CAPÍTULO
XIII
Naturalismo
frente a realismo
1. EL ADVENIMIENTO DEL REALISMO-NATURALISMO
El
teatro moderno nace con el realismo, del que el naturalismo
es su inevitable acentuación. Cualquier puesta en escena
actual de Ibsen, Chekov u O'Neill permite reconocer referencias
a nuestro tiempo y a nuestras preocupaciones, como si fuéramos
sus contemporáneos. Esta apreciación la podemos
extender a sus modos de exposición dramática,
formas y técnicas, y a sus exigencias con respecto a
la representación. Sin embargo, entre Ibsen y Buero Vallejo,
por poner un ejemplo de realismo actual, median más de
ochenta años. No se puede decir lo mismo del teatro precedente,
drama romántico y postromántico. A este último
hemos de ubicarlo en otro tiempo, un tiempo pasado que nos concierne
bastante menos, por muchos atractivos que encierre. Llevamos,
pues, más de un siglo de teatro realista, y todavía
mantienen su vigencia determinados autores y obras.
Se dice que desde el Romanticismo hasta las primeras manifestaciones
naturalistas en el teatro europeo se produce un lamentable bache.
En realidad, durante esos años la tendencia más
notable es la que prefigura la nueva estética realista.
Ya en plena exaltación romántica se propugnó
la necesidad de una representación más acorde
con la realidad; tal era el deseo de Taima. En la mayoría
de los casos, eso chocaba con los textos: temas, historias,
lenguajes, elementos descriptivos, etc., no conectaban con lo
cotidiano, con la realidad del espectador. Es muy significativo
al respecto que las piezas consideradas intrascendentes o incluso
irrepresentables fuesen precisamente aquéllas que implícitamente
reconocían la saciedad de la representación romántica.
Es el caso de algunos proverbios-comedias de Musset, de las
piezas tardías de Víctor Hugo agrupadas en su
Teatro en libertad (1865-1867), de Kleist y de los dramas sobre
la historia reciente, de Büchner. Pero es muy curioso y
significativo que las mejores obras de estos autores permaneciesen
durante mucho tiempo sin representar; lo que nos hace entender
que cuando un dramaturgo se adelanta a la escena de su tiempo,
ésta le impondrá una larga espera, con riesgo
de desfase, del que sólo se salvan las grandes obras.
Eso sucedió con las representaciones tardías de
Lorenzaccio de Musset, o de Woizeck y La muerte de Danton, ambas
de Büchner.
Durante los años de transición al realismo-naturalismo,
Europa volvió la vista a Francia. A falta de otros modelos,
ahí estaba SCRIBE (1791-1861), un maestro en enredos
y peripecias, que sabe llevar las acciones al límite,
antes de desenmarañar la madeja. Ese breve esquema es
el de la piéce bien faite, en expresión personal
del autor, que hará fortuna en el teatro realista. Aún
en plena época romántica, Scribe orientó
la escena hacia la comedia de costumbres, pero en realidad,
más que a su ingenio romántico, su notoriedad
se debe a los constantes estrenos que realizaba, hasta alcanzar
las casi cuatrocientas obras.
Al nombre de Scribe hay que añadir el de EMILE AUGIER
(18201889), que se inicia en la comedia burguesa para pasar
a la crítica de la vida moderna en El yerno del señor
Poirier (1854), actualización de El burgués gentilhombre
de Moliére. Por su lado, ALEXANDRE DUMAS (1824-1895),
tras el éxito de su drama postrromántico La dama
de las camelias, se desviará hacia un prerrealismo moralizante:
El hijo natural (1858), Las ideas de Mme. Aubray (1867) y Monsieur
Alfonso (1874). En esta breve relación es justo mencionar
igualmente a VICTORIEN SARDOU (1831-190$), que cultivó
todos los géneros y tendencias y a EUGÉNE LABICHE
(1815-1888), cuya comedia Un sombrero de paja de Italia (1851)
-que aún hoy se sigue representando con éxito
anuncia el nuevo vodevil francés, en el que destacará
más tarde GEORGES FEYDEAU (1862-1921).
Estamos a las puertas del naturalismo, mas con un ir y venir
de experiencias que caracterizan la inconstancia realista, y
afirman la dificultad de establecer compartimientos estancos
en arte. La primera constatación de ello es de carácter
histórico. En 1857 aparece en Francia la que la crítica
considera la máxima novela realista del siglo, Madame
Bovary, de Gustave Flaubert. Los pasos de la protagonista, el
ambiente que la rodea en la pequeña ciudad de provincias
en que vive, los giros todos de su alma, aparecen descritos
de tal modo que resulta difícil, en su lectura, no sentirse
transportado al marco de la acción, y que, aún
hoy, viajeros por la Normandía de Emma Bovary, parece
como si el paisaje hubiera copiado al libro. Con Madame Bovary,
varias veces adaptada al teatro y al cine, se mostraba el arte
realista, aquel que consigue hacernos ver la realidad en la
que vivimos y nos movemos, esa realidad que por pereza o por
rutina no llegamos a advertir y en la que no llegamos a penetrar.
Pero ésa no es la única tendencia del momento.
El mismo año de Madame Bovary aparece otro libro que
marcará gran parte del arte moderno hasta nuestros días:
Las flores del mal de Baudelaire. En él se confirma la
tendencia postrromántica, se anuncia el simbolismo y
se profetiza el surrealismo del siglo XX. Cinco años
después, en 1862, surge el voluminoso relato de Víctor
Hugo Los miserables, donde el elemento épico, que se
adelanta al socialismo naturalista de fin de siglo, queda enmarcado
en una historia melodramática. Estos ejemplos hablan
claro de la imbricación de unas tendencias en otras,
imbricación que podemos advertir desde la segunda mitad
del siglo XIX hasta nuestros días, con alternados predominios
de tales estilos diversos.
La segunda constatación del fenómeno antes mencionado
es de carácter estético, y se refiere a la inconstancia
de esos propios dramaturgos realistas, dentro de este marco
estilístico. Flaubert necesitaba escapar del detallismo
realista y dar rienda suelta a su fantasía e inconsciente.
La mejor prueba de ello la tenemos en la constante reescritura
de La tentación de San Antonio, inmensa obra del teatro
de la imaginación, cuya realización sólo
las actuales técnicas cinematográficas podrían
abordar. O el mismo Zola, que siente la necesidad de descansar,
tras su enorme esfuerzo naturalista, para ofrecer historias,
como la narrada en Ensueño, en la que la criada Angélique,
que ha crecido a la sombra de la catedral de provincias, nos
muestra sus sueños y fantasías de amor por el
Cristo y los santos multicolores de las vidrieras. Por consiguiente
la práctica totalidad de los naturalistas evolucionaron
hacia el simbolismo, de no impedirlo la muerte prematura de
algunos, como Chejov. Naturalismo y Simbolismo influirán
en la mayoría de las tendencias dramáticas del
siglo XX.
2. ZOLA Y LA TEORÍA DEL ARTE NATURALISTA
El
advenimiento del teatro naturalista ocurre con evidente retraso
respecto de la novela. Así lo señala Zola, quien
lo achaca a que el teatro representa «el último
bastión del convencionalismo», lo que no encajaba
en el científico siglo XIX. Si el XVII fue el siglo del
teatro, vino a decir Zola, el XIX había de ser el de
la novela; y aunque así lo crea, y a posteriori la historia
lo confirme, el autor no arrojó la toalla del teatro,
antes bien propugnó la necesidad y posibilidad de una
escena adecuada al nuevo estilo: «El teatro será
naturalista o no será.»
En 1881, Zola resumiría todas estas ideas, que de tiempo
atrás le venían preocupando, en un texto cuyo
enunciado, El naturalismo en el teatro, no podía ser
más explícito. Fiel a la idea ya aplicada a la
novela de que el medio determina el comportamiento, Zola se
detiene en los elementos que, en el teatro, representan ese
medio: el decorado, el vestuario y los accesorios. Razonará
que nuestra época no puede ya aceptar el escenario vacío
de Shakespeare, ni los espacios convencionales y neutros de
los clásicos franceses. Se pregunta cómo puede
ser creíble una representación, dar eco de la
vida cotidiana, si el medio en el que se mueven los personajes
es convencional, falso, de objetos pintados, con actores y actrices
que salían a escena maquillados y vestidos siempre de
gala.
Pero había que hacer mayores cambios aún para
acertar con la representación objetiva. Había
que desterrar los tonos declamatorios, grandilocuentes, en la
dicción de los intérpretes. Había que cambiar
los gestos si se quería desmentir a los críticos
que, ironizando sobre los intentos naturalistas, hablaban de
«sus actores falsos en medio de decorados verdaderos».
Algunos dramaturgos también solicitaban esta naturalidad
en escena. Valga como ejemplo esta acotación de Sardou:
«Los actores se sientan en torno a una mesa situada en
el centro y hablan con toda naturalidad, mirándose unos
a otros como ocurre en la realidad.» Pese a estos deseos,
a los comediantes les era difícil suprimir sus modos
de actuar; dejar de responder a los aplausos repitiendo, como
en la ópera, sus parlamentos más celebrados; en
definitiva, ceder a los caprichos del público, otro factor
de difícil cambio.
Ciertamente hubo en esta época actores de talento, intermediarios
entre el antiguo y el nuevo estilo. Actrices como Sarah Bernhardt,
Gabrielle Réjane y la famosa Rachel pasearon su arte
por Europa, justificando el culto a la vedette que denunciaría
Stanislavski viendo en Moscú a la Bernhardt. Los mejores
intentos naturalistas (los Meininger, Antoine...) borrarán
estos individualismos para insistir sobre la representación
como un acto colectivo.
A distancia de estos hechos, es fácil advertir hoy día
los aciertos y desaciertos de Zola. Entre los primeros está
el haber roto las barreras moralistas del público burgués,
poniendo en entredicho la moral burguesa y sus comportamientos
sociales. También Zola abrió el mundo teatral
a la objetividad poco menos que rechazada por la tradición
escénica. Entre los desaciertos está, sin duda,
el querer suprimir radicalmente las convenciones del género
dramático, sus denegaciones. Está claro que, por
mucho que se intente el naturalismo escénico, la realidad
exterior no cabe en el escenario, los personajes han de ser
re -presentados o figurados, y el propio lenguaje es ya de por
sí una pura convención. Todo el teatro naturalista
no tardaría mucho en dejar de ser un equivalente de la
realidad, para convertirse en otra serie de convenciones. El
error de Zola estaba en querer aplicar a la escena las recetas
de la novela, estableciendo un sistema de imposibles transferencias
de un género a otro. Es imposible pretender que el decorado
o la caracterización de los personajes suplan las extensas
descripciones y digresiones de la novela naturalista, tal y
como quería Zola. Las muestras de teatro naturalista
adaptadas de relatos, en especial de las propias obras de Zola
-a excepción de La taberna-, no fueron del gusto de la
crítica ni del público de París. Ni lo
fueron los estrenos de Los cuervos (1882) o de La parisina (1883),
ambas de Henri Becque, considerado como el más destacado
naturalista francés según la fórmula de
Zola. Porque, además, este teatro no representaba la
realidad cotidiana a fin de suscitar el interés del público,
sino sólo aquellos casos más sobresalientes y
disparatados de la misma. Teresa Ranguín, de Zola, que
en 1873 no pasó de las nueve representaciones, cuenta
cómo Teresa y su amante dan muerte al marido de aquélla.
Teresa acabará suicidándose ante la mirada de
la madre del esposo, muda y paralítica.
La teoría iba por delante de la práctica. El teatro
de París no daba con la fórmula de la representación
naturalista. Pronto lo conseguirá Antoine. En Alemania,
mientras tanto, una ejemplar compañía lo estaba
logrando: los Meininger.
3. Los MEININGER
Ocurrió
esto cerca de Weimar, en donde Goéthe había puesto
las bases de la futura afición al teatro lírico
y dramático alemán. En Meiningen, el propio duque
Jorge II se hizo cargo de la dirección de los actores
en su Teatro de Corte. Este duque era consciente de la decadencia
de la escena alemana en décadas precedentes, lo que achacaba
a la influencia de la preocupación de las cortes alemanas
por los problemas económicos y políticos que habrían
de desembocar en la creación del Imperio de Bismarck,
en 1871. El duque de Sax-Meiningen advirtió que las programaciones
del teatro en Alemania estaban calcadas de las del bulevar parisino
-operetas, piezas sentimentales imponiéndose la fantasía
sobre los tan repetidos deseos de autenticidad escénica.
El entusiasmo del duque no tenía límites. Entrenaba
a los actores, los dirigía con férrea disciplina,
tanto a los protagonistas como a las comparsas, que habían
de actuar como elemento ambientador y realista. Su manejo de
las masas fue siempre muy ensalzado. Pero, además, prodigaba
todos los detalles del decorado, para el que prefería
la habitación cerrada, incluso por el techo. Amante de
la historia y de la pintura, disciplinas que había estudiado
en la Escuela de Munich, él mismo diseñaba los
decorados, buscaba originales perspectivas y dibujaba el vestuario,
indicando siempre los colores más apropiados. Se dice
que los tonos marrones rojizos eran los preferidos, pues sobre
ellos sobresalían vivos colores para el vestuario. Este
naturalismo no era el de Zola, sino más bien el que perseguía
la fidelidad histórica y la verdad absoluta en ella.
Las armas, por ejemplo, tenían que ser auténticas.
De ahí que su repertorio tuviese como norma la calidad
de las obras. En este sentido, superó el debate de las
reglas, sin hacer distinción ni de tono ni de nacionalidad
ni de escuela. Representó a Shakespeare, a Moliére
y a Schiller, y se interesó igualmente por autores alemanes
no estrenados, como Kleist, y jóvenes dramaturgos nórdicos,
como Bjórnson e Ibsen. De éste hizo el estreno
absoluto de Espectros.
Entre 1874 y 1890, los Meininger dieron más de tres mil
representaciones en gira por Europa. Su campo preferido, no
obstante, era la propia Alemania, y principalmente Berlín,
considerada ya como nueva capital del imperio germano, en donde,
en 1883, se
fundaba el Deutscher Theater, que será el primer teatro
alemán. En esas giras por Alemania los Meininger se vieron
favorecidos por la infraestructura teatral existente, que ellos
supieron estimular. Es significativo que, a partir de 1870,
empezaran a florecer teatros privados junto a los viejos teatros
de corte. Pero sorprende aún más el ritmo con
que este fenómeno se propaga, pues en quince años
el número de salas pasa de doscientas a seiscientas.
En sus giras, los Meininger llegaron a los países escandinavos
y Rusia. Por su lado, Ibsen ya había entablado contacto
con ellos en Alemania, donde acudió para estudiar su
arte.
4.
EL TEATRO NÓRDICO
La escasa tradición del teatro escandinavo se había
contentado en el siglo XIX con las comedias de estudiantes y
la aclimatación del vodevil francés, que florece
a partir de 1830 en Copenhague y Estocolmo. En esa dramaturgia,
el teatro de vodevil constituye el primer escaño de la
ascensión realista. A mitad del siglo XIX, se crean dos
grandes teatros: la Escena Nacional de Bergen y el Teatro de
Christiana, luego Teatro Nacional de Oslo. La animación
de este último fue confiada primero a Henrik Ibsen, y,
posteriormente, a Bjórnstjerne Bjórnson.
Para su propia instrucción, Ibsen recorrió Europa.
A partir de 1864 vivió casi permanentemente fuera de
Noruega. En la escritura dramática se inició con
obras de inspiración romántica, y comedias al
modo de Scribe. Por su lado, Bj6rnson admiró particularmente
al Musset de las comedias y proverbios.
En la obra de HENRIK IBSEN (1828-1906), la crítica suele
hacer varios apartados. Dejando a un lado sus primeras comedias,
tenemos un primer bloque de dramas poéticos nacionales,
como Brand (1866), ataque metafórico a la falta de solidaridad
panescandinava ante la violación prusiana a Dinamarca
en la persona del sacerdote Brand, que, por mantener sus principios,
sacrifica a su mujer y a su hijo; Peer Gynt (1868) es un personaje
radicalmente distinto del anterior, caricatura del genio noruego.
La segunda etapa la compone su época realista, con Casa
de muñecas (1879), Espectros (1881), Un enemigo del pueblo
(1882) y El pato salvaje (1884), entre las más conocidas.
Finalmente, se encuentra su etapa simbolista, en la que sobresalen
La dama del mar (1888), Hedda Gabler (1890) y Solness el arquitecto
(1892).
Entre los problemas sociales que más le preocupan durante
su segunda época, adquiere gran relieve el de la liberación
de la mujer, tema que le proporciona excelentes desarrollos
dramáticos. Se dice que había en ello razones
muy profundas, incluso biográficas, y que el dramaturgo
se identifica frecuentemente con sus protagonistas femeninas.
Para Freud, Ibsen era el escritor más interesante de
su tiempo. Pero no conviene limitar el alcance crítico
a este sólo problema._ Aplicando las mismas intencionalidades
a Ibsen y a Bjórnson, Maurice Gravier escribirá:
Conservando
siempre el sentido del arte y de la medida, Ibsen y Bjórnson
evitan normalmente proponernos soluciones demasiado concretas.
Pero despiertan las conciencias, hacen salir de su letargo las
mentes propensas a satisfacerse fácilmente con
las situaciones adquiridas. Ibsen y Bjórnson viven en
una sociedad petrificada, tiranizada y entristecida por el espíritu
pietista. Un vicio quieren denunciar antes que cualquier otro:
la hipocresía. «Vivir según la verdad»,
ése es el ideal que Bjórnson propone a los espectadores
de sus dramas, mientras que Ibsen les pide que sigan «la
exigencia ideal», que descubran su vocación y disipen,
si es preciso, la «mentira vital». Mas decir la
verdad a un pueblo que se mantiene simple y zafio no es ciertamente
nada fácil.
Cualquiera
de las obras de Ibsen, y no sólo las de este periodo,
muestra la enorme dosis de autenticidad y de valor para desafiar
a los sectores denunciados. Un enemigo del pueblo puede ser
propuesta como el paradigma de tales denuncias. Por su lado,
los estrenos de Ibsen se encargaron de demostrarlo. Como anécdota
podemos citar el enfrentamiento que hubo en Francia entre dos
grandes políticos, Clemenceau y Jean Jaurés, con
motivo del estreno de esa obra. Aunque tuvo mayor eco, en Noruega
y en toda Europa, la polémica suscitada por Casa de muñecas.
Hace más de un siglo, el dramaturgo se convirtió
en abanderado del movimiento feminista. La obra propone la dialéctica
de estar a favor o en contra de Nora, la protagonista. Cuando
el tema salía a debate, era difícil contener los
nervios. Se dice que en invitaciones y tarjetas de visita se
rogaba abstenerse de hablar de Nora.
Nora
es la esposa gentil del abogado Helmer. Para salvar a su marido
de una grave enfermedad, Nora contrae una gran deuda con un
acreedor, viéndose obligada a falsificar su firma para
mantener este hecho en secreto. La buena de Nora va pagando
poco a poco dicha deuda sin que el marido sepa nada de ello.
Pero un buen día todo se descubrirá: Helmer quiere
despedir del banco, en el que es director, a un empleado, que
resulta ser el acreedor de Nora. Este la amenaza con el chantaje.
Para los esposos ha llegado la hora de la verdad, la hora de
actuar ante la verdad, característica del drama ibseniano.
Helmer aparece ahora frente a Nora como un ser mezquino, al
que sólo le interesa su reputación. A Nora el
mundo se le derrumba y todo le parece sin sentido. De pronto,
descubre que aún le queda un asidero para evitar su desesperación:
su libertad. Desoyendo las súplicas del marido, Nora
abandona la casa dando un portazo, que algún comentarista
ha conceptuado como el más valiente y consecuente de
toda la historia del teatro.
A
Ibsen le preocupaba sobremanera la composición dramática.
Muy superior en ese terreno a los franceses, sus obras sí
son modelo de la llamada piéce bien faite. Sabe administrar
el pathos dramático, mantener los enfrentamientos en
su cumbre, emplear el lenguaje y las fórmulas psicológicas
adecuadas. Ese es el secreto de su pervivencia.
Durante su tercer periodo se interesa menos por lo social, cuidando
más la simbología de la obra y su conformación
poética.
Otro nombre estelar del teatro nórdico es el del sueco
AUGUST STRINDBERG (1849-1912). Dejando aparte sus inicios, en
los que se opone al drama romántico y a la comedia burguesa
importada de Francia, hemos de reseñar sus dramas naturalistas:
El padre (1886), Señorita Julia (1888) y Acreedores (1888).
En ellas ahonda en los detalles del relato, de modo incluso
obsesivo, y en la huella que deja en el alma de los personajes,
a veces con insistencia masoquista. Estaríamos ante una
escritura que, partiendo de la observación minuciosa
de la realidad, y de su propia biografía, se nos presenta
como el drama de las obsesiones del yo frente a la realidad.
Pero Strindberg escapa del naturalismo para convertirse en precursor
del expresionismo. A la salida de una grave crisis psíquica
y moral, que dejó reflejada en sus relatos Infierno y
Combate con el ángel, el dramaturgo escribió una
extensa obra, Camino de Damasco (1898-1901), en la que las alucinaciones
crean un mundo interior en el cual simbolismo y expresionismo
se han aunado en diversas ocasiones para escenificarlo. Aún
se podría decir más sobre su siguiente obra, El
sueño (1902), que cabe conceptuar de precursora del teatro
surrealista, pues el inconsciente liberado se adueña
de la escena, imponiendo sus esquemas incoherentes. Esta obra
puede ser considerada justamente como una de las grandes concepciones
del teatro moderno. Artaud y los surrealistas de entreguerras
pensaron en ella como ejemplo ilustrador de sus propias concepciones
dramáticas.
La aportación de Strindberg a la escena fue más
allá. A raíz de su decepción por la ciencia,
en la que tanto había confiado -e incluso por la alquimia,
pues había intentado fabricar oro-, se convierte a una
fe a caballo entre el budismo y el cristianismo. Ello explica
su concepción simbolista, la nueva estructura compositiva
en la que incluye himnos en latín y desarrollos litúrgicos
en títulos como Adviento o Pascua.
En 1902 fundó en Estocolmo el Intim Teatern. El término
íntimo puede aplicarse tanto a las modestas dimensiones
del local, como a la temática de las obras a las que
se destina, o a su modo de representación. En ésta
se procedió a la simplificación de los elementos
decorativos para estimular en todo momento la imaginación
del espectador; se preocupó de la creación de
climas psicológicos, particularmente con juegos de iluminación
que proyectaban las sombras de los personajes. Para algunos,
esta experiencia del Intim Teatern podría ser considerada
como la cuna del expresionismo. Allí representó
sus piezas íntimas o, como él prefería
llamarlas, piezas de cámara, imitando la expresión
musical: Tempestad, La casa quemada, El pelícano y La
sonata de los espectros.
Cabe decir que todo en la obra de Strindberg fue íntimo,
en el sentido de que toda la realidad fue modelada en su interior,
en su propia atormentada biografía. En él están
presentes casi todos los desarrollos dramáticos vanguardistas
del siglo XX.
5. EL TEATRO LIBRE DE ANTOINE
Como
hemos indicado al hablar de Zola, las piezas francesas representadas
en París, adaptadas directa o indirectamente de la novela,
no convencieron. Pero las ideas de Zola tampoco cayeron en terreno
baldío. Un aficionado al teatro, ANDRÉ ANTOINE
(18581943), por quien pocos habrían apostado en un principio,
quiso crear un teatro donde todo fuese verdadero, tan real como
une tranche de vie (una tajada de vida), expresión que
define elocuentemente su idea de la puesta en escena naturalista.
Antoine había estudiado la teoría naturalista
con Taine, y conocía los escritos de Zola. Fue comparsa
en la Comedie Française y asistió al curso de
declamación de Lainé. Vivía como empleado
de la Compañía de Gas, formando el grupo galo
junto a otros jóvenes aficionados con la decisión
de renovar el teatro. El 30 de marzo de 1887, noche memorable
para el arte escénico, Antoine inauguró su Théátre
Libre (Teatro Libre) en la humilde sala del Elíseo de
Montmartre con capacidad para unas trescientas cincuenta personas.
Se representaron cuatro obras breves, una de ellas Jacques Damour,
de Zola, adaptada por Léon Hennique. La visita a Bruselas,
para ver actuar a los Meininger, le confirmó en sus ideas
dramáticas. De lo que fue su labor de dirección
en los años que siguen nos da cuenta otro director importante,
Gaston Baty:
Antoine
puso al desnudo todos los artificios de las fórmulas
antiguas, arrojó fuera las complicaciones, los trucos,
los golpes efectistas, la ampulosidad, los largos parlamentos,
la verborrea de la pieza de intriga, mostrando la vanidad de
las maquinarias complicadas y las exhibiciones sensacionalistas.
La obra reconstructiva de Antoine creó el gusto por la
acción simple, rápida, concisa y visual, tanto
en los gestos como en las actitudes y en las palabras, buscando
sus motivaciones en los caracteres y no en los enredos de la
situación, interpretando las obras sin muletillas, con
naturalidad y en medio de un marco expresivo.
Como
puntos fuertes habría que subrayar dentro de su labor
de coherencia, acorde con el realismo impuesto a los medios
visuales, la representación antiteatral, es decir, la
técnica de actuar como si no se estuviese en un teatro,
como si entre los actores y el público existiera realmente
una cuarta pared, y uno se encontrase sólo con los otros
personajes, en una situación real de la vida; de ahí
que importe poco, contrariamente a las prescripciones del cuadro
plástico, hablar de espaldas, o desde fuera del escenario
visible. Insistió en la labor de conjunto de la compañía,
que nunca debía conformarse con ser una banda de comparsas
en torno al primer actor o vedette de turno. Por estas razones,
buscó y estimuló la escritura de obras nuevas.
Se dice que estrenó más de ciento veinte, de cincuenta
y un autores, de los cuales cuarenta y dos eran menores de cuarenta
años, la mayoría en un acto y de fácil
representación. Pero no olvidó por ello los grandes
nombres extranjeros, como Tolstoi, Hauptmann o Ibsen.
Por otro lado, cuidó de su público al abaratar
las entradas, y se interesó por el confort de la sala.
Concentró la luz en el escenario, dejando a los espectadores
en la oscuridad. Siguiendo a Zola, en escena dio mayor importancia
al ámbito de la acción sobre la acción
misma, «porque es el medio el que determina los movimientos
de los personajes, y no los movimientos de los personajes los
que determinan el medio». De ahí que propugnara
la solidez de los elementos escénicos: prefirió
los objetos y muebles auténticos, rechazó los
bastidores de tela que imitan la madera, imponiendo que las
paredes y ventanas fuesen realmente practicables y no meramente
decorativas. Este rechazo de las convenciones escenográficas
le acarreó las más duras críticas, y algunos
llegaron a caricaturizar sus excesos: se han citado con harta
frecuencia los pedazos de carne auténtica colgados en
la escenificación de la obra Los carniceros, y el desagradable
olor que generó a los pocos días; o las gallinas
vivas picoteando por el escenario de La tierra. Pero sería
injusto quedarse en estos ejemplos e ignorar lo mucho que Antoine
significaba en su momento para la evolución del arte
teatral, tanto para los que en la fidelidad reformaron sus ideas,
como para los que, desde la oposición a las mismas, abrieron
vías antinaturalistas a la representación escénica.
En el mismo París, esta oposición, tan beneficiosa
para la escena, fue encabezada por el citado Paul Fort y su
Teatro del Arte. En los epígrafes finales del presente
capítulo entraremos más a fondo en esta cuestión.
En 1906 Antoine pasó ala dirección del Odeón,
en la que se mantuvo hasta 1914. Después abandonó
la dirección teatral para dedicarse al cine, medio que
juzgó verdaderamente expresivo para mostrar la realidad.
Como actor y director impuso también su estilo naturalista
a montajes de textos de Zola, Hugo y Dumas. Con Antoine, tanto
en teatro como en cine, se estaba diseñando netamente
la moderna figura del director de escena.
6.
LA «FREIE BUHNE» Y LA CONSOLIDACION DEL TEATRO ALEMÁN
En
1889, el movimiento naturalista alemán funda la Escena
Libre (Freie Bühne), dirigida por Otto Brahn. Brahn reclama
para ella la misma verdad que Antoine proclama en su Teatro
Libre. Pero Brahn no quiso experimentar con actores aficionados
y, desde el principio, reclutó actores profesionales.
En lo que al repertorio se refiere supo tomar buena nota de
los Meininger y de los naturalistas franceses. Inició
sus representaciones con Ibsen (Espectros), al que se unirán
los nombres de Tolstoi, Zola, Becque y Strindberg. Pero supo
también apostar por los dramaturgos alemanes del momento.
Dos nombres quedarán para la historia del teatro unidos
al suyo: GERHART HAUPTMANN (1862-1946), revelado por la Freie
Bühne, y FRANK WEDEKIND (1864-1918), al que conoce en el
Deutscher Theater, en 1912.
El segundo estreno de la Freie Bühne fue precisamente una
obra de Hauptmann, Antes del amanecer. En la línea de
Zola, el naturalismo de Hauptmann está también
imbuido de un manifiesto socialismo. Este queda especialmente
de relieve en otro conocido texto, Los tejedores, igualmente
estrenado en la Freie Bühne por Otto Brahn. Cuando éste
pasó al Deutscher Theater siguió rodeándose
de los mejores actores. Entre ellos se encontraba Max Reinhart,
que le sucederá en la dirección de dicho teatro.
Reinhart se convirtió en una de las más interesantes
figuras de la dirección escénica de nuestro siglo,
dentro de una tendencia abiertamente antinaturalista.
Como muchos otros naturalistas, Hauptmann evolucionó
hacia el drama poético y simbolista. Lo mismo le ocurría
a Wedekind, que de actor pasó a consagrarse a la escritura
dramática. Su naturalismo se vio pronto teñido
de una extraña y amarga simbología, que exigía
puestas en escena cuyo atrevimiento chocaba muchas veces con
la sensibilidad del público de su época: ambientes
marginales y depravados, personajes asociales, prostitutas,
criminales, lesbianas; todo ello con los lenguajes propios de
tales personajes y ambientes. Lo cual le hará engrosar
pronto las listas de los repertorios expresionistas. A Wedekind
debe el teatro ese tipo turbio, sincero, morbosamente atractivo,
llamado Lulú, que encontramos en dos de sus mejores creaciones:
Gnomo (1895) y La caja de Pandora (1902).
7. EL REALISMO RUSO. STANISLAVSKI
En
San Petersburgo, un joven entusiasmado por el teatro desde su
infancia contempló admirado a los Meininger en su gira
por Rusia. Su nombre era CONSTANTIN STANISLAVSKI (1863-1938).
Sus padres construyeron para él dos teatros: uno en sus
propiedades del campo y otro en su casa de Moscú. Todo
fue teatro en la vida de Stanislavski. Los Meininger, a los
que citará con frecuencia a lo largo de su vida, le enseñaron
cómo la verdad del poeta, del dramaturgo, puede convertirse
en la verdad hecha vida por los actores.
En Rusia, el terreno estaba abonado cuando los Meininger aparecieron
en su gira. El teatro realista ruso hunde sus raíces
en el teatro de siervos, que cubre el último tercio del
siglo XVIII y la primera mitad del XIX. Catalina II hizo que
la nobleza fuera no sólo propietaria de las tierras,
sino también de los campesinos que las trabajaban. Emulando
a los reyes europeos, los grandes señores rusos organizaron
sus propias cortes ilustradas, en las que el teatro constituyó
un tipo de ocio frecuente. Cuando en 1861 fue abolido este régimen
de servidumbre, Rusia se encontró con un elenco impresionante
de actores, bailarines, músicos y pintores provenientes
de la servidumbre. Estos actores-siervos, a los que se les había
dado instrucción y que habían representado particularmente
el repertorio francés -de Moliére al vodevil-,
comprendieron la necesidad de crear un teatro más conectado
con la realidad rusa, que alguien ha descrito como drama sin
las cofias ni los delantales de las criadas francesas. Durante
mucho tiempo, los grandes actores eran siervos: la Semenova,
Matchalov, Chtchepine...
Volviendo a Stanislavski, es memorable la conversación
de más de quince horas que mantuvo con Vladimir Dantchenko,
autor y profesor de arte dramático en Moscú. Se
cree que ello fue el origen de la nueva época realista
que coincide con la creación, en 1898, del Teatro de
Arte de Moscú. Este teatro, gracias a un mecenas entusiasta,
Morozov, dispuso pronto de un moderno edificio, bien dotado,
en el que los actores disponían por primera vez de confortables
camerinos y de un salón-biblioteca. Todo estaba preparado
para iniciar la aventura. El Teatro de Arte contaba con actores,
directores y técnicos. Stanislavski pensó, no
obstante, que faltaba el elemento esencial: los poetas, como
él gustaba llamar a los dramaturgos. Fue Dantchenko quien
propuso un nombre: Chejov. Anton Chejov era ya un dramaturgo
conocido que había fracasado con La gaviota, en 1896,
en el Treatro Alexandrine de San Petersburgo. Pero ése
fue el reto de Stanislavski-Dantchenko: empezar con una obra
tildada de decadente. En 1898, el Teatro de Arte invitó
al público moscovita a contemplar una nueva versión
de La gaviota. Se dice que Stanislavski consiguió que
el corazón hablara, que el silencio fuera elocuente,
que a los espectadores llegase la suave melancolía, aquella
resignación tan rusa de los personajes; todo un éxito
que convirtió a La gaviota en símbolo del Teatro
de Arte de Moscú y del teatro ruso moderno.
Según el método psicológico-realista de
Stanislavski, el actor debe reflejar los sentimientos que, en
una situación dada, pueden experimentar sus personajes
en razón del grado de conocimiento y de compromiso que
les vinculen a dicha situación. Todo esto es lo que el
actor, ayudado por su director, debe reconstruir para apropiárselo.
Así, comentando años más tarde la interpretación
de Hamlet -obra que conceptúa como la más grande
de la historia del teatro-, exige que el actor que represente
al protagonista conozca los impulsos vitales que animan al personaje.
Ello no debe implicar una interpretación monocorde, pues
aunque tal conocimiento dé la tónica al actor,
éste modificará su expresión según
los estímulos que le lleguen desde las circunstancias
de la acción, desde los otros personajes con los que
se enfrenta, de acuerdo siempre con el conocimiento progresivo
que de los demás personajes y de sí mismo vaya
adquiriendo a medida que avanza la representación. El
método Stanislavski, considerado como el método
por antonomasia en el mundo del teatro, tiene como finalidad
ahondar en las leyes ocultas del proceso creador, intentando,
a través de una práctica asidua, formularlas del
modo más objetivo posible.
Para el actor ruso los textos de su propia dramática
debían ser, en un principio, los más adecuados,
ya que hablaban de su realidad. Tras el éxito de La gaviota
en el Teatro de Arte, Stanislavski y Dantchenko suplicaron a
Chejov que siguiera escribiendo para el teatro. Chejov les entregó
tres nuevas obras, que siguen actualmente vivas: Tío
Vania, iniciada en 1896 y terminada en 1899, Las tres hermanas
(1901) y El jardín de los cerezos (1904). El éxito
de estos textos les llevó a desempolvar otras anteriores,
breves en su mayoría, que Chejov había escrito
hacía diez años, con algunos elementos de farsa
y de melodrama: El oso (1888), El canto del cisne (1888), La
petición de mano (1889), Tatiana Repín (1889),
El aniversario (1891), etc. Por desgracia para el teatro, cuando
Chejov se encontraba en plena euforia creativa, con un gusto
exquisito por la escena, murió de una afección
pulmonar en 1904.
Cabe evocar en este epígrafe a otros dramaturgos rusos.
LEÓNIDAS ANDREIEV (1871-1919) se inicia en una línea
realista que pronto recarga de símbolos. Lo propiamente
ruso se mezcla con otras dramaturgias -Maeterlink en particular-
y acusa influencias de concepciones vitales -Schopenhauer y
Nietzsche, sobre todo. Como en Dostoievski, sus personajes se
debaten entre la inseguridad, la angustia y el impulso de la
muerte. Pero Andreiev escapa incluso al primer simbolismo para
anunciar otras tentativas, como la del absurdo.
MAXIMO GORKI (1868-1936) muestra un realismo más constante,
más palmario, en el que los problemas y las reivindicaciones
sociales lo acercan a veces a lo revolucionario. Los pequeños
burgueses (1901) y Los bajos fondos (1902), estrenadas por el
Teatro de Arte de Moscú, responden a estas inquietudes.
Gorki luchó por la revolución, colaboró
con el régimen leninista, aunque por diferencias ideológicas
y pragmáticas dejó Rusia en 1921.
La vía realista de todos estos autores había sido
preparada por otros creadores a lo largo del siglo XIX. Entre
ellos hemos de citar a NICOLAI GOGOL (1809-1852), ALEJANDRO
OSTROVSKI (1823-1886) e IVAN TURGUENIEV (1818-1883). Gogol abogó
desde sus inicios por un teatro autóctono ruso. «¿Qué
tenemos nosotros que ver con los franceses y todas esas gentes
exóticas? Que se nos dé algo ruso», reclamaba.
El inspector (1836), es una sátira de la Rusia zarista;
una dramatización de su novela Almas muertas fue representada
mucho más tarde por el Teatro de Arte de Moscú.
En Turgueniev vemos ya prefigurado el tono chejoviano, sobre
todo en Insolvencia (1849) y en Un mes en el campo (1850). De
Ostrovski hay que señalar su gran labor en el Teatro
Malí de Moscú, y el breve periodo, hasta su muerte,
como director del Teatro Imperial y de la Escuela Dramática.
Entre sus obras destacan La tormenta (1860) y El bosque (1872).
8.
DE DUBLIN A LONDRES:
ACTORES Y DRAMATURGOS IRLANDESES
La
creación del Teatro Independiente de Londres en 1891,
constituye otro intento de trasladar a Inglaterra la experiencia
del Teatro Libre de Antoine. Todo se debió al entusiasmo
puesto en la empresa por J. T. Grein. Grein siguió el
camino de franceses y alemanes al elegir para sus primeros estrenos
a Ibsen (Espectros) y Zola (Teresa Raquín). El Teatro
Independiente tuvo también su dramaturgo: BERNARD SHAW
(1856-1950), que estrenó en 1892 Casa de viudos, escrita
un año antes. A esta feliz circunstancia debemos que
Shaw, entusiasta estudioso de Ibsen, siguiese escribiendo para
el teatro comedias realistas, de gran agilidad de diálogo,
provistas todas ellas de una buena dosis de carga crítica
hacia injusticias, hipocresías y tabúes de la
burguesía inglesa. Esta tendencia ha hecho que se le
compare con otro dramaturgo, igualmente de origen irlandés:
Oscar Wilde, poeta maldito para la sociedad puritana de Londres,
a la que llegó a conocer como nadie en su interior.
Pese a su declarado fervor ibseniano, y pese a sus manifiestos
propósitos críticos, Shaw rebaja el tono realista
para ofrecernos comedias -algunas de tono tragicómico-
en las que lo hiriente no va reñido con un diálogo
de fino y soterrado ingenio o manifiesto humor. De sus primeras
obras, que dividió de modo curioso en comedias agradables,
comedias desagradables y comedias para puritanos, hemos de destacar
Cándida, y entre las últimas, La conversión
del capitán Brassbourd. Con posterioridad a esta etapa,
Shaw frecuentará la escritura dramática asumiendo
la superación del naturalismo, aunque sin dejar de ser
él mismo en ningún momento. Subrayemos su conocido
Pigmalión (1913) y Santa Juana (1923), una de las grandes
construcciones dramáticas de este siglo.
Por su lado, OSCAR WILDE (1856-1900) alterna, en la última
década del siglo XIX, la escritura simbolista y la comedia
de costumbres que, sin duda, podemos incluir en el realismo.
Su origen -idolatraba a su madre, de origen italiano-, formación
-estudios en Dublín y Oxford, simpatizando con el Romanticismo
y Simbolismo franceses-, su psiquismo -excéntrico, snob,
homosexual-, su conocimiento directo de la alta sociedad puritana
londinense -las grandes damas se lo disputaban como la mayor
atracción de sus salones, en los que era el invitado
más ocurrente y divertido- hicieron posible obras poéticas
como La duquesa de Par,," (189 1) o Salomé (1984)
-escrita para Sara Bernhardt-, así como las comedias
finas y bien construidas El abanico de Lady Windermere (1892)
y La importancia de llamarse Ernesto (1895).
Estos dos dramaturgos irlandeses universales no fueron, sin
embargo, los propulsores del notable movimiento escénico
de este país en el periodo que nos ocupa. El verdadero
advenimiento teatral irlandés girará en torno
a dos figuras: el poeta William B. Yeats y la emprendedora Lady
Gregory. Todo partió de la institución de Dublín
conocida como el Teatro literario inglés. Poco después,
en 1901, actores ingleses e irlandeses se unieron a Yeats y
Lady Gregory y constituyeron el Teatro Nacional Irlandés.
Si en un principio todo parecía indicar el nacimiento
de un teatro poético, muy pronto los hermanos Fay, que
se encargaron de la dirección, juzgaron conveniente seguir
los consejos de Antoine. La adopción del estilo naturalista,
teñido de humor y de poesía, pareció sin
duda la fórmula adecuada si tenemos en cuenta la propuesta
inicial del Grupo: mostrar, de modo costumbrista, la realidad
social y cultural de Irlanda, sin excluir las reivindicaciones
de tipo patriótico dirigidas sin paliativos contra la
corona británica.
Miss Horniman, una entusiasta del arte escénico de los
actores irlandeses, les ofreció como sede el Teatro de
la Abadía de Londres. Todas estas circunstancias, en
especial su sentido nacionalista, hicieron que actores irlandeses
e incluso ingleses valoraran este grupo, así como los
dramaturgos irlandeses. De estos últimos hemos de mencionar
a O'Casey y a Synge. SEAN O'CASEY (1884-1964) participó
durante esos años de la poética naturalista, reivindicando
la protesta proletaria irlandesa, la independencia y unidad
de su país, en definitiva, la lucha por la libertad.
A lo largo de su carrera, O'Casey siguió fiel a esta
temática, aunque, tras la Primera Guerra Mundial, derivó
hacia una poética que incluía elementos simbolistas
y expresionistas que le valieron el rechazo del Teatro de la
Abadía. JOHN M. SINGE (1871-1909) poseía una gran
formación artística. Pronto se instaló
en París, donde entró en contacto con Yeats, quien
le aconsejó, felizmente para el teatro, que volviera
a su tierra irlandesa y conviviese con los campesinos a fin
de estudiar sus costumbres, lenguajes y problemas. Así
lo hizo Synge. Pero-en él habla sobre todo un poeta,
más que un novelista al estilo de Balzac, a quien estas
pruebas de conocimiento de la realidad eran enteramente necesarias.
En Synge, las leyendas, mitos y usos populares irlandeses, unidas
a las técnicas dramáticas modernas, justifican
para su teatro - y para el teatro irlandés de sus compañeros
- la denominación de poético-realista, aunque
quizá también la de realista
simbolista. Señalemos, en esta Iínea, Jinetes
hacia el mar (1903) y El héroe del mundo occidental (1907),
que se considera su obra maestra.
En 1911, los irlandeses, que en Londres y en Europa eran reconocidos
ya como el mejor grupo teatral de expresión inglesa,
cruzaron el Atlántico para mostrar su arte en los Estados
Unidos de América.
9.
EL REALISMO DRAMÁTICO EN LOS ESTADOS UNIDOS
Aunque
el teatro en América del Norte era tan antiguo como la
misma colonización que lo importó, la aparición
de una dramaturgia propiamente autóctona se sitúa
en torno a la Guerra de Secesión. La Guerra Civil proporcionó
multitud de relatos que, contados sobre las tablas, no disimulaban
un halo romántico algo trasnochado. Por otro lado, la
infraestructura teatral a principio del siglo XX. era considerable.
Echando mano del propio estilo de los cómputos americanos,
ofrecemos estas cifras dadas por los historiadores: cinco mil
salas de teatro en todo el país, con una capacidad superior
a los cinco millones de localidades. El tren hacía posible
los necesarios desplazamientos de los actores para cubrir tan
extensa geografía. En las ciudades más importantes
había de quince a veinte locales de teatro. Por su parte,
las universidades empiezan a tomarse en serio este arte. Hay
un nombre que citar al respecto: George Pierce Baker, profesor
de Harvard. Según él, las obras dramáticas
deben ser estudiadas en laboratorios. En teatro, el laboratorio
es el escenario. Entre los discípulos de Baker se encontraba
un joven que se convertirá en el dramaturgo iniciador
y propulsor del moderno teatro americano: EUGENE O'NEILL (1888-1953).
En Nueva York florecieron algunos grupos importantes de jóvenes
actores y dramaturgos ansiosos por emular lo que ocurría
en Europa. Uno de estos grupos, los Provincentown Player, pasarán
a la historia del teatro por haber lanzado al joven O'Neill
con Rumbo a Cardiff (1916). A éste seguirán otros
estrenos memorables, como los de El emperador Jones (1920) y
El mono peludo (1922). La fama lo llevó a Broadway, donde
obtuvo sus más resonados éxitos gracias, sin duda,
a su talento para construir dramas, aunque también, y
en buena medida, a las magníficas escenografías
de Edmund Jones en El deseo bajo los olmos y A Electra le sienta
bien el luto. Las fechas de los estrenos de estas obras, principio
de los años 30, a los que debemos añadir el de
Largo viaje hacia la noche, en 1940, ponen de manifiesto el
retraso del realismo dramático americano en relación
con el europeo.
Sin embargo, no es O'Neill un epígono de las corrientes
realistas del viejo continente. Es cierto que los actores irlandeses
enseñaron mucho en los Estados Unidos, incluso al propio
O'Neill. Pero hemos de recordar igualmente que su repertorio
e interpretación ya suponían una variación
con respecto a los movimientos europeos de finales del siglo
XIX, a pesar de inspirarse en ellos. Para entender el fenómeno
O'Neill hemos de tener en cuenta su gran conocimiento tanto
del mundo teatral como de su público, pues no en vano
es hijo de un gran actor, hecho que le hace viajar con la familia
por todo el país, y conocer la profesión desde
los bastidores. Añadamos a eso su admiración y
estudio de la tragedia griega, iniciada con el profesor Baker,
y que influye manifiestamente en su obra, según sus críticos;
también condicionaron su obra el conocimiento de la vida
americana, de sus frustraciones y deseos, así como su
rica y accidentada biografía (madre depresiva que es
preciso internar y mantener con alucinógenos, sus tres
matrimonios, etc.).
No se deben medir con el mismo parámetro todas las piezas
de O'Neill. Es preciso evitar la tentación generalizadora
a la hora de enfocar su comentario o proyectar su puesta en
escena. Si es cierto que su teatro arranca del naturalismo,
también lo es que éste evoluciona hacia tendencias
muy diversas: expresionismo, simbolismo, psicologismo. Se puede
decir que el realismo psicológico va a caracterizar buena
parte del teatro americano posterior a O'Neill. Es notable su
influencia, junto con la de grandes autores europeos, como Ibsen
y Strindberg, en dramaturgos como TENNESSEE WILLIAMS Y ARTHUR
MILLER. El primero es autor de piezas tan conocidas como Un
tranvía llamado deseo (1947) y La gata sobre el tejado
de cinc caliente (1955), pero también de otras menores,
y menos representadas -muchas de ellas situadas en el barrio
francés de Nueva Orleáns-, que constituyen un
buen exponente de ese absurdo a la americana que de los hermanos
Marx nos lleva a la más reciente y genial novela de T.
Kennedy, La conjura de los necios. Miller, que con su fórmula
realista presenta una producción más monótona
y monocorde, nos ha dejado títulos memorables como Todos
eran mis hijos (1947), La muerte de un viajante (1949) y Las
brujas de Salem (1953).
Otros nombres que completan la lista de dramaturgos norteamericanos
son WILLIAM SAROYAN, ARTHUR LAURENTS, WILLIAM INGE, ROBERT SHERWOOD,
CLIFFORD ODEST... Ocurre con frecuencia en la historia del teatro,
que los autores surgen cuando las condiciones de la escena les
son favorables. En este sentido, a los citados habría
que relacionarlos con el llamado Group Theatre, fundado en Nueva
York en 1931 por Harold Clarman, Lee Strasberg y Cheryl Crawford.
Este grupo contó con un elenco de buenos actores, entre
los que hemos de citar a John Gorfield, Stella Adler, Elia Kazan
y M. Carnowsky. El Group Theatre adoptó el método
Stanislavski, con las sugerencias y adiciones de Strasberg,
su más dinámico director. Tras la disolución
del Group Theatre en 1941, Strasberg continuó con su
labor de dirección y de enseñanza de actores,
para lo que fundó, en 1947, el famoso Actor's Studio.
El teatro y el cine americano, de tendencias psicologistas y
realistas, tiene, desde esos años, una deuda inmensa
con Strasberg y, por su mediación, con Stanislavski y
su método.
10.
LA PRIMERA GRAN CONTESTACION AL REALISMO: ALFRED JARRY
No
tardaría mucho en aparecer la primera gran contestación
al realismo de las últimas décadas del siglo XIX.
Paul Fort y, sobre todo, Lugné-Poe exageraron la reacción,
llegando el segundo a auténticas ceremonias de recitados
altisonantes que, sin embargo, evolucionaron hacia un «realismo
mitigado». La principal destrucción de la norma
imperante, desde el texto dramático propiamente dicho,
fue debida a un joven alumno de enseñanza media, llamado
ALFRED JARRY (1873-1907). A la edad de dieciséis años
escribió una obra que, en su primera versión,
era un teatro de marionetas, de ahí la carga caricaturesca
y el carácter de farsa de los personajes, sus tics, lenguajes,
gestos y poses. El texto, llamado inicialmente Los Polacos,
será pronto su universalmente conocido Ubú rey.
Se ha dicho que con Ubú rey se inicia el surrealismo
y otros intentos vanguardistas del siglo XX., como el absurdo,
particularmente el de Ionesco. No hace falta ser muy perspicaces
ni conocer su origen para ver que Jarry se está riendo
de sus criaturas, ante todo del protagonista, el Pére
Ubú, o tío Ubú, como quizá haya
que traducirlo. Pero se mofa también de su mujer, la
tía Ubú, así como de los ambientes y lenguajes
que se incluyen en la obra, de las historias y relatos que en
ella se ironizan, del propio teatro trágico, con sus
héroes, reyes, intrigas, conflictos ridículos,
ambiciones e incultura. Esta risa destructiva y grotesca no
era la risa de la comedia o del vodevil, siempre controladas
por el buen gusto y la moderación exigidos por el público
teatral. En el fondo, Jarry se está riendo del propio
teatro. Para Oliver Walzer, en Ubú rey, como luego en
el teatro dadá, se produce una voluntad de ruptura, de
querer sorprender y provocar, de lanzar el lenguaje teatral
por las aventuras menos controladas y hacer saltar en pedazos
los castillos del sueño, de lo maravilloso y del humor.
Ubú rey representa, desde esta perspectiva, algo nuevo,
un comienzo absoluto. Es la primera brecha abierta en la concepción
del teatro tradicional en nombre de lo absurdo, de lo irrisorio
e irracional.
Ubú,
antiguo rey de Aragón y capitán de dragones de
Polonia, es representado como un obeso fanfarrón. Su
mujer, la tía Ubú, lo empuja a destronar al rey
Wenceslao para enriquecerse. Así lo hace Ubú.
Acto seguido apremia a los nobles y a los financieros con una
energía que deja atónita a la propia tía
Ubú. Pero Ubú será echado del trono por
Bougrelas, hijo del rey destronado, que cuenta para ello con
el apoyo del zar de Rusia. Por su enorme barrigón, por
sus juramentos y tacos, entre ellos ese merde (mierda) que tanto
escandalizó en su estreno, este personaje burlesco, tirano,
tonto y cruel se gana un lugar en la mitología dramática.
Por su parte, la historia del siglo XX. se ha encargado, por
desgracia, de mostrárnoslo repetidas veces en la realidad.
Jarry
tomó el tema de las humoradas de sus compañeros
del Liceo de Rennes, que tenían como blanco a un ridículo
profesor de física, llamado Monsieur Hébert. A
éste lo convirtieron en personaje de letrillas y héroe
de una canción de gesta grotesca, a la que todos iban
añadiendo hazañas. Del traslado de parte de esa
gesta a la farsa Los polacos partió Jarry, que representó
la pieza con sus compañeros, en una especie de ritual
privado. Era 1889. Años más tarde, en París,
Jarry se convirtió en secretario de Lugné-Poe,
a quien persuadió para que montara Ubú rey, convertida
en comedia dramática en cinco actos. El estreno tuvo
lugar el 10 de diciembre de 1896, con el actor Firmin Gemier
en el papel protagonista. El escándalo fue inenarrable.
Algunos otros hitos se pueden señalar en la Francia finisecular
o de los inicios del siglo XX., como Las tetas de Tiresias,
de Apollinaire, representada en 1917, o Las impresiones de África,
de Rousell. Con ello llegamos a los intentos del teatro dadaísta
que, a su modo, pretendía destruir la escena, aunque
todo quedara en unas veladas encaminadas a provocar al público,
a irritarle o a tomarle descaradamente el pelo.
11.
ADOLPHE APPIA Y GORDON CRAIG
No
todos los grandes hombres de teatro durante el realismo fueron
realistas. El teatro no podía cerrarse a una imitación
más o menos pasiva de la realidad, en tanto que imitación,
y había que iniciar el camino de aproximación
a esa realidad, dentro de su propio contexto, como hecho mutable.
El suizo Appia y el inglés Craig, a quienes ya aludimos
en el capítulo anterior al tratar de la escenografía
simbolista, se situaron en el frente de lucha que tenía
como objetivo el hacer un teatro teatral, un teatro cuyo punto
de partida fuera esa convencionalidad innata que desdeñara
Zola.
ADOLPHE APPIA (1862-1928) fue uno de los grandes renovadores
del teatro, a partir de sus trabajos sobre la música
escénica, sobre todo en el drama wagneriano. Había
estudiado música en Ginebra y Leipzig. Precisamente su
libro más importante se titula La música y la
puesta en escena, comenzado en 1892, con primera edición
(Munich, 1899) ilustrada con dibujos del propio autor. Los bocetos
de sus «espacios rítmicos» los inició
en 1909. Curiosamente, Appia no es un creador prolífico.
Sus más importantes aportaciones vinieron de diseños
de ópera. En este sentido, ha sido más interesante
la influencia que generó, que su propio trabajo.
La estética de Appia se dirige a reforzar la acción
dramática a través de la escena simbolista, apartándose
totalmente del naturalismo. Para ello manejó con especial
énfasis la luminotecnia (la «luz viva» que
decía, mutable además), utilizando las nuevas
posibilidades de la electricidad; rompió con el viejo
escenario a la italiana, sustituyendo el decorado de tela por
construcciones corpóreas y practicables, en donde el
juego del actor, su movimiento corporal, tendría una
importancia básica («la puesta en escena es un
cuadro que se compone en el tiempo»). En sus diseños,
Appia colocaba a los actores en lugares distintos según
cada escena, siempre con sus correspondientes cambios de luz.
Era la primera vez que se producía el razonamiento de
la puesta en escena, como algo vivo y cambiante. Asimismo, sus
esfuerzos buscaron la integración de la música
en el teatro.
GORDON CRAIG (1872-1966) es el otro gran hombre de teatro de
entre siglos. Actor primero, su labor como director, escenógrafo
y teórico, dejaron decisiva huella en el desarrollo de
la escena imaginativa y antinaturalista. El Arte del Teatro
(1905) fue su primer \ más importante ensayo. Para él,
la esencia del arte teatral está en proporcionar valor
dramático a la línea y al color con el movimiento.
«Si admitimos que el hombre de carne y hueso se exprese
por medio de gestos realistas, ¿por qué no aceptar
también que la realidad escénica pueda soportar
una pantomima realista?», afirma Craig. De sobra es conocida
su relación artística y sentimental con Isadora
Duncan, famosa por sus alardes con el cuerpo en la danza moderna.
De 1908 a 1929 publica la revista The Ma.rk, donde escribe artículos
con más de setenta seudónimos. En ella aporta,
además de ensayos sobre historia del teatro, estudios
sobre aspectos rituales de la escena, que se sitúan más
cerca del teatro griego y el Noh japonés, que de la literatura
dramática y el realismo. Su encuentro con Appia (Zurich,
1914) hizo más identificable la trayectoria de ambos.
Como el teórico suizo, Craig se fija en el espacio, las
luces y el ritmo. Renuncia a las bambalinas y telones pintados
en beneficio de estructuras tridimensionales. Inventa pequeños
y móviles biombos para sustituir la función del
escenario habitual; así presentó un Hamlet (1912)
en el Teatro de Arte de Moscú, a requerimiento de Stanislavski.
Al igual que Appia, los trabajos prácticos de Craig fueron
muy escasos, en comparación con sus escritos.
Decorado
de Appia para Prometeo, 1910.
Decorado
para Macbeth de Gordon Craig.
TEXTOS
...
El decorado del XVIII le iba de maravilla a los personajes del
teatro de la época; a dicho decorado, como a sus personajes,
les faltaban las particularidades; por ello se mostraba amplio,
difuminado, perfectamente adecuado al desarrollo de la teórica
y a la pintura de héroes sobrehumanos. De modo que, para
mí, constituye un sinsentido volver a representar hoy
las tragedias de Racine con gran brillo de vestuarios y de decorados
[...].
Hemos contado con las tragedias de Voltaire, en las que el decorado
ya desempeñaba su papel; luego con los dramas románticos
que inventaron el decorado fantástico y obtuvieron de
él los mayores efectos posibles; hemos contado más
tarde con los bailes de Scribe, ejecutados ante un fondo de
salón... En estos momentos, el decorado exacto es consecuencia
de la necesidad de realidad que nos atormenta. Es inevitable
que el teatro ceda a este impulso, en esta época en la
que la novela en sí no es otra cosa que una encuesta
universal, un proceso verbal alzado a cada hecho. Nuestros personajes
modernos, individualizados, actuantes bajo el imperio de las
influencias que los rodean, viviendo nuestra vida en el escenario,
resultarían completamente ridículos en el decorado
del siglo XVII.
¿Cómo no advertir el interés que un decorado
exacto añade a la acción? Un decorado exacto,
un salón, por ejemplo, con sus muebles, sus jardineras,
sus baratijas, muestra de inmediato una situación, dice
el mundo en el que estamos, expone los hábitos de los
personajes [...]. Soy consciente de que, para apreciar todo
esto, hay que sentir a los actores vivir la obra en vez de figurarla.
El procedimiento es sensiblemente distinto. Scribe, por ejemplo,
no tiene necesidad de ambientes reales porque sus personajes
son personajes de cartón. Yo hablo de decorado exacto
para aquellas obras en las que haya personajes de carne y hueso,
que lleven con ellos el aire que respiran.
Un crítico ha dicho con mucha sagacidad: «En otro
tiempo, personajes verdaderos se movían ante decorados
falsos; hoy, los personajes falsos se mueven ante decorados
verdaderos» [...]. La evolución naturalista en
el teatro ha comenzado fatalmente por el
lado material. Era lo más cómodo... Porque cambiar
los personajes falsos por personajes verdaderos es más
difícil que transformar los bastidores y los telones
[...]. Un escritor vendrá, no lo dudemos, que pondrá
por fin en escena personajes verdaderos en decorados verdaderos.
Entonces lo entenderemos todo.
(EMILE
ZOLA, El Naturalismo en el teatro.)
No
hay papeles pequeños, sólo hay actores pequeños.
Hamlet hoy, figurante mañana, servidor del arte siempre...
El actor, el pintor, el atrezzista, el tramoyista, tienen una
misma finalidad: la de servir al poeta... Inexactitud, pereza,
caprichos, nervios, papeles mal aprendidos, necesidad de que
el jefe repita varias veces lo mismo... He aquí algunas
de las trabas que deben desaparecer [...].
He probado por todas las vías y con todos los medios.
He pagado mi tributo a todas las modalidades de la puesta en
escena: realista, histórica, simbólica, ideológica.
He estudiado las corrientes y los principios más diversos:
realismo, naturalismo, futurismo, arquitectura, estatuaria,
estilización por medio de colgaduras, biombos, tules
y efectos de iluminación. Y he llegado a la convicción
de que ninguno de esos medios le crea al actor el fondo que
reclama su arte. El único soberano de la escena es el
actor de talento.
(Extractos
de STANISLAVSKI.)
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