Índice:

CAPÍTULO IX
El teatro clásico francés

25.1. Marco histórico
25.2. Introducción al teatro clásico francés
25.3. Espacios escénicos en el teatro francés
25.4. La tragedia francesa
25.5. La comedia francesa
25.6. La tragicomedia y la pastoral

CAPÍTULO X
El teatro en el siglo XVIII

I. Panorama general de la escena europea en el siglo XVIII

1. La escena en Francia
2. La situación en Italia

3. El teatro inglés
4. Las teorías alemanas

II. El neoclasicismo teatral español

1. Ilustración y reforma del teatro español
2. La prohibición de los autos sacramentales
3. Vida teatral española en el siglo XVIII

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CAPÍTULO IX

El teatro clásico francés


25.1. MARCO HISTÓRICO

Francia, que en las postrimerías de la Edad Media salió victoriosa de la Guerra de los Cien Años, inició la Edad Moderna consolidando su unidad nacional, y dando rienda suelta a sus ansias expansivas en Italia, en donde chocó con los intereses españoles. Por ello, a lo largo de los siglos XVI y XVII hay una permanente enemistad franco-española, que alcanzó sus puntos culminantes con las luchas entre Francisco 1 y Enrique II de Francia, con Carlos V y Felipe II de España.
La Reforma protestante aprovechó la desatención de los monarcas franceses a sus cuestiones internas para penetrar en territorio galo. Las diferencias entre católicos y protestantes (hugonotes) fueron causa frecuente de discordia y guerras civiles. La monarquía, de creencia católica, debía mediar entre unos y otros. El predominio católico era innegable. Un caso conocido y curioso fue el de Enrique IV (1589-1610), rey protestante rechazado por la mayoría católica, que tuvo que abjurar el Protestantismo.
El siglo XVII se reparte en dos reinados: Luis XIII (1610-1643) y Luis XIV (1643-1715). El primero dejó la política en manos del cardenal Richelieu, el cual se propuso un triple objetivo: a) atacar a la nobleza insumisa al Rey (la Fronda), retirándole sus privilegios e incluso llevando al cadalso a sus cabecillas; b) perseguir a los protestantes; c) enemistarse con los Austrias, no importándole pactar con los protestantes europeos para tal fin, aunque persiguiera a los franceses.
Esta misma política fue seguida durante el reinado de Luis XIV. Durante su minoría de edad, su madre, la española Ana de Austria, confió los asuntos de estado al cardenal Mazarino. Luis XIV (El Key Sol) lleva a su cumbre el concepto de absolutismo real, al debilitar cada vez más a la nobleza e incrementar el mecenazgo cultural de los monarcas franceses y sus validos. Richelieu y Mazarino otorgan sustanciosas ayudas a artistas y poetas; tal fue el caso con los hermanos Corneille, Moliére y Racine.
París se convirtió en centro de atracción cultural del mundo entero. Con Luis XIV los franceses sobrepasaron a los italianos en fastuosidad. La Corte del Rey Sol fue un centro de producción de grandes espectáculos. Especialmente lujosos fueron los conocidos como Los Placeres de la Isla Encantada, que transcurrieron en el Palacio de Versalles, del 7 al 13 de mayo de 1664. En ellos actuó Moliére en el papel del dios Pan. El gusto italiano impuso en la Corte la afición por la música y el canto. Si a esto añadimos la inclinación francesa por el espectáculo de baile, no ha de extrañarnos que estos componentes estuvieran presentes en cualquier fiesta de Corte. Así se explica el auge de la comedia-ballet, subgénero que Moliére tuvo que cultivar, siguiendo instrucciones de los maestros de música y de coreografía, especialmente del italiano Lully. En su inicio, final y entreactos, este tipo de comedia dejaba paso a números de mimo, baile y canto, innecesarios desde el punto de vista del argumento. Es creencia común que el ballet, unido al disfraz y a la máscara, nace en Francia en la Edad Media, derivado de las mascaradas de Carnaval y Navidad. Dichas mascaradas fueron muy apreciadas por Francisco 1 y los monarcas del siglo XVl.
Pero estas fuerzas expansivas del espectáculo teatral encontrarán una oposición muy diversa y persistente. El teatro fue atacado por la jerarquía eclesiástica de París. Lo fue también, de modo más furioso, por los jansenistas. Las ideas jansenistas sumían al hombre en el pesimismo más radical, con sus teorías sobre la corrupción de la naturaleza humana por el pecado original, sobre la predestinación del hombre al cielo o al infierno, etc. Por todo ello, y particularmente por la ignorancia de su suerte futura, el hombre debía evitar toda ocasión de pecado, en especial una de las más funestas: el teatro.
Por su lado, pululaban diferentes cábalas y sociedades de signo más o menos secreto, como la célebre Compañía del Santo Sacramento, que logró retirar algunas obras de cartel a pesar del favor del rey, como es el famoso caso de El Tartufo de Moliére.
Para la comprensión del arte francés, particularmente del teatro, debemos hablar forzosamente de la formación de una rigurosa disciplina de pensamiento, que arranca del filósofo Descartes. Según él, la razón, el pensamiento, es lo único de lo que no podemos dudar. Por ello, la razón debe ser la guía y señora del hombre en sus relaciones con el mundo y con Dios. Este culto cartesiano a la razón se impone también en arte, pero no todos estuvieron de acuerdo. De ahí la eterna polémica que aún hoy en día persiste en el francés, a pesar de los furibundos ataques a la razón por parte de las vanguardias modernas surgidas del simbolismo y del superrealismo.
En teatro, por ejemplo, la razón exigía el respeto a las reglas de tiempo, lugar y acción. Pero, yendo más allá, los franceses añadieron dos nuevas reglas: la del decoro (nada en teatro debe ir contra el buen gusto) y la de verosimilitud (o semejanza con los verdadero: lo que se nos muestra en escena debe ser posible en la realidad).


25.2. INTRODUCCIÓN AL TEATRO CLÁSICO FRANCÉS

Como ya quedó dicho (cap. IV), en 1548 el Parlamento de París prohibió la representación de los Misterios. A pesar de ello, fuera de la capital, el género siguió en vigor. También se hacían farsas y moralidades que alcanzaron un auge impresionante durante el reinado de Francisco 1. Las farsas se representaban incluso en tiempos de Moliére. Por otro lado, el abandono de las moralidades y misterios tuvo por causa no sólo la prohibición del Parlamento o los ataques de los poetas renacentistas franceses (el grupo de La Pléiade), sino, más bien, el nuevo espíritu de la Reforma. Los protestantes no veían con buenos ojos que la Biblia provocase la risa en el teatro; los católicos, por el contrario, estaban de acuerdo con estas representaciones, pues pensaban que con ellas se mantenía el interés por los textos sagrados.
Otra razón del declinar de este género se encuentra en el favor concedido por los poetas renacentistas al teatro antiguo, a pesar de las reservas antes formuladas, considerado como contrario a la tradición francesa. Se traducía del griego al latín. Nuevas obras se representan en los colegios de París, escritas directamente en latín.

25.3. ESPACIOS ESCÉNICOS EN EL TEATRO FRANCÉS

Los Cofrades de la Pasión tenían como una especie de monopolio sobre las representaciones teatrales en la capital; se debía a un privilegio que mantuvieron incluso después de serles prohibida la puesta en escena de los misterios en 1548. En 1599, estos cofrades cedieron su sala, el Hotel de Borgoña, así como el privilegio de las representaciones, a la compañía de Valleran-Lecomte, que será conocida como la Compañía Real. En ella destacaron Turlipin, Grosguillaume y Gautier-Garguille en la farsa, y Montfleury, Floridor y la Champmeslé en la tragedia; esta última fue la intérprete de Racine por excelencia.
Pronto apareció otra compañía, dirigida por Mondory, que se estableció en la sala del juego de la Pelota del barrio aristocrático del Marais. En ella sobresalió el cómico Jodelet. Esta Troupe se inclinó por un teatro abundante en maquinaria. En 1673, a causa de una larga enfermedad de Mondory, se disolvió la compañía y los actores se marcharon, unos al Hotel de Borgoña y otros con Moliére.
Por su lado, la compañía de Moliére, que había hecho su carrera en provincias, se instaló en París en 1658, ocupando, dos años más tarde el Palacio Real, una magnífica sala construida por Richelieu. Destacaban en ella el propio Moliére, que solía hacer los papeles principales, y su mujer, Madeleine Béjart. Al morir Moliére, la compañía se fusionó con la del Marais. Algunos actores se marcharon con el elenco del Hotel de Guénegaud.
La Comedia Francesa (Comedie Françaice), institución que hasta nuestros días es la depositaria de la tradición teatral de ese país, fue creada en 1680. Se trata de una fundación real, llevada a cabo por Luis XIV mediante la fusión de las compañías del Hotel de Borgoña, y del Hotel de Guénegaud.
A estas compañías hay que añadir las de los comediantes italianos, muy apreciados en provincias y en París. Los franceses, aunque no podían captar enteramente sus diálogos, pues los italianos empleaban sus dialectos de origen, sí supieron apreciar una expresiva mímica, sus improvisaciones, los tics y movimientos de personajes consagrados: Arlequín, Pierrot, Polichinela, Pantalón... También los italianos introducirán la ópera en París como género artístico.
Las salas eran casi todas ellas antiguos locales destinados al juego de Pelota (Jeux de Paume), todos de forma rectangular. En París existían doscientas de estas salas. Así pues, fue fácil dar con los lugares de representación. Constaban de un patio, en el que solía insta¬larse de pie el público popular masculino, ya que las mujeres no frecuentaron el teatro hasta 1640. A partir de entonces, ocuparán los palcos y las galerías. Los espectadores son generalmente ruidosos y turbulentos, particularmente los del patio. Como en Inglaterra, en el último tercio del siglo se introdujo la costumbre de ceder parte del escenario al público noble. Si tenemos en cuenta que el escenario era ya de por sí escaso, este hábito poco beneficiaba el desarrollo del espectáculo.
En escena se sigue inicialmente la costumbre francesa del decorado múltiple; así se representó, por ejemplo, El Cid de Corneille. Evidentemente, estos decorados debían ser de proporciones tan reducidas que daban al traste con las exigencias de verosimilitud de los puristas. Se pensó, entonces, en la conveniencia del decorado único, en el que se practicaron diversas entradas que eran la representación convencional de los distintos lugares de procedencia, expresados en el diálogo de los personajes. Esto no evitaba la confusión en los espectadores, que no sabían muy bien dónde situar la acción cuando a la escena accedían personajes por diversas puertas. Ninguna solución llegaba a ser plenamente convincente, aunque la más criticada por los partidarios de las reglas, con gran ironía, era la de los decorados simultáneos, que pretendían «juntar en unos metros a Roma con París». La unidad de lugar, pues, era para ellos la única que podía ser figurada en escena de modo razonable. Fáciles son de adivinar también las razones por las que propugnaban la unidad de tiempo.
Apoyados en su propia tradición y en la influencia de los italianos, los franceses desarrollaron una decoración fastuosa, servida por maquinarias, frente al teatro realmente austero que preconizaban los preceptistas. Esta tramoya fue utilizada por la tragicomedia, y lo será por la ópera.
Por su parte el vestuario, como en el teatro inglés, constituye el elemento más colorista y ambientador de la representación, aunque no se acomodara a la época histórica del argumento. Por lo general, solían ser donados a los actores por grandes señores aficionados al teatro, como un signo de protección y ayuda al mismo.
Con Richelieu, los actores empezaron a gozar de una verdadera consideración, no sólo en lo económico, sino más aún, en cuanto a su reputación moral puesta en tela de juicio, como anteriormente indicamos, por distintos grupos moralizantes de signo religioso. Pascal, jansenista, dejó escrito en sus Pensamientos:

Todas las grandes diversiones son peligrosas para la vida cristiana; mas entre todas las que el mundo ha ingeniado, ninguna existe que haya tanto que temer como la comedia.

25.4. LA TRAGEDIA FRANCESA

Nace la tragedia en Francia en el siglo XVI, a partir del culto neoclásico que acabamos de citar. A la tragedia renacentista achacará Racine su escasa materia, en la que domina lo lírico y lo elegiaco. Se trataba de tragedias imitadas de Séneca, repartidas en cinco jornadas y versos alejandrinos. Las dos más conocidas fueron Cleopatra cautiva (1553), de Jodelle, y Las Judías (1583), de Garnier. A final de siglo se buscan temas más actuales. Un ejemplo de ello es La Escoce¬sa, de Montchrestien, sobre la muerte de María Estuardo.
Se da por sentado que Racine representa la cumbre de la tragedia clásica francesa. Advierte Truchet que, para llegar a esa cumbre, el género tuvo que desprenderse progresivamente de las dos tentaciones a que estaba cediendo con gran facilidad: la tentación poética y la tentación novelesca. Después de Racine -final del siglo XVII y todo el XVIII- a la tragedia francesa le asaltarán otras dos tentaciones que la privan de su tradicional vigor: la ópera y la filosofía.
Los mencionados excesos poéticos y novelescos consistían en el abuso de escenas tendentes a lo lacrimógeno y en la insistencia sobre los infortunios de los héroes, que exponen sus males en prolongados y patéticos parlamentos, dejando al coro que se deshaga en lamentaciones sobre su fortuna. Pero, en los comienzos del siglo XVII, ese exceso de poesía perdió terreno en favor de la acción concentrada y de los enfrentamientos de los personajes. Desaparecerán igualmente los coros que, para los renacentistas, constituían un componente clave de la tragedia. Poco a poco se perderá el gusto por la ordenación en estrofas -en particular las estancias (agrupaciones de versos, variables en cuanto a número, que guardan una unidad temática).
Por otro lado, no habría sido normal que, en un siglo en el que reinaba la afición por lo novelesco, el teatro hubiese escapado a esta influencia. Advirtamos que, como principales fuentes de inspiración, se cuenta con el Orlando furioso de Ariosto, Los amores de Teagenes y Clariclea de Heliodoro, Jerusalem liberada de Tasso, Las Metamorfosis de Ovidio, así como las fogosas intrigas y relatos de los dramaturgos y narradores españoles.
Llegamos así a Pierre Corneille (1606-1684), que estudió
con los jesuitas de su ciudad natal, Ruán. Estas circunstancias no dejan de tener su importancia. Ruán es la gran ciudad normanda por la que entran los españoles, y con ellos su teatro, admirado tempranamente por el poeta francés. A través de los jesuitas entró en contacto con los latinos Séneca, Lucano y Tito Livio, que influirán decisivamente en su obra. Hay que señalar que los jesuitas, contrariamente a lo que ocurre con los demás sectores relacionados con la Iglesia, estimulan la práctica teatral como eficaz medio didáctico.
Trasladado a París, Corneille destacó pronto como comediógrafo, con títulos que aún hoy siguen representándose en el teatro francés: Melita, La viuda, La galería del palacio y, sobre todo, La Plaza Real (1635). Se dedicó después a la tragedia, aunque volvió en alguna ocasión a la comedia, como sucede con La ilusión cómica (1636). Esta obra es, por su estructura, lenguaje, forma y personajes, la más atrevida de todo este siglo XVII francés. Su autor la calificaba de extraño monstruo. En realidad, se trata de una comedia de corte novelesco, teñida de tonos trágicos, en la que personajes burgueses alternan con un mago pastoral y un capitán de la commedia dell'arte. Todo ello procura una mezcla de planos que van de la realidad a la pura fantasía -poco imaginable dentro del teatro clásico francés-, que más bien recuerda obras como Sueño de una noche de verano, de Shakespeare.
Su dominio del arte dramático hizo que fuera capaz de crear buenas obras sometiéndose a la disciplina del clasicismo francés. Con bastantes rupturas con respecto a su trayectoria creó El Cid (1636), inspirada en Las mocedades del Cid de Guillén de Castro. El estreno de El Cid levantó en París una de las mayores polémicas habidas en toda la historia del teatro.

El héroe de Corneille es un apuesto joven y valeroso guerrero, enamorado de la hija del Conde Gormaz, Jimena. Se produce un gran cambio en la situación de los personajes, cuando el anciano don Diego, padre de Rodrigo, es abofeteado por el impulsivo Gormaz. Dada la avanzada edad de don Diego, su hijo ha de vengar la afrenta, y batirse en duelo con el padre de su prometida, al que da muerte. Jimena debe librar en su interior una cruel batalla entre el amor y la venganza. Implora limpiar su honra ante el rey Fernando, pero Rodrigo, desesperado, ha marchado a la guerra contra los moros, conquistando Valencia y Sevilla. Ante tales proezas, el rey busca una salida para el perdón del Cid, proponiendo luchar contra Sancho, otro pretendiente de Jimena. El vencedor se casará con ella. Rodrigo vence y consigue el perdón de todos y el amor de Jimena.

El estreno fue un éxito rotundo. Hubo que reponerla una y más veces, pues se convirtió en la obra más aplaudida de París. Sin embargo, los críticos partidarios de las reglas criticaron la obra. Scudéry atacó despiadadamente a Corneille en sus Observaciones sobre El Cid. Por su lado, la Academia, que tenía que demostrar que era una institución que servía para algo, dictó su condena en Opiniones de la Academia sobre El Cid (1638). En realidad le achacaron falta de verosimilitud, mezcla de planos y de tonos e inobservancia de las reglas. Sobre esto último decían que era ridículo que en el breve espacio de la representación el espectador asistiera a tantos lances: que el Cid se marchara a la guerra, conquistara ciudades y regresara triunfante. El propio Richelieu tuvo que mediar en este virulento debate. Estos incidentes demuestran las tensiones y los sinsabores con que se gestó el drama clásico francés. En cuanto a Corneille, abandonó el teatro durante más de tres años, pero volvió a él con sus tragedias romanas: Horacio (1640), Cinna (1642), La muerte de Pompeyo (1643), etc. Estos títulos no alejan a Corneille de la problemática de su época. A través de las historias romanas, el autor opina sobre la historia francesa. Un ejemplo: hace representar Cinna a raíz de la muerte del conspirador Cinq-Mars, en septiembre de 1642; partiendo del tratado De Clementia de Séneca, el relato de Cinna cuenta el perdón que el emperador concede a este conspirador romano. ¿Ofrecía El Cid, por otra parte, una invitación al entendimiento y colaboración entre la nobleza frondista y la monarquía? Parece que los héroes de Corneille, frecuentemente mezclados en asuntos de estado, nobles por ascendencia y rango han de serlo también en temple moral, en todo su ser, en sus pasiones y aspiraciones a la gloria.
Por su lado, Jean Racine (1639-1699) mostrará que la observancia más estricta de la doctrina clásica no es obstáculo para crear obras maestras. Ello lo obligó a centrar la historia -desarrollo, procedencia y desenlace- en el momento más trágico para los personajes. Se podrá objetar que ese momento es resultado de una trayectoria anterior; así es, y Racine nunca lo olvidó. Por ello se sirve de la presentación para hablarnos resumidamente de la genealogía de sus protagonistas y del pasado que les ha conducido al presente de la acción, intercalando a lo largo de la obra, de modo oportuno y eficaz, aquellas otras informaciones necesarias para la comprensión de la misma.
Contrariamente a Corneille, Racine no relega a un segundo plano pasiones como el amor, los celos o la venganza. Sus personajes avanzan, en debate agónico, hacia la destrucción; a solas consigo mismos, como aislados del mundo en el que, sin embargo, están inmersos, lo que supone una nueva diferencia con Corneille.
Además de observar las reglas y el debate pasional, Racine trabaja escrupulosamente la poesía del drama, llevando a su perfección el alejandrino francés. Para él la palabra es el vehículo del drama. De ahí que deba ser cuidada al máximo tanto en sus funciones comunicativas como en las poéticas (belleza expresiva, musicalidad, magia evocadora, materia sonora...). Todo lo que distraiga de la palabra es innecesario. Fuera de la palabra todo es secundario. Por eso se justifican las dos grandes dificultades que nos presenta ese teatro; la traducción a otros idiomas, algo poco menos que imposible, y la interpretación, difícil, si no se es un gran actor en el manejo de dicha palabra.
Contrariamente a lo que podría pensarse, Racine alcanza este nivel expresivo por vía de la austeridad y de la aparente sencillez. Su teatro no tiene exigencias técnicas y su lengua tampoco es de una gran riqueza léxica. Racine emplea en toda su obra poco más de dos mil términos, escaso número comparado con los veinticuatro mil de Shakespeare. Y tampoco su obra fue demasiado abundante: doce títulos, de los que es preciso destacar Andrómaca (1666), Británico (1669), Berenice (1670) y Fedra (1677)
Fedra es un banco de pruebas común para calibrar a las grandes actrices francesas. Racine toma la historia de Eurípides y Séneca. Centra la acción en la pasión de Fedra, mujer de Teseo, por su hijastro Hipólito. Fedra lo arrastra a la perdición, siendo ella también su propia víctima. Entre otras muchas interpretaciones, se ha visto en este personaje a la víctima jansenista, que lleva en sí la raíz del mal, la culpa original, predestinada a la condenación y privada de la gracia que redime. Ante la violencia de la pasión, Fedra se siente impotente y acaba odiando la vida y detestándose a sí misma.

25.5. LA COMEDIA FRANCESA

Hemos hablado antes de los géneros más en boga durante el siglo XVI, la farsa y la comedia antigua, así como de la influencia del teatro español e italiano. Las nueve comedias de Larivey están tomadas del repertorio italiano, copiadas casi literalmente. La obra más conocida del citado Larivey, Los espíritus, que influirá en El avaro y La escuela de los maridos de Moliére, está íntegramente tomada de una obra de Lorenzo de Médicis. Se adapta también a los autores españoles. Rotrou, Scarron, los hermanos Corneille y el propio Moliére acusan estas influencias. El compilador Horn-Monval da una lista de más de cincuenta comedias francesas, copiadas de las españolas, entre 1625 y 1680; citemos, entre ellas, como casos más conocidos, El mentiroso de Corneille, a partir de La verdad sospechosa de Alarcón, y el Don Juan de Moliére, adaptación de El Buriador de Sevilla de Tirso.
Al margen de estas influencias, la comedia francesa, siguiendo en la línea de las farsas, prosigue una conducta crítica, en ocasiones realista-costumbrista. En La galería de palacio, Corneille pinta un lugar bien conocido de París, que da título a la pieza, con sus puestos de mercaderes, tiendas, y su ir y venir de compradores y ociosos. Moliére se centrará en la crítica a los defectos de su época.
Jean-Baptiste Poquelin, Moliére (1622-1673), fue un gran conocedor del teatro en todas sus facetas: como dramaturgo, empresario, actor, ordenador o director, etc. Sabe los secretos de cualquier público, desde el campesino de Provenza hasta el cortesano de Versalles. Antes de entrar en la capital había recorrido todo el sur de Francia con su compañía de comediantes. Sin duda todo ello le hizo dar con un humor universal y hasta intemporal, si tenemos en cuenta el éxito de sus obras en nuestro siglo, en el que quizá sea estadísticamente el dramaturgo más representado.
La principal característica de su dramaturgia es la maestría en manejar la caricatura y en saber actualizar todos los recursos de la comedia antigua y de los modelos más recientes. Los directores actuales de Moliére leen sus textos detenidamente con el fin de descubrir en ellos los modos escénicos de su representación. Moliére, que era mucho más que un simple autor de comedias, sentía horror por la fijación impresa de sus textos, ya que en ellos no era fácil dilucidar el cometido del poeta, o del director y del actor que los interpretaba. J. Schérer escribe: «Quienes lo vieron, cuentan que corría, hacía reverencias, golpeaba, era golpeado, resoplaba. Echaba espuma, hacía muecas, se contorsionaba, movía con furia todos los burlescos resortes de su cuerpo, hacía temblar sus párpados y sus ojos redondos...» Su propia escritura descubre los elementos cómicos y los tics de la antigua farsa: disfraces, bofetadas, bastonazos, persecuciones, repeticiones, letanías, entradas inoportunas, amenazas no advertidas por el personaje al que se dirigen, etc.
Otro elemento importante es la propia lengua de los personajes. Para Moliére, la palabra, en la comedia, está hecha para explicar y hacer reír por sus contenidos y mensajes; pero también debe ser usada, en sus aspectos formales, para caricaturizar, tipificar a los personajes y, por supuesto, divertir. De ahí la abundancia en su obra de lenguajes y jergas dialectales alternando con el francés más correcto o con el latín macarrónico. También construye artificialmente lenguajes hipercultos para burlarse de forma despiadada de las preciosas de su época (véase Las preciosas ridículas).
El propio dramaturgo confiesa que su risa procede de la razón y de la naturaleza, lo cual a algunos puede parecer hoy en día una tesis progresista, y a otros una tesis reaccionaria. A veces, cuando su público andaba dividido en posturas encontradas -sobre todo en el periodo de 1660 a 1670-, Moliére parecía querer contentar a todos adoptando una postura intermedia. Así, mientras en La escuela de las mujeres advertía que los padres no deben dejar a sus hijos en la ignorancia, en Las mujeres sabias prevenía que una instrucción excesiva podría apartar a la mujer de su verdadero papel social y familiar.
Los sectores criticados por las comedias de Moliére mostraron su descontento, tal y como era de esperar. Con motivo del estreno del Tartufo, aquel descontento subió de grado, por lo que tuvo que remodelar la obra, obligado por las circunstancias. La primera versión, hoy perdida, de 1664, era una farsa en la que Tartufo aparecía con atuendos semieclesiásticos. Pero los Cofrades del Santo Sacramento, sociedad secreta que se había propuesto la reforma de las costumbres, se sintieron aludidos y consiguieron que el rey retirara la obra. En 1667, Luis XIV autorizó una segunda versión dulcificada que, en ausencia del monarca, fue de nuevo prohibida por la policía de París. Estas censuras excitaron el ingenio de Moliére para ofrecernos la obra maestra que hoy conocemos, de sutil y más general crítica, estrenada el 5 de febrero de 1669.
El hipócrita Tartufo, introducido en casa del señor Orgón por la anciana madre de éste, mantendrá a uno y a otra en el engaño de su falsa santidad. Los demás personajes advierten pronto su hipocresía: Damis y Mariana, hijos de Orgón, su cuñado Cleante, su segunda y atractiva mujer, Elmira, y hasta la criada Dorina. Mariana ama a Valerio y éste la corresponde, pero su padre desea casarla con Tartufo. Damis, irritado, quiere intervenir, pero acepta que sea su madrastra Elmira la que intente desenmascararlo. En efecto, convence a Tartufo para que renuncie a Mariana, pero seduce a la propia Elmira. Damis, que lo oye todo, avisa a su padre. Tartufo interpreta ante Orgón la comedia del humillado calumniado. Orgón expulsa de su casa a su hijo, lo deshereda y deja sus bienes a Tartufo. Así las cosas, Elmira debe echar mano a un viejo truco de la farsa y de la commedia dell'arte, que es ocultar a su marido bajo la mesa para que oiga los galanteos de Tartufo con su propia mujer. Naturalmente, Orgón sale indignado de su escondite. Pero Tartufo pasa de su descubierta máscara de hipócrita a las amenazas. Lleva a un alguacil a la casa para expulsar a Orgón y a su familia por haber dado cobijo a un proscrito. Finalmente, Moliére utiliza la carta del deus ex machina de los poetas antiguos que solucionaban lo que parecía irreme¬diable. El dios es aquí el rey -como en los dramas españoles que, conocedor de la ayuda que Orgón le prestó en la lucha contra los frondistas y, por otro lado, de la calaña de Tartufo, manda apresar a éste y anula sus órdenes. Naturalmente, todo acaba bien, como era de esperar, elogiándose al rey al tiempo que se anuncia la boda entre Valerio y Mariana.

25.6. LA TRAGICOMEDIA Y LA PASTORAL
En el siglo XVI la afición por lo novelesco condujo, de modo natural, a la tragicomedia. La tragicomedia fue intensamente cultivada en Francia hasta mitad del siglo XVII para declinar a partir de entonces. Como era de esperar, fue atacada por los puristas por las razones ya conocidas: mezcla de tonos e inobservancia de las reglas. Ante estas propuestas, algunos dramaturgos quisieron demostrar que también eran capaces de escribir una buena tragicomedia guardando los conocidos preceptos. Fue el caso, entre otros, de la Clitandra de Corneille. Por lo demás, todos admitían que una tragicomedia debía contar con estas bases:
- el argumento no debía ser histórico;
- siempre debía acabar con final feliz;
- debía tener un desarrollo complicado: disfraces, imprevistos, engaños...

Otro género apreciado a finales del XVI fue la pastoral. Los franceses contaban con un precedente de calidad en el Juego de Robín y Marión, de Adam de la Halle (citado en el capítulo IV). No obstante, con el Renacimiento, los autores franceses pudieron igualmente documentarse en los italianos (Tasso, Guarini) o en La Diana enamorada del español Montemayor. En las pastorales asistimos a apariciones de magos y sátiros, en una intriga poblada de peripecias.

(Del Arte poética de Boileau.)
Que en todos los discursos, la pasión conmovida apunte al corazón, lo inflame y lo remueva. Si de un hermoso impulso, el furor agradable con frecuencia no invade de un terror deleitoso nuestra alma, o no excita apacible piedad, en vano presentáis escenas de talento... El primer secreto sea éste: deleitar, conmover. Inventad los resortes que a la obra nos aten.
Que el lugar de la escena sea fijo y bien marcado. Inmune un rimador, de allende los Pirineos, encierra varios años en sólo una jornada. Allí a menudo el héroe de un vulgar espectáculo, niño en el primer acto es ya viejo en el último. Nosotros, que a sus reglas la razón nos obliga, queremos que con arte la acción sea conducida; que en un lugar y un día un solo acontecer hasta el final mantenga ocupado el teatro. Nunca al espectador ofrezcáis lo increíble. La verdad puede a veces no ser lo verosímil.

 

 
CAPÍTULO X


El teatro en el siglo XVIII


I. PANORAMA GENERAL DE LA ESCENA EUROPEA EN EL SIGLO XVIII


El siglo XVIII encuentra su género escénico peculiar en el drama, que ocupa un espacio entre la tragedia y la comedia tradicionales. El desarrollo de la puesta en escena aporta aspectos realistas al teatro, al tiempo que las inquietudes contemporáneas se expresan mediante técnicas que tienden a una mayor naturalidad en la interpretación y en la presentación escénicas. Esa tendencia al realismo exige solidez en los textos, y halla su mejor acomodo en la utilización de la bocaescena, que estrecha el contacto entre el espectador y los actores.
A lo largo del siglo XVIII nos encontramos ante la pretensión de hacer evolucionar el espectáculo cortesano y aristocrático hacia otros modos, de tonos más populares, que reflejen en escena los problemas de las masas, con el fin de conseguir que el gran público frecuente las salas de teatro. Es en ese momento cuando el organizador de espectáculos pasa a ser un auténtico director de escena, aunque éste otorgara el máximo protagonismo al actor. Ese nuevo director artístico pudo montar de manera totalmente original los materiales escénicos, integrándolos en un orden teatral nuevo. En definitiva, se ofreció una interpretación distinta del hombre, del mundo y de la historia. El actor, mientras tanto, cultivó su personalidad, erigiéndose poco a poco en protagonista del hecho escénico llegándosele incluso a sacralizar.
El teatro cruzaba el siglo bajo la influencia del espectacular desarrollo que había experimentado en el anterior. No pocas confesiones del momento documentan el espíritu decadente del mismo. Ya no había ingenios -se decía en España-, y fuera de nuestro país, Shakespeare y Moliére no habían encontrado continuadores de su talla. Sin embargo, desde Francia e Italia se dejaban oír voces que se rebelaban contra esa decadencia.


1. LA ESCENA EN FRANCIA

En Francia, en donde las corrientes italianas habían llegado a una plena adaptación, nos encontramos con una sistematización estética del teatro, a partir del enfoque que a la práctica escénica había dado François Riccoboni. Su L'art du théatre ayudó no poco a estimar la categoría artística del hecho escénico. Su descendiente, Louis Riccoboni, llegó a sistematizar la Commedia dell'Arte italiana, dividiéndola en tres jornadas y estructurando el canovaccio para que suceda en un día, al tiempo que da un tratamiento moralista y pudoroso a la fábula. Similares matices impone a la tragedia, que incluso debe «abastecer a la corrección de las costumbres», según nos dice en su obra De la réformation du théátre.
Las ideas básicas de Aristóteles son recuperadas en los planteamientos de Diderot, como sucede en el espíritu de la totalidad de los preceptistas franceses. En su Paradoxe sur le comédien (1773) toma como punto de partida de sus teorías el propio arte del actor, pues para él, la declamación no es una disciplina subsidiaria. Diderot manifiesta una superior consideración del actor: «Nada pasa en escena exactamente como en la naturaleza.» La paradoja del comediante consiste en representar todos los papeles sin dejarse llevar psicológicamente por ninguno, pues ello sería desastroso para su propio equilibrio psíquico.
Entre los dramaturgos de este siglo hemos de señalar al propio Diderot, particularmente por su drama Le fils naturel (El hijo natural), así como a Marivaux, Beaumarchais y Voltaire.
MARIVAUX (1688-1763) no podrá, en un principio, escapar al clasicismo francés. Un título como La escuela de las madres nos está recordando elocuentemente a Moliére. Pero pronto abandonará la farsa francesa para adoptar más bien las técnicas de la Commedia dell'Arte, y sus obras se acomodarán a los repartos del teatro italiano. De hecho, fue la Comédie italienne la que estrenó la mayor parte de sus obras en París: Arlequín pulido por el amor (1720), El juego del amor y del azar (1730), Las falsas confidencias r (1730)... La relación con lo italiano lo enriquece con sus cuadros fantásticos, al modo de las comedias mágicas de Shakespeare en las que una o dos parejas de enamorados y de criados, un padre bonachón y una madre tirana muestran sus refinados comportamientos en un marco de ensueño, a través de un lenguaje y unas poses elegantes, aunque sin caer en la pedantería de las preciosas ridiculizadas en el siglo XVII. Todo esto constituye la noción de marivaudaje adoptada por el diccionario francés, que influirá en Musset y, más adelante y con toda probabilidad, también en Giraudoux.
BEAUMARCHAIS (1732-1799) nos acerca a la sensibilidad del último tercio del siglo XVIII. Si, en un principio, se rebeló contra los clásicos, hay que decir que el saber de sus predecesores franceses y de la comedia italiana están presentes, actualizados ideológica y formalmente, en sus dos mejores obras, El barbero de Sevilla (1775) y Las bodas de Fígaro (1778). Se ha llegado a decir que estos títulos prefiguran la Revolución Francesa; que el monólogo de Fígaro en el acto V del segundo de estos dramas anuncia el asalto a los privilegios de la nobleza; o que la victoria de la pareja de criados anticipa la próxima victoria del pueblo -el tercer Estado.
Beaumarchais, que después de estas obras vuelve a la comedia lacrimógena que defendiera en sus inicios, puede igualmente ser considerado como un predecesor del melodrama, del que nos ocuparemos en el próximo capítulo.

Por su lado, VOLTAIRE (1694-1778) -que en algún momento llega a tratar a Shakespeare de bárbaro, a Corneille de poco atrevido, y a Racine de casi perfecto, dentro del respeto a las reglas - dotó a la tragedia de nuevos horizontes, temas y personajes; enriqueció considerablemente la puesta en escena y la escenografía; ideó cuadros pomposos, momentos de terror y de sospecha, apariciones fantásticas, reconocimientos, quid pro quo... elementos y recursos que desviaron la composición trágica hacia el drama romántico francés. Sus títulos son de por sí harto elocuentes a este respecto: Zaira, El huérfano de China, Adelaida de Guesclín, Semíramis... La fama de que gozó en su tiempo y en el siglo XIX, ha dejado paso -tras el cambio de gustos y de estéticas a finales del XIX- a un total y comprensible olvido en el s.f. Ocasionalmente, al teatro moderno le han interesado, más que sus obras teatrales, sus relatos, alguna vez adaptados a la escena (Cándido entre ellos).

2. LA SITUACIÓN EN ITALIA
En Italia, el género melodramático gana esplendor al consolidarse como ópera. Milizia, entre otros, reclama el auxilio de los géneros dramáticos propiamente dichos. Recaba nuevos planteamientos desde la práctica escénica, con los que avanza una teorética reformista, inmediata a las valoraciones estético-éticas de las preceptivas clasicistas francesas, con las que se identifica al definir el objeto del teatro:

Esos efectos, placenteros y útiles, siempre unidos, amalgamados entre sí, forman el objeto del teatro. Objeto máximo, que consiste en la moral dispuesta agradablemente en acciones para incitar y animar a los espectadores a la virtud.


En los aspectos técnicos, el criterio de fidelidad a la razón impulsa la escenografía por las vías que había desarrollado Bibbiena y que enmarcan el escenario en auténticos cuadros pictóricos, en los que la ilusión de las líneas de fuga crea toda clase de juegos de tramoya. La matemática óptica es la solución científica que resuelve los problemas de la perspectiva angular.
PIETRO TRAPASSI (1698-1782), llamado METASTASIO, es uno de los más significativos autores de melodramas de la Italia dieciochesca, sobre todo en la vertiente ilustrada o erudita. Metastasio nos deja obras de notable aparato escénico, grandilocuentes y rimbombantes, pero escasas en contenido. Dido abandonada, Semíramis, La clemencia de Tito son quizá los títulos más famosos.

Pero la figura italiana por excelencia, dentro del siglo XVIII, es CARLO GOLDONI (1707-1793), tanto en su vertiente práctica como teórica. Buen creador de caracteres, sus máximos logros los consigue con la conjunción de diferentes tipos de personajes; es un perfecto pintor de ambientes, nunca exentos de una fina sátira, dentro del espíritu moralizante del siglo. En ello, el dramatugo veneciano sigue las máximas del clasicismo griego: «La comedia se inventó para corregir vicios y poner en ridículo las malas costumbres; y cuando la comedia de los antiguos se hacía de esta manera, todo el pueblo decidía.» Goldoni fue un autor prolífico, con textos que han pasado a los repertorios de los más importantes teatros. La posadera (1753) es quizá su obra maestra, aunque tampoco hay que olvidar El café, Los chismes del pueblo, La plazuela, El avaro, Los rústicos y El abanico. Una parte considerable de su producción la componen obras inspiradas en la Commedia dell'Arte, en las que felizmente condensa, de forma literaria, toda una tradición que apenas había dejado textos. Para algunos, esta fzjación textual puede significar una traición al espíritu de dicho género, a su improvisación y espontaneidad. No obstante, hemos de decir en su descargo que Goldoni nos ofrece unos ejemplos de calidad que suponen un nuevo aliciente estético para cuantos practican este género. Aún hoy en día se programan con absoluta normalidad obras como Arlequín servidor de dos amos. En sus últimos años de vida, transcurridos en París, Goldoni asimilará el estilo y las modas de los franceses, que, por lo demás, influirán en los ingenios más importantes de todos los países.
En esa línea de recuperación de las tradiciones, cabe situar a CARLO GOZZI (1720-1806), también veneciano, cuya obra El rey ciervo es modélica del estilo dieciochesco italiano. Este autor se inspira con frecuencia en fábulas clásicas, que transforma en delicados juegos escénicos. Es el caso de El amor de las tres naranjas, Turandot o El pajarito Belverde.
En cuanto a la tragedia neoclásica italiana, el ejemplo más notorio es VITTORIO ALFIERI (1749-1803), apasionado y revolucionario autor que vio en dicho género la materia idónea para sus inquietudes. Cleopatra, Antígona, Agamenón, Orestes, Virginia, María Estuardo, Saúl... son algunos de sus títulos más importantes. En la comedia tuvo peor suerte. Quizá lo que posea más vigencia, de entre toda su producción, sea la obra autobiográfica Vida, en donde, además de dar fe de su turbulenta existencia, expone una serie de ideas que explican con claridad el ambiente de una Europa en crisis política.


3. EL TEATRO INGLÉS
El puritanismo inglés, que duró hasta 1660, supuso un corte definitivo entre el gran teatro isabelino y los nuevos aires neoclásicos procedentes de Francia. Los intelectuales aprovecharon el momento para elevar el tono de sus obras teatrales, y el pueblo descendió notablemente en su asistencia. Ese refinamiento abundó en el desarrollo de la escenografía y de las obras musicales, y facilitó la llegada de poetas de gran formación intelectual, como John Milton (16081674), autor de tragedias como Sansón agonista (1671).
El local teatral en Londres había evolucionado desde los tiempos de Shakespeare. La sala estaba ya totalmente cubierta, procediéndose a la iluminación del escenario por velas o candelas; de ahí el nombre primitivo de candilejas, o lugar en donde se encuentran las candelas. Los telones separan siempre, en adelante, el espacio de los actores y el de los espectadores, apareciendo los decorados pintados, a imitación de los italianos. También las mujeres podrán ahora actuar con normalidad. Autores interesantes de este periodo de Restauración son John Dryden (1631-1700), Thomas Otway (1652-1685), William Congreve (1670-1721) y George Etherege (1635?-1685). De mayor importancia es John Gay (1685-1732), que alcanzó notoriedad con La ópera del bandido, que influirá en autores posteriores como el propio Brecht.
En el siglo XVIII los escenarios ingleses se ven agraciados con el trabajo de un actor excepcional que marcó toda una época: David Garrick (1717-1779). Además de revisar y poner de moda la obra dramática de Shakespeare, hizo evolucionar la forma de interpretación, sobre todo en el campo de la mímica y del movimiento escénico.


4. LAS TEORÍAS ALEMANAS
En Alemania hemos de destacar la labor de LESSING (17291781). Su actividad teórica y práctica en Hamburgo constituye una de las aportaciones fundamentales del siglo. Minna van Barnhelm es quizá el primer drama de reivindicaciones femeninas, pese a que en la elaboración haya una relación con los clásicos. Sus críticas, reunidas posteriormente en la llamada Dramaturgia de Hamburgo (17671769) son las más lúcidas páginas preceptivas del momento. Para Lessing, la gran fuerza psicológica en la expresión creadora era la pasión. A través de esa vía, procura adecuar el arte a la naturaleza, pero no desde una posición o sentido determinista. Nunca aceptó el arte como hecho fijo, sino como algo en constante movimiento y evolución. Prefirió a Shakespeare frente a Voltaire, aunque éste se encontrase en plena actualidad. Por ello llega a apartarse del aristotelismo a ultranza, y abre caminos para que nuevas teoréticas aparezcan por el camino de la irracionalidad.
Lessing se preocupó igualmente por la interpretación, recogiendo algunas ideas de Diderot sobre el sentido realista que debía poseer la moderna actuación escénica. Otra obra preceptivista es el Laocoonte (1766), en donde el debate en torno a lo clásico queda fijado en su desdén por el clasicismo obsoleto. Lessing será el gran propulsor del teatro alemán, al que por sus tendencias prerrománticas dedicaremos un merecido epígrafe en el próximo capítulo.


II. EL NEOCLASICISMO TEATRAL ESPAÑOL


Los nuevos dramaturgos españoles del siglo XVIII tienden su mirada al exterior, procurando recibir de fuera las innovaciones de una etapa general de decadencia. Importan formas y contenidos, sobre todo del teatro italiano y del clasicismo y neoclasicismo franceses. Refundidores como Cañizares, y teóricos como Luzán, traducen textos de la importancia de Ifigenia de Racine, o de La clemencia de Tito de Metastasio. Pronto se radicalizaron dos posturas en torno al teatro del siglo anterior; una, de evolución, siguiendo pautas francesas de gran influencia política en la corte de los Borbones; otra, de rígido mantenimiento de los modos clásicos de antaño.
Bajo la primera tendencia, IGNACIO DE Losan (1702-1754) procura, con su Poética (1737), dejar sentadas las normas de preceptiva literaria con las que revitalizar las estéticas de las letras españolas, sin olvidar el teatro, al que dedica la Parte Tercera del Tratado. Al concepto de mimesis da un carácter si cabe más pedagógico que sus antecesores, añadiendo tonos moralizadores cuando abarca significaciones relativas a la fábula trágica y cómica; la primera «ha de ser imitación de un hecho de modo apto para conseguir el temor y la compasión y otras pasiones»; la cómica «ha de ser imitación o ficción de un hecho en modo apto para inspirar el amor de alguna virtud, o el desprecio y aborrecimiento de algún vicio o defecto». No obstante, esta preceptiva no debió tener demasiada repercusión en el medio escénico español, pues su segunda edición, ya póstuma, no apareció hasta 1789.
Tampoco NICOLÁS FERNÁNDEZ DE MORATÍN (1737-1780) había conseguido otra cosa que simples tanteos de imitación francesa con su comedia La petrimetra (1762), que jamás subió a las tablas. En sus Desengaños al teatro español censura los defectos de la escena del Siglo de Oro, en especial de los Autos Sacramentales, inaceptables para la sensibilidad neoclásica.
En el bando opuesto, como defensores a ultranza de la antigua comedia y enemigos de las innovaciones francesas, destaca VICENTE GARCÍA DE LA HUERTA (1734-1787). Su tragedia Raquel, inspirada en la obra de Lope de Vega Las paces de los reyes y judía de Toledo, fue un rotundo éxito. Aunque viola la unidad de tiempo, procura mantenerse no demasiado lejos de los gustos intelectuales de la época, pese a su postura contraria. Otro caso de curiosa evolución, esta vez desde tímidas pero firmes posiciones neoclásicas hacia un tradicionalismo contumaz, fue la del sainetista por antonomasia RAMÓN DE LA CRUZ (1731-1794). Este autor pudo reconvertir el género del entremés en piezas de mayor extensión y envergadura, los sainetes, de los cuales estrenó con enorme éxito cerca de cuatrocientos. En ellos no faltaron críticas al Neoclasicismo, como las que aparecen en EI Manolo y en El Muñuelo.


1. ILUSTRACIÓN Y REFORMA DEL TEATRO ESPAÑOL

En este tiempo, la política intervino por primera vez en España en la orientación teatral del país. El refinamiento francés, que coincidía plenamente con los gustos de la Casa Real, fue ganando adeptos entre los partidarios de las normas neoclásicas. Era éste un hábito mantenido por todas las Cortes europeas que se preciaran de elegantes. El conde de Aranda favoreció la Ilustración, y el intelectual Jovellanos hizo un planteamiento teórico de reordenación del mundo de la escena en su Memoria sobre espectáculos (1790). Ante el incremento de representaciones sin un contenido que supusiera enseñanza moral o adoctrinamiento cultural, Leandro Fernández de Moratín, recogiendo el testimonio paterno de la influencia francesa, encabezó el movimiento llamado de reforma de los Teatros de Madrid. Esta idea fue propuesta al Consejo de Castilla por Santos Díez González, profesor de Poética y censor oficial, que la había preparado y elaborado de 1787 a 1797. Posteriormente fue estudiada por Moratín, que, siendo ministro Urquijo, sería nombrado en 1799 director de la junta que coordinaría dicho proyecto. No obstante, dimitió pronto de su cargo, al no querer compartir -según Andioc- su responsabilidad con el gobernador del Consejo. El cometido principal de unos y otros era recomendar una serie de obras y prohibir otras, bajo la estricta orientación de fomentar exclusivamente ideas que amparasen la verdad y la virtud. Y en ese medio se movió Moratín, para el que, tras su dimisión, se creó el cargo de «corrector de comedias antiguas». Aunque no parece que corrigiera ninguna, sí apuntó la prohibición de unas seiscientas, de las cuales sólo cincuenta eran del Siglo de Oro -entre otras, La vida es sueño, El principe constante y La prudencia en la mujer; la mayoría correspondían a contemporáneos que insistían en la fórmula del siglo anterior.
La Reforma fracasó debido al boicot que le hicieron los actores y, sobre todo, por el desdén del propio público, que había sufrido en tres años dos considerables subidas en los precios. Influyó también la supresión de algunas comedias con cierto marchamo patriótico. La junta endosó unas pérdidas tan significativas que en agosto de 1801 se volvieron a programar comedias de magia -a las que volveremos en el punto siguiente- para conseguir algunos ingresos. La Reforma dejó de cumplirse durante una temporada.
Además de los dichos, es preciso señalar que los objetivos de la Reforma tenían tintes claramente progresistas. El estado de la comedia española era francamente deplorable, y de ello dio cuenta expresa Moratín en La comedia nueva o El café estrenada en 1792, contundente ataque a los epígonos del postbarroquismo. Entre las interesantes propuestas que hacía la Reforma estaba la obligación de hacer lógicos repartos de papeles, fundados más en las aptitudes de los intérpretes que en los puestos que ocupaban en las compañías. La dignificación del poeta era otra de las aportaciones, así como la de catalogar al «director» como inmediato jefe de actores y otros oficiales del teatro, evolución jerárquica del viejo oficio de «autor». El control de los locales había pasado del Ayuntamiento a la jurisdicción real, aunque el gobierno pronto devolvió dicho control al Congreso. El 17 de diciembre de 1806, una Real Orden dejó a cargo del Ayuntamiento la «dirección, gobierno y manejo total» de los teatros.

2. LA PROHIBICIÓN DE LOS AUTOS SACRAMENTALES

Hay que anteponer el debate sobre el Auto Sacramental, que se mantuvo a lo largo de esos años, a la decadencia de las creaciones escénicas en el siglo XVIII y no a la del teatro propiamente dicho, ya que los locales seguían llenándose pese a la baja calidad de las obras exhibidas.
Los Autos sacramentales habían languidecido durante el siglo XVIII. La necesidad de repetir antiguas creaciones fue poniendo el acento de la originalidad en el espectáculo. Habida cuenta que las obras de los corrales fueron derivando hacia el género más populachero, la comedia de magia, con su considerable tramoya, se empezó a identificar peligrosamente al Auto con la comedia. Si los Autos eran mezclas de asuntos religiosos y profanos -los cuales inundaban intermedios, principios y finales de las funciones-, también las enseñanzas que ofrecían aparecían mezcladas, cosa que se oponía cada vez con mayor intensidad a lo que postulaba la Iglesia. Por otro lado, las recaudaciones de los Autos tampoco presentaban aspectos tan saludables como en tiempos pasados. Durante los últimos años de autorización había compañías que no conseguían ni la mitad de los ingresos previstos. Las clases populares parecieron apartarse de un género que no lograba la implicación espiritual de antaño. En los corrales, el Auto se encontraba con alternativas tramoyísticas superiores a las citadas en las comedias de magia. Este enfriamiento del pueblo por los Autos no importaba demasiado a la Iglesia, recelosa de los excesos del teatro, de sus vestuarios inadecuados, de la correlación entre las reconocidas vidas privadas de los cómicos y los papeles sagrados que representaban, argumentos salpicados por mil y una banalidades. De ahí que una Real Cédula de 1765 pusiera punto final a la polémica mantenida durante décadas, polémica que iba más allá de una aparente disputa entre neoclásicos y tradicionales. También las comedias de santos seguirán los pasos del Auto sacramental, pues se prohibieron en 1788.


3. VIDA TEATRAL ESPAÑOLA EN EL SIGLO XVIII

Con respecto al siglo anterior, el teatro, durante el siglo XVIII, subió más si cabe en su aceptación y participación popular, llegándose a ciertos extremos, como por ejemplo a exageradas rivalidades entre las compañías y sus partidarios. T os locales daban saludables beneficios, y aunque los ingenios no abundaran, se reponían comedias pasadas. Al mismo tiempo, no fueron pocas las obras de creación absoluta que se apoyaban en un enorme ejercicio de tramoya para su desarrollo. Fueron las llamadas comedias de teatro, frente a las comedias sencillas o diarias, que eran las habituales. Las primeras, más caras en razón de sus costos más elevados, fueron imponiéndose en el gusto popular. Este aumento se puede comprobar documentalmente. En la temporada 1795-96, cinco comedias de magia, en 65 representaciones, dieron ingresos similares a 32 comedias del Siglo de Oro que necesitaron 127 funciones. Salvo algún título atractivo para el gran público, a finales de siglo los poetas áureos no tenían demasiados adeptos en las localidades baratas; pero sí los tenían en las caras, es decir, entre las clases acomodadas. Calderón, por ejemplo, gozaba de más éxito en ediciones que en corrales.
En las comedias de magia los recursos tramoyísticos tenían principal protagonismo. La moda francesa también cruzaba en este caso los Pirineos. Encantos, duendes, diablos, enanos que se convertían en gigantes, peleas..., estaban a la orden del día, sucediéndose sin cesar. Los autores buscaban lugares de acción exóticos para sus creaciones. Rusia, por ejemplo, era lugar geográfico de El mágico de Mogol, de Valladares Sotomayor, de El mágico de Brocario y El mágico de Astracán, ambas anónimas. En la línea de las obras de tema mágico, podemos añadir El mágico de Eriván, también anónima, con situación escénica en Persia, e incluso El mágico de Cataluña. Quizá la más famosa de estas comedias fuera El mágico foleto. El género, sin embargo, fue motivo de ironía por parte de los neoclásicos, que veían en él todas las exageraciones de un posbarroquismo mal asimilado. Leandro Fernández de Moratín decía con no poco sarcasmo:

Si del todo la pluma desenfrenas
date a la Magia, forja encantamiento,
y salgan los diablillos a docenas,
aquí un palacio vuele por los vientos,
allí un vejete se transforme en rana,
todo asombro ha de ser, todo portentos.


Por otro lado, no es del todo cierto el tópico extendido por Menéndez Pelayo de que el público gozara sobre todo con las viejas comedias del Siglo de Oro. Las de magia se llevaron la palma en el XVIII, aunque, en tiempo de Moratín, éste les disputara el éxito. Con el estreno de El sí de las niñas consiguió la máxima recaudación y permanencia de una misma comedia en cartel: 26 días, y la quitaron a teatro lleno por entrar en tiempo de Cuaresma.
Ya en el siglo XIX, y hasta bien avanzadas su segunda y tercera década, la comedia de corte moratiniano impuso su ley sobre todo tipo de teatro. La comedia de magia, consumida principalmente por el pueblo, acabaría sucumbiendo. Su espectador transmutó sus gustos en el nuevo artificio que encontró en el drama romántico, como veremos en el próximo capítulo.

TEXTOS


Hablar, pero también actuar

Hablamos demasiado en nuestros dramas; y consiguientemente, nuestros actores no actúan bastante. Hemos perdido un arte cuyos recursos conocían bien los antiguos. La pantomima figuraba en otro tiempo todas las condiciones, los reyes, los héroes, los tiranos, los ricos, los pobres, los habitantes de las ciudades, los del campo, seleccionando para representar a cada estado aquello que le es propio; en cada acción, lo que más llama en ella la atención. El filósofo Timócrates como asistiera un buen día a un espectáculo de esta especie, del que su severo carácter lo había mantenido siempre alejado, dijo: «Quali spectaculo Philosophiae verecundia privavit!» («La vergüenza privó a la filosofía de semejante espectáculo»). El cínico Demetrio atribuía todo su efecto a los instrumentos, a las voces y a la decoración. Así se expresó en presencia de un mimo que le respondió: «Mírame interpretar sin nada, yo solo; y después di de mi arte lo que te plazca.» Enmudecen entonces las flautas. El mimo actúa, y el filósofo, enajenado, exclama: «No te estoy viendo solamente, te estoy también escuchando. Me hablas con las manos.»
Y ¿qué efecto no habría producido semejante arte unido al discurso? ¿Por qué hemos separado lo que la naturaleza ha unido?
(...) Existen momentos que casi sería preciso dejar enteramente en manos del actor: que él disponga de la escena que hemos escrito, que repita determinadas palabras, que vuelva sobre determinadas ideas, que recorte unas y añada otras. En el cantabile, el músico deja a los grandes intérpretes del canto el libre ejercicio de su gusto y de su talento; el músico se conforma con marcar los intervalos principales de una canción bella. Lo mismo debería hacer el poeta que conoce bien a su actor. Porque ¿qué nos impresiona en el espectáculo del hombre animado por una gran pasión? ¿Sus discursos acaso? Puede que así ocurra alguna vez. Pero lo que siempre conmueve son los gritos, las palabras inarticuladas, las voces rotas, algunos monosílabos que se escapan a intervalos, ese indescriptible murmullo en la garganta, entre dientes...

(Diderot, Debate sobre El hijo natural.)


«¿Y qué diré del sutil arbitrio que discurrimos para formar las fábulas de nuestros poemitas? Arbitrio que pareció tan cómodo, que todo poeta de bien y timorato lo ha escogido para sí, y trazas llevan de no soltarle hasta la consumación de los siglos. ¡Soberano arbitrio que ahorra mucho tiempo, y muchos polvos de tabaco, y mucha torcida de candil! Arbitrio con el cual se forma en un guiñar de ojos cualquier poema [...] El poeta no tiene más que acostarse y apagar la luz.»

(LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN, La derrota de los pedantes.)



 

Índice de todos los capítulos:

CAPÍTULO I   Génesis de lo escénico
CAPÍTULO II - El teatro en Grecia
CAPÍTULO III   El teatro en Roma
CAPÍTULO IV   El teatro en la Edad Media
CAPÍTULO V   Teoría y práctica teatrales en el Renacimiento: el descubrimiento de Aristóteles y la escena moderna
CAPÍTULO VI
  Comedia renacentista y commedia dell'arte: La variedad dialectal
CAPÍTULO VII
  El teatro isabelino
CAPÍTULO VIII
  El teatro español del Siglo de Oro
CAPÍTULO IX
  El teatro clásico francés
CAPÍTULO X
  El teatro en el siglo XVIII
CAPÍTULO XI
  Prerrománticos y románticos
CAPÍTULO XII
  De la ópera al teatro simbolista
CAPÍTULO XIII
  Naturalismo frente a realismo
CAPÍTULO XIV
  Del realismo a la primera vanguardia escénica en España
CAPÍTULO XV
  Los grandes innovadores
CAPÍTULO XVI
  Nuevos caminos de la escena
BIBLIOGRAFÍA   GLOSARIO
 

Enlaces a páginas de la asignatura:


Programa de "Dibujo: Espacio Escénico"
Resumen de Escenografía Básica

Nuevos Avisos de la asignatura
Metodología Proyectual de la escenografía
Proyectos de los alumnos de la asignatura
Notas de la asignatura
Examen de la asignatura
La piazza, la strada, le quinte de Francesca Fatta