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PRÓLOGO
Nacho (alma en pena) — ¡Ay, desgraciado de mí! ¡Desgraciado
de mí! Soy un alma en pena... ¡Quién sabe cuántos años tendré
que estar aún en el purgatorio...! Y eso que antes de morirme
tuve buen cuidado de prepararme las misas... ¡Lo dejé dicho
en el testamento con toda clase de detalles...! Pero, la ladina
de mi mujer, que no piensa más que en las pesetas y que en cuanto
agarra una ya no la suelta, con sus trazas y mañas —que parece
una bruja de tanto como cavila para hacer daño— ideó una treta
que cambió de arriba abajo mi testamento y me deja en el purgatorio
muchos más años de los que son de ley. (Pausa.) Y aquí
estoy, ¡desgraciado de mí! como alma en pena porque cuando a
la bribona le leyeron el testamento, ocurrió que... Pero, ya
veréis lo que pasó... (sale).
PRIMERA PARTE
En el centro de la escena, en diagonal, una cama. Nacho,
cubierto con las sábanas pero sacando los brazos fuera,
se lamenta. Se enciende la luz o sube el telón, si le hay. Nacho
gesticula aparatosamente. Se toca el corazón, el hígado,
el estómago, la cabeza... No cesa de gemir. Entra Quiteria
que trajina por la alcoba.
Nacho (siempre gimiendo con voz muy débil) — Quiteria...
Quiteria — ¿Qué quieres ahora?
Nacho — Quiero hacer testamento...
Quiteria — ¡Vaya! ¡Testamento! ¡No sé por qué...!
Nacho (siempre gimiendo) — Quiero
hacer testamento, Quiteria...
Quiteria—¡No, hombre, no! ¿Acaso crees que lo
hace gratis, el notario? ¡Vaya tipos los que arreglan los papeles!
No te preocupes... Yo soy tu mujer, ¿no? Pues, si te vas al
otro mundo, todo queda para mí ¡ y en paz! Al fin y al cabo
solamente tenemos un buey y un pollo...
Nacho — Quiteria, yo quiero hacer testamento...
Quiteria (aparte) — Es raro que le haya
dado esta manía... Y si tuviera algún dinero escondido y me
lo quisiera legar... y yo, terca, le privara de decírselo al
notario. ¡Eso, será eso! (A Nacho) Está bien,
Nachito mío... Ya sabes que quiero darte todos los gustos (mira
por la puerta). Mira, precisamente ahora pasa por la calle
el señor notario. (Cruza por la parte del escenario que
simula la calle, el Notario, con una cartera de documentos
en la mano. Quiteria le saluda desde la puerta.) Buenos
días, señor notario. ¡Viene como anillo al dedo!
Notario — ¡Buenos días! Tú dirás, Quiteria. ¿De
qué se trata?
Quiteria — Nada, que Nacho, mi marido, está un
poco mimoso y dice que quiere hacer testamento.
Notario — Me parece muy acertado. Es cosa que
tendría que hacer todo el mundo. Se ahorrarían muchas peleas
familiares y muchos pleitos.
Quiteria— ¡Ah, no! ¡Aquí pleitos no habrá ninguno!
¡Porque todo será para mí! (En voz baja al Notario.)
Pero creo que debe tener algún dinerillo escondido y quiere
darme una sorpresa
Notario — Quizá sí, vete a saber.
Quiteria — A ver, a ver... ¡Vaya sorpresa!
Notario — Pero tienes que traer dos testigos.
Quiteria — ¡ Dos testigos! ¡ Yo no quiero testigos!
Notario — Pues, lo manda la ley.
Quiteria —¿La ley? ¡Vaya hombre! (Pausa.)
Y si no hay testigos...
Notario — Si no hay testigos, no hay testamento...
Quiteria — ¡ ...ni dinero! ¡Corro a buscar testigos! Notario
— Sí, mientras tanto yo hablaré con el enfermo para saber qué
quiere disponer.
Quiteria — ¡ Ay, pobrecito, qué quiere que disponga!
Todo para mí, claro... (llorando.) ¡Ay, se me rompe
el corazón! (de repente, serena). ¡Y pregúntele
dónde tiene el «calcetín»! ¡No se le olvide!
Notario — No sufras...
Quiteria— ¡Vamos! (Entran en la habitación
y se acercan a la cama de Nacho. Mira, Nacho, aquí está
el señor notario. Ya os pondréis de acuerdo. (El Notario
se sienta junto a la cama, se coloca las gafas, abre la
cartera y saca unos papeles, en los que escribe.) Yo
voy a buscar dos testigos. (De nuevo, gimoteando.) ¡Ay,
Señor...! Se me rompe el corazón, se me hace trizas, se me desmenuza,
se me hace picadillo... (Lamentándose, sale a la calle y
encuentra a Goyo. Goyo, amigo mío, tendrías que hacerme
un favor.
Goyo — Dime de qué se trata. Si te lo puedo hacer...
Quiteria — Es que mi marido hace testamento y
necesitamos dos testigos. Si quisieras ser uno de ellos...
Goyo (rascándose la cabeza) — ¿Dos testigos...?
¡Miau!
Quiteria — Sí; hombre, no cuesta nada...
Goyo — No cuesta nada, no cuesta nada... ¡En
seguida lo has dicho...! No cuesta nada... Y luego, ¿quién paga
las consecuencias?
Quiteria — ¡ Es que si no, no me quedará nada!
¡ Anda, ayúdame!
Goyo — ¿Y qué te tendría que quedar? ¡No es tuyo!
Quiteria — Todo es de Nacho, pero si muriera...
Goyo — Si muriera...
Quiteria — Si muriera tendría que quedar para
mí. Yo también he trabajado para ganarlo...
Goyo — Pues, si es tuyo, no hace falta testamento...
Quiteria (lloriqueando) — ¡Ay, no me
entiendes! (Entra Pestaña) ¡Eh, tú, Pestaña,
¿querrías ayudarme?
Pestaña — Claro que sí, Quiteria. ¿De qué se
trata?
Quiteria — Ay, Nacho nos quiere dejar...
Pestaña — Pues, ¿cómo es eso?
Quiteria — No lo sé. No me lo hagas explicar.
Vamos al grano.
Pestaña — A ver, ¿qué hay que hacer? Dime.
Quiteria — Poca cosa: ser testigo, porque quiere
hacer testamento.
Pestaña — ¡ Eso está hecho! ¡ Claro que quiero
serlo!
Quiteria — Dios te lo pague. Pestaña. (A
Goyo.) ¿ . hombre, como Pestaña no se asusta?
Goyo — Oh, Pestaña, Pestaña...
Pestaña — ¿Qué quieres decir? Total se trata
de poner una firma y basta.
Goyo — ¿Una firma, has dicho? Conmigo no contéis.
¡Una firma!
Pestaña—¡Claro, hombre! Al final...
Goyo — ¡ Eso sí que no!
Quiteria — ¡ Qué terco es!
Pestaña — ¡ No seas pasmado, hombre!
Goyo — ¡ A mí no me engañaréis!
Quiteria — ¡ Pero si nadie quiere engañarte!
Goyo — Sí, sí, eso decís vosotros... ¡Sedlo vosotros!
A mí, desde muy pequeño, me enseñaron que nunca había que firmar
nada. Y lo he aprendido bien, ¡ os lo aseguro!
Pestaña — ¡ Pero, esta firma no puede comprometerte!
Goyo — ¡ Qué me vais a decir vosotros! Una firma
siempre es una firma. ¡Y siempre compromete!
Quiteria — Pero, escucha, Goyo...
Goyo — ¡ De ninguna manera! ¡ No quiero oírlo
más !
Pestaña — ¡ Qué tonto!
Quiteria—¡Ya lo puedes decir! Y ahora, ¿qué haremos?
Pestaña — Tendremos que buscar a otro.
Goyo — Eso, eso... A ver si encuentras a alguien.
¡Yo, no! (Sale de escena hablando consigo mismo.) No
me casé de joven por no querer firmar ante el juez y ahora,
a mis años, querríais enredarme... ¡ Que no, hombre, que no!
Yo...
Quiteria — Tal vez Taño, el de la Jacinta...
Pestaña — Podríamos probar. (Se acercan a
la casa. Llaman.)
Voz (desde el interior) — ¿Quién hay?
Pestaña — ¡ Taño!
Voz — ¿Qué quieres?
Pestaña — Quiero pedirte un favor. ¡Asómate,
hombre!
Taño (entra en escena) — ¿Qué quieres?
Pestaña — Es Quiteria...
Quiteria — Es mi marido...
Taño — ¿En qué quedamos? ¿Quién es, Quiteria
o su marido?
Pestaña — El marido de Quiteria, ¡ berzotas!
Taño — Ah, claro, ¿te casaste, no?
Quiteria (llorosa) — ¡Hace tiempo!
Taño — Ah, ya hace tiempo. (Se detiene un
momento y piensa.) ¡Oh, ya lo creo que hace tiempo!
Quiteria — Y me parece que pronto podré hacerlo
otra vez... ¡Ay...!
Taño — ¡ Sopla!
Pestaña — En una palabra: que Nacho quiere hacer
testamento y necesitan dos testigos. Tú puedes ser uno, si te
parece bien.
Taño — ¿Testigo? ¿De qué?
Quiteria — Del testamento de Nacho, ¿sabes? Ahora
lo está dictando.
Taño — Ah, sí, como quieras, Quiteria. Ahora
mismo, vamos.
Quiteria — Anda, pues, vamos.
Pestaña — Vamos.
Taño — Eso es, vamos.
Pestaña — Sí, vamos.
Quiteria (llorando) — Sí... Vamos. (Se
acercan a la casa.)
Taño (deteniéndose ante la puerta)—¿Y
está muy acabado?
Quiteria — Mucho, pobrecito, mucho. Tendrías
que haberle oído, con su vocecilla, diciendo: «Quiteria,
quiero hacer testamento...»
Taño —¿Ah, sí?
Pestaña — ¿Sí?
Quiteria (de pronto, serena y decidida) —
Anda, entremos.
Pestaña — Sí, entremos.
Taño — Entremos. (Entran en la casa.)
Notario (al verles llegar.) — Me parece
que, mientras firman estos hombres, tendrías que avisar
al médico.
Quiteria—¡Otra vez! ¡Y dale! Bien, ya voy. (Inicia
el gesto de salir. Vuelve, con toda calma.) Por cierto,
¿cómo está Nacho? ¿Vive aún?
Notario — Claro que sí, mujer. Por eso te digo
que vayas a avisar al médico.
Quiteria — Muy bien, ya voy... (Aparte.)
¡Ay, qué pereza! Si no fuera por el que dirán, le dejaría
que muriera en paz. ¡Mira tú, qué le va a hacer el médico! ¡
Cobrar la visita, nada más!(Sale a la calle y se encuentra
con Tina. Mientras tanto el Notario simula
leer el testamento a los dos testigos, quienes firman.)
Tina — Quiteria, ¿qué tal está, Nacho? Me han
dicho...
Quiteria — Ay, mal, mal... Esto se acaba...
Tina — ¿Ya has avisado al médico?
Quiteria — De momento, al notario. Está haciendo
testamento en este momento y ha sido el notario quien me ha
encomendado que vaya a buscar al médico.
Tina — Ya irá mi chico, si quieres.
Quiteria — Mujer, es que os molestamos tanto...
Tina — ¡ No digas eso! ¡ No faltaría más !
Quiteria — Mira, no vale la pena... Así, de paso,
aprovecharé para entrar en la carnicería, en la droguería, en
casa del hojalatero, y me acercaré a la modista...
Tina — Si haces tantas cosas cuando avises al
médico ya será de noche.
Quiteria — Total, qué quieres que haga ya...
Tina — Es verdad. ¡ Qué triste es!
Quiteria — ¡Desde luego! Pobre de mí. ¿Qué quieres
que haga una mujer sola, sin la ayuda del marido?
Tina — Ciertamente, es bien triste... Pero, mira
a la Tomasa, la Cascabelada, cuando se le murió el marido parecía
que iba a perder el juicio y al poco se casó con Julio, el de
los Tiestos. Y tan felices...
Quiteria — Tomasa tuvo mucha suerte. Pero a mí
¿quién me va a querer? ¡Tan vieja! Si encontrara a uno como
Julio, el de los Tiestos...
Tina — Quién sabe, mujer, quién sabe... Frutas
más verdes maduran... Además, no corras tanto... A lo mejor
Nacho no se muere.
Quiteria—¡Qué va! No se salvará.
El Notario, Pestaña y Taño se levantan
después que Nacho emite un estertor y queda yerto.
Pestaña (asomándose por la puerta y llamando)
— ¡Quiteria!
Quiteria — ¡ Ay, madre mía! ¡ Ya está!
Tina — ¿Qué ocurre? (Corren hacia la casa
y entran.)
Notario — Ya no hay nada que hacer.
Taño — ¡ Que Dios le haya perdonado!
Quiteria (con gran llanto) — ¡Ay, Nacho
mío! ¡Qué desgraciada soy! ¡ Tan bueno como eras! Sus últimos
pensamientos han sido para mí. Ha querido hacer testamento,
pobrecito. ¡ Ay, desgraciada de mí! ¡ Qué haré sin ti, Nacho
de mi corazón! (Los demás se acercan a ella e intentan consolarla.)
¡Dejadme morir! ¡Dejadme morir también a mí! ¡ Sin él no
soy nadie! ¡ Soy solamente la dueña de un buey, un pollo y una
bolsa de dinero! ¡ Ay, pobrecita de mí!
Notario — Escucha, Quiteria: eso de dueña de
un buey me parece un malentendido (los testigos lo confirman
con la cabeza).
Quiteria (deja de llorar y grita) —
¿Qué?
Taño — Y eso del dinero...
Pestaña — ¡... menos aún que el buey!
Tina — Pobrecita, queda más pobre que una rata.
Quiteria — ¡ Ah, no! ¡ esto no puede ser! ¡ No
hay quien lo aguante! ¡ Oh!
Tina — ¡ Pobre, está deshecha!
Quiteria — ¡ El buey, el buey! ¡ Es mío! ¡ Y
el dinero!
Notario — Mira, como tu marido ya ha muerto (¡ay!),
lo mejor será que te lea el testamento.
Quiteria — Eso, eso, ¡ el testamento! ¡ A ver
qué habéis hecho, entre todos, con mi testamento!
Tina — A mí también me gustará oírlo.
Notario — Del testamento de Nacho. (Se dispone
a leer. Se sienta, se coloca las gafas y abre el documento):
«En nombre de Dios, nuestro Señor Jesucristo y de la gloriosa
Virgen María, Madre de Dios, amén. Siendo cosa muy cierta que
ninguna persona de las que puesta en esta vida mortal pueda
escapar de la muerte, siendo ésta cierta pero incierto el día
y el final, y como sea doctrina de sabios preveer los acontecimientos
futuros, yo, Ignacio Col y Flor, campesino del pueblo de Cienlatas,
postrado por enfermedad de muerte corporal, de la cual temo
morir, hago y ordeno mi último testamento en presencia del honorable
notario de este término, don Baudilio Patatús y Lío, y como
fieles testigos mis honrados vecinos don Macario Pestaña y Chuleta
y don Cayetano Mazorca y Cascarilla. Y primeramente declaro
que es mi voluntad que se invierta en misas por mi alma el dinero
que se obtenga por la venta de mi buey. Y en segundo lugar lego
a mi muy amada mujer, doña Quiteria Perdiz y Garza, en pago
a sus bondades, el pollo que está en el corral. — El presente
testamento fue hecho y ordenado en el pueblo de Cienlatas en
el día de hoy». Y aquí, nuestras firmas.
Quiteria (gritando) — ¡Ay, el grandísimo
pillastre! ¿Y el dinero?
Notario — No habló de dinero alguno.
Taño — Ninguno, ninguno.
Tina — ¡Ni unos tristes ahorros...!
Quiteria — ¿Y ahora resulta que solamente me
deja el pollo?
Notario — Exactamente, tal como lo has oído.
Quiteria — ¿Y lo que saque del buey es para bien
de su alma?
Notario — Así lo ha dispuesto.
Quiteria — ¡ El gran sinvergüenza! ¡ Lo pasaré
a los tribunales!
Tina — No ganarás nada, Quiteria. Es echarlo
en saco roto.
Notario — El testamento es legal.
Quiteria — ¿Qué quiere decir «legal»?
Notario — Que está hecho con todas las exigencias
que dispone la ley.
Quiteria — ¡ Pues la ley es también una gran
sinvergüenza! ¡ Y todos los que os habéis metido en este
testamento sois igualmente unos desvergonzados! ¡ Quién os mandaba
meteros en eso, para hacer lo que habéis hecho!
Pestaña — Oye, oye, Quiteria, ¡ mide tus palabras!
Taño — Eso mismo... Ten cuidado y mide las palabras.
Pestaña — Te las haremos tragar.
Tina — Quiteria tiene razón: esto es una burla.
Pestaña — Aquí el único que tiene razón es el
difunto...
Quiteria — ¡ Cuentos!
Tina — En paz descanse...
Quiteria — ¡ Y que no vuelva!
Notario — ¡ Orden, señores, orden!
Quiteria — Ladrones, sinvergüenzas, sacacuartos,
falsarios...
Notario — ¡ Calla, Quiteria!
Pestaña — ¡ Ya está bien!
Taño — ¡Encima que pide un favor...!
Quiteria — Embusteros, enredamonas, bergantes,
malvados...
Goyo (que aparece por la calle y al oír los
gritos se detiene delante de lacasa, a escuchar. Riendo)
— Seguid, seguid firmando documentos...
SEGUNDA PARTE
(En el mercado. Quiteria, con el buey y el pollo,
está entre los vendedores. Gente de un lado a otro. Charloteo
que cesa cuando empieza a hablar Quiteria. Entran Pestaña
y Taño )
Quiteria (llamándoles) — ¡Eh! ¿Acaso
no queréis hablarme?
Taño — ¿Se te ha pasado la rabieta?
Pestaña — Te pasaste de la raya, Quiteria...
Taño--Si no llega a estar el notario delante...
Pestaña — Y el difunto...
Quiteria — Fue un pronto...
Taño — Pues, cuida de no tener muchos así...
Un día puedes encontrarte con alguien que te parta la cabeza.
Pestaña — Hombre, tampoco debes tomártelo así...
Quiteria — Ya sé que vosotros no tuvisteis ninguna
culpa. Toda la culpa fue de Nacho, que hasta la muerte quiso
hacerme la pascua... (Entra Tina.)
Pestaña — Pero, según parece, ya estás un poco
más calmada.
Tina (interviniendo) —¿Y qué quieres
que haga, la mujer? ¿Quieres que se dé contra las paredes? Claro
que yo no me resignaría. ¡Ah, no!
Pestaña—¡Pues, no sé cómo te las arreglarías...!
Tina — Yo tampoco, pero algo pensaría.
Taño — El notario lo dijo claramente: la ley
es la ley.
Tina — Pues, si Quiteria quisiera hacerme caso
¡no daría para misas el importe del buey!
Quiteria — Calla, Tina, calla. Que la voluntad
de los muertos es sagrada. Si no fuese así... ¡pocas misas tendría
aquel bribón!
Tina — Eres demasiado buena, ¡ he aquí!
Pestaña — Quiteria hace lo que es su deber.
Taño — Y hace bien.
Tina — Será bien tonta si destina a misas el
importe del buey.
Quiteria— Lo tengo todo pensado y medido. (Pausa.
Con énfasis): el importe del buey será para misas y el
del pollo para mí. (Con entonación normal): ¡ Ya veréis
cómo respeto la voluntad de Nacho!
Taño — ¡ Eso es una mujer!
Pestaña — ¡ Claro! ¡ Para ella el pollo!
Tina — ¡ Tontaina!
(Se acerca un comprador. Todos le miran.
Silencio.)
Comprador I (después de examinar el buey
por los cuatro costados) — ¿Cuánto pide usted por ese buey?
Quiteria (serena) —Diez duros. (Los
demás comentan: «¿Habéis oído?» «Está loca.» «Pero, ¿qué
hace?» «Si lo menos vale mil duros...»).
Comprador I — Me lo quedo. (Intenta cogerlo.)
Quiteria — No vaya usted tan de prisa: el comprador
del buey ha de comprar también el pollo.
Comprador I —¡Qué caso! ¿Y eso por qué?
Quiteria — Es así. ¡Si vendo el uno, vendo el
otro! Termino de una vez. (Se acerca el Comprador II.)
Comprador I — ¿Y qué quiere que haga con el pollo?
Quiteria — Eso no es cosa mía. Haga usted lo
que quiera con él.
Comprador I — Yo no necesito ningún pollo.
Quiteria — Pues, no se lleve el buey.
Comprador II (que se ha ido acercando, escucha
la conversación y examina el buey) — Si no lo compra él,
lo compro yo. ¿Cuánto vale ese buey?
Quiteria — Diez duros.
Comprador I — Oiga, aún no he dicho que no lo
compro. Ya lo tengo apalabrado. Y ese buey me conviene.
Quiteria — Entonces, llévese el pollo.
Comprador I — ¡Es usted atrevida!
Quiteria — Oiga, señor, yo no le he llamado.
Y le digo que quiero vender los dos animales juntos.
Comprador I — ¿Tiene usted miedo de que se echen
de menos, si les separa?
Quiteria — Si no le conviene el trato, lo deja
y en paz.
Comprador II — Perfectamente. Entonces compro
yo.
Quiteria — Un momento, más despacio. (A Comprador
I.) ¡A ver, decidase de una vez que ya está bien de
mirar!
Comprador I — Madre mía, ¡qué genio!
Quiteria — Ande, ande, que me quita la vista.
¡ Decídase!
Comprador I — Venga, véndame el buey, mujer.
Quiteria — ¡ Con el pollo!
Comprador I — Está cargada de manías.
Quiteria — Ande, si no ha de comprar, despeje.
Comprador I — Bueno, vamos a ver si nos ponemos
de acuerdo. ¿Cuánto quiere por el pollo? Fíjese bien que está
flaco, que parece un arenque.
Quiteria — El pollo vale mil duros. (Comentarios
de sorpresa, como antes.)
Comprador I — ¿Qué? ¿Os habéis vuelto loca?
Quiteria — Como queráis.
Comprador I — ¡Un pollo por mil duros!
Quiteria — Y un buey por diez. Éste es el trato.
Comprador I — ¡Pero si es un pollo desmirriado!
Quiteria — Y un buey espléndido.
Comprador I — No me convence.
Comprador II — Pues si no le conviene, me interesa
a mí.
Comprador I — ¡Debe estar usted loco!
Comprador II — ¡Y usted debe ser un tonto!
Comprador I — No lo entiendo.
Comprador II — Pues yo sí. Ande, déjenos hacer
tratos.
Pestaña — Claro, hombre. Si no le gusta pagar
mil duros por el pollo, hágase cuenta que los paga por el buey.
Comprador I — ¡Pero, si dice que el buey solamente
vale diez!
Quiteria — Y es así.
Pestaña — Es como si los pagara por el pollo.
Comprador I — No lo entiendo.
Quiteria — Pues, vaya a paseo.
(El Comprador I queda sorprendido,
contando con los dedos.)
Comprador II — Oiga, yo me quedo con los dos
animales.
Quiteria — Hecho. Ya sabe cuál es el trato, ¿no?
Comprador II — Claro que lo sé. Tome: mil duros
por el pollo.
Quiteria (se los guarda y dice claramente)
— Que es lo que mi marido me dejó en testamento.
Comprador II — Y diez duros por el buey.
Quiteria (los coge y dice) — ¡Y esto
para misas! ¡Pobrecito!
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