10.
LA REPRESENTACIÓN DEL TEATRO GRIEGO
Los géneros propiamente dramáticos se sostienen desde
los griegos sobre dos pilares básicos:
el diálogo
y la acción.
“El monólogo dramático y el mimo, con sus distintas
variantes a lo largo de la historia del teatro, cuentan una historia
con acciones y suelen contener un diálogo encubierto, si
no ya manifiesto.
En el género mimo
los actores «hablarán» echando mano del código
gestual. En las variantes del monólogo dramático,
el diálogo puede aparecer de diversas formas:
*
desdoblamientos psicológicos del personaje,
* reproducción de diálogos con otros personajes
ausentes o con sus imágenes,
* apóstrofes (incluidas las apóstrofes al público),
etc.”
Consideremos primero el actor
y el Coro para pasar
a otras consideraciones sobre el lugar
y las técnicas
de la representación.
10.1.
LOS ACTORES
Ya hemos dicho que los actores son los encargados de encarnar a
los personajes mitológicos o históricos del teatro
griego, verdaderos sujetos y objetos del relato.
Tenemos
que entender que, hasta cierto tiempo, el griego sólo ha
tenido acceso a un relato narrado.
En
un segundo tiempo, el espectador advierte la relación mimética
entre el personaje y el actor que lo encarna, es decir, que lo presenta
en carne y hueso.
Para
entender bien esto hemos de pensar que nosotros vivimos en un mundo
un tanto alejado del griego, en el que tenemos consolidados los
géneros que muestran la acción al teatro así
como al cine. Pero debemos precisar que fueron los griegos los que
operaron el paso de la epopya (narración)
al teatro (narración más
acción).
Es comprensible que este paso se diera de un modo gradual: poco
a poco, la acción fue ganándole
terreno a la narración y a los recitados heredados
del culto.
Hay que comprender igualmente que la relación actor-personaje
no es en un principio de uno a uno:
un actor distinto para cada uno de los personajes de la obra, como
ocurre por lo general en el teatro moderno.
Entre
los griegos, un actor solo podía representar a varios personajes
en la misma obra.
Con
Tespis hubo un solo actor.
Posteriormente, cada uno de los grandes trágicos aumentó
su número:
*
con Esquilo aparece el segundo actor (deuteragonista);
*
con Sófocles el tercero (triagonista);
*
Eurípides continúa con tres actores
e introduce un actor más que pero no habla.
Conforme aumentan los actores, se incrementan
el número de personajes presentes al mismo tiempo
en escena. Y con ello obviamente crece
la importancia de la acción
y disminuye la parte narrativa.
Por
lo mismo, al aumentar los participantes en la acción y en
el diálogo que la conduce, decrece la parte recitada o cantada
que se encomienda al Coro. Además, al perder importancia
el Coro, los autores reducen el número
de coreutas.
En
Eurípides ya sólo encontramos (12)
doce coreutas. En la comedia, Menandro acabará
renunciando totalmente el coro.
Por otra parte, hay que tener en cuenta también que si el
incremento de actores ayuda a una representación
más realista de la acción, también es
verdad que con ello el teatro pierde parte de su carácter
mimético y se empobrece la relación actor-personaje,
lo que acarrea, inevitablemente, el debilitamiento
del caracter ritual del teatro.
No es casual que, cuando el teatro contemporáneo ha querido
recuperar la mimesis y la ceremonia, ha acudido, entre otras soluciones,
a la fórmula del teatro griego: un actor para varios personajes.
El
actor contemporáneo representará sucesivamente varias
transmutaciones o metamorfosis de un mismo personaje o de diversos
personajes.
Para
que esto quede de manifiesto, el actor se investirá también
de los atributos de sus personajes respectivos: máscaras,
vestimentas, pelucas... Preferentemente, este acto de la transformación
forma parte de la ceremonia, por lo que se realiza a la vista del
público.
Arrabal
es, sin duda, el autor de nuestros días que más ha
puesto en práctica esta técnica en su teatro
pánico, aunque sus ceremonias evoquen en primer lugar
la liturgia católica.
Por
increíble que nos parezca, las mayores
«novedades» de las vanguardias del siglo XX han consistido
en retornos a los orígenes del teatro ritual.
10.2.
EL CORO
Podemos decir que el teatro moderno nace del
incremento de las funciones del actor y de la disminución
de las atribuciones del Coro.
* Funciones imprecativas: plegarias, invocaciones, oraciones en
las que se pide, en ocasiones, la aparición de héroes
muertos, la llegada de un dios; acción de gracias, cantos
de victoria En éstas, como en otras misiones del Coro, podemos
ver claramente su origen y naturaleza rituales.
*
Funciones participativas en la ceremonia, con intervenciones de
carácter religioso: procesiones, ofrendas...
*
Funciones narrativas al servicio de la acción. El Coro puede
preparar la acción exponiendo la situación en que
ésta va a ocurrir, o puede predecirla, anticiparse a ella,
o presagiarla como si tuviera poderes visionarios (muerte de Clitemnestra
en Dectra; muerte de los niños en Medea); o puede exponer
su temor ante una de las posibilidades de la acción, llegando
incluso a prevenir a los personajes del riesgo a que se ven expuestos.
*
Funciones de unificación, de enlace, entre los distintos
episodios trágicos, que se cerrarán con el éxodo
o salida.
*
Funciones de comentar (con la figura del comentador) la acción
en sus resultados y consecuencias.
* Funciones del mediador entre la acción trágica y
la percepción de la misma por parte de los espectadores,
llegando incluso a convertirse en una especie de conciencia colectiva
del público.
*
Finalmente, (según Roland Barthes),
la gran función del
Coro de preguntar: a los dioses, a
los héroes, o a sí mismo, de forma encubierta o manifiesta.
En ocasiones parece incluso que también se pregunta a los
espectadores.
Dice Roland Barthes
en un tono un tanto categórico:
“El comentario coral detiene periódicamente la acción
recitada por los actores y obliga al público a una meditación
lírica e intelectual a un tiempo. Porque si el Coro comenta
lo que acaba de ocurrir ante nuestra vista, este comentario es
en su esencia una interrogación: a «lo que acaba
de ocurrir» de los recitantes, el Coro contesta con un «¿y
qué va a suceder ahora?»
Tal
es la estructura del teatro griego: la alternancia orgánica
de la cosa interrogada (la acción, la escena, la palabra
lírica).
Esta
estructura suspendida marca la distancia que separa al mundo de
las preguntas que se le hacen.
La
mitología en sí misma había sido una imposición
de un vasto sistema semántico a la naturaleza.
El
teatro se apropia de la respuesta mitológica y se sirve
de ella como de una respuesta de nuevas preguntas, porque interrogar
a la mitología equivalía a interrogar a lo que en
otro tiempo se había dado plena respuesta.
En
sí mismo, el teatro griego es una interrogación
situada entre dos interrogaciones de signo distinto: religioso,
la mitología; laico, la filosofía
(en el siglo IV a. de C.).
Es
cierto que este teatro constituye una vía de secularización
progresiva del arte: Sófocles es menos «religioso»
que Esquilo; Eurípides menos que Sófocles.
Con este paso de la interrogación por formas cada vez más
intelectuales, la tragedia evoluciona hacia lo que hoy llamamos
el drama, es decir, hacia la comedia burguesa, fundada en conflictos
de caracteres, no en conflictos de destinos: y lo que ha marcado
este cambio de función ha sido, precisamente, la atrofia
progresiva del elemento interrogador, es decir, la atrofia del
Coro.
Idéntica evolución se produce en la comedia; al
abandonar el cuestionamiento de la sociedad (incluso cuando su
contestación fuese regresiva), la comedia política
(la de Aristófanes) se convierte en comedia de intriga,
de caracteres (Filemón, Menandro): comedia y tragedia tienen
entonces por objeto la «verdad» humana. En definitiva:
el tiempo de las preguntas había pasado ya para el teatro.”
10.3.
EL LUGAR DE LA ACCIÓN: EL «THEATRON»
Es de suponer que antes de la construcción de los teatros,
los coros ditirámbicos actuasen al aire libre, rodeados por
los espectadores.
En la época clásica, el teatro
fue de madera.
Posteriormente,
se pensó en su ubicación en la confluencia de dos
colinas en cuyas laderas se situaba el auditorio o theatron
(θέατρον:
lugar
para ver) al que los romanos llamarán cavea
(parte excavada).
En
el siglo V antes de Cristo, el auditorio abrazaba unas (3/4) tres
cuartas partes del círculo de la orquesta.
En
la parte baja de las colinas queda la orquesta,
de forma circular, rodeada de una balaustrada de piedra con un altar
de Dionisos (timele)
en su parte central.
Al fondo, frente a los espectadores, se alzaba un muro
alto tras el que se situaba un edificio
destinado a habitaciones para los actores,
maquinaria (tipo de
tramoya antigua) en su parte superior.
Entre
este muro y la orquesta (más alto que la misma) se sitúa
un espacio estrecho denominado proscenio.
Los
actores y el Coro se colocaban normalmente en la orquesta, aunque,
más tarde, se replegaron hacia la parte posterior de la misma
orquesta.
Finalmente,
parece que los actores empezaron a actuar sobre el proscenio.
Licurgo reconstruyó el Teatro de Dionisos hacia el año
333 a. de C. y colocó asientos de piedra para los espectadores.
En
la actualidad, contamos con suficientes restos de los magníficos
auditorios griegos, entre los que destaca el Teatro
de Epidauro, en Grecia, y el Teatro
de Siracusa, en Italia.

El estudio del auditorio no ofrece problemas. En cambio, se sigue
debatiendo otros aspectos del espacio escénico, particularmente
la relación entre el proscenio y la escena (skene).
Parece
ser que la primera función de esta skene, que tenía
forma de habitación, era la de servir para los cambios de
los actores a lo largo de la representación. Tenemos datos
de la construcción de una skene en Atenas en 465 a. de C.
Otro
uso muy posible era el de servir de espacio escénico para
los dioses que formaban parte del reparto escénico.
La
dimensión altura tenía
su simbolismo en el teatro griego. Por medio de la maquinaria, los
dioses descendían a lo largo del muro (es
el deus ex machina). Pero su actuación no podía
situarse al mismo nivel de los personajes humanos.
Así que la skene, parte contigua al muro, elevada como el
proscenio sobre la orquesta, pudo ser inicialmente el lugar reservado
a los dioses.
10.4.
DECORADO Y MAQUINARIA
El muro de la skene, que pudo en un principio aparecer desnudo,
se revistió más tarde con alguna colgadura.
Al
principio, en el espacio escénico no debió figurar
ningún lugar extraescénico. Éste debía
ser creado por la imaginación de los espectadores siguiendo
las indicaciones del texto.
En
tiempo de Esquilo, el espacio escénico se
integró en el espectáculo para sugerir los lugares
comunes de la acción (palacio,
fortaleza, bosque,
lugar elevado), lo que se conseguía
por medio de un telón de fondo
y de unos bastidores, llamados periactois,
colocados en los laterales del proscenio.
Los periactois podían
incluso girar sobre sí mismos
para presentar en sus caras diferentes decorados
a lo largo del espectáculo para cambiar la “escena”.
Ya
con Eurípides se disponía igualmente
de:
*
una plataforma móvil,
*
de una polea en el techo
de la skene para alzar por los aires
a los dioses,
*
de plataformas elevadas para
designar los lugares olímpicos,
*
de terrazas,
*
de escotillas,
*
de escaleras por
las que podían ascender los fantasmas de los muertos.
Como
utensilios necesarios para producir efectos sonoros y visuales,
los griegos disponían de placas
que se golpeaban para simular el ruido del trueno, mientras
que con antorchas que se
agitaban para producir el resplandor de los relámpagos.
10.5.
MÁSCARAS, COTURNOS, VESTUARIOS
Para nosotros es obvio que la máscara
oculta el rostro del actor y con él su enorme riqueza gestual.
Sin embargo, los griegos y otras civilizaciones antiguas, en sus
celebraciones rituales preteatrales, ya usaban las máscaras
o disimulaban la cara con barro, azafrán (color
amarillo) y otros productos.
Este
hecho tiene un evidente simbolismo: el de revestirse de unos atributos
nuevos que hagan al actor digno de oficiar
en el culto y relacionarse con lod dioses.
Trasladado
al teatro, podríamos decir que la máscara opera la
transmutación del actor en personaje
o, mejor dicho, la ocultación de la identidad real del actor
para representar la identidad del personaje a través de los
rasgos reflejados en la máscara.
Otras
pueden ser también sus consecuencias:
*
la de hacer coincidir al personaje con su carácter expresivo
(cómico o trágico tipificados);
*
la de producir efectos de sobrecogimiento, particularmente en
la tragedia; porque al ir figurada en un casco que agranda las
dimensiones normales de la cabeza humana, hace más visible
al personaje, al tiempo que consigue que guarde las proporciones
con su elevada estatura, debido al uso de los coturnos;
* igualmente, según otros, su cavidad servía para
ampliar la voz, haciendo el papel de falso megáfono (pero
esto no era necesario, dada la buena acústica de los teatros);
* finalmente, permitía que un actor pudiese representar
a varios personajes con sólo cambiar de máscara.
Con Aristófanes se dan las máscaras
figurativas de animales ranas, aves...
Con
el tiempo, los artesanos consiguieron un realismo sorprendente en
sus máscaras que pudo poner en peligro la tipificación
de los personajes. Pero este realismo estuvo en correspondencia
con el realismo de los textos dramáticos.
Este
sería el caso de ser cierto de aquella representación
de Aristófanes que hace salir a escena al filósofo
Sócrates: la fidelidad al modelo fue
tal que el propio Sócrates, que se encontraba entre los espectadores,
se puso en pie para que éstos no creyesen que estaba en escena
representándose a sí mismo;
Por su lado, los coturnos
servían para dar mayor altura
a los actores trágicos. De este modo,
los actores que hacían personajes nobles sobresalían
por encima del Coro y, por otro lado, su altura se amoldaba,
como ya hemos indicado, a las proporciones de la máscara.
El
actor se convertía así en una especie de gigante,
y se hacía visible para todos los espectadores. Este gigantismo
conlleva un simbolismo psicológico y moral que creaba en
los espectadores efectos de sobrecogimiento propios para experimentar
la catarsis de que nos habla Aristóteles.
Añadamos algunas notas sobre el vestuario de los griegos.
Los
trajes usados por los actores griegos resumían estilizadamente
la moda ática de acuerdo con los personajes que representaban.
quitón
Se
componían esencialmente de túnicas
cortas y medias (quitón,
clámide) y
mantos.
En
el vestuario se jugaba también con el simbolismo
de los colores.
*
Los reyes habían de vestir
de púrpura;
*
Los personajes de luto, con tonos
oscuros.
Las
almohadillas servían para abultar
el cuerpo humano a fin de que guardara la
debida proporción con la altura.
Los
monarcas usaban una corona como símbolo
de su dignidad y mando...
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