escenográfico. Dicho de otro modo, la música
era el objeto del espectáculo, mientras que el drama constituía
sólo su medio o marco argumental. No al revés. Por otro
lado, el acompañamiento de la orquesta, la intervención
del coro, el tono agudo de las sopranos, hacían difícil
el seguimiento del texto, incluso para los espectadores que comprendían
el idioma en que el texto estaba escrito. Advirtamos que las mujeres
empiezan a convertirse en virtuosas del nuevo arte a finales del siglo
XVII, aunque esto no hizo que desapareciesen de inmediato los numerosos
castrados que, habitualmente, eran los destinados a los papeles femeninos.
Por su lado, los autores seguían abrigando inicialmente la
ilusión de ser seguidos por el público. Para salvar
los escollos aquí señalados, el texto de la representación
podía ser adquirido por los espectadores a la entrada del teatro
y seguido con la ayuda de pequeñas velas o cerini. Todas estas
incomodidades hacen que el público, que puede quedarse mudo
de admiración ante las magnificencias del arte visual y el
deleite del bel canto, también se distraiga cuando éste
se hace monótono, hable con su vecino, se entrometa con los
intérpretes, se mueva por la sala... Por su parte, los solistas
llegaban a pavonearse de sus interpretaciones; acudían, al
término de las mismas a saludar a los amigos... Todo esto nos
hará sin duda recordar al público las comedias de Plauto
y de Terencio.
Teatros
Este
género necesitaba de espacios apropiados, por lo que pronto
se echó de ver la conveniencia de disponer de teatros dedicados
exclusivamente a él. El primero de ellos no se hizo esperar.
Fue construido en 1637 en Venecia. Pero fue tan frecuentado que a
final de siglo ya contaba esta ciudad con dieciséis teatros
de ópera. No hay que decir que a Venecia no tardaron en sumarse
de inmediato Roma, Florencia y otras ciudades italianas.
3. LA ÓPERA EN EUROPA: EXPANSIÓN Y EVOLUCIÓN.
LA ÓPERA BUFA
Pronto
prendió por toda Europa la ópera italiana. Era lógico
que, bajo la tutela de Mazarino, se la favoreciese en Francia. Cuando,
en 1647, Luigi Rossi representó su Orfeo en París, dejó
admirado al público francés con sus efectos y portentos.
Durante el reinado de Luis XIV, los italianos fueron los maestros
de ceremonias en la Corte francesa. Ellos organizaban los cortejos,
las parades, las comedias-ballets. Pero pronto, los franceses pasaron
de discípulos a maestros, con la pretensión incluso
de competir (Mansart, Boucher, Rameau...) con los propios italianos.
Hay algo todavía más destacable. Los franceses fueron
los creadores, en el siglo XVIII, de un subgénero operístico
conocido como ópera bufa. Sus precedentes habría que
buscarlos en la propia tradición francesa, en sus comedias
con cantos y sus recitales juglarescos. Recordemos el fuego de Robín
y de Marión, del siglo XIII, conceptuado como un precedente
de la opereta. En realidad, la ópera bufa es, finalmente, una
comedia con cantos, ideada por los artistas de las ferias de Saint
Laurent y de Saint Germain, en París, que eran un poco de todo:
recitadores, cómicos, marionetistas y saltimbanquis. En los
ambientes serios -Opera de París, Comédie Française-
se creía que estos feriantes pretendían poner en ridículo
tanto la ópera como la comedia. En consecuencia, estas instituciones
echaron mano de su fuerza y de sus influencias, entre las que contaban
con la del propio rey, para prohibir el espectáculo de los
feriantes.
Sin
duda, el nacimiento de esta ópera bufa parisiense constituye
una de las anécdotas más curiosas de la historia del
teatro. Vale por ello la pena contarla en sus principales momentos.
A los artistas cómicos de feria se les prohibió primero
el diálogo en escena, permitiéndoseles el monólogo
como forma suficiente para exponer lo que ya venían haciendo
anteriormente. Esta prohibición dio origen a diversas astucias
para burlarla: que un actor respondiera entre bastidores dejando el
escenario a su interlocutor, quien, a su vez, se ocultaba al término
de su réplica para dejar salir al primero..., dando lugar con
este juego a gags de gran comicidad. Como tantas otras veces en la
historia del teatro, las prohibiciones y censuras provocaban invenciones
formales y estructurales que enriquecían el arte de la representación.
Pues bien, ante estas burlas por respuesta, el consejo del rey prohibió
entonces a los foráneos el uso de la palabra y, por su parte,
la Real Academia de la Música les prohibió que cantasen.
Sólo les quedaba la música instrumental y el mimo. Y
pensaron, antes de claudicar, en presentar al público el texto
escrito en paneles de uno o dos metros. Con esto el público
seguía, mal que bien, la historia contada, se divertía
y acababa cantando, al son de la música, las canciones que
astutamente se presentaban en los paneles.
A1 igual que en Francia, en Alemania e Inglaterra la ópera
se inicia bajo el consejo y la imitación de los italianos.
A lo largo del siglo XIX, la ópera irá evolucionando
por vías diversas, antes de aproximarse a ese espectáculo
total que pretende ser con Wagner.
Una de las preocupaciones mayores de los autores era la de dar con
los cantantes-actores adecuados. Para Mozart, la interpretación
debía ser verdadera; el cantante debía transmitir, a
través de la voz, la expresión, el sentimiento, el tono,
la tensión de lo que dice el texto, pues las melodías
han sido compuestas precisamente de acuerdo con tal texto.
Otro cambio podría estar en la elección de temas y argumentos.
Poco a poco vemos cómo los temas mitológicos griegos
dejan paso a historias más recientes, ubicadas en Oriente,
en España o en los propios lugares de la creación. Recordemos
algunos títulos de Mozart: Don Juan, Las bodas de Fígaro,
El rapto del serrallo, La flauta mágica... Con los románticos,
en el siglo XIX, la temática se hace más variada, al
tiempo que la escenografía se puebla de cascadas, ruinas, bosques,
ambientes góticos. Los argumentos se toman de grandes obras
dramáticas, entre las que no faltan los dramas de Shakespeare;
de la Biblia, de la historia romana. Algunos títulos lo ratifican:
Otelo, Macbeth, Aida, Nabuco, Don Carlos, de Verdi; Guillermo Tell,
La italiana en Argel, El barbero de Sevilla, de Rossini; Norma, de
Bellini; Don Quijote, Manon, de Massenet; Romeo y Julieta, de Berlioz;
El profeta, de Meyerbeer; Fausto, de Gounod...
4.
Y LLEGÓ WAGNER
Wagner
fue un autor exigente hasta el máximo consigo mismo, en primer
lugar, y con los demás, en segundo término. Particularmente,
con los cantantes. Al tiempo que grandes intérpretes debían
éstos ser grandes actores, sobrepasando a los del drama o de
la comedia. Y con razón, pues dada la larga duración
del canto, el actor de ópera debe contener el gesto; administrar
con medida los movimientos; reflejar el impacto de las réplicas
de sus interlocutores o del coro. No hay que decir que Wagner prohibió
radicalmente todos los guiños de connivencia entre cantores
y público (no se debía, según él, lanzar
la voz a la sala; había que acompasar los recitativos al mismo
ritmo que el canto...).
Como modelo de su gran teatro lírico tomó sin dudarlo
al teatro griego. En la tragedia griega encontró cuanto andaba
buscando: Una mitología que explicaba la propia identidad de
un pueblo; una concepción religiosa y poética del espectáculo;
una perfecta estructura dramática; una adecuada combinación
de ciertos lenguajes escénicos. Clarividente a partir de esos
principios, Wagner, que lo es todo -músico, poeta, dramaturgo,
director-, emprende la reforma de la ópera. El romántico
francés, Gérard de Nerval, que acudió a Weimar,
el 25 de agosto de 1850, al estreno de Lohengrin, nos aclara certeramente:
«El carácter de este poema imprime a la obra la forma
de un drama lírico más que el de una ópera.»
Esta afirmación apunta al fondo del problema. Wagner quiere
recuperar el drama, sin que éste se diluya en voces, arias,
danzas, coros y demás componentes del espectáculo. Partirá
de un mito o leyenda. La música, la pintura, la poesía
deben servir a esa leyenda, juntas o por separado, según convenga
para el mayor esplendor de la exposición dramática.
De este modo, Wagner pensaba que lo que hicieron los griegos se podía
hacer también en la Europa de XIX, buscando en sus mitos las
raíces de su identidad, de su conformación religiosa
y cultural. Los dioses antiguos se verán reemplazados, en algún
momento rodeados, por las divinidades nórdicas o por los héroes
de las leyendas cristianas de la Edad Media: Tanhaüser, Lohengrin,
la tetralogía El oro del Rhin, Parsifal, .Sigfrido...
II.
SIMBOLISMO Y TEATRO TOTAL
1.
Los INICIOS
Resulta
del todo imposible e inadecuado estudiar el teatro simbolista separándolo
del movimiento artístico global en el que se produce. El simbolismo
conecta, a este respecto, con tres predecesores de talla: Hegel, en
el terreno de la intuición pensante; Baudelaire, en el redescubrimiento
de las correspondencias de todos los seres, cosas y sensaciones que
el hombre encuentra en su caminar; Wagner, en el intento de reunión
de todas las formas de la expresión artística en un
espectáculo total capaz de despertar en el espectador modos
y ámbitos de percepción muchas veces dormidos. (Por
estas razones, aunque el simbolismo pueda explicarse en sus inicios
como una reacción contra el naturalismo, o como un cansancio
del detallismo realista -como veremos en el próximo capítulo-,
nos ha parecido adecuado presentarlo aquí, en este momento.)
Aunque bastante de lo que hicieron los simbolistas, tanto en el teatro
como en otros campos artísticos -música, poesía,
pintura, narrativa- haya dejado de interesar en la actualidad, hay
también que decir que otra gran parte de dicha producción
sigue aún vigente a finales del siglo XX. Por otro lado, este
movimiento ha sido de capital importancia en el arte de nuestro siglo,
particularmente en la mayoría de las tentativas de corte vanguardista,
empezando por los propios superrealistas. De los artistas simbolistas
-belgas y franceses en su mayoría- hemos de citar a los dramaturgos
y poetas Mallarmé, Villiers de 1'Isle Adam, Edouard Dujardin,
Josephin Péladan, Maurice Maeterlinck, Saint-Paul Roux, Elemir
Bourges, Paul Claudel, Francis James. Si los románticos franceses,
en contra de la opinión general del público, se entusiasmaron
con Wagner, Baudelaire fue el verdadero intermediario entre el compositor
y los simbolistas. Bajo la protección del maestro lograron
fundar éstos en París, en febrero de 1885, la Révue
wagnérienne. Esta revista, junto con la Révue indépendante
que le sobrevivirá a partir de 1888, tuvo el mérito,
aparte de exponer y comentar la obra del músico alemán,
de aunar y dar forma a las tentativas e intuiciones del movimiento
simbolista.
2. CARACTERÍSTICAS
Como
características más importantes del simbolismo podemos
señalar:
-
La búsqueda de la Idea por el Hombre, por medio de la intuición
y de la meditación. No se tomará como modelo, como ha
hecho el arte realista o impresionista, la cosa en su objetividad
externa. Hay que penetrar más en lo profundo. Hay que buscar
en la mente, en el espíritu, a través de la cultura,
de la mitología y de la historia, las ideas y las imágenes
capaces de expresar al hombre en su totalidad. El simbolismo es un
modo de conocimiento que antepone el Espíritu a la materia.
En el principio fue el Espíritu, que dirá Dujardin,
en la línea de Hegel. De ahí que se interprete también
como una reacción contra el realismo-naturalismo de signo materialista,
del que es su contemporáneo, particularmente contra Zola.
- Pero para expresar artísticamente la Idea, necesitará
del auxilio de la materia. En este punto, los simbolistas adoptan
dos caminos distintos: el de la depuración y aquilatamiento
de los medios expresivos, aun forzando su sintaxis y sus relaciones
semánticas, o bien el de la prolijidad o acumulación
en la obra dramática de símbolos y lenguajes. Mallarmé
optó por la primera vía, ofreciéndonos sólo
breves esbozos dramáticos: Herodías, La siesta de un
fauno. La vía de la prolijidad y de un cierto barroquismo decadente
fue la más seguida, a imitación de lo que en pintura
legendaria y ornamental hacía Gustave Moreau.
- Preferencia por los relatos míticos, por las leyendas, antes
que por la historia. El mito, aparte su interpretación como
ejemplo y símbolo, es más maleable. La historia es más
rígida. Cuando los simbolistas acuden a la historia es para
mitificarla, aunque para ello sea preciso echar mano de todo tipo
de libertades con ella. Así ocurre con todo el teatro de Claudel
de signo «histórico».
- La búsqueda de lo simbólico se confunde, en muchas
ocasiones, con la búsqueda de lo trascendente, de lo oscuro
y muy en particular de ciertos temas obsesivos (el más obsesivo
de todos ellos, y el más teatral sin duda, será el de
la Muerte). Ello explica que los dramaturgos simbolistas sean unos
estudiosos de los fenómenos mágicos, esotéricos,
religiosos. Más que de religión cabría hablar
de teosofía o de gnosis mística, tal como la explica
Edouard Schuré en su libro Los grandes iniciados, de 1889,
que fue ávidamente leído por algunos dramaturgos simbolistas.
Entresacamos esta cita:
La gnosis o mística racional de todos los tiempos es el arte
de encontrar a Dios en uno mismo, desarrollando las profundidades
ocultas, las facultades latentes de la conciencia (...). Las perspectivas
que se abren en el umbral de la teosofía son inmensas, sobre
todo si se las compara con el horizonte estrecho y desolador en que
el materialismo encierra al hombre o con las propuestas infantiles
e inaceptables de la teología clerical. Al percibirlas por
primera vez se experimenta el deslumbramiento de lo infinito. Los
abismos del inconsciente se abren en nosotros mismos, nos muestran
las simas de donde salimos, las alturas de vértigo a las que
aspiramos.
- Finalmente, este teatro no puede dejar de ser, de principio a fin,
un teatro poético; lo que no quiere decir -adviértase
bien un teatro en verso. Sólo la poesía puede ser el
vehículo adecuado para mostrar el arte y sus símbolos,
y sólo así puede la palabra conjugarse con las otras
artes del espectáculo. La práctica de la escritura poética
intensa despierta en el poeta-dramaturgo sus percepciones inconscientes,
como ha demostrado el psicoanálisis. Esta escritura está
muy cerca del onirismo, de las fantasías de los sueños,
procedimiento argumental o temático al que acuden frecuentemente
los dramaturgos simbolistas. Pero muchas veces, la palabra, incluso
la palabra más poética, traiciona los impulsos del escritor;
no por su faz material significante, que puede ser origen de sugerencias
de música y sonido, sino por su significado conceptual limitador.
Privada de lo conceptual, la música ha podido conservar la
magia de piezas simbolistas hoy olvidadas: Preludio a la siesta de
un fauno, de Claude Debussy, sobre la citada obra de Mallarmé;
Peleas y Melisenda, del mismo Debussy, sobre la obra de Maeterlinck;
la ópera de Richard Strauss sobre la obra de Hofmannsthal La
Muerte y el Loco; las múltiples composiciones orquestales de
Erik Satie, D. Milhaud, de Honneger sobre piezas de Claudel...
Como formas dramáticas más adecuadas para expresar estas
constantes y exigencias del teatro simbolista hemos de resaltar:
- la agrupación de diferentes lenguajes escénicos: conjunción
de música y palabra, recitados, coros; uso de la danza, modos
especiales de movimientos escénicos; empleos múltiples
de la iluminación, particularmente en su dimensión psicológica
y mágica, a fin de crear climas y ambientes de ensueño
y de misterio;
- los desdoblamientos y metamorfosis de un mismo personaje, a fin
de mostrar sus múltiples caras o los diferentes periodos de
su vida; o para proyectar y enfrentar su dimensión real con
sus dimensiones más transcendentes;
- los contrastes de lenguajes, originados por las asociaciones oníricas
o los presupuestos desmitificadores del dramaturgo. En Claudel, los
muertos bailan temas folklóricos de forma ridícula;
el rey de su Juana de Arco en la hoguera se convierte en rey de naipes
y cambia el juicio en un ballet de cartas de baraja... Los personajes,
las palabras, las imágenes, se asocian multiplicando sus posibilidades
combinatorias. Ello explica las dificultades de algunos simbolistas
para respetar la duración del espectáculo teatral. Cada
obra puede tener su duración propia, la intrínsecamente
exigida por sí misma: desde unos minutos hasta varias veladas
o jornadas (tomando este término como sesión teatral
para un día);
- la forma ceremonial, según la cual los distintos lenguajes
escénicos se ordenan ritualmente de acuerdo con un código
preestablecido. El carácter ceremonial del teatro de signo
artaudiano, manifiesto en autores y grupos como el Living americano,
Grotowski, T. Kantor, Arrabal, Genet... de los que nos ocuparemos
en los capítulos XV y XVI, tiene sus más claros precedentes
en los simbolistas. A su vez, el simbolismo redescubre por esta vía
el carácter sagrado del teatro en sus orígenes. Una
vez más, volvemos a los griegos.
2. LAS REPRESENTACIONES SIMBOLISTAS
La
protesta de los simbolistas contra los naturalistas fue posible llevarla
a los teatros gracias al atrevimiento juvenil de un alumno de segunda
enseñanza, lector entusiasta de Mallarmé, de Verlaine,
de Verhaeren y otros poetas del mismo tono. Este joven de diecisiete
años, expulsado de su centro de enseñanza de París,
que fundó el Teatro de Arte, no era otro que Paul Fort, el
futuro prince des poétes. Así ocurren a veces las cosas.
4. Los INICIOS
El
Teatro de Arte abrió sus puertas en 1890. Sus primeras escenificaciones
fueron Los Cenci de Shelley, el Fausto de Marlowe, así como
poemas «irrepresentables» entre los que destacamos El
cuervo de Edgar Allan Poe y El barco ebrio de A. Rimbaud. En 1903
inició el montaje de obras actuales con Peleas y Melisenda,
de Maeterlinck, La intrusa del mismo autor, y La dama del mar de Ibsen.
Con su ingenio y entusiasmo se atrajo a gentes de teatro, entre ellos,
ya en 1891, a Lugné-Poe, del Teatro Libre de Antoine. Poe y
Vouillard dieron al Teatro de Arte el nuevo calificativo de L'oeuvre.
Así se inició la empresa simbolista en París
en la que luego destacarían, entre otros, Copeau, Pitoeff,
el propio Artaud, y, más cercanos a nosotros, Jean Louis Barrault
y Patrice Chereau.
La escenografía simbolista
Paul
Fort y Lugné-Poe reaccionan violentamente, desde un principio,
contra el naturalismo del Teatro Libre de Antoine. Las escenografías
de este último pretendían trasladar la realidad al escenario
hasta en sus mínimos detalles. Más que de decorados
se diría que estábamos ante fotografías tomadas
de la realidad.
A Paul Fort y a Lugné-Poe no le convencieron tampoco las escenografías
del teatro lírico, particularmente las del drama wagneriano
en Francia. Según los primeros simbolistas, los decorados wagnerianos
pecaban igualmente de un exceso de realismo. Y no les faltaba razón.
Es curioso comprobar que escenógrafos como Amable y Jusseaume
trabajaban tanto para Antoine como para la Opera de París.
Claro está que, para Wagner, presentaban decorados exuberantes,
de lujo, con mil y un detalles. Pero no por ello dejaban de ser realistas
a ultranza. Otros escenógrafos fuera de Francia, como Hoffmann
o Brückner, ofrecerán ya una interpretación subjetiva
en sus decorados de Wagner, con toques irrealistas que, según
los casos, nos harán pensar en el expresionismo o en el simbolismo.
Por otro lado, el decorativismo, el barroquismo o el onirismo de la
pintura simbolista no influirán en los decorados de las primeras
representaciones simbolistas. Este hecho no ha dejado de sorprendernos.
Concedamos que tales precedentes no concordaran con ese simbolismo
de lo cotidiano de Maeterlinck, o con el Ibsen de La dama del mar.
Pero sí habrían de tener relación con esos otros
dramas simbolistas que toman su materia del mito o de los sueños.
¿Por qué entonces rechazaron una corriente pictórica
del mismo signo, sobre todo cuando manifestaron que los decorados
del teatro simbolista había que encomendarlos a los pintores
y no a los decoradores de oficio? Alguien ha indicado que este rechazo
se debió a la situación económica de miseria
en la que se desenvolvía el Teatro de Arte, sin ni siquiera
una sala propia en París, siempre al borde de la bancarrota.
Rechazando, pues, tanto la decoración naturalista como la pintura
simbolista, Paul Fort y Lugné-Poe buscaron en su auxilio a
pintores entusiastas con sus ideas -Roussel, Bonnard, M. Denis a los
que les pidieron un decorado que se calificó de sintético,
es decir, un decorado que, en sus rasgos mínimos, nos ayudase
a entrar en el clima general de la obra. Para M. Denis, este decorado
debía sugerir el triunfo universal de la imaginación
y de lo Bello sobre la mentira naturalista y los esfuerzos de la vacua
imitación. Y razonaron su opción: una escenografía
con decorados fieles a la realidad hasta el detallismo:
anula
o actúa contra la imaginación del espectador, ya que
todo se le da fabricado; el espectador no podrá crear sus propios
decorados;
apaga o debilita el poder sugestivo de la palabra de los poetas, que
se verá limitada por la materia decorativa; mata ese clima
anímico general que el espectáculo debe estar generando
en el público, así como los múltiples estímulos
que pueden impresionar su inconsciente receptivo;
debilita el impacto del actor, capaz de crear nuevos espacios con
su gesto, sus movimientos y su palabra...
La
primera etapa del teatro simbolista estuvo en relación con
los pintores. De acuerdo con los directores y poetas del grupo, los
decorados, además de lo dicho, debían ser capaces de
establecer correspondencias sensibles con otros lenguajes del espectáculo
(poesía, gestos, movimientos, música, colores y hasta
olores); debían integrarse de tal modo en la acción
escénica que ésta apareciese, según pretendían,
como un cuadro vivo, en movimiento. Precisamente, el célebre
soneto Correspondencias de Baudelaire, se convirtió en fuente
de sugestiones escénicas. A primeros de 1891 anunciaron:
A
partir de marzo las representaciones del Teatro de Arte acabarán
con la escenificación de un cuadro desconocido del público
o con un proyecto pictórico de un pintor de la nueva escuela.
El telón se alzará para mostrarnos dicho cuadro durante
tres minutos... Una música en escena y luces y perfumes combinados,
que se adapten al tema del cuadro representado, prepararán
y completarán la impresión. Los perfumes, los colores,
los sonidos se responden, dijo Baudelaire.
Denis
Bablet, de quien tomamos la cita, nos viene a decir que estos cuadros
fueron el origen de proyectos más ambiciosos, como la escenificación
de El cantar de los cantares, de Salomón. Dividieron dicha
escenificación en varios cuadros, también llamados divisas.
Cada cuadro se diferenciaba de los otros por el dominio de un color,
un olor, una tonalidad musical, un tono vocal...
Insistirán particularmente en los colores. Pero, puesto que
los decorados no deben acaparar en modo alguno el color, éste
se centrará en los vestuarios y en los efectos de iluminación.
Los decorados simples, con paños desnudos, de tonos apagados,
serán los ideales para que sobre ellos destaque el cromatismo
variable de actores y luces. La electricidad posibilitó los
juegos más variados de luces, sombras y colores, sobre los
que en buena medida se apoyaban los ambientes de sobrecogimiento,
de misterio o de magia de los simbolistas.
En su rechazo del naturalismo, coincidirán con los principios
teóricos de Craig y de Appia. Discreparon, no obstante, en
sus realizaciones. Craig y Appia -a quienes dedicamos un justo apartado
en esta historia- propondrán un «sintetismo» geométrico
de líneas, planos, desniveles, peldaños..., aptos para
acoger los juegos de luz y dotar de una nueva plástica posicional
la interpretación de los actores. Mientras tanto, en torno
a 1910, en París, Dethomas alterna sus decorados de interiores
para el Théátre des Arts con otros mucho más
sugerentes cuando la obra parecía aceptarlos. En los primeros,
Dethomas crea una unidad estilística total en muros, aperturas,
pasillos, escaleras, en la que privan las cuadriculaciones. Estas
cuadriculaciones pasan a otros elementos: una silla, una cama... Con
ello, los objetos, que son escasos, parecen estar formando parte de
sus decorados sugestivos. Por la vía del simbolismo mágico,
los telones se enriquecen de tonalidades y los motivos alcanzan, pese
a su deseo de esquematismo, grandes e ilustratrivas dimensiones (como
por ejemplo, esa tela de araña que apresa a los personajes
en Le festin del'araignée, de 1913). En esta segunda tendencia
influyeron, sin duda, los decorados de los ballets rusos, que tuvieron
un gran impacto en sus actuaciones en París. Por esta última
vía, y progresivamente hasta nuestros días, las escenografías
se irán sobrecargando hasta el barroquismo: un barroquismo
resurgente en los últimos años del que el español
Francisco Nieva es un exponente cualificado.
5.
AUTORES Y OBRAS
El
predominio de autores franceses y belgas no debe hacernos olvidar
los periodos y tendencias simbolistas de Hauptmann, de Hofmannsthal,
del irlandés Yeats o de las etapas finales de los nórdicos
Ibsen y Strindberg. Pero, ante la imposibilidad de dar cuenta
de todos ellos, contentémonos con subrayar la labor de Maurice
Maeterlinck y de Paul Claudel.
Maurice
Maeterlinck
MAURICE
MAETERLINCK (1862-1949) se traslada aún joven a París
donde conoce a Villiers de 1'Isle Adam, autor de cuentos misteriosos,
que aún hoy despiertan nuestra curiosidad, y de obras dramáticas
totalmente olvidadas. De la producción dramática de
Maeterlinck subrayamos La intrusa, Los ciegos (las dos de 1900), Interior,
y El pájaro azul.
La intrusa trata del tema de la muerte, como ya hemos dicho el más
obsesivo y predilecto de este movimiento. La originalidad de Maeterlinck
está en hacer constante su presencia sin necesidad de encarnarla
en un actor, como en el teatro medieval o en las moralidades inglesas.
En La intrusa la muerte se manifiesta como una espera de lo inevitable,
como un clima, como un temor y una certeza. Los personajes, relacionados
entre sí por lazos de parentesco y de amistad, esperan la noticia
fatal, el desenlace de una pobre mujer que acaba de dar a luz. Los
espectadores nos sentimos invadidos por la misma tensión, por
el pesado silencio de la escena.
Peleas y Melisenda nos presenta una historia muy simple, con un esquema
triangular: la mujer, Melisenda, y los dos hombres, Peleas y su hermano
Golaud. Peleas, príncipe viudo, se casa con Melisenda. Pero
esta Melisenda sin malicia no tarda en dejarse llevar por Golaud.
Todo puede ser interpretado simbólicamente en este relato:
las fuentes, los bosques, la tormenta, la pérdida de la corona
y del anillo... También aquí el clima de muerte es percibido
por dos personajes que quedan prácticamente fuera de la acción:
el padre de los dos hermanos y el propio hijo de Peleas. La muerte
que llega se impondrá a Melisenda en el parto y a Peleas a
manos de su propio hermano.
Las
historias dramatizadas por Maeterlinck se nutren de personajes de
la vida corriente, que no destacan por nada, de los que no se sabe
nada (a pesar del rango de algunos de ellos). A su vez, estos personajes
están dominados por fuerzas que los sobrepasan, el amor y la
muerte. Por esta vía, el dramaturgo nos muestra lo que él
conceptúa como el lado maravilloso y trágico de lo cotidiano.
Existe -nos dice- un lado trágico cotidiano que es mucho más
real, mucho más profundo y mucho más conforme con nuestro
ser verdadero que el lado trágico de las grandes aventuras.
Se trata de hacer ver lo que hay de sorprendente en el solo hecho
de vivir... (ver Textos).
Paul
Claudel
Con
PAUL CLAUDEL (1868-1955), de larga vida entregada ala poesía
y al teatro (amén de sus periodos políticos) asistimos
al desarrollo del simbolismo en el siglo XX. En sus inicios, fue decisiva
para su formación la lectura y meditación de los poetas
Baudelaire, Mallarmé y Rimbaud. De este último llegó
a escribir: «Otros me han instruido; Rimbaud me ha construido.»
Pero Claudel tuvo la suerte de haber conocido China, Japón,
Estados Unidos o Brasil a lo largo de nuestro siglo, en sus estancias
como enviado político de Francia, entrando en contacto con
las más diversas formas y lenguajes escénicos que luego
enriquecerán su escritura dramática. A ello hemos de
añadir la ayuda que le prestaron en todo momento pintores,
dramaturgos, músicos y directores escénicos (particularmente
Copeau, Artaud y Barrault).
Su teatro, por todas estas razones, se verá invadido por las
más diversas formas e invenciones. De ahí la dificultad
de llevarlo convenientemente a la escena, lo que a muchos les hizo
decir que se trataba de un teatro irrepresentable (quizá por
sus extensas divagaciones poéticas, quizá por la estructura
de las propias obras, quizá, también, por oposición
a su temática y a su ideología religiosas).
Si sus primeras obras lo inscriben incuestionablemente en el movimiento
simbolista (La Ciudad, Cabeza de Oro), el paso del tiempo no le hizo
variar notoriamente su escritura inicial. Todo es símbolo en
Claudel. Cabría hablar en él -y en general en los simbolistas
primeros- de símbolos parciales frente a símbolos globales
que recorren una obra o hasta toda una serie de obras; de símbolos
esporádicos frente a símbolos dominantes como el mar.
Los mismos títulos de sus obras tienen esta intención
simbólica global: El árbol, que agrupa sus primeros
dramas, es un símbolo del hombre (raíces en la tierra,
mirada a lo alto, frutos); El Intercambio, El reposo del séptimo
día, El zapato de raso (ofrenda de todos los caminos andados
por la vida), El libro de Cristóbal Colón... Veamos
un ejemplo en La joven Violaine, denominado también El anuncio
a María:
Estamos
en la Edad Media, en un momento de luchas y de crisis, bajo el reinado
de Carlos VII. El constructor de catedrales, Pedro de Craón,
cae leproso. Violaine, compasiva y amorosa, le da un beso. Como consecuencia
de este gesto, Violaine contrae a su vez la lepra y debe abandonar
a su prometido Jacques, haciéndole la promesa de una boda espiritual.
Mara, hermana de Violaine, aprovecha las circunstancias y se casa
con Jacques. Tiene un hijo que muere. La noche de Navidad, Mara, que
nunca sintió el menor afecto por su hermana, le lleva el niño
para que haga un milagro. El padre, Vercors, llegará en el
momento en que Violaine muere. Es la hora del Angelus (el anuncio
a María). El padre exclama: «¿Es vivir el fin
de la vida? No, no es vivir, sino morir; no fabricar la cruz, sino
cargar con ella, y dar todo lo que tenemos sonriendo.»
Todo, en este relato, puede ser leído en clave simbólica:
el momento de la historia, la lepra, el beso al leproso, las bodas
espirituales, la ceguera, la resurrección del niño en
Navidad (noche en que Claudel se convirtió al catolicismo en
Notre-Dame de París), el toque del Angelus... Pero quizá
esta elección y la temática en la que se inscribe haya
sido la responsable de que Claudel (a pesar del entusiasmo que ha
despertado en grandes directores de nuestro siglo, a pesar de los
magníficos montajes de que ha sido objeto) no goce de la popularidad
que sus formas dramáticas habrían merecido.
Después de lo que hemos dicho aquí, el drama simbolista
puede parecernos la culminación de un proceso que se inicia
con el teatro mismo en sus primeras manifestaciones. Podemos encontrar
otro simbolismo avant la lettre, es decir, antes del movimiento de
este nombre a finales del siglo XIX, en otras etapas del teatro anterior.
Indicios sobrados tenemos en el teatro religioso medieval; en las
moralidades inglesas; en los Autos de Calderón; en el Shakespeare
que apela a los sueños y espectros en Hamlet, Macbeth, Sueño
de una noche de verano...; en el resto del teatro isabelino... Precedentes
inmediatos podrían ser algunos dramas del Sturm und Drang o
algunos de los desahogos románticos. Pero conviene señalar
que, mientras los románticos proyectan su yo personal sobre
la naturaleza o la historia, los simbolistas creen en la autonomía
significativa de las cosas.
¿Qué ha quedado, en realidad, de la aventura simbolista?
¿En quiénes se ha dejado sentir su influencia? Digamos
que son pocos los montajes de textos de la época simbolista
en la actualidad. Pero reconozcamos que ha sido enorme la influencia
simbolista en el teatro, desde sus inicios hasta nuestros días,
pues pocas son las vanguardias de nuestro siglo cuyos elementos dramáticos
y escénicos no estén ya explícitos o prefigurados
en los simbolistas.
6. SIMBOLISTAS ESPAÑOLES
En
España, en concreto, sería injusto olvidar la deuda
de Valle con e1 simbolismo de Cenizas, Tragedia de ensueño,
Comedia de ensueño y, apuntando a formas expresionistas, de
El embrujado de El retablo de la Avaricia, la Lujuria y la Muerte;
o la de autores hoy menos recordados como Eduardo Marquina, los esposos
Martínez Sierra, Francisco Villaespesa, Fernández Ardavín,
los Machado... Por su lado, Azorín, que conoce como ninguno
a los extranjeros Pirandello, Cocteau, Pitoeff, Maeterlinck, Lenormand...,
recomendará su imitación a los dramaturgos españoles.
De ello dio él mismo buen ejemplo. En 1896 tradujo al castellano
L'intruse, de Maeterlinck. La influencia de éste último
es a todas luces evidente en Angelita y en los títulos que
componen La trilogía de lo Invisible: La arañita en
el espejo, El segador, y Doctor Death, de 3 a 5. Llegó a escribir:
La
nueva pieza teatral debe dar expresión a la tensión
dialéctica entre dos cadenas de imágenes: las imágenes
directas, conscientes, claras, determinadas, y las imágenes
que proceden del fondo de nuestro espíritu.
En
la actualidad, la plástica escénica de los simbolistas
se deja ver en los montajes más poéticos y efectistas
de los últimos años. Son de notar, asimismo, las deudas
parciales y deformadas, pero altamente significativas, de la vanguardia
española de los años 60 con el simbolismo: Ruibal, Arrabal,
Nieva, Riaza...
TEXTOS
Poesía y música en el drama como proceso
Hemos
advertido en la orquesta la facultad de despertar en nosotros presentimientos
y recuerdos. Designamos por presentimiento la preparación del
fenómeno que finalmente ha de manifestarse por medio del gesto
y de la melodía del verso. El recuerdo, por su lado, deriva,
en nuestra opinión, del fenómeno. Nos incumbe ahora
determinar con precisión lo que, de acuerdo con la necesidad
dramática, y en unión del presentimiento y el recuerdo,
llenaba el espacio del drama haciendo que nuestros presentimientos
y recuerdos fueran imprescindibles para cooperar en su comprensión
plena.
Hay momentos en que la orquesta puede dejarse oír con total
autonomía. Estos momentos, en cualquier caso, deben ser aquellos
en que todavía no es factible, por parte de los personajes
dramáticos, la completa disolución de la idea proferida
por el lenguaje en la sensación musical. Así como hemos
visto que la melodía musical brotaba del verso, de sus palabras,
y que su desarrollo estaba condicionado por la índole del verso;
y así como hemos visto que la justificación, es decir,
la comprensión de la melodía, se halla condicionada
por el verso, y no sólo como algo artísticamente pensable
y realizable, sino como algo que, necesariamente, debe ser ejecutado
de forma orgánica ante nuestro sentimiento y debe presentársele
en el momento de nacer, así también hemos de figurarnos
la situación dramática como nacida de motivos que ante
nuestra vista se alzan a alturas en las que la melodía del
verso se nos presenta como necesaria, como la única expresión
apropiada para un momento afectivo que se manifiesta de una manera
adecuada. (...)
Las artes plásticas pueden presentarnos sólo lo acabado,
es decir, lo inmóvil, y por esta razón no pueden nunca
convertir a quien las contempla en testigo convencido del desarrollo
de un fenómeno. También el músico, en su mayor
confusión, ha podido cometer el error de imitar a este respecto
las artes plásticas y de ofrecernos algo acabado en vez de
presentárnoslo en su desarrollo. Sólo el drama constituye
la obra de arte en el espacio y en el tiempo, se nos comunica a través
de la vista y del oído de tal modo que participamos activamente
en su nacimiento y, en consecuencia, captamos lo nacido con nuestro
sentimiento como algo necesario y claramente comprensible.
El poeta que pretende convertirnos en testigos y participantes en
el nacimiento de su obra de arte (pues sólo así es posible
semejante proceso), ha de procurar no dar el menor paso en falso que
pueda romper el vínculo del desarrollo orgánico de su
obra, pudiendo con ello herir nuestro sentimiento instintivamente
cautivado por una imposición arbitraria.
(R.
WAGNER, La poesía y la música en el drama del futuro.)
Expresar
el sentimiento humano y el silencio
No
hemos de creer que la palabra llegue a servir en algún momento
a la comunicación verdadera entre los seres. Los labios o la
lengua pueden representar al alma del mismo modo que una cifra o un
número de orden representa una figura de Memlinck, por ejemplo;
pero desde el momento en que tenemos en verdad algo que decirnos es
obligado que guardemos silencio. (...)
Existe un trágico cotidiano que es mucho más real, mucho
más profundo y mucho más conforme con nuestro ser verdadero
que lo trágico de las grandes aventuras. Es fácil sentirlo,
pero no es tan fácil ya mostrarlo, porque este trágico
esencial no es simplemente material o psicológico. No se trata
ya aquí de la lucha determinada de un ser contra otro, de la
lucha de un deseo contra otro, o del eterno combate de la pasión
y del deber. Se trata de hacer ver lo que hay de sorprendente en el
solo hecho de vivir. Se trata, más bien, de mostrar la existencia
de un alma en sí misma, en medio de una inmensidad que no es
nunca inactiva. Se trata de hacernos escuchar, por encima de los diálogos
ordinarios de la razón y de los sentimientos, el diálogo
más solemne e ininterrumpido del ser y de su destino. (...)
Lo que escuchamos por debajo del rey Lear, de Macbeth, de Hamlet,
por poner estos ejemplos, el canto misterioso del infinito, el silencio
amenazante de las almas o de los dioses, la eternidad que atruena
en el horizonte, el destino o la fatalidad que sentimos interiormente
sin que sepamos a qué signos referirla, ¿no se podría,
por no sabemos qué trastrueque de papeles, acercarla a nosotros
mientras se alejan los actores? (...)
Nuestros trágicos ponen el interés de sus obras en la
violencia de la anécdota que reproducen. Pretenden divertirnos
con el mismo tipo de actos que hacían las delicias de los bárbaros
para quienes los atentados, asesinatos y traiciones eran habituales.
Y, no obstante, la mayoría de nuestras vidas ocurren lejos
de la sangre, de los gritos y de las espadas, en tanto que las lágrimas
de los hombres se han vuelto silenciosas, invisibles, casi espirituales.
(M.
MAETERLINCK, Le trésor des humbles, 1896.)
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CAPÍTULO
XIII
Naturalismo
frente a realismo
1. EL ADVENIMIENTO DEL REALISMO-NATURALISMO
El
teatro moderno nace con el realismo, del que el naturalismo es su
inevitable acentuación. Cualquier puesta en escena actual de
Ibsen, Chekov u O'Neill permite reconocer referencias a nuestro tiempo
y a nuestras preocupaciones, como si fuéramos sus contemporáneos.
Esta apreciación la podemos extender a sus modos de exposición
dramática, formas y técnicas, y a sus exigencias con
respecto a la representación. Sin embargo, entre Ibsen y Buero
Vallejo, por poner un ejemplo de realismo actual, median más
de ochenta años. No se puede decir lo mismo del teatro precedente,
drama romántico y postromántico. A este último
hemos de ubicarlo en otro tiempo, un tiempo pasado que nos concierne
bastante menos, por muchos atractivos que encierre. Llevamos, pues,
más de un siglo de teatro realista, y todavía mantienen
su vigencia determinados autores y obras.
Se dice que desde el Romanticismo hasta las primeras manifestaciones
naturalistas en el teatro europeo se produce un lamentable bache.
En realidad, durante esos años la tendencia más notable
es la que prefigura la nueva estética realista. Ya en plena
exaltación romántica se propugnó la necesidad
de una representación más acorde con la realidad; tal
era el deseo de Taima. En la mayoría de los casos, eso chocaba
con los textos: temas, historias, lenguajes, elementos descriptivos,
etc., no conectaban con lo cotidiano, con la realidad del espectador.
Es muy significativo al respecto que las piezas consideradas intrascendentes
o incluso irrepresentables fuesen precisamente aquéllas que
implícitamente reconocían la saciedad de la representación
romántica. Es el caso de algunos proverbios-comedias de Musset,
de las piezas tardías de Víctor Hugo agrupadas en su
Teatro en libertad (1865-1867), de Kleist y de los dramas sobre la
historia reciente, de Büchner. Pero es muy curioso y significativo
que las mejores obras de estos autores permaneciesen durante mucho
tiempo sin representar; lo que nos hace entender que cuando un dramaturgo
se adelanta a la escena de su tiempo, ésta le impondrá
una larga espera, con riesgo de desfase, del que sólo se salvan
las grandes obras. Eso sucedió con las representaciones tardías
de Lorenzaccio de Musset, o de Woizeck y La muerte de Danton, ambas
de Büchner.
Durante los años de transición al realismo-naturalismo,
Europa volvió la vista a Francia. A falta de otros modelos,
ahí estaba SCRIBE (1791-1861), un maestro en enredos y peripecias,
que sabe llevar las acciones al límite, antes de desenmarañar
la madeja. Ese breve esquema es el de la piéce bien faite,
en expresión personal del autor, que hará fortuna en
el teatro realista. Aún en plena época romántica,
Scribe orientó la escena hacia la comedia de costumbres, pero
en realidad, más que a su ingenio romántico, su notoriedad
se debe a los constantes estrenos que realizaba, hasta alcanzar las
casi cuatrocientas obras.
Al nombre de Scribe hay que añadir el de EMILE AUGIER (18201889),
que se inicia en la comedia burguesa para pasar a la crítica
de la vida moderna en El yerno del señor Poirier (1854), actualización
de El burgués gentilhombre de Moliére. Por su lado,
ALEXANDRE DUMAS (1824-1895), tras el éxito de su drama postrromántico
La dama de las camelias, se desviará hacia un prerrealismo
moralizante: El hijo natural (1858), Las ideas de Mme. Aubray (1867)
y Monsieur Alfonso (1874). En esta breve relación es justo
mencionar igualmente a VICTORIEN SARDOU (1831-190$), que cultivó
todos los géneros y tendencias y a EUGÉNE LABICHE (1815-1888),
cuya comedia Un sombrero de paja de Italia (1851) -que aún
hoy se sigue representando con éxito anuncia el nuevo vodevil
francés, en el que destacará más tarde GEORGES
FEYDEAU (1862-1921).
Estamos a las puertas del naturalismo, mas con un ir y venir de experiencias
que caracterizan la inconstancia realista, y afirman la dificultad
de establecer compartimientos estancos en arte. La primera constatación
de ello es de carácter histórico. En 1857 aparece en
Francia la que la crítica considera la máxima novela
realista del siglo, Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Los pasos
de la protagonista, el ambiente que la rodea en la pequeña
ciudad de provincias en que vive, los giros todos de su alma, aparecen
descritos de tal modo que resulta difícil, en su lectura, no
sentirse transportado al marco de la acción, y que, aún
hoy, viajeros por la Normandía de Emma Bovary, parece como
si el paisaje hubiera copiado al libro. Con Madame Bovary, varias
veces adaptada al teatro y al cine, se mostraba el arte realista,
aquel que consigue hacernos ver la realidad en la que vivimos y nos
movemos, esa realidad que por pereza o por rutina no llegamos a advertir
y en la que no llegamos a penetrar.
Pero ésa no es la única tendencia del momento. El mismo
año de Madame Bovary aparece otro libro que marcará
gran parte del arte moderno hasta nuestros días: Las flores
del mal de Baudelaire. En él se confirma la tendencia postrromántica,
se anuncia el simbolismo y se profetiza el surrealismo del siglo XX.
Cinco años después, en 1862, surge el voluminoso relato
de Víctor Hugo Los miserables, donde el elemento épico,
que se adelanta al socialismo naturalista de fin de siglo, queda enmarcado
en una historia melodramática. Estos ejemplos hablan claro
de la imbricación de unas tendencias en otras, imbricación
que podemos advertir desde la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros
días, con alternados predominios de tales estilos diversos.
La segunda constatación del fenómeno antes mencionado
es de carácter estético, y se refiere a la inconstancia
de esos propios dramaturgos realistas, dentro de este marco estilístico.
Flaubert necesitaba escapar del detallismo realista y dar rienda suelta
a su fantasía e inconsciente. La mejor prueba de ello la tenemos
en la constante reescritura de La tentación de San Antonio,
inmensa obra del teatro de la imaginación, cuya realización
sólo las actuales técnicas cinematográficas podrían
abordar. O el mismo Zola, que siente la necesidad de descansar, tras
su enorme esfuerzo naturalista, para ofrecer historias, como la narrada
en Ensueño, en la que la criada Angélique, que ha crecido
a la sombra de la catedral de provincias, nos muestra sus sueños
y fantasías de amor por el Cristo y los santos multicolores
de las vidrieras. Por consiguiente la práctica totalidad de
los naturalistas evolucionaron hacia el simbolismo, de no impedirlo
la muerte prematura de algunos, como Chejov. Naturalismo y Simbolismo
influirán en la mayoría de las tendencias dramáticas
del siglo XX.
2. ZOLA Y LA TEORÍA DEL ARTE NATURALISTA
El
advenimiento del teatro naturalista ocurre con evidente retraso respecto
de la novela. Así lo señala Zola, quien lo achaca a
que el teatro representa «el último bastión del
convencionalismo», lo que no encajaba en el científico
siglo XIX. Si el XVII fue el siglo del teatro, vino a decir Zola,
el XIX había de ser el de la novela; y aunque así lo
crea, y a posteriori la historia lo confirme, el autor no arrojó
la toalla del teatro, antes bien propugnó la necesidad y posibilidad
de una escena adecuada al nuevo estilo: «El teatro será
naturalista o no será.»
En 1881, Zola resumiría todas estas ideas, que de tiempo atrás
le venían preocupando, en un texto cuyo enunciado, El naturalismo
en el teatro, no podía ser más explícito. Fiel
a la idea ya aplicada a la novela de que el medio determina el comportamiento,
Zola se detiene en los elementos que, en el teatro, representan ese
medio: el decorado, el vestuario y los accesorios. Razonará
que nuestra época no puede ya aceptar el escenario vacío
de Shakespeare, ni los espacios convencionales y neutros de los clásicos
franceses. Se pregunta cómo puede ser creíble una representación,
dar eco de la vida cotidiana, si el medio en el que se mueven los
personajes es convencional, falso, de objetos pintados, con actores
y actrices que salían a escena maquillados y vestidos siempre
de gala.
Pero había que hacer mayores cambios aún para acertar
con la representación objetiva. Había que desterrar
los tonos declamatorios, grandilocuentes, en la dicción de
los intérpretes. Había que cambiar los gestos si se
quería desmentir a los críticos que, ironizando sobre
los intentos naturalistas, hablaban de «sus actores falsos en
medio de decorados verdaderos». Algunos dramaturgos también
solicitaban esta naturalidad en escena. Valga como ejemplo esta acotación
de Sardou: «Los actores se sientan en torno a una mesa situada
en el centro y hablan con toda naturalidad, mirándose unos
a otros como ocurre en la realidad.» Pese a estos deseos, a
los comediantes les era difícil suprimir sus modos de actuar;
dejar de responder a los aplausos repitiendo, como en la ópera,
sus parlamentos más celebrados; en definitiva, ceder a los
caprichos del público, otro factor de difícil cambio.
Ciertamente hubo en esta época actores de talento, intermediarios
entre el antiguo y el nuevo estilo. Actrices como Sarah Bernhardt,
Gabrielle Réjane y la famosa Rachel pasearon su arte por Europa,
justificando el culto a la vedette que denunciaría Stanislavski
viendo en Moscú a la Bernhardt. Los mejores intentos naturalistas
(los Meininger, Antoine...) borrarán estos individualismos
para insistir sobre la representación como un acto colectivo.
A distancia de estos hechos, es fácil advertir hoy día
los aciertos y desaciertos de Zola. Entre los primeros está
el haber roto las barreras moralistas del público burgués,
poniendo en entredicho la moral burguesa y sus comportamientos sociales.
También Zola abrió el mundo teatral a la objetividad
poco menos que rechazada por la tradición escénica.
Entre los desaciertos está, sin duda, el querer suprimir radicalmente
las convenciones del género dramático, sus denegaciones.
Está claro que, por mucho que se intente el naturalismo escénico,
la realidad exterior no cabe en el escenario, los personajes han de
ser re -presentados o figurados, y el propio lenguaje es ya de por
sí una pura convención. Todo el teatro naturalista no
tardaría mucho en dejar de ser un equivalente de la realidad,
para convertirse en otra serie de convenciones. El error de Zola estaba
en querer aplicar a la escena las recetas de la novela, estableciendo
un sistema de imposibles transferencias de un género a otro.
Es imposible pretender que el decorado o la caracterización
de los personajes suplan las extensas descripciones y digresiones
de la novela naturalista, tal y como quería Zola. Las muestras
de teatro naturalista adaptadas de relatos, en especial de las propias
obras de Zola -a excepción de La taberna-, no fueron del gusto
de la crítica ni del público de París. Ni lo
fueron los estrenos de Los cuervos (1882) o de La parisina (1883),
ambas de Henri Becque, considerado como el más destacado naturalista
francés según la fórmula de Zola. Porque, además,
este teatro no representaba la realidad cotidiana a fin de suscitar
el interés del público, sino sólo aquellos casos
más sobresalientes y disparatados de la misma. Teresa Ranguín,
de Zola, que en 1873 no pasó de las nueve representaciones,
cuenta cómo Teresa y su amante dan muerte al marido de aquélla.
Teresa acabará suicidándose ante la mirada de la madre
del esposo, muda y paralítica.
La teoría iba por delante de la práctica. El teatro
de París no daba con la fórmula de la representación
naturalista. Pronto lo conseguirá Antoine. En Alemania, mientras
tanto, una ejemplar compañía lo estaba logrando: los
Meininger.
3. Los MEININGER
Ocurrió
esto cerca de Weimar, en donde Goéthe había puesto las
bases de la futura afición al teatro lírico y dramático
alemán. En Meiningen, el propio duque Jorge II se hizo cargo
de la dirección de los actores en su Teatro de Corte. Este
duque era consciente de la decadencia de la escena alemana en décadas
precedentes, lo que achacaba a la influencia de la preocupación
de las cortes alemanas por los problemas económicos y políticos
que habrían de desembocar en la creación del Imperio
de Bismarck, en 1871. El duque de Sax-Meiningen advirtió que
las programaciones del teatro en Alemania estaban calcadas de las
del bulevar parisino -operetas, piezas sentimentales imponiéndose
la fantasía sobre los tan repetidos deseos de autenticidad
escénica.
El entusiasmo del duque no tenía límites. Entrenaba
a los actores, los dirigía con férrea disciplina, tanto
a los protagonistas como a las comparsas, que habían de actuar
como elemento ambientador y realista. Su manejo de las masas fue siempre
muy ensalzado. Pero, además, prodigaba todos los detalles del
decorado, para el que prefería la habitación cerrada,
incluso por el techo. Amante de la historia y de la pintura, disciplinas
que había estudiado en la Escuela de Munich, él mismo
diseñaba los decorados, buscaba originales perspectivas y dibujaba
el vestuario, indicando siempre los colores más apropiados.
Se dice que los tonos marrones rojizos eran los preferidos, pues sobre
ellos sobresalían vivos colores para el vestuario. Este naturalismo
no era el de Zola, sino más bien el que perseguía la
fidelidad histórica y la verdad absoluta en ella. Las armas,
por ejemplo, tenían que ser auténticas. De ahí
que su repertorio tuviese como norma la calidad de las obras. En este
sentido, superó el debate de las reglas, sin hacer distinción
ni de tono ni de nacionalidad ni de escuela. Representó a Shakespeare,
a Moliére y a Schiller, y se interesó igualmente por
autores alemanes no estrenados, como Kleist, y jóvenes dramaturgos
nórdicos, como Bjórnson e Ibsen. De éste hizo
el estreno absoluto de Espectros.
Entre 1874 y 1890, los Meininger dieron más de tres mil representaciones
en gira por Europa. Su campo preferido, no obstante, era la propia
Alemania, y principalmente Berlín, considerada ya como nueva
capital del imperio germano, en donde, en 1883, se
fundaba el Deutscher Theater, que será el primer teatro alemán.
En esas giras por Alemania los Meininger se vieron favorecidos por
la infraestructura teatral existente, que ellos supieron estimular.
Es significativo que, a partir de 1870, empezaran a florecer teatros
privados junto a los viejos teatros de corte. Pero sorprende aún
más el ritmo con que este fenómeno se propaga, pues
en quince años el número de salas pasa de doscientas
a seiscientas.
En sus giras, los Meininger llegaron a los países escandinavos
y Rusia. Por su lado, Ibsen ya había entablado contacto con
ellos en Alemania, donde acudió para estudiar su arte.
4.
EL TEATRO NÓRDICO
La escasa tradición del teatro escandinavo se había
contentado en el siglo XIX con las comedias de estudiantes y la aclimatación
del vodevil francés, que florece a partir de 1830 en Copenhague
y Estocolmo. En esa dramaturgia, el teatro de vodevil constituye el
primer escaño de la ascensión realista. A mitad del
siglo XIX, se crean dos grandes teatros: la Escena Nacional de Bergen
y el Teatro de Christiana, luego Teatro Nacional de Oslo. La animación
de este último fue confiada primero a Henrik Ibsen, y, posteriormente,
a Bjórnstjerne Bjórnson.
Para su propia instrucción, Ibsen recorrió Europa. A
partir de 1864 vivió casi permanentemente fuera de Noruega.
En la escritura dramática se inició con obras de inspiración
romántica, y comedias al modo de Scribe. Por su lado, Bj6rnson
admiró particularmente al Musset de las comedias y proverbios.
En la obra de HENRIK IBSEN (1828-1906), la crítica suele hacer
varios apartados. Dejando a un lado sus primeras comedias, tenemos
un primer bloque de dramas poéticos nacionales, como Brand
(1866), ataque metafórico a la falta de solidaridad panescandinava
ante la violación prusiana a Dinamarca en la persona del sacerdote
Brand, que, por mantener sus principios, sacrifica a su mujer y a
su hijo; Peer Gynt (1868) es un personaje radicalmente distinto del
anterior, caricatura del genio noruego. La segunda etapa la compone
su época realista, con Casa de muñecas (1879), Espectros
(1881), Un enemigo del pueblo (1882) y El pato salvaje (1884), entre
las más conocidas. Finalmente, se encuentra su etapa simbolista,
en la que sobresalen La dama del mar (1888), Hedda Gabler (1890) y
Solness el arquitecto (1892).
Entre los problemas sociales que más le preocupan durante su
segunda época, adquiere gran relieve el de la liberación
de la mujer, tema que le proporciona excelentes desarrollos dramáticos.
Se dice que había en ello razones muy profundas, incluso biográficas,
y que el dramaturgo se identifica frecuentemente con sus protagonistas
femeninas. Para Freud, Ibsen era el escritor más interesante
de su tiempo. Pero no conviene limitar el alcance crítico a
este sólo problema._ Aplicando las mismas intencionalidades
a Ibsen y a Bjórnson, Maurice Gravier escribirá:
Conservando
siempre el sentido del arte y de la medida, Ibsen y Bjórnson
evitan normalmente proponernos soluciones demasiado concretas. Pero
despiertan las conciencias, hacen salir de su letargo las mentes propensas
a satisfacerse fácilmente con
las situaciones adquiridas. Ibsen y Bjórnson viven en una sociedad
petrificada, tiranizada y entristecida por el espíritu pietista.
Un vicio quieren denunciar antes que cualquier otro: la hipocresía.
«Vivir según la verdad», ése es el ideal
que Bjórnson propone a los espectadores de sus dramas, mientras
que Ibsen les pide que sigan «la exigencia ideal», que
descubran su vocación y disipen, si es preciso, la «mentira
vital». Mas decir la verdad a un pueblo que se mantiene simple
y zafio no es ciertamente nada fácil.
Cualquiera
de las obras de Ibsen, y no sólo las de este periodo, muestra
la enorme dosis de autenticidad y de valor para desafiar a los sectores
denunciados. Un enemigo del pueblo puede ser propuesta como el paradigma
de tales denuncias. Por su lado, los estrenos de Ibsen se encargaron
de demostrarlo. Como anécdota podemos citar el enfrentamiento
que hubo en Francia entre dos grandes políticos, Clemenceau
y Jean Jaurés, con motivo del estreno de esa obra. Aunque tuvo
mayor eco, en Noruega y en toda Europa, la polémica suscitada
por Casa de muñecas. Hace más de un siglo, el dramaturgo
se convirtió en abanderado del movimiento feminista. La obra
propone la dialéctica de estar a favor o en contra de Nora,
la protagonista. Cuando el tema salía a debate, era difícil
contener los nervios. Se dice que en invitaciones y tarjetas de visita
se rogaba abstenerse de hablar de Nora.
Nora
es la esposa gentil del abogado Helmer. Para salvar a su marido de
una grave enfermedad, Nora contrae una gran deuda con un acreedor,
viéndose obligada a falsificar su firma para mantener este
hecho en secreto. La buena de Nora va pagando poco a poco dicha deuda
sin que el marido sepa nada de ello. Pero un buen día todo
se descubrirá: Helmer quiere despedir del banco, en el que
es director, a un empleado, que resulta ser el acreedor de Nora. Este
la amenaza con el chantaje. Para los esposos ha llegado la hora de
la verdad, la hora de actuar ante la verdad, característica
del drama ibseniano. Helmer aparece ahora frente a Nora como un ser
mezquino, al que sólo le interesa su reputación. A Nora
el mundo se le derrumba y todo le parece sin sentido. De pronto, descubre
que aún le queda un asidero para evitar su desesperación:
su libertad. Desoyendo las súplicas del marido, Nora abandona
la casa dando un portazo, que algún comentarista ha conceptuado
como el más valiente y consecuente de toda la historia del
teatro.
A
Ibsen le preocupaba sobremanera la composición dramática.
Muy superior en ese terreno a los franceses, sus obras sí son
modelo de la llamada piéce bien faite. Sabe administrar el
pathos dramático, mantener los enfrentamientos en su cumbre,
emplear el lenguaje y las fórmulas psicológicas adecuadas.
Ese es el secreto de su pervivencia.
Durante su tercer periodo se interesa menos por lo social, cuidando
más la simbología de la obra y su conformación
poética.
Otro nombre estelar del teatro nórdico es el del sueco AUGUST
STRINDBERG (1849-1912). Dejando aparte sus inicios, en los que se
opone al drama romántico y a la comedia burguesa importada
de Francia, hemos de reseñar sus dramas naturalistas: El padre
(1886), Señorita Julia (1888) y Acreedores (1888). En ellas
ahonda en los detalles del relato, de modo incluso obsesivo, y en
la huella que deja en el alma de los personajes, a veces con insistencia
masoquista. Estaríamos ante una escritura que, partiendo de
la observación minuciosa de la realidad, y de su propia biografía,
se nos presenta como el drama de las obsesiones del yo frente a la
realidad.
Pero Strindberg escapa del naturalismo para convertirse en precursor
del expresionismo. A la salida de una grave crisis psíquica
y moral, que dejó reflejada en sus relatos Infierno y Combate
con el ángel, el dramaturgo escribió una extensa obra,
Camino de Damasco (1898-1901), en la que las alucinaciones crean un
mundo interior en el cual simbolismo y expresionismo se han aunado
en diversas ocasiones para escenificarlo. Aún se podría
decir más sobre su siguiente obra, El sueño (1902),
que cabe conceptuar de precursora del teatro surrealista, pues el
inconsciente liberado se adueña de la escena, imponiendo sus
esquemas incoherentes. Esta obra puede ser considerada justamente
como una de las grandes concepciones del teatro moderno. Artaud y
los surrealistas de entreguerras pensaron en ella como ejemplo ilustrador
de sus propias concepciones dramáticas.
La aportación de Strindberg a la escena fue más allá.
A raíz de su decepción por la ciencia, en la que tanto
había confiado -e incluso por la alquimia, pues había
intentado fabricar oro-, se convierte a una fe a caballo entre el
budismo y el cristianismo. Ello explica su concepción simbolista,
la nueva estructura compositiva en la que incluye himnos en latín
y desarrollos litúrgicos en títulos como Adviento o
Pascua.
En 1902 fundó en Estocolmo el Intim Teatern. El término
íntimo puede aplicarse tanto a las modestas dimensiones del
local, como a la temática de las obras a las que se destina,
o a su modo de representación. En ésta se procedió
a la simplificación de los elementos decorativos para estimular
en todo momento la imaginación del espectador; se preocupó
de la creación de climas psicológicos, particularmente
con juegos de iluminación que proyectaban las sombras de los
personajes. Para algunos, esta experiencia del Intim Teatern podría
ser considerada como la cuna del expresionismo. Allí representó
sus piezas íntimas o, como él prefería llamarlas,
piezas de cámara, imitando la expresión musical: Tempestad,
La casa quemada, El pelícano y La sonata de los espectros.
Cabe decir que todo en la obra de Strindberg fue íntimo, en
el sentido de que toda la realidad fue modelada en su interior, en
su propia atormentada biografía. En él están
presentes casi todos los desarrollos dramáticos vanguardistas
del siglo XX.
5. EL TEATRO LIBRE DE ANTOINE
Como
hemos indicado al hablar de Zola, las piezas francesas representadas
en París, adaptadas directa o indirectamente de la novela,
no convencieron. Pero las ideas de Zola tampoco cayeron en terreno
baldío. Un aficionado al teatro, ANDRÉ ANTOINE (18581943),
por quien pocos habrían apostado en un principio, quiso crear
un teatro donde todo fuese verdadero, tan real como une tranche de
vie (una tajada de vida), expresión que define elocuentemente
su idea de la puesta en escena naturalista. Antoine había estudiado
la teoría naturalista con Taine, y conocía los escritos
de Zola. Fue comparsa en la Comedie Française y asistió
al curso de declamación de Lainé. Vivía como
empleado de la Compañía de Gas, formando el grupo galo
junto a otros jóvenes aficionados con la decisión de
renovar el teatro. El 30 de marzo de 1887, noche memorable para el
arte escénico, Antoine inauguró su Théátre
Libre (Teatro Libre) en la humilde sala del Elíseo de Montmartre
con capacidad para unas trescientas cincuenta personas. Se representaron
cuatro obras breves, una de ellas Jacques Damour, de Zola, adaptada
por Léon Hennique. La visita a Bruselas, para ver actuar a
los Meininger, le confirmó en sus ideas dramáticas.
De lo que fue su labor de dirección en los años que
siguen nos da cuenta otro director importante, Gaston Baty:
Antoine
puso al desnudo todos los artificios de las fórmulas antiguas,
arrojó fuera las complicaciones, los trucos, los golpes efectistas,
la ampulosidad, los largos parlamentos, la verborrea de la pieza de
intriga, mostrando la vanidad de las maquinarias complicadas y las
exhibiciones sensacionalistas. La obra reconstructiva de Antoine creó
el gusto por la acción simple, rápida, concisa y visual,
tanto en los gestos como en las actitudes y en las palabras, buscando
sus motivaciones en los caracteres y no en los enredos de la situación,
interpretando las obras sin muletillas, con naturalidad y en medio
de un marco expresivo.
Como
puntos fuertes habría que subrayar dentro de su labor de coherencia,
acorde con el realismo impuesto a los medios visuales, la representación
antiteatral, es decir, la técnica de actuar como si no se estuviese
en un teatro, como si entre los actores y el público existiera
realmente una cuarta pared, y uno se encontrase sólo con los
otros personajes, en una situación real de la vida; de ahí
que importe poco, contrariamente a las prescripciones del cuadro plástico,
hablar de espaldas, o desde fuera del escenario visible. Insistió
en la labor de conjunto de la compañía, que nunca debía
conformarse con ser una banda de comparsas en torno al primer actor
o vedette de turno. Por estas razones, buscó y estimuló
la escritura de obras nuevas. Se dice que estrenó más
de ciento veinte, de cincuenta y un autores, de los cuales cuarenta
y dos eran menores de cuarenta años, la mayoría en un
acto y de fácil representación. Pero no olvidó
por ello los grandes nombres extranjeros, como Tolstoi, Hauptmann
o Ibsen.
Por otro lado, cuidó de su público al abaratar las entradas,
y se interesó por el confort de la sala. Concentró la
luz en el escenario, dejando a los espectadores en la oscuridad. Siguiendo
a Zola, en escena dio mayor importancia al ámbito de la acción
sobre la acción misma, «porque es el medio el que determina
los movimientos de los personajes, y no los movimientos de los personajes
los que determinan el medio». De ahí que propugnara la
solidez de los elementos escénicos: prefirió los objetos
y muebles auténticos, rechazó los bastidores de tela
que imitan la madera, imponiendo que las paredes y ventanas fuesen
realmente practicables y no meramente decorativas. Este rechazo de
las convenciones escenográficas le acarreó las más
duras críticas, y algunos llegaron a caricaturizar sus excesos:
se han citado con harta frecuencia los pedazos de carne auténtica
colgados en la escenificación de la obra Los carniceros, y
el desagradable olor que generó a los pocos días; o
las gallinas vivas picoteando por el escenario de La tierra. Pero
sería injusto quedarse en estos ejemplos e ignorar lo mucho
que Antoine significaba en su momento para la evolución del
arte teatral, tanto para los que en la fidelidad reformaron sus ideas,
como para los que, desde la oposición a las mismas, abrieron
vías antinaturalistas a la representación escénica.
En el mismo París, esta oposición, tan beneficiosa para
la escena, fue encabezada por el citado Paul Fort y su Teatro del
Arte. En los epígrafes finales del presente capítulo
entraremos más a fondo en esta cuestión.
En 1906 Antoine pasó ala dirección del Odeón,
en la que se mantuvo hasta 1914. Después abandonó la
dirección teatral para dedicarse al cine, medio que juzgó
verdaderamente expresivo para mostrar la realidad. Como actor y director
impuso también su estilo naturalista a montajes de textos de
Zola, Hugo y Dumas. Con Antoine, tanto en teatro como en cine, se
estaba diseñando netamente la moderna figura del director de
escena.
6.
LA «FREIE BUHNE» Y LA CONSOLIDACION DEL TEATRO ALEMÁN
En
1889, el movimiento naturalista alemán funda la Escena Libre
(Freie Bühne), dirigida por Otto Brahn. Brahn reclama para ella
la misma verdad que Antoine proclama en su Teatro Libre. Pero Brahn
no quiso experimentar con actores aficionados y, desde el principio,
reclutó actores profesionales. En lo que al repertorio se refiere
supo tomar buena nota de los Meininger y de los naturalistas franceses.
Inició sus representaciones con Ibsen (Espectros), al que se
unirán los nombres de Tolstoi, Zola, Becque y Strindberg. Pero
supo también apostar por los dramaturgos alemanes del momento.
Dos nombres quedarán para la historia del teatro unidos al
suyo: GERHART HAUPTMANN (1862-1946), revelado por la Freie Bühne,
y FRANK WEDEKIND (1864-1918), al que conoce en el Deutscher Theater,
en 1912.
El segundo estreno de la Freie Bühne fue precisamente una obra
de Hauptmann, Antes del amanecer. En la línea de Zola, el naturalismo
de Hauptmann está también imbuido de un manifiesto socialismo.
Este queda especialmente de relieve en otro conocido texto, Los tejedores,
igualmente estrenado en la Freie Bühne por Otto Brahn. Cuando
éste pasó al Deutscher Theater siguió rodeándose
de los mejores actores. Entre ellos se encontraba Max Reinhart, que
le sucederá en la dirección de dicho teatro. Reinhart
se convirtió en una de las más interesantes figuras
de la dirección escénica de nuestro siglo, dentro de
una tendencia abiertamente antinaturalista.
Como muchos otros naturalistas, Hauptmann evolucionó hacia
el drama poético y simbolista. Lo mismo le ocurría a
Wedekind, que de actor pasó a consagrarse a la escritura dramática.
Su naturalismo se vio pronto teñido de una extraña y
amarga simbología, que exigía puestas en escena cuyo
atrevimiento chocaba muchas veces con la sensibilidad del público
de su época: ambientes marginales y depravados, personajes
asociales, prostitutas, criminales, lesbianas; todo ello con los lenguajes
propios de tales personajes y ambientes. Lo cual le hará engrosar
pronto las listas de los repertorios expresionistas. A Wedekind debe
el teatro ese tipo turbio, sincero, morbosamente atractivo, llamado
Lulú, que encontramos en dos de sus mejores creaciones: Gnomo
(1895) y La caja de Pandora (1902).
7. EL REALISMO RUSO. STANISLAVSKI
En
San Petersburgo, un joven entusiasmado por el teatro desde su infancia
contempló admirado a los Meininger en su gira por Rusia. Su
nombre era CONSTANTIN STANISLAVSKI (1863-1938). Sus padres construyeron
para él dos teatros: uno en sus propiedades del campo y otro
en su casa de Moscú. Todo fue teatro en la vida de Stanislavski.
Los Meininger, a los que citará con frecuencia a lo largo de
su vida, le enseñaron cómo la verdad del poeta, del
dramaturgo, puede convertirse en la verdad hecha vida por los actores.
En Rusia, el terreno estaba abonado cuando los Meininger aparecieron
en su gira. El teatro realista ruso hunde sus raíces en el
teatro de siervos, que cubre el último tercio del siglo XVIII
y la primera mitad del XIX. Catalina II hizo que la nobleza fuera
no sólo propietaria de las tierras, sino también de
los campesinos que las trabajaban. Emulando a los reyes europeos,
los grandes señores rusos organizaron sus propias cortes ilustradas,
en las que el teatro constituyó un tipo de ocio frecuente.
Cuando en 1861 fue abolido este régimen de servidumbre, Rusia
se encontró con un elenco impresionante de actores, bailarines,
músicos y pintores provenientes de la servidumbre. Estos actores-siervos,
a los que se les había dado instrucción y que habían
representado particularmente el repertorio francés -de Moliére
al vodevil-, comprendieron la necesidad de crear un teatro más
conectado con la realidad rusa, que alguien ha descrito como drama
sin las cofias ni los delantales de las criadas francesas. Durante
mucho tiempo, los grandes actores eran siervos: la Semenova, Matchalov,
Chtchepine...
Volviendo a Stanislavski, es memorable la conversación de más
de quince horas que mantuvo con Vladimir Dantchenko, autor y profesor
de arte dramático en Moscú. Se cree que ello fue el
origen de la nueva época realista que coincide con la creación,
en 1898, del Teatro de Arte de Moscú. Este teatro, gracias
a un mecenas entusiasta, Morozov, dispuso pronto de un moderno edificio,
bien dotado, en el que los actores disponían por primera vez
de confortables camerinos y de un salón-biblioteca. Todo estaba
preparado para iniciar la aventura. El Teatro de Arte contaba con
actores, directores y técnicos. Stanislavski pensó,
no obstante, que faltaba el elemento esencial: los poetas, como él
gustaba llamar a los dramaturgos. Fue Dantchenko quien propuso un
nombre: Chejov. Anton Chejov era ya un dramaturgo conocido que había
fracasado con La gaviota, en 1896, en el Treatro Alexandrine de San
Petersburgo. Pero ése fue el reto de Stanislavski-Dantchenko:
empezar con una obra tildada de decadente. En 1898, el Teatro de Arte
invitó al público moscovita a contemplar una nueva versión
de La gaviota. Se dice que Stanislavski consiguió que el corazón
hablara, que el silencio fuera elocuente, que a los espectadores llegase
la suave melancolía, aquella resignación tan rusa de
los personajes; todo un éxito que convirtió a La gaviota
en símbolo del Teatro de Arte de Moscú y del teatro
ruso moderno.
Según el método psicológico-realista de Stanislavski,
el actor debe reflejar los sentimientos que, en una situación
dada, pueden experimentar sus personajes en razón del grado
de conocimiento y de compromiso que les vinculen a dicha situación.
Todo esto es lo que el actor, ayudado por su director, debe reconstruir
para apropiárselo. Así, comentando años más
tarde la interpretación de Hamlet -obra que conceptúa
como la más grande de la historia del teatro-, exige que el
actor que represente al protagonista conozca los impulsos vitales
que animan al personaje. Ello no debe implicar una interpretación
monocorde, pues aunque tal conocimiento dé la tónica
al actor, éste modificará su expresión según
los estímulos que le lleguen desde las circunstancias de la
acción, desde los otros personajes con los que se enfrenta,
de acuerdo siempre con el conocimiento progresivo que de los demás
personajes y de sí mismo vaya adquiriendo a medida que avanza
la representación. El método Stanislavski, considerado
como el método por antonomasia en el mundo del teatro, tiene
como finalidad ahondar en las leyes ocultas del proceso creador, intentando,
a través de una práctica asidua, formularlas del modo
más objetivo posible.
Para el actor ruso los textos de su propia dramática debían
ser, en un principio, los más adecuados, ya que hablaban de
su realidad. Tras el éxito de La gaviota en el Teatro de Arte,
Stanislavski y Dantchenko suplicaron a Chejov que siguiera escribiendo
para el teatro. Chejov les entregó tres nuevas obras, que siguen
actualmente vivas: Tío Vania, iniciada en 1896 y terminada
en 1899, Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos
(1904). El éxito de estos textos les llevó a desempolvar
otras anteriores, breves en su mayoría, que Chejov había
escrito hacía diez años, con algunos elementos de farsa
y de melodrama: El oso (1888), El canto del cisne (1888), La petición
de mano (1889), Tatiana Repín (1889), El aniversario (1891),
etc. Por desgracia para el teatro, cuando Chejov se encontraba en
plena euforia creativa, con un gusto exquisito por la escena, murió
de una afección pulmonar en 1904.
Cabe evocar en este epígrafe a otros dramaturgos rusos. LEÓNIDAS
ANDREIEV (1871-1919) se inicia en una línea realista que pronto
recarga de símbolos. Lo propiamente ruso se mezcla con otras
dramaturgias -Maeterlink en particular- y acusa influencias de concepciones
vitales -Schopenhauer y Nietzsche, sobre todo. Como en Dostoievski,
sus personajes se debaten entre la inseguridad, la angustia y el impulso
de la muerte. Pero Andreiev escapa incluso al primer simbolismo para
anunciar otras tentativas, como la del absurdo.
MAXIMO GORKI (1868-1936) muestra un realismo más constante,
más palmario, en el que los problemas y las reivindicaciones
sociales lo acercan a veces a lo revolucionario. Los pequeños
burgueses (1901) y Los bajos fondos (1902), estrenadas por el Teatro
de Arte de Moscú, responden a estas inquietudes. Gorki luchó
por la revolución, colaboró con el régimen leninista,
aunque por diferencias ideológicas y pragmáticas dejó
Rusia en 1921.
La vía realista de todos estos autores había sido preparada
por otros creadores a lo largo del siglo XIX. Entre ellos hemos de
citar a NICOLAI GOGOL (1809-1852), ALEJANDRO OSTROVSKI (1823-1886)
e IVAN TURGUENIEV (1818-1883). Gogol abogó desde sus inicios
por un teatro autóctono ruso. «¿Qué tenemos
nosotros que ver con los franceses y todas esas gentes exóticas?
Que se nos dé algo ruso», reclamaba. El inspector (1836),
es una sátira de la Rusia zarista; una dramatización
de su novela Almas muertas fue representada mucho más tarde
por el Teatro de Arte de Moscú. En Turgueniev vemos ya prefigurado
el tono chejoviano, sobre todo en Insolvencia (1849) y en Un mes en
el campo (1850). De Ostrovski hay que señalar su gran labor
en el Teatro Malí de Moscú, y el breve periodo, hasta
su muerte, como director del Teatro Imperial y de la Escuela Dramática.
Entre sus obras destacan La tormenta (1860) y El bosque (1872).
8.
DE DUBLIN A LONDRES:
ACTORES Y DRAMATURGOS IRLANDESES
La
creación del Teatro Independiente de Londres en 1891, constituye
otro intento de trasladar a Inglaterra la experiencia del Teatro Libre
de Antoine. Todo se debió al entusiasmo puesto en la empresa
por J. T. Grein. Grein siguió el camino de franceses y alemanes
al elegir para sus primeros estrenos a Ibsen (Espectros) y Zola (Teresa
Raquín). El Teatro Independiente tuvo también su dramaturgo:
BERNARD SHAW (1856-1950), que estrenó en 1892 Casa de viudos,
escrita un año antes. A esta feliz circunstancia debemos que
Shaw, entusiasta estudioso de Ibsen, siguiese escribiendo para el
teatro comedias realistas, de gran agilidad de diálogo, provistas
todas ellas de una buena dosis de carga crítica hacia injusticias,
hipocresías y tabúes de la burguesía inglesa.
Esta tendencia ha hecho que se le compare con otro dramaturgo, igualmente
de origen irlandés: Oscar Wilde, poeta maldito para la sociedad
puritana de Londres, a la que llegó a conocer como nadie en
su interior.
Pese a su declarado fervor ibseniano, y pese a sus manifiestos propósitos
críticos, Shaw rebaja el tono realista para ofrecernos comedias
-algunas de tono tragicómico- en las que lo hiriente no va
reñido con un diálogo de fino y soterrado ingenio o
manifiesto humor. De sus primeras obras, que dividió de modo
curioso en comedias agradables, comedias desagradables y comedias
para puritanos, hemos de destacar Cándida, y entre las últimas,
La conversión del capitán Brassbourd. Con posterioridad
a esta etapa, Shaw frecuentará la escritura dramática
asumiendo la superación del naturalismo, aunque sin dejar de
ser él mismo en ningún momento. Subrayemos su conocido
Pigmalión (1913) y Santa Juana (1923), una de las grandes construcciones
dramáticas de este siglo.
Por su lado, OSCAR WILDE (1856-1900) alterna, en la última
década del siglo XIX, la escritura simbolista y la comedia
de costumbres que, sin duda, podemos incluir en el realismo. Su origen
-idolatraba a su madre, de origen italiano-, formación -estudios
en Dublín y Oxford, simpatizando con el Romanticismo y Simbolismo
franceses-, su psiquismo -excéntrico, snob, homosexual-, su
conocimiento directo de la alta sociedad puritana londinense -las
grandes damas se lo disputaban como la mayor atracción de sus
salones, en los que era el invitado más ocurrente y divertido-
hicieron posible obras poéticas como La duquesa de Par,,"
(189 1) o Salomé (1984) -escrita para Sara Bernhardt-, así
como las comedias finas y bien construidas El abanico de Lady Windermere
(1892) y La importancia de llamarse Ernesto (1895).
Estos dos dramaturgos irlandeses universales no fueron, sin embargo,
los propulsores del notable movimiento escénico de este país
en el periodo que nos ocupa. El verdadero advenimiento teatral irlandés
girará en torno a dos figuras: el poeta William B. Yeats y
la emprendedora Lady Gregory. Todo partió de la institución
de Dublín conocida como el Teatro literario inglés.
Poco después, en 1901, actores ingleses e irlandeses se unieron
a Yeats y Lady Gregory y constituyeron el Teatro Nacional Irlandés.
Si en un principio todo parecía indicar el nacimiento de un
teatro poético, muy pronto los hermanos Fay, que se encargaron
de la dirección, juzgaron conveniente seguir los consejos de
Antoine. La adopción del estilo naturalista, teñido
de humor y de poesía, pareció sin duda la fórmula
adecuada si tenemos en cuenta la propuesta inicial del Grupo: mostrar,
de modo costumbrista, la realidad social y cultural de Irlanda, sin
excluir las reivindicaciones de tipo patriótico dirigidas sin
paliativos contra la corona británica.
Miss Horniman, una entusiasta del arte escénico de los actores
irlandeses, les ofreció como sede el Teatro de la Abadía
de Londres. Todas estas circunstancias, en especial su sentido nacionalista,
hicieron que actores irlandeses e incluso ingleses valoraran este
grupo, así como los dramaturgos irlandeses. De estos últimos
hemos de mencionar a O'Casey y a Synge. SEAN O'CASEY (1884-1964) participó
durante esos años de la poética naturalista, reivindicando
la protesta proletaria irlandesa, la independencia y unidad de su
país, en definitiva, la lucha por la libertad. A lo largo de
su carrera, O'Casey siguió fiel a esta temática, aunque,
tras la Primera Guerra Mundial, derivó hacia una poética
que incluía elementos simbolistas y expresionistas que le valieron
el rechazo del Teatro de la Abadía. JOHN M. SINGE (1871-1909)
poseía una gran formación artística. Pronto se
instaló en París, donde entró en contacto con
Yeats, quien le aconsejó, felizmente para el teatro, que volviera
a su tierra irlandesa y conviviese con los campesinos a fin de estudiar
sus costumbres, lenguajes y problemas. Así lo hizo Synge. Pero-en
él habla sobre todo un poeta, más que un novelista al
estilo de Balzac, a quien estas pruebas de conocimiento de la realidad
eran enteramente necesarias. En Synge, las leyendas, mitos y usos
populares irlandeses, unidas a las técnicas dramáticas
modernas, justifican para su teatro - y para el teatro irlandés
de sus compañeros - la denominación de poético-realista,
aunque quizá también la de realista
simbolista. Señalemos, en esta Iínea, Jinetes hacia
el mar (1903) y El héroe del mundo occidental (1907), que se
considera su obra maestra.
En 1911, los irlandeses, que en Londres y en Europa eran reconocidos
ya como el mejor grupo teatral de expresión inglesa, cruzaron
el Atlántico para mostrar su arte en los Estados Unidos de
América.
9.
EL REALISMO DRAMÁTICO EN LOS ESTADOS UNIDOS
Aunque
el teatro en América del Norte era tan antiguo como la misma
colonización que lo importó, la aparición de
una dramaturgia propiamente autóctona se sitúa en torno
a la Guerra de Secesión. La Guerra Civil proporcionó
multitud de relatos que, contados sobre las tablas, no disimulaban
un halo romántico algo trasnochado. Por otro lado, la infraestructura
teatral a principio del siglo XX. era considerable. Echando mano del
propio estilo de los cómputos americanos, ofrecemos estas cifras
dadas por los historiadores: cinco mil salas de teatro en todo el
país, con una capacidad superior a los cinco millones de localidades.
El tren hacía posible los necesarios desplazamientos de los
actores para cubrir tan extensa geografía. En las ciudades
más importantes había de quince a veinte locales de
teatro. Por su parte, las universidades empiezan a tomarse en serio
este arte. Hay un nombre que citar al respecto: George Pierce Baker,
profesor de Harvard. Según él, las obras dramáticas
deben ser estudiadas en laboratorios. En teatro, el laboratorio es
el escenario. Entre los discípulos de Baker se encontraba un
joven que se convertirá en el dramaturgo iniciador y propulsor
del moderno teatro americano: EUGENE O'NEILL (1888-1953).
En Nueva York florecieron algunos grupos importantes de jóvenes
actores y dramaturgos ansiosos por emular lo que ocurría en
Europa. Uno de estos grupos, los Provincentown Player, pasarán
a la historia del teatro por haber lanzado al joven O'Neill con Rumbo
a Cardiff (1916). A éste seguirán otros estrenos memorables,
como los de El emperador Jones (1920) y El mono peludo (1922). La
fama lo llevó a Broadway, donde obtuvo sus más resonados
éxitos gracias, sin duda, a su talento para construir dramas,
aunque también, y en buena medida, a las magníficas
escenografías de Edmund Jones en El deseo bajo los olmos y
A Electra le sienta bien el luto. Las fechas de los estrenos de estas
obras, principio de los años 30, a los que debemos añadir
el de Largo viaje hacia la noche, en 1940, ponen de manifiesto el
retraso del realismo dramático americano en relación
con el europeo.
Sin embargo, no es O'Neill un epígono de las corrientes realistas
del viejo continente. Es cierto que los actores irlandeses enseñaron
mucho en los Estados Unidos, incluso al propio O'Neill. Pero hemos
de recordar igualmente que su repertorio e interpretación ya
suponían una variación con respecto a los movimientos
europeos de finales del siglo XIX, a pesar de inspirarse en ellos.
Para entender el fenómeno O'Neill hemos de tener en cuenta
su gran conocimiento tanto del mundo teatral como de su público,
pues no en vano es hijo de un gran actor, hecho que le hace viajar
con la familia por todo el país, y conocer la profesión
desde los bastidores. Añadamos a eso su admiración y
estudio de la tragedia griega, iniciada con el profesor Baker, y que
influye manifiestamente en su obra, según sus críticos;
también condicionaron su obra el conocimiento de la vida americana,
de sus frustraciones y deseos, así como su rica y accidentada
biografía (madre depresiva que es preciso internar y mantener
con alucinógenos, sus tres matrimonios, etc.).
No se deben medir con el mismo parámetro todas las piezas de
O'Neill. Es preciso evitar la tentación generalizadora a la
hora de enfocar su comentario o proyectar su puesta en escena. Si
es cierto que su teatro arranca del naturalismo, también lo
es que éste evoluciona hacia tendencias muy diversas: expresionismo,
simbolismo, psicologismo. Se puede decir que el realismo psicológico
va a caracterizar buena parte del teatro americano posterior a O'Neill.
Es notable su influencia, junto con la de grandes autores europeos,
como Ibsen y Strindberg, en dramaturgos como TENNESSEE WILLIAMS Y
ARTHUR MILLER. El primero es autor de piezas tan conocidas como Un
tranvía llamado deseo (1947) y La gata sobre el tejado de cinc
caliente (1955), pero también de otras menores, y menos representadas
-muchas de ellas situadas en el barrio francés de Nueva Orleáns-,
que constituyen un buen exponente de ese absurdo a la americana que
de los hermanos Marx nos lleva a la más reciente y genial novela
de T. Kennedy, La conjura de los necios. Miller, que con su fórmula
realista presenta una producción más monótona
y monocorde, nos ha dejado títulos memorables como Todos eran
mis hijos (1947), La muerte de un viajante (1949) y Las brujas de
Salem (1953).
Otros nombres que completan la lista de dramaturgos norteamericanos
son WILLIAM SAROYAN, ARTHUR LAURENTS, WILLIAM INGE, ROBERT SHERWOOD,
CLIFFORD ODEST... Ocurre con frecuencia en la historia del teatro,
que los autores surgen cuando las condiciones de la escena les son
favorables. En este sentido, a los citados habría que relacionarlos
con el llamado Group Theatre, fundado en Nueva York en 1931 por Harold
Clarman, Lee Strasberg y Cheryl Crawford. Este grupo contó
con un elenco de buenos actores, entre los que hemos de citar a John
Gorfield, Stella Adler, Elia Kazan y M. Carnowsky. El Group Theatre
adoptó el método Stanislavski, con las sugerencias y
adiciones de Strasberg, su más dinámico director. Tras
la disolución del Group Theatre en 1941, Strasberg continuó
con su labor de dirección y de enseñanza de actores,
para lo que fundó, en 1947, el famoso Actor's Studio. El teatro
y el cine americano, de tendencias psicologistas y realistas, tiene,
desde esos años, una deuda inmensa con Strasberg y, por su
mediación, con Stanislavski y su método.
10.
LA PRIMERA GRAN CONTESTACION AL REALISMO: ALFRED JARRY
No
tardaría mucho en aparecer la primera gran contestación
al realismo de las últimas décadas del siglo XIX. Paul
Fort y, sobre todo, Lugné-Poe exageraron la reacción,
llegando el segundo a auténticas ceremonias de recitados altisonantes
que, sin embargo, evolucionaron hacia un «realismo mitigado».
La principal destrucción de la norma imperante, desde el texto
dramático propiamente dicho, fue debida a un joven alumno de
enseñanza media, llamado ALFRED JARRY (1873-1907). A la edad
de dieciséis años escribió una obra que, en su
primera versión, era un teatro de marionetas, de ahí
la carga caricaturesca y el carácter de farsa de los personajes,
sus tics, lenguajes, gestos y poses. El texto, llamado inicialmente
Los Polacos, será pronto su universalmente conocido Ubú
rey. Se ha dicho que con Ubú rey se inicia el surrealismo y
otros intentos vanguardistas del siglo XX., como el absurdo, particularmente
el de Ionesco. No hace falta ser muy perspicaces ni conocer su origen
para ver que Jarry se está riendo de sus criaturas, ante todo
del protagonista, el Pére Ubú, o tío Ubú,
como quizá haya que traducirlo. Pero se mofa también
de su mujer, la tía Ubú, así como de los ambientes
y lenguajes que se incluyen en la obra, de las historias y relatos
que en ella se ironizan, del propio teatro trágico, con sus
héroes, reyes, intrigas, conflictos ridículos, ambiciones
e incultura. Esta risa destructiva y grotesca no era la risa de la
comedia o del vodevil, siempre controladas por el buen gusto y la
moderación exigidos por el público teatral. En el fondo,
Jarry se está riendo del propio teatro. Para Oliver Walzer,
en Ubú rey, como luego en el teatro dadá, se produce
una voluntad de ruptura, de querer sorprender y provocar, de lanzar
el lenguaje teatral por las aventuras menos controladas y hacer saltar
en pedazos los castillos del sueño, de lo maravilloso y del
humor. Ubú rey representa, desde esta perspectiva, algo nuevo,
un comienzo absoluto. Es la primera brecha abierta en la concepción
del teatro tradicional en nombre de lo absurdo, de lo irrisorio e
irracional.
Ubú,
antiguo rey de Aragón y capitán de dragones de Polonia,
es representado como un obeso fanfarrón. Su mujer, la tía
Ubú, lo empuja a destronar al rey Wenceslao para enriquecerse.
Así lo hace Ubú. Acto seguido apremia a los nobles y
a los financieros con una energía que deja atónita a
la propia tía Ubú. Pero Ubú será echado
del trono por Bougrelas, hijo del rey destronado, que cuenta para
ello con el apoyo del zar de Rusia. Por su enorme barrigón,
por sus juramentos y tacos, entre ellos ese merde (mierda) que tanto
escandalizó en su estreno, este personaje burlesco, tirano,
tonto y cruel se gana un lugar en la mitología dramática.
Por su parte, la historia del siglo XX. se ha encargado, por desgracia,
de mostrárnoslo repetidas veces en la realidad.
Jarry
tomó el tema de las humoradas de sus compañeros del
Liceo de Rennes, que tenían como blanco a un ridículo
profesor de física, llamado Monsieur Hébert. A éste
lo convirtieron en personaje de letrillas y héroe de una canción
de gesta grotesca, a la que todos iban añadiendo hazañas.
Del traslado de parte de esa gesta a la farsa Los polacos partió
Jarry, que representó la pieza con sus compañeros, en
una especie de ritual privado. Era 1889. Años más tarde,
en París, Jarry se convirtió en secretario de Lugné-Poe,
a quien persuadió para que montara Ubú rey, convertida
en comedia dramática en cinco actos. El estreno tuvo lugar
el 10 de diciembre de 1896, con el actor Firmin Gemier en el papel
protagonista. El escándalo fue inenarrable.
Algunos otros hitos se pueden señalar en la Francia finisecular
o de los inicios del siglo XX., como Las tetas de Tiresias, de Apollinaire,
representada en 1917, o Las impresiones de África, de Rousell.
Con ello llegamos a los intentos del teatro dadaísta que, a
su modo, pretendía destruir la escena, aunque todo quedara
en unas veladas encaminadas a provocar al público, a irritarle
o a tomarle descaradamente el pelo.
11.
ADOLPHE APPIA Y GORDON CRAIG
No
todos los grandes hombres de teatro durante el realismo fueron realistas.
El teatro no podía cerrarse a una imitación más
o menos pasiva de la realidad, en tanto que imitación, y había
que iniciar el camino de aproximación a esa realidad, dentro
de su propio contexto, como hecho mutable. El suizo Appia y el inglés
Craig, a quienes ya aludimos en el capítulo anterior al tratar
de la escenografía simbolista, se situaron en el frente de
lucha que tenía como objetivo el hacer un teatro teatral, un
teatro cuyo punto de partida fuera esa convencionalidad innata que
desdeñara Zola.
ADOLPHE APPIA (1862-1928) fue uno de los grandes renovadores del teatro,
a partir de sus trabajos sobre la música escénica, sobre
todo en el drama wagneriano. Había estudiado música
en Ginebra y Leipzig. Precisamente su libro más importante
se titula La música y la puesta en escena, comenzado en 1892,
con primera edición (Munich, 1899) ilustrada con dibujos del
propio autor. Los bocetos de sus «espacios rítmicos»
los inició en 1909. Curiosamente, Appia no es un creador prolífico.
Sus más importantes aportaciones vinieron de diseños
de ópera. En este sentido, ha sido más interesante la
influencia que generó, que su propio trabajo.
La estética de Appia se dirige a reforzar la acción
dramática a través de la escena simbolista, apartándose
totalmente del naturalismo. Para ello manejó con especial énfasis
la luminotecnia (la «luz viva» que decía, mutable
además), utilizando las nuevas posibilidades de la electricidad;
rompió con el viejo escenario a la italiana, sustituyendo el
decorado de tela por construcciones corpóreas y practicables,
en donde el juego del actor, su movimiento corporal, tendría
una importancia básica («la puesta en escena es un cuadro
que se compone en el tiempo»). En sus diseños, Appia
colocaba a los actores en lugares distintos según cada escena,
siempre con sus correspondientes cambios de luz. Era la primera vez
que se producía el razonamiento de la puesta en escena, como
algo vivo y cambiante. Asimismo, sus esfuerzos buscaron la integración
de la música en el teatro.
GORDON CRAIG (1872-1966) es el otro gran hombre de teatro de entre
siglos. Actor primero, su labor como director, escenógrafo
y teórico, dejaron decisiva huella en el desarrollo de la escena
imaginativa y antinaturalista. El Arte del Teatro (1905) fue su primer
\ más importante ensayo. Para él, la esencia del arte
teatral está en proporcionar valor dramático a la línea
y al color con el movimiento. «Si admitimos que el hombre de
carne y hueso se exprese por medio de gestos realistas, ¿por
qué no aceptar también que la realidad escénica
pueda soportar una pantomima realista?», afirma Craig. De sobra
es conocida su relación artística y sentimental con
Isadora Duncan, famosa por sus alardes con el cuerpo en la danza moderna.
De 1908 a 1929 publica la revista The Ma.rk, donde escribe artículos
con más de setenta seudónimos. En ella aporta, además
de ensayos sobre historia del teatro, estudios sobre aspectos rituales
de la escena, que se sitúan más cerca del teatro griego
y el Noh japonés, que de la literatura dramática y el
realismo. Su encuentro con Appia (Zurich, 1914) hizo más identificable
la trayectoria de ambos. Como el teórico suizo, Craig se fija
en el espacio, las luces y el ritmo. Renuncia a las bambalinas y telones
pintados en beneficio de estructuras tridimensionales. Inventa pequeños
y móviles biombos para sustituir la función del escenario
habitual; así presentó un Hamlet (1912) en el Teatro
de Arte de Moscú, a requerimiento de Stanislavski. Al igual
que Appia, los trabajos prácticos de Craig fueron muy escasos,
en comparación con sus escritos.
Decorado de Appia para Prometeo, 1910.
Decorado para Macbeth de Gordon Craig.
TEXTOS
...
El decorado del XVIII le iba de maravilla a los personajes del teatro
de la época; a dicho decorado, como a sus personajes, les faltaban
las particularidades; por ello se mostraba amplio, difuminado, perfectamente
adecuado al desarrollo de la teórica y a la pintura de héroes
sobrehumanos. De modo que, para mí, constituye un sinsentido
volver a representar hoy las tragedias de Racine con gran brillo de
vestuarios y de decorados [...].
Hemos contado con las tragedias de Voltaire, en las que el decorado
ya desempeñaba su papel; luego con los dramas románticos
que inventaron el decorado fantástico y obtuvieron de él
los mayores efectos posibles; hemos contado más tarde con los
bailes de Scribe, ejecutados ante un fondo de salón... En estos
momentos, el decorado exacto es consecuencia de la necesidad de realidad
que nos atormenta. Es inevitable que el teatro ceda a este impulso,
en esta época en la que la novela en sí no es otra cosa
que una encuesta universal, un proceso verbal alzado a cada hecho.
Nuestros personajes modernos, individualizados, actuantes bajo el
imperio de las influencias que los rodean, viviendo nuestra vida en
el escenario, resultarían completamente ridículos en
el decorado del siglo XVII.
¿Cómo no advertir el interés que un decorado
exacto añade a la acción? Un decorado exacto, un salón,
por ejemplo, con sus muebles, sus jardineras, sus baratijas, muestra
de inmediato una situación, dice el mundo en el que estamos,
expone los hábitos de los personajes [...]. Soy consciente
de que, para apreciar todo esto, hay que sentir a los actores vivir
la obra en vez de figurarla. El procedimiento es sensiblemente distinto.
Scribe, por ejemplo, no tiene necesidad de ambientes reales porque
sus personajes son personajes de cartón. Yo hablo de decorado
exacto para aquellas obras en las que haya personajes de carne y hueso,
que lleven con ellos el aire que respiran.
Un crítico ha dicho con mucha sagacidad: «En otro tiempo,
personajes verdaderos se movían ante decorados falsos; hoy,
los personajes falsos se mueven ante decorados verdaderos» [...].
La evolución naturalista en el teatro ha comenzado fatalmente
por el
lado material. Era lo más cómodo... Porque cambiar los
personajes falsos por personajes verdaderos es más difícil
que transformar los bastidores y los telones [...]. Un escritor vendrá,
no lo dudemos, que pondrá por fin en escena personajes verdaderos
en decorados verdaderos. Entonces lo entenderemos todo.
(EMILE
ZOLA, El Naturalismo en el teatro.)
No
hay papeles pequeños, sólo hay actores pequeños.
Hamlet hoy, figurante mañana, servidor del arte siempre...
El actor, el pintor, el atrezzista, el tramoyista, tienen una misma
finalidad: la de servir al poeta... Inexactitud, pereza, caprichos,
nervios, papeles mal aprendidos, necesidad de que el jefe repita varias
veces lo mismo... He aquí algunas de las trabas que deben desaparecer
[...].
He probado por todas las vías y con todos los medios. He pagado
mi tributo a todas las modalidades de la puesta en escena: realista,
histórica, simbólica, ideológica. He estudiado
las corrientes y los principios más diversos: realismo, naturalismo,
futurismo, arquitectura, estatuaria, estilización por medio
de colgaduras, biombos, tules y efectos de iluminación. Y he
llegado a la convicción de que ninguno de esos medios le crea
al actor el fondo que reclama su arte. El único soberano de
la escena es el actor de talento.
(Extractos
de STANISLAVSKI.)
|
CAPÍTULO
XIV
Del
realismo a la primera vanguardia escénica en España
1. INTRODOCCION AL TEATRO ESPAÑOL DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX
La
Europa posterior a la Comuna de París de 1870 definió
una serie de regímenes típicos del nuevo capitalismo,
en donde se alinea la Restauración española de 1874.
El avance de los países más industrializados produjo
una potente y nueva burguesía, así como la configuración
del proletariado como clase social. Aquella idea general de ruptura
existente en Europa desde la última década del siglo
XIX tuvo algún reflejo en España, aunque de manera muy
matizada. Nuestros teatros no dispusieron de renovadores escénicos
de la talla de Antoine, Stanislavski, Appia o Gordon Craig. Aunque
la literatura española sí alcanzara el reconocimiento
externo, las salas se vieron pronto envejecidas frente a las innovaciones
extranjeras. Todavía el modelo por combatir era el Romanticismo
evolucionado hacia la comedia moralista, descendiente directa de la
llamada comedia lacrimosa, que encontró en la alta comedia
su medio ideal de desarrollo.
En los años 20 del nuevo siglo no es difícil encontrar
referencias al arte del cinematógrafo, que tanto influirá
en el escénico. Valle-Inclán sí lo hizo con frecuencia,
anunciándolo como «el Teatro nuevo, moderno. La visualidad.
Más de los sentidos corporales; pero es arte. Un nuevo Arte.
El nuevo arte plástico. Belleza viva. Y algún día
se unirán y completarán el Cinematógrafo y el
Teatro por antonomasia, los dos Teatros en un solo Teatro».
Aun con retraso, en las pantallas españolas de ese tiempo se
habían presentado varias películas fundamentales en
la historia del nuevo arte. En cabeza, El nacimiento de una nación
(1914) de Griffith, El gabinete de¡ Dr. Caligari (1919) de Wiene,
y Nosferatu (1922) de Murnau.
A principios del siglo XX. la escena española estaba dominada
por grandes compañías que dictaban la ley de la programación.
Elencos como María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza
eran capaces de imponer sus gustos a los empresarios, verdaderos artífices
de la regresión del teatro español. Estos grandes actores
no permitían, en general, ser dirigidos por nadie, asumiendo
ellos mismos ese cometido. Su papel de divos, procedente del siglo
anterior, se vio reforzado. Ellos eran los que fundamentalmente vendían
la mercancía artística, con unos hábitos anticuados
poco o nada desarrollados, habida cuenta la carencia de escuelas y
centros en donde aprender. Ese tipo de primeros actores fueron también
empresarios y, como tales, no se arriesgaron con programaciones más
o menos innovadoras. Tragedias rurales, alta comedia, dramas modernistas
en verso o algún clásico refundido constituían
la gran oferta del teatro profesional de entonces. Habría que
llegar a la figura de Gregorio Martínez Sierra para encontrar
un tipo de empresario que buscó en lugares no comunes. Su dirección
del madrileño Teatro Eslava, de 1917 a 1926, con Catalina Barrena
de primera actriz, abrió el periodo más insólito
de la escena española de principios de siglo, por su evidente
carácter innovador. Esta iniciativa tuvo feliz continuidad
con el paso de Margarita Xirgu por el Teatro Español de Madrid,
de 1928 a 1935. Similar papel desempeñó Cipriano Rivas
Sheriff, discípulo de Gordon Craig, intelectual y colaborador
asiduo de la Xirgu. No obstante, su campo de acción se limitó
a los teatros íntimos o a grupos no profesionales. Gran incidencia
tuvo la creación del Teatro Escuela de Arte (TEA), en donde
Rivas Sheriff jugó un papel fundamental.
En Cataluña, la creación del Tetare Intim por Ardía
Cual, en 1898, significó la más moderna aportación
a las nuevas formas escénicas. El Tetare Intim, que aunó
con exquisito gusto las corrientes modernistas y naturalistas, consiguió
una programación de corte absolutamente europeo. Entresacamos
de ella, Silencio (1898) del propio Cual, L'alegria que passa (1898)
de Rusiñol, Interior (1899) de Maeterlinck, Espectros (1900)
de Ibsen, Els teixidor de Silésia (1903) de Hauptmann, Juan
Gabriel Borkman (1904) de Ibsen, y Torquemada en el foc (1904), versión
libre de la obra de Galdós.
La renovación teatral también se produjo en Cataluña
gracias a Ignasi Iglesias y Felip Cortiella, que representaron a Ibsen,
aunque la estética que generalmente aplicaron fue modernista.
El propio Ángel Guimerá se movió a caballo entre
un romanticismo trasnochado y una tendencia socializante, emparentada
con el Dicenta de Juan José. En esa línea son destacables
María Rosa (1894) y Terra Baixa (1897). El ruralismo naturalista
se iba tiñendo de cierto barniz social. El campesino escenificado
ya no era el del Beatus Ille, sino un pequeño burgués,
que generalmente no ocultaba sus aspectos vulgares y rudos ante la
nueva sensibilidad de final de siglo.
El público de ese tiempo seguía acudiendo en masa a
los teatros, pese a que el siglo XIX, al menos desde Larra, había
acuñado el término de «crisis», referido
más a la calidad que a la cantidad. El Madrid de entonces,
que no pasaba de 600.000 habitantes, mantenía un trepidante
ritmo de estrenos y reposiciones, no siempre en teatros convencionales,
de la misma manera que ocurría en Barcelona y otras importantes
ciudades. Por eso el público que seguía llenando los
teatros no tenía ya las características del de los corrales
de siglos anteriores. Por ejemplo, fue perdiendo la heterogeneidad
de antaño, la posibilidad de convivir ante un mismo espectáculo,
del cual recibían, según cultura y formación,
aquello que cada receptor deseaba. El siglo XIX se encargó
de seleccionar al público, pues la sociedad lo hacía
en sus múltiples vertientes. Y el procedimiento no fue otro
que valorar la condición de clase de la burguesía según
sus dos máximas posibilidades: culturales y económicas.
Las primeras supeditaron la recepción de obras, que se movían
en temáticas y formas de vida de esa misma clase. El aumento
de precios, sólo accesibles a quienes pudieran costear ese
divertimento, hizo el resto.
El panorama de los escenarios españoles a finales del siglo
XIX, a grandes rasgos, está constituido por un teatro «de
calidad», propio de la burguesía que lo ampara y protege,
que sigue las líneas generales de la alta comedia, y un teatro
menor, de consumo fácil y baja condición social de sus
protagonistas que, de alguna manera, representa a sus espectadores.
El primero, verdadero «teatro de declamación»,
supone el gran pacto entre escenario y público, aunque ello
no signifique, ni mucho menos, la ausencia de crítica ni la
posibilidad de atacar los mismo principios de ese espectador, algo
que está implícito en toda literatura burguesa. Su temática
refleja las dificultades de la clase media y sus problemas proceden
muchos de ellos de un querer vencer viejos hábitos decimonónicos.
El teatro menor tuvo su época dorada tras la revolución
de 1868, con el sistema que se llamó «teatro por horas»,
que consistía en la oferta continuada de piezas en un acto,
sátiras, parodias de éxitos dramáticos, que podrían
tener música o no, dentro de un cerrado carácter urbano
con caracterización similar a la de los sainetes. Este teatro,
pese a su tono proletario, no tenía soporte crítico
alguno, y estaba destinado, en efecto, al simple consumo.
2. LA CONTINUIDAD DE LA «ALTA COMEDIA»
Al
considerar el teatro burgúes español de este periodo,
hemos de partir del reinado de JOSÉ ECHEGARAY (1832-1916),
conocido político en ejercicio por aquellos años y representante
de un drama posrromántico lleno de conflictos melodramáticos
y habla grandilocuente, que se había instalado en la confortable
audiencia de este tiempo. Sus obras eran auténticos dramas
de chistera, cuyo estudio da importantes claves para la sociología
de la escena de la época. LY loco Dios (1900) se inscribe en
esa serie de títulos efectistas, que empezaban a declinar ante
las nuevas corrientes que representaba Benavente. A nadie se le oculta,
sin embargo, el significado que debió tener Echegaray dentro
y fuera de España, pues fue uno de los primeros premios Nobel,
en 1904.
La obra de BENITO PÉREZ GALDÓS (1843-1920) anuncia una
nueva sociedad, que poco tiene que ver con la tremendista de Echegaray.
De alguna manera, muestra la existencia de un precapitalismo, con
heroínas capaces de amar y defender sus causas con la misma
terquedad. El estreno de Electra (1901), contemporáneo al de
Las tres hermanas de Chejov, en la citada puesta en escena de Stanislavski,
supuso un hito en la historia del teatro de ese periodo. Su presentación
tuvo una conflictividad motivada por la inspiración anticlerical
de la obra que, al parecer, partía de las ideas que había
propuesto Canalejas frente al gobierno Silvela un año antes.
El dudoso origen de Electra, como el de Casandra y tantos otros personajes
galdosianos, que, además, servía extraordinariamente
a sus planes regeneracionistas, se enfrenta al fanatismo y oscurantismo
de los antihéroes.
Dentro de campos de expresión comparables, el auténtico
rupturista finisecular fue JACINTO BENAVENTE (1866-1954), mucho más
en el estilo escénico que en la forma. Ciertamente, su acierto
consistió en dirigirse al mismo espectador que Echegaray, sólo
que hablándole por derecho, en la comodidad del salón
burgués, sin gritos ni alharacas. Esto le supuso el final del
teatro declamatorio, y la presencia de fórmulas emparentadas
con un realismo moderno. Aunque su primer estreno, El nido ajeno (1894),
no significó acontecimiento alguno, las bases de su nueva dramaturgia
estaban marcadas: conflicto amoroso con clásico triángulo,
estilo naturalista y habilidad verbal. Todo ello ofrecido en prosa,
con lo que el diálogo era mucho más apto para sus necesidades
temáticas, despojado de la retórica de aquel verso escénico.
Le bastó a Benavente evolucionar levemente su estilo para conseguir
su primer gran éxito. La comida de las fieras (1898) lo fue,
y todo por conjugar su innata habilidad escénica con la moda
modernista, de la que fue aventajado cultivador.
Dramatúrgicamente, este tipo de obras dispone de una tradicional
segmentación. Tanto sus habituales tres actos, como las secuencias
que encierran, están en la línea de los autores del
momento. Lo que significa un esfuerzo por condensar el argumento en
tres conjuntos de tiempo determinados, así como la habilidad
necesaria para presentar los materiales escénicos en un orden
y concierto dados. Esos mecanismos, y la adaptación del espacio
como pie forzado en donde transcurre la acción, dotan a este
tipo de comedias de un evidente convencionalismo teatral.
El itinerario de Benavente prueba su enorme versatilidad temática,
siempre fiel a modos escénicos similares, presididos por una
valoración de la palabra que fue anulando los propios recursos
teatrales o, mejor dicho, poniendo éstos en función
del texto. Ello condujo a una dramaturgia «sin acción
y sin pasión, y por ende sin motivaciones ni caracteres, y
lo que es peor, sin realidad verdadera. Es un teatro meramente oral»,
en opinión de Pérez de Ayala. Benavente no hizo sino
repetir la fórmula, con toda habilidad, eso sí, y permanecer
de espaldas a las renovaciones que en Europa se producían,
desde Irlanda (Yeats, Synge, Lady Gregory) hasta Italia (Pirandello).
Y ello pese a sus salidas estilísticas, abandonos momentáneos
del salón burgués, consiguiendo así sus mayores
logros: con referentes literarios claros en Los intereses creados
(1907), conexiones con el drama rural en La malquerida (1913), Señora
Ama (1913) o La infanzona (1945), y con ambientes fantásticos
en El príncipe que todo lo aprendió en los libros (1909)
o Cuento de primavera (1892).
Realmente, Benavente significa el teatro español de principios
del siglo XX., sobre todo como parámetro referencial de lo
que el público quería ver. Sus contemporáneos
MANUEL LINARES RIVAS (1867-1938) y GREGORIO MARTÍNEZ SIERRA
(1881-1947) se enmarcan en niveles de expresión dramática
similares. Ambos con gran prestigio, y estrenados por las mejores
compañías, el primero tiende a acentuar su mirada crítica
al medio burgués, con burdos perfiles, mientras que el segundo
presenta una sociedad mucho más mistificada, ahondada en su
vertiente más amable. La conocida labor de Martínez
Sierra en la práctica teatral, auxiliado siempre por María,
su esposa, alcanza una importancia superior. Realmente es nuestro
único equivalente a Meyerhold o Piscator, aunque las comparaciones
sean odiosas, y las diferencias separen evidentemente la dramaturgia
española de las europeas contemporáneas.
Los últimos restos de un trasnochado romanticismo, difícil
de comprender posteriormente, se deben a EDUARDO MARQUINA (1879-1946),
aunque algunos conocidos y muchos más apreciados autores también
participaran del mismo estilo. Recordemos, con todas las reservas
que queramos, la naturaleza de Cuento de abril (1909) o Voces de Gesta
(1911) de Valle-Inclán, contemporáneos de los más
conocidos títulos de Marquina: Doña María la
Brava (1909), En Flandes se ha puesto el sol (1910), Por los pecados
del rey (1913) y El gran Capitán (1916). Insistimos en las
diferentes intencionalidades de ambos dramaturgos, pero también
en el reconocido prestigio del poeta barcelonés, que fue puesto
en escena por los principales actores y actrices del momento, como
Josefina Díaz Artigas, en Fruto bendito (1927), y Margarita
Xirgu, en La ermita, la fuente y el río (1927), Fuente escondida
(1931) y Los Julianes (1932). Están por estudiar algunas de
las influencias de Marquina en dramaturgos tan dispares como Federico
García Lorca o Alejandro Casona.
También el poeta FRANCISCO VILLAESPESA (1877-1936) gozó
de
prestigio, entre el gremio profesional y público, por la utilización
del elementos líricos en un teatro de corte histórico
y romántico. 1911 fue el año del estreno de El alcázar
de las perlas; de Canción de cuna de María y Gregorio
Martínez Sierra; de Pigmalión, de B. Shaw; y de la aparición
On the art of theatre, de G. Craig.
3.
DEL NATURALISMO AL SAINETE SOCIAL: EL POPULISMO ESCÉNICO
Otra
de la contestaciones que surgieron al Romanticismo a finales de siglo
fue el drama social de matiz naturalista, en el que Juan José
(1895), de Joaquín Dicenta, tuvo una influencia que duró
hasta bien entrados los años 30. A pesar de la continuación
de esta tendencia, su mayor incidencia y prolongación la tuvo
en el sainetismo. Muchos de los autores que lo cultivaron se formaron
en el ejercicio del «teatro por horas», como Ramos Carrión,
José López Silva, Ricardo de la Vega y el propio Carlos
Arniches. Esta es la zona más equívocamente conocida
como popular, ya que la galería de personajes que utiliza son
de extracción popular, aunque estereotipados en grado sumo:
el joven Manolo, pretendiente de la discreta Paloma, dominado por
la presencia de un donjuán casquivano, al que le debe algún
favor inapelable; y la sacrificada madre del chico o el acomodaticio
padre de la chica, entremezclados con alguna aventura chulesca, en
donde no falta la presencia de una tía Celestina.
Estos autores, que basan muchos de sus éxitos en partituras
pegadizas, de superior calidad a los libretos, advierten cierto cansancio
creativo en la segunda década del siglo. Es el momento final
del «teatro por horas», ahogado por el populismo del cine
y las salas para el cuplé y sus derivados. Y entonces surge
el genio e ingenio de CARLOS ARNICHES (1866-1943), empezando a configurar
lo que se llamará «tragedia grotesca». De 1914
es El amigo Melquíades, todavía inscrita como libreto
sainetesco de zarzuela, pero de 1916 será La señorita
de Trévelez, su primera obra ciertamente innovadora. Arniches
presenta aquí una tonalidad social de los ambientes madrileños,
dotando a sus héroes de lo que se llamaría conciencia
de clase, que, en definitiva, fue lo que caracterizó al Juan
José vicentino, e incluso al Julián de La verbena de
la Paloma. Esa circunstancia se sitúa en la propia estructura
de las obras, pues requiere que, al final, aparezca una moralina en
forma de personaje que lanza el mensaje social paternalista.
Arniches, que siempre se mostró dotado para la utilización
de la palabra, fue elogiado por Pérez de Ayala en el ensayo
antes mencionado, Las máscaras, viendo acertadamente todas
las novedades que, por otro lado, aportaba ese nuevo sesgo que daba
el alicantino a sus obras. La aparición de La señorita
de Trévelez en plena decadencia del sainete daba pie a una
caricatura cruel y patética de la clase media que vive el aburrimiento
provinciano. En 1918, con ¡Que viene mi marido!, Arniches incorporó
definitivamente el término de «tragedia grotesca»,
verdadera burla de la clase media española. La boda de un moribundo
que no llega a morirse, define un tipo, el «fresco», que
llegará a popularizarse por esos años. En Los caciques
(1920), otra sátira sobre el provincianismo, ofrece también
pintorescos tipos de frescos.
Arniches consiguió, bien avanzada su carrera autoral, un notable
prestigio, más allá del que le dispensaba su público.
4.
EL TEATRO DE LA GENERACIÓN DEL 98: LA APORTACIÓN DE
VALLE-INCLÁN
Si
Arniches representó la crítica a la sociedad desde el
escenario, mitigada y limitada por el condicionante comercial, Valle
fue mucho más lejos, aunque pagara tributo con la ausencia
de los teatros. La sociedad maurista, despreciada directamente en
Luces de bohemia (1920), fue denostada por el autor gallego, que,
con su posición contraria a las normas de la representación,
atacó las bases mismas de la entidad dramática. Aunque
en 1917 Valle publica un ambiguo libro de estética titulado
La lámpara maravillosa, mezcla de elementos aristotélicos
con una continua apuesta por lo sublime, la idea de «la superación
del dolor y de la risa» poco tenía que ver con sus antiguos
gustos románticos. Aplicando una ponderación verbal
procedente aún de su modernismo estético, crea un avanzado
lenguaje escénico, apoyado precisamente en el desconocimiento
de las líneas dramatúrgicas que se llevaban en Europa.
Sólo tuvo que apartarse de lo que hacía Benavente, Linares
o Villaespesa, para acercarse a la obra de Yeats o, años después,
a la del propio Brecht. Las fuentes de su teatro eran, como se ha
demostrado, la propia realidad: la historia diaria que veía
reflejada en la prensa, e incluso la parodia literaria. Como acertadamente
vio Mainer en La edad de plata (1983), la peculiar medida de La cabeza
del Bautista (1924) o Las galas del difunto (1926) recuerda la del
«teatro por horas», pues parodia, además, mitos
literarios como el de Salomé y el Tenorio respectivamente;
y, añadimos, ironiza también el entonces famoso Nudo
gordiano, de Sellés, con Los cuernos de don Friolera (1921),
y a cualquiera de las zarzuelas que poblaban la escena española
de principios de siglo con La hüa del capitán (1927).
La originalidad del teatro valleinclanesco pudo proceder, sin duda,
de la ausencia de obligaciones comerciales, materializadas en su manifiesta
oposición al actor español, al que menospreció
de continuo. Desligado de la profesión, Valle hurgó
en otras posibilidades, como las valoraciones de iluminación
escénica influido por el cubismo y otros movimientos de base
pictórica. El propio Valle fue crítico de arte, y llegó
a dirigir la Academia de España en Roma, manteniendo, pues,
una constante relación con distintos medios de expresión
artística.
En el aspecto dramatúrgico, la gran aportación de Valle-Inclán
viene del citado alejamiento de la escena convencional. Aunque en
literatura había seguido la tendencia modernista, en teatro,
continuando con en el consabido naturalismo de finales del siglo XIX,
sus obras carecían de cualquier aliento innovador. Sólo
la palabra permitía una caracterización inhabitual en
sus primeros dramas casi románticos: El yermo de lar almas
(1908), refundición de su ópera prima Cenizas (1899),
El marqués de Bradomín (1906), Cuento de abril (1909)
y Voces de gesta (1911), justamente su teatro más pensado para
la representación. Casi al mismo tiempo concebía obras
cuya intención inicial nunca fue el escenario, pero que, por
ello mismo, se convertían en problemas de imposible solución
escénica en su época. Águila de blasón
(1907) y Romance de lobos (1908) fueron llamadas «comedias»,
como más tarde Cara de plata (1922), pero también «bárbaras»:
comedias por su disposición dialogada, pero su elevado número
de cuadros, personajes y núcleos dramáticos las alejaban
de cualquier consideración escénica, como el mismo Valle
reconoció. He aquí, sin embargo, las primeras innovaciones
imprevistas por el autor.
Posteriormente, y aunque su gusto por la commedia dell'arte le inspiró,
a veces abiertamente, ligeras comedias modernistas, como La Marquesa
Rosalinda (1912) y Farsa italiana de la enamorada del rey (1920),
produjo un teatro contra las formas escénicas del momento,
que caracterizó con el equívoco término de esperpéntico.
Así, su quizá último drama puramente teatral,
Divinas palabras (1920), de inspiración gallega y textura próxima
a las «comedias bárbaras», recibió los primeros
envites del esperpentismo contemporáneo. Tras él asistimos
a una serie de escenarios que dan la imagen de una realidad teatral
«sistemáticamente deformada», imágenes explicadas
en la famosa escena XII de Luces de bohemia (1920), aquélla
en que Máximo Estrella, poeta ciego, define su estética
metafóricamente a Latino de Hispalis. Con ello, más
que las aportaciones que Valle-Inclán hace al mundo del drama
español del siglo XX., interesa resaltar las que lega al mundo
de la escena, pues las define, con lenguajes de enorme precisión,
como lugar dialécticamente puro, en donde espacio, luz, gestos
y pasiones se funden en cuadros plásticos, que jamás
ocultan las muchas influencias de los movimientos artísticos
del momento. De esta manera, trabajando para un teatro que no era
el de su tiempo, el gran innovador que fue Valle-Inclán no
gozó del estreno regular habitual.
No corrieron mejor suerte el resto de autores del 98, para los que
el teatro fue siempre más experimentación que profesión,
aunque no todos desearan semejante condición. Sin embargo,
tampoco desperdiciaron la oportunidad para cultivar el arte de la
escena, sin sustraerse a esa tonalidad vocacional. JOSÉ MARTÍNEZ
Ruiz, Azorín (1874-1967), fue estrenado por compañías
de primer orden, como la de Rosario Pino, con la trilogía de
Lo invisible (1927), drama de resonancias simbólicas, como
ya hemos indicado en un capítulo anterior; otros títulos
suyos de cierto interés son Old Spain (1926), Brandy, mucho
brandy (1927) y Angelita (1930). Pío BAROJA (18721956) trató
con mucho menor interés el teatro, aunque en su juventud fue
un durísimo crítico, quehacer que abandonó al
dejar de interesarle las obras que se hacían en España.
Su más preciada contribución a la escena fue El horroroso
crimen de Peñaranda del Campo (1926), aunque más por
las grandes dosis de crítica literaria que contiene que por
otra cosa. MIGUEL DE UNAMUNO (1864-1936), sin embargo, sí tuvo
una mayor vinculación al mundo de la escena, aunque nunca supiera
desvincular su condición de intelectual regeneracionista, de
esa pasión nada oculta que fue el teatro. Estrenadas algunas
de sus obras, incluso por la propia Margarita Xirgu, sus dramas no
alcanzaron nunca notoriedad de público; destaquemos entre ellos
La esfinge (1909), El otro (1926) y El hermano Juan (1931). Mayor
éxito de público consiguieron los hermanos MANUEL y
ANTONIO MACHADO, no plenamente vinculados a la generación del
98, triunfadores con seis de los siete dramas que escribieron; entre
ellos, La Lola se va a los puertos (1929) y La duquesa de Benamejí
(1932).
5. LA INNOVACION ESCÉNICA EN ESPAÑA DURANTE LOS AÑOS
20
El
concepto de vanguardia se enarboló con enorme inmediatez. Aquéllos
que no veían posibilidad de estrenar por norma debían
ampararse en teatros íntimos, agrupaciones que no miraban los
resultados de taquilla como objetivo principal, igual que los catalanes
habían hecho con absoluta coherencia. También los intelectuales
madrileños de los años 20 empezaron a reunirse en casas
particulares -como fue el caso de los hermanos Baroja-, para poder
hacer y experimentar el teatro que quisieran. Esto no significó
que no estrenaran en salas comerciales llegado el momento, pero sí
que, cuando lo hacían, tenían cierto carácter
extraordinario. «El Caracol», grupo animado por Rivas
Cherif, también fue otro estimable centro de investigación,
como lo fueron en la década de los 30, el «Club Anfistora»,
de Pura Ucelay, las «Misiones Pedagógicas», de
Alejandro Casona, o, iniciativas universitarias con sus características
propias: «La Barraca» de García Lorca y Eduardo
Ugarte, y«El Búho», de Max Aub.
1921 vio la quizá mejor obra de otro innovador por excelencia,
terrible opositor a la moda naturalista: El señor de Pigmalión,
de JACINTO GRAU (1877-1956). Iniciado muy a principios de siglo, con
Entre llamas (1905) y El Conde Alarcos (1907), pronto hizo valer su
notoriedad como dramaturgo con un grotesco Don Juan de Carillana (1913).
sólo matizado años después con El burlador que
no se burla (1930). La aportación más importante de
Grau a la escena europea, y lo que más le define en el teatro
español, fue su espléndido Pigmalión. Con todo,
sufrió el desdén de la profesión, pues incluso
un director tan avanzado como Martínez Sierra, amigo y colaborador
durante años, rechazó su programación en el Eslava.
Sin embargo, Charles Dullin la montó para inaugurar el Théátre
de l'Atelier de París (16 de febrero de 1923) y Kapec la estrenó
en el Teatro Nacional de Praga, en 1925. Tres años después
se presentó en España. El drama, cuyo prólogo
aprovecha el autor para fustigar el gusto por el sainetismo imperante,
propone con absoluta coherencia el unamuniano conflicto del personaje
respecto a su creador, a través de la rebelión de los
muñecos inventados por Pigmalión.
La oscilación minoría/mayoría tuvo un ejemplo
sorprendente en el genio creador de Federico GARCÍA LORCA (1898-1936),
poeta de inmensa bibliografía, dada su influencia en la vida
cultural española, no sólo de su tiempo, sino del resto
del siglo. Lorca se incluye en la llamada Generación del 27,
grupo salido del homenaje que ese
año se tributó, en al Ateneo sevillano, al autor cordobés
Luis de Góngora, con motivo de su tricentenario. Fue más
un movimiento poético que otra cosa, aunque para el teatro
aportara innovación, ruptura con modelos anteriores y el deseo
de llevar la lírica a los escenarios.
García Lorca fue autor abocado al mundo de las minorías,
aunque su talante autoral le impulsó a metas más elevadas.
En él, como decimos, se dan las dos vertientes en continuo
conflicto: la renovadora y la tradicional. De la primera, aunque buscara
siempre la habitual profesionalidad, cabe citar el estreno de El maleficio
de la Mariposa (1920), con dirección de Martínez Sierra,
y la redacción de sus farsas de matiz guiñolesco e inspiración
valleinclanesca: Títeres de Cachiporra (1923), La zapatera
prodigiosa (1926, primera redacción), Amor de don Perlimplín
con Belisa en su jardín (1928), El retablillo de don Cristóbal
(193 1), Así que pasen cinco años (1931), El público
(1933) y hasta Comedia sin título (1936). Es un Lorca imaginativo
y renovador, que tuvo salida gracias al «Club Anfistora».
La segunda vertiente muestra al Lorca profesional, conocedor de su
veta popular tradicional y del enorme juego que daba la misma en los
escenarios. Es el Federico de Mariana Pineda (1925), estrenada en
Barcelona con decorados de Dalí e interpretación de
Margarita Xirgu, pero, sobre todo, el de Bodas de sangre (1933), Yerma
(1934) y Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores
(1935), y que, de no haber estallado la guerra civil, hubiera podido
seguir sus ininterrumpidos contactos con los escenarios comerciales
con La casa de Bernarda Alba (1936).
Esos dos Lorcas antes referidos suponen, más o menos, dos posibilidades
escénicas diferenciadas. Aunque en toda su trayectoria la utilización
de los tres actos se mantuviera regular, la manera de exponer la acción
variaba. Es distinta la composición en cuadros, que marca un
moderno avance de la progresión dramática, que el sometimiento
de la exposición a grandes escenas en donde, con medida tradicional,
instala los núcleos de acción en superiores segmentos
teatrales. Por ejemplo, en Amor de don Perlimplín o en Así
que pasen cinco años, la acción no avanza de manera
lineal, sino ramificada; de los acontecimientos (le una secuencia
se deducen resultados que, aunque hagan avanzar la historia, van cargando
de contenido cualquier aspecto colateral de la misma. En este tipo
de teatro es frecuente la intersección de tramas derivadas,
que llevan acciones perpendiculares, además de la central y
principal. El público sería el caso más claro
de suma indiscriminada de elementos escénicos, dentro de un
bien estudiado y moderno orden dramático. No cabe duda de que
nos hallamos ante un teatro influido por movimientos estéticos
contemporáneos, principalmente el surrealismo. García
Lorca plantea un surrealismo escénico semejante al textual,
que ha sido el de identificación más inmediata. Por
contra, sus grandes dramas, desde Mariana Pineda, proponen fórmulas
de desarrollo más tradicionales. Y esto no se debe al tono,
pues la farsa La zapatera prodigiosa bien que se mantiene en idéntica
línea, sino a la forma de narrar. Bodas de sangre, Yerma y
La casa de Bernarda Alba han sido analizadas a la luz de sus clásicos
contenidos de tragicidad, e incluso en la inspiración griega
de su descarnada sustancia dramática. Son obras mucho más
lineales, hasta cierto punto aristotélicas, en donde el espacio
tiene estrecha relación dramática con su tema y gestus.
En estas obras, García Lorca hace verdadero alarde de carpintería
teatral, pues conjuga la historia con el medio donde la cuenta, haciendo
compatibles los espacios escénicos con los espacios lógicos,
con el fin de desarrollar en perfecto equilibrio entradas, salidas
y contenidos.
También otros poetas del momento, como Rafael Alberti y Miguel
Hernández, se iniciaron en el teatro imaginativo, que buscaba
horizontes distintos a los convencionales de los años 30, aunque
ello estuviera en oposición a lo que normalmente se veía
en los escenarios profesionales. La condición poética
de los citados autores originó tendencias muy diversas. Por
ejemplo, RAFAEL ALBERTI (n. 1902), que se había dado a conocer
espléndidamente con los poemas de Marinero en tierra (1924),
comenzó su trayectoria escénica con una especie de extraño
auto sacramental moderno titulado El hombre deshabitado (1930), en
donde el autor mostraba sus obsesiones simbolistas con influencias
calderonianas. Después, la propia Margarita Xirgu le estrenó
un documental escénico llamado Fermín Galán (1931),
aguafuerte propio de cartelón de feria, e inspirado en los
sucesos de jaca del año anterior, que fue recibido por el público
con más ilusión que éxito. No obstante, la obra
hurgaba en la realidad escénica del momento, y planteaba soluciones
alternativas a las usuales.
MIGUEL
HERNÁNDEZ (1910-1942) tuvo aquella inspiración pseudorreligiosa
que movió al auto albertiano, cuando inició su andadura
dramática con Quién te ha visto y quién te ve
y sombra de lo que eras (1933), obra de corte estilístico semejante
a la de Alberti, aunque más entronizada con los principios
esenciales del barroco en su utilización del verso e incluso
en su sinceridad religiosa. Ambos poetas entraron en la guerra civil
con un bagaje escénico inmaduro, que, a lo largo de la contienda,
tuvo ocasión de acrisolarse en el llamado «teatro de
circunstancias», en donde se mostraron como auténticos
artesanos.
Otro autor que también llegó a participar en la guerra
desde el bando republicano, y con ese mismo teatro de urgencia, fue
MAX AUB (1903-19 72), que en el 36 era ya considerado como intelectual
de prestigio, y hombre de un teatro imaginativo y renovador. Precisamente
en los años 20 se dio a conocer con una serie de piezas vanguardistas,
de avanzada inspiración estética, para las que se sirvió
no poco del conocimiento de tendencias europeas del momento. Sea como
fuere, Aub contaba en la década de los 30 con una bien nutrida
obra: Crimen (1923), El desconfiado prodigioso (1924), Una botella
(1924), El celoso y su enamorada (1925), Narciso (1927), Espejo de
avaricia (1927-1935) y la Jácara del avaro (1935).
El teatro de los hombres del 27, y de quienes a su alrededor mostraron
similares tendencias innovadoras, mayoritario o minoritario, si se
nos permite utilizar la terminología de la época, es
el único que, en su momento, utilizó nuevos caminos
en el plano de la construcción escénica.
TEXTOS
MAX.-¡Don
Latino de Hispalis, grotesco personaje, te inmortalizaré en
una novela!
DON LATINO.-Una tragedia,
MAX.-La tragedia nuestra no es tragedia.
DON LATINO.-¡Pues algo será!
MAX.-El Esperpento.
......................................
MAX.-Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo
ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse
en el callejón del Gato.
DON LATINO.-¡Estás completamente curda!
MAX.-Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos
dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española
sólo puede darse con una estética sistemáticamente
deformada.
DON LATINO.-¡Miau! ¡Te estás contagiando!
MAX.-España es una deformación grotesca de la civilización
europea.
DON LATINO.-¡ Pudiera! Yo me inhibo.
MAX.-Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo
son absurdas.
DON LATINO.-Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los
espejos de la calle del Gato.
MAX.-Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está
sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual
es transformar con matemática de espejo cóncavo las
normas clásicas.
DON LATINO.-¿Y dónde está el espejo?
MAX.-En el fondo del vaso.
(VALLE-INCLÁN,
Luces de bohemia, Esc. 12.)
El
teatro que ha perdurado siempre es el de los poetas. Siempre ha estado
el teatro en manos de los poetas. Y ha sido mejor el teatro en tanto
era más grande el poeta. No es -claro- el poeta lírico,
sino el poeta dramático. La poesía en España
es un fenómeno de siempre en este aspecto. La gente está
acostumbrada al teatro poético en verso. Si el autor es un
versificador, no ya un poeta, el público le guarda cierto respeto.
Tiene el respeto al verso en teatro. El verso no quiere decir poesía
en el teatro. Don Carlos Arniches es más poeta que casi todos
los que escriben teatro actualmente. No puede haber teatro sin ambiente
poético, sin invención... Fantasía hay en el
sainete más pequeño de don Carlos Arniches... La obra
de éxito perdurable ha sido la de un poeta, y hay mil obras
escritas en versos muy bien escritos que están amortajadas
en sus fosas.
(FEDERICO
GARCÍA LORCA,
Declaraciones a Nicolás González-Deleito, 1935.)
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CAPÍTULO XV
Los grandes innovadores
I. LA ESCENA EUROPEA EN EL SIGLO XX
Durante
el siglo s.f. asistimos a una incesante proliferación de movimientos
y tendencias que proporcionan a las artes en general, y al teatro
en particular, gran variedad y, además, con manifiesta rapidez.
Nunca como hasta ese momento, la escena se había visto tan
cambiada, y con tanta prodigalidad.
Desde
finales del siglo XIX a los años 50 el teatro ha pasado de
sus más rotundos resultados naturalistas al nihilismo exagerado
de un absurdo perspicaz. En esos años se modificaron estilos,
se buscaron nuevas posibilidades a los dispositivos escénicos,
se cuestionaron hasta sus últimos extremos los restos de un
aristotelismo trasnochado, se sacaron las máximas posibilidades
de las nuevas técnicas de iluminación; en suma, todo
lo que había permanecido estancado durante siglos de repente
cambió, pero no en una sola dirección, sino en muchas.
Las causas principales de ello las podemos encontrar en:
a)
la culminación de todos los progresos industriales y técnicos
que llegaron al teatro en forma de escenarios móviles y luminotecnias
reguladas;
b) la popularización del cinematógrafo, que si bien
se ve influido en primera instancia por el teatro, termina influyendo
en él, en su estética e incluso en el sentido realista
en que deriva;
c) la importancia que adquiere la personalidad del director de escena
que, por primera vez en la historia del teatro, separa sus funciones
totalmente de las de actor o empresario, aunque a veces las simultanee;
d) la agilidad de la información periódica y filmada
que hace que las innovaciones lleguen mucho más rápidas
que en tiempos anteriores, gracias también a las nuevas tecnologías.
En
este clima de efervescencia y renovación de movimientos escénicos
es preciso hablar de las personalidades que los originaron. Si nos
vamos a detener, por primera vez en este libro - exceptuando a Stanislavski
-, en la trayectoria de determinados directores es por la necesidad
de exponer las ejecutorias escénicas más renovadoras
de los últimos tiempos, aquéllas que dieron lugar a
tendencias seguidas por muchos profesionales del teatro en Europa
y América, y cuya teoría va totalmente ligada a su práctica.
Pasado
el tiempo, probablemente podamos concretarnos en el estudio de los
movimientos en sí - como hasta ahora hemos hecho. Será
el instante en que aquéllos se sitúen por encima de
las personalidades creadoras. Algo que, a estas alturas del siglo,
todavía no parece del todo posible.
2. MEYERHOLD
VSEVOLOD
MEYERHOLD (1874-1942) fue discípulo de Stanislavski, con el
que participó como actor en los primeros montajes del Teatro
de Arte de Moscú. Formado en el naturalismo del grupo, se adhirió
al movimiento experimentalista que encabezaran Maeterlinck y Bruisov
con Teatro Estudio, primera alternativa escénica en donde la
convencionalidad y la estilización técnica tenían
perfecta cabida. La muerte de Tintagiles, de Maeterlinck, sería
la ejemplificación perfecta de este movimiento.
El
abandono del Teatro de Arte, en 1902, y su viaje a Italia marcan,
según su propia expresión, su «etapa de maduración».
En 1905, Stanislavski le da la posibilidad de dirigir el Teatro Estudio,
dedicado a la experimentación escénica dentro del propio
Teatro de Arte, y allí iniciará Meyerhold su idea de
la «Convención consciente», principio del teatro
antinaturalista.
Su
idea antiilusionista viene del simbolismo, y propone desde el principio
el «punto de ironía de una situación». De
ahí al constructivismo habrá todo un desarrollo de su
itinerario teórico-práctico.
Meyerhold
necesitó de un sistema de aplicación de sus teorías,
sobre todo para las referentes a la forma de comportamiento del actor
en su nuevo teatro. Pronto reparó en que éste no estaba
preparado para el trabajo de la convención, y así se
producía el lógico desajuste entre el principio estético
del artista y la función de los actores acostumbrados al Naturalismo.
Un
teatro que no utiliza candilejas, que coloca la escena en la platea,
que no tiene decorados, sino un único plano con el actor, necesitará
un intérprete que someta su actuación al ritmo de la
dicción y los movimientos plásticos, un actor que actúe
con libertad ante escenarios libres, sin soportes decorativos ilustrativos.
Las
previsiones de Meyerhold fueron lográndose cumplidamente, puesto
que, en efecto, se encontró ante un nuevo teatro que respondía,
una vez más, a un deseable nuevo mundo. El actor empezaba a
convertirse en un obrero especializado, que respondía a la
fórmula
N (actor) = Al (director) + A2 (cuerpo del actor).
Meyerhold
considera un solo método de trabajo para el obrero y para el
actor. El arte asume una función necesaria y no de pasatiempo.
El actor utilizará tan sólo las enormes posibilidades
de su cuerpo, y no perderá el tiempo en maquillaje o en vestuario.
Se uniformará para destacar la convención.
El
nuevo actor debe tener capacidad de excitación reflexiva, junto
a una elevada preparación física. En definitiva, estudiar
la mecánica de su propio cuerpo, porque ése es un instrumento.
El actor debe ser un virtuoso de su cuerpo.
Estamos
ante el conocimiento de la mecánica de la vida de cada actor
(biológica), o ante la biomecánica, que no es más
que una serie de ejercicios que preparen al actor en esa nueva dimensión
señalada. En contra del método stanislavskiano de las
acciones físicas, aquí se parte del exterior al interior,
del cuerpo a la emoción.
La
biomecánica responde a la necesidad de un teatro del proletariado.
Pergeñada en tiempos del constructivismo, la biomecánica
parte de la realidad sin imitarla. Pero, es más, tras esa etapa
constructivista superada rápidamente por utópica, y
convertida un realismo concentrado, la biomecánica siguió
siendo válida como técnica de formación del actor,
e incluso como juego escénico. Meyerhold, tachado de esteta
tras el «Octubre Teatral» (movimiento que sigue el espíritu
de la revolución rusa), y opuesto a ese mismo espíritu
de la revolución, afirmaba que hasta entonces sólo había
intentado preparar una técnica a la espera de su aplicación.
Su
evolución responderá a la idea de «¡Compañeros,
manteneos cerca de la realidad!», regresando a una especie de
naturalismo.
A
Lunacharski le gustaba más el término realismo: "Al
proletariado le gusta la realidad, vive de la realidad, transforma
la realidad, y en el arte, como en la ideología, busca una
ayuda para conocer la realidad y actuar sobre ella".
Este
realismo, de matiz revolucionario, no se cierra en la imitación,
sino que acoge sus implicaciones: la hipérbole fantástica,
la caricatura, las deformaciones, siempre que se persiga un fin comprensible.
«Si para subrayar de modo eficaz una determinada característica
social, es necesario presentarla totalmente distinta en su manifestación
real, con tal que la imagen deforme y caricaturesca logre sacar a
luz lo que, por ejemplo, se esconde tras la aparente dignidad e indiferencia
exterior, tendremos sin duda un método profunda-mente realista»,
en palabras de Lunacharski.
Meyerhold
cumplió las nuevas reglas del juego, porque su instinto estaba
preparado para ello. La biomecánica, por consiguiente, se convierte
en soporte de ese nuevo realismo, capaz de deformar o de dar cara
distinta a la real, para que el tal realismo sea una consecuencia,
no un procedimiento. No analizará una realidad por trozos sino
que ofrecerá un conjunto que historice dicha realidad y la
valore.
3.
EL EXPRESIONISMO
Se
trata de un movimiento, mayoritariamente de habla alemana, que afectó
a las artes todas de la época, y que tuvo su periodo de esplendor
entre 1910 y 1925.
¿Por
qué se caracterizó?
Ante
todo hay que decir que, como el simbolismo, intentará oponerse
al naturalismo positivista de final de siglo. Del mismo modo —nueva
coincidencia esencial con el simbolismo— el expresionismo por-pugnará
que lo importante no es la realidad objetiva en sí.
¿Quién
puede preciarse de conocer el mundo en su realidad esencial?
En
consecuencia, fiel al pensamiento idealista alemán del siglo
sex, el expresionismo proclamará la primacía de lo subjetivo,
del pensamiento y de la intuición del hombre, como fuerzas
capaces de cambiar el medio en el que vivimos; al contrario de ciertos
naturalistas, que veían en el hombre un producto determinado
por su medio.
Pintores,
escenógrafos, dramaturgos, músicos, todos ellos intentarán
transmitirnos su peculiar visión del mundo. Una visión
inquietante, ciertamente. Pero, ¿qué es lo que realmente
perturba al artista, ese ser de acusada sensibilidad donde los haya,
nunca ajeno a su mundo?
Sin
duda que las fuertes tensiones de tipo social e ideológico,
provocadas por las reivindicaciones de signo socialista frente a las
tendencias conservadoras e inmovilistas de la aristocracia y los estados.
El hombre se cuestionará, partiendo de ahí, la organización
moral del Occidente cristiano.
Descontento
con él, reclamará en sus declaraciones y manifiestos,
insistentemente, un nuevo tipo de sociedad, un hombre nuevo, en un
mundo de paz y de concordia.
Las distorsiones en el arte teatral
En
su arte, no obstante, sólo podrá reflejar, de momento,
la distorsión reinante, su oposición manifiesta ante
un estado de cosas que va dando sobradas muestras de preocupación
(primera revolución en Rusia en 1905; guerra ruso-japonesa,
1904-1905; anexiones de Bosnia y Herzegovina por parte de Austria
en 1908; revolución china en 1911; guerra de los Balcanes,
1912; atentado de Sarajevo, 1914; primera guerra mundial...).
El
arte expresionista, por fuerza, estará impregnado de violencia
reivindicativa; de angustia y desconcierto, manifiestos en sus líneas
nerviosas, en sus contrastes de formas y color, en sus mil distorsiones.
Los
decorados del cine y del teatro lo confirman con toda evidencia en
sus líneas y planos inclinados y asimétricos que parecen
desafiar las leyes del equilibrio. El espectador de entonces —e
incluso nosotros en la actualidad— no podría por menos
de sentirse desasosegado y temeroso ante tales espectáculos
teatrales o filmados (El gabinete del Dr. Caligari, El Golem...).
Guionistas
y dramaturgos proporcionaron a los directores y escenógrafos
relatos de un realismo desfigurado, surgido en parte del inconsciente,
de sus sueños y pesadillas, de los mitos colectivos y sus ritos
esotéricos, en los que es posible mezclar la reivindicación
social con las invocaciones a las fuerzas del más allá.
No ha de extrañarnos la devoción que expresionistas
y simbolistas sintieron por el genio de Baudelaire.
En
el espectáculo expresionista se rompe el equilibrio y la proporción
clásica; se puede retardar el relato con paréntesis,
monólogos exaltados o turbadores silencios. Todo ello exigió
del actor un temple nuevo, una dicción y unos movimientos acordes
con el resto de los lenguajes escénicos, al tiempo que un gesto
capaz de pasar de la serenidad a la locura.
En su presentación, la plástica escenográfica
se auxilia con los efectos psicológicos que producen las proyecciones
y los juegos de sombras y claridades de la iluminación. No
es menos importante el papel que en muchos espectáculos suele
concederse a la música. Se diría que todas las artes
se necesitan y auxilian, que todas surgen de un mismo corazón.
El decorado expresionista
Aunque
los escenógrafos no coincidieron siempre en sus realizaciones
escénicas, sí parece que estuvieron de acuerdo en la
filosofía que los guiaba. Según ésta:
-
el decorado debía excluir todo tipo de naturalismo que dejase
al espectador en la superficie de las cosas y de los sentimientos;
- el decorado, y el juego de los actores, no habría de construirse
a partir de la historia detallada de la obra, sino de sus líneas
de fuerza, de sus momentos de exaltación, de sus gritos.
Sólo así podrá conmover al público hasta
la angustia, si es preciso. En 1917, la representación de
El mendigo de Sorge por Max Reinhardt, mostraba a los actores en
figuras acordes con las líneas resaltantes e inclinadas del
decorado; si añadimos a esto la tonalidad totalmente negra
del decorado y los posibles juegos con luces y penumbras comprenderemos
la denominación de esqueléticos que se le dio a estos
decorados (D. Bablet);
- se rechazará toda maquinaria o artificio moderno que distraiga
de las líneas de fuerza del espectáculo y que impida
- pretensión constante de los expresionistas - que el público
entre en el mismo.
Algunas
experiencias expresionistas han llamado la atención de los
historiadores del teatro. Entre ellas la del Gran Circo de Berlín,
transformado por Reinhardt y el arquitecto Hans Poelzig en un teatro
para tres mil espectadores. Estos debían ocupar tres cuartas
partes de las gradas, reservándose la otra, junto con la arena,
para el juego de los actores.
Reinhardt
suprimió rampas y telones para que el público entrase,
desde antes de la representación, en el clima de la obra (esto
será práctica habitual en los nuevos teatros). En la
representación de Danton de Romain Rolland, los revolucionarios
se movlan y gritaban entre el público (en Francia, Romain Rolland
era, desde principio de siglo, promotor de un teatro popular, entendido
como un teatro sin distinción de clases sociales, a ser posible
con realizaciones multitudinarias).
La música expresionista
Los
ruidos, los silencios, las melodías instrumentales contribuyeron
a crear la magia de los montajes expresionistas. Hablando de música,
no podemos silenciar los nombres de dos grandes maestros, de inmensa
influencia en nuestro siglo: Arnold Schonberg y Alban Berg.
Hubo
en ellos una tendencia marcada a buscar la palabra, el guión
escénico (de temática mítica, bíblica
u onírica). De ahí su afición por la cantata
o el teatro lírico.
También
la música operó sus rupturas con la normativa tradicional.
La mayor innovación fue sin duda la substitución de
la escala cromática por la serie dodecafónica, que rompía
con la sucesión tonal a la que estábamos acostumbrados.
Del
timbre opina F. Sopeña: «Aparece como elemento "expresivo"
cerebral e irracional a la vez —ideal expresionista no sin aperturas
hacia Freud—, la inspiración timbrica, el timbre como
búsqueda abstracta y como alucinación, algo que leemos
en los escritos de Schonberg, pero no menos en los manifiestos pictóricos
de Kandinsky y en los primeros cuentos de Kafka.»
Las
óperas de Alban Berg de mayor dominio expresionista son [Vozzeck
(1923) y Lulú (1928) (esta última sobre el personaje
de Wedekind), y se cuentan como dos de los grandes monumentos del
teatro lírico del siglo s.f. «Lulú, explica Sopeña,
lleva al extremo el teatro expresionista, alucinado: la situación
contemporánea, el mundo de la burguesía adinerada y
de la bohemia trágica, la insistencia en la "nada",
la misma entrada del "jazz", componen un cuadro tremendo...»
Significativas
son igualmente las denominaciones que da a los tiempos en uno de sus
cuartetos: <allegretto giovane, andante amoroso, allegro misterioso,
adagio appassionato, presto delirando, largo desolado».
LUIGI PIRANDELLO
Luigi Pirandello. (1867-1936) es, sin lugar a dudas, uno de los mayores
y más originales dramaturgos de nuestro siglo. Algunos datos
de su biografía pueden hacernos entender el origen de su obra
narrativa y dramática, su temática, enfoques, procedimientos
peculiares y obsesiones. Hijo de un rico propietario de minas siciliano,
Pirandello cursará sus estudios en Alemania,
en donde obtiene su doctorado en filosofía pura. A los veintiséis
anos se casa con la hija de uno de los socios de su padre. Pero la
empresa acaba en la ruina, arrastrando con ella a las dos familias.
Su mujer se vuelve loca sin que llegue jamás a recobrar la
razón. Pese a ello no es internada hasta 1919, más de
quince años después de enfermar. El dramaturgo vive
a su lado, mezclando la generosidad y la paciencia con la reflexión
sobre sí mismo y sus circunstancias y la meditación
profunda sobre la condición humana. La mujer, en cambio, lo
culpará obsesivamente de infidelidad. En Enrique IV encontramos
ecos de estas vivencias personales.
Hasta 1910 Pirandello es un perfecto desconocido. A partir de entonces
se afirma como gran narrador y no menor dramaturgo. Dejando aparte
ese teatro costumbrista, en siciliano, del que es justo citar Liolà
(1916), sus cuatro grandes obras dramáticas son: A cada uno
su verdad (1916), Seis personajes en busca de autor (1921), Enrique
IV (1922), y Esta noche se improvisa (1930). A ellas habría
que añadir algunas obras breves de la calidad de El hombre
de la flor en la boca, y un gran drama que andaba a punto de acabar
en el año de su muerte: Los gigantes de la montaña.
En conjunto, la obra de Pirandello se nos presenta como una reflexión
sobre el teatro considerado como el marco y el género más
adecuado para una reflexión vital sobre los grandes Interrogantes
del hombre y de la vida; del hombre enfrentado con los grandes problemas
de la existencia (el ser, el parecer, la verdad, el tiempo, la muerte)
y del hombre enfrentado a sí mismo. Una de las innumerables
sentencias acunadas por este dramaturgo-pensador nos. advierte que
«el hombre vive y no se ve». Aparentemente Insignificante,
esta frase viene a decirnos que, en muchísimas ocasiones, nuestros
sentimientos, nuestros juicios y nuestros comportamientos pecan de
falsedad debido a que no nos detenemos en el examen de nosotros mismos.
Huimos de los espejos que nos devuelven nuestra imagen, o somos Incapaces
de interpretarla. Por ello mismo, el teatro se presenta como el gran
espejo, puesto que en él el hombre se nos muestra como en un
escaparate, solo o en pugna con los otros, para ser contemplado por
una colectividad a la que hay que incitar para que salga de su pasividad.
Esta filosofía no está tan alejada de la que Brecht
propugnará para el público de su teatro épico,
aunque las finalidades entre uno y otro puedan variar. En Pirandello
hay una mayor preocupación psicológica y diríamos
que incluso metafísica; en Brecht prima particularmente su
preocupación ética por la liberación socio-histórica
del ciudadano.
El teatro le aporta a Pirandello nuevos motivos de reflexión:
la ilusión, la máscara, la denegación... Pero,
¿no es también todo eso la vida misma? La innovación
mayor de este autor reside en su intento por profundizar en la ilusión
escénica que le llevará a ensayar distintos procedimientos
para que el espectador cambie su modo tradicional de enfocar lo que
pasa en escena. Pirandello hace difícil que el espectador se
identifique con sus personajes por la sola vía del sentimiento.
Antes bien, parece hacer su aliada a la razón.
Para conseguir estos efectos, el autor intenta romper con la ilusión
escénica, enfrentando comportamientos vitales a comportamientos
teatrales. Así, en Seis personajes en busca de autor el espectador
asiste de entrada al ensayo de una obra del propio Pirandello titulada
El juego de las partes. En esto se presentan en el teatro seis personajes:
el Padre, la Madre, la Hijastra, el Hijo, el Jovencito -que es otro
hijastro de catorce años- y una Niña de cuatro. Frente
a la historia expuesta en el ensayo, estos intrusos exponen al director
y a sus actores otra historia real como la vida misma: sus propias
existencias. Pirandello, con este artificio, parece pretender que
el espectador no tome a estos personajes como seres de teatro.
En Enrique IV, la perspectiva desde la que enfoca la realidad es la
locura. Para curar al tío materno del Marqués de Nolli,
que, a raíz de un golpe en la cabeza, se cree Enrique IV, el
doctor Genoni transforma a todos los amigos y familiares del loco
en personajes de época. Lo curioso es observar cómo
el loco, con el que todos están fingiendo, empieza a recobrar
poco a poco la razón juzgándoles ahora a ellos, para
lo que no encuentra mejor medio que seguir aparentando su enfermedad.
En El hombre de la flor en la boca, por poner un último ejemplo
el autor enfrenta a un personaje, que sabe que en breve ha de morir,
con otro normal y corriente. Este último se encuentra agobiado
por una serie de problemas que, como es de suponer, al primero le
parecen triviales y sin importancia comparados con los suyos. Dos
modos distintos de enfocar la existencia.
No
es fácil el teatro de Pirandello; ha influido considerablemente
en los existencialistas, absurdistas, en el español Jacinto
Grau, en Genet, Weiss, etc.
4. EL TEATRO POLÍTICO DE ENTREGUERRAS: PISCATOR
Hacia
1923 comienza ya a sentirse el cansancio de los espectáculos
expresionistas. El momento histórico parecía exigir
modos escénicos más realistas. El expresionismo
dejó así paso a la llamada Nueva Objetividad (Neue Sachlichkeit)
y a un teatro marcadamente político.
Este
teatro tuvo su máximo representante en el gran director, que
se inicia con los expresionistas, ERWIN PISCATOR (1893-1966). Tras
abandonar pronto el expresionismo se lanza abiertamente al teatro
concebido como un instrumento de propagación de la ideología
marxista, de signo marcadamente comunista.
Piscator
recluta a aficionados, más que a profesionales. Le interesa
más el testimonio y la denuncia que la calidad estética
del producto. En su afán por adoctrinar al pueblo en la lucha
de clases, buscará al espectador proletario en sus propios
espacios —un taller, una fábrica, una sala de reuniones
de obreros, una cervecería—, a los que convertirá
en escenarios.
El
ejemplo de Piscator prendió en las organizaciones de izquierda
durante el periodo de entreguerras. A imitación suya, veremos
florecer, dentro y fuera de Alemania, un sinfín de grupos de
aficionados y semiprofesionales entre los que, a veces, batallaron
artistas de calidad.
Recordemos
el caso del Groupe Octobre francés, de los hermanos Pierre
y Jacques Prévert; o los grupos españoles: La barraca
de Lorca, Misiones Pedagógicas de A. Casona, o el teatro de
guerrilla de Alberti-Teresa León...
Con
la mirada puesta en su público y en la finalidad del espectáculo,
este teatro político popularizó un subgénero
peculiar de «pieza» escénica: las actualidades.
Consistían éstas en unos sketches en los que comentaban
y caricaturizaban, siempre que venía al caso, a los personajes
y noticias del momento. Las actualidades eran una especie de periódico
escenificado. Otro género popular fue el drama histórico,
presentado como parábola de fácil interpretación
para criticar el presente.
Piscator
expuso todas estas teorías y experiencias en un texto interesante
titulado precisamente El teatro político. Tras la Segunda Guerra,
este tipo de teatro perdió interés en Europa Occidental.
En España y en Latinoamérica, sin embargo, siguió
interesando. Perseguido por dictaduras y oligarquías de derecha,
los grupos progresistas supieron obviar la vigilancia y las censuras
en algún momento, o aprovechar descuidos o cansancios del Poder
para mostrar sus productos.
La
historia del teatro español, portugués y latinoamericano
no deberá olvidar el capítulo de su Teatro independiente.
En ocasiones, este teatro, con más voluntad que medios, intentó
la evolución del arte escénico. De resaltar la labor
de algún grupo —con la injusticia que implica para tantos
y tantos colectivos— mencionaríamos la labor de Los goliardos,
en España; la continuada labor de los actores de Coimbra, en
Portugal; el Teatro de la Arena, de Sao Paulo, en Brasil, dirigido
por G. Guarnieri y Augusto Boal.
Pero
Piscator, que no abandonará nunca su vertiente política
(ni este teatro, al que volverá, en los suburbios de Berlín,
hasta la ascensión de Hitler), se consagrará pronto
a montajes de calidad en Alemania, en Estados Unidos, a partir de
1939, y, de nuevo en Alemania desde 1951. En sus grandes montajes
era amigo de distribuir la acción por diversas plataformas,
de los efectos de movimiento casi cinematográfico para el que
usaba de la escena giratoria, las proyecciones filmadas, altavoces,
pancartas, movimientos de actores y comparsas...
Dejó
escrito: «El factor heroico de la nueva dramaturgia no está
ya en el individuo, en su destino personal particular, sino más
bien en nuestra época, en el destino de las masas... El hombre
en escena adquiere el valor de función social.» Las ideas
y la práctica de Piscator influyen sin duda en... Bertolt Brecht.
5.
BERTOLT BRECHT
La
personalidad artística de BERTOLT BRECHT (1898-1956) transciende
por momentos el tiempo histórico de su actividad teatral. Originó
un fenómeno de gran interés, pues desarrolló
su práctica escénica según unas directrices reguladoras,
que fueron reciclando la experiencia, pero que terminaron por construir
una teoría revolucionaria. De esta manera transformó
el drama europeo. Tras su muerte, pasó a ser dios de algo más
que un estilo teatral, el brechtismo, que fue seguido fielmente por
sus imitadores. Pronto el fenómeno mostró sus limitaciones,
porque faltaba él para ordenar sus escritos, y decirnos cómo
había que entenderlos, e incluso cómo continuarlos.
Con el tiempo, y las correctas lecturas que han hecho algunos de sus
estudiosos, se ha mostrado la originalidad de la experiencia, la enorme
importancia de sus postulados —desde los primeros impulsos expresionistas
hasta su gran dramaturgia marxista—, pero también la
inicial miopía de correligionarios que poco o nada sacaron
en claro de sus experiencias, intentando embalsamar-las al ponerlas
en las antípodas del aristotelismo. Era la mejor manera de
que quedaran inmovilizadas para la historia. Pero Brecht, como buen
creador, ha sido mucho más grande tras su muerte que en vida,
en donde no terminaron de confiar en sus experiencias. Después
de un periodo de alabanza sin más, es cuando se ha podido explicitar
la entidad de sus propuestas.
Breve panorámica de su producción escénica
Yo,
Bertolt Brecht, vengo de los bosques negros. Cuando me trajo a las
ciudades
mi madre me tenía en su vientre todavía.
El frío de los bosques permanecerá en mí hasta
la muerte.
Para
entender la obra y teoría de Brecht hay que partir de una trayectoria
autoral y expresiva muy variada en sus primeros años; no se
puede decir nunca que es contradictoria, porque asimiló bien
todos los movimientos artísticos y literarios que proliferaron
en Europa. A finales de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, lo
encontramos en Munich. Escribe la primera redacción de Baal
(1918), que nos recuerda a Rimbaud, por quien siente profunda atracción.
Juntaba
combinaciones de palabras de resonancia sensorial, de palabras que
tenían un espesor y un color determinados.
Los años 20 lo acercan a las teorías de Marx. Habiendo
colaborado con los movimientos espartaquistas de Munich, dedica su
obra Tambores en la noche (1920) a la sofocada rebelión de
Berlín, producida un año antes. Brecht empieza ya a
mostrar una Alemania fracasada. En la jungla de las ciudades (1922)
inventa una América alucinante, kafkiana y mistérica.
Por entonces Brecht no es más que un joven médico con
clara vocación poética. Las claves de su formación
hay que buscarlas en las relaciones con gentes como Karl Valentín,
Erich Angel o Carola Neher. Influido por el primero, conocido actor
bávaro, redacta piezas en un acto, más propias de cabaret
que de teatro. Al tiempo, ejerce la crítica teatral. El hecho
de conocer en 1923 a la actriz Helene Weigel marcará definitivamente
su vida, en el terreno afectivo y en el profesional. Brecht trabajaba
como dramaturgo en un teatro muniqués, para el que adapta la
significativa obra de Marlowe Vida de Eduardo II de Inglaterra. Recordemos
que el término dramaturgo utilizado (en alemán, dramaturg)
no se corresponde exactamente con la acepción castellana de
dramaturgo. El dramaturg alemán es algo así como el
adaptador de textos, aunque con mayor capacidad creativa que el simple
refundidor, pues puede seleccionar fragmentos de distintas obras,
diferentes poetas, incorporar canciones, etc.
En
Munich inicia el trabajo de adaptación de textos de otros autores,
a los que imprime una personalidad especial. Realiza un tratamiento
riguroso del original, dentro de una libertad de orden y agrupamiento
secuencial propio del punto de vista subjetivo del expresionismo.
Había visto trabajar a Piscator y aprovecha esta experiencia
para buscar una nueva dimensión en los productos teatrales
manejados. En la desnudez y agresividad del texto marlowiano tuvo
buen campo de experimentación. Y no debió irle mal del
todo la prueba, pues enseguida continuó su oficio de dramaturgo
en el Deutcher Theater de Berlín, que estaba en manos de Max
Reinhart. Es, como vemos, un momento de plena actividad, pero también
de intensa formación junto a los más importantes directores
del momento, de los que, sin dudar, el joven Brecht aprendió
su oficio. Su actividad literaria se potencia con la participación
en la creación del colectivo «Grupo 1925», en donde
también están Dublín, Tucholsky y Becher. Trabaja
en su obra Un hombre es un hombre, que estrenará al año
siguiente, 1926, así como en La boda. La primera es un duro
ataque al colonialismo. Por este tiempo, Brecht lee con avidez filosofía
marxista, lectura que va dejando huella en su obra.
Soy
amable con la gente. Llevo
un sombrero hongo según sus costumbres.
Digo: estos animales tienen curiosos olores.
Y digo: tanto da, yo también.
En
1928 produce su primer gran texto, La opera de perra gorda, es-trenado
en Berlín, que no deja de ser, empero, uno de sus característicos
arreglos de una obra anterior, en este caso, La opera del bandido,
del autor inglés del siglo XVIII, John Gay. Introduce Brecht,
funda-mentalmente, letras y canciones originales, para las que cuenta
con el compositor Kurt Weill. También con el elemento musical
en portada, escribe Esplendor y decadencia de la ciudad de Mahagonny
(1929), El vuelo de los Lindberg (1929), Pieza didáctica de
Baden-Baden (1929) y La decisión (1930). La primera es una
auténtica alegoría poética, no obstante Brecht
se siente, por entonces, tan autor lírico como dramático.
Es un momento en el que produce un didactismo para el que busca los
medios escénicos más adecuados: sencillez expositiva,
diálogos muy cortantes y esquemáticos y el uso de la
parábola como línea dramática. No se contenta,
como Piscator, con una simple teatralidad en la exposición,
sino que la enriquece con una cuidada literatura, en donde nunca pierde
el sentido del humor ni la ironía, como base del discurso estético.
El estreno de Mahagonny, en Leipzig, es saludado con curiosidad, pero
también con entusiasmo. Algo nuevo afloraba en la escena europea.
Es también el año en que inicia La excepción
y la regla, periodo de pleno teatro didáctico, en donde proliferan
muchos de sus más importantes textos teóricos del principio
de su ejecutoria.
La
popularización de la radio, como elemento de rápida
difusión informativa y cultural, le lleva a realizar diversas
adaptaciones para ese medio, que parece dominar con pulcritud. Su
obra Santa Juana de los mataderos, que había escrito un par
de años antes, inspira-da en una narración de Elisabeth
Hauptmann, se estrena en la radio en 1932. En esta línea de
refundiciones, escribe La madre (1932), siguiendo fielmente la novela
de Gorki. Su condición ideológica le reporta los primeros
problemas con la censura alemana. Comienza a redactar Cabezas redondas
y cabezas puntiagudas, cuyo fuerte simbolismo proyecta una terrible
sátira contra la ya imparable filosofía nazi, al igual
que Los Horacios y los Curiacios (1934). Para entonces ya se encuentra
Brecht en el exilio en Praga, junto a su familia, iniciado tras el
incendio del Reichstag, en febrero de 1933; un exilio que durará
bastantes años, y en el que, sin patria —porque hasta
su nacionalidad alemana perdió—, condensará su
teoría, merced a una obra dramática que iba subiendo
sin parar a los escenarios, estuviera donde estuviera. De Praga pasó
a Viena, Zurich, París, Thurá y Skovsbostrand (Dinamarca),
en donde se instala. Desde allí realiza numerosos viajes (París,
Londres, Moscú). El estreno de La madre en Nueva York, 1936,
le lleva a una larga estancia en la ciudad norteamericana. En 1935,
ha iniciado su obra Terror y miseria del III Reich, a base de pequeñas
piezas que presentan, como enorme fresco dramático, los desmanes
de las dominaciones nazis. Helene Weigel estrenará ocho piezas
de dicha obra en Copenhague, en 1938. En la misma ciudad había
presentado Los fusiles de la madre Carrar, estrenada un año
anterior en París, en donde Brecht había participado
en el Congreso Internacional de Escritores, reunidos bajo el tema
de la Guerra Civil española. Todavía en 1938 empezaría
La vida de Galileo, cuyo primer título era La tierra se mueve.
Y
dicen: vendrán mejores tiempos. Y yo
jamás les pregunto: cuándo.
En
el 39 marcha a Suecia, pues se presentía la llegada de las
tropas nazis a Dinamarca. Vive allí un año, cerca de
Estocolmo, y comienza los trabajos de El proceso de Lúculu,
Madre Coraje y sus hijos y La persona buena de Sezuán. Es curioso,
pero junto a un periodo de viajes, huidas e incomodidades empiezan
a surgir los grandes textos que situarían al autor en cabeza
de la dramaturgia europea. Es un momento en donde evoluciona de una
posición eminentemente didáctica, que trasluce una preocupación
política evidente, a la plena madurez de la creación
total. Y también, como espectacular paradoja, se produce el
paso de una dramaturgia de tintes revolucionarios a otra inserta en
las tendencias del momento, aun sin olvidar que contiene todas y cada
una de sus innovaciones.
De
Suecia debe seguir huyendo a Finlandia, en donde redacta su espléndida
obra El señor Puntila y su criado Matti, inspirada en cuentos
de aquel país. Poco más de un año vive allí,
pues se traslada a Moscú, para enseguida embarcar hacia California.
Cerca de Hollywood se encuentra con muchos de sus colegas y amigos
alemanes exilia-dos, como Peter Lorre, Fritz Lang, Paul Dessau, Heinrich
Mann o Ferdinand Bruckner. Comienza a redactar La resistible ascensión
de Arturo Ui, parábola sobre el gansterismo americano, cuyo
telón de fon-do es el gansterismo nazi, y Las visiones de Simone
Marchard, en colaboración con Lion Feuchtwanger, terminada
en 1943. Acepta trabajar con algunos de sus viejos camaradas, y aparece
como guionista de películas americanas. Su labor práctica
de escritor no cesa, como lo demuestra Schweyk en la Segunda Guerra
Mundial, cuyo papel principal lo hizo pensando en Peter Lorre. Sus
obras empiezan a traducirse al inglés. Estrena ahora Terror
y miseria..., aunque con el título de The' private life of
the Masterrace, y Vida de Galileo, con dirección de Charles
Laughton. Esto último sucede en 1947, cuando Brecht ha de comparecer
ante la Comisión de Actividades Antiamericanas. Es el principio
de su salida de los Estados Unidos. A finales de ese mismo año
está en Suiza, trabajando en una versión de Antígona.
De su paso por América dejó el estreno de El círculo
de tiza caucasiano, al que no pudo asistir, escrito en 1944.
Raza frívola, nos hemos cerrado
en casas que creíamos indestructibles.
De esta forma hemos construido los altos inmuebles de la isla
de Manhattan y las débiles antenas que dialogan por encima
del Atlántico.
Su
largo peregrinar acaba. En octubre de 1948, tras haber vivido cerca
de Zurich, se establece definitivamente en Berlín Este, en
donde dirige Madre Coraje, en colaboración con Erich Engel.
Es el año en el que escribe «El pequeño Organon»,
auténtica compilación de las ideas escénicas
que ha llegado a experimentar y definir en su trayectoria de hombre
de teatro. Posteriormente entraremos en su consideración. En
1949 funda el Berliner Ensemble, teatro estable en donde, por fin,
Brecht desarrollará una labor práctica continuada, sin
los sobresaltos de los últimos años. El autor entonces
cuenta con cincuenta años, y muchas posibilidades de realizar
una larga y tranquila labor. Todavía escribe un texto, Los
días de la Comuna, inspirado en La derrota, de Grieg, que a
la postre será su última obra compuesta, pues Turandot,
o el congreso de los lavanderos (1954) no terminó de revisarla.
El
trabajo de Brecht, desde 1949, se concreta en poner en mar-cha el
Berliner Ensemble, con obras propias o no, salir a dirigir producciones
fuera de su residencia y cuidar la publicación de poemas y
textos teatrales teóricos. En 1954 llega con su compañera
a París, y logra el reconocimiento total de la crítica
europea. Quizá, hasta entonces, la obra de Brecht no había
sido tenida en cuenta en su integridad. Pero poco le queda de vida
para ratificar ese reconocimiento, pues en 1955, preocupado por la
continuidad de su labor, escribe a la Academia de las Artes de Berlín
sobre las medidas que habrían de tomarse en caso de fallecer.
Un año después, en pleno ensayo de la Vida de Galileo,
muere de infarto de miocardio.
Sabemos
que somos provisionales.
Y que después de nosotros nada ocurrirá que valga
la pena de ser comentado.
La
teoría teatral de Brecht
Es significativo que ya en 1956, Roland Barthes dijera: «Carece
de riesgo profetizar que la obra de Brecht va a ser más importante
cada vez, no sólo porque se trata de una gran obra, sino también
porque nos encontramos ante una obra ejemplar; brilla, al menos hoy,
de forma excepcional en la mitad de dos desiertos: el del teatro contemporáneo
y el del arte revolucionario, estéril desde los comienzos de
la burocratización.» En efecto, Brecht ha legado una
importante herencia en sus textos teóricos, que fue conformando
a lo largo de su vida, y que se atreve a presentar, ordenados, en
1948, en el conocido opúsculo «El pequeño organón».
Resumamos, pues, sus ideas principales, basándonos en ese artículo,
sin entrar en el proceso de gestión, en la solapación
de pensamientos, en las contradicciones que todo artista conlleva
y en todo cuanto pudiera aclarar, pero no definir, los puntos esenciales
de su dramaturgia.
Para
Brecht, el teatro debía ser consecuente con el momento histórico
en que uno vive. Y su realidad exigía una escena racional,
científica, precisa y objetiva. Su propia vida le hace conocer
directamente la injusticia social, a la que combate desde sus dramas.
En el primer punto del «organon» da esta definición:
«El teatro consiste en representar figuraciones vivas de acontecimientos
humanos ocurridos o inventados, con el fin de divertir. Esto es, en
todo caso, lo que damos por supuesto en este escrito, y tanto al hablar
del teatro moderno como del antiguo.» Brecht se va a plantear
el fin mismo del drama y sus objetivos, más que su esencia.
Es en lo único en que se aparta abiertamente de Aristóteles,
habida cuenta del sentido con-temporáneo de la función
del teatro en nuestro siglo. Si Nietzsche denunciaba la funcionalidad
del fenómeno dramático como ilusión burguesa,
Brecht, desde planteamientos basados en el materialismo histórico,
conduce aquella funcionalidad hacia el sentido político del
teatro, a partir de criterios de utilidad y eficacia del arte. Esta
es la encrucijada del discurso antiaristotélico de Brecht,
ya que a partir de ahí, la catarsis se convierte en enajenación,
cosa que rechaza y cambia por la mirada extrañada ante la fábula
escénica. «El rechazo de la identificación —dice
Brecht en sus Escritos sobre teatro— no surge de un rechazo
de las emociones, ni conduce a ese rechazo. Precisamente el deber
de la dramática no aristotélica consiste en de-mostrar
la falsedad de las tesis de la estética vulgar, según
la cual las emociones sólo pueden ser producidas por la vía
de la identificación. Sin embargo, una dramática no
aristotélica debe someter a una cuidadosa crítica toda
emoción condicionada por ella y por ella materializada.»
El
efecto de «extrañamiento» o «distanciamiento»
brechtiano (Verfremdungseffect, en alemán) —avanzado
en cierta medida por Schkowskij, en 1917— fue utilizado por
primera vez, por Brecht, en las notas a Cabezas redondas y cabezas
puntiagudas, estrenada en 1936: «Ciertas incidencias de la obra,
mediante ruidos, música entre bastidores y el juego del actor,
deberían, en tanto que escenas cerradas en sí mismas,
quedar convertidas en algo extraño al mundo de lo cotidiano,
de lo evidente y de lo esperado.» En el punto 42 del «organon»
describe el efecto: «Representación distanciadora es
aquélla que permite reconocer el objeto, pero que lo muestra
al propio tiempo como algo ajeno o distante (freud). El teatro antiguo
y medieval distanciaba a los personajes con máscaras de hombres
y animales. El asiático emplea todavía hoy efectos musicales
y mímicos. Estos efectos impiden, sin duda, la identificación
(Einfühlung) y, sin embargo, esta técnica se basa en un
fondo de hipnotismo y su-gestión, en un grado mayor que aquella
técnica que busca la identificación». Este tipo
de teatro que pone en práctica Brecht, tras su muerte la mayoría
de los creadores europeos lo denominan «épico»,
para resaltar la necesidad de establecer una distancia semejante a
la que los antiguos espectadores establecían con las narraciones.
Tales
postulados se materializan gradualmente en la praxis de sus grandes
textos dramáticos. Cuando los hijos de Madre Coraje admiten
su participación en la guerra, se une de manera dialéctica
el Brecht teórico y el Brecht práctico. Los héroes
dejan de tener una única perspectiva. Llegan al espectador
«extrañados», transportados unos metros más
allá de donde creíamos que estaban. Claro está
que para conseguir tales logros, la interpretación, los decorados,
la iluminación, la música, todos los lenguajes del teatro,
han de contar con un grado de empleo, que no todos los creadores son
capaces de ejercer.
Finalmente, para explicar la experiencia brechtiana se suele usar
un cuadro, que si bien reduce la riqueza expresiva del método,
también es didáctico en su esquema, para mejor comprender
lo que separaba al autor del teatro dramático al uso. Aquí
lo ofrecemos abreviado:
| FORMAS DRAMÁTICAS |
|
FORMAS ÉPICAS |
Se actúa.
Se envuelve al espectador en una acción escénica.
Se absorbe su actividad.
Se le hace experimentar sentimientos.
Se ofrecen vivencias.
El espectador es introducido en algo.
Sugestión.
Se conservan las sensaciones.
El espectador
simpatiza.
El hombre es algo conocido.
El hombre es inmutable.
La tensión aparece desde el principio.
Cada escena está en función de la siguiente.
La acción es creciente.
El pensar determina el ser.
Expresión de sentimientos. |
|
Se narra.
Se hace del espectador un observador.
Se despierta
su actividad.
Se le obliga a adoptar decisiones.
Se ofrecen imágenes del mundo.
Se sitúa al espectador frente a algo.
Argumento.
Las sensaciones conducen a una toma de conciencia.
El espectador estudia.
El hombre es objeto de investigación.
El hombre es mutable.
La tensión está en todo el desarrollo.
Cada escena tiene sentido en sí.
La acción
es oscilante.
El ser social determina el pensar.
Expresión de la razón. |
Brecht supone un paso adelante en la consideración social del
teatro, al que añade la originalidad de tratarlo como el producto
artístico que es, nacido del hombre y para los hombres.
(BERTOLT
BRECHT.)
I. PEQUENO ORGANON
1. EI «teatro» consiste en representar figuraciones
vivas de acontecimientos humanos ocurridos o inventados, con el
fin de divertir. Esto es, en todo caso, lo que damos por supuesto
en este escrito, y tanto al hablar del teatro moderno como del
antiguo.
4. Esto es lo que, Según Aristóteles, pretendían
los antiguos con sus tragedias: nada mas alto ni nada más
bajo que el divertir a la gente. Cuando se dice que el teatro
tiene su origen en el culto, lo único que se dice es que
el teatro llegó a serio mediante una selección:
no tomó de los misterios su misión litúrgica,
sino el placer que procuraban, pura y simplemente. Y la catarsis
aristotélica, la purificación mediante el temor
y la piedad, es un lavado que no solo se festejaba placenteramente,
sino con el especial propósito de divertir. Exigir más
del teatro, o concederle más, es proponerle un objetivo
inferior al que le es propio.
33. El teatro que ya encontramos hecho muestra la estructura de
la sociedad (representada en la escena) como no influenciable
por la sociedad (la que se sienta en las butacas del teatro).
Edipo, que pecó contra algunos principios que mantenían
la sociedad de su tiempo, es castigado por los dioses a quienes
no se puede criticar. Los grandes personajes de Shakespeare, que
llevan la estrella de su destino en el pecho, cumplen su irremediable
y mortal trayectoria, y se matan; la vida, y no la muerte, resulta
obscena en su derrota, ya que la catástrofe no es criticable.
Por todas partes víctimas humanas! ¡Bárbaros
entretenimientos! Sabemos que los bárbaros poseen un arte.
¡Hagamos nosotros otro distinto!
7.
ARTAUD Y LA DESTRUCCION DEL TEATRO
En realidad, ANTONIN ARTAUD (1896-1948) no pretendió destruir
el teatro en sí, ya que su evolución como actor, director
y teórico se encamina a defender el teatro como forma de expresión
y de vida del hombre, frente a los intentos surrealistas que pretendían
su muerte. Lo que si es cierto es que Artaud propuso un teatro cuya
concepción era radicalmente distinta de la del teatro tradicional
que hasta él llegaba, con contadas excepciones. Para que ese
nuevo teatro fuera posible, era preciso acabar con el anterior, al
menos por parte de quienes lo intentaran. Por otro lado, el teatro
que Artaud quería se oponía al teatro digestivo, reconfortante,
que no cuestiona al espectador en su ser interior ni en su ser social.
A cambio, propondrá un teatro inquietante, destructor, revolucionario,
siempre en el sentido que a estos términos hemos de dar dentro
de la teoría artaudiana.
Ante la lectura de El teatro y su doble, que reúne escritos
de 1931 a 1933, los actores y directores de los anos 50 no sabían
si estaban ante un crítico, un creador o un visionario iluminado.
Con la distancia que proporciona casi medio siglo, comprendemos que
las ideas de Artaud son el resultado de un proceso de maduración
interna del escritor, desde dentro del teatro. Por otro lado, es fusto
indicar que tales propuestas se vieron favorecidas por anteriores
intentos destructivos, como los ya citados de Jarry y los surrealistas.
(ANTONIN
ARTAUD, El teatro y su doble.)
II. EL TEATRO Y SU DOBLE
Romper el lenguaje para alcanzar la vida: en eso consiste hacer
o rehacer el teatro [...] Y lo importante es que no todos pueden
conseguirlo, que se necesita una preparación.
Esto nos lleva a rechazar las limitaciones habituales del hombre,
a multiplicar hasta el infinito las fronteras de lo que se denomina
realidad.
Hay que creer en un sentido de la vida renovado por el teatro,
en el que el hombre, impávido, se vuelve dueño y
señor de lo que aún no es, y lo haga renacer. Y
todo lo que no es puede siempre nacer, con tal de no contentarnos
con seguir siendo simples órganos de grabación.
Igualmente, Cuando pronunciamos la palabra vida, es preciso que
entendamos que se trata no de la vida reconocida en el exterior
de los hechos, sino de esa especie de frágil y agitado
hogar al que no alcanzan las formas. Que si todavía existe
algo infernal y verdaderamente maldito en este tiempo, ese algo
consiste en continuar artísticamente con las formas en
vez de ser como ajusticiados en la hoguera que hacen signos en
las llamas...
Los
planteamientos del surrealismo, a partir de 1924, no dejaban mucha
opción al teatro. La búsqueda de una escritura generalizada,
en contacto con la totalidad de la vida del hombre, surgida de él,
atentaba directamente contra los géneros literarios en vigor:
novela, poesía, diarios, teatro... La escena debía perder
todos sus caracteres distintivos: intriga coherente, psicología
de los personajes, verosimilitud. André Breton, fundador del
movimiento superrealista, achacaba al teatro su falta de autenticidad,
y no Ilegaba a comprender que un creador pudiera dejarse representar
en escena por el actor de turno. Cegados en su afán destructivo,
Breton y sus adeptos no llegaron a imaginar que el teatro surrealista
era posible, a poco de aplicar a este género las técnicas
compositivas que propugnaban para el arte en general: onirismo, resurgir
de la infancia, escritura libre que dejase actuar al inconsciente,
irracionalismo, humor... Tampoco supo ver en las obras de sus contemporáneos
ejemplos de aplicación de la teoría. No conoció,
por ejemplo, en su momento los títulos de dos grandes obras
de García Lorca, escritas en las mismas fechas de las reuniones
surrealistas de París: El público y Así que pasen
cinco anos. También Ramón Gómez de la Serna se
había adelantado al dadaísmo con su curioso teatro.
Artaud
fue un entusiasta del grupo surrealista, hasta su expulsión
por Breton en 1925. Cuando llegó a Paris, cinco anos antes,
lo mejor que encuentra de teatro es lo que esta haciendo Lugné-Poe
y Charles Dullin. En el Atelier de este último trabaja como
actor; decía del maestro que sabía alcanzar «la
mística de la escena». Consideraba a Dullin muy superior
a Craig, Appia y los directores rusos. Sin embargo, poco a poco se
irá distanciando de él, como ya lo hiciera de Lugné-Poe,
para acabar criticando su «mediocre verosimilitud» en
escena, y colocarlo entre los directores y actores del llamado teatro
digestivo. Con este epíteto designaba el teatro de los bulevares
de Paris, entre los que integraba también a Pitoeff y Jouvet,
unánimemente ensalzados por la crítica europea. Con
esto, Artaud no salva prácticamente ninguna experiencia escénica
ni dentro ni fuera de Francia.
En 1926 funda con Robert Aron y Roger Vitrac el Teatro Alfred Jarry,
que los surrealistas intentaron boicotear. La experiencia sólo
duró dos anos. A partir de ahí, Artaud trabajó
como actor en teatro y cine. Gracias precisamente al cine, podemos
hoy acercar¬nos al mito Artaud, a su peculiar rostro, en películas
como La pasión de Juana de Arco (1927),de Carl Dreyer, y ,Napoleón
(1928) de Abel Gance. Durante esos anos, hasta 1935, medita y redacta
sus grandes ensayos. En 1931 asiste, en París, a unas representaciones
del teatro Balinés. Fue tal su entusiasmo, que, a partir de
entonces, volvió a creer en lo maravilloso del arte de la escena
y en sus poderes mágicos. Dicho teatro le mostraba su «juego
perpetuo de espejos que van desde un color hasta un gesto, y desde
un grito a un movimiento [...], en donde todo responde como por medio
de canales horadados al mismo espíritu [...]: exorcismo para
que afluyan nuestros demonios... ».
Ensayos célebres fueron La puesta en escena y la metafísica
(1932), Primer manifiesto sobre el teatro de la crueldad (1932) y
El teatro y la peste (1933). La lectura que Todorov hace de estos
escritos puede ser, entre otras, una buena guía para los mismos,
siempre que estemos de acuerdo en que Artaud rebasa todos los comentarios
que sobre él se han hecho hasta la fecha. Exponemos a continuación,
una serie de puntos que marcan su progresión:
1.
Para Artaud, el teatro es un lenguaje. Pero este lenguaje teatral
tiene sus diferencias con el lenguaje articulado convencional. La
comparación entre ellos puede aclararnos lo peculiar del lenguaje
teatral. Empecemos por decir que el lenguaje convencional es sólo
una parte o elemento posible del lenguaje teatral. Su abuso ha provocado
la muerte del teatro occidental.
2. En el lenguaje convencional usamos un sistema ya hecho. En teatro,
sin embargo, el actor debe hacer su lenguaje; algo así como
si el lenguaje no existiera y el actor, al sentir la necesidad de
expresarse, debiera crear su propio lenguaje. «El lenguaje teatral
se encuentra exactamente en el punto preciso en el que el espíritu
tiene necesidad de un lenguaje para, producir sus manifestaciones.»
3. En consecuencia con lo dicho, el lenguaje en teatro será
más un, creación que una enunciación. Y si el
lenguaje teatral, en cualesquiera de sus elementos, nace de una necesidad
del hombre, a 1a que va estrechamente unido, esto debe tener una gran
repercusión. Se diría que en teatro cuenta menos lo
significado (lo que se expone) que la forma en que se expone. Dicho
de otro modo, en el teatro occidental, el significante pasa desapercibido,
pues al actor y al espectador le interesa mucho más lo significado,
hecho condenable por Artaud. Aquel significante no quiere decir la
imagen perceptible sensorialmente, sino la peculiar creación
de la misma hecha por el actor. Por poner un ejemplo: a Artaud le
interesa menos la pronunciación establecida por la fonología
que las mil posibilidades de emisión de la voz por parte del
actor, de las que elegirá aquellas que sienta como necesarias.
En realidad, significante y significado son inseparables, en el teatro.
4. En la percepción de este teatro, toman parte todas las facultades
que intervinieron en sus creaciones (anímicas y orgánicas;
conscientes e inconscientes) y no sólo la facultad intelectiva,
de absoluto dominio, el teatro occidental. Artaud afirma que este
lenguaje está más cerca del Caos que del Orden: «El
lenguaje de la escena, si existe y se forma, será por naturaleza
destructor, amenazante, anárquico; evocará el Caos.»
5. Tras las premisas precedentes, el teatro se ha de entender como
un acto en el que el hombre se compromete en su integridad. De ahí
que, contrariamente al uso, un hecho teatral sea irrepetible. Cada
noche, el actor ha de volver a crearse. La idea de la repetición
está prohibida. Como lo esta la improvisación a partir
de un texto dado, es decir, de un pretexto, aunque sí deba
existir un postexto, de la creación). «Esas imágenes,
esos movimientos, esas danzas, esos ritos, esas músicas, esas
melodías, truncadas, serán cuidadosamente anotadas y
descritas, hasta donde sea posible, con palabras y, sobre todo, en
las partes no dialogadas del espectáculo, como si se tratase
de una partitura musical.» Este postexto será el verdadero
texto, más que la obra del dramaturgo o su adaptación.
Hay que acabar con la tiranía del escritor. El teatro es más,
muchísimo más que la obra de un dramaturgo; en su origen,
en su proceso y en su representación al público.
6. Hasta aquí hemos dejado entender que el lenguaje específicamente
teatral artaudiano admite entre sus signos-símbolos, todas
las formas expresivas humanas: del cuerpo y del espíritu, capaces
de ser percibidas por vía sensorial, orgánica, mental
, inconsciente. Con una condición: que no sean entendidas como
manifestaciones autónomas (la música o la danza), sino
como conformantes del todo teatral. En el fondo, Artaud está
actualizando y completando las propuestas de Wagner sobre el drama
lírico, yendo, evidentemente, mucho más allá
que él en su análisis del acto creador y en su manifestación
externa.
En suma, Artaud propone la consideración de un lenguaje de
la escena inmensamente rico, simbólico y sugerente. El lenguaje
articulado, sólo puede ser una parte de aquél, el emitido
por la voz humana, o, con más precisión, una de las
posibilidades de dicha voz humana. Además, en su emisión,
su poder encantatorio ha de ser tan perceptible como sus significaciones
conceptuales. De otro modo, el teatro representado en escena, nos
aclarará Artaud, poco o nada se diferenciará del texto
escrito.
Todo ello nos conduce a la finalidad del teatro, según el teórico
francés, totalmente apartada del concepto del arte por el arte.
El teatro no es ni gratuito ni utilitario. No se le pueden atribuir
fines políticos o sociales inmediatos. Ello implicaría
una doble traición: al teatro y a la política. Por contra,
«el teatro debe intentar alcanzar las regiones mas profundas
del individuo y crear en él una especie de alteración
real, aunque oculta, cuyas consecuencias serán percibidas mas
tarde», añade Artaud. En definitiva, se trata de la fórmula
que todos atribuyen a su poética: el teatro no tiene que representar
la vida, en lo que ésta posea de mas esencial; el teatro tiene
que ser la propia vida. Artaud sobrepasa los límites de la
re-presentación; los destruye.
Si Artaud fue tajante en el plano propiamente escénico, su
rigor no era tanto con las obras de los dramaturgos, que consideraba
sometidas al genio del creador. Sin embargo, resulta interesante saber
lo que él consideró aceptable para su teatro de la crueldad.
Salvó bastante poco de lo escrito basta él. Entre sus
preferencias primeras, Ubú rey de Jarry, Victor o los ninos
al poder de Vitrac, y El sueno de Strindberg. En el manifiesto del
teatro de la crueldad nos presenta la siguiente relación, con
la indicación expresa de «sin tener en cuenta el texto»:
- algún Shakespeare;
- León-Paul Fargue;
- La historia de Barba Azul;
- La toma de jerusalem,
- un cuento de Sade: El castillo de Valmor, adaptado por Klossowski;
- algún melodrama romantico;
- Voyzeck, de Búchner;
- algún isabelino.
A
Artaud le atrae en particular Séneca, en el que ve los mejores
ejemplos del teatro de la crueldad y de la peste. El mismo hizo una
adaptación del Atreo y Tiestes del dramaturgo latino. Adaptó
también dos relatos que le llamaban poderosamente la atención:
El monje, novela gótica de Lewis, y Los Cenci, según
Shelley y Stendhal. Esta última la quiso llevar a escena. Todos
esperaban que Artaud mostrase en la práctica sus teorías
sobre el arte teatral. Pero el estreno de Los Cenci, en mayo de 1935,
no fue precisamente un éxito. Artaud dijo que se vio traicionado
por la realización. Durozoi explicaba que el director no llegó
a expresar lo que tenia en la mente por falta de medios, de tiempo
y de materiales, pero, sobre todo, porque tuvo que plegarse a las
exigencias de la primera actriz, que era quien pagaba los gastos del
montaje.
Artaud pasara a la historia del teatro como el máximo representante
del simbolismo-surrealismo, y como profeta de las modernas vanguardias,
pese a que su influencia inmediata fuese muy escasa.
Un joven actor francés, que había colaborado en Los
Cenci, hizo algunos intentos por llevar a la práctica sus teorías.
Jean-Louis Barrault, que tal era su nombre, escogió para ello
una obra que permitía los despliegues poéticos, los
coros, las alegorías que desbordaran la noción psicológica
de los personajes, los actos violentos, el desgarro y el alarido,
los enfrentamientos colectivos. Este texto fue la Numancia, de Cervantes.
Barrault recuerda el estreno de 1937: «En el plano de la sociedad,
yo aportaba mi contribución a los republicanos españoles,
respetaba al individuo, glorificaba la libertad. En el plano de la
metafísica del teatro, penetraba en lo fantástico: danza,
realidad, superrealidad. El Río, el Fuego, la Magia, mi teatro
total.»
(A.
ARTAUD, La puesta en escena y la metafísica.)
[...] ¿Cómo es posible que la escena occidental
solo vea el teatro bajo su aspecto de teatro dialogado?
El diálogo - cosa escrita y hablada - no constituye lo
específico de la escena, pertenece al libro; prueba de
ello es el lugar que en los manuales de historia de la literatura
se le reserva al teatro, al que se considera como una rama accesoria
de la historia del lenguaje ar¬ticulado.
Yo digo que la escena es un lugar físico y concreto que
exige que lo llenemos, que le hagamos hablar su lenguaje concreto.
Yo digo que este lenguaje concreto, destinado a los sentidos e
independiente de la palabra, debe satisfacer ante todo a los sentidos,
pues existe una poesía para los sentidos como existe otra
para el lenguaje, y que este lenguaje físico y concreto
al que estoy haciendo alusión sólo es teatral en
la medida en que los pensamientos que expresa escapen al lenguaje
articulado... Esto permite sustituir la poesía del lenguaje
por una poesía en el espacio que se desplegara en el ámbito
de lo que no pertenece estrictamente a las palabras.
Veinte
anos más tarde, Artaud será desenterrado por los grupos
americanos y europeos más concienciados con la necesidad de
un teatro entendido como compromiso con uno mismo, con los demás
y con el propio arte. Derrida advertirá que en todos ellos
-Living Theatre, Open Theatre, pánico, Grotowski...- las simpatías
y coincidencias con Artaud no excluyen incomprensiones y traiciones
al teatro de la crueldad. Derrida rechaza como no artaudiano todo
teatro no sagrado, todo teatro ideológico cuyo fin sea el transmitir
un mensaje que se agote en el acto de la palabra, todo teatro que
privilegie la palabra y no eche mano de los demás elementos
escénicos; todo teatro abstracto.
8.
BECKETT Y EL ABSURDO
El irlandés Samuel Beckett pasa por ser la figura innovadora
de mayor relieve del llamado, entre otras denominaciones, teatro del
absurdo. Una serie de dramaturgos surgidos alrededor de 1950 fueron
así definidos. Europa acababa de salir de una guerra que había
dejado perplejos a poetas y filósofos. Como bien vio Wellwarth,
si la sinrazón de la primera guerra mundial (1914¬1918)
hizo justamente desconfiar de la razón humana y de sus poderes
en la ordenación sensata de la historia - de donde se originó
un arte antirracionalista: expresionista, dadaísta y surrealista
-, tras la segunda guerra (1939-1945), el escepticismo se evidenció
en obras en donde la lógica imperante - adulta, socio-histórica,
del poder y del orden - se ve desmentida e ironizada. Es cuando el
absurdo descubre el humor trágico.
Ejemplos
del absurdo
Veamos
el funcionamiento de este absurdo en un ejemplo mas que conocido.
En Picnic, de Arrabal, asistimos, a una serie de comportamientos ilógicos
(absurdos): no es lógico que los padres visiten a su hijo en
la guerra para merendar; que inviten a la mesa a un soldado enemigo;
que los soldados canten y bailen en pleno combate; no es lógica
la decisión del padre de parar la guerra para que no se aburran
los soldados, como tampoco lo es el modo de hacerlo: que cada uno
diga a sus compañeros que no quiere seguir luchando y que se
vayan a casa todos; y que a los generales les den panoplias para consolarlos.
La única proposición lógica es la final: una
ráfaga de ametralladora siega la vida de los cuatro personajes
mientras celebraban su decisión. La clave del absurdo, su moraleja,
esta en lo no dicho, en las preguntas y respuestas que provoca en
el espectador. Si la ultima proposición era la lógica,
¿qué diferencia hay entre razón y locura?, ¿no
estaremos viviendo en un mundo de dementes?, ¿qué sentido
tienen, entonces, las grandes palabras, como conocimiento, solidaridad
o comunicación?
El problema del teatro del absurdo esta en su descodificación.
Se trata de crear elementos lo suficientemente extraños como
para que el espectador repare en ellos. La lección, de Ionesco,
escrita por las mismas fechas que La cantante calva, es otra obra
significativa por su sencillez y humor trágico. Es posible
que sean éstas, junto con la citada Picnic, las obras universalmente
mas representadas en la segunda mitad del siglo XX. En concreto, las
dos de Ionesco están ininterrumpidamente en cartel desde 1950
en el Teatro de la Huchette de París.
En
la escena vacía suena un timbre. Sale a abrir la Criada. Entra
la Alumna. La Criada llama al profesor. Este inicia su lección
de todo: de geografia, de historia, de aritmética y de la temida
filología. Extrana lección en tono de farsa, en la que
Ionesco, en ocasiones, copia sin reparo al Molière de EI burgués
gentilhombre. Un inoportuno mal de muelas hace que la Alumna se vaya
desmoronando mientras crece la lascivia y la agresividad del absurdo
Profesor. Con la filología se explican las palabras, entre
ellas «cuchillo». Para hacer mas gráfica su explicación,
llevado de su «realismo» pedagógico, el Profesor
matará a la Alumna con el cuchillo. Entra la Criada, retiran
el cuerpo muerto de la Alumna. Suena el timbre como al principio.
La Criada sale a abrir a la nueva Alumna: la numero cuarenta y uno.
Muchas
de estas obras absurdas, deliciosas y disparatadas, siguen aún
vivas, aunque en algún momento se hagan reiterativas y farragosas.
De ahí que las más breves sean las que mejor resistan
el paso del tiempo. Aparte de otras fuentes posibles, sus elementos
nos eran conocidos en buena medida gracias a la farsa tradicional,
a las piezas breves de Courteline -considerado como un genio por los
ingleses-, a Audiberti y a precursores como Miguel Mihura (1903-1977)
y Wiltold Gombrowicz (1904-1969).
Samuel
Beckett
Menos
reconocible entre los absurdistas pareció SAMUEI. BECKETT (1906-1989).
En su aparente sencillez, su escritura dramática resulta la
mas innovadora del teatro de nuestro siglo. En nuestra opinión,
su aportación al arte escénico es legítimamente
comparable a la que supuso la obra de Joyce para la narrativa. La
comparación no es ociosa, y no solo por la relación
profesional que tuvieron. Beckett fue secretario del narrador. El
Ulises de Joyce, modelo de obra abierta, lo es ante todo por su libertad
de composición. Contrariamente a lo que se piensa, su lectura
puede resultar sencilla si adoptamos el punto de vista de su escritura.
Joyce, que no pone ninguna traba al discurrir de su personaje, se
limita a transcribir lo que éste piensa, comenta, hace o dice,
tal y como le ocurre en la «realidad» extraliteraria:
todo desfila por el relato, lo divino y lo humano, lo banal y lo metafísico.
Conciliar esta espontaneidad con una cuidada elaboración, evitando
que esta última no trasluzca sus esquemas, fue el secreto y
la lección de Joyce. Y la de Beckett. El drama más significativo
de su teatro es, sin duda, Esperando a Godot (1953).
Vladimir
y Estragón, que se denominan familiarmente Didí
y Gogo, esperan a un tal Godot. El lugar de la cita es un cruce
de caminos, cerca de un árbol. Todo lo que hacen es exactamente
eso: esperar a un señor que no vendrá nunca. Ante
esto, Didí y Gogo hablan... para matar el tiempo. Hablan
del tiempo, de los zapatos, de la Biblia... En un momento dado
aparecen Pozzo y Lucky, señor y criado. Más tarde,
un muchacho llega para avisar que «Godot no vendrá
esta noche, pero que lo hará mañana». El primer
acto termina con la noche. En el siguiente, todo ocurre como habíamos
visto en el anterior, a excepción de algunos cambios. Al
árbol seco le han salido unas hojas. Por su parte, Pozzo
y Lucky vuelven a aparecer, pero se les advierte más viejos.
El amo se ha quedado ciego y el esclavo, mudo. De nuevo el mismo
mensaje: Godot vendrá mañana. Vuelve la noche con
su luna. Es el final de la obra. Didí y Gogó, que
habían dejado para la segunda jornada la decisión
de ahorcarse, vuelven a aplazar su decisión. ¿Hasta
cuándo?
Después
del estreno de la obra en Paris, por Roger Blin, algún crítico
opinó que aquello era una tomadura de pelo; que el dramaturgo
se estaba riendo del teatro y del público con aquel bla-bla-bla
que no tenía argumento alguno, en una obra en la que no ocurría
nada. Aquello estaba en las antípodas de lo que durante más
de dos milenios se venía entendiendo como teatro. Aquello era
el antiteatro. La mayor parte de los críticos fueron más
comprensivos. Hemos de señalar que el estreno tuvo lugar en
el «Babylone», un teatro para iniciados, de unos 250 asientos.
Entre otros significativos textos de Beckett está Final de
partida (1957), que nos presenta una habitación siniestra habitada
por una extraña familia: Hamm, el padre, paralítico
y ciego; Clov, su hijo adoptivo, que puede andar, pero jamás
sentarse; Nell y Nagg, los abuelos, dos lisiados sin piernas metidos
en unos contenedores de basura, por los que muestran sus cabezas cuando
alzan las tapaderas. Aparentemente, tampoco pasa nada. «El final
está en el principio y, sin embargo, uno sigue, se continúa»,
dice Hamm.
En La última cinta (1959), el viejo Krapp, sordo y reumático,
dia¬loga con un magnetófono, en el que «escucha»
grabaciones de juventud. Luego sigue la cinta, con su ruido sin voz,
mientras Krapp mira al vacío. En Díar felicea (1961)
no parece existir referencia de lugar ni de tiempo. Apenas si existe
un personaje: Winnie, a la que vemos hundiéndose poco a poco
en un montículo de tierra. Pronto sólo se le vera la
cabeza. Sin embargo - ironía amarga o resignación -,
Winnie exclamará risueña: «¡Buen día
el que va a hacer hoy, ya lo creo!»
La parquedad de elementos, de mobiliario, de movimientos, de luces;
las voces semiapagadas, los seres insignificantes o limitados en sus
atribuciones, contribuyen a que lo poco que se nos presenta en escena
alcance un gran nivel significativo. Teatro de la descomposición,
de la imposible comunicación. Este, más que el de Sartre
o Camus, fue el verdadero teatro existencialista.
Por otro lado, frente a los grupos y gritos revolucionarios, propios
del teatro en el siglo XX, Beckett opone las notaciones mínimas,
precisas, para expresar la degradación. Estos personajes, al
borde de la desesperación los unos, del no ser los otros, constituyen
para quien sepa descodificarlos sentimentalmente, un grito de tanta
o mayor violencia que el de las manifestaciones épicas o el
de las resurrecciones artaudianas. El humor, la ironía en Beckett,
son de una intensa y desconsolada melancolía, y de una gran
tensión dramática: la tensión de lo no-dicho,
pues en estas obras cuenta, tanto o más que lo que vemos y
oímos, el silencio y la estupefacción que provocan e
imponen. Beckett nos acerca el teatro de la mudez, al limite de la
representación.
Del laconismo escénico de Beckett es un ejemplo ilustrativo
Breath, su mas breve farsa, en cinco actos, sin actores, con una duración
de treinta segundos, estrenada en Nueva York en 1969:
Se alza el telón sobre una oscuridad casi total: unos instantes
de negro.
De repente, una iluminación muy débil deja ver una
especie de descampado cubierto de basuras y desechos diversos.
La luz permanece fija durante cinco segundos de silencio.
Se oye una breve fracción del vagido de un recién
nacido, seguida de una inspiración humana amplificada,
que dura diez segundos, durante los cuales la luz va aumentando
progresivamente. El màximo de luz coincide con el final
de la inspiración.
Siguen luego cinco segundos de silencio y de iluminación
estable.
Se oye después una expiración amplificada que dura
diez segundos, durante los cuales la luz va subiendo. El màximo
de la luz coincide con el final de la expiración.
La iluminación coincide con el final de la expiración
y es seguida inmediatamente de una fracción de vagido idéntica
a la anterior en longitud y volumen.
Cinco segundos
de silencio y luz fija.
La iluminación débil se apaga de súbito.
Tras unos instantes de oscuridad absoluta cae el telón.
Para Pérez Navarro, Pozzo había anticipado esta obra:
«Nos paren a horcajadas sobre la tumba, la luz brilla un instante,
luego otra vez la noche.»
La
poética del absurdo
Los personajes caricaturizados en Ionesco o degradados en Beckett
hiperbolizan al hombre en nuestro tiempo. Lo mismo cabria decir de
los personajes-marionetas de La parodia, de Adamov, sin nombre propio:
La Madre, la Hermana, el Mutilado, el Empleado o simplemente N. El
Empleado, eufórico y confiado, acaba ciego y encarcelado. N,
pesimista, termina aplastado por un automóvil y echado entre
desperdicios por los basureros.
En opinión de Adorno, este teatro crea realmente el efecto
de distanciamiento del que habló Brecht. En efecto, el público
difícilmente se identifica con toda esta galería de
personajes de comportamientos tan extraños. Al mismo tiempo,
lo anormal e hiperbólico alterna con situaciones y lenguajes
de un incontestable realismo, que nadie hasta la fecha, ni siquiera
los naturalistas, habían hecho suyo, sin duda por no considerarlo
teatral.
Es decir, hasta ahora no se había considerado conveniente ese
hablar por hablar de las cosas mas anodinas, de la realidad mas simple
y casera, sin segundas significaciones. Semejante lenguaje que, según
Duvignaud, se atiene a la «lógica del pie de la letra»,
sólo sería posible en boca de niños o de extranjeros,
ajenos a las connotaciones del idioma y de la historia que lo conforma.
Curiosamente, algo de niños tienen algunos de los personajes
creados por estos dramaturgos extranjeros residentes en Paris.
Frente a la composición tradicional clásica, con su
planteamiento, nudo y desenlace, este teatro da la impresión
de carecer de progresión narrativa. Da la impresión,
decimos, pues, en realidad, el dramaturgo del absurdo suele ir introduciendo
sutilmente toda una serie de signos de la degradación que harían
poco probable mantener indefinidamente las estructuras reiterativas
o circulares que vienen a suplantar la progresión aristotélica.
Así, por entenderlo una vez mas con Esperando a Godot, recordemos
los cambios del acto II, de los que hemos dado cuenta, la acentuación
de la impaciencia, la tensión emocional y la aceleración
del ritmo de la representación. Para explicar la composición
del nuevo teatro se ha hablado de estructuras oníricas revisadas.
Como advierte Jacquart, es necesaria esta revisión, ya que
es difícil trasladar un sueño a escena sin caer en el
hermetismo o en el simbolismo mas radicales. Por lo demás,
no podemos contar nuestros sueños, sino nuestros recuerdos
de los sueños. Pero podemos extraer del sueño su falta
de sucesión lógica, sus divagaciones, el azar o lo fortuito,
que sustituyen a la causalidad aristotélica.
El nuevo teatro suele echar mano de las estructuras cíclicas,
referidas ya al conjunto de la obra, ya a sus temas o proposiciones.
La secuencia final completa o repite la secuencia inicial, dando la
impresión de que todo podría volver a empezar indefinidamente.
Por lo demás, al examinar todos sus recursos formales y técnicos,
hemos de concluir señalando que la originalidad del teatro
del absurdo estuvo en saber combinarlos. Muchas de estas técnicas,
como ya advirtió tempranamente Martin Esslin, están
tomadas de la plástica surrealista, del cine, novela, circo,
marionetas, mimo, guiñol...
El cine esta más que visible en este tipo de teatro, particularmente
el cómico de los hermanos Marx, de Chaplin, de Buster Keaton
con sus gags, sus objetos inesperados, sus sorpresas. Todos los dramaturgos
confiesan esta deuda. A la novela moderna deben algunas técnicas
compositivas, ambientes, contenidos argumentales e ideológicos.
Pensemos aquí en novelistas que han marcado la conciencia del
escritor moderno: Dostoievski, Faulkner, Virginia Woolf y, sobre todos
ellos, Lewis Carrol, maestro del non-sense, Joyce y Kafka. Por su
lado, la influencia surrealista es innegable. Mas soterrada y parcial
parece la de Artaud. El absurdo es un teatro de predominio de la palabra,
lo que no es precisamente muy artaudiano. Pero los efectos revulsivos
que provoca, su manifestación trágica, aunque sea por
vía de la tragicomedia, si lo acercan a los dobles del teatro:
la peste, la crueldad, la propia vida.
Por todo lo dicho hasta aquí, este teatro exige de los actores
una inmensa naturalidad. Para el intérprete del absurdo no
debe existir ni la sala ni la escena. Debe borrar su conciencia de
actor para hacer abstracción de su propia evolución,
de su cultura. No ir más allá del tono y las referencias
primeras denotadas en el texto. De otro modo, traicionará a
su personaje.
Ejemplos fuera de Francia
Indiscutiblemente, Beckett, Ionesco, Arrabal y el Adamov de la primera
etapa están considerados como los maestros del Teatro del Absurdo.
Pero éste no fue propiedad exclusiva de aquéllos en
la década de los 50. Para Roland Barthes, a finales de dicha
década este teatro fue asimilado por la burguesía a
la que criticaba. Al menos, así ocurrió en Paris. Ello
significó su muerte como vanguardia. En otros países
pudo tener una vida menos fulgurante y una muerte más lenta.
En Inglaterra participan de la poética absurda dramaturgos
como Harold Pinter, H. F. Simpson, J. Sanders y Tom Stoppard. Pinter
nos muestra, en sus juegos y diálogos que a veces recuerdan
a Ionesco, el agobio y la opresión que se cierne sobre sus
personajes, un poco al modo de Kafka. Destacamos: La habitación
(1957), El aniversario (1958), El portero (1960) y El montacargas
(1960). A Simpson se le ha relacionado con el non-senso de Lewis Carrol,
pero acusa igualmente su conocimiento de los estrenos de Paris. Stoppard
(n. 1937), produce una obra más tardía. Con el absurdo
se ha relacionado su Rosencrantz y Guildenstern han muerto, donde,
como en Beckett, vemos sometidos a una espera interminable, en la
corte de Dinamarca, a dos personajes secundarios del Hamlet de Shakespeare.
En Estados Unidos, que muy pronto estará a la cabeza de las
vanguardias escénicas y artísticas del mundo, se continúa
con una lenta pero imparable evolución desde el realismo psicológico
de O'Neill y, sobre todo, de la variada producción de Williams.
En Arthur Kopit (n. 1937) encontramos el absurdo y el freudismo un
tanto parodiados y caricaturizados, como en las farsas mas desbocadas
del teatro francés, sobre todo en su éxito Oh, papa,
pobre papa, mama te ha encerrado en el armario y a mí me da
mucha pena (1961). Edward Albee (n. 1928) destaca particularmente
por su Historia del zoo (1959), en la que todo parece adecuarse a
ese lenguaje del pie de la letra del que hemos hablado. Son muy conocidos,
por los demás, títulos Como El sueño americano
y ¿Quién teme a Virginia Woolf?
Menos renombre han alcanzado dramaturgos europeos igualmente relacionados
con el Absurdo, como H. S. Michelsen, considerado de forma abusiva
como el Beckett aleman, o Gunter Grass, más conocido como novelista.
Entre los polacos destacan merecidamente Tadeusz Rosenwicz, con EI
fichero, de clara tendencia cinematográfica, y Slawomir Mrozek,
con Tango.
El absurdo hispano
En España, al nombre de Miguel Mihura habría que añadir
el de otros autores precedentes, como Enrique Jardiel Poncela, el
mismo Ramón Gómez de la Serna, Tono y los humoristas
de La Codorniz, fundada por Mihura en plena posguerra y dictadura
española (1942), y denominada «la revista más
audaz para el lector más inteligente». Quizá sea
justo también recordar el humor absurdo de Miguel Gila en sus
chistes gráficos, artículos y emisiones radiofónicas.
Durante los anos 40, el grupo vanguardista de los postistas cultivó
un humor en la línea del absurdo. Para Francisco Nieva, dos
componentes de este grupo, E. Chicharro y S. Sernesi, con su obra
inacabada La lámpara, prefiguran el teatro de Ionesco. Arrabal,
que acusa un absurdo a lo Gila en Picnic (1952), se alinea con Beckett
en El triciclo (1952) y en la que es quizá su mejor obra, Fando
y Lis (1955). Este absurdo ingenuo se advierte en El parque se cierra
a las ocho, de F. Martín Iniesta. Al Absurdo se acerca igualmente
el autor catalán Manuel de Pedrolo, con Cruma (1957), La nostra
mort de cada dia (1958) y Técnica de Cambra (1961). En los
últimos años de la dictadura de Franco, el Absurdo fue
utilizado por un grupo de autores con la función específica
de evitar la censura. Entre ellos, José Ruibal (El hombre y
la mosca, 1968), Jerónimo López Mozo (Moncho y Mimí,
1967), Luis Matilla (El observador, 1967) y Angel García Pintado
(Las manos limpias, 1967).
Sin duda, FERNANDO ARRABAL (nacido en 1932) es el dramaturgo español
de mayor proyección exterior, gracias a la tendencia escénica
al Absurdo que adoptó desde sus inicios. Fue introducido en
Francia por Jean-Mario Serreau, en 1959, con un montaje de la citada
Pic-nic. El dramaturgo fue evolucionando hacia formas cada vez mas
vanguardistas, siempre llenas de polémica, y dirigidas por
los mejores directores, como Savary (El laberinto), Víctor
García (El cementerio de automóviles) y Lavelli (El
arquitecto y el emperador de Asiria). Al inicio de los 60, Arrabal
fue admitido en el grupo Superrealista de André Breton. Pronto
lo abandonará por considerar que éste imponía
una determinada censura moral y estética. Funda entonces el
«Grupo Pánico», en donde concilia tendencias barrocas
y superrealistas. Según él, los pintores influyen en,
su trayectoria más que los dramaturgos a la hora de dar forma
a sus obsesiones, particularmente el Bosco, Bruegel, Goya y los superrealistas
Matisse, Max Ernst, De Chirico y Duchamp, junto a ellos hemos de citar
a sus auto¬res favoritos: Dostoievski, Kafka, Lewis Carrol, Gracian,
Góngora y los dramaturgos griegos e isabelinos. Pero su principal
materia dramática procede de su biografía, deformada
por la memoria y los sueños de su infancia. De tener que resaltar
las notas mas sobresalientes de esta vanguardia arrabaliana destacaríamos:
a) su origen y concepción libres de censuras, b) el predominio
de las fijaciones y de las imágenes oníricas, c) su
carácter marcadamente psicodramático, que explica en
parte su éxito en sociedades como la americana y la japonesa,
d) la acentuación de la relación sádica en sus
personajes, e) su imaginería sagrada, y f) la tendencia a la
ceremonia y al teatro total.
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CAPÍTULO
XVI
Nuevos caminos de la escena
I.
NUEVA YORK, CAPITAL DEL TEATRO FINISECULAR
Si
a finales del siglo XIX distintas capitales europeas, en especial
París, se habían convertido en focos de creación
y de irradiación de las nuevas formas teatrales; en el siglo
XX, a partir de los anos 60, la atención se desplaza prioritariamente
hacia los Estados Unidos de América, y sobre todo hacia la
fascinante Nueva York.
Diversas circunstancias explican este fenómeno: el mito de
la amistad y altruismo americano tras la Segunda Guerra Mundial; su
predominio científico que crea una nueva era tecnológica;
la eclosión de su economía, que convierte a sus habitantes
en los nuevos ricos del universo; el empuje en diversos campos de
expresión, particularmente en el cine; y el auge creciente
de las galerías de arte, que dan el espaldarazo universal a
los grandes pintores del mundo. El teatro, que contaba con el clima
mas propicio, no podía ser una excepción. Por otro lado,
la facilidad de los viajes intercontinenta¬les habían que
un arte, considerado siempre de carácter nómada, no
se resintiera de este desplazamiento de capitalidad. De hecho, los
mejores grupos europeos habían saltado sin problemas el océano.
Por contra, festivales como el de Nancy seleccionará sus espectáculos
por todos los países del mundo. Esto hace que, hoy día,
el arte teatral se presente variado y enriquecido por las aportaciones
más diversas. La inquietud presente se centra en la preservación
de lo autóctono frente a la invasión de formas foráneas.
En Estados Unidos, y en la década de los sesenta, a las causas
antes citadas habría que añadir que el teatro se hace
eco de la evolución del arte en todas sus variantes, sobre
todo de la pintura -Como veremos enseguida-, e integra comportamientos
humanos en los que caben todos los contrastes. Por otro lado, y a
pesar de sus formas innovadoras, el teatro americano moderno no ha
cerrado sus puertas al mundo, y menos aún a los movimientos
europeos. Artaud, por ejemplo, se convierte en permanente ejercicio
de reflexión para estas jóvenes vanguardias. Pero Artaud
no lo era todo.
2. DEL TEXTO AL «HAPPENING»
Artaud
no logró en su día romper con el texto dramático.
Hasta él, y hasta las vanguardias que nos ocupan, el proceso
teatral venía siendo el siguiente:
a)
En el principio estaban el dramaturgo y su texto. U n texto intocable.
No aceptarlo en su integridad, deformar su historia, variar sus
intenciones, era calificado de mutilación, falta de coherencia
o censura.
b) El director juzgaba las posibilidades de escenificación
del texto y se convertía en su servidor. Los más radicales
en este terreno sentenciarán: si un director no acepta el
texto, que busque otro o escriba él el suyo; pero que deje
tranquilos a los autores y a sus obras.
c) Una vez aceptado el texto, el director impondrá su interpretación
del mismo a los actores y demás participantes del espectáculo.
En
los años 60, el reinado del director se intentó cambiar
por la cooperación con los autores o la creación colectiva
del espectáculo. El texto, que centra parte de las reflexiones
de estos grupos, ya no parecerá intocable. A la vieja concepción
se ofrecían nuevas alternativas:
1. La más radical consistía en el rechazo del texto
del autor. La parte hablada podía reducirse a unas cuartillas.
Está claro que en tajes casos se da mayor relieve al espectáculo
y sus manifestaciones audio-visuales, en particular al lenguaje
del cuerpo.
2. A partir de unas ideas y del trabajo de los miembros del grupo,
no sólo de los actores, se podía crear un texto base.
Otras veces, se invitaba a un dramaturgo a que asistiera a los ensayos,
a que se integrara en la dinámica del colectivo y, finalmente,
a que redactara el texto definitivo sobre el que trabajar.
3. La variante más moderada, y no del todo original, consistía
en la adaptación de una obra dramática o narrativa
por parte de un dramaturgo. En principio se proponía la actualización
del texto primero, a fin de ahorrar cuanto en él hubiera
envejecido, y poner de relieve una ideología concreta. Es
una técnica que conocían bien Brecht y Artaud, entre
otros. El problema de la adaptación es que, una vez fijada,
se convierte en un nuevo texto de autor que puede desencadenar las
mismas fidelidades o rechazos que la obra original.
El
debate sobre el texto y su presentación implicaba a todos los
que integraban el espectáculo, principalmente al actor. Se
intentaba crear una nueva imagen del actor responsabilizado en la
gestación del trabajo escénico, opuesta a la del actor
enteramente sometido a las decisiones del director. Se empezaba a
tener conciencia de colectivo teatral.
Por las mismas razones, había que tener en cuenta al destinatario
del acto teatral. Hasta entonces, el espectador había sido
mero receptor; nunca partícipe. Todo para el público,
pero sin el público. Brecht y Artaud, de nuevo, habían
comprendido la necesidad de contar con el espectador; en definitiva,
habían contemplado una cierta estética de la recepción.
Pero integrar al público en el espectáculo era tarea
más compleja. Los mejores logros, en este sentido, parten del
happening americano. Para que el espectador entrase en la obra, el
emisor no debía Presentarla como un todo acabado. Si ya era
así, ¿qué papel podía jugar aquél?
Se pensó, entonces, que lo importante no era el resultado,
sino su proceso. El happening derivaba de la action painting o pintura
en acción. La alusión a Pollock es inevitable. Este
colocaba por el suelo sus enormes lienzos, derramaba sobre ellos pintura
y la extendía ayudándose de bastones que prolongaban
sus brazos. Trabajaba con el ingenio y la espontaneidad del artista,
con la posibilidad de poner siempre algo nuevo. No era preciso que
el espectador asistiera a la gestación de la obra. El proceso
parecía surgir del cuadro mismo. Más que la obra del
artista, el espectador contemplaba su elaboración, la distribución
de las manchas, cómo de éstas surgían las líneas,
cómo se mezclaban los colores y tonos. Por sus formas y medidas,
estos cuadros obligaban a adoptar distintos puntos de vista, perspectivas
y enfoques. Pero lo más importante era que, como esta pintura
se presenta inacabada -otros dirían que abierta, aunque se
trate de dos nociones no coincidentes-, ello incitaba al espectador
a continuarla, lo que suponía el modo más perfecto de
participación. Y aún más: lo indefinido de la
obra pictórica, su proceso y trabajo sobre el significante
desprovisto de significado y de referentes previos, se oponía
a toda una tradición milenaria anterior a estas vanguardias
de corte surrealista. Estos cuadros liberaban el inconsciente del
espectador, que proyectaba sobre ellos sus propias imágenes
latentes.
En el terreno de la música, John Cage intentaba igualmente
cambiar los hábitos pasivos del oyente. Se cita su concierto
de 1952, en el Woodstock, en el que David Tudor interpretó
su pieza para piano titulada Silencio 4' 33". En traje de noche,
el pianista permanecía sentado ante el piano los cuatro minutos
y treinta y tres segundos que indica el título, limitándose
a cerrar y abrir la tapa para marcar los movimientos de la composición,
pero sin tocar una sola nota. La música estaba formada por
la respiración -informa Jotterand- y las reacciones de los
oyentes, los ruidos de la sala y de los coches que pasaban por la
calle, la lluvia en el tejado, el viento en los árboles. Este
acontecimiento podría recordar las famosas veladas dadaístas,
aunque en éstas existía una clara intención de
provocar, mientras que ahora todo parecía estar preparado con
gran sinceridad y respeto.
Por estas vías y otras parecidas el happening penetra en el
teatro. El primero de ellos, propiamente escénico, fue obra
del pintor Allan Kaprow. Tuvo lugar en 1959, en la Reuben Gallery,
y se titulaba 18 happening in 6 parts. Según su autor, se distinguen
tres fases: el ensamblaje o reunión de los materiales; los
espacios que los envuelven, por los que el espectador puede andar,
acostarse, arrastrarse o sentarse; y finalmente, el happening propiamente
dicho, o fase en la que el artista introduce en aquel espacio una
actividad que hace reaccionar al público. A distancia ya de
estas experiencias, que en Europa podían intimidar o, por el
contrario, ser recibidas con escepticismo, estos happening fueron
positivos para el arte escénico, o bien por sí mismos
o porque se integraron en espectáculos teatrales, parateatrales
o semiteatrales. De esta manera se consiguió que la escena
participase en las nuevas experiencias artísticas, dejando
de ser un arte retrasado. Asimismo, cumplió el deseo artaudiano
de la diversificación de los significantes teatrales en la
conformación de un lenguaje específicamente dramático.
Ello exigió del actor una serie de conocimientos y habilidades
que se pudieron contemplar mucho tiempo después en bastantes
grupos: mimo, danza, dominio de instrumentos musicales, etc. Jotterand
resumió así el espíritu de esta moderna vanguardia,
que designó zen y anarquista: «El happening suponía
un esfuerzo confiado en poner al servicio de todos los hombres los
recursos de la tecnología, haciéndolos conscientes por
medio del arte -cine, danza, poesía, teatro, música-,
de las riquezas cambiantes y múltiples de la existencia.»
La idea del happening inspiró al teatro el descubrimiento del
espacio, una actitud nueva con respecto al público, en paralelo
con los esfuerzos del Living Theatre y del Open Theatre que buscaban,
a través de las teorías de Brecht y Artaud, y de las
técnicas próximas a Cage, poner a punto la improvisación
colectiva.
3. THE LIVING THEATRE
En
estrecha deuda con el happening se encuentra el Living Theatre, sin
duda el grupo americano que mayor influencia ha ejercido en los colectivos
teatrales contemporáneos del mundo entero. El mérito
de esta empresa se debió a Julian Beck y Judith Malina. Beck
era un pintor reconocido y amigo de artistas y escritores; Malina
conocía las teorías impartidas por Piscator en los Estados
Unidos. El nombre del grupo proviene del lugar en donde empezaron
a representar en 1946: el salón (o living) de la casa de ambos,
en el West End Avenue de Nueva York. Allí realizaron sus primeras
cuatro Producciones.
En su etapa inicial escogen textos de gran altura poética.
Los aspectos formales del lenguaje son para ellos primordiales. El
repertorio es elocuente: Gertrude Stein, García Lorca, Jarry,
Cocteau y hasta Racine. De texto en texto descubren tres autores que
les incitan a una mayor reflexión sobre el hecho escénico:
Pirandello Brecht y, sobre todos ellos, Paul Goodman. Desde esta primera
tentativa de teatro de autor, el Living quiere establecer sus modos
propios de investigación, que lo distancian de las técnicas
de más prestigio en los Estados Unidos de aquella época,
como la del Actor's Studio de Strasberg. Joe Chaikin, que antes de
fundar el Open Theatre fue actor del Living, resumió tal pensamiento:
«Strasberg olvida lo esencial: el teatro no es una introspección
individual y colectiva; es más bien un encuentro entre el actor
y el espectador.»
En una fase posterior, con obras como The connection y The brig, los
actores son entrenados con juegos aleatorios e improvisaciones. Judith
Malina inventó unos ejercicios, que escribió en unas
dos mil doscientas tarjetas, en donde anotaba actividades muy variadas
sobre diversas escenificaciones. Estos ejercicios los alternaba con
entrenamientos de yoga o experimentos de corte naturalista que obligaban
a los actores a vivir en las condiciones de los personajes a lo largo
de los ensayos de una obra.
En The brig (La prisión) introduce en su experiencia el contacto
directo con la crueldad artaudiana. Se trata de un espectáculo
terrorífico construido con técnicas del happening. La
prisión fue también para el grupo una experiencia extrateatral.
Sus ideas anarcopacifistas, sus reiteradas propuestas públicas
contra el armamentismo, la represión racial o la guerra de
Vietnam, sus tomas de posición a favor de la liberación
sexual o de los drogadictos, convirtieron al Living -formado por unas
cuarenta personas- en un grupo incómodo para los gobernantes
americanos.
Todas estas circunstancias les empujaron a la que denominaron aventura
europea, que iniciaron con una memorable producción llamada
Mysteries and smaller pieces (1964). Esta representación debe
también mucho a los happenings. No consta de historia propiamente
dicha, sino de una serie de acciones distribuidas en nueve cuadros.
En ellos, los actores descendían al espacio del espectador
con varillas de incienso y, en distintos lugares de la sala, en extrañas
posiciones, improvisaban de manera colectiva, desarrollaban ejercicios
corporales en los que los movimientos obedecían rítmicamente
al sonido, hacían largos silencios, cantaban salmodias o letanías
que el público podía corear invitado por los actores.
El teatro no era ya un pasatiempo, sino un compromiso.
En Frankenstein mostraban una construcción perfectamente compartimentada
en forma de andamiaje. Mayor era la parcelación en paradise
now, dividido en ocho secciones o habitaciones, que los espectadores
tenían que recorrer guiados por los actores. Con ello se pretendía
hacer un viaje por las distintas revoluciones sociales, culturales
y sexuales, con un curioso empleo de la iluminación, que recorre
el espectro solar, del negro al blanco.
En todas estas obras de su fase posterior, el texto apenas si llena
unas cuartillas. La escenificación está hecha a base
de ejercicios, a los que trasladan sus experiencias propias, las técnicas
de los actions-painters y del happening. A la pintura moderna deben
igualmente la transposición a la escena de las técnicas
del collage y del ensamblaje. Es la técnica de Antígona,
obra que enarbolaron contra la guerra del Vietnam, y que pasearon
por el mundo entero hasta bien entrados los 80.
4. THE OPEN THEATRE
En
1963, dos destacados miembros del Living, Joe Chaikin y Peter Feldman,
fundan un nuevo grupo en Nueva York: el Open Theatre. Chaikin advertía
que mientras que al Living le interesaba primordialmente la protesta
política, él prefería realizarse como actor.
En él, como antes en Stanislavski y sus seguidores americanos,
'hay una convicción básica: el teatro está en
el actor. Por ello, desde su adolescencia asiste a numerosos cursos
de formación, manejando las enseñanzas de Mira Rostova
y del Actor's Studio. «A diferencia -del cine, lo elemental
en teatro es la presencia actual. Actuar es manifestar visiblemente
partes de nosotros mismos sin separar nuestra mente de nuestras vísceras.
Como artistas somos vehículos que posibilitan que las ideas
se manifiesten formalmente a través de nuestras sensaciones
[...] El artista que utiliza su arte para reclutar adictos a su ideología
está actuando como un vendedor.» Son pensamientos del
propio Chaikin.
El Open Theatre contaba con autores como Jean-Claude van Ilie o Michael
Smith, directores como Peter Feldman, actores, músicos y hasta
críticos. Para el Open, la presencia de éstos últimos
venía a significar el conocimiento teórico, algo así
como el dramaturgo en su acepción alemana. En sus sesiones
de trabajo y ensayo, intentaban integrar con gran libertad todos los
lenguajes que puede recoger la escena, en un afán por superar
al naturalismo, dando paso a un teatro acorde con la evolución
del arte de nuestro tiempo, sin descartar el abstracto. Y todo ello,
sin caer en hermetismos, ya que el artista nunca debe olvidarse del
público.
En la formación del actor del Open también cuentan las
sesiones de entrenamiento, a base de ejercicios ideados por el propio
Chaikin o procedentes del método Stanislavski en su último
periodo de superación del naturalismo. Una vez más,
de la mano de Jotterand mostramos cómo se integran tales ejercicios
en una escenificación del grupo, en Viet-rock:
Tumbados, en círculo, en las losas de un gran rectángulo
rodeado por el público en tres de sus lados, los actores,
en vaqueros, se unen en una melopea -ejercicio del Coro. Se transforman
en niños acunados por sus madres. Se les llama al ejército;
ejercicios de entrenamiento, vuelos al Vietnam; los actores componen,
con sonidos y movimientos, las distintas piezas de un helicóptero
del que saltan soldados transformados en vietcongs y en yanquis
cuestionados. Los cambios de los personajes son realizados de
manera que la anécdota gestual no rompa nunca la línea
emotiva. Cambios advertidos: víctimas que se convierten
en verdugos, aldeanos en viejos, madres americanas en encantadoras
geishas... Cuando mueren los actores, acribillados por sus propios
aviones, los espectadores hemos vivido con ellos su destino desde
los vagidos del nacimiento hasta la silenciosa rigidez de la muerte.
Finalmente, los actores se levantan, se acercan a los espectadores,
les tocan el pelo, los hombros, los pies... dándonos la
impresión, como deseaba Chaikin, de haber compartido la
experiencia de nuestra mortalidad.
En
similar línea de investigación presentaron otras experiencias
límite, como America Hurrah (1968), The serpent (1968) y Terminal
(1970). Poco después, el grupo se disuelve por temor a la institucionalización,
a la asimilación y por las diferencias ideológicas y
estéticas entre sus componentes. Un final bastante común
en grupo' americanos y europeos.
5
LAS REVELACIONES DE NANCY
El Festival Mundial de Nancy, que empezó siendo un Festival
~ Teatro Universitario, cambió pronto de giro para convertirse
en el primer Festival de Teatro experimental del mundo. Los franceses
supieron, como nadie, lanzar a la popularidad a grupos llegados de
Asia, África, América... Nos detendremos en algunas
10Jocionet surgidas a partir de 1968. Durante estos años, el
Festival adquiere un elevado nivel de concienciación política,
consiguiente a las «revoluciones» de 1968, particularmente
en Francia. Una nueva sensibilidad está surgiendo con una carga
considerable de rebeldía y de crítica hacia las formas
del Poder. Pero a Nancy, y a su director Jack Lang, les interesa aún
más la calidad de las innovaciones escénicas. El Bread
and Puppet, el primero de nuestros grupos seleccionados, aparece por
Nancy precisamente en 1968.
«Bread & Puppet»
Aunque
los modernos movimientos escénicos, tal y como estamos comprobando,
se mueven en coordenadas cercanas a la pintura y la escultura, ninguno
alcanza tanta dimensión plástica como el Bread and Puppet.
Su propio mentor y creador no procede del mundo literario, sino del
plástico. Peter Schumann era un escultor de vocación,
que se dedicaba no poco a la danza. En 1961 encabeza un movimiento
que, bajo el lema de «el teatro es como el pan, más que
una necesidad», aporta una inusual estética para el mundo
del teatro: la incorporación de la gran marioneta al escenario,
marionetas de unos cinco metros de altura, manejadas por actores no
necesariamente profesionales en perfecta y conjuntada armonía
plástica. El hecho suponía una reacción contra
el teatro literario, ya que sus .Muñecos vivientes» propiciaban
justamente lo contrario: el teatro no narrativo o antinarrativo. Si
bien es cierto que, la mayoría de las veces, el escenario era
la propia calle, Schumann no hizo ascos a las reglas del juego que
suponía el local cerrado al uso. Fuera o dentro, Bread and
Puppet Theatre dejó atónitos a los espectadores americanos
de los 60, y posteriormente a los europeos que habían visto
tales innovaciones del grupo sólo en reportajes. También
a éstos les fascinó
Europa en sus giras, y más aún, encontraron en no pocos
rincones -Italia sobre todo- medios culturales que favorecían
mejor sus tareas de investigación.
La iconografía de matiz religioso era una de sus más
señaladas características, tal y como podía verse
en The Cry of the People for Meat o en The Domestic Resurrection Circus.
The Stations of the Cross (1972) es una pasión moderna, pues
trata de la vida de Cristo. En poco más de una hora de duración,
y sin ningún diálogo -como era habitual en el grupo-
se asistía a un verdadero Vía Crucis, con sus catorce
estaciones o paradas. Era común la intervención de un
coro que, tras el toque de campana, entonaba diversas salmodias. En
1981 presentaron en Nueva York versiones de obras tan conocidas como
Voyzeck de Büchner, para después trabajar en Italia un
tipo de producción más en consonancia con sus orígenes,
aunque ya sin perder contacto con los elementos textuales.
El Teatro campesino
El Teatro campesino de Méjico es revelado en Nancy en 1969.
Presenta allí sus Actos, sketches, poblados de lazzi, en los
que el humor se contagia de una amarga ironía. Sus personajes
son reconocibles: el patrón, el huelguista, el embaucador,
el «amarillo».
El guía del grupo es Luís Valdés, que ha tenido
sus contactos con Peter Schumann, y ha trabajado con la San Francisco
Mime Troupe, en donde asimiló las técnicas de la Commedia
dell'Arte. Al volver a Méjico y tomar conciencia de la realidad
social de su país, piensa en cómo poner sus conocimientos
teatrales al servicio de sus compatriotas explotados. Una larguísima
huelga de trabajadores de la viña en el campo será el
detonante. Habrá que mostrar un teatro elemental. Los espacios
de la representación serán el campo y los lugares de
los campesinos. Los comediantes serán también campesinos.
Los medios serán rudimentarios: algunos accesorios, pancartas
colgadas del cuello...
Posteriormente, Valdés pasa a un teatro más elaborado:
los corridos. Su origen se encuentra en el corrido mejicano: canto
acompañado a la guitarra mientras otros bailan o miman la historia
cantada. En los corridos nos encontramos con personajes como el diablo),
la diablesa, la calavera. Los corridos cuentan historias de amor,
de celos y de muerte. En el llamado RositaAlvírez, la joven
será asesinada por
up señor al que no le permitió bailar con ella. ¿Por
qué los diablos, las calaveras? Valdés cree que, aparte
su teatralidad, estas figuraciones encarnan el mal que llevamos en
nosotros mismos, y nos transportan a niveles más profundos
de nuestro yo.
Finalmente, el Teatro Campesino trabajará sobre una forma más
elaborada, el Mito. Para Valdés, el mito transgrede la lógica.
El cano conecta sin dificultad con la religiosidad profunda de sus
mitos. Evoca, como ejemplo revelador, el mito del fin del mundo, muy
popular en Méjico.
Un
chicano encuentra al ángel Gabriel, quien le dice que el
mundo va a acabar. Tres distanciados toques de trompeta marcan
este final. El primero significa el acabamiento de la vida cotidiana.
Al chicano le ocurren cosas terribles: se drogan sus hijos, es
violada su hija... El segundo toque nos abre a lo sobrenatural:
demonios, muertos que visitan al chicano y se vengan de él.
El tercero da paso al acabamiento cósmico. El chicano,
y el mundo, se descomponen. La última escena nos presenta
al chicano en su cama, rodeado por su familia. Fue una muerte
normal. No hubo tal final del mundo.
Bob Vi1son
Ningún
espectáculo, en toda la historia del Festival de Nancy produjo
tanta expectativa como I a mirada del sordo, del americano Bob Wilson.
¿Cómo es la mirada de un sordomudo? ¿Cuál
es su penetración? A Colette Godard le asombrará la
presencia misma del actor, su impasividad, su mirar petrificado, hipnótico.
No contaba el tiempo para esta mirada. En Nancy, el espectáculo
duró siete horas y media. Durante ese tiempo, se asistía
a un relato de gestos de gran lentitud, mientras de la memoria interior
del personaje iban surgiendo las imágenes. Música lejana,
procedente de los bastidores. Silencio. Unas notas de piano que parecen
hipnotizar el tiempo. La rampa. Algunos proyectores y el humo que
nos transporta a una claridad crepuscular, inestable, con variaciones
imperceptibles. La maquinaria artesanal -poleas, raíles-, hace
desfilar por los ojos del sordo, todo un mundo sonámbulo, poblado
de recuerdos, entre ellos, inevitable, el de la nodriza negra, vestida
de negro, que apuñala a un niño. La tensión,
la lentitud de los gestos, convierten la mínima porción
de este espectáculo en un momento ceremonial.
Ese es, en nuestra opinión, el secreto de Bob Wilson. Se trata
descomponer las acciones y secuencias en todos y cada uno de sus pasos
y movimientos menores, para teatralizarlos uno tras otro. Veamos cómo
Stefan Brecht expone la secuencia de la mujer negra: «La mujer
se vuelve. Lentamente se pone un guante negro. Lentamente echa la
leche en uno de los vasos y se lo lleva al niño, con igual
e increíble lentitud. Lo toma el niño, sin mirarla.
Bebe Un poco. La mujer espera. Retorna el vaso. Lo deja en la mesa.
La mujer coge el cuchillo. Lo limpia con gran lentitud. Se vuelve.
Avanza. Vuelve al niño. Se inclina. El niño está
leyendo de nuevo. Le clava el cuchillo en el corazón. Cae el
niño al suelo. Ella guía su caída hasta el suelo
con la mano izquierda. Vuelve a apuñalarlo. Lo apuñala
deliberadísimamente en la espalda. Recoge el cuchillo. Vuelve
a la mesa. Limpia el cuchillo.»
En realidad, Bob Wilson estaba partiendo de su propia historia. Hasta
los diecisiete años había permanecido mudo. Una bailarina
le demostró que su enfermedad tenía un origen psíquico.
Al tercer mes de entrenamiento con ella, Bob recobró el habla.
Otro día observó a un policía golpear a un niño
negro por haber apedreado los cristales de una iglesia. El niño
era sordomudo. Tras nueve meses de diligencias, Bob Wilson consigue
sacarlo de la cárcel. Lo toma a su cuidado. Descubre que el
niño había perdido el uso de la palabra al ver a una
mujer negra apuñalar a un niño.
Ouejío
El grupo sevillano La Cuadra será invitado al Festival de Nancy
en 1972. Presentó una obra de impacto, Ouejío. El público
quedó anonadado. Ouejío remitía a un teatro ancestral,
autóctono. La estructura de la obra era sencilla. Cantes flamencos,
desgarradores, acompañados por el guitarrista, en escena, al
tiempo que los bailaores, en impresionantes zapateados convulsionaban
el ritmo hasta el total agotamiento. Todo ello, dentro de un clima
medido, de gestos lentos, ceremoniales. El teatro de la crueldad encontraba
aquí una confirmación a su medida.
El lanzamiento fue fulgurante. La obra fue contratada para diecisiete
festivales internacionales y alcanzó cerca de las ochocientas
representaciones en España y en países de Europa y América.
Tras Ouejío, vinieron otros estrenos, todos enraizados en Andalucía:
Los palos, Herramientas, Andalucía amarga, Crónica de
una muerte anunciada... con los que La Cuadra ha seguido dando pruebas
de la eficacia de un método.
6.
EL «TEATRO POBRE» DE JERZY GROTOWSKI
Aunque
las aportaciones de las vanguardias americanas que hemos visto no
se distinguen precisamente por el coste de las producciones, tampoco
se puede negar un tono espectacular que sin duda les viene del medio
en donde se desarrollan. En Europa, en cambio, una corriente modifica
el viejo hábito naturalista, oponiéndose, además,
al sistema de exhibición y organización al uso. Su marco
de acción es muy limitado, propio del laboratorio de donde
surge; su gestión, pura y simplemente la de una escuela de
actores. Jerzy Grotowski (Rzessów, 1933) es una de las personalidades
más destacadas del teatro contemporáneo, que ha aportado
peculiares matices y evoluciones al método Stanislavski y a
la épica brechtiana.
Después de estudios escénicos en Cracovia y Moscú,
establece en Wroclaw un Instituto de Investigación sobre el
actor, formando una compañía con los propios alumnos
del centro. Sus producciones (Caín de Byron, Fausto de Marlowe,
Hamlet de Shakespeare, El príncipe constante de Calderón
o Apocalipsis cum figuris, sobre textos de la Biblia) inciden sobre
mitos próximos a una conciencia colectiva. Grotowski rompe
con la forma tradicional de llegar al teatro. Piensa que éste,
para el profesor, no es más que un buen lugar donde el actor
declama un texto; para el espectador, una simple distracción,
incluso para los que tienen aficiones culturales y se sienten ennoblecidos;
para el escenógrafo, es un arte plástico al servicio
del drama; para el actor, es él mismo; y para el director de
escena, una forma de desahogar sus instintos políticos o artísticos.
Su teoría surge precisamente de la negación de las categorías
anteriormente definidas. Cree que el teatro puede existir sin vestuario,
decorado, luminotecnia, incluso sin texto; como nunca lo imagina es
sin actores y espectadores. El actor justifica la idea fundamental
de su propuesta: le pide que testimonie, que comunique su vida interior.
Debe descubrir sus posibilidades de gesto y voz. Para expresarse,
estudia un lenguaje de signos. De esta forma, el actor siempre es
creador en la escena. «El primer deber del actor es entender
bien el hecho de que aquí nadie pretende darle nada; al contrario,
se procurará sacar de él lo más posible, librándole
de algo que está normalmente muy arraigado: su
resistencia y reticencia, su inclinación a esconderse tras
unas máscaras, su tibieza, los obstáculos que su cuerpo
coloca en el camino del acto creador, sus hábitos e incluso
sus habituales buenas maneras», dice en una de sus Declaraciones
de Principios.
Posteriormente a esta teorización, que resume en su obra Hacia
un teatro pobre, y tras ofrecer varias versiones de sus más
famosas creaciones, se dedicó por completo a impartir seminarios
por toda Europa y América, fijando su residencia en Estados
Unidos.
7. EL «ESPACIO VACIO» DE PETER BROOK
Entre
los creadores más notables del teatro de finales del siglo
XX figura por derecho propio el inglés Peter Brook (n. 1925),
autor de cuatro interesantes ensayos que se publicaron conjuntamente
con el nombre de El espacio vacío (1968), penetrante análisis
sobre problemas del teatro actual. A Brook se le ha acusado de eclecticismo,
de acaparar todas las tendencias, algunas de ellas incluso opuestas,
de intentar satisfacer a los más diversos públicos.
Frente a ello cabe responder que en la historia del teatro pocos creadores
han mantenido toda su vida un mismo estilo de trabajo. Brook ha mostrado
un cambio continuo en sus montajes, bajo el parecer de un saludable
inconformismo. También ha sabido auscultar la sensibilidad
teatral, al tiempo que ha tenido el ingenio, atrevimiento y buen gusto
necesarios para saber investigar dentro de unas fórmulas concretas.
Todo ello dejando, en muchos casos, que el propio texto impusiera
la forma escénica.
Brook se inicia como director en 1945, dentro de la más clásica
tradición inglesa, destacando particularmente por sus montajes
sobre textos de Shakespeare, en la Royal Shakespeare Company, donde
dirige a actores de la talla de Olivier, Gielgud y Scofield. Posteriormente
evolucionó hacia formas de vanguardia, encontrándose
en su camino con el teatro de la crueldad artaudiano, en colisión
con sus teóricos planteamientos brechtianos. Quizá entonces
es cuando da con sus más espectaculares montajes, como Marat-Sade
de
Peter Weiss (1964), Los biombos de Jean Genet (1964) y Sueño
de una noche de verano (1970), en el que combina la magia y el circo
con el teatro de muñecos y el music-hall.
No hay en Brook una verdadera inclinación hacia el teatro colectivo,
aunque efectúe esporádicas experiencias con grupos,
rompiendo tradicionales
relaciones de sumisión entre maestro y alumnos. Su etapa en
la Gare du Nord de París le lleva a un trabajo en equipo que
le transporta a muy diferentes culturas orientales, en las que últimamente
investiga con no poca fortuna. Inició dicha trayectoria con
un trabajo sobre mitos en lejanos pueblos saharianos (La conferencia
de los pájaros, 1979), y ha llegado a su punto culminante con
el Mahabharata (1985), una religiosa y épica narración
ÚLTIMOS
GRANDES CREADORES ESCÉNICOS EUROPEOS
Que
los últimos grandes creadores del teatro finisecular son directores
de escena es algo que pocos discuten. Un periodo iniciado por la aparición
de los pioneros de la mise en scène –como Antoine o Stanislavski-
va a concluir con el mantenimiento de unos nombres emblemáticos
para la actual historia del teatro. Destacamos, entre ellos, los que,
en nuestra opinión, son más significativos, Tadeusz
Kantor y Giorgio Strehler, junto a la cita obligada de una importante
pléyade de creadores, a la cabeza de los cuales situaremos
a Jean-Louis Barrault, Luca Ronconi, Roger Planchon y Víctor
García.
Tadeusz
Kantor
TADEUSZ
KANTOR (n. 1915) procede de la pintura, como otros tantos directores
contemporáneos. Iniciado en la práctica del happening,
no se distingue precisamente por tal tendencia. Sus raíces
están en la tradición polaca, en el choque entre el
mundo cristiano y el judío y en la historia reciente de su
país, combinando muy diversos procedimientos. Kantor toma partido
por ese inconsciente colectivo que forma el pueblo polaco, con su
dolor y ironía, así como con la estética que
lo manifiesta. Sus componentes culturales pueden calificarse de vanguardistas,
pues se complace con las tendencias irracionales simbolistas y fantásticas.
Le fascina Maeterlink, Hoffmann, Kafka, así como los polacos
Wyspiansky, Gombrowicz, Schulz y Witkiewicz. Pero lo sorprendente
es que su mirada interior, y su posterior plasmación en la
escena, acercarán éstas y otras muchas opciones a un
realismo pleno y convincente.
Tras un periodo como
escenógrafo, en 1953 funda el grupo Cricot-2, en el que elabora
sus más famosos espectáculos (sobre todo con las obras
de Witkiewicz, El calamar, 1955, El armario, 1966, y La gallina de
agua, 1968). En ellos hay algo extraño y difícil de
expresar, que se adueña del público despertando el inconsciente,
a la vez que lo sacude al compás del ritmo escénico
de sus figuras hieráticas que parecen doblar el yo oculto en
la rigidez obsesiva del maniquí. Al intentar expresar de este
modo su arte profundo surgen los más importantes trabajos de
Kantor, La clase muerta (1975) y Wielopole, Wielopole (1980). La primera
sobre todo es una muestra del último y más avanzado
estilo que logra el director polaco; es lo que él llama «el
teatro de la muerte», plenamente manifestado con su presencia
continua en el escenario, como patético testimonio de la fugacidad
de la creación teatral.
Para Kantor, el texto y su autor son compañeros inseparables
de viaje. Sobre el texto se han de crear las situaciones y acciones,
que dependerán, en cada obra y en cada momento, del grado que
«ha alcanzado mi conciencia artística». Una conciencia
para la que el arte, y particularmente el arte dramático, es
vida, no imitación de la vida. Como en Artaud y en los happening,
lo importante no es la obra, sino su proceso, su creación.
No
es la obra-producto
lo que importa
no es su aspecto
«eterno» e inmutable
sino la acción misma de crear.
Otros
directores
La
figura de GIORGIO STREHLER (n. 1921) es inseparable de sus montajes
en el Piccolo Teatro de Milano fundado en 1947, una de las instituciones
de mayor renombre en la segunda mitad del siglo XX. Ensalzado por
unos, otros discutirán sus puestas en escena, particularmente
los montajes de Brecht, tachados de ilusionistas. Llega a ellos y
a la influencia del Berliner Ensemble después de una amplia
enseñanza en la puesta en escena tradicional. Además
de investigar en aquella dramaturgia, y dejar una serie de propuestas
definitivas, sobre todo con textos de Shakespeare, pone su mirada
en la escena italiana, consiguiendo montajes modélicos inspirados
en formas plásticas del pasado. Arlequín servidor de
dos amos de Goldoni, es un espectáculo que ha ido reponiendo
en sucesivas ocasiones, desde 1947, y que marca su conexión
con la tradición teatral italiana, en donde se sitúa
la utilización de la máscara y del movimiento escénico
propios de la commedia dell'arte. El gusto de Strehler por el siglo
XVIII se manifiesta en sus montajes de óperas de Mozart y la
puesta en escena de piezas de Puccini y Cimarosa.
El
también italiano LUCA RONCONI (n. 1933) pasará a la
historia por su espectacular escenificación del poema de Ariosto
Orlando furioso (1968). Teatro múltiple, de cierta inspiración
medieval, sincrónico, inabarcable por el espectador, que puede
y debe situarse en medio del espacio escénico, en el que mezcla
la fiesta, el circo, la feria y la liturgia. Su sentido del espectáculo
lo ha llevado a poner en escena varias óperas de Wagner y Gluck.
En
el terreno de la moderna dirección escénica francesa,
destacan los nombres de JEAN-MARIE SERREAU (1915-1973), que antes
de 1950 había adaptado a Kafka, con lo que su llegada al absurdo
fue inmediata; JEAN LOUIS BARRAULT (n. 1910), que había comenzado
su aprendizaje junto a Artaud, para convertirse en uno de los grandes
creadores de la posguerra; ROGER PLANCHON (n. 1931), que se reveló
con su montaje sobre la Revolución Francesa, Bleus, blancs,
rouges (1970); idéntico tema descubrió a ARIANE MNOUCHKINE
(n. 1934) y su «Théátre du Soleil», con
1789 (1970), montaje que usa las aportaciones de Ronconi mediante
números de fiesta popular, circo, mítines, asambleas,
etc., siempre con el público alrededor de multitud de escenarios.
Otros directores destacables son los franceses PATRICE CHEREAU (con
un espectacular Peer Gynt, de siete horas de duración) y ANTOINE
VITEZ; los argentinos, residentes en París, VÍCTOR GARCÍA
Y JORGE LAVELLI.
En
Víctor García, director de inusitada originalidad, todo
parece surgir de una idea maestra sugerida por su peculiar lectura
del texto dramático. Esa idea se le convierte en imagen visual,
dando origen a una concepción escenográfica sorprendente.
Concebida la escenografía, ésta condicionará
el juego de los actores, sus movimientos, su ritmo, su dicción
(la actriz Nuria Espert contratará a Víctor García
para sus montajes en España); modificará la estructura
de la obra si es preciso (a veces con peligro para el seguimiento
de la anécdota o argumento); forzará el proceso perceptivo
por parte del público. Son recordados sus montajes de Las criadas
de Genet, con su escena inclinada y totalmente cerrada con planchas
metálicas que
reflejan la luz y producen extraños sonidos al ser golpeadas;
la Yerma, de García Lorca, sobre una enorme lona elástica
que adopta distintas variantes -ondulaciones, verticalidad...-; El
cementerio de automóviles de Arrabal, para el que convierte
el teatro en un festival de chatarra calcinada; Divinas palabras de
Valle-Inclán donde suprime todo detalle costumbrista, poblando
el escenario con tubos de órgano de iglesia...
9. SENTIDO DE LA CREACIÓN COLECTIVA:
ENRIQUE BUENAVENTURA
La
segunda mitad del siglo XX presenta una nueva serie de gentes de teatro
procedentes de lo que muchos llaman «el tercer mundo».
Todas ellas suelen poseer una formación occidental -París
V Nueva York suelen ser los centros de formación más
comunes que, mezcladas con los elementos autóctonos de su país
de origen, crean saludables propuestas. La riqueza política
en donde se desarrollan, con continuos vaivenes sociales, revoluciones
y contrarrevoluciones, dan el contexto oportuno para su evolución.
América del Sur, sobre todo, va a ser el banco de pruebas para
un teatro renovado, en donde no valen las importaciones europeas,
que se quedan para las altas capas de la sociedad, y sí un
cierto didactismo político en donde se sumergen la mayoría
de las propuestas. Representan sus obras en Colombia, Venezuela y,
en un momento dado, en Chile, países de relativa estabilidad
democrática, en donde se podía permitir el chillido
de protesta de los escenarios. A tales condiciones políticas,
cabe añadir un cierto poder económico que hace posible
la realización de festivales internacionales, en donde las
gentes de teatro del lugar encuentran en casa fórmulas de desarrollo
a sus inquietudes dramáticas.
Dado. por un lado, el espíritu didáctico que preside
tales procesos; por otro, cierta igualdad de formación entre
los componentes de los grupos, y, finalmente, el deseo de enmascarar
muchos de los trabajos en un espíritu colectivo que difuminase
la responsabilidad civil de los mismos, se abordó una fórmula
adecuada al medio. Ésta no es otra que la de la creación
colectiva. Aunque no se puede negar el empuje gestor de uno de esos
miembros del colectivo, como padre de la idea o director de la misma,
tampoco podemos hacerlo del abierto talante de consenso que tenían
los espectáculos colectivos.
Muchos y muy
variados son los mecanismos que han surgido de tales consideraciones,
aunque quizá el más generalizado sea el método
de Enrique Buenaventura, director y docente colombiano que ha pasado
buena parte de su vida explicando y enseñando en la mayoría
de los países latinoamericanos.
Enrique Buenaventura (nacido en 1928), que estudió pintura,
arquitectura y escultura en Bogotá, es asimismo autor de no
pocos dramas. A la diestra de Dios Padre (1958) ha sido un texto muy
representado en América, lleno de ideas y tradiciones surgidas
del más puro folclore indígena. En una evolución
de carga crítica superior se encuentran Los papeles del infierno
(1968) e Historia de una bala de plata (1980). Como gestor y promotor
de elencos escénicos, cabe señalar que en 1955 puso
en marcha el Teatro Escuela de Cali (TEC), que derivó en el
teatro Experimental de Cali, a partir de 1970. Allí, y en el
Festival Internacional que se generó en dicha ciudad colombiana,
alcanzó reconocimiento mundial.
Sin embargo, es en su método de creación colectiva donde
parece tener su máxima proyección teórica. A
Buenaventura le interesa «una participación creadora
igual por parte de todos los integrantes», con lo que se cambian
«radicalmente las relaciones de trabajo y la manera de encarnar
ese trabajo». Cuestiona el criterio de autoridad del director
de escena, que llega a dejar de ser intermediario entre texto y grupo,
entendiendo por texto algo muy diferente a la obra cerrada escrita
por un autor. Pero algo debería reemplazar el lugar del director,
y por ello nació la «etapa analítica» del
método, esto es, una forma de analizar el texto. En esta concepción,
«un texto teatral es una analogía de la vida social,
no una reproducción o un reflejo directo de esa vida».
Tras un prolijo desarrollo de dicho método, se llega a la consideración
de que los actores son también autores del espectáculo.
Han efectuado improvisaciones, han anotado los cambios más
significativos que deben introducir en aquéllas, han quitado
lo inservible; en resumidas cuentas, han hecho todo lo que normalmente
efectúa la mente organizativa del director. Sin embargo, el
método no descarta la participación de un director que
pueda «ver la totalidad durante todo el trabajo», es decir,
que aun perdiendo autoridad sobre el grupo, gana al poder dar la vision
completa y organizadora del mismo. El método de Buenaventura
es una colección de normas y recetas de creación escénicas,
perfectamente aplicadas al medio social y artístico en donde
se desarrolla, difícil de utilizar en otros de diferente naturaleza.
10. LA SITUACIÓN DE LA ESCENA ESPAÑOLA A FINALES DEL
SIGLO XX
Como ha quedado ya indicado, los dramaturgos españoles han
intervenido de manera muy escasa en el desarrollo del arte escénico
en la segunda mitad del siglo XX. Sólo de Fernando Arrabal
-residente en París, aunque conservando la nacionalidad española-
se puede decir que propiciase, cuando no encabezase, movimientos innovadores.
El resto de la dramaturgia, pese a ciertas figuras de relieve como
Antonio Buero Vallejo o Alfonso Sastre, no llega a influir en el desarrollo
escénico europeo. Desgraciadamente, tampoco autores innovadores
en sus lenguajes, aptos para nuevas experimentaciones, como es el
caso de Joan Brossa, José Ruibal, Romero Esteo, Alfonso Vallejo
o Luis Riaza, han podido ir más allá, debido a sus escasísimas
representaciones.
Por otro lado, entre los creadores escénicos ha seguido faltando
un guía o mentor de nuevas generaciones de directores y escenógrafos.
Las mayores innovaciones y despliegues escénicos hay que atribuírselos
a algunos de los pocos grupos que aún permanecen desde los
tiempos de la dictadura franquista: La cuadra, de la que ya nos ocupamos
en el epígrafe 5, Els foglars y Els comediants. Estos grupos,
junto con el más reciente La fura deis baúl, han sacado
nuestro teatro fuera de España y significan no poco en el movimiento
alternativo contemporáneo. Como los grupos americanos, han
realzado, además del lenguaje oral, los demás lenguajes
del espectáculo: mímica, luz, expresión corporal
y cuanto puede contribuir a la visualidad del espectáculo.
Els foglars
Más
de veinticinco años lleva Albert Boadella al frente de este
grupo polémico. Iniciados en el mimo -rostros blancos, mallas
negras-, pronto se inclinarán por un teatro de la palabra y
de la acción dramática más completa. Les caracteriza
el talante desmitificador de sus espectáculos que, en los últimos
estrenos, raya en lo abiertamente provocativo. De grandes representantes
de farsas podríamos calificarlos. Pero estas farsas, en contra
de lo que cabría esperar, se apoyan menos en la deformación
caricaturizada de los rasgos de los personajes que en la imitación
fiel, por parte de los actores, de los roles y comportamientos sociales
sobre los que intentan ironizar (oficiantes en una concelebración
litúrgica ecuménica en Teledeum; altos prelados y el
Papa en Columbi lapsus; personajes de corte nazi en Olympic Man Movement;
campesinos catalanes en M-7 Catalónia...). La ironía,
el humor aparecen al situar a esos «personajes» fuera
de sus espacios habituales, en un marco de ficción. La creación
de estos personajes puede suponer un trabajo costosísimo ';para
los actores. Un ejemplo más que elocuente nos lo proporciorpan
Los virtuosos de Fontainebleau: además de dominar un instrumento
constantes sesiones durante seis meses, los actores fueron capaces
de emitir sonidos sin mensaje alguno con una pronunciación
francesa de gran fidelidad.
Otro factor decisivo es su perfecta y costosa escenografía,
de gran modernidad, para la que echan mano de las técnicas
más sugestivas: pantallas con centenares de luces, grandes
indicadores electrónicos, etc.
Els comediants
Montajes
como Sol, solet o Dimonis bastarían para situar a este grupo
en la línea de ese teatro de grandes máscaras, de ese
teatro de la infancia y de la fiesta como espacios de las desinhibiciones,
en la línea del Bread and Puppet, aunque sin pretender alcanzar
sus posturaldos redentores. En efecto, el grupo americano, con el
que llegan a compartir experiencias, y el italiano Eugenio Barba serían
sus mejores mentores. Els comediants, que pretende ante todo divertir,
saca sus temas y formas escénicas del folclore, de las fiestas
populares con sus comparsas, sus disfraces, sus bailes y verbenas,
sus tradiciones (como la de La noche de San Juan), sus bandas musicales,
sus procesiones y liturgias, sus gigantes y cabezudos, sus dragones...
Habría que añadir, además, las acrobacias, los
números espectaculares que hasta ahora eran privativos de equilibristas
y gentes del circo. Y todo ello, Els comediants lo prodigará
dadivosamente, en proporciones espectaculares: zancos que triplican
la figura humana, objetos desmesurados, lonas que cubren todos los
espacios y en las que se puede figurar el cielo con sus estrellas,
pasarelas... No hay que decir que este grupo se encuentra mejor en
los grandes espacios al aire libre (una
plaza, una avenida, el curso de un río en ocasiones o en lugares
no convencionales) que en los teatros a la italiana. Junto a la espectacularidad,
el rigor del trabajo y su sentido del ritmo, han convertido a Els
comediants en el primer grupo occidental en este tipo de teatro.
La fura dels baus
Si
en un principio pudimos pensar que lo que este grupo nos presentaba
ya nos lo habían mostrado las vanguardias americanas y los
efímeros pánicos veinte años antes, pronto pudimos
comprobar que las insólitas transgresiones de La jura deis
baus no tenían en cuenta tales precedentes. En 1983, Accion
supuso su revelación. Los actores, embadurnados de serrín
y huevo nos parecían miserables larvas reptantes, que luego
se convertirían en fieras espeluznantes, o en humanos acorralados.
La fura deis baus destruía todos los espacios del recinto teatral,
empezando por el espacio del público, constantemente violado
por la acción. Todo pertenece a los actores, desde el suelo
a los techos, incluyendo los propios muros convertidos en espacio
escénico. Gritos, desplazamientos violentos, una música
de rabiosa actualidad, en vivo, completan el cuadro.
La crítica quedó atónita ante el fenómeno
inusual. Se habló de «pesadilla», de «alucinaciones
urbanas», de una «estética mezcla del happening,
del punk y del buto japonés», de «antropofagia»...
El grupo no duda en emplear en sus montajes los artefactos más
variados: tractores, enormes grúas en las que el cuerpo del
actor semejará un paquete o un guiñapo, tendidos de
alambres...
En su Manifiesto canalla, también de 1983, se definen como
«organización delictiva dentro del panorama actual del
arte», que «se aproxima más a la autodefinición
de fauna que al modelo de ciudadano. Cada acción representa
unos ejercicios prácticos, una acción agresiva contra
la pasividad del espectador, una intervención del impacto para
alterar la relación de éste y el espectáculo».
A Accion han seguido montajes más sorprendentes aún
como Suz/o/Suz, de 1985, Tier Mon, de 1988, o Noun, de 1990.
11.
VIAJE DE ORIENTE A OCCIDENTE
Oriente,
olvidado por Occidente durante dos milenios, comienza a fascinarnos
en el último tercio del siglo XX. Las artes marciales del Japón
o de Corea; el yoga y otras prácticas de concentración
y relajación mental y corporal; la medicina natural, el respeto
al medio, un nuevo sentido de la cortesía... son algunas de
las prácticas orientales que nos enriquecen. En realidad, la
historia de Oriente se ha hecho, en nuestro siglo, interdependiente
con la historia occidental: China se convierte en una potencia reguladora
del equilibrio de los dos bloques durante varias décadas; hasta
1989 representó la otra cara, más humana, del comunismo.
La India, tras su independencia del colonialismo inglés, empieza
a desarrollar con ímpetu sus principales tradiciones, entre
ellas las artísticas. El Japón se convierte, tras su
derrota en la segunda guerra mundial, en una potencia inquietante
para Occidente: no por su poder bélico, sino por su llamado
colonialismo económico. Pero a este expansionismo se debe igualmente
la difusión de su arte. Por lo demás, los medios de
comunicación y de información actuales han hecho que
Oriente y Occidente no representen ya dos mundos separados.
Descubrimiento de la escena oriental
Este
descubrimiento se debió -no podía ser de otro modo-
a los poetas y creadores de mayor intuición teatral del siglo
XX. Paul Claudel -quizá el dramaturgo formalmente más
innovador del siglo XX- pasa largas estancias en el Japón y
la China. Su teatro está lleno de deudas con la escena oriental.
Por su parte, el deslumbramiento de A. Artaud ante el Teatro Balí,
le transportará a nuevas concepciones para el arte escénico,
las que pasaban por el rechazo del teatro occidental. Por ello, detrás
de Artaud y de las vanguardias que surgen a su amparo, es justo adivinar
la presencia del teatro oriental. Por su lado, son conocidas las aproximaciones
de Brecht al teatro chino.
Manifestaciones
orientales
En
cierto modo, la «resurrección» de Artaud hacia
1960 impulsó, por fuerza, un método oriental para actores
(digamos esto con todas las reservas) frente al método de Stanislavski.
Algunos entusiastas casi místicos del Oriente se lanzaron a
un aprendizaje sincero, in situ. Señalemos aquí a un
discípulo de Grotowski, el italiano Eugenio Barba, que aprende
en Bali los secretos de la danza que tanto fascinara a Artaud. Barba
será el creador en Oslo, en 1964, del grupo europeo que con
mayor sinceridad y esfuerzo ha hecho suyas las técnicas escénicas
orientales, el Odin Teatro. Eugenio Barba, en multitud de cursillos
por todo Occidente, se convierte en promotor de este teatro, de sus
gestos, de sus signos y símbolos, de las tradiciones que lo
ilustran, de la preparación y filosofía del cuerpo que
revelan...
Pero son los propios colectivos orientales los que empezarían
a mostrarnos en Occidente sus espectáculos sacados de su tradición,
hasta entonces para nosotros desconocida. A veces convierten en espectáculo
sus propios ritos sagrados, como en el caso de Yo Kagura, que pasea
por Occidente en 1980 la liturgia sintoísta.
El
kathakali, teatro de dioses y de hombres
Señalamos
en el primer capítulo de esta historia el parentesco del kathakali
con el dutangada medieval. En Occidente hemos visto a compañías
autóctonas en representaciones de esta modalidad. El extremo
cuidado que se pone en los detalles ha despertado sobremanera nuestra
admiración por este género, en el que la acción
sigue el recitado de un texto. Con qué cuidado se atiende a
los movimientos complicados de los ojos (globos oculares, cejas y
párpados) o a las modalidades simbólicas de las manos,
que cuentan con veinticuatro posiciones fundamentales, de las que
nacen otras muchas llamadas combinadas; o el maquillaje, de una gran
riqueza, en el que cada color contiene un símbolo, cada trazo
caracteriza a un determinado rol o personaje, que se realza con trajes
de una magnificencia increíble;,' las joyas, collares, grandes
pendientes que completan la preparación del actor... La composición
de Ardjuna, personaje importante del
Kathakali, magníficamente coronado según estas exigencias
del rito, constituye por sí solo todo un espectáculo
visual. Las evoluciones de la danza, acompañada por la música
y los recitados, acabarán transportándonos a vivencias
estéticas nuevas, inconcebibles. Todo este despliegue tendrá
lugar ante un pequeño telón o cortina, sostenido por
dos tramoyistas. Para el Occidental, esta cortina puede significar
bien poco. Para el Oriental, puede crear suspense, inquietud, dejar
el paso libre a algún dios... según la manejen. La cortina
divide tiempos y espacios: terrenos y extraterrenos, mundanos y místicos...
Teatro del inconsciente, mítica representación del hombre
ante el destino inevitable. Por eso el kathakali podrá mostrarnos
su Macbeth (y el cine japonés darnos en Ran su versión
del rey Lear). Confluencias del teatro profundo.
El conocimiento de los estilos japoneses
Los
japoneses nos harán conocer el noh y el kabuki. El primero
se remonta al siglo sic. En Occidente llamará la atención
el esquematismo de sus tramas, con tres personajes principales (el
protagonista -waki-, el mirón -generalmente un sacerdote ambulante-,
y un intermediario). Un coro recita las partes narrativas y, en los
momentos culminantes, penetra en escena con expresiones simbólicas.
Pero en el noh, frente a la austeridad del decorado, nos impresionará
la fantasía desplegada en ricos vestidos de seda, la estilización
y hasta la intimidación de sus máscaras y de sus movimientos
rítmicos, de una violencia desconocida, frente al relax y la
ternura en las escenas de seducción. El noh podía así
conmovernos, tuviésemos o no información sobre su alcance
simbólico: sobre el escenario, por ejemplo, que es como una
gran conciencia, sobre la que el waki proyecta su mundo profundo para
que cada espectador lo asimile a su modo, lo interprete sin razonamientos,
lo conduzca hacia su propio interior...
El kabuki es una modalidad teatral posterior, que acoge ya todos los
gestos cotidianos, y sintetiza los diversos estilos de música,
dan2a y representación. El kabuki puede conciliar lo sublime
con lo humano. Es mucho más brillante, pues todo le está
permitido: despliegues escenográficos en los que tanto contará
la composición cromática; vestuarios de gran lujo; un
maquillaje sometido a toda una teoría: sobre la cara cubierta
de blanco la distribución de pinceladas rojas, azules,
grises o negras caracterizarán a los personajes y sus estados
anímicos...
La emisión de la voz, en recitados ondulantes que expresan
el carácter o el imperio del personaje, la lentitud ritual...,
todo esto llamará la atención del occidental.
¿Qué ha interesado realmente en Occidente?
Los casos de europeos que han llegado a asimilar las danzas asiáticas
son raros. Entre ellos hemos de contar al ya citado Eugenio Barba;
o a la francesa Devyani, que pasa diez años de intenso aprendizaje
en la India. Aparte casos como éstos ¿qué influencias
orientales podemos decir que acuse la escena occidental? En el sentir
común, a Oriente debería el teatro más reciente:
- la recuperación del sentido ceremonial del espectáculo;
- la integración y armonización de lenguajes como
el recitado y la danza;
- la exigencia de un estilo depurado por parte del actor, enraizado
en una filosofía armonizadora del cuerpo y del espíritu;
- la concepción perfeccionista y ascética del arte
(en la India, la preparación mínima del actor exige
unos diez años de dedicación exclusiva, a fin de dominar
todos los gestos y su simbología inherente);
- el carácter sagrado, mítico del espectáculo.
¿Por
qué ha podido interesar todo esto a los artistas occidentales?
Grotowski dijo en una ocasión que si a Artaud le fascinó
el teatro balinés ello fue debido a que no entendió
el significado de sus signos. Lo que parece cierto. Las nuevas teorías
sobre la percepción estética -que podemos perfectamente
aplicar al arte de la escena- nos advierten que todo arte sin penumbras,
sin sugerencias veladas, sin misterio, carecerá de interés,
no golpeará nuestros sentidos ni cuestionará nuestros
hábitos. Occidente, nos lo advertían los simbolistas,
ha gastado sus signos, ha agotado sus interpretaciones, o ha creado
barreras y censuras al ejercicio libre de los creadores. Sólo
se autoriza lo admitido por la autoridad que vigila los textos y tradiciones
de nuestra civilización cristiana. La huida a Oriente era algo
más que un snobismo de poetas.
12. ULTIMAS TENDENCIAS
Bastantes
de las investigaciones escénicas expuestas en el presente capítulo
mantienen en vigor sus trayectorias. Marcan éstas todavía
el hoy del teatro actual. Pero sería injusto decir que los
nombres que las encabezan sean los únicos. ]unto a los favorecidos
por ¡¡cronología como auténticos pioneros,
está el número casi infinito de artistas -en todos los
ámbitos- que sobre los hallazgos o la filosofía de los
primeros siguen creando variaciones de calidad.
Dos opciones o tendencias -la del teatro objetual y la del teatro-danza-
nos parecen más innovadoras en estos momentos.
El teatro objetual
Entendemos
por teatro objetual aquel en el que los objetos no interesan ya, esencialmente,
ni por su juego utilitario, ni por su valor escénico-decorativo
ni por su juego retórico-simbólico tradicional. En el
teatro objetual, los objetos:
- pueden verse desviados de sus usos habituales (como en los viejos
dadás y superrealistas);
- se les puede dotar de un estatuto de personajes o de auxiliares
de los personajes. El objeto es autodinámico, se metamorfosea,
se resiste, acosa al personaje encarnado por el actor, se ensaña
con él...
- estos comportamientos pueden hacer variar la poética actoral,
degradando incluso al actor a la categoría de objeto, maniquí,
robot, que se verá manipulado, arrinconado o explotado. La
situación puede ser tal que en algún momento el actor
concienciado pueda estallar contra ella. La industrialización
del sex (cuánto más, hoy, la «informatización»)
justificó una reflexión que el futurista Maiakoski
recogió en una parábola titulada La rebelión
de los objetos. Curiosamente, grupos actuales están desempolvando
este viejo texto del poeta futurista ruso. Más cercanos a
nosotros, Beckett o Arrabal-este último en deuda con la plástica
superrealista- nos dejarán piezas ejemplares en las que los
objetos mantienen un comportamiento sádico con los actores.
Si
en los nombres citados cabe ver algunas muestras premonitoras de la
nueva tendencia objetual, hay que decir que sus hallazgos no fueron
tan frecuentes. El teatro nuevo, en cambio, está desarrollando
un juego escénico con objetos cuyas posibilidades parecen inagotables.
Este teatro se caracteriza, en nuestra opinión:
-
por la rabiosa actualidad de sus lenguajes y mensajes;
- por un realismo tomado de la calle, cuya dialéctica puede,
al margen de los esquemas clásicos, estar contemplando el
abandono humano; la falta de comunicación que de nuevo amenaza
al hombre abandonándolo a su depresión y su soledad;
la sociedad de consumo; la impasividad general ante el desastre
ecológico mundial...
- por la tensión del actor;
- por su frecuente y justificado mutismo, consecuencia de su «cosificación»,
reducción a «cosa»;
- por el ritmo del espectáculo ordenado por la «banda
sonora» (música moderna, electrónica, de ruidos...).
En efecto, parece como si en este teatro todo, hasta el menor movimiento,
estuviera obedeciendo a los estímulos sonoros. De ahí,
precisamente, el relieve que en él alcanza el silencio.
Teatro-danza
Cada
vez más, durante las últimas décadas, el teatro
y la danza se han aproximado, se han cedido sus espacios, se han confundido.
En Oriente, era esto moneda corriente, como sabemos. No así
en Occidente, que pronto se desligó de sus orígenes.
A ello achacará Artaud -de nuevo Artaud- la pobreza del arte
occidental en movimientos, gestos y sugerencias. En Occidente, el
baile, en el mejor de los casos, creaba escenas intercalables en el
espectáculo, que el público sentía como escenas
de descanso o de relleno, más o menos artificialmente unidas
a la obra. En la comedia-ballet francesa, a que ya aludimos, estas
escenas de baile y pantomima pueden suprimirse completamente sin que
la obra se resienta de ello lo más mínimo.
Ahora, sin embargo, no se trata de introducir la danza en un paréntesis.
Se trata de hacerle formar parte de la poética del espectáculo,
de integrarla en él como un lenguaje conformante de pleno derecho.
La impresión que pudo producir en nosotros Quejío, por
ejemplo,
se debía a que la música, la palabra y la danza proyectaban,
multiplicado, el mensaje de la obra, lo que no habría conseguido
por sí sola la palabra y el cuerpo de los actores.
La imitación y perfeccionamiento de la expresión corporal,
en aumento desde los sesenta, puede estar a la base del auge de esta
modalidad, que tiende a ser denominada como teatro-danza, cuando no
ya teatro nuevo simplemente, sin previos avisos. En la actualidad
no existe Festival de Teatro que no incluya esta modalidad. En tales
festivales, bailarines como el húngaro Josef Nadj o el japonés
Saburo Teshigawara están entre las vedettes más cotizadas.
J. Nadj intenta, con sus imágenes negras, fantasmales, crear
un impacto en el inconsciente, huyendo tanto de las corrientes expresionistas
alemanas como del postmodernismo americano o de las crispaciones del
buto japonés (hay que decir que esta modalidad del buto, o
danza de las tinieblas, fundada por Tatsani Hijikata, ha hecho furores).
Por su lado, S. Teshigawara se alejará igualmente del buto
y de otras fáciles identificaciones con el Japón, así
como de la última danza americana. Advirtamos que la enorme
difusión y la extraordinaria calidad de los grupos norteamericanos
obliga a cualquier artista celoso de su originalidad a distanciarse
de ellos. Teshigawara lo hace, claro está, para explotar sus
propios recursos, fundados en su increíble dominio del cuerpo
que parece desafiar las leyes del equilibrio y obedecer al espíritu
en continuos alardes de plasticidad y suspense. En esta línea,
convendría rememorar las increíbles acrobacias de los
bailarines lingy-hop, o las proezas de los tap-dancers. La danza,
que se auxiliará de la decoración, técnicas y
estructuras del teatro, insistirá particularmente en el dominio
de las facultades del actor. Las pruebas que de él exige lo
sitúan frecuentemente al límite de sus posibilidades
físicas y psíquicas.
***
No
parece que otras modalidades puedan conformar nuevas tendencias del
teatro en la actualidad. Del mimo habría que decir que sigue
la trayectoria que Decroux o Marceau le han trazado, sin que su materialización
por un grupo o colectivo en escena cambie su estructura.
Tampoco el circo, tan próximo por tantos motivos del teatro,
parece informar ninguna tendencia en la actualidad. Los espectáculos
del teatro de calle; el Magic circus creado por J. Savary hacia 1970,
con sus leones
de disfraz o sus ovejas mansas; o el más reciente Cirque Archaos
(en el que las motos substituyen a los caballos), por citar estos
ejemplos, se quedan en la ironía o en la parodia. Permítasenos,
no obstante, en esta historia, un recuerdo cariñoso para el
circo, que en otros momentos contagió de ternura a tantos y
tantos artistas. ¿Cómo no recordar su deambular por
Europa y América; su bohemia, tan parecida a la de los cómicos
del teatro? Remontémonos, por ejemplo, a aquel intento de reforma
del teatro desde el circo en la Rusia que siguió a la revolución
de octubre. Nos serviremos del resumen-evocación que A. Miralles
hace del pintor George Annenkov:
... en plena Revolución rusa, monta una cosa en la que
salen trapecistas, acróbatas y clowns. Uno de los actos
se desarrollaba en el infierno, y se le ocurrió a Annenkov
la idea de que podía ser un circo, un circo infernal en
un decorado de trapecios volantes, según ritmos y cadencias
estrictamente establecidas, plataformas móviles suspendidas,
cuerdas y perchas atravesando la escena en todas las direcciones...
Todo ello sincronizado con una música
de ruidos a cargo de Roslavetz, integrada en los ritmos de la
acción visual. El telón fue suprimido y la acción
se desarrollaba simultáneamente en el escenario y en la
sala. El resultado fue el primer ensayo serio de integración
dramática entre teatro y circo.
Para el causante de este refrescante infierno la preparación
del actor de teatro es siempre relativa, mientras que el arte
del hombre de circo es perfecto, porque es absoluto. Y escribe:
«En la maestría del actor de circo los revolucionarios
del teatro verán
el germen de una nueva forma teatral, del estilo nuevo.»
En
las últimas décadas hemos visto cómo algún
director introducía pasarelas, trapecios, alambres para sonámbulos...
Incluso, entre las obras, casi todas mediocres, que introducían
elementos del circo, hemos tenido la suerte de dar con aquella deliciosa
comedia de M. Archard Voulez-vous jouer avec moá? Se ha dicho
más aún. Por ejemplo, que toda la técnica compositiva,
e incluso que los elementos dinámicos de Esperando a Godo¡,
de Beckett, constituyen un homenaje al circo. Es posible. Hoy, incluso,
la tendencia objetual, o el arte que exige del actor mayores hazañas
está debiendo mucho al mundo divertido y tenso del circo.
***
Llegamos
así al cierre de estas páginas. Directores y grupos
de teatro, que no creen en nuevas vanguardias, buscan laboriosamente,
ansiosamente incluso, la diferencia. Dar con aquello que hoy pueda
distinguirnos de los demás, para no caer en la masa informe,
inmensa, en la que se ahogan todos los esfuerzos. Esa es la «tragedia»
del teatro actual. No creemos que todas las vanguardias estén
ya inventadas. Tampoco debe preocupar que se piense lo contrario.
Sí hemos de aclarar que los postulados de los movimientos de
la primera mitad del siglo XX siguen siendo una fuente apenas frecuentada,
un fermento aún vigoroso. ¿Se puede todavía volver
al simbolismo, al dadá, al superrealismo, al expresionismo...?
De hecho, a ellos se está volviendo, a cada momento, aunque
se ignore o no se confiese. Como estamos volviendo a la ceremonia
y a la danza. Los gérmenes del teatro más novedoso ¿habrá
que buscarlos acaso, una vez más, ... en los griegos?
TEXTOS
Podemos, pues, definir el teatro como lo que ocurre entre el actor
y el espectador. Lo demás es suplemento, tal vez necesario,
pero suplemento. No es casual que nuestro trabajo evolucione de un
teatro de grandes medios, un teatro rico, en el que las artes plásticas,
la luz y la música son utilizadas sin límite, a un teatro
pobre, ascético, en el que nada queda a no ser el actor y el
espectador: los efectos plásticos son sustituidos por las construcciones
del cuerpo del actor, los efectos musicales por su voz... Nosotros
consideramos al texto como un trampolín, no como un modelo,
y esto no porque despreciemos la literatura, sino porque no es en
la literatura donde se encuentra la parte creadora del teatro, pese
a que las grandes obras dramáticas sean para esta creación
un aguijón de valor inestimable.
El actor es un hombre que trabaja públicamente con su cuerpo,
que lo da públicamente. Si este cuerpo se contenta con demostrar
lo que es, cosa que está al alcance de cualquier hombre medio,
si ese cuerpo no se convierte en algo semejante a un instrumento obediente
que cumple un acto espiritual real, si ese cuerpo es explotado por
el dinero y por lo que se llama el éxito del actor, entonces
el arte del actor se encuentra infinitamente cercano a la prostitución.
No es casual que durante siglos el teatro haya sido, de una manera
o de otra, considerado símbolo de la prostitución. La
palabra «actriz» y la palabra «cortesana»
tuvieron durante mucho tiempo un campo
común; en la actualidad están separadas por una frontera
un poco más neta, pero ello no a causa del cambio del mundo
del actor, sino de una modificación de la vida social, porque
lo que hoy se ha desvanecido es la diferenciación entre la
cortesana y la mujer honesta. Justamente, lo que más resalta
cuando se considera el oficio de actor, tal como se practica habitualmente,
es su miseria, su mercantilismo, ese mercado de un organismo humano
martirizado por sus protectores: director de escena, empresario, etc.
Del mismo modo que, para los teólogos, sólo un gran
pecador puede llegar a convertirse en santo, es la miseria de la vida
del actor lo que puede transformar a éste en depositario de
una especie de santidad.
Por supuesto, hablo de santidad desde el punto de vista del incrédulo:
hablo de una «santidad laica». Si el actor efectúa
públicamente una provocación a los otros hombres en
la medida que se provoca a sí mismo; si por un exceso, una
profanación, un sacrilegio inadmisible, el actor se busca a
sí mismo desbordando a su personaje de todos los días,
permite entonces al espectador hacer otro tanto. Si no hace ninguna
exhibición de su cuerpo, sino que lo quema, lo aniquila, la
libera de toda resistencia, en realidad no vende su organismo, sino
que lo ofrenda. De algún modo repite el gesto de la redención,
acercándose con ello a la santidad.
(De
Teatro Laboratorio, Jerzy Grotowski.)
... Es necesario preguntarnos qué entendemos por texto teatral.
Algunas personas entienden por texto teatral únicamente «las
obras de teatro», pero en la historia del teatro ha habido textos
que se asemejan más al «guión» cinematográfico
que a una «obra de teatro». Los textos de la Commedia
dell'arte, por ejemplo, o los de la pantomima romana, que eran sencillos
esquemas de conflicto, servían de base a los actores para improvisar,
en el primer caso con palabra y en el segundo sin palabras.
Un texto teatral puede ser, pues, un esquema de conflicto con un cierto
orden que incluso se represente sin palabras.
Ahora bien, sin un esquema de conflicto ordenado de una cierta manera
no hay estructura y el espectáculo no es más que un
amontonamiento de «números», tal como el «show
de variedades».
Concebido el texto en esta amplitud, es decir, desde un esquema de
conflicto hasta una «obra de teatro», tenemos que convenir
que no hay teatro, propiamente dicho, sin texto.
El método, pues, [tiene] que comenzar por una análisis
del texto.
(De
Apuntes para un método de creación colectiva,
por YAQUELINE VIDAL y ENRIQUE BUENAVENTURA.)
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GLOSARIO:
(http://www.cnice.mecd.es/eos/MaterialesEducativos/mem2000/teatro/glosario/glosario.htm)
Acción dramática:
existencia de un hecho o conflicto entre los personajes que se resuelve
mediante diálogos y acciones físicas.
Alegoría: representación
de una idea o cosa abstracta a través de otra que guarde con
ella una relación real.
Aleluya: voz de júbilo usada por
la Iglesia especialmente en tiempo de Pascua.
Altar: En el culto católico, mesa
de piedra consagrada para celebrar la misa.
Amito: Vestidura blanca con una cruz
en medio que el sacerdote se pone alrededor del cuello y sobre la
espalda.
Anaxágoras: Clazomene - 428 a.C.se
instaló en Atenas. En la capital del Atica fundó una
escuela filosófica, consiguiendo una espectacular fama pero
el declive de Pericles motivó que el filósofo fuera
acusado de impiedad.
Arbol de la vida: Según la Biblia,
árbol del Paraiso cuyos frutos no les estaba permitido comer
a los hombres y a causa de los cuales fueron expulsados.
Aristóteles: Estagira 384 a.C.
- Calcis 322 a.C. Está entre los filósofos más
destacados de occidente. Conservamos una 50 obras y tratados de Aristóteles
y algunos fragmentos, distinguiéndose cuatro grandes grupos:
Escritos de lógica (Metafísica, Sobre la interpretación,
Tópicos), Escritos de filosofía de la naturaleza (Sobre
el alma, Sobre el cielo, Lecciones de física), escritos de
filosofía práctica (Etica a Nicómaco, Etica a
Eudemo, Política) y escritos de poesía (Poética
y Retórica).
Atrio: Patio interior rodeado de pórticos.
Augusto: Emperador romano, de nombre
Octavio Augusto. Del 62 a C. al 14 d. C. Fue uno de los grandes emperadores
romano formando parte del segundo triunvirato, fue el artífice
de la época de mayor esplendor romana.
Bastidor: Armazón de listones
de madera para la decoración de escenarios.
Bibbiena: Fernando Galli (1659-1743),
conocido como Bibbiena, el primero en romper con la simetría
tradicional de la escenografía basada en bastidores.
Bizancio: Antigua colonia griega de Megara
fundada en el s. VII a.C. Se denomina también como Bizancio
al imperio griego medieval.
Calvario: Escena en la que se representa
la muerte de Cristo en la cruz.
Cervantes: (1547-1616) Escritor español.
Autor de "Don Quijote de la Mancha".
Círculo de los Escipiones: Reunía
a filósofos, historiadores, retores y poetas romanos, todos
movidos por el mismo deseo de difundir e integrar en la literatura
latina las formas literarias griegas
Clámide: una capa corta que se
cerraba con una hebilla sobre la espalda.
Cofradía: Congregación
que forman unos cuantos devotos.
Comedia-ballet: Comedia que lleva número
de mimo, baile y canto, innecesarios desde el punto de vista del argumento.
Comedia dell'Arte: Comedia básicamente
gestual y mímica basada en improvisaciones y movimientos de
personajes prototípicos como Arlequín, Pierrot, Polichinela,
...
Comedia atelana: La comedia atelana era
una comedia de costumbres que reflejaba la vida privada de las clases
acomodadas. En esta comedia burguesa la acción gira en torno
a la vida y costumbres de una serie de tipos fijos: el esclavo avispado,
el viejo avaro, el joven enamoradizo, soldados fanfarrones, cortesanas
desenvueltas, doncellas honestas, etc.
Comedia griega: tiene el mismo origen
que la tragedia, los grupos que danzaban se mofaban de los espectadores,
posteriormente aparecieron personajes que entablaban un dialogo y
entretenían por medio de sus burlas y chanzas. La comedia griega
tuvo un carácter cómico - grotesco y en ella se ridiculizaban
las tendencias políticas, religiosas, filosóficas y
literarias.
Comedia palliata: comedia latina de asunto
griego. Recibía este nombre porque los actores se cubrían
con el "pallium" o manto griego. La fabula palliata tenía
una estructura formal tomada de sus modelos griegos.
Comedia togata: comedia sobre temas y
personajes romanos. Los actores vestían la toga romana.
Compañia del Santo Sacramento:
Sociedad de signo secreto con un gran poder político cuyas
ideas eran muy puritanas.
Concilio de Trento: En 1568 ocurre el
concilio de Trento que es un intento, conseguido, de frenar la libertad
de creación y de expresión del renacimiento, en principio
pretende frenar las tesis de Lutero, pero se dictan estrictas normas
de vigilancia de la moral y surge la inquisición, imponiéndose
la censura.
Contaminatio: Utilizar más de
un original e incluso en ocasiones más de un autor como modelo.
Los autores romanos utilizaron la forma griega para acentuar lo que
en la comedia más se aproximaba al gusto de los espectadores
romanos: las situaciones equívocas, los dobles sentidos, la
parodia, etc.
Corneille: (1606-1684) Comediógrafo
francés caracterizado por su complejidad narrativa.
Corrales de comedia: Casa, patio o corral
que se destinaba a las representaciones teatrales, sobre todo en la
España del XVII.
Coturnos: Calzado con plataforma gruesa.
Cristo: El Mesias, para los cristianos
el hijo de Dios.
Crónica: Historia en la que se
observa el orden de los tiempos.
Descartes: Filósofo y matemático
francés (1596-1650). Lo más destacado de su pensamiento
es que la razón debe ser guía en sus relaciones con
el mundo y con Dios.
Dionisos: Dios de la fertilidad, que
simboliza la fecundidad y la vida, se le atribuye la introducción
de la vid, sus fiestas eran de tipo excesivo y orgiástico.
Ditirambo: Era un coro cantado por unos
cincuenta hombres o niños y dirigido por un jefe. El contenido
de los cánticos del Ditirambo era más lírico
que dramático.
Domingo de Resurrección: Último
domingo de la Semana Santa.
Drama satírico: Se parece a la
tragedia tanto en su estructura formal como en su temática
de carácter mitológico. Pero se diferencia en la representación
en la que se introduce la danza y en que el coro esta compuesto por
sátiros, conducidos por Sileno.
Égloga: Poema en el que pastores
dialogan acerca de sus afectos y de la vida campestre.
Eleuteras: Ciudad griega de la antigüedad.
Encarnación: Unión de la
naturaleza divina y humana en la persona del hijo de Dios.
Ésquilo: (524-455 a.C.) Poeta
trágico griego.
Etruria: Zona actualmente de Italia que
comprende las regiones de Toscana y Umbría y que fue la cuna
de los etruscos.
Eurípides: El poeta trágico
griego Eurípides (480-406 a.C.) fue la primera persona conocida
en denunciar la esclavitud. Autor de dramas teatrales, Eurípides
fue considerado como "el más trágico de los poetas"
por Aristóteles. El público ateniense no comprendió
sus dramas y quizás por eso, hacia el final de su vida se trasladó
a Macedonia, a la corte del rey Arquelao, donde fue bien recibido
y donde, según la tradición, fue devorado por unos perros.
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