CAPÍTULO
XVI
Nuevos caminos de la escena
I. NUEVA YORK, CAPITAL
DEL TEATRO FINISECULAR
Si
a finales del siglo XIX distintas capitales europeas,
en especial París, se habían convertido
en focos de creación y de irradiación
de las nuevas formas teatrales; en el siglo XX, a partir
de los anos 60, la atención se desplaza prioritariamente
hacia los Estados Unidos de América, y sobre
todo hacia la fascinante Nueva York.
Diversas circunstancias explican este fenómeno:
el mito de la amistad y altruismo americano tras la
Segunda Guerra Mundial; su predominio científico
que crea una nueva era tecnológica; la eclosión
de su economía, que convierte a sus habitantes
en los nuevos ricos del universo; el empuje en diversos
campos de expresión, particularmente en el cine;
y el auge creciente de las galerías de arte,
que dan el espaldarazo universal a los grandes pintores
del mundo. El teatro, que contaba con el clima mas propicio,
no podía ser una excepción. Por otro lado,
la facilidad de los viajes intercontinenta¬les habían
que un arte, considerado siempre de carácter
nómada, no se resintiera de este desplazamiento
de capitalidad. De hecho, los mejores grupos europeos
habían saltado sin problemas el océano.
Por contra, festivales como el de Nancy seleccionará
sus espectáculos por todos los países
del mundo. Esto hace que, hoy día, el arte teatral
se presente variado y enriquecido por las aportaciones
más diversas. La inquietud presente se centra
en la preservación de lo autóctono frente
a la invasión de formas foráneas.
En Estados Unidos, y en la década de los sesenta,
a las causas antes citadas habría que añadir
que el teatro se hace eco de la evolución del
arte en todas sus variantes, sobre todo de la pintura
-Como veremos enseguida-, e integra comportamientos
humanos en los que caben todos los contrastes. Por otro
lado, y a pesar de sus formas innovadoras, el teatro
americano moderno no ha cerrado sus puertas al mundo,
y menos aún a los movimientos europeos. Artaud,
por ejemplo, se convierte en permanente ejercicio de
reflexión para estas jóvenes vanguardias.
Pero Artaud no lo era todo.
2. DEL TEXTO AL «HAPPENING»
Artaud
no logró en su día romper con el texto
dramático. Hasta él, y hasta las vanguardias
que nos ocupan, el proceso teatral venía siendo
el siguiente:
a)
En el principio estaban el dramaturgo y su texto. U
n texto intocable. No aceptarlo en su integridad, deformar
su historia, variar sus intenciones, era calificado
de mutilación, falta de coherencia o censura.
b) El director juzgaba las posibilidades de escenificación
del texto y se convertía en su servidor. Los
más radicales en este terreno sentenciarán:
si un director no acepta el texto, que busque otro o
escriba él el suyo; pero que deje tranquilos
a los autores y a sus obras.
c) Una vez aceptado el texto, el director impondrá
su interpretación del mismo a los actores y demás
participantes del espectáculo.
En
los años 60, el reinado del director se intentó
cambiar por la cooperación con los autores o
la creación colectiva del espectáculo.
El texto, que centra parte de las reflexiones de estos
grupos, ya no parecerá intocable. A la vieja
concepción se ofrecían nuevas alternativas:
1.
La más radical consistía en el rechazo
del texto del autor. La parte hablada podía reducirse
a unas cuartillas. Está claro que en tajes casos
se da mayor relieve al espectáculo y sus manifestaciones
audio-visuales, en particular al lenguaje del cuerpo.
2. A partir de unas ideas y del trabajo de los miembros
del grupo, no sólo de los actores, se podía
crear un texto base. Otras veces, se invitaba a un dramaturgo
a que asistiera a los ensayos, a que se integrara en
la dinámica del colectivo y, finalmente, a que
redactara el texto definitivo sobre el que trabajar.
3. La variante más moderada, y no del todo original,
consistía en la adaptación de una obra
dramática o narrativa por parte de un dramaturgo.
En principio se proponía la actualización
del texto primero, a fin de ahorrar cuanto en él
hubiera envejecido, y poner de relieve una ideología
concreta. Es una técnica que conocían
bien Brecht y Artaud, entre otros. El problema de la
adaptación es que, una vez fijada, se convierte
en un nuevo texto de autor que puede desencadenar las
mismas fidelidades o rechazos que la obra original.
El
debate sobre el texto y su presentación implicaba
a todos los que integraban el espectáculo, principalmente
al actor. Se intentaba crear una nueva imagen del actor
responsabilizado en la gestación del trabajo
escénico, opuesta a la del actor enteramente
sometido a las decisiones del director. Se empezaba
a tener conciencia de colectivo teatral.
Por las mismas razones, había que tener en cuenta
al destinatario del acto teatral. Hasta entonces, el
espectador había sido mero receptor; nunca partícipe.
Todo para el público, pero sin el público.
Brecht y Artaud, de nuevo, habían comprendido
la necesidad de contar con el espectador; en definitiva,
habían contemplado una cierta estética
de la recepción.
Pero integrar al público en el espectáculo
era tarea más compleja. Los mejores logros, en
este sentido, parten del happening americano. Para que
el espectador entrase en la obra, el emisor no debía
Presentarla como un todo acabado. Si ya era así,
¿qué papel podía jugar aquél?
Se pensó, entonces, que lo importante no era
el resultado, sino su proceso. El happening derivaba
de la action painting o pintura en acción. La
alusión a Pollock es inevitable. Este colocaba
por el suelo sus enormes lienzos, derramaba sobre ellos
pintura y la extendía ayudándose de bastones
que prolongaban sus brazos. Trabajaba con el ingenio
y la espontaneidad del artista, con la posibilidad de
poner siempre algo nuevo. No era preciso que el espectador
asistiera a la gestación de la obra. El proceso
parecía surgir del cuadro mismo. Más que
la obra del artista, el espectador contemplaba su elaboración,
la distribución de las manchas, cómo de
éstas surgían las líneas, cómo
se mezclaban los colores y tonos. Por sus formas y medidas,
estos cuadros obligaban a adoptar distintos puntos de
vista, perspectivas y enfoques. Pero lo más importante
era que, como esta pintura se presenta inacabada -otros
dirían que abierta, aunque se trate de dos nociones
no coincidentes-, ello incitaba al espectador a continuarla,
lo que suponía el modo más perfecto de
participación. Y aún más: lo indefinido
de la obra pictórica, su proceso y trabajo sobre
el significante desprovisto de significado y de referentes
previos, se oponía a toda una tradición
milenaria anterior a estas vanguardias de corte surrealista.
Estos cuadros liberaban el inconsciente del espectador,
que proyectaba sobre ellos sus propias imágenes
latentes.
En el terreno de la música, John Cage intentaba
igualmente cambiar los hábitos pasivos del oyente.
Se cita su concierto de 1952, en el Woodstock, en el
que David Tudor interpretó su pieza para piano
titulada Silencio 4' 33". En traje de noche, el
pianista permanecía sentado ante el piano los
cuatro minutos y treinta y tres segundos que indica
el título, limitándose a cerrar y abrir
la tapa para marcar los movimientos de la composición,
pero sin tocar una sola nota. La música estaba
formada por la respiración -informa Jotterand-
y las reacciones de los oyentes, los ruidos de la sala
y de los coches que pasaban por la calle, la lluvia
en el tejado, el viento en los árboles. Este
acontecimiento podría recordar las famosas veladas
dadaístas, aunque en éstas existía
una clara intención de provocar, mientras que
ahora todo parecía estar preparado con gran sinceridad
y respeto.
Por estas vías y otras parecidas el happening
penetra en el teatro. El primero de ellos, propiamente
escénico, fue obra del pintor Allan Kaprow. Tuvo
lugar en 1959, en la Reuben Gallery, y se titulaba 18
happening in 6 parts. Según su autor, se distinguen
tres fases: el ensamblaje o reunión de los materiales;
los espacios que los envuelven, por los que el espectador
puede andar, acostarse, arrastrarse o sentarse; y finalmente,
el happening propiamente dicho, o fase en la que el
artista introduce en aquel espacio una actividad que
hace reaccionar al público. A distancia ya de
estas experiencias, que en Europa podían intimidar
o, por el contrario, ser recibidas con escepticismo,
estos happening fueron positivos para el arte escénico,
o bien por sí mismos o porque se integraron en
espectáculos teatrales, parateatrales o semiteatrales.
De esta manera se consiguió que la escena participase
en las nuevas experiencias artísticas, dejando
de ser un arte retrasado. Asimismo, cumplió el
deseo artaudiano de la diversificación de los
significantes teatrales en la conformación de
un lenguaje específicamente dramático.
Ello exigió del actor una serie de conocimientos
y habilidades que se pudieron contemplar mucho tiempo
después en bastantes grupos: mimo, danza, dominio
de instrumentos musicales, etc. Jotterand resumió
así el espíritu de esta moderna vanguardia,
que designó zen y anarquista: «El happening
suponía un esfuerzo confiado en poner al servicio
de todos los hombres los recursos de la tecnología,
haciéndolos conscientes por medio del arte -cine,
danza, poesía, teatro, música-, de las
riquezas cambiantes y múltiples de la existencia.»
La idea del happening inspiró al teatro el descubrimiento
del espacio, una actitud nueva con respecto al público,
en paralelo con los esfuerzos del Living Theatre y del
Open Theatre que buscaban, a través de las teorías
de Brecht y Artaud, y de las técnicas próximas
a Cage, poner a punto la improvisación colectiva.
3. THE LIVING THEATRE
En
estrecha deuda con el happening se encuentra el Living
Theatre, sin duda el grupo americano que mayor influencia
ha ejercido en los colectivos teatrales contemporáneos
del mundo entero. El mérito de esta empresa se
debió a Julian Beck y Judith Malina. Beck era
un pintor reconocido y amigo de artistas y escritores;
Malina conocía las teorías impartidas
por Piscator en los Estados Unidos. El nombre del grupo
proviene del lugar en donde empezaron a representar
en 1946: el salón (o living) de la casa de ambos,
en el West End Avenue de Nueva York. Allí realizaron
sus primeras cuatro Producciones.
En su etapa inicial escogen textos de gran altura poética.
Los aspectos formales del lenguaje son para ellos primordiales.
El repertorio es elocuente: Gertrude Stein, García
Lorca, Jarry, Cocteau y hasta Racine. De texto en texto
descubren tres autores que les incitan a una mayor reflexión
sobre el hecho escénico: Pirandello Brecht y,
sobre todos ellos, Paul Goodman. Desde esta primera
tentativa de teatro de autor, el Living quiere establecer
sus modos propios de investigación, que lo distancian
de las técnicas de más prestigio en los
Estados Unidos de aquella época, como la del
Actor's Studio de Strasberg. Joe Chaikin, que antes
de fundar el Open Theatre fue actor del Living, resumió
tal pensamiento: «Strasberg olvida lo esencial:
el teatro no es una introspección individual
y colectiva; es más bien un encuentro entre el
actor y el espectador.»
En una fase posterior, con obras como The connection
y The brig, los actores son entrenados con juegos aleatorios
e improvisaciones. Judith Malina inventó unos
ejercicios, que escribió en unas dos mil doscientas
tarjetas, en donde anotaba actividades muy variadas
sobre diversas escenificaciones. Estos ejercicios los
alternaba con entrenamientos de yoga o experimentos
de corte naturalista que obligaban a los actores a vivir
en las condiciones de los personajes a lo largo de los
ensayos de una obra.
En The brig (La prisión) introduce en su experiencia
el contacto directo con la crueldad artaudiana. Se trata
de un espectáculo terrorífico construido
con técnicas del happening. La prisión
fue también para el grupo una experiencia extrateatral.
Sus ideas anarcopacifistas, sus reiteradas propuestas
públicas contra el armamentismo, la represión
racial o la guerra de Vietnam, sus tomas de posición
a favor de la liberación sexual o de los drogadictos,
convirtieron al Living -formado por unas cuarenta personas-
en un grupo incómodo para los gobernantes americanos.
Todas estas circunstancias les empujaron a la que denominaron
aventura europea, que iniciaron con una memorable producción
llamada Mysteries and smaller pieces (1964). Esta representación
debe también mucho a los happenings. No consta
de historia propiamente dicha, sino de una serie de
acciones distribuidas en nueve cuadros. En ellos, los
actores descendían al espacio del espectador
con varillas de incienso y, en distintos lugares de
la sala, en extrañas posiciones, improvisaban
de manera colectiva, desarrollaban ejercicios corporales
en los que los movimientos obedecían rítmicamente
al sonido, hacían largos silencios, cantaban
salmodias o letanías que el público podía
corear invitado por los actores. El teatro no era ya
un pasatiempo, sino un compromiso.
En Frankenstein mostraban una construcción perfectamente
compartimentada en forma de andamiaje. Mayor era la
parcelación en paradise now, dividido en ocho
secciones o habitaciones, que los espectadores tenían
que recorrer guiados por los actores. Con ello se pretendía
hacer un viaje por las distintas revoluciones sociales,
culturales y sexuales, con un curioso empleo de la iluminación,
que recorre el espectro solar, del negro al blanco.
En todas estas obras de su fase posterior, el texto
apenas si llena unas cuartillas. La escenificación
está hecha a base de ejercicios, a los que trasladan
sus experiencias propias, las técnicas de los
actions-painters y del happening. A la pintura moderna
deben igualmente la transposición a la escena
de las técnicas del collage y del ensamblaje.
Es la técnica de Antígona, obra que enarbolaron
contra la guerra del Vietnam, y que pasearon por el
mundo entero hasta bien entrados los 80.
4. THE OPEN THEATRE
En
1963, dos destacados miembros del Living, Joe Chaikin
y Peter Feldman, fundan un nuevo grupo en Nueva York:
el Open Theatre. Chaikin advertía que mientras
que al Living le interesaba primordialmente la protesta
política, él prefería realizarse
como actor. En él, como antes en Stanislavski
y sus seguidores americanos, 'hay una convicción
básica: el teatro está en el actor. Por
ello, desde su adolescencia asiste a numerosos cursos
de formación, manejando las enseñanzas
de Mira Rostova y del Actor's Studio. «A diferencia
-del cine, lo elemental en teatro es la presencia actual.
Actuar es manifestar visiblemente partes de nosotros
mismos sin separar nuestra mente de nuestras vísceras.
Como artistas somos vehículos que posibilitan
que las ideas se manifiesten formalmente a través
de nuestras sensaciones [...] El artista que utiliza
su arte para reclutar adictos a su ideología
está actuando como un vendedor.» Son pensamientos
del propio Chaikin.
El Open Theatre contaba con autores como Jean-Claude
van Ilie o Michael Smith, directores como Peter Feldman,
actores, músicos y hasta críticos. Para
el Open, la presencia de éstos últimos
venía a significar el conocimiento teórico,
algo así como el dramaturgo en su acepción
alemana. En sus sesiones de trabajo y ensayo, intentaban
integrar con gran libertad todos los lenguajes que puede
recoger la escena, en un afán por superar al
naturalismo, dando paso a un teatro acorde con la evolución
del arte de nuestro tiempo, sin descartar el abstracto.
Y todo ello, sin caer en hermetismos, ya que el artista
nunca debe olvidarse del público.
En la formación del actor del Open también
cuentan las sesiones de entrenamiento, a base de ejercicios
ideados por el propio Chaikin o procedentes del método
Stanislavski en su último periodo de superación
del naturalismo. Una vez más, de la mano de Jotterand
mostramos cómo se integran tales ejercicios en
una escenificación del grupo, en Viet-rock:
Tumbados,
en círculo, en las losas de un gran rectángulo
rodeado por el público en tres de sus lados,
los actores, en vaqueros, se unen en una melopea -ejercicio
del Coro. Se transforman en niños acunados por
sus madres. Se les llama al ejército; ejercicios
de entrenamiento, vuelos al Vietnam; los actores componen,
con sonidos y movimientos, las distintas piezas de un
helicóptero del que saltan soldados transformados
en vietcongs y en yanquis cuestionados. Los cambios
de los personajes son realizados de manera que la anécdota
gestual no rompa nunca la línea emotiva. Cambios
advertidos: víctimas que se convierten en verdugos,
aldeanos en viejos, madres americanas en encantadoras
geishas... Cuando mueren los actores, acribillados por
sus propios aviones, los espectadores hemos vivido con
ellos su destino desde los vagidos del nacimiento hasta
la silenciosa rigidez de la muerte. Finalmente, los
actores se levantan, se acercan a los espectadores,
les tocan el pelo, los hombros, los pies... dándonos
la impresión, como deseaba Chaikin, de haber
compartido la experiencia de nuestra mortalidad.
En
similar línea de investigación presentaron
otras experiencias límite, como America Hurrah
(1968), The serpent (1968) y Terminal (1970). Poco después,
el grupo se disuelve por temor a la institucionalización,
a la asimilación y por las diferencias ideológicas
y estéticas entre sus componentes. Un final bastante
común en grupo' americanos y europeos.
5 LAS REVELACIONES DE
NANCY
El Festival Mundial de Nancy, que empezó siendo
un Festival ~ Teatro Universitario, cambió pronto
de giro para convertirse en el primer Festival de Teatro
experimental del mundo. Los franceses supieron, como
nadie, lanzar a la popularidad a grupos llegados de
Asia, África, América... Nos detendremos
en algunas 10Jocionet surgidas a partir de 1968. Durante
estos años, el Festival adquiere un elevado nivel
de concienciación política, consiguiente
a las «revoluciones» de 1968, particularmente
en Francia. Una nueva sensibilidad está surgiendo
con una carga considerable de rebeldía y de crítica
hacia las formas del Poder. Pero a Nancy, y a su director
Jack Lang, les interesa aún más la calidad
de las innovaciones escénicas. El Bread and Puppet,
el primero de nuestros grupos seleccionados, aparece
por Nancy precisamente en 1968.
«Bread & Puppet»
Aunque
los modernos movimientos escénicos, tal y como
estamos comprobando, se mueven en coordenadas cercanas
a la pintura y la escultura, ninguno alcanza tanta dimensión
plástica como el Bread and Puppet. Su propio
mentor y creador no procede del mundo literario, sino
del plástico. Peter Schumann era un escultor
de vocación, que se dedicaba no poco a la danza.
En 1961 encabeza un movimiento que, bajo el lema de
«el teatro es como el pan, más que una
necesidad», aporta una inusual estética
para el mundo del teatro: la incorporación de
la gran marioneta al escenario, marionetas de unos cinco
metros de altura, manejadas por actores no necesariamente
profesionales en perfecta y conjuntada armonía
plástica. El hecho suponía una reacción
contra el teatro literario, ya que sus .Muñecos
vivientes» propiciaban justamente lo contrario:
el teatro no narrativo o antinarrativo. Si bien es cierto
que, la mayoría de las veces, el escenario era
la propia calle, Schumann no hizo ascos a las reglas
del juego que suponía el local cerrado al uso.
Fuera o dentro, Bread and Puppet Theatre dejó
atónitos a los espectadores americanos de los
60, y posteriormente a los europeos que habían
visto tales innovaciones del grupo sólo en reportajes.
También a éstos les fascinó Europa
en sus giras, y más aún, encontraron en
no pocos rincones -Italia sobre todo- medios culturales
que favorecían mejor sus tareas de investigación.
La iconografía de matiz religioso era una de
sus más señaladas características,
tal y como podía verse en The Cry of the People
for Meat o en The Domestic Resurrection Circus. The
Stations of the Cross (1972) es una pasión moderna,
pues trata de la vida de Cristo. En poco más
de una hora de duración, y sin ningún
diálogo -como era habitual en el grupo- se asistía
a un verdadero Vía Crucis, con sus catorce estaciones
o paradas. Era común la intervención de
un coro que, tras el toque de campana, entonaba diversas
salmodias. En 1981 presentaron en Nueva York versiones
de obras tan conocidas como Voyzeck de Büchner,
para después trabajar en Italia un tipo de producción
más en consonancia con sus orígenes, aunque
ya sin perder contacto con los elementos textuales.
El Teatro campesino
El Teatro campesino de Méjico es revelado en
Nancy en 1969. Presenta allí sus Actos, sketches,
poblados de lazzi, en los que el humor se contagia de
una amarga ironía. Sus personajes son reconocibles:
el patrón, el huelguista, el embaucador, el «amarillo».
El guía del grupo es Luís Valdés,
que ha tenido sus contactos con Peter Schumann, y ha
trabajado con la San Francisco Mime Troupe, en donde
asimiló las técnicas de la Commedia dell'Arte.
Al volver a Méjico y tomar conciencia de la realidad
social de su país, piensa en cómo poner
sus conocimientos teatrales al servicio de sus compatriotas
explotados. Una larguísima huelga de trabajadores
de la viña en el campo será el detonante.
Habrá que mostrar un teatro elemental. Los espacios
de la representación serán el campo y
los lugares de los campesinos. Los comediantes serán
también campesinos. Los medios serán rudimentarios:
algunos accesorios, pancartas colgadas del cuello...
Posteriormente, Valdés pasa a un teatro más
elaborado: los corridos. Su origen se encuentra en el
corrido mejicano: canto acompañado a la guitarra
mientras otros bailan o miman la historia cantada. En
los corridos nos encontramos con personajes como el
diablo), la diablesa, la calavera. Los corridos cuentan
historias de amor, de celos y de muerte. En el llamado
RositaAlvírez, la joven será asesinada
por
up señor al que no le permitió bailar
con ella. ¿Por qué los diablos, las calaveras?
Valdés cree que, aparte su teatralidad, estas
figuraciones encarnan el mal que llevamos en nosotros
mismos, y nos transportan a niveles más profundos
de nuestro yo.
Finalmente, el Teatro Campesino trabajará sobre
una forma más elaborada, el Mito. Para Valdés,
el mito transgrede la lógica. El cano conecta
sin dificultad con la religiosidad profunda de sus mitos.
Evoca, como ejemplo revelador, el mito del fin del mundo,
muy popular en Méjico.
Un
chicano encuentra al ángel Gabriel, quien le
dice que el mundo va a acabar. Tres distanciados toques
de trompeta marcan este final. El primero significa
el acabamiento de la vida cotidiana. Al chicano le ocurren
cosas terribles: se drogan sus hijos, es violada su
hija... El segundo toque nos abre a lo sobrenatural:
demonios, muertos que visitan al chicano y se vengan
de él. El tercero da paso al acabamiento cósmico.
El chicano, y el mundo, se descomponen. La última
escena nos presenta al chicano en su cama, rodeado por
su familia. Fue una muerte normal. No hubo tal final
del mundo.
Bob Vi1son
Ningún
espectáculo, en toda la historia del Festival
de Nancy produjo tanta expectativa como I a mirada del
sordo, del americano Bob Wilson. ¿Cómo
es la mirada de un sordomudo? ¿Cuál es
su penetración? A Colette Godard le asombrará
la presencia misma del actor, su impasividad, su mirar
petrificado, hipnótico. No contaba el tiempo
para esta mirada. En Nancy, el espectáculo duró
siete horas y media. Durante ese tiempo, se asistía
a un relato de gestos de gran lentitud, mientras de
la memoria interior del personaje iban surgiendo las
imágenes. Música lejana, procedente de
los bastidores. Silencio. Unas notas de piano que parecen
hipnotizar el tiempo. La rampa. Algunos proyectores
y el humo que nos transporta a una claridad crepuscular,
inestable, con variaciones imperceptibles. La maquinaria
artesanal -poleas, raíles-, hace desfilar por
los ojos del sordo, todo un mundo sonámbulo,
poblado de recuerdos, entre ellos, inevitable, el de
la nodriza negra, vestida de negro, que apuñala
a un niño. La tensión, la lentitud de
los gestos, convierten la mínima porción
de este espectáculo en un momento ceremonial.
Ese es, en nuestra opinión, el secreto de Bob
Wilson. Se trata descomponer las acciones y secuencias
en todos y cada uno de sus pasos y movimientos menores,
para teatralizarlos uno tras otro. Veamos cómo
Stefan Brecht expone la secuencia de la mujer negra:
«La mujer se vuelve. Lentamente se pone un guante
negro. Lentamente echa la leche en uno de los vasos
y se lo lleva al niño, con igual e increíble
lentitud. Lo toma el niño, sin mirarla. Bebe
Un poco. La mujer espera. Retorna el vaso. Lo deja en
la mesa. La mujer coge el cuchillo. Lo limpia con gran
lentitud. Se vuelve. Avanza. Vuelve al niño.
Se inclina. El niño está leyendo de nuevo.
Le clava el cuchillo en el corazón. Cae el niño
al suelo. Ella guía su caída hasta el
suelo con la mano izquierda. Vuelve a apuñalarlo.
Lo apuñala deliberadísimamente en la espalda.
Recoge el cuchillo. Vuelve a la mesa. Limpia el cuchillo.»
En realidad, Bob Wilson estaba partiendo de su propia
historia. Hasta los diecisiete años había
permanecido mudo. Una bailarina le demostró que
su enfermedad tenía un origen psíquico.
Al tercer mes de entrenamiento con ella, Bob recobró
el habla. Otro día observó a un policía
golpear a un niño negro por haber apedreado los
cristales de una iglesia. El niño era sordomudo.
Tras nueve meses de diligencias, Bob Wilson consigue
sacarlo de la cárcel. Lo toma a su cuidado. Descubre
que el niño había perdido el uso de la
palabra al ver a una mujer negra apuñalar a un
niño.
Ouejío
El grupo sevillano La Cuadra será invitado al
Festival de Nancy en 1972. Presentó una obra
de impacto, Ouejío. El público quedó
anonadado. Ouejío remitía a un teatro
ancestral, autóctono. La estructura de la obra
era sencilla. Cantes flamencos, desgarradores, acompañados
por el guitarrista, en escena, al tiempo que los bailaores,
en impresionantes zapateados convulsionaban el ritmo
hasta el total agotamiento. Todo ello, dentro de un
clima medido, de gestos lentos, ceremoniales. El teatro
de la crueldad encontraba aquí una confirmación
a su medida.
El lanzamiento fue fulgurante. La obra fue contratada
para diecisiete festivales internacionales y alcanzó
cerca de las ochocientas representaciones en España
y en países de Europa y América. Tras
Ouejío, vinieron otros estrenos, todos enraizados
en Andalucía: Los palos, Herramientas, Andalucía
amarga, Crónica de una muerte anunciada... con
los que La Cuadra ha seguido dando pruebas de la eficacia
de un método.
6.
EL «TEATRO POBRE» DE JERZY GROTOWSKI
Aunque
las aportaciones de las vanguardias americanas que hemos
visto no se distinguen precisamente por el coste de
las producciones, tampoco se puede negar un tono espectacular
que sin duda les viene del medio en donde se desarrollan.
En Europa, en cambio, una corriente modifica el viejo
hábito naturalista, oponiéndose, además,
al sistema de exhibición y organización
al uso. Su marco de acción es muy limitado, propio
del laboratorio de donde surge; su gestión, pura
y simplemente la de una escuela de actores. Jerzy Grotowski
(Rzessów, 1933) es una de las personalidades
más destacadas del teatro contemporáneo,
que ha aportado peculiares matices y evoluciones al
método Stanislavski y a la épica brechtiana.
Después de estudios escénicos en Cracovia
y Moscú, establece en Wroclaw un Instituto de
Investigación sobre el actor, formando una compañía
con los propios alumnos del centro. Sus producciones
(Caín de Byron, Fausto de Marlowe, Hamlet de
Shakespeare, El príncipe constante de Calderón
o Apocalipsis cum figuris, sobre textos de la Biblia)
inciden sobre mitos próximos a una conciencia
colectiva. Grotowski rompe con la forma tradicional
de llegar al teatro. Piensa que éste, para el
profesor, no es más que un buen lugar donde el
actor declama un texto; para el espectador, una simple
distracción, incluso para los que tienen aficiones
culturales y se sienten ennoblecidos; para el escenógrafo,
es un arte plástico al servicio del drama; para
el actor, es él mismo; y para el director de
escena, una forma de desahogar sus instintos políticos
o artísticos. Su teoría surge precisamente
de la negación de las categorías anteriormente
definidas. Cree que el teatro puede existir sin vestuario,
decorado, luminotecnia, incluso sin texto; como nunca
lo imagina es sin actores y espectadores. El actor justifica
la idea fundamental de su propuesta: le pide que testimonie,
que comunique su vida interior. Debe descubrir sus posibilidades
de gesto y voz. Para expresarse, estudia un lenguaje
de signos. De esta forma, el actor siempre es creador
en la escena. «El primer deber del actor es entender
bien el hecho de que aquí nadie pretende darle
nada; al contrario, se procurará sacar de él
lo más posible, librándole de algo que
está normalmente muy arraigado: su resistencia
y reticencia, su inclinación a esconderse tras
unas máscaras, su tibieza, los obstáculos
que su cuerpo coloca en el camino del acto creador,
sus hábitos e incluso sus habituales buenas maneras»,
dice en una de sus Declaraciones de Principios.
Posteriormente a esta teorización, que resume
en su obra Hacia un teatro pobre, y tras ofrecer varias
versiones de sus más famosas creaciones, se dedicó
por completo a impartir seminarios por toda Europa y
América, fijando su residencia en Estados Unidos.
7. EL «ESPACIO
VACIO» DE PETER BROOK
Entre
los creadores más notables del teatro de finales
del siglo XX figura por derecho propio el inglés
Peter Brook (n. 1925), autor de cuatro interesantes
ensayos que se publicaron conjuntamente con el nombre
de El espacio vacío (1968), penetrante análisis
sobre problemas del teatro actual. A Brook se le ha
acusado de eclecticismo, de acaparar todas las tendencias,
algunas de ellas incluso opuestas, de intentar satisfacer
a los más diversos públicos. Frente a
ello cabe responder que en la historia del teatro pocos
creadores han mantenido toda su vida un mismo estilo
de trabajo. Brook ha mostrado un cambio continuo en
sus montajes, bajo el parecer de un saludable inconformismo.
También ha sabido auscultar la sensibilidad teatral,
al tiempo que ha tenido el ingenio, atrevimiento y buen
gusto necesarios para saber investigar dentro de unas
fórmulas concretas. Todo ello dejando, en muchos
casos, que el propio texto impusiera la forma escénica.
Brook se inicia como director en 1945, dentro de la
más clásica tradición inglesa,
destacando particularmente por sus montajes sobre textos
de Shakespeare, en la Royal Shakespeare Company, donde
dirige a actores de la talla de Olivier, Gielgud y Scofield.
Posteriormente evolucionó hacia formas de vanguardia,
encontrándose en su camino con el teatro de la
crueldad artaudiano, en colisión con sus teóricos
planteamientos brechtianos. Quizá entonces es
cuando da con sus más espectaculares montajes,
como Marat-Sade de
Peter Weiss (1964), Los biombos de Jean Genet (1964)
y Sueño de una noche de verano (1970), en el
que combina la magia y el circo con el teatro de muñecos
y el music-hall.
No hay en Brook una verdadera inclinación hacia
el teatro colectivo, aunque efectúe esporádicas
experiencias con grupos, rompiendo tradicionales relaciones
de sumisión entre maestro y alumnos. Su etapa
en la Gare du Nord de París le lleva a un trabajo
en equipo que le transporta a muy diferentes culturas
orientales, en las que últimamente investiga
con no poca fortuna. Inició dicha trayectoria
con un trabajo sobre mitos en lejanos pueblos saharianos
(La conferencia de los pájaros, 1979), y ha llegado
a su punto culminante con el Mahabharata (1985), una
religiosa y épica narración
8.
ÚLTIMOS GRANDES CREADORES ESCÉNICOS EUROPEOS
Que
los últimos grandes creadores del teatro finisecular
son directores de escena es algo que pocos discuten.
Un periodo iniciado por la aparición de los pioneros
de la mise en scène –como Antoine o Stanislavski-
va a concluir con el mantenimiento de unos nombres emblemáticos
para la actual historia del teatro. Destacamos, entre
ellos, los que, en nuestra opinión, son más
significativos, Tadeusz Kantor y Giorgio Strehler, junto
a la cita obligada de una importante pléyade
de creadores, a la cabeza de los cuales situaremos a
Jean-Louis Barrault, Luca Ronconi, Roger Planchon y
Víctor García.
Tadeusz
Kantor
TADEUSZ
KANTOR (n. 1915) procede de la pintura, como otros tantos
directores contemporáneos. Iniciado en la práctica
del happening, no se distingue precisamente por tal
tendencia. Sus raíces están en la tradición
polaca, en el choque entre el mundo cristiano y el judío
y en la historia reciente de su país, combinando
muy diversos procedimientos. Kantor toma partido por
ese inconsciente colectivo que forma el pueblo polaco,
con su dolor y ironía, así como con la
estética que lo manifiesta. Sus componentes culturales
pueden calificarse de vanguardistas, pues se complace
con las tendencias irracionales simbolistas y fantásticas.
Le fascina Maeterlink, Hoffmann, Kafka, así como
los polacos Wyspiansky, Gombrowicz, Schulz y Witkiewicz.
Pero lo sorprendente es que su mirada interior, y su
posterior plasmación en la escena, acercarán
éstas y otras muchas opciones a un realismo pleno
y convincente.
Tras un periodo como escenógrafo, en 1953 funda
el grupo Cricot-2, en el que elabora sus más
famosos espectáculos (sobre todo con las obras
de Witkiewicz, El calamar, 1955, El armario, 1966, y
La gallina de agua, 1968). En ellos hay algo extraño
y difícil de expresar, que se adueña del
público despertando el inconsciente, a la vez
que lo sacude al compás del ritmo escénico
de sus figuras hieráticas que parecen doblar
el yo oculto en la rigidez obsesiva del maniquí.
Al intentar expresar de este modo su arte profundo surgen
los más importantes trabajos de Kantor, La clase
muerta (1975) y Wielopole, Wielopole (1980). La primera
sobre todo es una muestra del último y más
avanzado estilo que logra el director polaco; es lo
que él llama «el teatro de la muerte»,
plenamente manifestado con su presencia continua en
el escenario, como patético testimonio de la
fugacidad de la creación teatral.
Para Kantor, el texto y su autor son compañeros
inseparables de viaje. Sobre el texto se han de crear
las situaciones y acciones, que dependerán, en
cada obra y en cada momento, del grado que «ha
alcanzado mi conciencia artística». Una
conciencia para la que el arte, y particularmente el
arte dramático, es vida, no imitación
de la vida. Como en Artaud y en los happening, lo importante
no es la obra, sino su proceso, su creación.
No
es la obra-producto
lo que importa
no es su aspecto
«eterno» e inmutable
sino la acción misma de crear.
Otros directores
La
figura de GIORGIO STREHLER (n. 1921) es inseparable
de sus montajes en el Piccolo Teatro de Milano fundado
en 1947, una de las instituciones de mayor renombre
en la segunda mitad del siglo XX. Ensalzado por unos,
otros discutirán sus puestas en escena, particularmente
los montajes de Brecht, tachados de ilusionistas. Llega
a ellos y a la influencia del Berliner Ensemble después
de una amplia enseñanza en la puesta en escena
tradicional. Además de investigar en aquella
dramaturgia, y dejar una serie de propuestas definitivas,
sobre todo con textos de Shakespeare, pone su mirada
en la escena italiana, consiguiendo montajes modélicos
inspirados en formas plásticas del pasado. Arlequín
servidor de dos amos de Goldoni, es un espectáculo
que ha ido reponiendo en sucesivas ocasiones, desde
1947, y que marca su conexión con la tradición
teatral italiana, en donde se sitúa la utilización
de la máscara y del movimiento escénico
propios de la commedia dell'arte. El gusto de Strehler
por el siglo XVIII se manifiesta en sus montajes de
óperas de Mozart y la puesta en escena de piezas
de Puccini y Cimarosa.
El
también italiano LUCA RONCONI (n. 1933) pasará
a la historia por su espectacular escenificación
del poema de Ariosto Orlando furioso (1968). Teatro
múltiple, de cierta inspiración medieval,
sincrónico, inabarcable por el espectador, que
puede y debe situarse en medio del espacio escénico,
en el que mezcla la fiesta, el circo, la feria y la
liturgia. Su sentido del espectáculo lo ha llevado
a poner en escena varias óperas de Wagner y Gluck.
En
el terreno de la moderna dirección escénica
francesa, destacan los nombres de JEAN-MARIE SERREAU
(1915-1973), que antes de 1950 había adaptado
a Kafka, con lo que su llegada al absurdo fue inmediata;
JEAN LOUIS BARRAULT (n. 1910), que había comenzado
su aprendizaje junto a Artaud, para convertirse en uno
de los grandes creadores de la posguerra; ROGER PLANCHON
(n. 1931), que se reveló con su montaje sobre
la Revolución Francesa, Bleus, blancs, rouges
(1970); idéntico tema descubrió a ARIANE
MNOUCHKINE (n. 1934) y su «Théátre
du Soleil», con 1789 (1970), montaje que usa las
aportaciones de Ronconi mediante números de fiesta
popular, circo, mítines, asambleas, etc., siempre
con el público alrededor de multitud de escenarios.
Otros directores destacables son los franceses PATRICE
CHEREAU (con un espectacular Peer Gynt, de siete horas
de duración) y ANTOINE VITEZ; los argentinos,
residentes en París, VÍCTOR GARCÍA
Y JORGE LAVELLI.
En
Víctor García, director de inusitada originalidad,
todo parece surgir de una idea maestra sugerida por
su peculiar lectura del texto dramático. Esa
idea se le convierte en imagen visual, dando origen
a una concepción escenográfica sorprendente.
Concebida la escenografía, ésta condicionará
el juego de los actores, sus movimientos, su ritmo,
su dicción (la actriz Nuria Espert contratará
a Víctor García para sus montajes en España);
modificará la estructura de la obra si es preciso
(a veces con peligro para el seguimiento de la anécdota
o argumento); forzará el proceso perceptivo por
parte del público. Son recordados sus montajes
de Las criadas de Genet, con su escena inclinada y totalmente
cerrada con planchas metálicas que reflejan la
luz y producen extraños sonidos al ser golpeadas;
la Yerma, de García Lorca, sobre una enorme lona
elástica que adopta distintas variantes -ondulaciones,
verticalidad...-; El cementerio de automóviles
de Arrabal, para el que convierte el teatro en un festival
de chatarra calcinada; Divinas palabras de Valle-Inclán
donde suprime todo detalle costumbrista, poblando el
escenario con tubos de órgano de iglesia...
9. SENTIDO DE LA CREACIÓN
COLECTIVA:
ENRIQUE BUENAVENTURA
La
segunda mitad del siglo XX presenta una nueva serie
de gentes de teatro procedentes de lo que muchos llaman
«el tercer mundo». Todas ellas suelen poseer
una formación occidental -París V Nueva
York suelen ser los centros de formación más
comunes que, mezcladas con los elementos autóctonos
de su país de origen, crean saludables propuestas.
La riqueza política en donde se desarrollan,
con continuos vaivenes sociales, revoluciones y contrarrevoluciones,
dan el contexto oportuno para su evolución. América
del Sur, sobre todo, va a ser el banco de pruebas para
un teatro renovado, en donde no valen las importaciones
europeas, que se quedan para las altas capas de la sociedad,
y sí un cierto didactismo político en
donde se sumergen la mayoría de las propuestas.
Representan sus obras en Colombia, Venezuela y, en un
momento dado, en Chile, países de relativa estabilidad
democrática, en donde se podía permitir
el chillido de protesta de los escenarios. A tales condiciones
políticas, cabe añadir un cierto poder
económico que hace posible la realización
de festivales internacionales, en donde las gentes de
teatro del lugar encuentran en casa fórmulas
de desarrollo a sus inquietudes dramáticas.
Dado. por un lado, el espíritu didáctico
que preside tales procesos; por otro, cierta igualdad
de formación entre los componentes de los grupos,
y, finalmente, el deseo de enmascarar muchos de los
trabajos en un espíritu colectivo que difuminase
la responsabilidad civil de los mismos, se abordó
una fórmula adecuada al medio. Ésta no
es otra que la de la creación colectiva. Aunque
no se puede negar el empuje gestor de uno de esos miembros
del colectivo, como padre de la idea o director de la
misma, tampoco podemos hacerlo del abierto talante de
consenso que tenían los espectáculos colectivos.
Muchos y muy variados son los mecanismos que han surgido
de tales consideraciones, aunque quizá el más
generalizado sea el método de Enrique Buenaventura,
director y docente colombiano que ha pasado buena parte
de su vida explicando y enseñando en la mayoría
de los países latinoamericanos.
Enrique Buenaventura (nacido en 1928), que estudió
pintura, arquitectura y escultura en Bogotá,
es asimismo autor de no pocos dramas. A la diestra de
Dios Padre (1958) ha sido un texto muy representado
en América, lleno de ideas y tradiciones surgidas
del más puro folclore indígena. En una
evolución de carga crítica superior se
encuentran Los papeles del infierno (1968) e Historia
de una bala de plata (1980). Como gestor y promotor
de elencos escénicos, cabe señalar que
en 1955 puso en marcha el Teatro Escuela de Cali (TEC),
que derivó en el teatro Experimental de Cali,
a partir de 1970. Allí, y en el Festival Internacional
que se generó en dicha ciudad colombiana, alcanzó
reconocimiento mundial.
Sin embargo, es en su método de creación
colectiva donde parece tener su máxima proyección
teórica. A Buenaventura le interesa «una
participación creadora igual por parte de todos
los integrantes», con lo que se cambian «radicalmente
las relaciones de trabajo y la manera de encarnar ese
trabajo». Cuestiona el criterio de autoridad del
director de escena, que llega a dejar de ser intermediario
entre texto y grupo, entendiendo por texto algo muy
diferente a la obra cerrada escrita por un autor. Pero
algo debería reemplazar el lugar del director,
y por ello nació la «etapa analítica»
del método, esto es, una forma de analizar el
texto. En esta concepción, «un texto teatral
es una analogía de la vida social, no una reproducción
o un reflejo directo de esa vida». Tras un prolijo
desarrollo de dicho método, se llega a la consideración
de que los actores son también autores del espectáculo.
Han efectuado improvisaciones, han anotado los cambios
más significativos que deben introducir en aquéllas,
han quitado lo inservible; en resumidas cuentas, han
hecho todo lo que normalmente efectúa la mente
organizativa del director. Sin embargo, el método
no descarta la participación de un director que
pueda «ver la totalidad durante todo el trabajo»,
es decir, que aun perdiendo autoridad sobre el grupo,
gana al poder dar la vision completa y organizadora
del mismo. El método de Buenaventura es una colección
de normas y recetas de creación escénicas,
perfectamente aplicadas al medio social y artístico
en donde se desarrolla, difícil de utilizar en
otros de diferente naturaleza.
10. LA SITUACIÓN
DE LA ESCENA ESPAÑOLA A FINALES DEL SIGLO XX
Como ha quedado ya indicado, los dramaturgos españoles
han intervenido de manera muy escasa en el desarrollo
del arte escénico en la segunda mitad del siglo
XX. Sólo de Fernando Arrabal -residente en París,
aunque conservando la nacionalidad española-
se puede decir que propiciase, cuando no encabezase,
movimientos innovadores. El resto de la dramaturgia,
pese a ciertas figuras de relieve como Antonio Buero
Vallejo o Alfonso Sastre, no llega a influir en el desarrollo
escénico europeo. Desgraciadamente, tampoco autores
innovadores en sus lenguajes, aptos para nuevas experimentaciones,
como es el caso de Joan Brossa, José Ruibal,
Romero Esteo, Alfonso Vallejo o Luis Riaza, han podido
ir más allá, debido a sus escasísimas
representaciones.
Por otro lado, entre los creadores escénicos
ha seguido faltando un guía o mentor de nuevas
generaciones de directores y escenógrafos. Las
mayores innovaciones y despliegues escénicos
hay que atribuírselos a algunos de los pocos
grupos que aún permanecen desde los tiempos de
la dictadura franquista: La cuadra, de la que ya nos
ocupamos en el epígrafe 5, Els foglars y Els
comediants. Estos grupos, junto con el más reciente
La fura deis baúl, han sacado nuestro teatro
fuera de España y significan no poco en el movimiento
alternativo contemporáneo. Como los grupos americanos,
han realzado, además del lenguaje oral, los demás
lenguajes del espectáculo: mímica, luz,
expresión corporal y cuanto puede contribuir
a la visualidad del espectáculo.
Els foglars
Más
de veinticinco años lleva Albert Boadella al
frente de este grupo polémico. Iniciados en el
mimo -rostros blancos, mallas negras-, pronto se inclinarán
por un teatro de la palabra y de la acción dramática
más completa. Les caracteriza el talante desmitificador
de sus espectáculos que, en los últimos
estrenos, raya en lo abiertamente provocativo. De grandes
representantes de farsas podríamos calificarlos.
Pero estas farsas, en contra de lo que cabría
esperar, se apoyan menos en la deformación caricaturizada
de los rasgos de los personajes que en la imitación
fiel, por parte de los actores, de los roles y comportamientos
sociales sobre los que intentan ironizar (oficiantes
en una concelebración litúrgica ecuménica
en Teledeum; altos prelados y el Papa en Columbi lapsus;
personajes de corte nazi en Olympic Man Movement; campesinos
catalanes en M-7 Catalónia...). La ironía,
el humor aparecen al situar a esos «personajes»
fuera de sus espacios habituales, en un marco de ficción.
La creación de estos personajes puede suponer
un trabajo costosísimo ';para los actores. Un
ejemplo más que elocuente nos lo proporciorpan
Los virtuosos de Fontainebleau: además de dominar
un instrumento constantes sesiones durante seis meses,
los actores fueron capaces de emitir sonidos sin mensaje
alguno con una pronunciación francesa de gran
fidelidad.
Otro factor decisivo es su perfecta y costosa escenografía,
de gran modernidad, para la que echan mano de las técnicas
más sugestivas: pantallas con centenares de luces,
grandes indicadores electrónicos, etc.
Els comediants
Montajes
como Sol, solet o Dimonis bastarían para situar
a este grupo en la línea de ese teatro de grandes
máscaras, de ese teatro de la infancia y de la
fiesta como espacios de las desinhibiciones, en la línea
del Bread and Puppet, aunque sin pretender alcanzar
sus posturaldos redentores. En efecto, el grupo americano,
con el que llegan a compartir experiencias, y el italiano
Eugenio Barba serían sus mejores mentores. Els
comediants, que pretende ante todo divertir, saca sus
temas y formas escénicas del folclore, de las
fiestas populares con sus comparsas, sus disfraces,
sus bailes y verbenas, sus tradiciones (como la de La
noche de San Juan), sus bandas musicales, sus procesiones
y liturgias, sus gigantes y cabezudos, sus dragones...
Habría que añadir, además, las
acrobacias, los números espectaculares que hasta
ahora eran privativos de equilibristas y gentes del
circo. Y todo ello, Els comediants lo prodigará
dadivosamente, en proporciones espectaculares: zancos
que triplican la figura humana, objetos desmesurados,
lonas que cubren todos los espacios y en las que se
puede figurar el cielo con sus estrellas, pasarelas...
No hay que decir que este grupo se encuentra mejor en
los grandes espacios al aire libre (una plaza, una avenida,
el curso de un río en ocasiones o en lugares
no convencionales) que en los teatros a la italiana.
Junto a la espectacularidad, el rigor del trabajo y
su sentido del ritmo, han convertido a Els comediants
en el primer grupo occidental en este tipo de teatro.
La fura dels baus
Si
en un principio pudimos pensar que lo que este grupo
nos presentaba ya nos lo habían mostrado las
vanguardias americanas y los efímeros pánicos
veinte años antes, pronto pudimos comprobar que
las insólitas transgresiones de La jura deis
baus no tenían en cuenta tales precedentes. En
1983, Accion supuso su revelación. Los actores,
embadurnados de serrín y huevo nos parecían
miserables larvas reptantes, que luego se convertirían
en fieras espeluznantes, o en humanos acorralados. La
fura deis baus destruía todos los espacios del
recinto teatral, empezando por el espacio del público,
constantemente violado por la acción. Todo pertenece
a los actores, desde el suelo a los techos, incluyendo
los propios muros convertidos en espacio escénico.
Gritos, desplazamientos violentos, una música
de rabiosa actualidad, en vivo, completan el cuadro.
La crítica quedó atónita ante el
fenómeno inusual. Se habló de «pesadilla»,
de «alucinaciones urbanas», de una «estética
mezcla del happening, del punk y del buto japonés»,
de «antropofagia»... El grupo no duda en
emplear en sus montajes los artefactos más variados:
tractores, enormes grúas en las que el cuerpo
del actor semejará un paquete o un guiñapo,
tendidos de alambres...
En su Manifiesto canalla, también de 1983, se
definen como «organización delictiva dentro
del panorama actual del arte», que «se aproxima
más a la autodefinición de fauna que al
modelo de ciudadano. Cada acción representa unos
ejercicios prácticos, una acción agresiva
contra la pasividad del espectador, una intervención
del impacto para alterar la relación de éste
y el espectáculo». A Accion han seguido
montajes más sorprendentes aún como Suz/o/Suz,
de 1985, Tier Mon, de 1988, o Noun, de 1990.
11.
VIAJE DE ORIENTE A OCCIDENTE
Oriente,
olvidado por Occidente durante dos milenios, comienza
a fascinarnos en el último tercio del siglo XX.
Las artes marciales del Japón o de Corea; el
yoga y otras prácticas de concentración
y relajación mental y corporal; la medicina natural,
el respeto al medio, un nuevo sentido de la cortesía...
son algunas de las prácticas orientales que nos
enriquecen. En realidad, la historia de Oriente se ha
hecho, en nuestro siglo, interdependiente con la historia
occidental: China se convierte en una potencia reguladora
del equilibrio de los dos bloques durante varias décadas;
hasta 1989 representó la otra cara, más
humana, del comunismo. La India, tras su independencia
del colonialismo inglés, empieza a desarrollar
con ímpetu sus principales tradiciones, entre
ellas las artísticas. El Japón se convierte,
tras su derrota en la segunda guerra mundial, en una
potencia inquietante para Occidente: no por su poder
bélico, sino por su llamado colonialismo económico.
Pero a este expansionismo se debe igualmente la difusión
de su arte. Por lo demás, los medios de comunicación
y de información actuales han hecho que Oriente
y Occidente no representen ya dos mundos separados.
Descubrimiento de la escena oriental
Este
descubrimiento se debió -no podía ser
de otro modo- a los poetas y creadores de mayor intuición
teatral del siglo XX. Paul Claudel -quizá el
dramaturgo formalmente más innovador del siglo
XX- pasa largas estancias en el Japón y la China.
Su teatro está lleno de deudas con la escena
oriental. Por su parte, el deslumbramiento de A. Artaud
ante el Teatro Balí, le transportará a
nuevas concepciones para el arte escénico, las
que pasaban por el rechazo del teatro occidental. Por
ello, detrás de Artaud y de las vanguardias que
surgen a su amparo, es justo adivinar la presencia del
teatro oriental. Por su lado, son conocidas las aproximaciones
de Brecht al teatro chino.
Manifestaciones
orientales
En
cierto modo, la «resurrección» de
Artaud hacia 1960 impulsó, por fuerza, un método
oriental para actores (digamos esto con todas las reservas)
frente al método de Stanislavski. Algunos entusiastas
casi místicos del Oriente se lanzaron a un aprendizaje
sincero, in situ. Señalemos aquí a un
discípulo de Grotowski, el italiano Eugenio Barba,
que aprende en Bali los secretos de la danza que tanto
fascinara a Artaud. Barba será el creador en
Oslo, en 1964, del grupo europeo que con mayor sinceridad
y esfuerzo ha hecho suyas las técnicas escénicas
orientales, el Odin Teatro. Eugenio Barba, en multitud
de cursillos por todo Occidente, se convierte en promotor
de este teatro, de sus gestos, de sus signos y símbolos,
de las tradiciones que lo ilustran, de la preparación
y filosofía del cuerpo que revelan...
Pero son los propios colectivos orientales los que empezarían
a mostrarnos en Occidente sus espectáculos sacados
de su tradición, hasta entonces para nosotros
desconocida. A veces convierten en espectáculo
sus propios ritos sagrados, como en el caso de Yo Kagura,
que pasea por Occidente en 1980 la liturgia sintoísta.
El
kathakali, teatro de dioses y de hombres
Señalamos
en el primer capítulo de esta historia el parentesco
del kathakali con el dutangada medieval. En Occidente
hemos visto a compañías autóctonas
en representaciones de esta modalidad. El extremo cuidado
que se pone en los detalles ha despertado sobremanera
nuestra admiración por este género, en
el que la acción sigue el recitado de un texto.
Con qué cuidado se atiende a los movimientos
complicados de los ojos (globos oculares, cejas y párpados)
o a las modalidades simbólicas de las manos,
que cuentan con veinticuatro posiciones fundamentales,
de las que nacen otras muchas llamadas combinadas; o
el maquillaje, de una gran riqueza, en el que cada color
contiene un símbolo, cada trazo caracteriza a
un determinado rol o personaje, que se realza con trajes
de una magnificencia increíble;,' las joyas,
collares, grandes pendientes que completan la preparación
del actor... La composición de Ardjuna, personaje
importante del
Kathakali, magníficamente coronado según
estas exigencias del rito, constituye por sí
solo todo un espectáculo visual. Las evoluciones
de la danza, acompañada por la música
y los recitados, acabarán transportándonos
a vivencias estéticas nuevas, inconcebibles.
Todo este despliegue tendrá lugar ante un pequeño
telón o cortina, sostenido por dos tramoyistas.
Para el Occidental, esta cortina puede significar bien
poco. Para el Oriental, puede crear suspense, inquietud,
dejar el paso libre a algún dios... según
la manejen. La cortina divide tiempos y espacios: terrenos
y extraterrenos, mundanos y místicos... Teatro
del inconsciente, mítica representación
del hombre ante el destino inevitable. Por eso el kathakali
podrá mostrarnos su Macbeth (y el cine japonés
darnos en Ran su versión del rey Lear). Confluencias
del teatro profundo.
El conocimiento de los estilos japoneses
Los
japoneses nos harán conocer el noh y el kabuki.
El primero se remonta al siglo sic. En Occidente llamará
la atención el esquematismo de sus tramas, con
tres personajes principales (el protagonista -waki-,
el mirón -generalmente un sacerdote ambulante-,
y un intermediario). Un coro recita las partes narrativas
y, en los momentos culminantes, penetra en escena con
expresiones simbólicas. Pero en el noh, frente
a la austeridad del decorado, nos impresionará
la fantasía desplegada en ricos vestidos de seda,
la estilización y hasta la intimidación
de sus máscaras y de sus movimientos rítmicos,
de una violencia desconocida, frente al relax y la ternura
en las escenas de seducción. El noh podía
así conmovernos, tuviésemos o no información
sobre su alcance simbólico: sobre el escenario,
por ejemplo, que es como una gran conciencia, sobre
la que el waki proyecta su mundo profundo para que cada
espectador lo asimile a su modo, lo interprete sin razonamientos,
lo conduzca hacia su propio interior...
El kabuki es una modalidad teatral posterior, que acoge
ya todos los gestos cotidianos, y sintetiza los diversos
estilos de música, dan2a y representación.
El kabuki puede conciliar lo sublime con lo humano.
Es mucho más brillante, pues todo le está
permitido: despliegues escenográficos en los
que tanto contará la composición cromática;
vestuarios de gran lujo; un maquillaje sometido a toda
una teoría: sobre la cara cubierta de blanco
la distribución de pinceladas rojas, azules,
grises o negras caracterizarán a los personajes
y sus estados anímicos...
La emisión de la voz, en recitados ondulantes
que expresan el carácter o el imperio del personaje,
la lentitud ritual..., todo esto llamará la atención
del occidental.
¿Qué ha interesado realmente en Occidente?
Los casos de europeos que han llegado a asimilar las
danzas asiáticas son raros. Entre ellos hemos
de contar al ya citado Eugenio Barba; o a la francesa
Devyani, que pasa diez años de intenso aprendizaje
en la India. Aparte casos como éstos ¿qué
influencias orientales podemos decir que acuse la escena
occidental? En el sentir común, a Oriente debería
el teatro más reciente:
-
la recuperación del sentido ceremonial del espectáculo;
- la integración y armonización de lenguajes
como el recitado y la danza;
- la exigencia de un estilo depurado por parte del actor,
enraizado en una filosofía armonizadora del cuerpo
y del espíritu;
- la concepción perfeccionista y ascética
del arte (en la India, la preparación mínima
del actor exige unos diez años de dedicación
exclusiva, a fin de dominar todos los gestos y su simbología
inherente);
- el carácter sagrado, mítico del espectáculo.
¿Por
qué ha podido interesar todo esto a los artistas
occidentales? Grotowski dijo en una ocasión que
si a Artaud le fascinó el teatro balinés
ello fue debido a que no entendió el significado
de sus signos. Lo que parece cierto. Las nuevas teorías
sobre la percepción estética -que podemos
perfectamente aplicar al arte de la escena- nos advierten
que todo arte sin penumbras, sin sugerencias veladas,
sin misterio, carecerá de interés, no
golpeará nuestros sentidos ni cuestionará
nuestros hábitos. Occidente, nos lo advertían
los simbolistas, ha gastado sus signos, ha agotado sus
interpretaciones, o ha creado barreras y censuras al
ejercicio libre de los creadores. Sólo se autoriza
lo admitido por la autoridad que vigila los textos y
tradiciones de nuestra civilización cristiana.
La huida a Oriente era algo más que un snobismo
de poetas.
12. ULTIMAS TENDENCIAS
Bastantes
de las investigaciones escénicas expuestas en
el presente capítulo mantienen en vigor sus trayectorias.
Marcan éstas todavía el hoy del teatro
actual. Pero sería injusto decir que los nombres
que las encabezan sean los únicos. ]unto a los
favorecidos por ¡¡cronología como
auténticos pioneros, está el número
casi infinito de artistas -en todos los ámbitos-
que sobre los hallazgos o la filosofía de los
primeros siguen creando variaciones de calidad.
Dos opciones o tendencias -la del teatro objetual y
la del teatro-danza- nos parecen más innovadoras
en estos momentos.
El teatro objetual
Entendemos
por teatro objetual aquel en el que los objetos no interesan
ya, esencialmente, ni por su juego utilitario, ni por
su valor escénico-decorativo ni por su juego
retórico-simbólico tradicional. En el
teatro objetual, los objetos:
-
pueden verse desviados de sus usos habituales (como
en los viejos dadás y superrealistas);
- se les puede dotar de un estatuto de personajes o
de auxiliares de los personajes. El objeto es autodinámico,
se metamorfosea, se resiste, acosa al personaje encarnado
por el actor, se ensaña con él...
- estos comportamientos pueden hacer variar la poética
actoral, degradando incluso al actor a la categoría
de objeto, maniquí, robot, que se verá
manipulado, arrinconado o explotado. La situación
puede ser tal que en algún momento el actor concienciado
pueda estallar contra ella. La industrialización
del sex (cuánto más, hoy, la «informatización»)
justificó una reflexión que el futurista
Maiakoski recogió en una parábola titulada
La rebelión de los objetos. Curiosamente, grupos
actuales están desempolvando este viejo texto
del poeta futurista ruso. Más cercanos a nosotros,
Beckett o Arrabal-este último en deuda con la
plástica superrealista- nos dejarán piezas
ejemplares en las que los objetos mantienen un comportamiento
sádico con los actores.
Si en los nombres citados cabe ver algunas muestras
premonitoras de la nueva tendencia objetual, hay que
decir que sus hallazgos no fueron tan frecuentes. El
teatro nuevo, en cambio, está desarrollando un
juego escénico con objetos cuyas posibilidades
parecen inagotables. Este teatro se caracteriza, en
nuestra opinión:
-
por la rabiosa actualidad de sus lenguajes y mensajes;
- por un realismo tomado de la calle, cuya dialéctica
puede, al margen de los esquemas clásicos, estar
contemplando el abandono humano; la falta de comunicación
que de nuevo amenaza al hombre abandonándolo
a su depresión y su soledad; la sociedad de consumo;
la impasividad general ante el desastre ecológico
mundial...
- por la tensión del actor;
- por su frecuente y justificado mutismo, consecuencia
de su «cosificación», reducción
a «cosa»;
- por el ritmo del espectáculo ordenado por la
«banda sonora» (música moderna, electrónica,
de ruidos...). En efecto, parece como si en este teatro
todo, hasta el menor movimiento, estuviera obedeciendo
a los estímulos sonoros. De ahí, precisamente,
el relieve que en él alcanza el silencio.
Teatro-danza
Cada
vez más, durante las últimas décadas,
el teatro y la danza se han aproximado, se han cedido
sus espacios, se han confundido. En Oriente, era esto
moneda corriente, como sabemos. No así en Occidente,
que pronto se desligó de sus orígenes.
A ello achacará Artaud -de nuevo Artaud- la pobreza
del arte occidental en movimientos, gestos y sugerencias.
En Occidente, el baile, en el mejor de los casos, creaba
escenas intercalables en el espectáculo, que
el público sentía como escenas de descanso
o de relleno, más o menos artificialmente unidas
a la obra. En la comedia-ballet francesa, a que ya aludimos,
estas escenas de baile y pantomima pueden suprimirse
completamente sin que la obra se resienta de ello lo
más mínimo.
Ahora, sin embargo, no se trata de introducir la danza
en un paréntesis. Se trata de hacerle formar
parte de la poética del espectáculo, de
integrarla en él como un lenguaje conformante
de pleno derecho. La impresión que pudo producir
en nosotros Quejío, por ejemplo,
se debía a que la música, la palabra y
la danza proyectaban, multiplicado, el mensaje de la
obra, lo que no habría conseguido por sí
sola la palabra y el cuerpo de los actores.
La imitación y perfeccionamiento de la expresión
corporal, en aumento desde los sesenta, puede estar
a la base del auge de esta modalidad, que tiende a ser
denominada como teatro-danza, cuando no ya teatro nuevo
simplemente, sin previos avisos. En la actualidad no
existe Festival de Teatro que no incluya esta modalidad.
En tales festivales, bailarines como el húngaro
Josef Nadj o el japonés Saburo Teshigawara están
entre las vedettes más cotizadas.
J. Nadj intenta, con sus imágenes negras, fantasmales,
crear un impacto en el inconsciente, huyendo tanto de
las corrientes expresionistas alemanas como del postmodernismo
americano o de las crispaciones del buto japonés
(hay que decir que esta modalidad del buto, o danza
de las tinieblas, fundada por Tatsani Hijikata, ha hecho
furores). Por su lado, S. Teshigawara se alejará
igualmente del buto y de otras fáciles identificaciones
con el Japón, así como de la última
danza americana. Advirtamos que la enorme difusión
y la extraordinaria calidad de los grupos norteamericanos
obliga a cualquier artista celoso de su originalidad
a distanciarse de ellos. Teshigawara lo hace, claro
está, para explotar sus propios recursos, fundados
en su increíble dominio del cuerpo que parece
desafiar las leyes del equilibrio y obedecer al espíritu
en continuos alardes de plasticidad y suspense. En esta
línea, convendría rememorar las increíbles
acrobacias de los bailarines lingy-hop, o las proezas
de los tap-dancers. La danza, que se auxiliará
de la decoración, técnicas y estructuras
del teatro, insistirá particularmente en el dominio
de las facultades del actor. Las pruebas que de él
exige lo sitúan frecuentemente al límite
de sus posibilidades físicas y psíquicas.
***
No
parece que otras modalidades puedan conformar nuevas
tendencias del teatro en la actualidad. Del mimo habría
que decir que sigue la trayectoria que Decroux o Marceau
le han trazado, sin que su materialización por
un grupo o colectivo en escena cambie su estructura.
Tampoco el circo, tan próximo por tantos motivos
del teatro, parece informar ninguna tendencia en la
actualidad. Los espectáculos del teatro de calle;
el Magic circus creado por J. Savary hacia 1970, con
sus leones de disfraz o sus ovejas mansas; o el más
reciente Cirque Archaos (en el que las motos substituyen
a los caballos), por citar estos ejemplos, se quedan
en la ironía o en la parodia. Permítasenos,
no obstante, en esta historia, un recuerdo cariñoso
para el circo, que en otros momentos contagió
de ternura a tantos y tantos artistas. ¿Cómo
no recordar su deambular por Europa y América;
su bohemia, tan parecida a la de los cómicos
del teatro? Remontémonos, por ejemplo, a aquel
intento de reforma del teatro desde el circo en la Rusia
que siguió a la revolución de octubre.
Nos serviremos del resumen-evocación que A. Miralles
hace del pintor George Annenkov:
...
en plena Revolución rusa, monta una cosa en la
que salen trapecistas, acróbatas y clowns. Uno
de los actos se desarrollaba en el infierno, y se le
ocurrió a Annenkov la idea de que podía
ser un circo, un circo infernal en un decorado de trapecios
volantes, según ritmos y cadencias estrictamente
establecidas, plataformas móviles suspendidas,
cuerdas y perchas atravesando la escena en todas las
direcciones... Todo ello sincronizado con una música
de ruidos a cargo de Roslavetz, integrada en los ritmos
de la acción visual. El telón fue suprimido
y la acción se desarrollaba simultáneamente
en el escenario y en la sala. El resultado fue el primer
ensayo serio de integración dramática
entre teatro y circo.
Para el causante de este refrescante infierno la preparación
del actor de teatro es siempre relativa, mientras que
el arte del hombre de circo es perfecto, porque es absoluto.
Y escribe: «En la maestría del actor de
circo los revolucionarios del teatro verán
el germen de una nueva forma teatral, del estilo nuevo.»
En
las últimas décadas hemos visto cómo
algún director introducía pasarelas, trapecios,
alambres para sonámbulos... Incluso, entre las
obras, casi todas mediocres, que introducían
elementos del circo, hemos tenido la suerte de dar con
aquella deliciosa comedia de M. Archard Voulez-vous
jouer avec moi? Se ha dicho más aún. Por
ejemplo, que toda la técnica compositiva, e incluso
que los elementos dinámicos de Esperando a Godot,
de Beckett, constituyen un homenaje al circo. Es posible.
Hoy, incluso, la tendencia objetual, o el arte que exige
del actor mayores hazañas está debiendo
mucho al mundo divertido y tenso del circo.
***
Llegamos
así al cierre de estas páginas. Directores
y grupos de teatro, que no creen en nuevas vanguardias,
buscan laboriosamente,
ansiosamente incluso, la diferencia. Dar con aquello
que hoy pueda distinguirnos de los demás, para
no caer en la masa informe, inmensa, en la que se ahogan
todos los esfuerzos. Esa es la «tragedia»
del teatro actual. No creemos que todas las vanguardias
estén ya inventadas. Tampoco debe preocupar que
se piense lo contrario. Sí hemos de aclarar que
los postulados de los movimientos de la primera mitad
del siglo XX siguen siendo una fuente apenas frecuentada,
un fermento aún vigoroso. ¿Se puede todavía
volver al simbolismo, al dadá, al superrealismo,
al expresionismo...? De hecho, a ellos se está
volviendo, a cada momento, aunque se ignore o no se
confiese. Como estamos volviendo a la ceremonia y a
la danza. Los gérmenes del teatro más
novedoso ¿habrá que buscarlos acaso, una
vez más, ... en los griegos?
TEXTOS
(De
Teatro Laboratorio, Jerzy Grotowski.)