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El
teatro clásico francés
25.1. MARCO HISTÓRICO
Francia,
que en las postrimerías de la Edad Media salió
victoriosa de la Guerra de los Cien Años, inició
la Edad Moderna consolidando su unidad nacional, y dando
rienda suelta a sus ansias expansivas en Italia, en donde
chocó con los intereses españoles. Por ello,
a lo largo de los siglos XVI y XVII hay una permanente enemistad
franco-española, que alcanzó sus puntos culminantes
con las luchas entre Francisco 1 y Enrique II de Francia,
con Carlos V y Felipe II de España.
La Reforma protestante aprovechó la desatención
de los monarcas franceses a sus cuestiones internas para
penetrar en territorio galo. Las diferencias entre católicos
y protestantes (hugonotes) fueron causa frecuente de discordia
y guerras civiles. La monarquía, de creencia católica,
debía mediar entre unos y otros. El predominio católico
era innegable. Un caso conocido y curioso fue el de Enrique
IV (1589-1610), rey protestante rechazado por la mayoría
católica, que tuvo que abjurar el Protestantismo.
El siglo XVII se reparte en dos reinados: Luis XIII (1610-1643)
y Luis XIV (1643-1715). El primero dejó la política
en manos del cardenal Richelieu, el cual se propuso un triple
objetivo: a) atacar a la nobleza insumisa al Rey (la Fronda),
retirándole sus privilegios e incluso llevando al
cadalso a sus cabecillas; b) perseguir a los protestantes;
c) enemistarse con los Austrias, no importándole
pactar con los protestantes europeos para tal fin, aunque
persiguiera a los franceses.
Esta misma política fue seguida durante el reinado
de Luis XIV. Durante su minoría de edad, su madre,
la española Ana de Austria, confió los asuntos
de estado al cardenal Mazarino. Luis XIV (El Key Sol) lleva
a su cumbre el concepto de absolutismo real, al debilitar
cada vez más a la nobleza e incrementar el mecenazgo
cultural de los monarcas franceses y sus validos. Richelieu
y Mazarino otorgan sustanciosas ayudas a artistas y poetas;
tal fue el caso con los hermanos Corneille, Moliére
y Racine.
París se convirtió en centro de atracción
cultural del mundo entero. Con Luis XIV los franceses sobrepasaron
a los italianos en fastuosidad. La Corte del Rey Sol fue
un centro de producción de grandes espectáculos.
Especialmente lujosos fueron los conocidos como Los Placeres
de la Isla Encantada, que transcurrieron en el Palacio de
Versalles, del 7 al 13 de mayo de 1664. En ellos actuó
Moliére en el papel del dios Pan. El gusto italiano
impuso en la Corte la afición por la música
y el canto. Si a esto añadimos la inclinación
francesa por el espectáculo de baile, no ha de extrañarnos
que estos componentes estuvieran presentes en cualquier
fiesta de Corte. Así se explica el auge de la comedia-ballet,
subgénero que Moliére tuvo que cultivar, siguiendo
instrucciones de los maestros de música y de coreografía,
especialmente del italiano Lully. En su inicio, final y
entreactos, este tipo de comedia dejaba paso a números
de mimo, baile y canto, innecesarios desde el punto de vista
del argumento. Es creencia común que el ballet, unido
al disfraz y a la máscara, nace en Francia en la
Edad Media, derivado de las mascaradas de Carnaval y Navidad.
Dichas mascaradas fueron muy apreciadas por Francisco 1
y los monarcas del siglo XVl.
Pero estas fuerzas expansivas del espectáculo teatral
encontrarán una oposición muy diversa y persistente.
El teatro fue atacado por la jerarquía eclesiástica
de París. Lo fue también, de modo más
furioso, por los jansenistas. Las ideas jansenistas sumían
al hombre en el pesimismo más radical, con sus teorías
sobre la corrupción de la naturaleza humana por el
pecado original, sobre la predestinación del hombre
al cielo o al infierno, etc. Por todo ello, y particularmente
por la ignorancia de su suerte futura, el hombre debía
evitar toda ocasión de pecado, en especial una de
las más funestas: el teatro.
Por su lado, pululaban diferentes cábalas y sociedades
de signo más o menos secreto, como la célebre
Compañía del Santo Sacramento, que logró
retirar algunas obras de cartel a pesar del favor del rey,
como es el famoso caso de El Tartufo de Moliére.
Para la comprensión del arte francés, particularmente
del teatro, debemos hablar forzosamente de la formación
de una rigurosa disciplina de pensamiento, que arranca del
filósofo Descartes. Según él, la razón,
el pensamiento, es lo único de lo que no podemos
dudar. Por ello, la razón debe ser la guía
y señora del hombre en sus relaciones con el mundo
y con Dios. Este culto cartesiano a la razón se impone
también en arte, pero no todos estuvieron de acuerdo.
De ahí la eterna polémica que aún hoy
en día persiste en el francés, a pesar de
los furibundos ataques a la razón por parte de las
vanguardias modernas surgidas del simbolismo y del superrealismo.
En teatro, por ejemplo, la razón exigía el
respeto a las reglas de tiempo, lugar y acción. Pero,
yendo más allá, los franceses añadieron
dos nuevas reglas: la del decoro (nada en teatro debe ir
contra el buen gusto) y la de verosimilitud (o semejanza
con los verdadero: lo que se nos muestra en escena debe
ser posible en la realidad).
25.2. INTRODUCCIÓN
AL TEATRO CLÁSICO FRANCÉS
Como
ya quedó dicho (cap. IV), en 1548 el Parlamento de
París prohibió la representación de
los Misterios. A pesar de ello, fuera de la capital, el
género siguió en vigor. También se
hacían farsas y moralidades que alcanzaron un auge
impresionante durante el reinado de Francisco 1. Las farsas
se representaban incluso en tiempos de Moliére. Por
otro lado, el abandono de las moralidades y misterios tuvo
por causa no sólo la prohibición del Parlamento
o los ataques de los poetas renacentistas franceses (el
grupo de La Pléiade), sino, más bien, el nuevo
espíritu de la Reforma. Los protestantes no veían
con buenos ojos que la Biblia provocase la risa en el teatro;
los católicos, por el contrario, estaban de acuerdo
con estas representaciones, pues pensaban que con ellas
se mantenía el interés por los textos sagrados.
Otra razón del declinar de este género se
encuentra en el favor concedido por los poetas renacentistas
al teatro antiguo, a pesar de las reservas antes formuladas,
considerado como contrario a la tradición francesa.
Se traducía del griego al latín. Nuevas obras
se representan en los colegios de París, escritas
directamente en latín.
25.3.
ESPACIOS ESCÉNICOS EN EL TEATRO FRANCÉS
Los Cofrades de la Pasión tenían como una
especie de monopolio sobre las representaciones teatrales
en la capital; se debía a un privilegio que mantuvieron
incluso después de serles prohibida la puesta en
escena de los misterios en 1548. En 1599, estos cofrades
cedieron su sala, el Hotel de Borgoña, así
como el privilegio de las representaciones, a la compañía
de Valleran-Lecomte, que será conocida como la Compañía
Real. En ella destacaron Turlipin, Grosguillaume y Gautier-Garguille
en la farsa, y Montfleury, Floridor y la Champmeslé
en la tragedia; esta última fue la intérprete
de Racine por excelencia.
Pronto apareció otra compañía, dirigida
por Mondory, que se estableció en la sala del juego
de la Pelota del barrio aristocrático del Marais.
En ella sobresalió el cómico Jodelet. Esta
Troupe se inclinó por un teatro abundante en maquinaria.
En 1673, a causa de una larga enfermedad de Mondory, se
disolvió la compañía y los actores
se marcharon, unos al Hotel de Borgoña y otros con
Moliére.
Por su lado, la compañía de Moliére,
que había hecho su carrera en provincias, se instaló
en París en 1658, ocupando, dos años más
tarde el Palacio Real, una magnífica sala construida
por Richelieu. Destacaban en ella el propio Moliére,
que solía hacer los papeles principales, y su mujer,
Madeleine Béjart. Al morir Moliére, la compañía
se fusionó con la del Marais. Algunos actores se
marcharon con el elenco del Hotel de Guénegaud.
La Comedia Francesa (Comedie Françaice), institución
que hasta nuestros días es la depositaria de la tradición
teatral de ese país, fue creada en 1680. Se trata
de una fundación real, llevada a cabo por Luis XIV
mediante la fusión de las compañías
del Hotel de Borgoña, y del Hotel de Guénegaud.
A estas compañías hay que añadir las
de los comediantes italianos, muy apreciados en provincias
y en París. Los franceses, aunque no podían
captar enteramente sus diálogos, pues los italianos
empleaban sus dialectos de origen, sí supieron apreciar
una expresiva mímica, sus improvisaciones, los tics
y movimientos de personajes consagrados: Arlequín,
Pierrot, Polichinela, Pantalón... También
los italianos introducirán la ópera en París
como género artístico.
Las salas eran casi todas ellas antiguos locales destinados
al juego de Pelota (Jeux de Paume), todos de forma rectangular.
En París existían doscientas de estas salas.
Así pues, fue fácil dar con los lugares de
representación. Constaban de un patio, en el que
solía insta¬larse de pie el público popular
masculino, ya que las mujeres no frecuentaron el teatro
hasta 1640. A partir de entonces, ocuparán los palcos
y las galerías. Los espectadores son generalmente
ruidosos y turbulentos, particularmente los del patio. Como
en Inglaterra, en el último tercio del siglo se introdujo
la costumbre de ceder parte del escenario al público
noble. Si tenemos en cuenta que el escenario era ya de por
sí escaso, este hábito poco beneficiaba el
desarrollo del espectáculo.
En escena se sigue inicialmente la costumbre francesa del
decorado múltiple; así se representó,
por ejemplo, El Cid de Corneille. Evidentemente, estos decorados
debían ser de proporciones tan reducidas que daban
al traste con las exigencias de verosimilitud de los puristas.
Se pensó, entonces, en la conveniencia del decorado
único, en el que se practicaron diversas entradas
que eran la representación convencional de los distintos
lugares de procedencia, expresados en el diálogo
de los personajes. Esto no evitaba la confusión en
los espectadores, que no sabían muy bien dónde
situar la acción cuando a la escena accedían
personajes por diversas puertas. Ninguna solución
llegaba a ser plenamente convincente, aunque la más
criticada por los partidarios de las reglas, con gran ironía,
era la de los decorados simultáneos, que pretendían
«juntar en unos metros a Roma con París».
La unidad de lugar, pues, era para ellos la única
que podía ser figurada en escena de modo razonable.
Fáciles son de adivinar también las razones
por las que propugnaban la unidad de tiempo.
Apoyados en su propia tradición y en la influencia
de los italianos, los franceses desarrollaron una decoración
fastuosa, servida por maquinarias, frente al teatro realmente
austero que preconizaban los preceptistas. Esta tramoya
fue utilizada por la tragicomedia, y lo será por
la ópera.
Por su parte el vestuario, como en el teatro inglés,
constituye el elemento más colorista y ambientador
de la representación, aunque no se acomodara a la
época histórica del argumento. Por lo general,
solían ser donados a los actores por grandes señores
aficionados al teatro, como un signo de protección
y ayuda al mismo.
Con Richelieu, los actores empezaron a gozar de una verdadera
consideración, no sólo en lo económico,
sino más aún, en cuanto a su reputación
moral puesta en tela de juicio, como anteriormente indicamos,
por distintos grupos moralizantes de signo religioso. Pascal,
jansenista, dejó escrito en sus Pensamientos:
Todas
las grandes diversiones son peligrosas para la vida cristiana;
mas entre todas las que el mundo ha ingeniado, ninguna existe
que haya tanto que temer como la comedia.
25.4.
LA TRAGEDIA FRANCESA
Nace
la tragedia en Francia en el siglo XVI, a partir del culto
neoclásico que acabamos de citar. A la tragedia renacentista
achacará Racine su escasa materia, en la que domina
lo lírico y lo elegiaco. Se trataba de tragedias
imitadas de Séneca, repartidas en cinco jornadas
y versos alejandrinos. Las dos más conocidas fueron
Cleopatra cautiva (1553), de Jodelle, y Las Judías
(1583), de Garnier. A final de siglo se buscan temas más
actuales. Un ejemplo de ello es La Escoce¬sa, de Montchrestien,
sobre la muerte de María Estuardo.
Se da por sentado que Racine representa la cumbre de la
tragedia clásica francesa. Advierte Truchet que,
para llegar a esa cumbre, el género tuvo que desprenderse
progresivamente de las dos tentaciones a que estaba cediendo
con gran facilidad: la tentación poética y
la tentación novelesca. Después de Racine
-final del siglo XVII y todo el XVIII- a la tragedia francesa
le asaltarán otras dos tentaciones que la privan
de su tradicional vigor: la ópera y la filosofía.
Los mencionados excesos poéticos y novelescos consistían
en el abuso de escenas tendentes a lo lacrimógeno
y en la insistencia sobre los infortunios de los héroes,
que exponen sus males en prolongados y patéticos
parlamentos, dejando al coro que se deshaga en lamentaciones
sobre su fortuna. Pero, en los comienzos del siglo XVII,
ese exceso de poesía perdió terreno en favor
de la acción concentrada y de los enfrentamientos
de los personajes. Desaparecerán igualmente los coros
que, para los renacentistas, constituían un componente
clave de la tragedia. Poco a poco se perderá el gusto
por la ordenación en estrofas -en particular las
estancias (agrupaciones de versos, variables en cuanto a
número, que guardan una unidad temática).
Por otro lado, no habría sido normal que, en un siglo
en el que reinaba la afición por lo novelesco, el
teatro hubiese escapado a esta influencia. Advirtamos que,
como principales fuentes de inspiración, se cuenta
con el Orlando furioso de Ariosto, Los amores de Teagenes
y Clariclea de Heliodoro, Jerusalem liberada de Tasso, Las
Metamorfosis de Ovidio, así como las fogosas intrigas
y relatos de los dramaturgos y narradores españoles.
Llegamos así a Pierre Corneille (1606-1684), que
estudió
con los jesuitas de su ciudad natal, Ruán. Estas
circunstancias no dejan de tener su importancia. Ruán
es la gran ciudad normanda por la que entran los españoles,
y con ellos su teatro, admirado tempranamente por el poeta
francés. A través de los jesuitas entró
en contacto con los latinos Séneca, Lucano y Tito
Livio, que influirán decisivamente en su obra. Hay
que señalar que los jesuitas, contrariamente a lo
que ocurre con los demás sectores relacionados con
la Iglesia, estimulan la práctica teatral como eficaz
medio didáctico.
Trasladado a París, Corneille destacó pronto
como comediógrafo, con títulos que aún
hoy siguen representándose en el teatro francés:
Melita, La viuda, La galería del palacio y, sobre
todo, La Plaza Real (1635). Se dedicó después
a la tragedia, aunque volvió en alguna ocasión
a la comedia, como sucede con La ilusión cómica
(1636). Esta obra es, por su estructura, lenguaje, forma
y personajes, la más atrevida de todo este siglo
XVII francés. Su autor la calificaba de extraño
monstruo. En realidad, se trata de una comedia de corte
novelesco, teñida de tonos trágicos, en la
que personajes burgueses alternan con un mago pastoral y
un capitán de la commedia dell'arte. Todo ello procura
una mezcla de planos que van de la realidad a la pura fantasía
-poco imaginable dentro del teatro clásico francés-,
que más bien recuerda obras como Sueño de
una noche de verano, de Shakespeare.
Su dominio del arte dramático hizo que fuera capaz
de crear buenas obras sometiéndose a la disciplina
del clasicismo francés. Con bastantes rupturas con
respecto a su trayectoria creó El Cid (1636), inspirada
en Las mocedades del Cid de Guillén de Castro. El
estreno de El Cid levantó en París una de
las mayores polémicas habidas en toda la historia
del teatro.
El
héroe de Corneille es un apuesto joven y valeroso
guerrero, enamorado de la hija del Conde Gormaz, Jimena.
Se produce un gran cambio en la situación de los
personajes, cuando el anciano don Diego, padre de Rodrigo,
es abofeteado por el impulsivo Gormaz. Dada la avanzada
edad de don Diego, su hijo ha de vengar la afrenta, y batirse
en duelo con el padre de su prometida, al que da muerte.
Jimena debe librar en su interior una cruel batalla entre
el amor y la venganza. Implora limpiar su honra ante el
rey Fernando, pero Rodrigo, desesperado, ha marchado a la
guerra contra los moros, conquistando Valencia y Sevilla.
Ante tales proezas, el rey busca una salida para el perdón
del Cid, proponiendo luchar contra Sancho, otro pretendiente
de Jimena. El vencedor se casará con ella. Rodrigo
vence y consigue el perdón de todos y el amor de
Jimena.
El
estreno fue un éxito rotundo. Hubo que reponerla
una y más veces, pues se convirtió en la obra
más aplaudida de París. Sin embargo, los críticos
partidarios de las reglas criticaron la obra. Scudéry
atacó despiadadamente a Corneille en sus Observaciones
sobre El Cid. Por su lado, la Academia, que tenía
que demostrar que era una institución que servía
para algo, dictó su condena en Opiniones de la Academia
sobre El Cid (1638). En realidad le achacaron falta de verosimilitud,
mezcla de planos y de tonos e inobservancia de las reglas.
Sobre esto último decían que era ridículo
que en el breve espacio de la representación el espectador
asistiera a tantos lances: que el Cid se marchara a la guerra,
conquistara ciudades y regresara triunfante. El propio Richelieu
tuvo que mediar en este virulento debate. Estos incidentes
demuestran las tensiones y los sinsabores con que se gestó
el drama clásico francés. En cuanto a Corneille,
abandonó el teatro durante más de tres años,
pero volvió a él con sus tragedias romanas:
Horacio (1640), Cinna (1642), La muerte de Pompeyo (1643),
etc. Estos títulos no alejan a Corneille de la problemática
de su época. A través de las historias romanas,
el autor opina sobre la historia francesa. Un ejemplo: hace
representar Cinna a raíz de la muerte del conspirador
Cinq-Mars, en septiembre de 1642; partiendo del tratado
De Clementia de Séneca, el relato de Cinna cuenta
el perdón que el emperador concede a este conspirador
romano. ¿Ofrecía El Cid, por otra parte, una
invitación al entendimiento y colaboración
entre la nobleza frondista y la monarquía? Parece
que los héroes de Corneille, frecuentemente mezclados
en asuntos de estado, nobles por ascendencia y rango han
de serlo también en temple moral, en todo su ser,
en sus pasiones y aspiraciones a la gloria.
Por su lado, Jean Racine (1639-1699) mostrará que
la observancia más estricta de la doctrina clásica
no es obstáculo para crear obras maestras. Ello lo
obligó a centrar la historia -desarrollo, procedencia
y desenlace- en el momento más trágico para
los personajes. Se podrá objetar que ese momento
es resultado de una trayectoria anterior; así es,
y Racine nunca lo olvidó. Por ello se sirve de la
presentación para hablarnos resumidamente de la genealogía
de sus protagonistas y del pasado que les ha conducido al
presente de la acción, intercalando a lo largo de
la obra, de modo oportuno y eficaz, aquellas otras informaciones
necesarias para la comprensión de la misma.
Contrariamente a Corneille, Racine no relega a un segundo
plano pasiones como el amor, los celos o la venganza. Sus
personajes avanzan, en debate agónico, hacia la destrucción;
a solas consigo mismos, como aislados del mundo en el que,
sin embargo, están inmersos, lo que supone una nueva
diferencia con Corneille.
Además de observar las reglas y el debate pasional,
Racine trabaja escrupulosamente la poesía del drama,
llevando a su perfección el alejandrino francés.
Para él la palabra es el vehículo del drama.
De ahí que deba ser cuidada al máximo tanto
en sus funciones comunicativas como en las poéticas
(belleza expresiva, musicalidad, magia evocadora, materia
sonora...). Todo lo que distraiga de la palabra es innecesario.
Fuera de la palabra todo es secundario. Por eso se justifican
las dos grandes dificultades que nos presenta ese teatro;
la traducción a otros idiomas, algo poco menos que
imposible, y la interpretación, difícil, si
no se es un gran actor en el manejo de dicha palabra.
Contrariamente a lo que podría pensarse, Racine alcanza
este nivel expresivo por vía de la austeridad y de
la aparente sencillez. Su teatro no tiene exigencias técnicas
y su lengua tampoco es de una gran riqueza léxica.
Racine emplea en toda su obra poco más de dos mil
términos, escaso número comparado con los
veinticuatro mil de Shakespeare. Y tampoco su obra fue demasiado
abundante: doce títulos, de los que es preciso destacar
Andrómaca (1666), Británico (1669), Berenice
(1670) y Fedra (1677)
Fedra es un banco de pruebas común para calibrar
a las grandes actrices francesas. Racine toma la historia
de Eurípides y Séneca. Centra la acción
en la pasión de Fedra, mujer de Teseo, por su hijastro
Hipólito. Fedra lo arrastra a la perdición,
siendo ella también su propia víctima. Entre
otras muchas interpretaciones, se ha visto en este personaje
a la víctima jansenista, que lleva en sí la
raíz del mal, la culpa original, predestinada a la
condenación y privada de la gracia que redime. Ante
la violencia de la pasión, Fedra se siente impotente
y acaba odiando la vida y detestándose a sí
misma.
25.5.
LA COMEDIA FRANCESA
Hemos
hablado antes de los géneros más en boga durante
el siglo XVI, la farsa y la comedia antigua, así
como de la influencia del teatro español e italiano.
Las nueve comedias de Larivey están tomadas del repertorio
italiano, copiadas casi literalmente. La obra más
conocida del citado Larivey, Los espíritus, que influirá
en El avaro y La escuela de los maridos de Moliére,
está íntegramente tomada de una obra de Lorenzo
de Médicis. Se adapta también a los autores
españoles. Rotrou, Scarron, los hermanos Corneille
y el propio Moliére acusan estas influencias. El
compilador Horn-Monval da una lista de más de cincuenta
comedias francesas, copiadas de las españolas, entre
1625 y 1680; citemos, entre ellas, como casos más
conocidos, El mentiroso de Corneille, a partir de La verdad
sospechosa de Alarcón, y el Don Juan de Moliére,
adaptación de El Buriador de Sevilla de Tirso.
Al margen de estas influencias, la comedia francesa, siguiendo
en la línea de las farsas, prosigue una conducta
crítica, en ocasiones realista-costumbrista. En La
galería de palacio, Corneille pinta un lugar bien
conocido de París, que da título a la pieza,
con sus puestos de mercaderes, tiendas, y su ir y venir
de compradores y ociosos. Moliére se centrará
en la crítica a los defectos de su época.
Jean-Baptiste Poquelin, Moliére (1622-1673), fue
un gran conocedor del teatro en todas sus facetas: como
dramaturgo, empresario, actor, ordenador o director, etc.
Sabe los secretos de cualquier público, desde el
campesino de Provenza hasta el cortesano de Versalles. Antes
de entrar en la capital había recorrido todo el sur
de Francia con su compañía de comediantes.
Sin duda todo ello le hizo dar con un humor universal y
hasta intemporal, si tenemos en cuenta el éxito de
sus obras en nuestro siglo, en el que quizá sea estadísticamente
el dramaturgo más representado.
La principal característica de su dramaturgia es
la maestría en manejar la caricatura y en saber actualizar
todos los recursos de la comedia antigua y de los modelos
más recientes. Los directores actuales de Moliére
leen sus textos detenidamente con el fin de descubrir en
ellos los modos escénicos de su representación.
Moliére, que era mucho más que un simple autor
de comedias, sentía horror por la fijación
impresa de sus textos, ya que en ellos no era fácil
dilucidar el cometido del poeta, o del director y del actor
que los interpretaba. J. Schérer escribe: «Quienes
lo vieron, cuentan que corría, hacía reverencias,
golpeaba, era golpeado, resoplaba. Echaba espuma, hacía
muecas, se contorsionaba, movía con furia todos los
burlescos resortes de su cuerpo, hacía temblar sus
párpados y sus ojos redondos...» Su propia
escritura descubre los elementos cómicos y los tics
de la antigua farsa: disfraces, bofetadas, bastonazos, persecuciones,
repeticiones, letanías, entradas inoportunas, amenazas
no advertidas por el personaje al que se dirigen, etc.
Otro elemento importante es la propia lengua de los personajes.
Para Moliére, la palabra, en la comedia, está
hecha para explicar y hacer reír por sus contenidos
y mensajes; pero también debe ser usada, en sus aspectos
formales, para caricaturizar, tipificar a los personajes
y, por supuesto, divertir. De ahí la abundancia en
su obra de lenguajes y jergas dialectales alternando con
el francés más correcto o con el latín
macarrónico. También construye artificialmente
lenguajes hipercultos para burlarse de forma despiadada
de las preciosas de su época (véase Las preciosas
ridículas).
El propio dramaturgo confiesa que su risa procede de la
razón y de la naturaleza, lo cual a algunos puede
parecer hoy en día una tesis progresista, y a otros
una tesis reaccionaria. A veces, cuando su público
andaba dividido en posturas encontradas -sobre todo en el
periodo de 1660 a 1670-, Moliére parecía querer
contentar a todos adoptando una postura intermedia. Así,
mientras en La escuela de las mujeres advertía que
los padres no deben dejar a sus hijos en la ignorancia,
en Las mujeres sabias prevenía que una instrucción
excesiva podría apartar a la mujer de su verdadero
papel social y familiar.
Los sectores criticados por las comedias de Moliére
mostraron su descontento, tal y como era de esperar. Con
motivo del estreno del Tartufo, aquel descontento subió
de grado, por lo que tuvo que remodelar la obra, obligado
por las circunstancias. La primera versión, hoy perdida,
de 1664, era una farsa en la que Tartufo aparecía
con atuendos semieclesiásticos. Pero los Cofrades
del Santo Sacramento, sociedad secreta que se había
propuesto la reforma de las costumbres, se sintieron aludidos
y consiguieron que el rey retirara la obra. En 1667, Luis
XIV autorizó una segunda versión dulcificada
que, en ausencia del monarca, fue de nuevo prohibida por
la policía de París. Estas censuras excitaron
el ingenio de Moliére para ofrecernos la obra maestra
que hoy conocemos, de sutil y más general crítica,
estrenada el 5 de febrero de 1669.
El hipócrita Tartufo, introducido en casa del señor
Orgón por la anciana madre de éste, mantendrá
a uno y a otra en el engaño de su falsa santidad.
Los demás personajes advierten pronto su hipocresía:
Damis y Mariana, hijos de Orgón, su cuñado
Cleante, su segunda y atractiva mujer, Elmira, y hasta la
criada Dorina. Mariana ama a Valerio y éste la corresponde,
pero su padre desea casarla con Tartufo. Damis, irritado,
quiere intervenir, pero acepta que sea su madrastra Elmira
la que intente desenmascararlo. En efecto, convence a Tartufo
para que renuncie a Mariana, pero seduce a la propia Elmira.
Damis, que lo oye todo, avisa a su padre. Tartufo interpreta
ante Orgón la comedia del humillado calumniado. Orgón
expulsa de su casa a su hijo, lo deshereda y deja sus bienes
a Tartufo. Así las cosas, Elmira debe echar mano
a un viejo truco de la farsa y de la commedia dell'arte,
que es ocultar a su marido bajo la mesa para que oiga los
galanteos de Tartufo con su propia mujer. Naturalmente,
Orgón sale indignado de su escondite. Pero Tartufo
pasa de su descubierta máscara de hipócrita
a las amenazas. Lleva a un alguacil a la casa para expulsar
a Orgón y a su familia por haber dado cobijo a un
proscrito. Finalmente, Moliére utiliza la carta del
deus ex machina de los poetas antiguos que solucionaban
lo que parecía irreme¬diable. El dios es aquí
el rey -como en los dramas españoles que, conocedor
de la ayuda que Orgón le prestó en la lucha
contra los frondistas y, por otro lado, de la calaña
de Tartufo, manda apresar a éste y anula sus órdenes.
Naturalmente, todo acaba bien, como era de esperar, elogiándose
al rey al tiempo que se anuncia la boda entre Valerio y
Mariana.
25.6.
LA TRAGICOMEDIA Y LA PASTORAL
En el siglo XVI la afición por lo novelesco condujo,
de modo natural, a la tragicomedia. La tragicomedia fue
intensamente cultivada en Francia hasta mitad del siglo
XVII para declinar a partir de entonces. Como era de esperar,
fue atacada por los puristas por las razones ya conocidas:
mezcla de tonos e inobservancia de las reglas. Ante estas
propuestas, algunos dramaturgos quisieron demostrar que
también eran capaces de escribir una buena tragicomedia
guardando los conocidos preceptos. Fue el caso, entre otros,
de la Clitandra de Corneille. Por lo demás, todos
admitían que una tragicomedia debía contar
con estas bases:
- el argumento no debía ser histórico;
- siempre debía acabar con final feliz;
- debía tener un desarrollo complicado: disfraces,
imprevistos, engaños...
Otro
género apreciado a finales del XVI fue la pastoral.
Los franceses contaban con un precedente de calidad en el
Juego de Robín y Marión, de Adam de la Halle
(citado en el capítulo IV). No obstante, con el Renacimiento,
los autores franceses pudieron igualmente documentarse en
los italianos (Tasso, Guarini) o en La Diana enamorada del
español Montemayor. En las pastorales asistimos a
apariciones de magos y sátiros, en una intriga poblada
de peripecias.
(Del
Arte poética de Boileau.)
Que en todos los discursos, la pasión conmovida apunte
al corazón, lo inflame y lo remueva. Si de un hermoso
impulso, el furor agradable con frecuencia no invade de
un terror deleitoso nuestra alma, o no excita apacible piedad,
en vano presentáis escenas de talento... El primer
secreto sea éste: deleitar, conmover. Inventad los
resortes que a la obra nos aten.
Que el lugar de la escena sea fijo y bien marcado. Inmune
un rimador, de allende los Pirineos, encierra varios años
en sólo una jornada. Allí a menudo el héroe
de un vulgar espectáculo, niño en el primer
acto es ya viejo en el último. Nosotros, que a sus
reglas la razón nos obliga, queremos que con arte
la acción sea conducida; que en un lugar y un día
un solo acontecer hasta el final mantenga ocupado el teatro.
Nunca al espectador ofrezcáis lo increíble.
La verdad puede a veces no ser lo verosímil.
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CAPÍTULO X
El teatro en el siglo XVIII
I. PANORAMA GENERAL
DE LA ESCENA EUROPEA EN EL SIGLO XVIII
El siglo XVIII
encuentra su género escénico peculiar en el drama,
que ocupa un espacio entre la tragedia y la comedia tradicionales.
El desarrollo de la puesta en escena aporta aspectos realistas
al teatro, al tiempo que las inquietudes contemporáneas
se expresan mediante técnicas que tienden a una mayor
naturalidad en la interpretación y en la presentación
escénicas. Esa tendencia al realismo exige solidez en
los textos, y halla su mejor acomodo en la utilización
de la bocaescena, que estrecha el contacto entre el espectador
y los actores.
A lo largo del siglo XVIII nos encontramos ante la pretensión
de hacer evolucionar el espectáculo cortesano y aristocrático
hacia otros modos, de tonos más populares, que reflejen
en escena los problemas de las masas, con el fin de conseguir
que el gran público frecuente las salas de teatro. Es
en ese momento cuando el organizador de espectáculos
pasa a ser un auténtico director de escena, aunque éste
otorgara el máximo protagonismo al actor. Ese nuevo director
artístico pudo montar de manera totalmente original los
materiales escénicos, integrándolos en un orden
teatral nuevo. En definitiva, se ofreció una interpretación
distinta del hombre, del mundo y de la historia. El actor, mientras
tanto, cultivó su personalidad, erigiéndose poco
a poco en protagonista del hecho escénico llegándosele
incluso a sacralizar.
El teatro cruzaba el siglo bajo la influencia del espectacular
desarrollo que había experimentado en el anterior. No
pocas confesiones del momento documentan el espíritu
decadente del mismo. Ya no había ingenios -se decía
en España-, y fuera de nuestro país, Shakespeare
y Moliére no habían encontrado continuadores de
su talla. Sin embargo, desde Francia e Italia se dejaban oír
voces que se rebelaban contra esa decadencia.
1. LA ESCENA EN FRANCIA
En Francia, en donde las corrientes italianas habían
llegado a una plena adaptación, nos encontramos con una
sistematización estética del teatro, a partir
del enfoque que a la práctica escénica había
dado François Riccoboni. Su L'art du théatre ayudó
no poco a estimar la categoría artística del hecho
escénico. Su descendiente, Louis Riccoboni, llegó
a sistematizar la Commedia dell'Arte italiana, dividiéndola
en tres jornadas y estructurando el canovaccio para que suceda
en un día, al tiempo que da un tratamiento moralista
y pudoroso a la fábula. Similares matices impone a la
tragedia, que incluso debe «abastecer a la corrección
de las costumbres», según nos dice en su obra De
la réformation du théátre.
Las ideas básicas de Aristóteles son recuperadas
en los planteamientos de Diderot, como sucede en el espíritu
de la totalidad de los preceptistas franceses. En su Paradoxe
sur le comédien (1773) toma como punto de partida de
sus teorías el propio arte del actor, pues para él,
la declamación no es una disciplina subsidiaria. Diderot
manifiesta una superior consideración del actor: «Nada
pasa en escena exactamente como en la naturaleza.» La
paradoja del comediante consiste en representar todos los papeles
sin dejarse llevar psicológicamente por ninguno, pues
ello sería desastroso para su propio equilibrio psíquico.
Entre los dramaturgos de este siglo hemos de señalar
al propio Diderot, particularmente por su drama Le fils naturel
(El hijo natural), así como a Marivaux, Beaumarchais
y Voltaire.
MARIVAUX (1688-1763) no podrá, en un principio, escapar
al clasicismo francés. Un título como La escuela
de las madres nos está recordando elocuentemente a Moliére.
Pero pronto abandonará la farsa francesa para adoptar
más bien las técnicas de la Commedia dell'Arte,
y sus obras se acomodarán a los repartos del teatro italiano.
De hecho, fue la Comédie italienne la que estrenó
la mayor parte de sus obras en París: Arlequín
pulido por el amor (1720), El juego del amor y del azar (1730),
Las falsas confidencias r (1730)... La relación con lo
italiano lo enriquece con sus cuadros fantásticos, al
modo de las comedias mágicas de Shakespeare en las que
una o dos parejas de enamorados y de criados, un padre bonachón
y una madre tirana muestran sus refinados comportamientos en
un marco de ensueño, a través de un lenguaje y
unas poses elegantes, aunque sin caer en la pedantería
de las preciosas ridiculizadas en el siglo XVII. Todo esto constituye
la noción de marivaudaje adoptada por el diccionario
francés, que influirá en Musset y, más
adelante y con toda probabilidad, también en Giraudoux.
BEAUMARCHAIS (1732-1799) nos acerca a la sensibilidad del último
tercio del siglo XVIII. Si, en un principio, se rebeló
contra los clásicos, hay que decir que el saber de sus
predecesores franceses y de la comedia italiana están
presentes, actualizados ideológica y formalmente, en
sus dos mejores obras, El barbero de Sevilla (1775) y Las bodas
de Fígaro (1778). Se ha llegado a decir que estos títulos
prefiguran la Revolución Francesa; que el monólogo
de Fígaro en el acto V del segundo de estos dramas anuncia
el asalto a los privilegios de la nobleza; o que la victoria
de la pareja de criados anticipa la próxima victoria
del pueblo -el tercer Estado.
Beaumarchais, que después de estas obras vuelve a la
comedia lacrimógena que defendiera en sus inicios, puede
igualmente ser considerado como un predecesor del melodrama,
del que nos ocuparemos en el próximo capítulo.
Por
su lado, VOLTAIRE (1694-1778) -que en algún momento llega
a tratar a Shakespeare de bárbaro, a Corneille de poco
atrevido, y a Racine de casi perfecto, dentro del respeto a
las reglas - dotó a la tragedia de nuevos horizontes,
temas y personajes; enriqueció considerablemente la puesta
en escena y la escenografía; ideó cuadros pomposos,
momentos de terror y de sospecha, apariciones fantásticas,
reconocimientos, quid pro quo... elementos y recursos que desviaron
la composición trágica hacia el drama romántico
francés. Sus títulos son de por sí harto
elocuentes a este respecto: Zaira, El huérfano de China,
Adelaida de Guesclín, Semíramis... La fama de
que gozó en su tiempo y en el siglo XIX, ha dejado paso
-tras el cambio de gustos y de estéticas a finales del
XIX- a un total y comprensible olvido en el s.f. Ocasionalmente,
al teatro moderno le han interesado, más que sus obras
teatrales, sus relatos, alguna vez adaptados a la escena (Cándido
entre ellos).
2.
LA SITUACIÓN EN ITALIA
En Italia, el género melodramático gana esplendor
al consolidarse como ópera. Milizia, entre otros, reclama
el auxilio de los géneros dramáticos propiamente
dichos. Recaba nuevos planteamientos desde la práctica
escénica, con los que avanza una teorética reformista,
inmediata a las valoraciones estético-éticas de
las preceptivas clasicistas francesas, con las que se identifica
al definir el objeto del teatro:
Esos efectos, placenteros y útiles, siempre unidos,
amalgamados entre sí, forman el objeto del teatro.
Objeto máximo, que consiste en la moral dispuesta
agradablemente en acciones para incitar y animar a los espectadores
a la virtud.
En los aspectos técnicos, el criterio de fidelidad a
la razón impulsa la escenografía por las vías
que había desarrollado Bibbiena y que enmarcan el escenario
en auténticos cuadros pictóricos, en los que la
ilusión de las líneas de fuga crea toda clase
de juegos de tramoya. La matemática óptica es
la solución científica que resuelve los problemas
de la perspectiva angular.
PIETRO TRAPASSI (1698-1782), llamado METASTASIO, es uno de los
más significativos autores de melodramas de la Italia
dieciochesca, sobre todo en la vertiente ilustrada o erudita.
Metastasio nos deja obras de notable aparato escénico,
grandilocuentes y rimbombantes, pero escasas en contenido. Dido
abandonada, Semíramis, La clemencia de Tito son quizá
los títulos más famosos.
Pero la figura italiana por excelencia, dentro del siglo XVIII,
es CARLO GOLDONI (1707-1793), tanto en su vertiente práctica
como teórica. Buen creador de caracteres, sus máximos
logros los consigue con la conjunción de diferentes tipos
de personajes; es un perfecto pintor de ambientes, nunca exentos
de una fina sátira, dentro del espíritu moralizante
del siglo. En ello, el dramatugo veneciano sigue las máximas
del clasicismo griego: «La comedia se inventó para
corregir vicios y poner en ridículo las malas costumbres;
y cuando la comedia de los antiguos se hacía de esta
manera, todo el pueblo decidía.» Goldoni fue un
autor prolífico, con textos que han pasado a los repertorios
de los más importantes teatros. La posadera (1753) es
quizá su obra maestra, aunque tampoco hay que olvidar
El café, Los chismes del pueblo, La plazuela, El avaro,
Los rústicos y El abanico. Una parte considerable de
su producción la componen obras inspiradas en la Commedia
dell'Arte, en las que felizmente condensa, de forma literaria,
toda una tradición que apenas había dejado textos.
Para algunos, esta fzjación textual puede significar
una traición al espíritu de dicho género,
a su improvisación y espontaneidad. No obstante, hemos
de decir en su descargo que Goldoni nos ofrece unos ejemplos
de calidad que suponen un nuevo aliciente estético para
cuantos practican este género. Aún hoy en día
se programan con absoluta normalidad obras como Arlequín
servidor de dos amos. En sus últimos años de vida,
transcurridos en París, Goldoni asimilará el estilo
y las modas de los franceses, que, por lo demás, influirán
en los ingenios más importantes de todos los países.
En esa línea de recuperación de las tradiciones,
cabe situar a CARLO GOZZI (1720-1806), también veneciano,
cuya obra El rey ciervo es modélica del estilo dieciochesco
italiano. Este autor se inspira con frecuencia en fábulas
clásicas, que transforma en delicados juegos escénicos.
Es el caso de El amor de las tres naranjas, Turandot o El pajarito
Belverde.
En cuanto a la tragedia neoclásica italiana, el ejemplo
más notorio es VITTORIO ALFIERI (1749-1803), apasionado
y revolucionario autor que vio en dicho género la materia
idónea para sus inquietudes. Cleopatra, Antígona,
Agamenón, Orestes, Virginia, María Estuardo, Saúl...
son algunos de sus títulos más importantes. En
la comedia tuvo peor suerte. Quizá lo que posea más
vigencia, de entre toda su producción, sea la obra autobiográfica
Vida, en donde, además de dar fe de su turbulenta existencia,
expone una serie de ideas que explican con claridad el ambiente
de una Europa en crisis política.
3. EL TEATRO INGLÉS
El puritanismo inglés, que duró hasta 1660, supuso
un corte definitivo entre el gran teatro isabelino y los nuevos
aires neoclásicos procedentes de Francia. Los intelectuales
aprovecharon el momento para elevar el tono de sus obras teatrales,
y el pueblo descendió notablemente en su asistencia.
Ese refinamiento abundó en el desarrollo de la escenografía
y de las obras musicales, y facilitó la llegada de poetas
de gran formación intelectual, como John Milton (16081674),
autor de tragedias como Sansón agonista (1671).
El local teatral en Londres había evolucionado desde
los tiempos de Shakespeare. La sala estaba ya totalmente cubierta,
procediéndose a la iluminación del escenario por
velas o candelas; de ahí el nombre primitivo de candilejas,
o lugar en donde se encuentran las candelas. Los telones separan
siempre, en adelante, el espacio de los actores y el de los
espectadores, apareciendo los decorados pintados, a imitación
de los italianos. También las mujeres podrán ahora
actuar con normalidad. Autores interesantes de este periodo
de Restauración son John Dryden (1631-1700), Thomas Otway
(1652-1685), William Congreve (1670-1721) y George Etherege
(1635?-1685). De mayor importancia es John Gay (1685-1732),
que alcanzó notoriedad con La ópera del bandido,
que influirá en autores posteriores como el propio Brecht.
En el siglo XVIII los escenarios ingleses se ven agraciados
con el trabajo de un actor excepcional que marcó toda
una época: David Garrick (1717-1779). Además de
revisar y poner de moda la obra dramática de Shakespeare,
hizo evolucionar la forma de interpretación, sobre todo
en el campo de la mímica y del movimiento escénico.
4. LAS TEORÍAS ALEMANAS
En Alemania hemos de destacar la labor de LESSING (17291781).
Su actividad teórica y práctica en Hamburgo constituye
una de las aportaciones fundamentales del siglo. Minna van Barnhelm
es quizá el primer drama de reivindicaciones femeninas,
pese a que en la elaboración haya una relación
con los clásicos. Sus críticas, reunidas posteriormente
en la llamada Dramaturgia de Hamburgo (17671769) son las más
lúcidas páginas preceptivas del momento. Para
Lessing, la gran fuerza psicológica en la expresión
creadora era la pasión. A través de esa vía,
procura adecuar el arte a la naturaleza, pero no desde una posición
o sentido determinista. Nunca aceptó el arte como hecho
fijo, sino como algo en constante movimiento y evolución.
Prefirió a Shakespeare frente a Voltaire, aunque éste
se encontrase en plena actualidad. Por ello llega a apartarse
del aristotelismo a ultranza, y abre caminos para que nuevas
teoréticas aparezcan por el camino de la irracionalidad.
Lessing se preocupó igualmente por la interpretación,
recogiendo algunas ideas de Diderot sobre el sentido realista
que debía poseer la moderna actuación escénica.
Otra obra preceptivista es el Laocoonte (1766), en donde el
debate en torno a lo clásico queda fijado en su desdén
por el clasicismo obsoleto. Lessing será el gran propulsor
del teatro alemán, al que por sus tendencias prerrománticas
dedicaremos un merecido epígrafe en el próximo
capítulo.
II. EL NEOCLASICISMO TEATRAL ESPAÑOL
Los nuevos dramaturgos españoles del siglo XVIII tienden
su mirada al exterior, procurando recibir de fuera las innovaciones
de una etapa general de decadencia. Importan formas y contenidos,
sobre todo del teatro italiano y del clasicismo y neoclasicismo
franceses. Refundidores como Cañizares, y teóricos
como Luzán, traducen textos de la importancia de Ifigenia
de Racine, o de La clemencia de Tito de Metastasio. Pronto se
radicalizaron dos posturas en torno al teatro del siglo anterior;
una, de evolución, siguiendo pautas francesas de gran
influencia política en la corte de los Borbones; otra,
de rígido mantenimiento de los modos clásicos
de antaño.
Bajo la primera tendencia, IGNACIO DE Losan (1702-1754) procura,
con su Poética (1737), dejar sentadas las normas de preceptiva
literaria con las que revitalizar las estéticas de las
letras españolas, sin olvidar el teatro, al que dedica
la Parte Tercera del Tratado. Al concepto de mimesis da un carácter
si cabe más pedagógico que sus antecesores, añadiendo
tonos moralizadores cuando abarca significaciones relativas
a la fábula trágica y cómica; la primera
«ha de ser imitación de un hecho de modo apto para
conseguir el temor y la compasión y otras pasiones»;
la cómica «ha de ser imitación o ficción
de un hecho en modo apto para inspirar el amor de alguna virtud,
o el desprecio y aborrecimiento de algún vicio o defecto».
No obstante, esta preceptiva no debió tener demasiada
repercusión en el medio escénico español,
pues su segunda edición, ya póstuma, no apareció
hasta 1789.
Tampoco NICOLÁS FERNÁNDEZ DE MORATÍN (1737-1780)
había conseguido otra cosa que simples tanteos de imitación
francesa con su comedia La petrimetra (1762), que jamás
subió a las tablas. En sus Desengaños al teatro
español censura los defectos de la escena del Siglo de
Oro, en especial de los Autos Sacramentales, inaceptables para
la sensibilidad neoclásica.
En el bando opuesto, como defensores a ultranza de la antigua
comedia y enemigos de las innovaciones francesas, destaca VICENTE
GARCÍA DE LA HUERTA (1734-1787). Su tragedia Raquel,
inspirada en la obra de Lope de Vega Las paces de los reyes
y judía de Toledo, fue un rotundo éxito. Aunque
viola la unidad de tiempo, procura mantenerse no demasiado lejos
de los gustos intelectuales de la época, pese a su postura
contraria. Otro caso de curiosa evolución, esta vez desde
tímidas pero firmes posiciones neoclásicas hacia
un tradicionalismo contumaz, fue la del sainetista por antonomasia
RAMÓN DE LA CRUZ (1731-1794). Este autor pudo reconvertir
el género del entremés en piezas de mayor extensión
y envergadura, los sainetes, de los cuales estrenó con
enorme éxito cerca de cuatrocientos. En ellos no faltaron
críticas al Neoclasicismo, como las que aparecen en EI
Manolo y en El Muñuelo.
1. ILUSTRACIÓN Y REFORMA
DEL TEATRO ESPAÑOL
En
este tiempo, la política intervino por primera vez en
España en la orientación teatral del país.
El refinamiento francés, que coincidía plenamente
con los gustos de la Casa Real, fue ganando adeptos entre los
partidarios de las normas neoclásicas. Era éste
un hábito mantenido por todas las Cortes europeas que
se preciaran de elegantes. El conde de Aranda favoreció
la Ilustración, y el intelectual Jovellanos hizo un planteamiento
teórico de reordenación del mundo de la escena
en su Memoria sobre espectáculos (1790). Ante el incremento
de representaciones sin un contenido que supusiera enseñanza
moral o adoctrinamiento cultural, Leandro Fernández de
Moratín, recogiendo el testimonio paterno de la influencia
francesa, encabezó el movimiento llamado de reforma de
los Teatros de Madrid. Esta idea fue propuesta al Consejo de
Castilla por Santos Díez González, profesor de
Poética y censor oficial, que la había preparado
y elaborado de 1787 a 1797. Posteriormente fue estudiada por
Moratín, que, siendo ministro Urquijo, sería nombrado
en 1799 director de la junta que coordinaría dicho proyecto.
No obstante, dimitió pronto de su cargo, al no querer
compartir -según Andioc- su responsabilidad con el gobernador
del Consejo. El cometido principal de unos y otros era recomendar
una serie de obras y prohibir otras, bajo la estricta orientación
de fomentar exclusivamente ideas que amparasen la verdad y la
virtud. Y en ese medio se movió Moratín, para
el que, tras su dimisión, se creó el cargo de
«corrector de comedias antiguas». Aunque no parece
que corrigiera ninguna, sí apuntó la prohibición
de unas seiscientas, de las cuales sólo cincuenta eran
del Siglo de Oro -entre otras, La vida es sueño, El principe
constante y La prudencia en la mujer; la mayoría correspondían
a contemporáneos que insistían en la fórmula
del siglo anterior.
La Reforma fracasó debido al boicot que le hicieron los
actores y, sobre todo, por el desdén del propio público,
que había sufrido en tres años dos considerables
subidas en los precios. Influyó también la supresión
de algunas comedias con cierto marchamo patriótico. La
junta endosó unas pérdidas tan significativas
que en agosto de 1801 se volvieron a programar comedias de magia
-a las que volveremos en el punto siguiente- para conseguir
algunos ingresos. La Reforma dejó de cumplirse durante
una temporada.
Además de los dichos, es preciso señalar que los
objetivos de la Reforma tenían tintes claramente progresistas.
El estado de la comedia española era francamente deplorable,
y de ello dio cuenta expresa Moratín en La comedia nueva
o El café estrenada en 1792, contundente ataque a los
epígonos del postbarroquismo. Entre las interesantes
propuestas que hacía la Reforma estaba la obligación
de hacer lógicos repartos de papeles, fundados más
en las aptitudes de los intérpretes que en los puestos
que ocupaban en las compañías. La dignificación
del poeta era otra de las aportaciones, así como la de
catalogar al «director» como inmediato jefe de actores
y otros oficiales del teatro, evolución jerárquica
del viejo oficio de «autor». El control de los locales
había pasado del Ayuntamiento a la jurisdicción
real, aunque el gobierno pronto devolvió dicho control
al Congreso. El 17 de diciembre de 1806, una Real Orden dejó
a cargo del Ayuntamiento la «dirección, gobierno
y manejo total» de los teatros.
2.
LA PROHIBICIÓN DE LOS AUTOS SACRAMENTALES
Hay
que anteponer el debate sobre el Auto Sacramental, que se mantuvo
a lo largo de esos años, a la decadencia de las creaciones
escénicas en el siglo XVIII y no a la del teatro propiamente
dicho, ya que los locales seguían llenándose pese
a la baja calidad de las obras exhibidas.
Los Autos sacramentales habían languidecido durante el
siglo XVIII. La necesidad de repetir antiguas creaciones fue
poniendo el acento de la originalidad en el espectáculo.
Habida cuenta que las obras de los corrales fueron derivando
hacia el género más populachero, la comedia de
magia, con su considerable tramoya, se empezó a identificar
peligrosamente al Auto con la comedia. Si los Autos eran mezclas
de asuntos religiosos y profanos -los cuales inundaban intermedios,
principios y finales de las funciones-, también las enseñanzas
que ofrecían aparecían mezcladas, cosa que se
oponía cada vez con mayor intensidad a lo que postulaba
la Iglesia. Por otro lado, las recaudaciones de los Autos tampoco
presentaban aspectos tan saludables como en tiempos pasados.
Durante los últimos años de autorización
había compañías que no conseguían
ni la mitad de los ingresos previstos. Las clases populares
parecieron apartarse de un género que no lograba la implicación
espiritual de antaño. En los corrales, el Auto se encontraba
con alternativas tramoyísticas superiores a las citadas
en las comedias de magia. Este enfriamiento del pueblo por los
Autos no importaba demasiado a la Iglesia, recelosa de los excesos
del teatro, de sus vestuarios inadecuados, de la correlación
entre las reconocidas vidas privadas de los cómicos y
los papeles sagrados que representaban, argumentos salpicados
por mil y una banalidades. De ahí que una Real Cédula
de 1765 pusiera punto final a la polémica mantenida durante
décadas, polémica que iba más allá
de una aparente disputa entre neoclásicos y tradicionales.
También las comedias de santos seguirán los pasos
del Auto sacramental, pues se prohibieron en 1788.
3. VIDA TEATRAL ESPAÑOLA
EN EL SIGLO XVIII
Con
respecto al siglo anterior, el teatro, durante el siglo XVIII,
subió más si cabe en su aceptación y participación
popular, llegándose a ciertos extremos, como por ejemplo
a exageradas rivalidades entre las compañías y
sus partidarios. T os locales daban saludables beneficios, y
aunque los ingenios no abundaran, se reponían comedias
pasadas. Al mismo tiempo, no fueron pocas las obras de creación
absoluta que se apoyaban en un enorme ejercicio de tramoya para
su desarrollo. Fueron las llamadas comedias de teatro, frente
a las comedias sencillas o diarias, que eran las habituales.
Las primeras, más caras en razón de sus costos
más elevados, fueron imponiéndose en el gusto
popular. Este aumento se puede comprobar documentalmente. En
la temporada 1795-96, cinco comedias de magia, en 65 representaciones,
dieron ingresos similares a 32 comedias del Siglo de Oro que
necesitaron 127 funciones. Salvo algún título
atractivo para el gran público, a finales de siglo los
poetas áureos no tenían demasiados adeptos en
las localidades baratas; pero sí los tenían en
las caras, es decir, entre las clases acomodadas. Calderón,
por ejemplo, gozaba de más éxito en ediciones
que en corrales.
En las comedias de magia los recursos tramoyísticos tenían
principal protagonismo. La moda francesa también cruzaba
en este caso los Pirineos. Encantos, duendes, diablos, enanos
que se convertían en gigantes, peleas..., estaban a la
orden del día, sucediéndose sin cesar. Los autores
buscaban lugares de acción exóticos para sus creaciones.
Rusia, por ejemplo, era lugar geográfico de El mágico
de Mogol, de Valladares Sotomayor, de El mágico de Brocario
y El mágico de Astracán, ambas anónimas.
En la línea de las obras de tema mágico, podemos
añadir El mágico de Eriván, también
anónima, con situación escénica en Persia,
e incluso El mágico de Cataluña. Quizá
la más famosa de estas comedias fuera El mágico
foleto. El género, sin embargo, fue motivo de ironía
por parte de los neoclásicos, que veían en él
todas las exageraciones de un posbarroquismo mal asimilado.
Leandro Fernández de Moratín decía con
no poco sarcasmo:
Si
del todo la pluma desenfrenas
date a la Magia, forja encantamiento,
y salgan los diablillos a docenas,
aquí un palacio vuele por los vientos,
allí un vejete se transforme en rana,
todo asombro ha de ser, todo portentos.
Por otro lado, no es del todo cierto el tópico extendido
por Menéndez Pelayo de que el público gozara sobre
todo con las viejas comedias del Siglo de Oro. Las de magia
se llevaron la palma en el XVIII, aunque, en tiempo de Moratín,
éste les disputara el éxito. Con el estreno de
El sí de las niñas consiguió la máxima
recaudación y permanencia de una misma comedia en cartel:
26 días, y la quitaron a teatro lleno por entrar en tiempo
de Cuaresma.
Ya en el siglo XIX, y hasta bien avanzadas su segunda y tercera
década, la comedia de corte moratiniano impuso su ley
sobre todo tipo de teatro. La comedia de magia, consumida principalmente
por el pueblo, acabaría sucumbiendo. Su espectador transmutó
sus gustos en el nuevo artificio que encontró en el drama
romántico, como veremos en el próximo capítulo.
TEXTOS
Hablar, pero también actuar
Hablamos demasiado en nuestros dramas; y consiguientemente,
nuestros actores no actúan bastante. Hemos perdido un
arte cuyos recursos conocían bien los antiguos. La pantomima
figuraba en otro tiempo todas las condiciones, los reyes, los
héroes, los tiranos, los ricos, los pobres, los habitantes
de las ciudades, los del campo, seleccionando para representar
a cada estado aquello que le es propio; en cada acción,
lo que más llama en ella la atención. El filósofo
Timócrates como asistiera un buen día a un espectáculo
de esta especie, del que su severo carácter lo había
mantenido siempre alejado, dijo: «Quali spectaculo Philosophiae
verecundia privavit!» («La vergüenza privó
a la filosofía de semejante espectáculo»).
El cínico Demetrio atribuía todo su efecto a los
instrumentos, a las voces y a la decoración. Así
se expresó en presencia de un mimo que le respondió:
«Mírame interpretar sin nada, yo solo; y después
di de mi arte lo que te plazca.» Enmudecen entonces las
flautas. El mimo actúa, y el filósofo, enajenado,
exclama: «No te estoy viendo solamente, te estoy también
escuchando. Me hablas con las manos.»
Y ¿qué efecto no habría producido semejante
arte unido al discurso? ¿Por qué hemos separado
lo que la naturaleza ha unido?
(...) Existen momentos que casi sería preciso dejar enteramente
en manos del actor: que él disponga de la escena que
hemos escrito, que repita determinadas palabras, que vuelva
sobre determinadas ideas, que recorte unas y añada otras.
En el cantabile, el músico deja a los grandes intérpretes
del canto el libre ejercicio de su gusto y de su talento; el
músico se conforma con marcar los intervalos principales
de una canción bella. Lo mismo debería hacer el
poeta que conoce bien a su actor. Porque ¿qué
nos impresiona en el espectáculo del hombre animado por
una gran pasión? ¿Sus discursos acaso? Puede que
así ocurra alguna vez. Pero lo que siempre conmueve son
los gritos, las palabras inarticuladas, las voces rotas, algunos
monosílabos que se escapan a intervalos, ese indescriptible
murmullo en la garganta, entre dientes...
(Diderot,
Debate sobre El hijo natural.)
«¿Y qué diré del sutil arbitrio que
discurrimos para formar las fábulas de nuestros poemitas?
Arbitrio que pareció tan cómodo, que todo poeta
de bien y timorato lo ha escogido para sí, y trazas llevan
de no soltarle hasta la consumación de los siglos. ¡Soberano
arbitrio que ahorra mucho tiempo, y muchos polvos de tabaco,
y mucha torcida de candil! Arbitrio con el cual se forma en
un guiñar de ojos cualquier poema [...] El poeta no tiene
más que acostarse y apagar la luz.»
(LEANDRO
FERNÁNDEZ DE MORATÍN, La derrota de los pedantes.)
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