5º
EL CUENTO:
LOS
VIAJES DE PETRUSKY:
W.1 -1. NEGRI (1)
¿A qué no me habéis olvidado?... ¡Claro
que no!... (Bueno, al menos eso espero)...
Ejém, soy yo otra vez, Petrusky, y parece que fue ayer, ¿verdad?,
cuando os relataba mis aventuras en el País del Cuadro Encantado,
pero volví, como ya sabéis muy bien, y aquí estoy
de nuevo y no con ganas de mantener el pico cerrado, porque me digo
ahora mismo que todos vosotros estaréis preguntándoos
que qué ha sido del bueno de Petrusky, qué cómo
le va la vida, ¿se hizo al final amiguito de Lilí? En
fin, cosas que son de vuestro interés dado que seguisteis con
mucha atención mis primeras aventuras.
Pues sí, claro, faltaría más, hay noticias que
daros y otra historia maravillosa que relatar al personal. ¿Iba
yo a estar dispuesto a enrollarme en plan paliza sino?... Conque,
¡venga!, tomad asiento en la más cómoda butaca
que tengáis, mejor todavía, con una bolsa de palomitas
entre las manos y escuchad, queridos amiguitos, ya que como os prometí
al final de EL GATO CON GAFAS, este cuento NO se ha acabado... por
ahora, y, poniéndome al día, tal cual aseguran en los
telefilms norteamericanos: To be continued...
¿Qué sucedió después de mi vuelta a casa?
Que todo fue como mamá había dicho o imaginado, o como
Lilí, con sus innegables poderes mágicos, le había
sugerido telepáticamente en la escena final del cuento -y le
llamo cuento porque somos animalitos que hablan y eso sólo
pasa en los cuentos, dicen-, sí, nos hicimos amigos, claro
que, por mi parte al menos, con cierta prevención; eso de que
un periquito y un gato se hagan íntimos, la verdad... Pero
debo reconocer que Lilí lo intentó con muy buena voluntad,
luego de demostrarme ampliamente lo efectivo de sus poderes, y en
esto no hay discusión ya que me había convencido, no
me humilló con su manifiesta superioridad, lo cual es muy digno
de agradecer, sino que empezó a portarse conmigo como una hermana
mayor bien que un poquito empalagosa y en ocasiones hasta súper
protectora, conducta que no dejaba, a veces, de fastidiarme, pero,
¡qué se le va a hacer, no todo es perfecto, aunque debiera!
Papá me compró la pajarera prometida, dentro de la que
yo podía hasta volar, no mucho, pero sí más que
en mi anterior residencia, circunstancia que resultaba mogollón
divertida. Mamá escribió ese cuento que vosotros, si
sois amigos míos, tenéis que haber leído ya –por
supuesto EL GATO CON GAFAS, chapeau a Lilí, y que además,
Mamá pensaba enviar a la convocatoria del Premio Internacional
de Literatura Infantil Pulgarcito en el Bosque-, la Niña me
dedicó una composición titulada A TRAVÉS DEL
CUADRO, y yo era muy feliz, ¿podía ser de otra forma?,
al comprobar como todos me querían y agasajaban.
En medio de tanta dicha creía, inocente de mí, que la
vida aventurera ya había tocado a su fin y que sólo
me restaba envejecer con alegría y dignidad mientras recordaba
satisfecho y un pelín nostálgico, a mis queridos amigos
del País, o Mundo, como prefiráis llamarlo, del cuadro,
mas, ¡craso error!, se ve que todavía era demasiado joven
como para oxidarme en mi preciosa pajarera.
Dejadme que os explique.
Luego de mi vuelta transcurrieron algunos meses, engordé un
poco y Lilí se hizo más mayor, cosas, por otro lado,
que no son para sorprenderse; yo me pasaba comiendo, la Niña
me atiborraba de golosinas, y Lilí, por ley de vida, estaba
convirtiéndose en lo que en términos humanos denominaríamos
“una linda jovencita” o “está pasando la
edad del pavo”, lo cual significa que Lilí cada día
se ponía más guapa -¿no resulta extraño
oírme hablar a mi en éstos términos?-, y también
estaba un poco, ligeramente, tontita, no conmigo, debo admitirlo,
sino con ella misma. Era como si en ocasiones estuviera en la higuera
y no se diese cuenta de nada, distraída, comentaba Mamá
y desde luego que esa impresión transmitía, lo que no
dejaba de ser raro en una gatita tan avispada como ella.
Lilí había cogido la costumbre de venir cada tarde a
primera hora, sentándose sobre un cojín que previamente
tiraba al suelo desde el sofá, para contarme sus andanzas mañaneras
y como tenía ingenio y era socarrona, sus historias resultaban
de lo más entretenido por más que yo la fuese pinchando
de vez en cuando o me metiera con ella polémico, en recuerdo
de los viejos tiempos, claro que en ocasiones, de broma en broma,
concluía enfadándome para gran regocijo de Lilí,
que entonces me llamaba “el cascarrabias de Petrusky”,
levantaba su rabito haciéndole adoptar la forma de un signo
de interrogación y se alejaba tan pancha dejándome con
mi rabieta hasta que se me pasara.
Una tarde, Lilí me dijo algo que no me gustó nada, nada,
nada.
-¿Sabes?, tengo un amiguito nuevo –informó dándose
importancia.
-¿Otro erizo? –respondí malicioso ya que existía
una anécdota que se remontaba a sus tiempos infantiles, cuando
Lilí quiso jugar con un erizo que encontró en el jardín
y éste se hizo una bola da púas saliendo ella bastante
mal parada del lance.
Lilí torció el morrito, solía ser muy susceptible
a esa evocación.
-Nada de erizos, se trata de uno de mi misma especie.
A mí se me pusieron las plumas de punta.
-¡Otro gato!
-No berrees Petrusky, ¡ni que fuera la peste bubónica!...
Sí, es otro gato... No hay para ponerse así, me parece.
-¿Y dónde demonios lo has encontrado?
-En ningún demonio –protestó Lilí con fastidio-,
es un gato vecino... Bueno, vive un poco lejos de aquí, es
verdad, en una granja, al otro lado del pueblo, en pleno campo, más
o menos como nosotros.
-¿Tan lejos te has ido?, anda que si se entera Mamá...
-No me he ido lejos, tonto, él pasaba por aquí y nos
hemos encontrado.
Yo empezaba a mosquearme.
-¿Y a qué pasaba?
-¿Cómo quieres que lo sepa?... Pasaba, eso es todo,
a ver si te crees que se va por ahí preguntando a la gente
por qué hace las cosas, eso sería de mala educación,
y yo no soy una fisgona y sí...
-... una gatita muy bien educada.
-Eso mismo, Periquito azul australiano.
-Vale, continúa y ves al grano que siempre te pierdes en los
adornos.
-Impaciente... Bueno, mira, Negri, se llama Negri...
-¡Apuesto a que es negro! –exclamé triunfalmente.
-¡Qué listo!, claro que es negro, llamándose así
tenía que serlo, ¿no? Pues Negri es algo más
mayor que yo y tiene un cargo muy importante en la casa donde vive...
-¿Qué hace, trabaja con ordenadores? –interrumpí
socarrón.
-¡Ay, Petrusky, deja de interrumpir! –y Lilí se
puso a enumerar las virtudes de Negri con manifiesta admiración-
Negri se encarga de espantar a las ratas de la granja para que no
se beban la leche de las vacas, ni el queso, ni se coman a los pollitos,
ni roben los huevos, ni muerdan a los niños mientras éstos
duermen, ni...
Muy amostazado farfullé:
-¡Vaya, algo así como un Robocop en versión gatuna!
-¡Huy, ves demasiada televisión tú!
-Y usted lee demasiados cuentos de hadas.
-¿Qué quieres decir con eso?... Está bien, prosigo,
Negri...
-Le vas a gastar el nombre.
Picándose como una mona, Lilí chilló:
-¿Se puede saber de qué otra forma le he de llamar?
-El gato vagabundo ese.
Ella explotó.
-¡Negri no es un gato vagabundo, trabaja en una granja y le
tienen en muy alta consideración!
-Sí, le van a nombrar gato del año, o, mejor, le darán
el premio Flautista de Hammelin.
-¡Oh, cállate, eres insoportable!
-De acuerdo, me callaré. Va, cuenta.
Lilí se calmó un poco, nunca la había visto tan
molesta por mis bromas, porque que quede claro que yo estaba bromeando,
¿eh?
-Te advierto que si vuelves a soltar otra inconveniencia no vendré
a verte en una semana... Bueno, pues Negri... ¡Negri, Negri,
Negri, ¿te enteras?!... Negri andaba paseando por el bosque,
es un gran amante de la naturaleza...
-¡No me digas!
-¡Petrusky!
-Cierro el pico.
-Más te vale... Bueno, pues nos hemos encontrado. Realmente
es el primer gato que conozco en carne y hueso, antes sólo
los había visto en los libros y en la tele... –a Lilí
el veterinario la venía a visitar ahora a domicilio- Negri
es sensacional, ya verás, te gustará cuando lo conozcas...
-¡Ah, pero, ¿es que voy a conocerle?! –exclamé
sobresaltado.
-Por supuesto, a mí me agrada que mis amigos sean amigos entre
sí.
¡Tierra, trágame!
-Oye, Lilí, bromas aparte, si ese Negri viene aquí lo
más seguro es que practique sus artes cinegéticas conmigo...
Tú sabes que los gatos...
Lilí me miró de través.
-¿Qué pasa con los gatos?
-No te ofendas, tú eres otra cosa –exclamé apaciguador-,
ya me lo has demostrado “con harta largueza” ¡caray!,
pero Negri no tiene porque poseer tus cualidades.
-¿Tú que sabes?
-Anda, no me querrás decir ahora que el dichoso Negri es un
mago encantador... ¡Pues vaya con esta generación de
gatos!
Los ojazos de Lilí se convirtieron en dos aviesas líneas
oblicuas.
-Si yo fuera una mentirosa te diría que sí para cerrarte
el pico, pero, como no lo soy, no te lo diré... Negri es normal,
es un gato sin poderes y muy simpático, para que te enteres,
y muy valiente porque espanta ratas y muy listo porque es un experto
en supervivencia. Tienes que saber que antes de vivir en la granja
llevó una existencia de lo más azarosa... Una vez se
enfrentó a un lince y en otra a un hurón, y...
Lilí hablaba con verdadero entusiasmo de su nuevo amigo y yo
empecé a considerar las cosas desde otro punto de vista y debo
reconocer que me sentí un poquito celoso de aquella especie
de Rambo felino, y no precisamente por sus heroicidades.
Paternalmente, nadie me había pedido que adoptase ese papel,
le largué un sermón a mi traviesa compañera.
-Mira Lilí, todo eso me parece muy bien, pero ve con cuidado.
Quizás el tal Negri no es más que un bocazas sinvergüenza
y buscavidas que se ha quedado sin casa y busca un nuevo hogar. Tú
eres una ingenua gatita, por muy brujilla que seas y ese fanfarrón
matasiete espanta ocho, tal vez no sea más que eso... Te lo
digo por tu bien, créeme, ahora no estoy bromeando, ni mucho
menos.
Lilí me miró enfurruñada.
-Sé perfectamente lo que me hago, y sí, como afirmas,
soy brujilla, comprenderás que no soy tan tonta como para dejarme
engatusar.
Suspiré con infinita paciencia, mi amplia cultura televisiva
me traía a la memoria cierta película protagonizada
por Kim Novak y James Steward, en la que también salía
un gato, siamés por añadidura y mágico.
-Lilí, Lilí, ¿es qué no sabes lo que les
pasa a las brujas cuando se enamoran?
Lilí soltó un bufido, brincó, arqueando el lomo,
mientras los pelos del rabo se le erizaban.
-Eso no es cierto, yo no estoy enamorada de nadie, eres un bicho sin
sentido común, un cascarrabias y tienes envidia de que me haya
hecho amiga de Negri, eso es... Para que te empapes, Negri y yo sólo
somos buenos amigos
Aunque en el fondo había algo de verdad en sus palabras, insistí
llevado de los más loables propósitos, y terco como
una mula.
-Es por tu bien, Lilí, yo solamente lo advierto, puedes perder
tus poderes si te enamoras.
Creí que a Lilí le iba a dar un ataque; los ojos le
echaron chispas –gato tenía que ser-, y con un ágil
movimiento, saltó al alfeizar de la ventana del mirador y luego
al jardín, la escuché maullar a lo lejos y pude sentir
como Mamá le decía a Papá en el interior de la
casa:
-Desde hace unos días, Lilí está muy nerviosa...
No sé lo que le sucede.
Y Papá:
-No te preocupes, será la influencia de la primavera.
Yo no sé si era la influencia de la primavera, que, por otra
parte, ya tocaba a su fin, o qué, pero el caso es que Lilí
no era la misma de siempre.
Como suelen hacer los humanos, yo también tendía a echarle
las culpas de su conducta a ese Negri que en mala hora topó
por el bosque, y entonces, queriendo ayudar, hice algo que consideré
muy inteligente: debía conocer a Negri –por mucho que
me repatease-, debía hacer que Lilí le trajese a casa,
debía conseguir que Mamá le viera, pues si la estratagema
daba resultado, Mamá ahuyentaría a Negri, impidiendo
que Lilí se volviese a relacionar con él, y de nuevo
las cosas estarían igual que antes, o sea, en orden.
Muy satisfecho con mi maquiavélico plan, me apresuré
cuanto antes a ponerlo en práctica y así se lo dije
a Lilí apenas la volví a ver por el mirador, que fue
muy pronto.
-Oye, creo que me porté mal contigo respecto a ese... A Negri,
quiero decir, porque si no le conozco no sé por qué
tengo que preocuparme tanto y encima criticarle.
Una radiante Lilí me interrumpió más contenta
que unas pascuas:
-Eso se arregla enseguida, mañana le traigo y así le
conocerás, seguro que os hacéis de lo más amigos.
(¡Qué te crees tú eso!... Pensé yo mientras
adoptaba un aire de seráfica inocencia).
W.2 - 1. NEGRI (2)
Alrededor de las once del día siguiente, Lilí compareció
llevando a Negri. Yo me había alisado cuidadosamente las plumas
con fin y objeto de estar de lo más presentable y acicalado
posible –recordad que los animalitos no nos cambiamos de traje-,
y fingía estar distraído contemplándole paisaje
desde el palito más alto de la pajarera, cuadrangular y vertical.
Los vi llegar, claro, porque iban hablando entre sí por medio
de suaves maullidos. Mamá estaba escribiendo a máquina
en el piso superior, la Niña en el colegio y Papá en
la ciudad preparando los últimos detalles de una exposición
–recordaréis que papá es un famoso pintor-, por
tanto, el escenario se hallaba dispuesto ya para la representación.
Primero entró Lilí en el mirador, y he de reconocer
que aquella no era mi Lilí sino otra muy diferente, nerviosa,
tímida, balbuceante... ¡Vaya, que hasta me hubiesen dado
ganas de reírme si el asunto no fuera tan serio!
-Petrusky...
Me volví con afectada indiferencia.
-¿Decías?
Entonces vi a Negri de cerca... Venía detrás de ella
y, la verdad, no era el matón ni el gato cachas que yo me temía.
Un poquito más grande de tamaño que Lilí eso
sí, y rechonchito, lo que indicaba que se alimentaba bien;
de orejas a rabo tan negro como la noche, pasando por patas, lomo
y barriguita, y dueño de unos increíbles ojos azul porcelana
que parecían dos farolitos en medio de tanta oscuridad. No
demostraba recelo alguno ni desconfianza, caminaba con la suavidad
típica de los gatos y su aspecto no era barriobajero sino reservado
y seguro de si mismo, también se le advertía satisfecho
de la vida lo mismo que un pequeño burgués en bata casera
y zapatillas de felpa.
Tuve que reconocer que no estaba mal como gato foráneo, pero
otro cantar era que resultase la adecuada compañía de
Lilí, y yo, usurpando las funciones de un padre o tutor, tenía
que arreglar aquello.
-Pe... Petrusky, te presento a Negri, Negri, éste es Petrusky
de quién tanto te he hablado.
(¡Caramba, caramba, así que yo era tema de sus charlas!)
Negri avanzó calmosamente hasta colocarse delante de mí,
muy educado. Mal que me pese no se trataba de un patán; hizo
una inclinación de cabeza y maulló con voz suave y profunda,
ronroneante:
-Encantado de conocerle, señor Petrusky, la señorita
Lilí me ha dicho que es usted el miembro no humano, más
importante en este hogar feliz, una verdadera institución en
lo que respecta al clan familiar.
Bueno, debo reconocer que me sentí muy halagado; ¿a
quién no le gusta que lo cepillen?
Carraspee dándome importancia –convenía impresionarle.
-Sí, ejém, ciertamente... ¿De modo que tú
eres el famoso Negri?
-No creo ser muy famoso –afirmó él con modestia-,
lo que si puedo decirle es que allí en donde he estado, he
dejado un grato recuerdo... Lo cual no deja de tener su importancia...
–y al afirmar esto último, obsequió a Lilí
con una mirada de borrego que tuvo la virtud de alertarme.
-Lilí me ha dicho que vives en una granja ahora –dije
con severidad, porque me había propuesto mostrarme intransigente
en ese sentido. Lo siento, pero alguien había de mostrarse
severo.
-¿Me permite usted que tome asiento?, muchas gracias... Sí,
en efecto, presto ahí mis servicios, claro que eso no significa
que piense que mi futuro es el de ser granjero, yo tengo aspiraciones.
¡Sorprendente el gatito!
-¿Cuáles son tus proyectos?
-Establecerme y formar una familia, procedo de una muy numerosa y
bien avenida...
-De la cual te alejaste –interrumpí yo deseoso de encontrar
alguna mancha en aquel currículum.
-Verá usted, no fue exactamente así; al tratarse de
familia numerosa, por ley de vida, todos los hermanos marchamos e
casa a hacer fortuna, iniciativa nada vituperable puesto que ello
siempre ha engrandecido los linajes gatunos, pero no he olvidado a
los míos y de vez en cuando hago una visita a mi madre. Mamá
es siamesa y papá igual que yo, según ella me dijera
en su momento.
A Lilí se le llenó la boca metiendo baza al explicarme:
-Su madre reside en la mansión de unos fabricantes de alimentos
para felinos y ella es la que sale fotografiada en los envases, bueno,
cuando era joven, ¿sabes?
Negri miró hacia otro lado con humildad.
-No me gusta alardear de mis orígenes, pero, en esta ocasión
he supuesto que era importante revelárselos a la señorita
Lilí con fin y objeto de evitar malos entendidos. Yo poseo
casta y linaje; no soy un gato vagabundo.
(¡Ay Lilí, Lilí!)
-Vale, está bien, ahora ya sabemos que eres un chico con credenciales.
De pronto me quedé mudo. Había estado a punto de cometer
el error más grande de mi vida, pues, ¿no iba a preguntarle
a Negri cuáles eran sus intenciones respecto a Lilí?
¿Pero, cómo podía yo ser tan memo? Sin darme
cuenta, Negri me estaba dando la vuelta y si yo no reaccionaba era
muy capaz de acabar logrando mi bendición para sus relaciones
amistosas con Lilí, y eso no podía ser, no podía
ser.
-Lilí me contó que te enfrentaste a un lince y a un
hurón.
Negri restó trascendencia al hecho.
-¡Oh, eso!... Con el hurón estuve a punto de dejar la
piel, con el lince fue otra cosa... Primero nos enseñamos los
dientes y después nos hicimos amigos. El pobre estaba solo,
es una especie en vías de extinción, y me explicó
como resulta muy triste el ver que cada día son menos los de
su raza porque el hombre les somete a una caza despiadada ya que su
piel es preciosa. Me confió que pensaba emigrar a una zona
protegida ya que allí se les deja vivir en paz, lo difícil
es llegar hasta la reserva, ya que por el camino existen muchos peligros,
trampas, cazadores... Todos los animales del mundo tenemos nuestros
derechos inalienables, establecidos por la propia naturaleza y deberíamos
constituirnos en magna asamblea hasta hacer comprender al ser humano
que debe aprender a respetarnos que no somos ni sus juguetes ni sus
víctimas y que poseemos una dignidad que debe ser tan tenida
en cuenta como la suya.
(¡Aquel michino era una caja de sorpresas!; ¿quién
iba a imaginarse que se erigiera en portavoz de la sociedad protectora
de animales?)
Lilí le escuchaba hablar con mal disimulada admiración,
y yo empecé a inquietarme, porque si Negri no me parecía
a mí un mal tipo, con Lilí tenía ganados todos
los puntos.
-¿Qué opinas de los pájaros en general y de los
periquitos en particular?
Negri respondió con la mayor inocencia:
-Son hermosos todos, y en cuanto a los periquitos, les admiro por
sus exóticos orígenes. Según tengo entendido
usted procede de un inmenso continente poblado de bosques de eucaliptos,
¿no le gustaría volver algún día a la
patria?
Negri era muy hábil y yo empecé a sentirme acorralado.
-Sí, claro, algún día, pero no deja de ser un
sueño imposible, además, mi procedencia australiana
es remota, hace muchas generaciones que mi familia ha criado aquí.
Lilí volvió a intervenir.
-La madre de Negri no, a su madre fueron a buscarla a Siám.
Comencé a experimentar una sensación de acoso.
-¡Vaya, pues que lujo!
Negri se apresuró a desmitificar la situación.
-Una casualidad, la familia con la que vive mi madre fue allí
en viaje turístico.
-Su madre es muy guapa, espera un momento, Petrusky, y te traeré
un envase para que le veas fotografiada.
Y sin esperar respuesta, Lilí salió zumbando para traerse
el dichoso envase que a mí me importaba un bledo contemplar.
Quedamos solos Negri y yo, y entonces, desesperado, decidí
lanzarme de cabeza al abismo. (¿Qué hacía Mamá
que tardaba tanto en bajar?)
-Negri, compruebo que eres un gato que ha vivido y tienes experiencia.
Lilí es muy jovencita y con la cabeza llena de fantasías
propias de la edad, no afirmo con eso que sea tonta, que no lo es
y sí muy lista y... Vaya, que no me gustaría nada que
sufriera alguna decepción o disgusto... Yo... –me eché
un farol- Yo, aparentemente no soy más que un periquito igual
que muchos, pero las cosas no son lo que parecen ser... Aquí
donde me ves he vivido aventuras inimaginables y tengo amigos, amigos
importantes y muy poderosos... Con todo esto quiero decirte que si
a Lilí le sucediese algo poco agradable, pues... el que lo
hiciera se iba a arrepentir –concluí de forma truculenta
a lo “padrino” mafioso.
Negri me miró con sus límpidos ojitos azules y dijo
muy solemne:
-Le comprendo, señor Petrusky, y entre animales de honor sobran
las palabras. A usted y a mí nos anima el mismo pensamiento
respecto a la señorita Lilí, los dos somos sus acérrimos
paladines.
Lilí irrumpió en aquel momento.
-¡Mira Petrusky –maulló triunfalmente-, mira a
la madre de Negri!
Entraba haciendo rodar el envase que dejó plano para que yo
pudiera verlo cómodamente. Enmarcado en un círculo del
cartón metalizado, se veía la redonda carita de un gato
siamés, orejitas y morrito negro, ojazos de aguamarina e inconfundible
pelaje lustroso... Debo reconocer que era un hermoso ejemplar de felino.
-¿Ves?, Negri ha heredado sus ojos.
-Sí, ya lo veo.
Negri intervino zalamero:
-La señorita Lilí podría ser una digna sucesora
de mamá en esa foto.
Lilí le contempló arrobada.
-¿Tú crees?
-Todo es proponérselo.Fruncí el ceño, ahora vendría
aquello de “ven a casa de mamá y cuando todos te vean
tan bonita seguro que...”
-¡El mundillo de las modelos es muy fatigoso! –salté
alarmadísimo.
-¡Oh, Petrusky, calla, no seas aguafiestas! –a Negri-¿Te
imaginas que me contratasen para hacer spot publicitarios? De los
tiempos de tu madre a hoy en día todo ha cambiado mucho, podría
convertirme en una top model famosa.
-¡Lilí! –chillé yo muy asustado; la situación
se me estaba descontrolando.
-¿Qué pasa ahí abajo?
¡Bendito sea el Cielo, era la voz de mamá!
Escuchamos sus pasos descender por la escalera, y yo, en un instante
de loca alegría, pensé que Negri iba a saltar por la
ventana ante la proximidad de la dueña de la casa, mas para
mi gran chasco no fue así; Negri siguió sentado tan
tranquilo e imperturbable.
-¿Qué sucede, por qué alborotáis de esa
forma?
Lilí se puso a hacerle la rosca a mamá restregándose
contra sus tobillos mientras ronroneaba, en tanto Negri la miraba
sin pestañear.
-Hola, hola, la gatita mimosa... ¿Qué es esto? –Acababa
de descubrir a Negri- ¿Qué hace este gato aquí?
Yo les di la espalda en un arrebato de dicha histérica, pero
queriendo evitar ser testigo de lo que se avecinaba, sin embargo la
contraventana abierta me hizo de espejo y no me perdí detalle,
claro que podía haber cerrado los ojos, pero no lo hice.
Negri se levantó sin prisas y ondulante acercóse a Mamá
sin demostrar miedo alguno... ¡Había llegado el momento!
-¿Es un amiguito tuyo, Lilí?
-¡Meu, meu!
-¡Miau, miau, miau! –maulló Negri cortésmente.
-¡Qué gatito tan precioso, todo negrito, y que ojos tan
lindos!
Mamá se acuclilló para acariciar a Negri, ¡ACARICIAR
A NEGRI!
Negri se tiró de espaldas enseñando la pancita.
-¡Que monada de gato, que cariñoso, que simpático!
–Mamá le rascó la barriguita entre un dúo
de satisfechos ronroneos- ¡Ah, pero tienes dueño, llevas
un collar antiparasitario!
Mamá se incorporó.
-Lo siento, Lilí, no nos podemos quedar con él porque
tiene dueños y sufrirían mucho si no volviera.
(¡Ay, gracias, gracias, gracias, de qué poco no me da
una parada cardiaca!)
-¿Meu, meu, meu?
-Pero, cariñito, tu amigo puede venir a visitarte siempre que
lo desee.
(¡OH, NO, ESO NO!)
-¡Miau, miau!
-¡Meu, meu, meu!
¡Narices, buena la había hecho yo! Desde luego, el que
no ha nacido para intrigante...
-¿Verdad que vendrás a visitar a nuestra Lilí?,
ella estará muy contenta y como se ve que eres un gatito bueno
te voy a traer un platito de leche para que desayunes si no lo has
hecho todavía. Claro que mejor será que te lo tomes
en la cocina, ¿no te parece Negrito?... ¿Vamos, bonitos?
Mamá dio la impresión de acordarse de mí entonces.
-No tengas miedo, Petrusky, el amiguito de Lilí tiene aspecto
de ser un gatito muy dulce y estoy segura de que no te hará
ningún daño, así que tranquilo, luego te traeré
una barrita de miel.
Y se fueron, se fueron los tres tan campantes y felices y yo me quedé
en lo más alto de la pajarera renegando de la maldita ocurrencia
que había tenido.
W.3. - 1. NEGRI (3)
No duró mucho tiempo mi soledad, ya que aún no me había
recobrado de la humillación de mi fracaso, cuando Lilí
regresó dando botes como una cabra loca.
-Negri se ha tenido que ir a la granja porque se le hacía tarde
para su trabajo; me ha rogado que le despidiera de ti y que te dijese
que ha sido un placer conocerte y que en una próxima visita
te dedicará más tiempo, que se ha dado cuenta de que
eres un periquito muy inteligente y de mundo y que espera que en breve
pueda tener el honor de llamarse tu amigo... ¿No te parece
que Negri es un primor?
Yo estallé; con alguien tenía que sacar la rabieta que
llevaba dentro.
-Lo que me parece el tal Negri no te lo puedo decir porque soy demasiado
educado.
-¡Bah!, otra vez con tus tonterías y celos absurdos...
Lo tuyo es de psicoanalista, querido Petrusky. Mira, hoy estoy tan
contenta que no me voy a enfadar contigo –y agregó maliciosa-.
Después de todo, gracias a ti, Mamá ha conocido a Negri
y le ha caído de perlas y lo mismo es pasará a papá
y a la Niña. Ya verás, como Negri tiene ese don de gentes
tan grande sabe meterse a todos en el bolsillo. Hasta luego, Petrusky.
Lleno de amargura por mi derrota, no se me ocurrió otra cosa
mejor que gritarle, cuando ella salía del mirador:
-¡Lilí tiene novio, Lilí tiene novio!
(Reconozco que fue una venganza infantil e idiota).
Lilí se revolvió como si le hubiera picado un escorpión.
-¡Cállate! ¡Eso es mentira, Negri y yo sólo
somos buenos amigos!
-... y residentes en el bosque... ¡Lilí tiene novio,
Lilí tiene novio!
Yo debía armar un jaleo terrible, porque la voz de mamá
sonó desde la cocina:
-¡Calla Petrusky, no alborotes que ahora te llevo tu barrita
de miel!
¡Para barritas de miel estaba un servidor!
Lilí me sacó la lengua.
-Eres el más burro de todos los periquitos... Eres... Eres...
Eres un periburro... ¡Ojalá te fueses a Australia!
Yo chillé retador:
-¡¡Pero no me puedo ir, elius, elius!!
Lilí, que ya se alejaba, giró la cabecita para mirarme
de reojo y anunció sibilinamente:
-Eso nunca se sabe...
Y fue su tono de voz, un tono que yo bien conocía, el que hizo
que me estremeciera de pies a cabeza.
Negri volvió, una y mil veces volvió, como vuelven las
termitas para socavar los cimientos de las casas más sólidas.
Negri era muy educado conmigo y muy amable, debo admitirlo mal que
me pese, pero a mi se me había atravesado y por más
monerías que me hiciera, lo contemplaba torvamente y sin ganas
de contemporizar. Sin embargo, hablaba con él, ¿qué
otra alternativa tenía?, y hasta le llegué a contar,
a instancias de Lilí, algunas de las aventuras que me había
tocado vivir en el Mundo del Cuadro. Negri me escuchaba con mucha
atención, que no dejaba, por otra parte, de resultar gratificante,
y un día me llegó a preguntar con solicito interés,
si no me gustaría vivir de nuevo aventuras tan fascinadoras,
no las mismas, claro, sino otras.
-Poder volar visitando países remotos, mundos de fábula
–sugirió Negri con aspecto soñador.
-¿No te chiflaría, Petrusky?
¡Qué manía, se ve que aquel par sólo deseaba
que me largase para dejarles el campo libre!
-¡Nooo, no quiero volverme a ir a ningún sitios!... Si
se tratase de una película, vale, porque interpretaría
una historia y no sentiría ningún tipo de incertidumbre
respecto a mi futuro, pero como no se trata de eso sino de apechugar
en primera persona, pues, la verdad, no me apetece nada de nada.
-¡Eres un cobardica!
-¡Lilí!
Negri intervino conciliador.
-La señorita Lilí no ha querido ofenderle, señor
Petrusky.
Yo salté enfurruñado:
-Sé muy bien lo que tu “señorita Lilí”
quería decirme, hace mucho tiempo que la conozco y te advierto
que no es tan angelito como representa.
Lilí se echó a reír.
-Mala prensa, no hagas caso, Negri, Petrusky tiene un singular sentido
del humor.
-Naturalmente, naturalmente, ya se ve que es muy bromista.
¡Condenado gato de granja!
Llegó el verano y con él esas brusca tormentas del mes
de junio sacudidas por los truenos e iluminadas por los relámpagos,
y no sé si por eso, o bien por cualquier otra causa, Negri
no vino durante unos cuantos días. Lilí estuvo muy nerviosa
por tal motivo, pero no se atrevió a irle a buscar porque los
truenos le daban mucho miedo. A la postre reapareció Negri
muy ufano y con aires de conspirador de baratillo, que yo no soy tonto
y me fijo en los detalles, por más que de detalles pocos ya
que todo eran ampliaciones.
Negri vino contento y excitado y Lilí le recibió con
una gran algarada de saltos y arrumacos gozosos, demostraciones que
pude atisbar desde mi atalaya en el mirador, viéndoles jugar
alegres sobre el césped del jardín, luego los dos llegaron
corriendo entre brincos y cabriolas, ya que Negri era muy cumplido
y siempre que hacía acto de presencia por casa, su principal
ocupación, luego de frotarse contra los tobillos, calcetines
o pantalones del primer miembro de la familia que se le pusiese a
tiro –en donde, ¡faltaría más!, había
caído la mar de bien-, era la de acercarse a presentarme sus
respetos. Entraron por la gaterita de la cocina, le hicieron la pelota
a Papá que estaba en su estudio pintando -único representante
de la familia en aquellos momentos ya que la Niña tenía
exámenes y Mamá había salido-, para después
irrumpir en plan tromba en mis dominios.
-Hola, señor Petrusky, ¿cómo está usted?
Lilí exclamó atropelladamente, sin darme tiempo a responder:
-¡Petrusky, Petrusky, Negri y yo salimos un momento! -la costumbre
era estar de tertulia conmigo una media hora, siempre que Negri venía.
A mí se me debió avinagrar el gesto, porque Negri se
apresuró a decir.
-No pase pena, señor Petrusky, que volveremos antes de que
se haga de noche, bueno, quiero decir que traeré a la señorita
Lilí de regreso antes de que oscurezca, pero la dejaré
en la puerta puesto que en casa me espera mi habitual trabajo de ronda
nocturna, o sea, que me despido de usted ahora, hasta la próxima
vez.
Mi mosqueo creció ante tantas prisas y tantos misterios.
-Supongo -amonesté severo-, supongo que no la llevarás
a una cacería de ratas.
Negri se escandalizó ostensiblemente.
-¡Por favor!, ¿por quién me toma, señor
Petrusky?... Jamás expondría a ningún riesgo
a la señorita Lilí... Quede tranquilo, conmigo está
a salvo. ¿Vamos?
-¡Yo prime, yo prime! –chilló Lilí, enloquecida
de alegría.
Quien no lo veía nada claro es el que suscribe, pero ya ellos
saltaban por la ventana entre alborotados “miaus”, igual
que dos niños pequeños y muy traviesos.
No me gustaba aquello, no me gustaba nada y sinceramente lamenté
el no pode echar a volar detrás de la parejita para controlar
la situación.
Mi inquietud por las andanzas de Lilí en pos de Negri, no dejaban
de tener una base lógica porque desde la entrada de Negri en
nuestras vidas, todo iba un poco patas arriba. Lilí ya no era
la misma y para postre, en los últimos tempos, tenía
la cabeza más llena de pájaros que nunca puesto que
Negri se dedicaba a contarle el cuento de la lechera cada dos por
tres y así la cantinela de Lilí top model internacional,
había dejado de ser amable fantasía de desocupados,
para convertirse en una especie de solapada amenaza envuelta en los
oropeles más seductores que Lilí aceptaba sin la menor
humildad. Según Negri, Lilí era preciosa –no afirmo
yo que no lo fuese-, y debía suceder a su madre, la de Negri
se sobreentiende, en la imagen publicitaria de los envases de alimentos
para felinos, porque, siempre en opinión del taimado morrongo
granjero, Lilí enamoraría a las multitudes desde la
tapa metalizada de las “delicattessen” gatunas.
Y una extasiada Lilí había comentado lo que parecía
ser el comienzo de un delirio sin fin de despropósitos:
-Ahora todo es muy diferente y en los tiempos modernos no es precisamente
el Gato Félix el más famoso... Un ejemplo viviente lo
tienes en el gato Calcetines, el primer gato de Estados Unidos, y,
dicen –añadió no sin algo parecido a la envidia-,
el gato más fotografiado del mundo, ¿sabes?
A lo que Negri terció en aquella ocasión:
-Aquí de lo que se trata es de que a la señorita Lilí
la descubra un cazatalentos que la sitúe en el estrellato que
tanto su belleza como su distinción merecen. Sigo pensando
que si aceptaras venir a casa de mi madre, sólo viéndote,
la familia con la que ella vive se prendaría e ti y te ficharían
para sus productos. Ese podría ser el trampolín hacia
la fama internacional.
Lilí respondió mimosamente:
-¿Y tu mamá no se enfadaría?
Negri protestó con calor:
-¿Qué dices, criatura? Mi madre no podría sentirse
más que orgullosa de que la sucediera alguien tan cualificado
como tú.
(¡Ah, cuán grande fue mi intuición, que me llevó
a desconfiar de Negri apenas supe de su existencia!... ¿Por
qué uno tendrá tanta experiencia de la vida?)
El Sol comenzó a descender la escalera que le llevaba al crepúsculo
y yo a inquietarme por la tardanza de Lilí. Mis amos, distraídos
con sus quehaceres respectivos, no se habían percatado de nada,
en aquella ocasión, era yo el único que sufría
en silencio la salida de Lilí en tan poco acertada compañía,
mas al final respiré aliviado, como tengo muy buena vista,
pude descubrirles a lo lejos antes de que el Sol se ocultara, lo que
me sorprendió es que los dos correteaban como si entre ambos
empujasen algo delante de ellos, algo que semejaba brillar a intervalos,
o tal parecía. ¿Qué es lo que habían encontrado,
un trozo de vidrio, un espejito, una linterna encendida? Luego desaparecieron
detrás de un matorral y enseguida brotaron pero ya caminando
normalmente y sin empujar nada. Vi como Negri se despedía de
Lilí y mirando en dirección mía, agitaba amistosamente
su rabito diciéndome así también adiós.
Lilí se reunió conmigo después de haber cenado
y fue por puro cumplido ya que se la veía muy somnolienta y
cansada.
-¿Dónde habéis estado metidos? ¡Toda la
tarde sufriendo por si se te comía una rata!
Lilí bostezó.
-¡Ay, Petrusky, hijo, que ocurrencias tienes! Negri nunca me
llevaría a que se me comieran las ratas. Hemos dado un largo
paseo y... y hemos visto cosas.
-¡Qué cosas!
-Cosas...
Yo grité, exasperado por su cachaza:
-¡Sí, sí, sí, pero, ¿qué
cosas, qué clase de cosas?!
-¡Ya empezamos con las neuras!... Pues cosas.
Intenté ser paciente.
-Pero, ¿qué cosas?
Lilí frunció el morrito.
-Pues, pues... Hemos visto estrellas, por ejemplo.
-¿Estrellas? –repetí incrédulo.
-Sííííí...
-¿Y a qué hora, si es que se puede saber?; las estrellas
salen de noche.
Lilí adoptó su aire más impertinente.
-Hay estrellas que salen de día, estrellas relucientes lavadas
por la lluvia, estrellas que parecen diamantes.
-Sí, y estrellas de coscorrón, que son las que se ven
cuando te atizan un trancazo en la cabeza.
Lilí hizo un mohín desdeñoso.
-No me creas, ese será tu problema... Y buenas noches, señor
Petrusky, tengo mucho sueño, mañana hablaremos.
-Pero...
Me dejó con la palabra en la boca, perdón, quise decir
en el pico, y se retiró a su cestito rosa a dormir.
En los días siguientes la situación no mejoró.
Lilí me esquivaba y lo desconcertante es que Negri hacía
lo mismo aunque de otra forma; entraba en el mirador, me saludaba
muy educado y luego se esfumaba dando excusas verdaderamente tontas
para ir corriendo junto con Lilí, a hurgar en el matojo adonde
les viera esconder algo. Como es de suponer, aquel estado de cosas
me estaba poniendo enfermo de recelo e inquietud.
¿Qué es lo que tramaban esos dos?
Sin embargo, todas las esperas tienen un final y un buen día
el secreto tan celosamente guardado, se descubrió casualmente
y el motivo fue una oportuna y espectacular tormenta. Me pregunto
ahora que si no hubiera sido por este hecho, es muy posible que cuanto
vino a suceder más tarde, no hubiese tenido lugar.
El horizonte se puso gris plomo y empezaron a cabrillear los relámpagos
y a retumbar los truenos. Sopló el Gran Viento, mi viejo amigo,
trayendo en sus alas el olor de la lluvia ya que a poco empezaba a
diluviar. Bueno, hasta ahí las cosas no dejaban de ser normales,
lo sorprendente fue comprobar como Lilí, arrostrando el miedo
que le daban as tormentas, salió disparada por la puerta internándose
en el jardín. Yo alargué el pescuezo lleno de curiosidad
y la vi hundirse como una tromba en el famoso matorral que tan mosqueado
me tenía. Cayeron varios truenos y arreció la lluvia,
yo miraba sin comprender el por qué Lilí se mojaba sin
rechistar mientras buscaba algo rascando frenéticamente en
la tierra. Más tarde la vi salir del escondrijo y volver a
casa dando grandes saltos estilo canguro. Observé que sujetaba
un objeto entre los dientes, ¡era el dichoso cristal brillante!
¿En tan alta estima lo tenía como para arriesgarse a
coger un resfriado?
Lilí estaba muy alterada, hasta el punto de que no hizo ningún
regatee para entrar en la casa, sino que directamente se metió
por la puerta principal, que era la del mirador, y plantándose
delante de mi pajarera, depositó en el suelo lo que llevaba
entre los dientes y yo entonces me quedé mudo de asombro y
admiración.
Sobre las baldosas, el objeto aquel goteaba lentamente una especie
de barro líquido que se escurría igual que el aceite,
suave, con tacto de seda, igual que la nieve del deshielo sobre un
parterre de césped... No se trataba de un trozo de cristal,
ni de un espejito, ni siquiera de una linterna, era, parecía...
W.4. -1. NEGRI (4)
-Una estrella... ¿Lo ves, desconfiado?
Brillaba de una forma maravillosa, tenía cinco puntas.
Pasmadísimo no atiné a decir nada. Nunca había
visto una cosa tan bonita.
Lilí maulló triunfal:
-¡Vaya, por una vez en tu vida no sabes que contestar!... Creías
que te engañaba y ya puedes verla con tus propios ojos.
-¿De dónde has sacado eso?
Ella empezó a secarse el pelaje a lametones.
-Yo no he sacado nada, ni siquiera la encontré, fue Negri,
y después de una de las primeras tormentas, la descubrió
metida en el nido de una urraca. Ya sabes que a las urracas les gusta
robar las cosas que brillan.
-¿Me quieres decir que la urraca subió al cielo y ha
robado una estrella? –pregunté sin atreverme a creerlo.
-Puede ser, yo no estaba allí para verlo, el caso es que Negri
dio con la estrella en su nido y se la llevó, ya sabes, quien
roba a un ladrón...
¿Recuerdas aquel día en que vino a buscarme? Bueno,
pues fuimos a su granja, estaba que rabiaba de ganas de enseñarme
su hallazgo. La tenía escondida dentro de una lata vacía
de refresco que ocultaba en el hueco de un árbol y como a mí
me gustó mucho, me la regaló, por eso la trajimos aquí
y la sepultamos bajo tierra en el túnel vacío de un
topillo.
-Sí, yo vi que empujabais algo brillante.
-Era muy divertido, la empujas y flota, como todas las estrellas,
pero ahora no podía permitir que se mojara, igual se apaga,
no sé, no tengo la menor idea de que clase de cuidados requiere
una estrella.
Yo contemplaba hipnotizado aquella aparente estrella.
-Debe de ser la contaminación –farfullé-. Seguro
que es eso lo que las desprende del cielo.
Lilí estaba retorcida lamiéndose la base del lomo.
-Tal vez-dijo distraída-, tal vez sea la contaminación,
como tú apuntas.
-¿Qué opina Negri? –me costó decirlo, pero
soy demasiado curioso.
Lilí abandonó su toillette.
-Él cree que la urraca la robó, pero también
puede ser como tú dices.
No quise herir susceptibilidades.
-Sí, claro, aunque lo mismo podría ser, por ejemplo,
que esos cohetes que mandan al espacio haya tropezado con alguna y
la haya desprendido.
-No sé. El caso es que aquí está y es mía.
Yo me sentí moralista.
-Lilí, eso no es lo correcto. La estrella no es tuya, si se
ha caído del cielo hay que devolvérsela. Las estrellas
son patrimonio de la Humanidad y nadie debe querer apropiárselas,
no es honesto.
-¡Pero, es mi estrella –maulló Lilí enfurruñándose-,
es mi estrella y Negri me la ha regalado!
-No, no es “tu” estrella. Las estrellas nos pertenecen
a todos por igual. Tienes que devolverla, es tu obligación.
-Si la devuelvo, Negri se enfadará. Sería despreciarle
el regalo –expuso ella con carita de inocencia ultrajada.
-No, si se lo haces comprender. La gente no pede ir por la vida apropiándose
indebidamente de lo que no le pertenece.
Lilí repuso combativa:
-¡Estaba en el nido de la urraca!
-Eso no es excusa. Tampoco le pertenecía a ella. No es que
censure a Negri por quitársela, pero debe rematar la buena
obra entregándosela al Viento para que la coloque sobre nuestras
cabezas.
-¡No quiero, no me da la gana!... Es mía, me gusta, es
muy linda, es la cosa más linda que he tenido en mi vida, y...
y es una prenda de amistad. Negri no pensaba regalársela a
nadie, pero tuvo se detalle conmigo
-Ya la sabe larga Negri.
-¿Qué quieres decir? –preguntó Lilí
ingenuamente.
-Yo me entiendo.
-Sí, serás tú solo. A veces me parece que hablas
en chino.
-Eso tu Negri.
Lilí se enfadó.
-¡No es “mi” Negri!... Y, y tampoco habla en chino.
-Bueno, no nos desviemos del tema... Esa estrella tiene que volver
al cielo, que es su lugar, no es un cebollino para que lo trasplanten.
A Lilí le dio una pataleta y se puso a arañar furiosamente
una alfombrilla de esparto que permanecía colocada frente a
mi pajarera.
-¡Vaya, como en los viejos tiempos! La “señorita
Lilí” –dije remedando a Negri-, cabalga de nuevo.
¿Qué piensa destrozar después?
Lilí soltó un bufido y dando un brinco acrobático
hundióse en las profundidades de la casa, para regresar al
instante con aire de desafío y recoger del suelo la rutilante
estrella que se llevó a empujones de nariz como si hiciera
equilibrios con un globito.
(Mucho más tarde me enteraría de que lo había
ocultado debajo de la colchoneta de su cestita).
En cuanto Negri vino a hacernos la visita de rigor, que fue al día
siguiente, Lilí se lo llevó aparte, detrás de
un arríate de flores del jardín y les oí primero
hablar y más tarde discutir acaloradamente, luego silencio
y acto seguido, los dos entraron en el mirador.
Lilí iba echando chispas.
-¡Me acabo de enfadar con Negri por tu culpa –me chilló-,
a ver como lo arreglas ahora!
Negri, muy calmoso él, intervino:
-He sido informado, señor Petrusky, de que usted no está
de acuerdo con que Lilí --¡vaya, por primera vez no se
dirigía a ella en tercera persona!-, se quede con mi obsequio.
Intenté armarme de paciencia, lo cual, con aquel par, era ejercicio
repetido.
-No se trata de tu regalo, se trata de una estrella y las estrellas
deben estar en el cielo y no en la Tierra. Vais a provocar un caos
universal con este caprichito que os ha entrado... Esto me recuerda
aquella aventura que viví en Torreón y lo que al respecto
me explicó el señor Cigüeña...
Lilí interrumpió desdeñosa:
-Ya está el abuelo contando sus batallitas.
En tono mesurado la amonestó Negri:
-Por favor, el señor Petrusky es un gran viajero y sus experiencias
son dignas de ser tomadas en cuenta.
Yo empezaba a enfurecerme, no olvidemos que los periquitos somos muy
irritables.
-¡Pues si mis experiencias son dignas de ser tenidas en cuenta,
hacedme caso y devolved la estrella, pareja de cabezotas!
Lilí no paraba quieta dando vueltas por el mirador, en tanto
Negri, continuaba sentadito, muy tranquilo y al parecer pensativo.
Así estuvimos por espacio de unos instantes.
-Señor Petrusky –dijo Negri tras meditarlo-, ¿y
si nos equivocamos con lo de la devolución?... Si la estrella
se ha caído es porque estaba madura, como las frutas, entonces...
-... entonces no es de nadie ¿No es ahí donde quieres
ir a parar?... Pues te equivocas, las estrellas no son manzanas ni
peras, ni nada parecido, ¡conque menos cuento ni tonterías
y a devolverla!... El por qué se haya caído no nos ha
de quitar el sueño, pero nuestro deber es colocarla en su lugar.
Sorprendentemente desde que nos tratábamos, Negri insinuó
cierta leve ironía en sus palabras.
-Señor Petrusky, ¿por qué no se va usted volando
al firmamento y la coloca en el sitio que supone le pertenece?
Le contesté con retintín:
-Primera, porque no vuelo tan alto y segunda, que ya no estoy para
estos trotes.
Negri adoptó un tono melifluo.
-Usted no es viejo, señor Petrusky, está en la flor
de la vida.
-No, ciertamente, pero tampoco soy tonto.
Negri miró abstraído las baldosas. Se levantó
arqueando el lomo y estirando las patitas delanteras con mucha elegancia.
-¿Me permite que reflexione detenidamente acerca de todo esto?
Respiré hondo, ¡qué remedio!
-Haz lo que se te antoje, pero devolved esa estrella.
-Usted lo pase bien, señor Petrusky, buenos días.
-Buenos, buenos –rezongué.
Negri abandono el mirador escoltado por una contrariada Lili.
W.5. -2. EL BUHO ENCANTADO (1)
Aquella noche hubo luna llena, pero me era imposible conciliar el
sueño ya que me hallaba muy nervioso. Desde los acontecimientos
de la mañana, Lilí no había vuelto a comparecer
en el mirador aunque la oyera zascandilear por el resto de la casa
haciendo de las suyas. Y yo, para sosegar mis inquietudes, me pasé
la tarde gorjeando bajito, costumbre que no hacía mucho adoptase
estimulado por una colección de discos de música clásica
que la Niña compraba semanalmente y cuya audición resultaba
una delicia sobre todo para un ave como yo. ¿Nunca os he hablado
de mis gustos en esta materia?, pues sí, soy lo que se dice
todo un melómano, claro que me viene de casta y también
por las influencias del entorno –la Niña y sus estudios
musicales-, además, quien canta su mal espanta, aunque hay
que reconocer que poco espanté yo mis males o preocupaciones.
Papá, Mamá y la Niña, al oírme, se creyeron
que me sentía muy feliz y tan contentos los tres, ¡mira
que son inocentes los seres humanos en ocasiones!
Como iba diciendo, la llegada de la noche trajo una hermosa luna llena,
y yo, insomne, pasé largo rato contemplándola, al menos
constituía un bonito espectáculo, mientras canturreaba
para mi buche las notas de, ¡cómo no!, un nocturno de
Chopín. En esas estaba cuando súbitamente, una blanda
sombra surcó la faz de la luna. No cabía duda, se trataba
de un ave nocturna, y a mí las aves nocturnas, siempre rapaces,
nunca me han gustado. De todas formas no hice mucho caso. Viviendo
en el bosque sabía que las noches se ven concurridas con esta
clase de apariciones y yo no debía temerlas refugiado dentro
de mi pajarera y a buen recaudo bajo el techo de la casa de mis benefactores,
sin embargo, cierto repeluzno si que me invadía cada vez que
atisbaba u oía a alguna, y a ésta la olvidé rápidamente
inmerso en mis negros pensamientos, ya que todo aquel asunto de la
estrella para mí encerraba algo no tan sencillo como a primera
vista daba la impresión de ser, y un sexto sentido, que pocas
veces me fallaba, me estaba advirtiendo como ese asunto tan tontito
podía convertirse en algo muy serio que podría traerle
malas consecuencias a Lilí, y esto me desasosegaba mucho, porque,
debo reconocerlo muy a mi pesar, había terminado cogiéndole
cariño pese ha haber sido una bestezuela de lo más gamberro
en sus tiempos infantiles.
-Hola.
Me volví en dirección de la voz desconocida que acababa
de sonar en el alfeizar de la ventana del mirador.
Delante de mí un pequeño búho –pequeño
para las personas, enorme para mí-, me estaba contemplando
con sus inmensos ojos redondos de mirada imperturbable. Su voz era
susurrante y adormecedora. A mí las plumas se me pusieron de
punta y me encogí instintivamente acurrucándome sobre
el palito en donde me sentaba.
-Ho... Hola.
El búho suspiró.
-No tengas miedo, no te voy a hacer ningún daño... Me
estás viendo en plan de búho, pero en realidad no lo
soy.
Mucho más aliviado pregunté:
-¿Y quién eres en realidad?
-Es una larga historia y bastante increíble en todas sus facetas...
¿Dispones de tiempo para escuchar su relato?
-Claro que sí, además, esta noche no tengo sueño.
El búho voló suavemente colocándose sobre el
respaldo de un sillón de mimbre y así, cerca de mí,
al otro lado de la pajarera.
-Me llamo Farfor y soy una doncella encantada.
-¡Toma ya!
-¿Cómo dices?
-Nada, nada, ha sido la sorpresa, no creía que en este mundo
real esas cosas sucedieran.
El búho hizo un gesto de extrañeza y mira que es difícil
que los búhos sean expresivos.
-La verdad, no es tan raro, hay mucha más magia de la que te
puedas imaginar, solo que no se va pregonando por ahí. En fin,
prosigo... Tienes que saber que hace mucho, mucho, mucho tiempo, un
mago, al que le daremos el nombre de Glagól por no pronunciar
el suyo auténtico, tenía un sobrino al que amaba tiernamente,
pero el muchacho no era afortunado con las jóvenes y padecía
mal de amores no correspondidos, entonces, compadecido, su tío
decidió darle una compañera y yendo al prado en el mes
de mayo, recogió todas las flores mas hermosas que pudo encontrar
y formulando un conjuro sobre el ramo las convirtió en una
doncella bonita como la misma primavera...
-¿Tú? –interrumpí incrédulo.
-Sí yo, yo misma... Pero recuerda que ahora me ves bajo mi
condición de búho.
-¿Y por qué?
-¿Por qué soy ahora así? Verás, una vez
transformada en muchacha, el mago Glagól me tomó de
la mano y me llevó a su astillo para que conociera al que me
había sido destinado como esposo y a mí, en un principio
me agradó ya que era apuesto, mas luego, al irle tratando comprobé
cuan soberbio, despótico y egoísta era, además,
le gustaba ir de caza y mataba a muchos inocentes animalitos...
-¡Y le diste calabazas!
-¿Calabazas?
El búho, antes de ser muchacha, había sido un campo
de flores y lógicamente no entendía mi forma de hablar.
-Quiero decir que le rechazaste.
-No exactamente todavía. Lo cierto es que me faltaba valor;
Glagól es un mago terrible y muy poderoso y yo soy tan poca
cosa, ¿cómo iba a desafiarle?
-¿Lo hiciste? –quise saber con interés.
El búho volvió a suspirar y luego parpadeó algo
azarado.
-Una noche soñé... Soñé que conocía
a alguien... Era un muchacho amable y gentil, rubio, de ojos azules,
quien me dijo que huyera porque al final nos encontraríamos
y seríamos felices por siempre jamás.
-¿Y tú le hiciste caso? –pregunté muy sorprendido.
-¡Claro que sí!... Sus palabras me dieron el valor suficiente
para huir y cierta noche de luna llena, una muy parecida a ésta,
abandoné el castillo del pérfido mago, embozada en una
capa gris con capucha. Pero como era una hija del prado y no tenía
ninguna casa adonde refugiarme, anduve errabunda hasta que finalmente
Glagól me encontró y dispuso que mi castigo fuese el
que ves: marcharía por siempre convertida en búho hasta
que hallara la manera de romper el hechizo.
-¿Te insinuó alguna fórmula?
-Ninguna.
-¿Entonces?
-Me dijo únicamente, que un día encontraría la
solución a mi problema y que sólo así se rompería
el encantamiento.
-Pero eso no resuelve nada.
-¿Qué quieres?, en magia las cosas funcionan de esa
manera, las claves siempre se encuentran por pura casualidad.
-¿Y tú la encontraste?
-Por raro que te parezca sí... Claro que ha transcurrido mucho
tiempo, ya te lo he dicho antes.
Yo la miré perplejo.
-¿Encontraste el remedio y sigues así?
El búho hizo un gesto de desaliento.
-Lo encontré, aunque demasiado tarde.
-¿Qué sucedió?
-Tuve un sueño –parece que Farfor todo lo resolvía
por este procedimiento-, y en el sueño vi una estrella, era
una estrella maravillosa que titilaba alegremente para mí,
pero no era una estrella del cielo ya que brillaba al extremo de una
varita de plata muy especial que en su empuñadura ostentaba
una corona lo mismo que si se tratase de un cetro... Entonces comprendí,
sólo podría desencantarme la varita mágica de
un hada, más no la de un hada común, sino la de la Reina
de las Hadas.
-¿Así de sencillo?
-No tan sencillo, amiguito, no tan sencillo; tenía que encontrar
el Reino de las Hadas primero y eso no está al alcance de cualquiera
por muy buena voluntad que ponga en el empeño. Pregunté
pues, a las aves nocturnas, mis obligados congéneres, y ellas
no sabían nada, interrogué a los árboles que
murmuraron palabras ininteligibles y finalmente, al prado, que era
lo que debía de haber hecho desde un principio, y las flores,
mis hermanas, hundiendo sus raicillas en la profundidad de la tierra,
me dijeron:
-"El Reino de las Hadas se esconde en grutas maravillosas, cuyo
acceso sólo te pueden franquear las prímulas... haz
un ramo de estas flores cuando haya luna llena, busca un sendero que
flanqueen espinos y éste, invariablemente, te llevará
a una colina, da nueve vueltas en torno de ella, y, finalmente, allí
en dónde te detengas, golpea con el ramo de prímulas,
y en ese mismo instante y hora, se abrirá una puerta, entra
por ella sin temor pues estarás a punto de trasponer el umbral
del Reino de las Hadas."
W.6. -2. EL BUHO ENCANTADO (2)
-¿Hiciste todo eso? –inquirí deslumbrado.
-Sí, ¿podía hacer algo mejor?, y además
te diré que ha sucedido esta noche; hay luna llena, como puedes
apreciar.
-¿Acabas de ver a... a...?
-Sí, en efecto, he visto a las hadas, acabo de estar con ellas,
y...
Interrumpí muy excitado:
-¡Yo conozco a un hada!... Oye, ¿por qué no te
han desencantado?
-Muy sencillo, porque he llegado tarde, como ya te dije antes.
-No entiendo.
-Sí, mira, hace unos días, a la Reina de las Hadas le
robaron la estrella de su varita de virtudes.
Ante la revelación me quedé mudo de golpe.
-No se sabe quién fue a ciencia cierta, aunque se rumorea que
no ha sido un ladronzuelo normal sino alguien verdaderamente importante
y que sabe lo que se hace.
A mí me salió un hilo de voz, de repente me había
quedado helado de terror y eso que la noche era cálida.
-¿Glagól?
-Eso pensamos todas, y si no es Glagól, pues algún esbirro
suyo; los tiene a cientos y de diversas formas... Unas hadas dicen
que hace poco vieron merodear por la colina a una urraca demasiado
grande para lo acostumbrado, otras afirman que les han informado de
que por esos contornos ronda un gato extraño...
-¿Un gato extraño?
-Sí, una especie como de lince, o algo que lo recuerda, ha
sido visto por ahí paseándose por la colina, o al menos
se paseaba hasta no hace mucho.
-¿Y tú crees que el lince o la urraca...?
-Lo ignoro, pero las hadas aseguran, que son las dos únicas
presencias no controladas que se han detectado últimamente...
El cerebro me iba a toda pastilla... La estrella que encontró
Negri en el nido de una urraca... El lince que encontró Negri
en el bosque... Ahora estaba clarísimo que la estrella no pertenecía
al cielo sino a las hadas y las hadas sufrían por su desaparición,
y Lilí tenía escondida esa estrella mágica y
no le daba la gana devolverla.
Me sentí muy importante, como si de mí dependiera la
salvación del mundo, pero al mismo tiempo obré con cautela,
no quería organizar la fiesta sin motivos.
-Oye, tratándose de las hadas, ¿por qué no pueden
saber quién les robó la estrella y dónde se encuentra
ahora?
El búho pareció irritarse ligeramente.
-¿No te he dicho ya que Glagól debe de estar metido
por en medio? Su magia es muy poderosa, esa es la barrera contra la
que chocan las Hadas, de lo contrario ya habrían recobrado
la estrella de la varita real.
Me quedé meditabundo. Si yo echaba las campanas al vuelo y
le revelaba a Farfor lo que sabía, ¿iba a solucionar
la cuestión, o, por el contrario la empeoraría? El problema
estribaba en que el mago Glagól debía de estar controlando
en todo momento al desdichado búho por medio de espejos mágicos,
esferas de cristal o ingenios semejantes, y así, si yo me iba
de la lengua, Glagól obraría en consecuencia y antes
de que pudiéramos restituir la estrella el brujo se nos habría
adelantado... ¡Rabícuencanos!, ¿qué podíamos
hacer?
-Que pena –dije con sentimiento-, tu problema es de los más
difíciles.
-Por eso te decía antes –gimió el búho-,
que he llegado demasiado tarde y que cómo no suceda un milagro
me voy a quedar eternamente con este melancólico aspecto ¿Tú
no habrás visto ninguna estrella perdida estos días,
verdad? Me refiero a que cualquiera la llevase en el pico o en la
boca.
Decidí mentir para hacerle un favor.
-Una cosa de esa índole no pasa desapercibida.
-Es lo que yo pienso –repuso el búho muy mustio.
-Pero si viese algo...
Los ojazos de Farfor se iluminaron.
-¿Me avisarías?
-¡Naturalmente! ¿Cómo puedo localizarte?
-Bastará con que grites mi nombre tres veces dirigiéndote
a cada uno de los cuatro puntos cardinales y el Viento me hará
llegar tu aviso.
-¿Conoces al Viento?
-Claro, todas las aves le conocemos bien.
-Es amiguete mío, dale recuerdos de Petrusky cuando le encuentres
y dile que algún día me gustaría que viniese
a verme. Estoy hablando del Gran Viento, ¿eh?
-Sí, sí, ya lo haré, descuida... Ahora tengo
que irme.
-¿A seguir la búsqueda?
-A hacer lo que se pueda, que tal vez no sea mucho... Oye –me
dijo cuando ya se disponía a reemprender el vuelo-, cuéntaselo
a los pájaros diurnos, quizás alguno haya podido ver
algo, y si no es mucho pedir, recurre también a las ardillas,
igual han visto cualquier cosa extraña que les haya llamado
la atención.
-No te preocupes, todos estaremos ojo avizor, adiós.
-Adiós Petrusky.
La luna comenzaba a declinar y el búho se perdió en
la noche como una sombra más.
<[endif]>Cuando estuve seguro de que se había alejado
lo suficiente como para no poderme oír, empecé a llamar
muy quedito a Lilí. Bien que ésta dormía allá
en dónde su capricho le dictaba, solía hacerlo a menudo
en el piso de arriba metida dentro de la cama de la Niña, y
yo no ignoraba que ella tenía el oído lo suficientemente
fino como para sentirme si la llamaba. Lo que no dejaba de sorprenderme
es que en todo mi diálogo con la flor-doncella-búho
Farfor, por más que habíamos hablado muy bajito, Lilí
no hubiese hecho acto de presencia, igual se pensaba que yo hablaba
en sueños.
-Lilí, Lilí, Lilí... Lilí, haz el favor
de venir...
Nada, silencio.
Bueno, recordé que, estando enfadados, Lilí podía
ser algo rencorosilla en ocasiones.
-Lilí, Lilí, Lilí...
Un ligero ¡plop!, en el dormitorio de la Niña, me hizo
comprender que Lilí me había escuchado, o, en todo caso,
que se había despertado y que iba a beber o a comer algo como
solía hacer a media noche. Esperé impaciente para comprobar
hacia adónde se dirigían sus pasitos, y... ¡Eureka!,
se aproximaban al mirador.
La vi aparecer somnolienta en el umbral de la puerta.
-¿Se puede saber que tripa se te ha roto para que alborotes
tanto? ¿Qué es lo que pasa?
-¿He armado mucho jaleo?
-El suficiente –rezongó Lilí malhumorada-; casi
has despertado a la Niña.
-Supongo que será importante lo que me tienes que contar, porque
sino...
Cita el refrán cómo la curiosidad fue la perdición
del gato, y ciertamente de no ser por este denominador común
de la especie felina, la verdad es que Lilí ni tan siquiera
se dignase a romper su enfadado aislamiento.
-¡Ay, Lilí, si yo fuera periodista te diría que
estaba en posesión de la noticia del siglo, y si tú
fueses el director de un periódico, te aseguro que me comprarías
la exclusiva!
Lilí se mosqueó.
-¡Déjate estar de comparaciones idiotas –chilló
casi-, y dime que pasa!
Yo me esponjé lleno de orgullo.
-Ocurre que ya sé de quién es la estrella.
-¡Vaya!, ¿y por eso me despiertas de madrugada? Me lo
podías haber dicho mañana
-¡Es que es urgente, Lilí, muy urgente, de no ser así
no te habría llamado!
Lilí se sentó enfurruñada.
-Sea lo que sea, no la voy a soltar.
-Huy, claro que sí, en cuanto sepas de lo que se trata
-Me importa un pimiento.
-Lilí, por favor, no seas tan terca Escucha.
Y apresuradamente, a trompicones, le conté toda la historia.
Lilí, que había empezado a escucharme haciendo hociquitos,
fue cambiando gradualmente la expresión de su cara a medida
que el relato avanzaba; al final estaba maravillada y con gesto de
asombro.
-¡Es emocionante –exclamó-, la estrella de una
varita mágica!
Yo repliqué ahogándome de excitación:
-Y no de una varita cualquiera, ni más ni menos que la de la
Reina de las Hadas, fíjate si es importante... Comprenderás
por qué tienes que devolverla; están en juego las fuerzas
positivas del Mundo Mágico y la salvación d Farfor!
Lilí empezó a lamerse un hombro.
-Bien mirado –dijo después de un instante-, ¿qué
más le da a Farfor seguir siendo búho si antes que nada
fue un montón de flores del prado?
-¡Lilí, caramba, no seas tan cazurra!... Farfor quiere
ser otra vez una chica, es lo que desea porque... Bueno, porque se
ha enamorado de alguien ha quien vio una vez en un sueño...
-¡Vaya una tontería! –interrumpió desdeñosamente
Lilí.
-... y también está por medio la Reina de las Hadas,
es “su” varita, ¿lo has olvidado?
Lilí gimoteó:
-Pero a mí me gusta esa estrella.
-NO ES TUYA –amonesté virtuosamente-. Métetelo
en la cabeza de una vez por todas... Además –la desesperación
me sugirió una idea-, si la devuelves, la Reina de las Hadas
te estará tan agradecida que te concederá tres deseos,
que es lo que hacen siempre cuando alguien se porta bien con ellas.
Lilí se animó considerablemente.
-¿Tres deseos, estás seguro?
Me entró el pánico, ¿quién era yo para
hacer promesas temerarias?
-Bueno, casi seguro, las hadas son muy generosas. Por otra parte,
siendo casi colegas...
-¿Colegas?
Yo quise actuar en clave de humor.
-O casi... ¿No eres tú una brujilla poderosa?
Lilí me miró de mala manera.
-Nunca afirmé que lo fuera... Una vez te dije que podía
ser un hada.
-Sí, ya me acuerdo, y yo contesté que un hada peluda
o algo así y tú te enfadaste... Pero si eres un hada
eres el Hada Despiste, ¡porque mira que no reconocer la estrella
de una varita!
Lilí se ofendió un montón.
-Como soy muy educada, me callo lo que pienso y que te podría
contestar si quisiera.
-Mejor, mejor así abreviaremos, y, al grano, ¿aceptas
devolver esa varita, ¡ay, perdón!, quise decir esa estrella?...
Es que ya no sé ni lo que me digo.
Lilí pareció reflexionar.
W.7. -2. EL BUHO ENCANTADO (3)
-Pero la entregaré yo personalmente.
Me llenó de alegría el escucharla.
-La entregarás tú personalmente.
-No te regalaré ningún deseo.
-No me regalarás ningún deseo.
-Nunca dirás que la idea fue tuya.
-Nunca diré que la idea fue mía.
-Voy a buscarla.
Yo no cabía en mí de felicidad. Las hadas, a las que
me sentía tan unido después de mi encuentro con Falena,
moraban aún entre nosotros y yo iba a ayudarlas, eso era algo
más de lo que un periquito azul del amor, y por añadidura
australiano, podía esperar en todos los días de su vida,
y de verás que no me importaba que los laureles se los llevase
Lilí, la cuestión era restituir la estrella a su legítima
dueña.
-¡Miau!
El maullido de sorpresa de Lilí me arrancó de mis gozosas
meditaciones, ¿qué le sucedía ahora a aquella
gata?
Lilí entró corriendo en el mirador con aspecto de aturdimiento.
-¡No está!
-¿El qué no está? –pregunte tontamente
porque ya sabía de sobras a lo que estaba refiriéndome.
-¡La estrella!
-¿Cómo que no esta, es que se ha volatilizado?
-Si.
-¡Lilí, no me tomes el pelo, déjate de embustes
y saca la estrella de dónde la tengas metida!
-Te prometo que no te engaño, la escondí debajo de la
colchoneta de mi cestito y allí no está.
Respiré profundamente en un vano intento de calmarme.
-No perdamos la cabeza, tranquilidad... haz memoria, ¿y si
la has sacado en cualquier momento cambiándola de sitio? A
veces eres muy despistada Lilí, ¿te acuerdas cuando
perdiste aquel ratón de trapo que te regalaron por uno de tus
aniversarios?, luego lo encontraron metido detrás del televisor.
-Ay, calla ya de hablar de ratones, esto es muy serio, desde que la
guardé no la había vuelto a mirar hasta esta tarde en
que se la enseñé a Negri para demostrarle que aún
la tenía, y después no... !
-¡¡¡Negri!!! –chillé yo.
-Sí, Negri, ¿se puede saber por qué gritas de
esa manera?
-Per... pero, pero, Lilí, ¿es qué no te das cuenta?
-¿De qué?
-¡Pues de que Negri se la ha llevado, so tonta!
Lilí pareció caer del limbo.
-¡Ah, claro! –Dijo tan tranquila-, ahora lo entiendo.
Después de todo lo que ha pasado esta tarde, por causa tuya,
Negri debe haber vuelto y se la ha llevado para devolverla.
Yo estaba histérico.
-¿A quién?
-¿A quién va a ser? Al firmamento, como tú habías
dicho.
-¡Lilí, Lilí, no seas tan obtusa! Negri quería
devolverla menos que tú, ¿o es que crees que no me di
cuenta? Y tú ahí tan tranquila sin enfadarte con lo
quisquillosa que eres.
-Es que no te entiendo.
-¡No me entiendes, no me entiendes! –farfullé-.
Si tu precioso Negri se lleva la estrella tú tan contenta.
¿Pero es que no ves algo que está tan claro como la
luz del día? ¿No se te ha ocurrido pensar ni por un
momento que Negri, el bueno, el cariñoso, el educado de Negri,
pueda ser un esbirro del mago Glagól, su enviado, su mensajero?
Él pudo robar la estrella y después te la “regala”
a ti, porque mejor escondrijo que esta casa no ha podido encontrar
mientras las hadas la buscan...
Durante unos instantes reinó un silencio glacial en el mirador,
los ojos de Lilí, reflejando la claridad de la luna, recordaban
dos focos. Un segundo más tarde Lilí estalló.
-Mira que llegas a ser ridículo en ocasiones con tus obsesiones
idiotas, Petrusky, Negri utilizándome como encubridora, ni
que fuese boba y luego, si Negri fuera un esbirro de Glagól,
no se llamaría Negri sino que tendría un nombre rimbombante,
como cuadra al acólito de un brujo, por ejemplo, por ejemplo...
Pues Mirambielius, no precisamente Negri, que suena a muy casero
(Curiosa la lógica de los gatos).
-No seas tan simple, el nombre es lo de menos, si de verdad fuese
Mirambelius, podría disimular bajo la identidad d Negri como
alias... Los espías nunca van anunciándose por ahí.
-¡Negri no es ningún espía!
A mí la cabeza me daba más vueltas que un ventilador.
-Está bien, está bien, no es ningún espía,
es un ángel bajado del cielo para alegrarnos la existencia,
¡aleluya! Y ahora en serio, si Negri no es el mandado de Glagól,
y se ha llevado la estrella, hay que contactar con él inmediatamente.
No es cuestión de ir tirando por cualquier lado algo tan valioso
para que s pierda otra vez o lo encuentre ese mago codicioso y pérfido.
-¿Y no se te ha ocurrido pensar –dijo Lilí combativa-,
que tu querido búho Farfor, sea en realidad el mago Glagól
disfrazado?... Puestos a imaginar cosas raras...
¡Tate, pues es verdad, a Lilí no le faltaba razón!
-Hombre, no creo.
-¡No crees, no crees!... Acusas tú con mucha rapidez
a los demás sin pararte a reflexionar.
Me defendí:
-Bueno, si lo es, tampoco le he dicho nada... Sólo tú,
Negri y yo lo sabemos.
-Por lo que veo, ahora Negri no es tan culpable.
-Lilí, por favor, olvidemos las rencillas y ocupémonos
de lo que en realidad interesa, hay que ir a buscar a Negri y recobrar
la estrella para las hadas.
Lilí dio un respingo.
-Supongo que no pretenderás que, a estas horitas, me vaya yo
a buscarle por el bosque.
-No era esa mi intención.
-¿Entonces, qué?
-Si aquí hay que hacer algo, eso me corresponde a mí.
-¡Faltaría más, Sir Petrusky del Lago!
La miré de reojo.
-Algún día me habrás de explicar eso.
Ella pareció divertida.
-Algún día.
Me acerqué a la puertecita de mi pajarera.
-Lilí, haz el favor de abrirla y dime cuál es la dirección
de la granja en donde vive Negri.
-¿Es qué piensas ir ya?
-El tiempo apremia, Lilí.
Ella se irguió sobre sus patas traseras y de pie, hurgó
con las uñitas en el pestillo de la puerta hasta descorrerlo
y yo volé entonces situándome encima de mi pajarera.
-¡Deprisa, dime donde vive!
-Durante 40 aleteos vuela en dirección a la luna, luego tuerce
hacía la izquierda y marcha en línea recta hasta llegar
a un pino muy alto, el más alto del bosque, desde su cima divisarás
unos campos segados y en medio una granja, esa es.
Me dirigí a la ventana en cuyo alféizar me posé.
-Deséame suerte, Lilí.
Lilí me tiró un besito desde el suelo.
-Que llegues a buen puerto, marinero... ¡Ah, y acuérdate
de que quiero ser yo quien entregue la estrella a la Reina de las
Hadas!
Repentinamente me sentí muy emocionado, de nuevo estaba fuera
de mi jaula y ante mí esperaba la aventura.
-Procuraré regresar antes de que amanezca –dije con voz
temblorosa.
¿Intuía ya que iba a tardar mucho en regresar a mi hogar?,
no, pero supongo que vagamente lo veía venir.
-¡Hasta luego! –me despedí mientras Lilí
agitaba su rabito en señal de adiós.
Desplegué las alas, respiré hondo y audazmente me lancé
al vacío.
W.8. -3. LAS HADAS DEL BOSQUE (1)
Aunque no habían transcurrido muchos meses desde mis peripecias
en el mundo del cuadro, debo reconocer que me encontraba bastante
desentrenado y a los pocos aleteos empecé a jadear. La culpa
la tenía la buena vida y por consiguiente unos cuantos gramos
de más –o es que quizás ya no era tan joven- el
caso s que, no sé si debido a todo eso, me parece que cometí
un fallo en el que repararía mucho más tarde.
Creo que conté los 40 aleteos, ya no estoy muy seguro, pero
lo cierto es que siguiendo al pie de la letra las instrucciones de
Lilí, no llegué a un pino muy alto sino a un bosque
entero de pinos muy altos y constituyó un verdadero galimatías
decidir cuál podía ser el que los sobrepasara a todos.
Supongo que debí equivocarme, porque si bien desde mi atalaya
oteaba unos campos, a la luz de la luna no me parecieron demasiado
cuidados que digamos porque daban la impresión del más
completo abandono, y la casucha que se erguía en medio de ellos,
por no tener hasta carecía del aspecto de granja, eso sin hablar
ya de que daba muestras de no haber estado habitada en muchos años.
Su tejado ruinoso se hundía por el centro y más semejaba
guarida de murciélagos y lechuzas que otra cosa.
-¡Guayses –me dije-, empezamos bien!
La luz de la luna proyectaba extrañas sombras y a lo lejos
escuchábase el ulular de los búhos, auténticos
ahora y no flores-doncella encantadas como Farfor. Se me erizaron
las plumas. En la excitación del rescate me había olvidado
de que la noche en el bosque está poblada de mil peligros para
un indefenso periquito como yo, por muy azul, del amor, y australiano
que sea; mi entusiasmo inicial se enfrió considerablemente.
En el mundo real los periquitos somos periquitos y no caballeros andantes
de brillante armadura. Otra vez la había pifiado.
No obstante, fuerza era que cumpliese con mi deber, ya que por el
me encontraba metido en aquella disparatada situación, así
que planeé sobre la ruinosa casucha y escondiéndome
detrás de unas tejas arrancadas por el viento y caídas
al suelo, empecé a susurrar con un hilo de voz, porque no me
atrevía a gritar demasiado fuerte:
-Negri... Negri...
¡Quiá!, ni Negri ni nadie... En esa casa no había
ser vivo alguno que pudiera serme amistoso. Oí gorjear a unas
ratas –por extraño que pueda resultar, las ratas emiten
un curioso sonido musical cuando hablan-, y por más que no
sea un experto políglota, llegué a entender muy bien
lo que decían:
-¿Has visto esa cosa con plumas que anda por el suelo?
-No parece un pájaro que se haya caído del nido.
-Ni tampoco un ave normal del bosque.
-Debe ser un bicho casero que se habrá escapado de la jaula.
-Sí, un panoli... Mejor, tiene que estar asustado y aturdido,
será presa fácil.
-¡Vamos a por él, compañeras!
¡Alas para que os quiero, lo que me faltaba escuchar!... No
sólo allí no estaba Negri, sino que aquello nunca había
sido una granja, y, encima, sus moradores habituales se revelaban
dispuestos a acabar conmigo... Decir que salí zumbando es muy
vulgar pero refleja el momento, y además salí zumbando
como una flecha, ¡que se fuese a hacer gárgaras la prudencia!;
entre ratas, búhos y lechuzas prefería habérmelas
con los plumíferos ya que al menos eran de mi familia y podíamos
estar, casi, en igualdad de condiciones –la verdad es que era
un pobre consuelo al no disponer de otro mejor-.
Salí volando en dirección a la luna, como si ella pudiera
salvarme de todo mal y sin reparar en que yo ofrecía un blanco
perfecto. Sin embargo, algún ángel bondadoso se hallaría
velando por mí, ya que tuve la inmensa suerte de no ser atacado.
Empecé a tranquilizarme; si en lo tocante a mi integridad personal
se me estaba pasando el miedo, por lo que respecta a sentirme enfurecido
por el chasco que acababa de vivir, eso era otra cosa... Ni granja,
ni Negri, ni estrella, ¿en dónde narices andaba yo extraviado?
-Buenas noches.
Se me heló la sangre en as venas y creí que me iba a
dar un infarto. Sobre la faz de la luna, una siniestra sombra recortó
su espantable silueta muy cinematográfica e inconfundible ella...
¡Caspita, el mismísimo Conde Drácula en persona
venía hacia mí!
-Buenas noches –repitió muy fino.
-Bu... bu... bue... nas... no... ches, señor conde –repuse
con un hilo de voz.
(Mi amplia cultura televisiva me había enseñado que
Drácula era muy educado con sus presuntas víctimas,
un caballero encantador, vaya, y que uno de sus disfraces emblemáticos
era el ir de murciélago por ahí cuando salía
de ronda).
-¿Señor conde?... Oye, ¿tú estás
de guasa?
-Pe... Pero, señor Conde Drácula... ¿O es usted
Batman?
El otro soltó un bufido.
-¡Acabáramos!... Ni que conde drácula ni que Batman,
ni... Me parece que has visto muchas películas, amiguito...
Escucha, ignorantuelo, yo sólo soy un honrado murciélago
que marcha sus asuntos por la noche dado que es mi jornada laboral,
así que de conde y de lo otro nanay del Paraguay... ¡Lo
que es en este mundo, has de ir de cosa estrambótica para que
te consideren, caramba!
Yo estaba asombradísimo.
-¿No eres ningún vampiro? –exclamé sin
poder creerlo.
-¡Y dale!... ¡Claro que no, tontaina!... Lo que verdaderamente
soy es un murciélago común, emparentado, por más
señas, con los ratones... No le chupo la sangre a nadie, limitándome
a comer mosquitos y, en algunos casos a polinizar flores nocturnas,
y ya estoy hasta la coronilla de la mala prensa que tenemos por culpa
de la superstición humana... o de su fantasía, qué
no sé que es peor... Los murciélagos somos muy útiles
y debían declararnos funcionarios de utilidad pública
otorgándosenos protección internacional.
Abrumado, me excuse humildemente:
-Usted perdone, señor... señor Murciélago.
-Me llamo Golfi.
-Señor Golfi.
-Golfi para los amigos, y puedes tutearme otra vez –me interrumpió
el murciélago más dulcificado.
-Gracias... Bueno, pues Golfi, yo me llamo Petrusky y soy un periquito...
-Sí, sí, ya ve que eres un pájaro diurno, ¿y
ahora me quieres decir que haces tú de noche y por el bosque?
Muy apurado respondí:
-Verás, me he perdido... Voy buscando a... ¿Conoces
a un gato que se llama Negri?, creo que vive en una granja de por
aquí cerca.
Golfi movió la cabeza negativamente.
-Lamento no serte de gran ayuda, no conozco a ningún gato,
en cuanto a granjas no he visto ninguna en varias leguas a la redonda,
y eso que estos lugares forman parte de mi itinerario nocturno.
-Entonces estoy irremisiblemente extraviado –gemí con
desolación-, he perdido el caminos y no se dónde se
halla.
Golfi se apiadó de mí.
-Bueno, alguna ayuda puedo ofrecerte. Yo sé en el lugar que
estoy, tú no, pero si quieres ir en dirección concreta,
¿por qué no les preguntas a las hadas?
¡Caray, que murciélago más raro, se relacionaba
con las hadas!
-¿Las hadas?
-Sí, desciende al bosque, allí en dónde veas
un claro bañado por la luz de la luna, y las encontrarás;
suelen salir a bailar en el plenilunio.
Miré con aprensión la superficie apretada que componían
las copas de los árboles, yo no vislumbraba ningún claro
y si todo bastante tenebroso.
-Oye, abusando de tu generosidad, ¿te importaría guiarme
u poquito?, la verdad es que no me gustaría equivocarme otra
vez.
-Desde luego, con mucho gusto.
El murciélago fue muy amable y se convirtió en mi compañero
de viaje durante un trecho, hasta dejarme sobrevolando encima de cierto
calvero natural bañado por la luna, sí, mas vacío
de hadas danzarinas.
(Esto, por otra parte, era comprensible, ¡buenas ganas iban
a tener las pobres para bailes!)
Otra vez me quedé solo, y sin saber muy bien lo que tenía
que hacer, me posé sobre las hierbas húmedas por el
rocío de la ya incipiente madrugada.
Me sentía tan triste y tan confuso que, lanzando una melancólica
mirada en dirección a la luna, dije en voz alta:
-¡Falena, Falena, cómo me gustaría que estuvieses
aquí!
Inesperadamente, una vocecita aguda resonó detrás de
mí.
-¿Conoces a Falena?
(Tener buenos contactos siempre ha sido muy útil).
Me volví.
W.9. -3. LAS HADAS DEL BOSQUE (2)
A mis espaldas un gracioso duendecillo de nariz chata y carita llena
de pecas, me observaba sentado en el borde del cáliz de una
flor nocturna. Vestía de color verde musgo cubriendo su cabecita
con la cáscara de una bellota, que le servía de sombrero.
Su aspecto resultaba de lo más cómico.
-¿Conoces a Falena? –repitió con impertinencia.
-Sí... Hace algún tiempo hice un viaje al País
del Otro Mundo y me encontré con ella.
-¿Cómo está?
-Bien, pero muy triste porque se siente sola.
El duendecillo tuvo un gesto de desaliento.
-Era de imaginar, y me duele, de veras... Nosotros aquí, ella
allá... Oye, cambiando de tema, ¿tú que haces
aquí a estas horas de la noche? No parece ser este tu medio
natural.
-Todo tiene una explicación, estoy aquí porque tengo
que darle un recado a cierto gato negro que conozco, ¿no lo
habrás visto por casualidad?
El duendecillo puso cara de susto y miró con aprensión
en torno suyo.
-¡Lagarto, lagarto, un gato, dices, y negro por añadidura!
¿No sabías que ese es el típico gato de los brujos?...
¿Qué si la he visto?, te garantizo que si la veo salgo
corriendo o me vuelvo invisible... ¿Y tú eres amigo
de un gato negro?; muy despistado debes de andar al hacer semejantes
amistades.
Yo me quedé de una pieza al escucharle y los más oscuros
presentimientos me invadieron. El robo de la estrella de la varita
mágica, la granja que no era tal sino una ruinosa y siniestra
casucha. ¿En qué lío nos habíamos metido
Lilí y yo? ¿Quién era Negri en realidad?
-Oye, ¿qué recado le querías dar a ese gato negro
migo tuyo?
-No es amigo mío exactamente –me apresuré a negar-,
es amigo de la gatita Lilí.
-Quien es a su vez amiga tuya, ¿no? Sigo pensando que frecuentas
unos círculos muy extraños... A propósito de
nombres, me llamo Ruky.
-Y yo Petrusky... Como te iba diciendo, le busco porque... –me
interrumpí bruscamente, ¿convenía revelar la
verdad entera?- Bueno, el caso es que me he extraviado y no le encentro
y estoy aquí gracias a que el murciélago Golfi me ha
indicado que sólo las hadas podrían ayudarme a encontrar
el camino. Me dijo que ellas se suelen reunir aquí para bailar
al claro de luna.
-¡Ah, Golfi!, sí, un buen chico, somos muy amiguetes,
y no te ha mentido Petrusky, sólo que esta noche y lamentablemente
supongo que muchos plenilunios más, si no se remedia la situación,
las queridas hadas no van a festejar con sus danzas la luna llena.
-¿Qué les sucede?
Pareció que Ruky iba a hacer pucheritos al responderme.
-A la Reina de las Hadas le han robado la estrella de su varita mágica
y mientras no se encuentre, el reino peligra ya que puede caer en
las manos de algún mago desalmado.
Me estremecí con sólo pensarlo.
-¿La ha robado un brujo?
-No lo sabemos todavía, pero es de lo más probable.
Las hadas solamente se ocupan de hacer el bien y eso no les agrada
a las fuerzas del mal.
Dije con sinceridad.
-Me gustaría ayudar.
-Gracias, sin embargo no es fácil. De todas maneras te conseguiré
un encuentro con las hadas, sígueme.
Ruky saltó de la flor y convirtiéndose en una bolita
de luz, me precedió por la maleza internándose entre
los árboles. A nuestro paso podíamos escuchar murmullos
y como el rumor de palabras sueltas, ininteligibles, alguna risita
contenida y en varias ocasiones, me pareció percibir incluso
el suave aleteo de unas alas transparentes. Por fin arribamos al punto
en el que cierto arroyuelo plateado se deslizaba en medio de un bosquecillo
en el cual proliferaban los avellanos y los espinos. En el aire flotaba
la fragancia, para mí inolvidable, mitad dondiego de noche
y mitad a tierra mojada por la lluvia, y no me cupo la menor duda:
estaba en territorio de las hadas.
Ruky dejó de ser esfera de luz para convertirse nuevamente
en duendecillo. Dio tres palmaditas con sus diminutas manos y en el
instante la oscuridad de la noche sufrió una transformación.
No sé encendieron las luciérnagas, brotaron las hadas
como multitud de flores luminosas, transparentes, bellísimas
y encantadoras. Y aunque yo ya tenía experiencia al haber conocido
a Falena, no dejé de maravillarme otra vez, al contemplarlas;
la única diferencia es que ninguna de ellas era azul. Las había
suavemente doradas, verdosas, blancas, de color de rosa, de mandarina,
de melocotón, de ciruela, fresa, bruma, amanecer, crepúsculo,
todas con sus alas de libélula y los cabellos flotantes, todas
con su varita mágica, todas deliciosas e irreales, frágiles
como el cristal, inconsistentes como un suspiro, pero todas, también,
muy tristes.
Ruky sonrió mostrándomelas con amplio ademán
y al sonreír parecía un conejito enseñando los
dientecillos.
-Es el periquito Petrusky, buscaba un gato negro y se ha perdido en
el bosque... Solicita vuestra ayuda.
Yo balbuceé emocionado:
-Soy amigo de Falena.
Todas las hadas se alborotaron.
-¡La buena de Falena!
-¿Cómo está?
-¿Nos echa de menos?
-¿Te ha dado algún mensaje para nosotras?
-¿Dónde la viste?
-Clama, señoras, calma... El hada Falena está muy bien
y os envía sus saludos, pero os añora terriblemente.
Un hada de color albaricoque -¡cuánta variedad!-, se
deslizó flotante hasta llegar a mi lado.
-Soy el Hada de los Citisos y una de mis obligaciones es la de velar
por los caminantes extraviados, todas queremos a Falena y eso nos
vuelve impacientes y olvidadizas respecto a las necesidades de un
visitante inesperado como tú. Ruky acaba de decir que buscabas
a un gato y te has perdido en el bosque. ¿Puedo yo preguntar
ahora como un periquito busca a un gato, cuando sois especies no precisamente
amigas?
-Y no lo somos al menos con ese en especial, se llama Negri y es amiguito
de Lilí, la gata de mi casa, pero lo busco porque es muy importante
el encontrarle, pues de él depende... –miré de
soslayo alrededor nuestro- ¿Me garantizáis que si hablo
con toda libertad, nadie que no seáis vosotras, me escuchará?
Las hadas se agruparon en torno mío apretadamente formando
piña, era como si se reuniesen para cuchichear entre ellas.
Ruky se filtró como pudo hasta colocarse enfrente de mí,
lleno de curiosidad y tomó asiento sobre una piedrecilla jaspeada.
-Habla con entera confianza –dijo amablemente el Hada de los
Citisos-, en este momento nadie nos ve ni nos puede oír, todos,
incluyéndote a ti, somos invisible ahora.
Yo me sentí muy contento.
-¡Caray, que alivio!... Bueno, perdonad mi lenguaje, a veces
soy un poco ordinario. En fin, se trata de lo siguiente.
Y en dos palabras –fueron más de dos, claro-, relaté
la historia, que no voy a repetir porque ya la conocéis de
sobra si a este punto habéis llegado.
Las hadas se quedaron, ¡faltaría más!, boquiabiertos
del asombro y luego todas se pusieron a hablar a la vez muy excitadas,
hasta que una de ellas, transparente y luminosa como el lucero de
la mañana, les impuso silencio con autoridad, pero dulcemente.
-No arméis tanto alboroto, por favor. Lo que acaba de contarnos
el periquito azul Petrusky, es vital para nuestra supervivencia como
entidades mágicas, ya que de la estrella del cetro de nuestra
reina, depende el que sigamos en el Mundo Real ayudando a los mortales...
Petrusky, soy Sirinx, el hada encargada de proteger a los animalitos
de poca alzada, o sea, que, este asunto, si estáis Lilí,
Negri y tú metidos, es de mi competencia... Y por lo que cuentas
advierto como las piezas van encajando... Farfor ha venido esta noche
a pedirnos ayuda, después llegas tú y nos cuentas como
Negri encontró lo que los tres creíais una estrella
y ha resultado ser la de la varita de virtudes de nuestra soberana.
Los indicios son claros y no existe la menor duda, entonces... Los
enanos del subsuelo y algunos elfos ya nos alertaron de la presencia
de extraños, por ejemplo, de una gigantesca urraca que merodeaba
por ahí hace unos días, y también se nos habló
de...
Ruky interrumpió chillando excitadísimo:
-¡Tenemos que hacer algo, vayamos a buscar a Negri!
Sirinx lo miró con severidad.
-Ten la bondad de no interrumpir, Ruky, antes de ponernos a buscar
a Negri atolondradamente, debemos contárselo todo a la Reina
de las Hadas; ella es la única que puede decidir en este asunto,
y lo que ella diga haremos... Ven Petrusky.
Volé a su manecita que titilaba como las estrellas y en un
abrir y cerrar de ojos me encontré flotando bajo la luz de
la luna llena, envuelto en el resplandor encantado de las hadas del
bosque
W.10. -4. LAURISILVA (1)
Suavemente descendimos sobre una loma apenas cubierta de arbolado
y sí de abundantes zarzales espinosos. Sirinx, el resto de
las hadas, Ruky y yo, nos hallamos de pronto frente a un grupo de
rocas sueltas que sin haber sido talladas nunca por escultor alguno,
recordaban singulares cabezas de gigantes con yelmo o bien formas
de animales quiméricos, y, para que resultasen más espectrales,
las recubrían líquenes blanquecinos. Bien mirado, aquellas
piedras semejaban indicar un camino flanqueándolo. Sirinx,
que captó mi asombro, me explicó brevemente:
-El hombre las conoce como Piedras de la Hadas y no sabe lo cerca
está de nosotras cuando viene a visitarlas... Sus sabios las
denominan restos de dólmenes, menhires, sólo nosotras,
y ahora tú, sabemos la verdad.
Una de las más grandes de aquellas rocas, una losa inmensa,
se apoyaba sobre la ladera del montículo lo mismo que si fuera
una puerta arrancada de sus goznes. Sirinx la golpeó con su
varita mágica por tres veces, mientras susurraba:
-Plata y Luna, musgo verde, flor y agua...
¿Era un conjuro o una contraseña?
Y la roca se abrió, como una goma que se estira y vimos ante
nosotros unos peldaños monstruosos, una auténtica escalera
de gigantes, toda labrada en bloques de basalto blanco, mas ninguno
la utilizó –no entiendo ni siquiera para que se habían
hecho si las hadas no los necesitaban-, ya que todos bajamos prácticamente
volando.
¿Habéis oído hablar alguna vez de las geodas?
Pues las geodas son unos pedruscos muy feos por fuera, que al partirse
descubren un maravilloso interior hecho de cristalizaciones de piedras
semi preciosas, ¿os habéis situado ya?, mejor, porque
así podréis entender que es lo que yo vi cuando dejamos
atrás la escalera de los gigantes. Era igualito que si estuviéramos
en una geoda de enormes proporciones, y recordé, sin haberlo
visto nunca, el palacio de Olwen cuya descripción me fuera
hecha –y vosotros no habréis olvidado si leísteis
ya el primer libro de mis aventuras, o sea EL GATO CON GAFAS-, sólo
que aquí no había estalactitas siniestras sino cristales
como de amatista, increíblemente luminosos y alegres, que todo
lo llenaban decorándolo al mismo tiempo y de esta forma eran
muebles, componían avenidas e incluso extraños y feéricos
jardines en los que sus míticas flores no desprendían
fragancia alguna pero cuya belleza deslumbraba. Y allí también
había muchas hadas y elfos y algún que otro duendecillo
con la misma pinta que Ruky, y, al fondo, en un trono resplandeciente,
que era en sí mismo una geoda convertida en tal, estaba la
Reina de las Hadas en persona.
¡Rabicuéncanos, al llegar a este punto si que me faltan
las palabras!
Yo creía que después de haber visto a Falena y a sus
compañeras, nada podía existir de más hermoso,
pero me equivocaba porque su reina era una criatura de hermosura indescriptible,
toda luz y gentileza. Casi se me cortó la respiración
al contemplarla, sin embargo, la reina estaba triste y de sus bellísimos
ojos negros brotaban lágrimas que automáticamente convertían
se en piedras preciosas y eran recogidas por unos enanitos que se
dedicaban a guardarlas en cofres tallados en cristal de roca.
Sirinx se acercó respetuosamente a su soberana musitándole
algo en el oído entonces la reina levantó la cabeza
y me miró por primera vez, a la que yo, muy impresionado, bajé
la vista al suelo sin saber que es lo que debía hacer ni de
que manera comportarme delante de una soberana como aquella.
Alguien me dio un golpecito en el ala y, muy mosqueado, vi con el
rabillo de ojo a Ruky que me hacía guiños indicándome
algo.
-¿Qué quieres?
-¡Acércate, hombre, bueno, periquito, acércate,
Laurisilva va a hablar contigo!
-¿Quién es Laurisilva?
-¿Quién va a ser, tonto? ¡Es la Reina de las Hadas!
Avancé un poco a trompicones en tanto escuchaba la dulce voz
musical de Laurisilva, quien, efectivamente, me invitaba a aproximarme.
-Se bienvenido, valeroso periquito, al Reino de las Hadas. Me acaban
de decir que has arrostrado los mil peligros de la noche oscura con
tal de encontrar a Negri, el gato que según crees se ha vuelto
a llevar la estrella de mi varita mágica al suponer que pertenece
al firmamento.
Como al hablar, la reina me tendía graciosamente su mano, yo
recobré la confianza y eché a volar hasta posarme en
ella.
-Majestad majestuosa... –ignoraba como dirigirme a una soberana,
se nota, ¿no?- Bueno, vaya, es que no estoy muy habituado a
tratar con la realeza... Yo, ejém... Sí, eso es, en
efecto... Y me perdí y no sé dónde está
Negri... Lo malo es por si la estrella se vuelve a extraviar, así
es que tenemos que encontrar a Negri cuanto antes... Creo que en este
terreno Glagól nos pisa los talones.
Un murmullo asustado recorrió las huestes de las hadas. Laurisilva
llamó a la calma con un breve gesto de su mano libre y me sonrió
-¿os había dicho ya lo maravillosa que puede ser la
sonrisa de un hada?-.
-Petrusky... ¿Es este tu nombre?, ¿verdad?... No temas,
si Glagól, como tú afirmas, nos pisa los talones, nadie
debe asustarse ahora que todos sabemos que Negri es el portador de
la estrella. Puede que el mago y nosotras sigamos la misma pista,
pero le llevamos ventaja, aunque el tiempo apremie, o sea, ruego en
general, que ninguno de los aquí presentes pierda la serenidad.
Se levantó de su resplandeciente trono de gemas semi preciosas.
-Ven Petrusky –me dijo-, quiero presentarte a alguien.
Las hadas abrieron filas y yo avancé con la reina muy satisfecho
y orgulloso de la distinción que me otorgaba llevándome
en su diestra.
(¡Quién te ha visto, Petrusky, y quién te ve!)
No mucho más lejos del magnífico salón del trono,
en una estancia adyacente y al cuidado de otras hadas, se hallaba
el personaje que iba a serme presentado. Sirinx, que nos precedía,
se aproximó al círculo que formaban sus compañeras
y la vi inclinarse sobre algo y acariciarlo.
Laurisilva me explicó:
-Fue ella quien dio con él en el bosque, permanecía
cogido en una trampa, con la pata de atrás rota; sufría
mucho el pobrecito.
Entonces, se trataba de un animal.
-¿Obra de Glagól?
Una sombra de tristeza se esparció por el rostro de la Reina
de las Hadas.
-No, que sepamos, los brujos utilizan otros medios. Fue cosa del Hombre
porque hay seres humanos muy malos, Petrusky, hombres a los que les
gusta matar y destruir invocando razones que no tendrían que
convencer a nadie.
Yo quise defender a los que me eran tan queridos.
-Papá, Mamá, la Niña...
Laurisilva me miró con sus profundos ojos negros, tan parecidos
a los de una mariposa.
-Lo sé, son humanos, pero buenos... Desconoces la suerte que
has tenido, Petrusky, en encontrar a esas personas tan bondadosas...
Ya existen también, pero no abundan.
Sirinx volvió su rostro hacia nosotros, se la veía contenta.
-Se encuentra mucho mejor, ya no delira, pero sigue muy débil.
Sirinx se apartó y yo alargué el pescuezo con curiosidad...
quedándome congelado de espanto ante lo que vi. Allí,
y sobre un aromático lecho de plantas del bajo bosque, romero,
tomillo, menta, lavanda y etc., descansaba el gatazo más grande
y terrorífico que yo habría podido ver en todos los
años de mi vida.
No, no era precisamente Lilí, chatilla, graciosa y enredadora,
ni Negri, rechonchito, bien educado y marrullero “eso”
era un gato que parecía un tigre por lo menos –bueno,
quizá no tanto-, de pelaje espléndido y tornasolado,
con una cara redonda y muy ancha, de duros bigotes, frondosas patillas
y enhiestas orejas móviles que concluían en una especie
de plumoso pincelito. ¿De dónde había surgido
semejante bestia apocalíptica? Comunicaba la impresión
de estar adormilado, pero cuando nos sitió llegar abrió
los ojos y yo casi me atraganto del susto y eso que no comía
nada... ¡Qué ojos!... ¡Qué miedo, eran enormes!...
Oblicuos y amarillos, y no digamos de las fauces, porque hizo una
mueca al verme –yo no diría que fuese una sonrisa-, y
mostró unos olmillos que recordaban lanzas bengalíes;
eran agudos, marfileños y poderosos.
Con su fina percepción de hada, Laurisilva captó enseguida
el cangueli s que se había apoderado de mí, y dándome
un beso en la cabeza me dijo tranquilizadora:
-He aquí a nuestro amigo Bor, el lince.
A mi me salió un hilo de voz bastante ridículo.
-¿E... l....lInCe... UnNN... LiNcEE... ¿eL LinCE QuuE...
?
La Reina d las Hadas sonrió con indulgencia.
-No, precisamente, todo lo contrario, ya que él, Bor, nos ha
hablado del otro lince.
W.11. -4. LAURISILVA (2)
Sirinx se había sentado junto a aquel monstruo felino y le
rascaba entre las dos orejas, lo que le obligaba a él a cerrar
los ojos y a emitir un ronroneo cavernoso de satisfacción.
Laurisilva le rogó amablemente:
-Bor, ¿tendrías la bondad de explicarle a Petrusky lo
que nos contaste a nosotras?
La fiera esa olfateó en mi dirección y yo hubiese jurado
que con glotonería, mal pensado que es uno.
-Si tú me lo pides, hada –tenía una voz ronca
de tipo duro-. Escucha pajarillo... –sonrió torcidamente-
Y pensar que de todos los lugares en que he estado tenía que
encontrarte aquí precisamente... Tiene guasa...
(¡Ay, Petrusky, que mal te veo!)
Sirinx amonestó a Bor.
-Vale, hada, no temas, que esto puede ser el comienzo de una buena
amistad... Como iba diciendo pajarillo, marchaba yo por el bosque,
harto ya de tanta miseria y mala vida, cuando de repente el viento
me trajo el olor de un desconocido, y además estúpido,
porque ningún animal silvestre se pone en el camino del viento
para delatarse...
Yo arrastraba una respetable gazuza de varios días, pero aquel
bicho no era materia comestible ya que pertenecía a mi especie...
Arrugué el bigote, ¡sólo me faltaba competencia
en mi territorio, yo que estaba a base de grillos y lombrices de tierra
por toda dieta, y ahora otro cazador merodeando, perra suerte!...
Perdón, lindas hadas, ya sé que delante de las damas
no se debe usar tal lenguaje... A lo que iba, pajarillo –Bor
se acomodó torpemente en las hierbas curativas que le servían
de cama-, me camuflé entre unas piedras y le vi pasar, era
mucho más grande que yo y de pelaje gris. Imponía respeto
y fíjate que es menda quien te lo dice, que no temo a nadie
ni a nada en este mundo, mas parecía despistado, y eso me infundió
moral, después de todo aquellos eran mis dominios y no los
suyos.
“-¡Eh, tú! –Le grité abandonando mi
escondite-, ¿qué es lo que se te ha perdido por aquí,
si puede saberse?
El otro, que se había sobresaltado al escuchar mi voz, en cuanto
me echó el ojo, recobro la compostura.
“-Que yo advierta no existen vallas en este lugar y el bosque
es de todos, ¿o no?
-Depende de cómo se mire, forastero... Por el momento te diré
que estas tierras me pertenecen y que quien las quiera transitar o
pide permiso o paga por ello.”
El lince gris se me puso bravucón.
“-Pues mira por donde hoy me he dejado la bolsa en casa. “
Yo, que me estaba preparando desde hacía un rato, salté,
mientras rugía amenazador:
“-Descuida, pagarás con el pellejo.”
El desconocido me evitó con ágil regatee, cosa que hay
que reconocer me sorprendió bastante porque no tenía
un aire demasiado despejado que digamos.
“-Tranquilo, no quiero peleas, no soy ningún camorrista.
Si no fueras tan picajoso hace rato que ya me habría ido y
lo haré enseguida si me dices hacia dónde cae el mar.”
Podéis estar seguros de que nunca me hubiese imaginado esa
salida.
“-¿El mar?”
El intruso se impacientó.
“-Sí, el mar, agua, ya sabes, mucho agua y barcos por
encima... Alguien me aguarda en el puerto.
-¿Quién te espera?
-Eso a ti no te importa.”
Tenía razón, los estatutos de las leyes del bosque son
bien claros: no preguntes lo que no es de tu incumbencia, come cuando
tengas hambre y bebe cuando tengas sed y mientras deja a los demás
tranquilos...”
Yo, Petrusky, interrumpí:
-Eso está muy requetebién, ¿y lo cumplís?
Bor me miró con malicia.
-Siempre que no tengamos hambre y sed, procura no cruzarte en mi camino
entonces...
-Bor –reconvino de nuevo Sirinx.
El lince suspiró pacientemente.
-Está bien, está bien... Continúo... El forastero
tenía prisa y yo ignoraba en que dirección estaba el
mar. Los linces no somos animales acuáticos, pero debo reconocer
que su pregunta me intrigó y mucho, quizás por ello
decidí seguirle porque algo había en su extraño
comportamiento que despertaba mi recelo. No anduve mucho tras su rastro;
un cepo traicionero me salió al paso atrapándome la
pata y dejándome en el estado en que me ves... Y si no hubiera
sido por las hadas, te aseguro que ésta no la cuento... Ya
me lo advirtió Negri: ¡ojo con las trampas que pueden
ser mortales!
-¿Conoces a Negri? –exclamé lleno de alegría.
-Claro que lo conozco, un gran tipo ese Negri, gato doméstico
pero muy buen camarada. Me previno de los cepos contándome
la historia de un pariente suyo lejano, un tal Gatín, a quien
una maldita trampa mutiló la mitad de la garra dejándosela
sin dedos.
Yo me estremecí y las hadas, indignadas, corearon una protesta.
-¡No hay derecho!
-¡Qué salvajada!
-¿Cuándo aprenderá el ser humano a dejar en paz
a los pobres animales?
-Negri es amigo mío... Bueno, amigo de una amiga más
bien, ¿hace mucho que lo viste?
-¡Huy y tanto!... Creo recordar que fue en primavera... Le dije
que pensaba marcharme a una reserva protegida, pero el camino es demasiado
largo.
Sirinx le acarició el lomo.
-Ahora, querido Bor, tus tribulaciones han concluido; nosotras te
llevaremos a un parque nacional en donde tu especie está a
salvo.
Ruky intervino:
-También llevaréis a los otros, ¿verdad?
-¿Qué otros? –quise saber curioso.
La Reina de las hadas me dio una explicación:
-Tenemos recogidos varios conejos de monte, una familia de perdices,
un faisán, tres erizos, cuatro ardillas, unos pinzones, un
picapinos y algunos jilgueros así como una pareja de palomas
torcaces... Todos son refugiados, supervivientes del incendio de un
bosque, que conseguimos salvar, lamentablemente muchos otros fallecieron
ya que no pudimos llegar a tiempo... Tu has llevado una buena vida,
periquito Petrusky, por eso no sabes lo triste que es perderlo todo,
patria y hogar y a los seres queridos, cuando la mano del Hombre provoca
catástrofes.
-Pero a veces hay rayos que incendian bosques.
-No siempre, Petrusky, no siempre... Por descuido o por maldad, el
ser humano tiene mucho que ver con los grandes fuegos del verano.
Pensé en la casita en la que vivíamos tan felices Papá,
Mamá, la Niña, Lilí y yo y se me pusieron las
plumas de punta a la sola evocación de semejante desastre:
el bosque en llamas, ¡qué horror!
-¿Y los llevaréis a una reserva de animales?
Sirinx tomó la palabra de nuevo:
-En efecto... Es trabajo nuestro; ayudamos en cuanto podemos y ésta
es una de las maneras.
-Deberías visitar una reserva, Petrusky –dijo Ruky-,
yo estuve el verano pasado de vacaciones en una y me lo pasé
la mar de bien, hice muchos amiguetes y conocí incluso aves
exóticas que estaban de paso, fue muy diver, además,
los paisajes son preciosos.
-Ya me gustaría, ya. Tal vez en otra ocasión, pero ahora
a quien tengo que encontrar es a Negri, ya que sólo él
sabe del paradero de la estrella puesto que se la ha llevado.
¡La estrella!, volvíamos a nuestro problema inmediato.
Bor, somnoliento, murmuró:
-Sé algo de ese asunto por las hadas y según lo que
acabo de oír, tú afirmas que Negri se ha apropiado de
la estrella mágica... Negri no es ningún ladrón,
de eso estoy seguro.
Yo protesté enérgicamente:
-¡No he querido decir semejante cosa!
Bor se estaba durmiendo por momentos.
-Mi intuición me indica que el forastero tiene mucho que ver
con todo esto –bostezó-. No era portador de ninguna estrella,
pero, ¿por qué un lince busca el mar?... Si yo me perdiese
que no me fueran a buscar en el puerto, eso lo tengo bien claro...
Creo que ese lince gris no es lo que...
Se durmió de golpe.
W.12. -4. LAURISILVA (3)
Me volví hacia Laurisilva.
-¿Es por esto que me has presentado a Bor?
-Sí, primero él, luego el búho encantado, y tú
después... Creo, efectivamente, que ese lince gris, como insinúa
nuestro amigo, puede conducirnos por el buen camino.
-¿La solución está en la cita misteriosa junto
al puerto?
-En efecto, el enigma se puede aclarar si sabemos quién es
el que espera allí al forastero.
-Perdona, ¡oh, reina!, pero no lo entiendo muy bien; si como
todos los indicios parecen apuntar, la estrella la tiene Negri, o
al menos eso imaginamos, ¿qué nos importa lo que le
espere al lince gris en el puerto?
-Mucho –dijo Laurisilva con paciencia-, porque si es Glagól
el que le aguarda, en el supuesto que el lince gris sea su esbirro,
ello significa que el perverso mago ignora el paradero de mi estrella,
y, no sabiéndolo, su desconocimiento nos abre muchas posibilidades.
Poder encontrar tranquilamente a Negri recuperando lo que esa urraca
gigante me robó por orden de Glagól.
Me quedé muy pensativo, luego exclamé:
-Discúlpame por la torpeza de mis entendederas, reina Laurisilva,
pero, ¿cuánto tiempo hace que Bor se encontró
con el forastero? Es que si ha transcurrido mucho, Glagól puede
haber tenido ocasión de ir y volver del puerto más de
cien veces, y estamos en las mismas.
La Reina de las hadas sonrió con indulgencia.
-Eres muy listo, periquito azul del amor, muy listo, mas sosiega tus
temores porque no hace ni 24 horas que Bor tuvo su encuentro con el
forastero, lo cual significa que aún estamos a tiempo de desentrañar
el misterio... Voy a revelarte mi plan, buscaremos a Negri por toda
la zona. Hadas, duendes y elfos, incluso los enanitos mineros, nos
pondremos en movimiento, y tú, mientras...
Di un respingo y abrí mucho los ojos.
-¿Yoooo?
-Sí, tú, mi valeroso Petrusky, precisamente tú,
de quien Glagól no puede ni sospechar tan siquiera, tú,
repito, marcharás en pos del forastero hasta hallarlo, y escondido
prudentemente asistirás a su cita misteriosa. De lo que en
ésta escuches y sepas puede depender el futuro del Reino de
las Hadas, fíjate si tu misión es importante.
-Sí, si, pero, un momento, majestad, ¿y si no me entero
de nada porque no hay nada que saber, y si en tanto yo corro detrás
de un fantasma, Glagól se encuentra en otro sitio haciendo
de las suyas?
-¿Y si llueven comadrejas de nubes saladas? –soltó
Ruky haciendo una mueca burlona.
-Ruky –regañó Laurisilva, y luego, a mí
me dijo:
-Si el forastero nada tiene que ver con la desaparición de
mi estrella, tanto mejor por ese lado, mas para entonces ya habremos
dado con Negri.
La lógica de las hadas no dejaba de parecerme un mucho extraña.
Porfié:
-¿Y si Negri no la tiene, y si ha sido otro el que se la ha
quitado a Lilí?
Laurisilva suspiró no sé si de pesar o de cansancio
ante mi insistencia.
-No puedo responder a esas preguntas y tú sabes cuál
es la causa. Sin el poder de mi varita de virtudes nuestra magia ha
mermado muchísimo y sólo podemos atender los casos pequeños,
todo lo demás son incógnitas amiguito y para resolverlas
te necesitamos a ti, que perteneces al Mundo Real, te hemos escogido
como enviado.
No iba a ser tan mentecato que menospreciara el gran honor otorgado
por las hadas a este humilde periquito, pero, ¡córcholis!,
¿por qué siempre yo?
-Porque –me respondió la Reina de las hadas que había
leído mi pensamiento-, tú eres nuestro enlace entre
el Mundo Real y el Otro Mundo, al que nosotras pertenecemos.
De repente me asusté ya que creí entender algo en lo
que no había reparado aún.
-¿Dónde estoy yo ahora?
-Con nosotras.
-Sí, pero, ¿dónde?
Un hada deliciosa, ambarina, que hasta el momento guardase silencio,
habló entonces con su vocecita musical:
-En los límites del sueño, en los límites de
la realidad. Si retrocedes vuelves a tu mundo, si avanzas, penetras
en el nuestro. Tu lugar debe estar entre los dos mundos, justo en
la línea divisoria, es ahí en donde debes permanecer
si quieres andar el camino que te aguarda.
-¿Si quiero o si debo? –pregunté yo muy mosqueado.
-Deber es querer –dijo Ámbar, ya que no se podía
llamar de otra forma aquella hada.
Me sentía un poco acorralado. No es que no quisiera ayudarlas,
pero, la verdad, por muy periquito azul del amor que fuese un servidor,
por muchas aventuras que hubiera vivido con anterioridad, lo cierto
es que... ¡Pues que tenía miedo, que caray!
-¿Y no podría buscar ayuda en el Mundo Real? –quise
saber tímidamente.
Las hadas se miraron entre sí, al principio con sorpresa, después,
al parecer, divertidas como si lo dicho por mí sonara a chascarrillo.
Laurisilva me preguntó maliciosa.
-¿De verdad pretendes buscar ayuda en el Mundo Real?
Yo me sentí muy abatido e infeliz.
-¿Puedo?
Ámbar, la encantadora, revoloteó en torno a su reina
susurrándole algo al oído. Laurisilva tuvo una enigmática
sonrisa.
-Si quieres probar, hazlo.
-¿No os enfadaréis conmigo por eso?
-No, Petrusky, las hadas no nos enfadamos con nuestros amigos.
Muy aliviado, dije.
-Una última pregunta, ¿en qué dirección
he de marchar?
-¡Canta! –exclamaron a coro las hadas.
-¿Qué cante? -repetí perplejo.
Ámbar miró a Laurisilva como pidiéndole permiso
y la reina asintió con la cabeza concediéndoselo.
-Cierra los ojos y empieza a cantar pues a medida que cantes el futuro
irá surgiendo delante de ti, tu futuro, porque será
tu canción. Es una antigua fórmula mágica y te
la regalamos, haz buen uso de ella, Petrusky.
¿Qué cantara? ¡Mira que son sorprendentes las
hadas!
En fin, me encogí de alas, ¿qué iba a hacer si
no tenía otra opción?, era lo de siempre.
Canté, ¡que remedio!, de todas formas me había
pasado la tarde haciéndolo
W.13.
-5. EL MAGO COSMOGÓNICO (1)
Empecé a cantar cerrando los ojos, cuando los abrí era
de día y yo volaba por encima de una pequeña ciudad.
Ni rastro de hadas, ¿lo habría soñado todo? No,
creo que no, de lo contrario, ¿qué pintaba yo danzando
por aquellos andurriales desconocidos?
La ciudad, un pueblo grande más bien, estaba bordeado por una
sinuosa carretera asfaltada que flanqueaban altos pinos, así
que el paisaje no podía ser más real, incluso los automóviles
iban y venían por ella y eran modernos ¿eh?: Ford, Renault,
Citröen -¡vaya, parece que esté haciendo publicidad!-,
bueno, por esta vez no navegaba por cielos de cuento-ficción.
Varias golondrinas, que volaban en dirección opuesta a la mía,
me saludaron alegremente y yo respondí, porque a educado no
me gana nadie.
-¡Hola, hola!
-¡Hola!
-¿Te has escapado de la jaula?
-No, ¡que va!, estoy buscando ayuda.
-¿Para qué?
En el Mundo Real podía hablar sin ningún miedo.
-Estoy buscando a un mago.
-¿A un mago?
-¡Tienes suerte! Mira, en esta ciudad vive un mago.
Yo me quedé patidifuso.
-¿Un mago? ¿Aquí?
Las golondrinas tenían prisa.
-Sí... Busca la calle Quinta Mano a la Derecha, nº 19,
3º 1ª... Pero tendrás que pedir hora para que te
reciba... Se llama Cosmogónico.
A mí me chocó el nombre y exclamé:
-¿El mago Cosmogónico?
-¿Le conoces?... Sí, es muy famoso.
-A él no, pero si he oído hablar de un antepasado suyo,
quiero decir, un colega, un tal mago Gerineldo.
Las golondrinas rieron mientras se alejaban.
-No sabíamos que su abuelo hubiera sido también mago.
-No, si no era su abuelo.
-¡Adiós, adiós!
-¡Chao!
¡Quinta Mano a la Derecha! ¡Vaya una dirección
rara, y, ¿por dónde caería?!
Lo malo es que yo era nuevo en aquel pueblo, o ciudad pequeña,
para orientarme debidamente, pero, sensato que es uno, deduje que
las casas de los magos, aun en nuestros tiempos, no pueden ser como
las de los otros mortales y fue certero mi instinto, del que me vanaglorio
sin ninguna falsa modestia ya que él me resolvió el
problema.
Volé muy alto y miré hacia abajo viendo lo que tenía
que ver, o sea, el techo puntiagudo de una buhardilla en el terrado
de una casa de vecinos. Era un tejado raro de color azul grisáceo
y deslucido y de una entreabierta ventana salían a raudales
burbujitas brillantes que estallaban bajo la luz del sol dejando una
luminosa estela como de polvo de cristal, y, ¿quién
podía vivir allí si no era un mago? Muy contento por
la facilidad con que lo había descubierto, me apresuré
a colarme de rondón dentro de la buhardilla.
En un principio no vi ni torta, tal era la masa enorme de burbujas
que lo invadía todo, luego, y abriéndome paso entre
ellas –algunas se reventaron, lo siento-, pude ver, delante
de un alambique, como cuadra en cualquier mago que se precie, aquel
de quien me habían hablado.
Tenía pinta simpática, era bajito, llenito, sin ser
ni mucho menos gordo, llevaba gafas, era medio canoso, su nariz respingona
y lucía una barba corta también entrecana.
Me dio la impresión de que estaba absorto y excitado al mismo
tiempo, con lo que se traía entre manos, fuere lo que fuese
el tal invento. Vestía una túnica azul noche constelada
de estrellitas y en ese preciso momento rebuscaba afanoso en un grueso
librote polvoriento, mientras se sujetaba con la diestra el largo
gorro.
-Buenos días, señor mago Cosmogónico –dije
yo cortésmente.
A lo que el mago, sin sacar su curiosa nariz de encima del libro,
me respondió con evidente distracción:
-¡Buenos días!, buenos días, has llamado al contestador
automático de este número. Ahora no estoy en casa, no
obstante, deja tu mensaje y teléfono y en cuanto pueda te responderé.
¡Muchas gracias!
Yo me quedé de una pieza; ¡anda la osa con el despistado
del mago!
Con cautela tiré de la manga de su túnica.
-Señor mago, que estoy aquí.
Él siguió como si nada.
-Vale, vale, ya te he oído... Has llamado al contestador...
Decidí ponerme delante de sus gafas.
-¡Yujujú, señor mago, que estoy aquí mismo,
en persona!
Entonces, el mago no tuvo más remedio que verme y abrió
unos ojos como platos cuando me descubrió.
-¡Anda, pero si es un periquito parlanchín!... ¿Qué
haces tú aquí?, o mejor dicho, ¿qué quieres
de mí?
-Necesito su ayuda, señor mago.
Y le relaté brevemente el problema en el que me hallaba metido.
El mago Cosmogónico me escuchó boquiabierto lo mismo
que el que oye hablar al muñeco de un ventrílocuo, y
luego que hube concluido, él se sentó dando muestras
de estar mareado o algo así.
-¡Carape, vaya, vaya, con que existen las hadas y todo eso!...
Nunca lo hubiera llegado a imaginar –dijo al final con desconcierto.
-Sí, ya sé que cuesta un poco de entender, sobre todo
en el Mundo Real.
-¿En el Mundo Real?... ¿Sabes una cosa?, es la primera
vez en mi vida que me pasa algo semejante.
-¡Pero usted es un mago! –protesté.
-¡Je, je!... Sí, sí... Pero un mago del Mundo
Real... ¿Sabes?, resulta divertido eso del Mundo Real... A
veces ni sé ni en que mundo vivo... Además, te diré
una cosa, yo soy inventor de profesión y trabajo para una empresa,
lo de mago vino después... Un día, rebuscando en una
librería de viejo me encontré con un mamotreto lleno
de fórmulas mágicas del año del catapún
y que se llamaba El Gran Zifhandel y había pertenecido, entre
otros, aparte del que le puso el nombre, a un tal mago Serapión,
al parecer su último dueño, y, francamente, me interesó...
Desde entonces, en mis ratos libres, me subo aquí arriba y
practico con los conjuros.
Yo me sentí muy decepcionado.
-Entonces, ¿lo de mago Cosmogónico?
-Naturalmente que es un seudónimo... Ese era el nombre de un
antiguo hechicero y como me gustó lo adopté... En realidad
él se llamaba Cosmogónicus, lo que yo he hecho ha sido
modernizar el nombre.
-¡Qué chasco!... ¿Así que usted no sabe
hacer magia?
Mi exclamación pareció herir su amor propio.
-¡Claro que sé, faltaría más!... Siendo
inventor profesional no es difícil para mí; la magia
y la ciencia se parecen mucho más de lo que la gente cree,
lo que sucede es que hoy en día la magia no está de
moda.
-Pero a usted le da por investigarla.
-Recuerda que soy un científico, y, modestia aparte, dicen
que muy bueno. Lógicamente tengo que investigar.
-¿Y cómo le salen los conjuros?
El mago Cosmogónico se rascó detrás de la oreja
con aire de perplejidad.
-Pues... de aquella manera, unas veces bien, otras no tanto... La
culpa la tienen los ingredientes que son rarísimos y vete tú
a buscarlos... Por eso la magia antigua es tan difícil de lograr,
o si no, Fíjate, ¿dónde puedo encontrar polvo
de cuerno de Unicornio Verde, o tres escamas de la cola del Dragón
Furibundo? Quién rábanos fritos fuese el susodicho dragón
y en dónde quiera que se encuentre actualmente, si es que se
encuentra, ¿comprendes?
-¡Caramba, si que es dura la vida de un mago moderno! -rezongué
con fastidio.
Él se animó considerablemente al oírme.
-Mucho más de lo que te imaginas, primero las fórmulas,
que, por otra parte, son bastante asquerosas de realizar según
los ingredientes que necesites y después porque la gente se
te ríe en las barbas.
-Y eso que es usted inventor.
El mago Cosmogónico puso cara de susto.
-¡Eh, no lo vayas diciendo por ahí!... Pocos saben que
el inventor y el mago sean la misma persona... ¡Estaría
apañado si lo supieran; nadie me iba a tomar en serio!
-Sin embargo, tengo entendido que es usted famoso como mago.
El aludido me miró con sorpresa.
-¿Y a ti quién te lo ha dicho?
-Si se lo cuento le parecerá fantástico.
-¿Más fantástico que estar hablando en estos
momentos con un periquito?
Tenía razón.
W.14. -5. EL MAGO COSMOGÓNICO (2)
De acuerdo. Me lo dijeron unas golondrinas que deben tener el nido
cerca de aquí.
El mago Cosmogónico puso cara de hacer memoria.
-¡Ah, sí, es cierto, certísimo!, en el alero de
enfrente hay varios nidos... Nunca hubiera supuesto que fuesen tan
observadoras... ¿Y dices que te han dicho que soy un mago famoso?,
¡estupendo, al menos hay alguien que lo reconoce!
Parecía muy halagado, pero yo me estaba impacientando.
-¿Me puede usted ayudar?
-No, amiguito, sinceramente, creo que no... Al menos –exclamó
precipitadamente al apreciar como yo torcía el gesto-, en lo
que a magia se refiere.
-¿Entonces, cómo?
-Verás, soy inventor, ya lo sabes, y eso si que lo domino bien...
Aquí –hizo un gesto teatral con la mano señalándomela-,
tengo un proyecto de Máquina del Tiempo, en el que estaba trabajando
cuando has aparecido... Mira, mira.
Se hizo a un lado y me mostró con orgullo de constructor una
especie de estrambótico artilugio que más comunicaba
la sensación de ser una lavadora automática que otra
cosa.
-Sí, veo por tu expresión lo que estás pensando.
Recuerda una lavadora porque “es” una lavadora, la carcasa
es inconfundible, lo de dentro ya no, en absoluto. De todas formas
la iba a probar otra vez cuando has venido.
Observé al inventor de reojo y con desconfianza.
-¿Y las burbujas?
El mago Cosmogónico hizo un gesto que restaba importancia al
hecho.
-Quedaba algo de detergente todavía.
¿Algo?, ¡si aquello parecía la invasión
de los ultra cuerpos!
Disimuladamente empecé a retroceder hacia la ventana.
-Señor mago, ¿ha realizado ya algún experimento
con esa máquina?
-En efecto, puse una semilla de trigo, la envié al futuro y
regresó convertida en espiga, luego la devolví al pasado
y de nuevo retornó como grano de trigo. Lo que se dice todo
un éxito, ¿no te estás de acuerdo?
Sonó el telefonillo de la puerta y el mago Cosmogónico
se dio una palmada en la frente.
-¡Anda, si lo había olvidado, la bruja Marabina me viene
a buscar para nuestro programa de radio!
Yo no entendía nada de nada.
-¿La bruja Marabina, programa de radio?... ¡Ay, mago
Cosmogónico que me estoy liando!
El pobre mago se abalanzó sobre el telefonillo.
-¡Sí, sí, ahora mismo bajo! –Se puso a buscar
acto seguido una chaqueta mientras comenzaba a quitarse a estirones
su flamante túnica-. ¿Qué es lo que no entiendes,
periquito, que tenga por amiga a una colega y que vayamos a hacer
juntos un programa de radio? ¡Por favor!, vivimos en pleno siglo
XX, a un paso del siglo XXI No es anormal hablar por radio –concluyó
bondadosamente como si yo fuese un periquito palurdo.
-¿Pero no aseguraba hace un momento que mantenía oculta
su doble personalidad por si acaso, que no deseaba que la gente se
le riera o le señalara con el dedo por ser un inventor que
oficia de mago en sus ratos libres?
El mago Cosmogónico había encontrado la chaqueta y se
la estaba colocando sin acordarse todavía de que aún
llevaba encima de la cabeza el cucurucho de hechicero.
-Claro, claro, y, es verdad de la verdadera, por eso empleo este seudónimo,
así nadie me reconoce.
-¿Y la bruja Marabina qué es, un sabio atómico?
Creo que ni me escuchó, estaba tan atareado cogiendo de una
estantería un pequeño libro de tapas marrones, que su
respuesta sonó un poco incoherente:
-Tiene un coche algo antiguo y no puede estar aparcada mucho rato
porque sino se le cala el motor.
Yo ironicé malintencionado:
-¿No viene en su escoba? ¡Qué lástima,
a lo que parece, las tradiciones se pierden!
El mago Cosmogónico desenchufó la lavadora. De repente,
le habían entrado las prisas y daba la sensación de
estar muy nervioso. Desfasadamente me dijo:
-No es sabio atómico, trabaja como delineante en una empresa.
-¡Ah!
El mago abrió la puerta de la buhardilla y se detuvo en el
umbral, vestido de paisano y con gorro en la cabeza estaba de lo más
cómico. Iba a advertírselo, pero él me soltó
con mal disimulada satisfacción.
-Si quieres escuchar el programa ahí tienes una radio inventada
por mí, dale al botoncito verde y te saldrá la emisora,
ya la tengo programada. Dentro de 15 minutos empieza el espacio, lo
patrocina jarabes PUP y se llama LA MAGIA AL DÍA... Comienza
con el ulular del viento, luego se oye una carcajada siniestra que
hiela la sangre en las venas y en ese instante suena la canción
compuesta en exclusiva para el programa: “¡Ya está
aquí, vino ya!... ¡La magia a su disposición!...
¡Chim póm, chim póm, chim póm!”…
¿Eh, qué te parece?
Yo le miré inexpresivamente, hay ocasiones en que es mejor
no revelar lo que a uno le pasa por el pensamiento. Él, que
no dio muestras de reparar en mi mutismo, concluyó muy animado:
-Si me esperas, cuando vuelva, resolveremos tu asunto.
-¿Con la Maquina del Tiempo?
El telefonillo sonó otra vez impertinentemente.
-¡Ya voy!, Marabina, ya voy... Dile al guardia urbano... ¡ya
bajo!
Me miró con desesperación.
-¡Están a punto de meterle una multa! –dijo y salió
corriendo tan atolondradamente, que, por suerte para él, se
le cayó el sombrero al suelo sin que ni siquiera lo advirtiese.
Me senté en el borde de un cenicero lleno de pastillas de menta,
¿o eran colillas encantadas?; empezaba a comprender el por
qué Laurisilva y las otras hadas, se habían sonreído
al oírme preguntar si podía encontrarse ayuda en el
Mundo Real.
W.15. -6. EN DONDE CONOZCO A BAM Y TAM Y AL PERRO DE LAS NIEVES (1)
Nuevamente volando me alejé de aquel pueblo grande, o pequeña
ciudad, un tanto decepcionado.
“-¡Qué pena –monologaba suspendido entre
cielo y tierra-, un inventor que juega a mago, y, de cuyos inventos,
la verdad sea dicha, no me fío un pelo, porque parece que está
mezclando magia y ciencia a partes iguales, al menos en ese engendro
que él llama Máquina del Tiempo!... ¡Vamos, que
si me meto dentro igual llego al siglo 3000 o salgo centrifugado!
Estaba tan absorto en mis tristes reflexiones que no me di cuenta
de que tropezaba y me introducía en una nube de contaminación
de la que salí tosiendo y estornudando al conseguir librarme
de ella, y algo enhollinado, todo hay que decirlo, me apercibí
de que el pueblo había quedado atrás, y muy atrás
debía de haber quedado porque no veíasele ni de lejos,
y yo me hallaba volando sobre una especie de carretera sin asfaltar
en la que se marcaban profundamente las huellas de las ruedas de los
carros. Se divisaban algunos árboles, campos y cercano un pueblo,
pero lo que más me sorprendió, y gratamente, debo reconocerlo,
es que encima de la línea del horizonte, relucía en
lontananza el mar.
Mi vista privilegiada me indicó que alguien andaba por el camino,
y, al tratarse de plumíferos de mi especie, aunque un poco
grandotes, decidí descender para pedir información.
Se trataba de dos ocas muy blancas y rollizas, pero lo que me hizo
comprender que eran aves poco comunes, fue el hecho curioso de que
ambas llevaban sombreritos estilo cofia, anudados bajo el pico por
un gran lazo. No, semejante pareja no podía pertenecer al Mundo
Real.
-Buenos días, señoras Ocas.
Lo dije mientras revoloteaba sobre sus altas cabezas.
-Buenos días.
-Buenos días.
-Me llamo Petrusky y soy un periquito azul australiano...
las ocas me interrumpieron.
-Yo soy la señora Tam.
-Y yo soy la señora Bam.
-¿Vendes algo?
-¡Qué sucio estás!... ¿Te has caído
por una chimenea?
-¡Podías haberte ido a lavar al estanque!
-Lo siento mucho, quiero decir el no estar demasiado presentable,
pero la contaminación es algo terrible... Y no vendo nada señoras
Tam y Bam, lo único que me interesa es saber en dónde
me encuentro, y por lo que creo deducir, este pueblo es costero.
-Acertaste...
-... entonces no es necesario que te digamos nada más.
-¡Eh, eh!... Claro que es necesario, amigas Tam y Bam... Si
aquí hay puerto de mar eso por si sólo no me vale, ¿casualmente
no habrán visto ustedes a un lince gris hace poco?
Las dos ocas retorcieron sus largos cuellos, que recordaban a un par
de blancas serpientes, y se quedaron pico frente a pico, bizqueando
al mirarse indignadas.
-¿A un lince gris?
-¡Qué tontería!
-¿Qué iba a hacer aquí un lince gris?
-Tú mismo has reconocido que este es un pueblo costero, por
tanto aquí hay albatros, gaviotas, petreles, cormoranes, y
en el mar delfines, más linces, ¿qué se le ha
perdido a un lince en un pueblo marinero?
Suspiré.
-Igual pienso yo, que no se le ha perdido nada, pero tengo la obligación
de encontrarlo.
-¡Pues vaya una obligación más tonta que tienes,
podrías buscarte otro tipo de obligaciones más divertidas!
Yo me molesté ligeramente.
-No me la he buscado, me la han dado, es un encargo.
Las ocas cuchichearon mirándome de reojo, luego Tam me espeto:
-Nuestros caminos se separan, Bam y yo nos dirigimos hacia allí,
al viejo molino, cerca de cuya alberca vivimos y no te podemos ayudar
a encontrar al lince ese, además, tampoco nos importa, no es
asunto nuestro.
-¡Hombre, muchas gracias, sois la amabilidad personificada!
–respondí asombrado por su grosería.
Las ocas batieron las alas haciendo mucho viento pero sin volar.
-Tenemos prisa –exclamaron después-, pero sigue adelante
y tal vez puedas encontrar a alguien que te de alguna pista, aunque
lo dudamos.
Y sin más, me dejaron prácticamente con la palabra en
el pico marchándose tan campantes mientras hablaban entre ellas
riendo por lo bajinis. Yo ni me lo podía creer: en todas mis
experiencias viajeras nunca me había encontrado con bichos
tan maleducados.
Con una depre como un piano, remonté el vuelo dirigiéndome
a toda velocidad hacia el pueblo marinero. ¿Me habría
conducido el azar al punto de encuentro del lince con el misterioso
individuo que le aguardaba?
Los pueblos de mar no se parecen a los de tierra adentro; vagabundean
muchas gaviotas que son enormes y te miran con ojos enrojecidos y
feroces, los desperdicios del pescado se hacinan por los rincones
siendo disputados por las aves amarinas y las no menos terribles ratas
urbanas, las cuales, para no desentonar en aquel ambiente, lucían
tatuajes en las patas, algunas un ojo tapado con un parche, pendientes
en las orejas y hasta pañuelo pirata anudado en la cabeza.
¡Vaya, lo que se dice el ambiente ideal para un periquito de
buena familia llamado Petrusky y que lo único que deseaba era
retornar la estrella de una varita mágica a su legítima
dueña, si es que podía encontrarla! La verdad, en ese
ambiente patibulario, cualquiera hacía preguntas, porque lo
más fácil es que te respondiesen a mordiscos o a picotazos.
Desolado, revoloteé sobre el puerto en el cual se anclaban
barcos y barcazas. Allí todo era algarabía y gentes
de aspecto poco tranquilizador que faenaban, iban y venían
entre juramentos y risotadas. Sin saber que hacer en concreto –lo
único que tenía claro es que quería alejarme
de aquel bullicio-, me detuve en el quicio de una ventana, una ventana
oscura y fea, triste, un ventanuco más bien, que daba a cierto
callejón sin salida corto y estrecho. Las casas allí,
como en el resto del pueblo, eran de piedra, algunas tenían
las paredes encaladas y otras no y en todas se respiraba descuido
y como una sensación provisional de decorado de teatro lo mismo
que si sus habitantes estuvieran de paso, lo que tratándose
de gentes de mar, por otro lado, nada tiene de raro.
Suspiré de nuevo y ahora preocupado. Lo único bueno
que había en aquel callejón que no conducía a
ninguna parte, es que estaba vacío aunque no le faltaran las
consabidas basuras desparramadas por un suelo de empedrado irregular
y el ir y venir de las afanosas y malencaradas ratas que de vez en
cuando levantaban la cabeza para observarme con mueca burlona, como
quien dice “espera y ya verás” –todas las
ratas sólo piensan en lo mismo-.
En éstas me hallaba, yo descansando sin saber a ciencia cierta
que hacer ni a quién dirigirme que me diese buen resultado,
cuando acertó a entrar en aquel callejón un perro, pero,¡alto!,
que no se trataba de un cachorro vulgaris sino de todo un magnífico
ejemplar de perro de las nieves, de esos que se llaman huskies y que
son tan preciosos con sus bellísimos ojos azules –uno
posee su sensibilidad-, y ese abrigado pelaje lustroso de brillo plateado
–uno también tiene algo de poeta-. Era joven, fuerte
y no semejaba temer a nada ni nadie, ya me convenía una compañía
así ya
W.16. -6. EN DONDE CONOZCO A BAM Y TAM EL PERRO DE LAS NIEVES
(2)
Penetró nervioso e impaciente en el callejón y se quedó
plantado en su entrada con las cuatro patas firmemente clavadas en
el suelo. Olfateaba tenso el aire y moviendo la cabeza acabó
por descubrirme.
-¡Guau! –ladró amistosamente-¡Guau, guau!
¿Qué hace un periquito como tú en un lugar cómo
éste?
Yo descendí de la ventana planeando.
-Es una historia muy larga que contar. Y tú, ¿es qué
te has perdido o te han abandonado?; tampoco es normal que un perro
de tu categoría ande suelto por estos andurriales.
El huskie se sentó sobre sus cuartos traseros agitando levemente
la punta de la cola, mientras las siniestras ratas que se habían
escondido de prisa y corriendo cuando él apareció, empezaron
a agitarse en sus guaridas cautelosamente, pero el huskie, y eso que
movía las orejas en dirección suya, no dio la impresión
de inquietarse.
-Ni perdido ni abandonado –repuso con orgullo-. Vuelvo al Gran
Norte de donde procedo. Mi amo me adquirió de cachorro, comprendiendo
después que no está bien retener a un animal en un habitat
que no es el suyo, porque a mí, como buen perro de las nieves,
el calor me agobia y me hace sentir desgraciado. Yo he nacido para
el frío y el retozar en la extensión blanca de los hielos,
para aullarle a la aurora boreal y al sol de media noche, para tirar
de los trineos y correr mil aventuras con mis compañeros de
raza. Mi amo, que es muy inteligente, lo comprendió y hace
unos días me dio la libertad, y por eso he venido a la costa,
para enrolarme en un barco que me lleve al Gran Norte.
Yo estaba muy impresionado.
-¿Y por dónde cae el gran Norte ese?
El huskie contestó con leve impaciencia:
-Allá lejos, en el confín de la Tierra, en el Polo.
-¡Brrr, que frío!
-A mí me gusta, es mi vida.
¡Qué gustos más raros tienen algunos!
El huskie pareció leer mis pensamientos.
-No es tan mala vida como te pueda parecer. En marzo, y aún
faltan muchos meses, en Alaska, en la ciudad de Anchorage, tiene lugar
la carrera más dura de todas las de competición, la
Iditarod, ¿no te suena?-no me sonaba en absoluto-. En ella
compiten por lo menos un centenar de trineos que arrastran perros
como yo... ¡Y es una carrera gloriosa! –Los ojos le brillaban
de entusiasmo- Se cruza Alaska entera bajo ventiscas y temperaturas
de unos 45 bajo cero... ¿Puedes imaginar que se recorren más
de 1688 kilómetros de territorio helado y prácticamente
desierto hasta alcanzar la meta y con ella el triunfo?
No me lo imaginaba, mejor dicho, no quería ni imaginármelo.
-¡Eso es vida, muchacho! –Gruñó jubiloso
el huskie- Y te diré una cosa, si no fuese por estas carreras,
hace tiempo que habrá desaparecido la raza de perros árticos
a la que pertenezco.
-¿Por qué?
-Es muy sencillo, para las carreras se necesitan perros y por ese
motivo existen granjas especialmente destinadas a su crianza y adiestramiento.
Yo –dijo con legítima satisfacción-, desciendo
de los antiguos perros de los indios y de los esquimales y entre mis
antepasados está Walto que sirvió de perro guía
en una legendaria expedición que consistió en llevar
desde la ciudad de Nenana hasta la de Nona, el suero que cortaría
una terrible epidemia de difteria...
Muy impresionado, pero no queriendo dejarme achicar, exclamé:
-Yo soy un periquito azul australiano, mis antepasados vienen de allí.
El huskie abrió la boca en una amplia sonrisa.
-Mira por donde los dos procedemos de lejanas tierras. ¡Ah,
si supieras las ganas que tengo de regresar!
-¿Y te enrolarás en un barco, es fácil hacerlo?
-Depende, pero si eres listo y te las ingenias, puedes caerle bien
al capitán del navío y entonces tendrás un rincón
para dormir y un pedazo de carne salada y galletas para comer, a cambio
estoy dispuesto a trabajar e lo que sea, como vigía, limpiando
de ratas el barco, cualquier cosa, que a mí no se me caen los
anillos por trabajar.
Me sentía fascinado, aquel joven can impetuoso, rebosaba entusiasmo
y espíritu de lucha, algo que a mí me hacía mucha
falta en los momentos que me tocaba vivir.
-Antes has dicho que tu historia es larga de contar, ¿puedo
conocerla?
Lo que conlleva la vida aventurera, es que entras en contacto con
mucha gente, todos te cuentan sus vicisitudes y tú a la recíproca
les explicas tus batallitas, y eso resulta interesante y muy instructivo.
-Verás, voy buscando a cierto lince gris que está en
posesión de un secreto de mucha importancia y del que depende
la libertad de una doncella encantada.
-¡No me digas!
-¿Qué no te diga el qué?
El huskie se levantó de un salto.
-¡Pues que yo he visto a ese lince tuyo!
-¡No me digas! –chillé yo a mi vez como un eco.
-Si te digo... Y no hace mucho, a lo sumo media hora... Iba yo por
un callejón parecido a este, sólo que con salida, y
de repente, hete aquí que se me aparece un enorme lince gris
y como no es normal que los linces frecuenten las ciudades ni por
equivocación, supuse que algo no marchaba bien... Podía
haberse escapado de alguna jaula y hacer daño a alguien en
su fuga, así es que me planté delante suyo y le espeté:
-¿De dónde vienes y adónde vas?
-Eso a ti no te importa –me respondió él más
fastidiado que verdaderamente asustado-, aparta y déjame seguir
mi camino que yo no me meto en líos contigo, fiel amigo del
hombre.
Esto último lo soltó con mucho retintín, lo cual
me hizo sentir molesto, de modo que gruñí, enseñándole
los dientes y me dispuse a saltar sobre él para darle una lección
por insolente, y abalanzándome estaba, cuando, para mi asombro,
el lince pareció como desperezarse y se convirtió en
una persona, un individuo alto, de pelo hirsuto, malencarado y envuelto
en una amplia capa hecha con pieles de lince gris.
Yo sentí que se me secaba la garganta.
-¡Era él!
-¿Ese es el lince que buscas?
-¡Sí, sí, es ese!... Vaya, creo, supongo que lo
es... ¡El tal lince es un mago o el criado de un mago terrible!...
-¿Qué más aconteció?, cuéntame.
-Qué yo me quedé pasmado frente al lince humano, ¡luego
dirán del Hombre Lobo!, nunca había visto una cosa tan
rara en mi vida, y él entonces se echó a reír
en mis hocicos.
-Esto no te lo esperabas, ¿eh, fiel amigo del hombre?... ¡Anda
y lárgate chucho de la nieves y procura por ti y tus asuntos
y no le busques tres pies al gato que sólo tiene cuatro!...
¡Ja, ja, ja, ja!
Yo me había quedado tan sorprendido que no pude ni reaccionar
ante su sarcasmo. El sujeto se embozó en la capa de lince apretando
el paso, y a mí se me escapó un ladrido involuntario,
cosa que le hizo volverse con cierto recelo.
-Desde luego, ¡mira que los perros sois pesados! ¿Qué,
me vas a seguir?; peor para ti, no creo que en EL TESORO Y EL COFRE
te dejen entrar a tomarte una copas de aguardiente, si asomas el morro
te sacarán a puntapiés, eso te lo juro.
Yo estaba muy excitado escuchando tales noticias.
-¿Qué es EL TESORO Y EL COFRE?
-Imagino que una taberna portuaria o algo parecido.
Me puse a dar brincos de alegría.
-¡Eso, eso, EL TESORO Y EL COFRE es el lugar de la reunión!...
¡Tengo que ir allí de la forma que sea, el lince, perdón,
el esbirro, tiene que estar hablando ya con el mago... y yo debo estar
presente en esa cita!
El huskie se quedó pensativo un instante, luego exclamó
animado:
-¡Súbete a mi lomo, vamos a buscar esa taberna!
W.17. -7. EL PIRATA TIMOTEO (1)
Empleando un símil marinero, iba a bordo de mi nuevo amigo,
el poderoso perro huskie quién en lugar de correr parecía
volar entre la multitud cual si tirase no de uno, sino de veinte trineos,
y ello me producía una sensación de tranquilidad enorme
aunque tuviera que agarrarme fuertemente con mis patitas a su grueso
pellejo, porque, en cierto modo, el perro de las nieves me recordaba
un poco a mi amigo el Viento por lo acelerado que marchaba.
En un periquete, medida de tiempo no muy académica, recorrimos
el paseo de los muelles buscando una taberna que se llamara EL TESORO
Y EL COFRE y ya desesperábamos, cuando mi amigo perruno, impaciente,
atrapó por su largo rabo a una rata portuaria y le gruñó
amenazadoramente:
-Si en algo aprecias tu miserable existencia, dime dónde puedo
encontrar la taberna EL TESORO Y EL COFRE.
La rata, que poseía expresión de taimada, y, que, dicho
sea de paso, no daba la sensación de sentirse demasiado asustada,
replicó:
-Es que no buscas donde está... No es una taberna, es un barco.
-¡¡¡UN BARCO!!! –gritamos al unísono
el huskie y yo.
Y tan conmocionado quedó mi amigo que incluso soltó
el rabo de la rata a lo que ésta escapó corriendo como
alma que lleva el diablo, y, tras esconderse en el agujero de una
pared, nos gritó desagradablemente:
-¡Sí, perro estúpido, y tú, pajarraco ridículo,
es un barco, y un barco pirata, para que os enteréis, subid
a bordo y el pirata Timoteo os venderá como esclavos en Jamaica,
eso si tenéis suerte de que no os hagan servir de pasto a los
tiburones!
¡Conque se trataba de un barco, y, encima, de un barco pirata!...
Entonces, ¿era el lince gris un esbirro del mago o era el propio
Glagól en persona, y por qué había ido, quién
quiera que fuese de los dos, a un barco pirata?
Muchas más preguntas me martilleaban en el cerebro igual que
si de un tambor se tratase, y el huskie no se aclaraba más
que yo, aunque los motivos no fueran los mismos.
-¡Un barco pirata!
Nos habíamos olvidado de la rata y de sus insultos.
-Periquito...
-Me llamo Petrusky.
-Petrusky, ese barco va a Jamaica y allí hace mucho calor.
El perro de las nieves había vuelto la cabeza para mirarme
y me contemplaba con expresión triste en sus hermosos ojos
azules.
Comprendí.
-Tú ya me has ayudado bastante, amigo –le dije haciendo
de tripas corazón ya que perdía a un buen compañero-,
a ti te aguarda el Gran Norte y a mi Jamaica o yo que sé dónde,
todo dependerá de si lo que busco se halla en EL TESORO Y EL
COFRE o no... Tengo que subir a bordo y tú debes marcharte
porque nuestros caminos se separan.
Al huskie le gustaban menos que a mí las despedidas.
-Oye, mira, si el tipo ese, lince, esbirro o mago, no esta en el navío,
vuelve, yo te esperaré aquí en los muelles por espacio
de una hora y si no regresas sabré que tu aventura continúa...
Ahora, si algún día quieres venirme a ver, abrígate
que ya sabes en donde me encontrarás... ¡Ah, y me llamo
Karel!
Sin embargo no era el adiós definitivo. Aún me acompañó
a la búsqueda del barco pirata -¡qué emoción,
yo en un barco pirata!-, y después de un rato de ir y venir
por el puerto fisgoneando en todos los barcos para comprobar si el
nombre que nos interesaba se veía escrito, dimos por fin con
él, y ya era tiempo, la verdad, porque EL TESORO Y EL COFRE
se estaba haciendo a la mar entre vocerío marinero y desplegar
de velamen al viento, y hay que reconocer una cosa, que no existe
espectáculo más maravilloso que el contemplar el lento
movimiento de un barco con sus velas hinchadas bajo el soplo de la
brisa mientras avanza mar adentro.
Karel y yo nos despedimos efusivamente, lo que no dejó de ser
difícil porque yo era un periquito muy pequeño y el
huskie un perrazo enorme, con todo nos dimos un gran abrazo y, húmedos
los ojos, nos dijimos un “hasta la vista”, lleno de buena
voluntad.
-¡Qué pronto estés en el Gran Norte, Karel!
-¡Y que tú consigas desencantar a la doncella!
Volé en dirección al velero que comenzaba a alejarse
con suavidad del muelle, mientras Karel se quedaba abajo, haciendo
guardia junto a un gran rollo de cables.
-¡Orzar más a barlovento!
-¡A todo trapo!
-¡A la cofa, vigía!
-¡Cuidado con el palo de mesana!
Aturdido por el clamoreo, me detuve un instante sobre una linterna
de aceite, apagada en aquellos momentos. En torno mío, marineros
de temible catadura maniobraban entre palabrotas y risotadas, algunos
incluso cantando canciones terroríficas que hablaban de naufragios
y pillaje.
-¡Jojoi, jojoi, jojoi, el barco embarrancó!
-¡Jojoi, jojoi, jojoi, que buen botín cobré!
-¡Jojoi, jojoi, jojoi, a su capitán colgamos!
-¡Jojoi, jojoi,jojoi, que bien nos lo pasamos!
¡Serenidad, Petrusky! Era necesario recordar a lo que había
venido y no dejarme influir por el color local ¿En dónde
podía estar el hombre con la capa de pieles de lince?
Un vozarrón detrás de mí, retumbó en la
cubierta, imponiéndose sobre las demás gargantas.
-¡Por mil pares de tiburones, a ver si os movéis, gandules,
que EL TESORO Y EL COFRE tiene que estar en la Isla Perdida dentro
de dos semanas, de lo contrario, si nos retrasamos, nos cogerán
las tormentas de El Cabo Doblado y serviremos de banquete a los peces!...
¡Vivo, ratas de sentina, no hagáis que me enfade o si
no escucharéis la canción del látigo!
-¡No, capitán, no, la canción del látigo
no!
-¡Bien, escoria de los siete mares, a trabajar!... ¡Venga!
Del susto me caí de la lámpara quedando sentado sobre
un barril de pólvora, y allí me avizoró el patrón
del barco, el temible pirata Timoteo, quien, ante mí, con la
clásica pata de palo, su parche negro en el ojo y un sombrero
de igual color en el que campeaba el bordado en plata de una calavera
con las dos tibias cruzadas, me pareció, más que otra
cosa, la encarnación de una pesadilla. Lucía frondosa
barba oscura y bigotes de tirabuzón y su único ojo parecía
un semáforo de lo reluciente y grande que era. Sonrió
enseñando una dentadura mellada y amarillenta.
-¡Por cien mil orcas hambrientas, se nos ha colado un polizón,
muchachos, y es una cotorra enana!
¿Yo cotorra enana?
¡Por un millón de salmonetes, a Petrusky el australiano,
nadie le llama cotorra enana sin tener que lamentarlo!
Con la adrenalina a tope, se me nubló el entendimiento y cometí
la tontería más grande que nunca podía haber
realizado, me encaré con el pirata Timoteo y le dije cuatro
cosas bien dichas, sí, pero que no me ayudaron en nada.
-¡Escucha, pirata de opereta, ni tú ni nadie, me han
de llamar a mí cotorra enana, yo soy un periquito azul australiano,
de noble linaje y...!
El pirata Timoteo se rió a carcajadas y entonces me di cuenta,
porque lo miraba de cerca, que tenía una fea verruga cabalgando
encima de su no menos fea nariz, ganchuda por más señas.
-¡Anda, que graciosa la cotorra enana, como berrea! Ven aquí,
plumero con patas, a partir de ahora serás otro miembro de
la tripulación en categoría de chiste viviente, y nos
divertirás a todos desde el interior de... ESTA JAULA!
En así diciendo, me atrapó con su manaza y en menos
tiempo del que yo empleo para contar esto, me vi cazado e irremisiblemente
arrojado sin miramientos, dentro de una desvencijada jaula para cotorras,
desvencijada, mas a prueba de fugas, de eso doy cumplida fe.. El “clic”
de la puerta al cerrarse a mis espaldas mientras yo rodaba como una
peonza por los suelos, me hizo comprender que efectivamente emprendía
un viaje rumbo a la aventura más incierta –que bien me
expreso, ¿verdad?-, e ignorando si aquel a quién seguía
la pista viajaba en el mismo barco o ya no estaba. ¿Por qué
siempre tendré que hablar más de la cuenta?
W.18. -7. EL PIRATA TIMOTEO (2)
El pirata Timoteo colgó la jaula en un gancho del palo mayor
y rugió en mi oído, dejándome casi sordo por
ello:
-¡A ganarte el rancho, cotorra enana, a ver si aprendes a repetir
cosas y nos haces reír! –Se volvió a un pirata
que llevaba dos aros gruesos de oro macizo pendientes de las orejas
y lucía un ostentoso sombrero de color escarlata-. ¡Señor
Trinquete!
-¡¡SI, SEÑOR!!
-Primera lección, enséñele a la cotorra enana
a decir algo interesante.
(Indudablemente el señor Trinquete debía ser el segundo
de a bordo).
El otro bucanero, también renqueando, se me acercó,
y con las narices aplastadas contra los barrotes, empezó a
repetir:
-¡Capitán Timoteo guapo, capitán Timoteo guapo!
Yo me quedé de una pieza ¡serían ridículos
los piratas!, claro que, ¿a ver quién era el guapo,
y valga la redundancia, para negarse a hacerle la pelota a la fiera
aquella del capitán Timoteo?
¡Vaya un final!, Petrusky encarcelado con fin y objeto de servir
de diversión a una horda de sanguinarios piratas. ¡Cómo
me hubiera gustado tener allí una Máquina del Tiempo,
buena, eso sí, para viajar al pasado justo en el momento en
que Negri y Lilí acarreaban la estrella de Laurisilva hasta
casa! Pero, ¡ay!, cuán lejos quedaba ya todo...
Mantuve el pico bien apretado, si es que pensaba semejante hatajo
de bribones que la máxima ambición de mi vida radicaba
en declamarles las dudosas “gracias” del pirata Timoteo,
lo tenían claro, ¡antes morir que claudicar!
Las risotadas del capitán atronaron de nuevo la cubierta siendo
coreadas en esta ocasión por sus subordinados, incluido el
señor Trinquete.
-¡Mirad a la cotorra enana, si parece que le vaya a dar un síncope!
Señor Trinquete, dejemos por el momento las lecciones y venga
conmigo al camarote, que tenemos que discutir algunos asuntos importantes.
-Sí, señor... Y respecto al via...
El pirata Timoteo le interrumpí bruscamente:
-¡Chitón, señor Trinquete, que hasta el palo de
mesana tiene oídos y no conviene que ni el viento sepa nuestros
planes! –reprendió severamente el patrón de la
nave mientras su único ojo fulguraba con brillo amenazador.
El corto diálogo me dejó muy pensativo, tanto, que incluso
pasé por alto “el que a la cotorra enana pareciera que
estaba a punto de darle un síncope” –cada cosa
a su tiempo-. Evidentemente allí se trataba algo y todo debía
de estar en relación con el hombre de la capa de pieles de
lince, ¿hallaríase aún en el barco, viajaría
con nosotros rumbo a La Isla Perdida?
Los días que siguieron, monótonos y aburridos para mí,
ya que continuaba prisionero en la jaula –agravados por un mareo
intermitente y pertinaz cuyo recuerdo me abochorna-, no encerraron
aliciente alguno que me animase, ya que las tontas lecciones, que
yo me negaba heroicamente a repetir de “capitán Timoteo
guapo”, o “señor Trinquete simpático”,
qué no sé dónde veían ellos la simpatía,
y otra sarta de estupideces por el estilo, me deprimían más
que otra cosa.
Por fin, al tercer día, en los cuentos todo pasa el tercer
día, puntualizaré que era de noche, y en el transcurso
de una guardia, mejor dicho, de su relevo, pude escuchar el fragmento
de una conversación que despejó mi melancolía
inyectándome nuevas energías; falta me hacían
sea dicho de paso.
Un bucanero apodado Bogavante, quien, y pese a ese nombre tan largo,
era muy chiquitajo, vino a reemplazar al vigía en la cofa de
proa, un tal Marrajo y en el entretanto del cambio hablaron de esta
suerte:
-Estoy deseando llegar a aguas cálidas, Marrajo, estas noches
a la serena en alta mar son más frías que un iceberg
flotante.
-Y que lo digas, Bogavante, no todos tenemos buenas capas de piel
de lince para envolvernos.
-Algunos son afortunados.
-Sí, muy afortunados, ricas pieles, buena comida y mejor bebida,
honores y trato deferente... El poder del oro Bogavante, el poder
del oro.
-Si Marrajo, el oro, ¡bendito sea!, eso lo puede todo... Diez
bolsas de oro le entregó el hombre de la capa de piel de lince
a nuestro capitán que yo lo vi, Marrajo, con estos mismos ojos
que se han de comer los peces... Te acordarás que embarcó
la misma tarde que el capitán capturó a la cotorra enana
-¡y dale!-, se encerraron en el castillo de popa donde estuvieron
hablando mucho rato, luego el capitán me llamó ordenándome
que le llevase un barril vacío, ¡ni qué yo fuera
tonto!, al devolverlo a su camarote pesaba como el plomo, así
que abrí la tapa, Timoteo sólo la había ajustado,
y, ¡por las barbas de Neptuno!, te juro que conté diez
bolsones de oro... ¡Pero bien que se lo ha callado nuestro capitán,
Marrajo, bien se lo ha callado, y a nosotros, para tenernos contentos,
cuatro doblones mal contados y a endilgarnos la historia de que le
hace un favor a un viejo amigo, como si eso a nosotros nos importase,
que somos piratas, Marrajo, no damas de compañía, y
sus amigos no tienen por que ser los nuestros!
A Marrajo se le avinagró el gesto.
-Ya, ya, como que EL TESORO Y EL COFRE iba a zarpar en dirección
a La Isla Perdida así, por capricho.
-Es demasiado arriesgado.
-Y tanto, a mí que me den abordajes y asaltos, cualquier cosa
menos poner los pies en esa isla embrujada.
La inconfundible voz del pirata Timoteo resonó en el desierto
puente.
-¡A de estribor!, ¿qué hacen dos fieros bucaneros
chismorreando como un par de viejas acatarradas?... ¡Marrajo,
Bogavante, por los dientes de un tiburón, menos parloteo y
a lo vuestro, que en mi barco no se está para perder el tiempo!
Bogavante, temblado de pavor, que lo vi yo, trepó como un mono
hasta su puesto de vigía en la cofa y Marrajo escurrióse
entre las sombras desapareciendo. Después silencio y más
tarde el golpeteo irregular de la pata de palo del pirata Timoteo
que parecía efectuar una ronda fantasmal por su navío.
¡Toc, toc, toc!
Vi surgir a Timoteo fumando en su cachimba con aire meditabundo y
como si no reparase en mi presencia, al menos no me importunó
con boberías, procedió a sentarse debajo de mi jaula
con un suspiro, luego le oí murmurar –aquella noche iba
yo de sorpresa en sorpresa-:
-La tripulación está inquieta, ¡maldita sea!,
a ver si por este asunto de La Isla Perdida los hombres se me van
a amotinar... El mejor negocio de mi vida y...
Estuve tentado de preguntarle: ¿de qué se trata, pirata
Timoteo?, pero, naturalmente no lo hice, ¡no era cuestión
de delatarme de una manera tan tonta!
Al día siguiente, y ya ojo avizor, pude advertir como varios
piratas señalaban, en algún momento, en dirección
al capitán y cuchicheaban entre sí con aspecto torvo
y descontento. ¡Sería divertido que estallase una rebelión
como la de la Bounty y yo en medio del fregado!
Misterios y resentimientos, ya no me cupo la menor duda: el hombre
de la capa de pieles de lince era el invisible huésped de Timoteo,
sólo una incógnita persistía, ¿cuál
era la auténtica personalidad del enigmático individuo,
se trataba de Glagól acaso? Y si de Glagól se trataba,
¿llevaría consigo la estrella?
¡Resultaba indispensable que yo escapara de la jaula y lo averiguase!
Más, ¿cómo?, lo ignoraba y me estaba devanando
los sesos cavilando sobre el mejor modo de cumplir con lo que se esperaba
de mí, cuando el azar vino a brindarme la solución de
manera totalmente inesperada.
De repente escuché al vigía de turno gritar:
-¡Barco a babor! –Y acto seguido con verdadero sobresalto-¡El
Corsario Blanco, el Corsario Blanco!
En el momento se formó un terrible pandemonium en EL TESORO
Y EL COFRE ya que todos los piratas chillaban y corrían desordenadamente
de un lado para otro blandiendo sus armas. El pirata Timoteo apareció
enseguida sobre el puente de la nave, calmo en contraste con tanto
alboroto.
-¡Eh, marineros de agua dulce! –Gritó con fiereza-,
¿somos acaso mocosos llorones para asustarnos así por
la presencia de un barco enemigo?... ¡Si al Corsario Blanco
le llaman El Invencible, hora es ya de que se enfrente conmigo para
que el sobrenombre cambie de lobo de mar!
-¡Viva el pirata Timoteo! –aulló la tornadiza marinería.
Yo lo contemplaba todo con los ojos redondos como platos, ¿qué
iría a suceder ahora?
W.19. -8. EL CORSARIO BLANCO (1)
-¡¡¡Al abordaje, al abordaje!!! –clamoreó
la tripulación de EL TESORO Y EL COFRE corriendo a maniobrar
en las velas para abordar al otro navío.
Yo no sabía mucho de barcos ni de leyes del mar ni de bucaneros,
pero creí adivinar que por algún extraño motivo,
corsario no era lo mismo que pirata, y pudiendo ver en lontananza
al otro velero cuando maniobró la nave pirata en la que me
hallaba, comprendí instintivamente que si éstos –Timoteo
y sus hombres-, eran los malos, aquellos tenían que ser los
buenos, al menos su barco así lo dejaba traslucir en contraste
con el del pirata Timoteo, oscuro y siniestro, aunque, bien mirado,
cuando iba con las velas desplegadas podía ser hasta hermoso.
El navío del Corsario Blanco, como su nombre indica, era todo
blanco, semejaba tallado en marfil y sobre el majestuoso velamen ondeaba
su bandera, nada de calavera y tibias cruzadas en campo negro, sino
una resplandeciente enseña de alegre colorido en la que se
hallaba inscrita su divisa –que más tarde leería
de cerca-: POR EL BIEN Y LA JUSTICIA.
Sólo faltaba la música de fondo y el reparto en elegante
letra inglesa para hacerme creer que estaba en casa, cómodamente
instalado ante el televisor, viendo una película de esas de
bucaneros de entre los años 40 y 50 y a las que tan aficionada
es la televisión últimamente, recreando ciclos olvidados.
Pude advertir como el barco del Corsario Blanco, que por cierto se
llamaba EL DELFÍN, no huía al avistarnos, sino que decidido
avanzaba hacia nosotros –de hecho venía en busca nuestra-,
con mayor velocidad.
Los piratas lanzaron una andanada de pólvora entre risotadas,
a lo que EL DELFÍN replicó con gallardía, cosa
que enfureció a los tontos de los bucaneros cuando ellos habían
sido los primeros en atacar.
Timoteo vociferó:
-¡¡¡Adelante, muchachos, que no quedé ni
un solo corsario para contarlo!!!
-¡Sí, capitán, nos los vamos a comer!
Los navíos se balanceaban uno delante del otro, y el aire olía
a humo, yo empecé a toser.
-¡Mirad como tose la cotorra enana –rugió el pirata
Timoteo muy regocijado-, va a vivir su primera batalla y lo único
que se le ocurre es constiparse, jo, jo, jo, jo!
-¡¡¡Jo, jo, jo, jo, jo!!! –repitió
como un eco la patibularia tropa.
Yo maldije por lo bajo; se me estaban contagiando sus malos modos.
-¡Ríndete, Timoteo! –gritaron desde EL DELFÍN.
-¡Ríndete tú! –aulló Timoteo enfurecido.
-¿No he venido a eso!
-¿Pues a qué has venido?
-¡A barrer de los mares esa sucia carcasa que es EL TESORO
Y EL COFRE!
-¡Anda que gracioso, mira como me río, ja, ja, ja!
-¡Quien ríe el último reirá mejor, Timoteo!
-¡No me das miedo, Corsario Blanco!
-¡Eso lo veremos!
Pronto los dos barcos entraron en colisión en medio de un gran
estruendo, y mi jaula saltó por los aires conmigo dentro, con
tan buena fortuna que dio en caer sobre un montón de sacos
de harina y no sólo no me hice ningún daño sino
que de resultas del trastazo, la puertecilla se desencajó y
yo pude salir sano y salvo de allí dentro, corriendo, como
es natural, a esconderme en sitio seguro.
Asistir, in situ, a un combate entre bucaneros y corsarios, es de
lo más extraordinario que os podáis imaginar, la cabeza
te va como en un partido de tenis, de aquí para allá,
mientras los ves saltar y correr, cruzando sus espadas en el aire,
tajo va, tajo viene y haciendo los más curiosos comentarios
que menos esperarías oír en esos momentos.
-¡Muere!
-¡Todavía no!
¡¡¡CATACROK... PLOFF!!!
-¡No me gusta tu fea cara!
-¡Ni a mí tu sonrisa!
¡¡¡PLOM... TRAK... PLAFF!!!
-¡Esta noche EL TESORO Y EL COFRE dormirá con los peces!
-¡Pobre DELFÍN, va a ser la última vez que flote
sobre el mar!
-¡Por Júpiter que lo veremos!
¡¡¡ZUUUM... CHASSSS... PATAPÖM!!!
-¡Por cien mil congrios errantes que lo veremos!
-¡Adelante, mis valientes!
-¡En proa, muchachos, el terror de los 7 mares!
-¡Viva el capitán Timoteo!
-¡Hurra por el Corsario Blanco!
Y así podría llenar tres volúmenes, pero, la
verdad, poca utilidad habría de tener para esta historia.
A mí se me contagió el ardor bélico y no pensando
en lo que hacía, me lancé de cabeza al fragor de la
batalla con un excitado grito:
-¡¡¡COMBOPALONGO!!! –que, ciertamente, no
es que sea muy guerrero, mas no se me ocurrió nada mejor y
la verdad es que como sonoro no puede negarse que lo sea.
Era una solemne tontería lo que acababa de hacer, porque no
tenía armas ni sabía luchar, pero dejé que los
acontecimientos me arrastraran y hete aquí que en un santiamén
me encontré dando aletazos y picoteando a la desesperada entre
la masa de los combatientes, cuidando, en todo momento, por supuesto,
de no atacar a los corsarios a quienes, indirectamente, debía
mi liberación.
-¡Vaya con la cotorra enana, conque te has escapado, ¡eh?!...
¡¡¡Cuidado, bicho, será imbecil, ¿pues
no me pica?!!!
Ahí, frente a frente el pirata Timoteo y yo, quise demostrarle
que no se ofende impunemente a un periquito australiano llamado Petrusky,
y le di fuerte en su narizota hasta hacerle retroceder berreando de
dolor.
-¡¡¡Huy, huy, huy, iiiiiiiiii, para ya, cotorra
enana, no me piques más!!!
-¡De cotorra enana, nada, pirata de guardarropía, y de
“capitán Timoteo guapo” menos que menos!... Yo
soy Petrusky y para ti siempre, ¿me oyes bien?, señor
Petrusky... ¡Toma, toma, toma!
-¡Bravo, periquito azul! –exclamó una voz a mis
espaldas y acto seguido la acerada punta de una espada se colocó
sobre el pecho del pirata Timoteo.
-¡Ríndete, Timoteo!
Viéndose así intimidado, el susodicho hizo una mueca
feísima.
-¡Por cuatrocientos pares de galernas tropicales, qué
deba mi derrota a una cotorra enana! –se lamentó estruendosamente
el malvado pirata.
-¡Y dale, otra vez!... Yo no soy...
El corsario, un apuesto joven vestido del color que su nombre indicaba
y cuyos alborotados cabellos rubios brillaban bajo el sol, me sonrío
amistosamente.
-El pirata Timoteo es muy terco y nunca reconocerá que eres
un periquito azul... –y al bucanero en otro tono- ¡En
efecto, has sido vencido, y, para tu deshonra, por un pajarillo que
abulta menos que tu dedo meñique!... Recuerda Timoteo, que
el mal jamás triunfa.
Me hinché de satisfacción, ¡por fin se me reconocían
los méritos, y, además, el Corsario Blanco no mentía,
ya que sino hubiese sido por mí, confundiendo a picotazos al
pirata Timoteo y forzándole, de esta manera, a bajar la guardia,
al corsario le hubiese sido muy difícil reducir a su enemigo,
porque, noblesse obligue, con todos sus defectos, Timoteo era un pirata
valiente y un antagonista nada despreciable, hay que ser justo.
Aquella noche hubo una gran fiesta en EL DELFÍN. El pirata
Timoteo y toda su pandilla de indeseables, estaban a buen recaudo
encerrados en el sollado de EL TESORO Y EL COFRE, sirviéndoles
su propio barco de prisión.
El Corsario Blanco había decidido que serían deportados
a la isla de El Gran Galápago en donde pasarían el resto
de sus vidas trabajando en los campos de cultivo y en donde sólo
por buena conducta podrían ser dispensados del castigo. Encontré
que era una solución muy razonable al problema y admiré
aún más si cabe, a mi salvador, quien, pese a su juventud,
demostraba tener ideas muy sabias.
El Corsario Blanco y yo simpatizamos desde el primer momento en que
nos vimos, y así pasé, con todos los honores, al DELFÍN,
sobre su hombro y entre aclamaciones, cosa que revigorizó grandemente
mí, hasta el momento, maltratado ego.
Debo relatar sin embargo, algo de lo que ya me estaba olvidando y
es algo muy, pero que muy importante. En cuanto se redujo a la piratería,
caído Timoteo cayeron todos, volé por mi cuenta y riesgo
al camarote del vencido esperando encontrarme con el misterioso forastero,
pero me llevé el chasco más grande de mi vida, al hallarlo
completamente vacío; allí no había nadie, ni
rastro que no perteneciera al pirata Timoteo.
¡Anda, pues estaría chusco que después de tantas
angustias, el esbirro, o quién fuese, sólo hubiera estado
de paso y yo, enrolado a mi pesar, haciendo el canelo en EL TESORO
Y EL COFRE todos aquellos días!
W.20. -8. EL CORSARIO BLANCO (2)
Muy decepcionado volví con mis nuevos amigos y la cosa ahí
quedaría en otro misterio que añadir a los que ya coleaban,
de no ser porque un miembro de la tripulación corsaria, acercándose
a su jefe después de hacer un rápido inventario de lo
que se encontraba en el barco capturado, le dijo:
-Llevan el botín de varios galeones hundidos,50 barriles de
pólvora china, comida y agua para un mes de travesía
sin atracar en puerto alguno. En el camarote de Timoteo hemos hallado
un inexplicable barril repleto de bolsas llenas de arena -¡tramposo
Glagól-, y, aparte de este valeroso periquito, tenían
una urraca domesticada que se ocultaba en el castillo de popa y que
ha escapado volando en cuanto la hemos descubierto, ¡ah!, y
la muy ladrona se ha llevado, arrebujada entre las garras, una espléndida
capa de pieles de lince gris... Lo que no deja de ser raro porque
esas aves suelen robar objetos de metal.
¡Una urraca!... El enigma acababa de resolverse... ¡Claro,
el castillo de popa, qué tonto fui, debía de haber supuesto
que allí se encerraba el enigmático personaje con capacidad
para transformarse en urraca o lince a voluntad!
Por la noche, y durante la fiesta que se organizó para celebrar
la victoria, mientras los bravos corsarios cantaban aguerridas canciones
de naves aventureras y hermosas sirenas plateadas -¡qué
diferencia con las sanguinarias coplillas de la piratería!-,
le narré al Corsario Blanco la historia de mis andanzas y a
quién yo andaba buscando en realidad.
El Corsario Blanco me escuchó con asombro creciente.
-Es una historia increíble –manifestó al final-,
y si no fuera porque eres tú quien me lo cuenta, te aseguro
que no me lo creería. ¿Puedo ayudarte en algo?
-Sí, creo que sí. Timoteo navegaba rumbo a La Isla Perdida,
supongo que debe ser allí en dónde tiene su morada Glagól.
El Corsario Blanco frunció el ceño con preocupación.
-La Isla Perdida pertenece a la secuela de islas tenebrosas, aquellas
en cuyos mares nadie quiere navegar.
-¿Qué sucede para que no quieran ir?
-Se dice que estas islas flotan sobre aguas hirvientes, que, además,
pueblan monstruos inimaginables, serpientes de mar grandes como montañas,
entre otros.
-Ellos no parecían tener mucho miedo a los monstruos, sino
a la isla de la que oí murmurar a unos marineros, que estaba
embrujada... El pirata Timoteo les arengó a que tenían
que darse prisa en alcanzar el Cabo Doblado antes de la época
de las tormentas, pero en ningún momento percibí que
estuviesen demasiado asustados por navegar hacia La Isla Perdida.
El Corsario Blanco reflexionó durante unos instantes.
-¿Quién sabe?, igual ha circulado una leyenda engañosa
con objeto de apartarnos de un rumbo que era necesario mantener ignorado.
Porque si afirmas que los piratas no tenían miedo de navegar
hacia la Isla Perdida, eso significa que aquella ruta la conocen bien
y no les causa ningún temor ya que no existen todos esos peligros
legendarios.
Se levanto de un salto.
-¡Muchachos –exclamó con voz sonora –en el
mar así hablan los capitanes, con voz tonante-, vamos a poner
proa rumbo a La Isla Perdida. Me parece que estamos a punto de inaugurar
una nueva ruta para todo el mundo!
Muy agradecido, dije.
-Si lo haces por mí, por ayudarme, no es preciso que os molestéis,
ya habéis hecho bastante, además, vuestras familias
os deben esperar en algún puerto y sí por mi causa...
El Corsario Blanco sonrió con cierta melancolía.
-Muy considerado de tu parte. Nosotros somos hombres de mar, periquito
azul, y el mar es nuestra vida y nuestra aventura diaria. Muy pocos
de entre nosotros están casados y tienen hijos. No nos gusta
la idea de dejar viudas, ¿comprendes?
Yo me sentí muy apenado.
-¡Qué triste, sois buenos y valientes y estáis
solos!
-No del todo, nos quedan nuestras ilusiones y los sueños...
Sin ánimo de cotilleo y movido por la sana intención
de relajar la tensión que los recuerdos sentimentales pudieran
haber creado, exclamé alegremente:
-¿Y cuáles son tus ilusiones y tus sueños, Corsario
Blanco?
El Corsario Blanco miró sin ver un punto inconcreto en el horizonte;
sobre nuestras cabezas brillaban las estrellas, lentamente repuso:
-Amo a una hermosa joven, bella como la misma primavera.
-¿Entonces? –interrogué muy contento; las historias
de amor son lo mío.
Él giró el rostro, contemplándome nostálgico.
-Ella forma parte de un sueño imposible, inalcanzable, pero
su recuerdo me acompaña siempre.
¡Bueno, hasta los más bravos corsarios tenían
su corazoncito, que no todo iban a ser batallas navales!
Más días de navegación transcurrían felices;
yo estaba en trance de convertirme en algo así como el periquito
errante haciéndole la competencia al holandés de la
leyenda. La diferencia estribaba en que viajar en EL DELFÍN
con trato de amigo y camarada, no era lo mismo que ir enjaulado en
EL TESORO Y EL COFRE.
Me había convertido en un buen marinero y ya no me mareaba
y como no me gusta la ociosidad, que siempre es mala consejera, correspondía
a la hospitalidad de mis compañeros, turnándome con
los vigías en el puesto de guardia, y dado que gozo de una
visión excelente, podía advertirles de cosas, pormenores,
que ellos no acertaban a distinguir.
(Además, ¡ejém!, mi look había cambiado
bastante; llevaba un pañuelo corsario en la cabeza, y una ajorca
de oro alrededor de una de mis patitas, lo que se dice todo un lobo
de mar, vaya).
EL TESORO Y EL COFRE marchaba ya conducido hacía la isla de
El Gran Galápago con su cargamento pirata y ahora EL DELFÍN
navegaba rumbo a lo desconocido en busca de La Isla Perdida. Pronto
alcanzamos, y pasamos, Cabo Doblado y el mar no se tornó por
ello hirviente ni espumoso, ni se abrió ningún espantable
abismo bajo la proa de nuestro bajel. Las aguas seguían siendo
verde-azuladas y el cielo puro y sin mácula -¡caramba,
me estoy volviendo un poeta!-, y los días transcurrían
serenos, con buena brisa y mejor moral puesto que nada temible surgía
importunándonos.
Pero cierta jornada, cuando menos nos lo esperábamos, vino
la niebla, una niebla suave y casi transparente en un principio, que
poco a poco, fue convirtiéndose en espesa.
El Corsario Blanco mandó echar el ancla y nos detuvimos a la
espera de que se desvaneciera. Sin embargo, el ancla no tocó
fondo y pronto advertimos como el barco se iba moviendo con lentitud,
fuera del control del piloto. La niebla se apelotonaba en las velas
y, sin viento, éstas se inflaron y el barco, resbalando sobre
la superficie del océano, empezó a navegar, más
como si le empujaran o tirasen de él, que otra cosa.
Yo estaba muy asustado, ¿para que voy a mentir?; aquello recordaba
la niebla precursora de la isla de King-Kong, versión blanco
y negro. En cuanto al resto de la tripulación, tampoco las
tenía todas consigo aunque procuraban disimularlo. Al Corsario
Blanco se le adivinaba preocupado, pero, como era muy valiente, se
mostraba animoso intentando restar importancia a lo que estaba sucediendo.
-Con las famosas nieblas de Cabo Doblado hemos ido a topar, muchachos...
Cuando regresemos podremos contarlo y nadie se lo creerá.
-Sí, capitán.
-Claro, capitán.
-Naturalmente, capitán.
Y yo, para no ser menos:
-¡Por supuesto, capitán!
Pero no todo era tan por supuesto. La niebla resultaba más
densa que el puré de guisantes londinense en sus buenos tiempos,
y lo más seguro es que nos la fuésemos a pegar contra
el primer escollo que surgiera invisible en aquel mar que no veíamos
y por el cual nos deslizábamos.
Mas de pronto, y como por arte de encantamiento –algo de eso
debía haber-, la niebla se disipó y con ella nuestros
temores, al parecer infundados.
De nuevo, pues, brillaba el sol, el viento soplaba en las velas, y
en el mar, bajo su superficie, nadaban felices como siempre, las sirenas,
los tritones y los delfines. Había vuelto la normalidad.
Regresé a mi puesto de vigía, era mi turno en aquella
ocasión, y a poco de instalarme, vi brotar en lontananza la
sierra dentada de unos acantilados de tierra rojiza.
-¡Tierra! –vociferé lleno de emoción.
-¡Tierra! –repitió como un eco la marinería
alborozadamente.
Era tierra, en efecto, pero ¿cuál?
W.21. -9. ¿ISLA O CONTINENTE? (1)
El Corsario Blanco estudió sus mapas concienzudamente, y yo,
sobre su hombro, también. El segundo y el piloto con nosotros,
entre todos nos esforzamos por aclarar la identidad de aquellas costas
desconocidas.
-Según estas cartas –comentaba el Corsario Blanco-, en
esta latitud y en esta longitud no puede haber ninguna tierra ya que
en el mapa sólo se ve el océano. Y, no obstante, ahí
la veis, delante nuestro.
Todos teníamos un nombre en la punta de la lengua.
-¿No podría ser –aventuré yo tímidamente-,
no podría ser La
Isla Perdida?
El Corsario Blanco frunció el ceño pensativo.
-Tal vez, tal vez lo sea. Nadie ha cartografiado nunca La Isla Perdida.
El piloto se santiguo.
-Igual –dijo con temor supersticioso-, igual es como la de San
Barandán.
¿En dónde había yo oído tal nombre? De
pronto di un respingo que me hizo perder el equilibrio y caer en medio
del mapa.
-¡San Barandán! –Exclamé alborotado- Esa
es la isla que aparece y desaparece, como las islas de las hadas,
en el reino de el Otro Mundo –me di un aletazo en la frente-¡La
niebla!... Ahora comprendo... ¡Amigos –dije sintiéndome
muy importante-, creo que estamos frente a una de las islas que pertenecen
al Reino de las Hadas, que yo de eso sé algo pardiez!
Y aquellos aguerridos lobos de mar se miraron entre sí y pude
advertir que palidecían bajo su curtida piel. Por fin, el segundo
de a bordo, rompió el silencio con una risita nerviosa.
-Tiene que ser La Isla Perdida, que no se sabe a ciencia cierta si
es isla o continente.
-Las islas de las hadas son inaccesibles -murmuró el piloto.
Yo me crecía ante las dificultades. Me pavonee.
-No tanto, señores, no tanto, yo las he visitado, de ello hace
algún tiempo y puedo asegurar que son perfectamente accesibles.
-Pero el Reino de el Otro Mundo... –dijo lentamente el piloto.
-La Tierra de los Jóvenes, la Tierra bajo las Olas, la Tierra
de los Vivos, la Gran llanura, la Llanura Placentera, la Llanura de
la Felicidad... –enumeró pensativo el Corsario Blanco-
Esas islas son legendarias y pocos han regresado...
Yo aletee seguro de mí mismo y muy contento.
-¡Bah, tranquilos, un servidor aquí presente es muy amiguete
de las hadas!... En una de esas islas vive mi amiga Falena... No hay
nada que temer.
El Corsario Blanco sonrió.
-Puesto que tú lo aseguras, Petrusky, te creeremos.
-Debéis hacerlo, porque si esas costas que vislumbramos desde
cubierta no pertenecen a La Isla Perdida, entonces son de las hadas
y ellas, bueno, Falena, nos puede ayudar... –y como los allí
reunidos me contemplasen con cierta duda en sus semblantes, añadí:-
Falena es la guardiana de las islas mientras las hadas permanezcan
en el Mundo Real, os encantará, de verás.
¿Isla o continente?
Como aquel personaje de Julio Verne –a la Niña le gustaba
leerme en voz alta sus novelas-, que se hacía esa misma pregunta,
vimos acercarse los arrecifes de la isla entre la algarabía
de los albatros y las gaviotas. Sus costas recordaban una muralla
inexpugnable, ya que no se abrían en fondeaderos o recoletas
playitas, por lo que el Corsario Blanco fue de la opinión de
que la rodeásemos hasta encontrar un sitio en el cual poder
atracar la nave, pero como ello resultó de todo punto imposible,
prefiríose dejar el barco en alta mar y embarcarnos cinco miembros
de la tripulación, y yo, ¡faltaría más!,
con el Corsario Blanco, en una chalupa que al ser de pequeño
calado, podía fácilmente varar en cualquier mínima
franja de arena. La incógnita era que quién habitaría
esas tierras misteriosas: ¿hadas, salvajes, buenas gentes,
el mago Glagól?
¡Cuán emocionante, esto si que era vivir una gran aventura
a todo trapo!
Desembarcamos y los corsarios echaron a trepar peñas arriba
entre arbustos semi marinos y arbolitos raquíticos, mientras
yo prefería volar, que después de todo era lo mío,
y así fui de avanzadilla para divisar lo que pudiese desde
las alturas.
Y he aquí lo que vi sorprendiéndome bastante. Tratábase
de una isla rara, con tan poco verde que parecía pelusa gris
y muchas rocas de tipo marciano –no nos habíamos movido
del planta Tierra, ¿eh?-, que semejaban talladas por la mano
de algún gigantesco escultor. No había montañas
ni cordilleras, pero sí inmensos bloques que recordaban castillos
o palacios, ciudades, pueblos, todo pétreo, simulando puertas
y ventanas, almenas, torres y techumbres, pero si te acercabas no
era más que piedra la que ofrecía esa engañosa
similitud. Daba la impresión de ser un mundo extraño
en el que hubiera caído un maleficio dejándolo todo
desértico y petrificado. Se me encogió el alma, ¿sería
“aquello” el reino de Glagól?, la verdad es que
la pinta era de alucine, o, dicho en otros términos mejores,
inquietante y sobrecogedora.
Me disponía a regresar junto a mis amigos los corsarios, cuando
para pasmo mío, un búho me vino al encuentro a plena
luz del día, era un búho pequeñito de color ceniza.
-¡Farfor!
-¡Hola, Petrusky!
-¿Qué haces tú aquí y bajo el sol?
-Sabes muy bien que no soy un búho normal y puedo soportar
la luz del sol sin pestañear.
-Bien, bien, pero, ¿qué haces aquí?
-Lo mismo que tú, creo.
Las alas me empezaron a temblar.
-¿Buscas a Glagól?... O... Oye, ¿es aquí
dónde vive Glagól?
Farfor asintió moviendo la cabecita de arriba abajo.
-En cierto modo, más si lo que tú quieres saber es si
estamos en La Isla Perdida, te responderé que, en efecto, en
ella nos encontramos.
Hice de tripas corazón, uno no puede ir por la vida de héroe,
sin serlo al final; las circunstancias empujan.
-¿Dónde está?
Farfor gimió.
-El muy astuto se ha ido al pasado para que nadie lo encuentre.
-¡Recórcholis!
Semejante noticia me dejó anonadado, y nuevamente pensé
en la conveniencia de tener una Máquina del Tiempo portátil
y no fabricada made in Cosmogónico precisamente.
-¿En qué época se ha ido a esconder?
-Creo que en la Edad Media, o algo así... Cuando en esta isla
había castillos y ciudades, antes de que la maldición
de Glagól lo cambiase todo.
(¡Vaya, mi intuición había sido acertada!)
-¿Qué hizo?
W.22. 9. ¿ISLA O CONTINENTE? (2)
-Consiguió un reino con sus malas artes y como es perverso
se enfadó mucho por algo que no salió como él
quería y lanzó un encantamiento que todo lo convirtió
en piedra.
-¿Y ha vuelto al pasado, a ese pasado?
-Sí, justo a la fecha anterior en que realizó el malvado
hechizo, se ve que le gusta recrearse en sus fechorías.
-¡Ah, vamos, como en un video, rebobinando para contemplar escenas
anteriores!
-¿Qué dices? –preguntó Farfor sorprendida.
-Nada, nada, cosas mías... ¿Cómo se puede ir
a esa época?
-¡Qué audaz eres Petrusky, y muy valiente! –exclamó
ella con admiración, manifestando, compungida, pasado el halagador
arrebato- Pues no lo sé, yo soy un búho encantado y
no un brujo, y por aquí no hay nadie que sepa magia y nos pueda
ayudar.
¿Nadie? Sin saber el motivo me vinieron a la memoria las palabras
del hada Ámbar: “a medida que cantes, el futuro irá
surgiendo delante de ti”... ¡Esa era la fórmula
mágica y yo la tenía, mira que a veces llego a ser zoquete,
si me hubiera acordado a tiempo me podía haber ahorrado el
“crucero de placer” en la trasatlántica Timoteo&Company!
Con ojos brillantes le dije a Farfor:
-¿Te gusta la música?
Y me puse a gorjear.
La canción hizo su efecto -¡lástima, lástima
grande no haberla recordado antes!-, y en un instante de despiste
que me embobé contemplando el vuelo de una infatigable paloma
mensajera, surcaba los aires a nuestra altura, cuando me volví
a mirar hacia Farfor ya no la encontré, ella no estaba, pero
es que todo había cambiado en menos de un santiamén.
Habíamos estado sobrevolando un valle de tierra cuarteada por
la sequía, en cuyo centro erguíase un macizo rocoso
muy similar a ese tan célebre que estamos cansados de ver en
las películas del oeste americano, aquel que recuerda una fortaleza
en medio de un descampado –más o menos para que os deis
una idea-, y corren los buenos perseguidos por los indios –a
quienes siempre se les otorga el papel de malos injustamente-, y en
eso llegan los del Sexto de Caballería y:¡nanana, nana,
nana!... ¿A qué ya os habéis situado?...
Bueno, pues aquella mole de piedra esbelta y almenada, seguía
estando ahora en su mismo sitio mas el paisaje había cambiado
totalmente, el castillo petrificado era en esos momentos de verdad,
con flotantes gallardetes y banderolas al viento y las áridas
tierras que lo circundaban aparecían transformadas en campos
de labranza, prados y bosques y hasta había una pequeña
villa hacia la izquierda del castillo.
Al tener yo alguna experiencia en esta clase de lances maravillosos,
no me sorprendí demasiado ya que comprendía como mi
deseo me acababa de llevar en el acto al pasado aquel en el cual se
ocultaba el taimado Glagól.
Por supuesto, del hombre de la capa de pieles de lince ni rastro,
o bien un rastro perdido, mas su pista habíame conducido hasta
la guarida de Glagól –experto el mago en jugar al escondite-,
lo que a fin de cuentas era lo que interesaba, ahora, si la estrella
estaba allí o no estaba, ese era ya otro cantar, nunca mejor
dicho.
Un sinuoso camino ascendente conducía desde el llano en dirección
al altivo castillo, claro que no lo necesitaba dado que mis alas también
podían ser mágicas de requerirlo la ocasión,
y, haciendo uso de ellas, me colé bonitamente en la fortaleza.
Siendo pequeñito y ágil, me pude camuflar con suma facilidad,
porque no era en modo alguno conveniente alertar a nadie con mi presencia
allí a batir de alas desplegadas; como sabéis más
que bien, mi hermoso colorido me ha traído problemas en variadas
ocasiones. Así pues me escurrí sigilosamente entre piedras,
esquinas y quicios y de esta manera pude ver y oír muchas cosas
interesantes.
Al parecer se estaban haciendo los preparativos de un torneo en el
que el premio era la mano, y el reino con ella, se sobreentiende,
de la princesa Amarilis. Muchos nobles caballeros habían concurrido
ya en otras justas semejantes para lograr el preciado trofeo habiendo
sido derrotados por el hasta hoy, todopoderoso Gran Senescal del reino,
quien prácticamente había usurpado el poder desde que
hacía tres años los hermanos de la princesa Amarilis
partieran a Tierra Santa en una de las tantas Cruzadas que por aquel
entonces estaban de moda llevar a cabo.
Dados por muertos los hermanos de Amarilis, el Gran Senescal decidió
realizar el simulacro de una serie de torneos, y, se decía,
que por malas artes había conseguido derrotar siempre a los
más esforzados caballeros que aspiraban a la mano de Amarilis,
porque en aquel tiempo, sin rey en el trono de un reino, si la herencia
recaía en una princesa de sangre, era menester buscarle marido,
y por lo visto y oído, el Gran Senescal había pensado
que él era el candidato idóneo. De lo cual se deduce
que la pobre princesa lo debía estar pasando pero que muy mal,
ya que no quedaban campeones; el Gran Senescal había despachado
a todos cuantos pudieran liberarle de semejante Destino tan poco grato,
o sea, el de casarse con aquel aprovechado que simulaba cumplir las
leyes infringiéndolas, aunque muy legalmente, y si en el último
torneo no se presentaba nadie, cosa que por las trazas resultaba lo
más probable, pues, ¡velay!, el Gran Senescal se quedaba
con la princesa y con el país entero.
Apenas me enteré de toda la historia me sentí muy mal,
¡pobre Amarilis!, condenada de antemano a desposarse con un
malvado sin escrúpulos que no jugaba limpio –claro que
cuando no se tienen escrúpulos no se acostumbra a jugar limpio-.Toda
mi sangre de periquito azul del amor hirvió de indignación
y como soy una especie de Quijote emplumado, al que avalaban pasadas
aventuras, la más reciente de ellas el haber reducido al feroz
pirata Timoteo, me sentí lleno de suficiente energía
como para derrotar yo solito a un batallón de Grandes Senescales;
lo bueno es que no sabía cómo, pero lo que es moral
no me faltaba.
Debo reconocer que en aquellos momentos ni me acordaba de Glagól,
habiendo sido lo prudente no olvidarlo, ni de la misión que
me llevara hasta allá, me urgía rescatar a la princesa
de las garras del usurpador, y como pese a todo soy un periquito muy
metódico, decidí empezar por el principio e ir directamente
a la busca de Amarilis para tener con ella una charla en vivo y en
directo y ver de que manera se podían hacer las cosas para
liberarla. De modo es que, despacito, despacito, empecé a escurrirme
por todos los rincones hasta que la presencia de una criadita que
se dirigía a las cocinas con una gran cesta de lechugas, me
permitió medio de transporte, y, acceso al interior del castillo.
W.23. -10. AMARILIS (1)
Por descontado que no aterricé en las cocinas –igual
me confundían con una especie rara de perdiz-, sino que en
cuanto pude me escurrí de la cesta corriendo escalinatas arriba
por aquellas que parecían menos acuartelarías e iban
refinándose de pelín en pelín dejando paso la
soldadesca guardiana a una acicalada servidumbre, e, intuición
que tiene uno, ¡bingo!, al final desemboqué por una puerta
entreabierta, en cierto rico aposento cuyas paredes se mostraban cubiertas
de suntuosos tapices y en la que, frente a un alto ventanal, sentada
ante un bastidor de ébano, una joven ataviada como cuadra en
la alta sociedad cortesana, se hallaba bordando lánguidamente
en principesca costumbre.
-¡Tate –me dije-, has acertado por churra, esta es tu
princesa!
(Claro que podía equivocarme, mi metedura de pata con Liriam
aún me escocía).
Por fortuna, se encontraba en esos momentos sola y ello me envalentonó
aún más, entonces, libremente, volé posándome
sobre una esquina del bastidor y me planté delante de la princesa.
Como uno ya tiene costumbre en tratar princesas, le hice un gran saludo
con el ala y luego, levantando la cabeza, la contemplé directamente.
Todos mis movimientos habían sido realizados con una celeridad
pasmosa y en mucho menos tiempo del que estoy empleando al contarlo,
así que al mirar a la muchacha, ella entonces me descubrió.
-Princesa Amarilis –exclamé yo muy finamente mientras
pensaba si ésta sería tan redicha como mi querida princesa
Liriam-, permitidme que me presente, me llamo Petrusky y soy un periquito
azul del amor, vuestro más rendido servidor.
La princesa tenía una carita breve en la que destacaban sus
grandes ojos entre verdosos y dorados, lindísimos, el cabello
era castaño leonado y lo cubría una cofia, su piel blanca
como la nieve y los labios del color autentico de las rosas, o sea,
rosa. Vestía un traje de brocado color de oro viejo y las mangas
y la blusa que salía de su corpiño, eran del más
fino hilo. Pocas joyas llevaba, pero todas de calidad y buen gusto.
Era una princesa muy bonita, ¿acaso hay alguna que no lo sea?,
pero había en su expresión un no sé qué
de picardía que en cierto modo me sorprendió. No es
normal que una persona en apuros tenga cara de estar pasándoselo
pipa. Su aspecto de languidez me había engañado, debía
estar más aburrida que no triste, ¿que no triste?, muy
raro, ¿verdad?
-Hola, Petrusky –saludó tan pancha y su acento me resultó
vagamente familiar-, te has retrasado, te esperaba mucho antes.
Me quedé de una pieza, todo lo hubiera imaginado menos esto.
-¿Cómo que me esperabas? –le dije tuteándola
de puro sorprendido.
Ella sonrió divertida.
-No creo que lo que te esté sucediendo últimamente sea
muy normal, tú dirás si me equivoco, entonces, ¿por
qué te sorprendes si te digo lo que acabas de escuchar?
Tenía razón.
-De todas maneras, princesa, tienes que reconocer que...
-No lo comprendo, Petrusky, estás aquí, conmigo, después
de recorrer los mares, combatir a los piratas y... y otras cosas,
y aún tienes capacidad para sorprenderte... Te aconsejo que
no me hagas preguntas innecesarias.
-Pe... pero yo venía a salvarte de las maquinaciones del Gran
Senescal –me sentía muy humillado-, eso es lo que...
Amarilis sonrió ahora con ternura.
-Eres un amor, Petrusky... Tú siempre tan dispuesto a ayudar
a todo el mundo, deberían darte un premio... Por eso sabía
que vendrías, porque yo estaba en apuros.
-No entiendo ni torta.
-Mira, no hablemos en plan rompecabezas, que ya bastante complicado
es todo en la presente situación, lo importante es que has
venido porque yo te necesitaba.
-Pero, tú, ¿cómo lo sabías?
-¿Qué estabas en camino? –hizo un mohín
malicioso-Tal vez me lo dijo alguna paloma mensajera.
-Está bien, está bien, me rindo... Aquí estoy,
dime que puedo hacer para salvarte de ese malvado del Gran Senescal.
Ella clavó la aguja en su bordado y me ofreció el dedo
para que me subiese en él, luego se incorporó y llevándome
consigo, acercóse al ventanal que se abría sobre el
fértil valle.
-Fíjate que panorama, no me puedes negar que es magnífico,
¿cierto? ¿Te imaginas aquí una urbanización?
Yo me quedé de una pieza, ¿acaso en sus ratos de ocio
Su Alteza se dedicaba al negocio de las inmobiliarias?, si no, ¿a
qué venía ahora el ponderarme las exquisiteces del paisaje
complementado con una hipotética urbanización?
Resultaba de lo más anacrónico y absurdo.
-Sí, sí, monísimo, las casitas y todo eso...
Ella me observó con aire risueño.
-Sé en lo que estás pensando, que si es el momento de
entrar en acción por qué estoy hablando de una manera
tan estrambótica... Pero, pero no te precipites, amiguito,
lo uno no tiene nada que ver con lo otro... Este reino es muy hermoso,
según puedes apreciar y sería una pena que desapareciese
como tal convirtiéndose en un árido desierto, ¿me
sigues?
De repente se hizo la luz en mi cerebro, que aunque pequeño
sabe pensar.
-Espera, ¿qué sabes tú de Glagól?
Amarilis me lanzó una mirada triunfal.
-Lo sé todo –afirmó despacio-, completamente todo...
Y no deseo que convierta el reino en una isla perdida y desierta llena
de peñascos áridos que sólo azote el viento.
-¿Quieres decir que he llegado a punto de impedirlo?... bueno,
¿qué puedo impedirlo?
Amarilis se puso tan seria y solemne que entonces si parecía
una princesa de esas de trono y baldaquino.
-Puedes... Porque aunque te parezca mentira, tú, pequeño
Petrusky, “puedes cambiar el destino de un reino”.?
¡Toma ya, esto si que... Sopla, es que no tengo palabras!
Con un hilo de voz, estaba impresionadísimo, quise saber:
-¿Y qué puedo hacer yo?... Tengo muchas ganas de ayudar,
pero no sé cómo podré hacerlo a menos que tú
me lo indiques.
-A eso viniste.
-A eso vine... –repetí yo como un eco, ¿realmente
había ido yo allí a que Amarilis me enseñase
como librarla del monstruo?... ¡Ay, caray, vaya lío!
W.24. -10. AMARILIS (2)
Escúchame pues... A primera hora de la tarde va a tener lugar
el torneo... Es decir, no tendrá lugar, según lo planeado
por el Gran Senescal, porque nadie va a presentarse... Declarándose
desierto, no tendré más remedio que casarme con ese
intrigante, justo antes de que mis hermanos lleguen de Tierra Santa
adonde fueron a combatir a las Cruzadas... Glagól lo sabe y
por eso pretende que nos casemos, porque de esta manera cuando regresen
mis hermanos, yo seré reina y si ellos reclaman sus derechos,
el primogénito, y luego, por orden de sucesión, los
demás, los declarará usurpadores por atentar contra
el poder legalmente instituido y los matará.
(Eso sí que era un plan retorcido).
-¡Qué malos!
-¿Quiénes?
-Pues Glagól y el Gran Senescal...
Amarilis volvió a sonreír divertida.
-Mira que eres inocente, Petrusky, ¿es qué no te has
dado cuenta de que el Gran Senescal y Glagól son una misma
persona?
¡Recórcholis, de poco va que me caigo de espaldas al
valle!... ¡El Gran Senescal era Glagól!... ¡Caramba,
caramba, caramba, ¿quién iba a pensarlo?!
-¿Glagól quiere ser rey? –inquirí estupefacto.
-Glagól quiere serlo todo... Le gusta mucho mandar y ser obedecido.
-¡Pero si ya es un mago poderoso!
-No le basta. Él desea hacer y deshacer, siempre a su antojo.
Tuve un momento de duda, ¿sabría Amarilis algo de la
estrella robada? La verdad es que no me atrevía a preguntárselo.
-Me estabas contando que no habrá torneo.
-Si que lo habrá.
-¿Cómo es eso?
-Por que se va a presentar un caballero desconocido que luchará
contra el Gran Senescal, es decir, Glagól, y le vencerá.
Me sentí muy aliviado.
-¡Qué guayses!... ¿Y ya no convertirá el
reino en un desierto?
-No, no lo convertirá.
De repente me vino a la memoria un determinado comentario de Farfor.
-Oye una cosa, a mí me han dicho que lo convirtió en
erial porque algo no le salió como él quería
y se enfadó y...
-Sí, claro, la cuestión es que no le vamos a dar tiempo
de enfadarse.
Me tranquilicé de golpe.
-¡Pues todo arreglado!... Y, dime, ¿dónde entro
yo en esta aventura, en que puedo ser útil, debo llevar algún
mensaje urgente a determinado príncipe encantador o bien se
trata de que parta en busca del campeón invencible?
Amarilis se apartó del ventanal y me condujo frente a un gran
espejo ovalado de plata bruñida, que la reflejaba de cuerpo
entero. El espejo, sobre una base que era una pura filigrana digna
de algún afamado orfebre, se apoyaba sobre el muro que no se
mostraba desnudo sino, todo lo contrario, encortinado de damascos.
-Observa en el espejo –me dijo con aire misterioso, aunque la
risa bailaba en el fondo de sus ojos.
Observé.
En el interior del espejo, al lado de Amarilis, cogiéndole
de la mano estaba un caballero armado de punta en blanco, por cierto
que su armadura despedía destellos azulados, con yelmo y celada
sobre el rostro y una amplia banda azul celeste cruzándole
el pecho, era un caballero alto y fuerte y en el penacho de su casco
ondeaban también plumas azules.
Acostumbrado como me hallaba a las cosas mágicas, supuse que
el espejo debía reflejar el pasado y que aquella visión
pertenecía a cierto enamorado secreto de la princesa Amarilis,
quien, avisado a tiempo, llegaría raudo a solucionar los problemas.
Me volví hacia la joven y cándidamente le pregunté:
-¿Es éste tu campeón?
Pero, ¡horror!, la princesa había desaparecido, y en
su lugar había un gato blanco y pardo...
¡LILÍ!
¡ERA LILÍ, LA MISMÍSIMA LILÍ!
Creí que me daba algo. ¿Qué significaba todo
aquello?
-¡Lilí, demontre, ¿qué haces aquí
tú?!... ¿Y dónde está Amarilis?
Lilí se contoneó satisfecha.
-Sigue mirando el espejo, so tonto.
Hice lo que indicaba y allí estaba a mi lado Amarilis otra
vez sonriendo muy divertida al lado de su caballero.
Desvié la mirada al suelo y Lilí continuaba ahora sentadita
en el lugar que había ocupado la princesa. Volvía mirar
el espejo y el reflejo de Amarilis me guiñó un ojo picarescamente,
de nuevo contemplé el suelo... cayendo en la cuenta de QUE
YO MIRABA A LILÍ DESDE LO ALTO sin volar ni estar apoyado en
la mano de nadie... Y entonces me repasé a mí mismo
de arriba abajo y de poco que no doy contra el pavimento desmayado,
al descubrir que el caballero que tan gentilmente le daba su diestra
a la princesa era yo en persona. Con un movimiento de terror involuntario,
levanté la celada del yelmo y pude contemplar por fin mi nuevo
semblante, un rostro humano. Los poderes mágicos del mundillo
en el cual me desenvolvía ahora me habían transformado
en un hombre, debo reconocerlo, bastante agraciado por cierto ya que
recordaba al Mel Gibson de sus primeros tiempos.... Y ese era yo,
el paladín de la princesa Amarilis... A todo esto, ¿cuál
era la identidad verdadera de la susodicha princesa?
-¡Miau! –maulló dulcemente Lilí desde el
suelo- ¿Muy asombrado, sir Petrusky?
W.25.
-11. EL CABALLERO AZUL DEL AMOR (1)
Un revuelo inesperado en el extremo opuesto del campo, le hizo volver
la cabeza con sorpresa, siendo ésta compartida por todos la
concurrencia, y no era para menos, ya que un gallardo caballero de
brillante armadura, yelmo calado, banda azul celeste cruzándole
el pecho a modo de enseña y penacho de igual color ondeando
sobre su casco, avanzaba sereno y altivo montado en un corcel blanco
como el mismísimo Pegaso, mientras en el guantelete de su diestra
empuñaba una lanza que semejaba estar hecha de plata por lo
que destellaba bajo el sol.
Los asistentes al acto, dejaron escapar un largo ¡Oooooooooh!,
de asombro y también, ¿por qué no?, de oculta
esperanza.
Amarilis, que no dejaba de juguetear con el rico joyel que llevaba
prendido al pecho entre sartas de perlas que rodeaban su esbelto cuello,
observó con impertinencia:
-Me parece, señor, que, por lo visto, aún queda algún
caballero dispuesto a medir sus armas con las vuestras.
-¡Voto a tal! –rugió el disfrazado Glagól,
más esforzadamente dio media vuelta y se lanzó al galope
para encararse con el inoportuno y desconocido caballero.
Una nube de escuderos detuvo el corcel del recién llegado,
y el Gran Senescal, aproximándosele, increpó furioso:
-¿Quién eres tú que aquí te presentas
sin haberte anunciado previamente?
A lo que el forastero repuso con altivez:
-Soy el Caballero Azul del Amor, y vengo a romper una lanza a favor
de la princesa Amarilis, a la cual proclamo desde este instante mi
dama y a quien juro defender y por quien juro luchar empeñando
en ello mi preclaro honor de caballero... ¡En guardia pues,
Senescal, que ya el suelo se halla ansioso por abrazarte!
Glagól soltó un bufido que ponía la piel de gallina
y espoleó su cabalgadura galopando hacia el otro extremo del
campo. Nuevamente los trompeteros hicieron sonar los clarines, el
populacho se animó y los cortesanos también.
El caballero Azul del Amor, libre de la turba obstaculizadora de escuderos,
avanzó solemne hacia el estrado en el cual aguardaba Amarilis,
y así que llegó, quitóse el yelmo frente a la
princesa, descubriéndose entonces su rostro joven, hermoso,
de noble expresión y coronado por negra cabellera –lo
que fue causa de que más de una de las presentes, aristócrata
o plebeya, se dijera callandito: “¡Qué suerte tienen
algunas!-”, pero la mirada que lanzó en dirección
a Amarilis era de auxilio y sólo ella supo captarla, afortunadamente.
Alzándose, la princesa dijo con voz clara y sonora:
-Caballero Azul del Amor, yo te acepto como mi campeón y en
prenda de confianza te entrego este pañuelo con mis colores,
llévalos dignamente.
El caballero Azul del Amor, sin desmontar, se acercó al píe
de los escalones que conducían al estrado y alargó la
lanza, según costumbre, para que Amarilis, la más bella
entre todas las bellas, anudase en él la prenda que ostentaba
sus colores; en apariencia nada más se trataba de un pañuelo
un poco grandote, de esos que sirven como echarpe en ocasiones o para
ocultar el rostro igual que un velo, pero los dos sabían, el
apuesto Caballero Azul del Amor y la encantadora princesita, de que
en realidad de lo que se trataba era de un amuleto destinado a proteger
contra los ardides del pérfido Glagól.
Ceremoniosamente el caballo del esforzado paladín, atravesó
el campo, yendo a colocarse en el otro extremo, frente por frente
al Gran Senescal, cuya negra cabalgadura caracoleaba entre vanidosa
e impaciente. El campeón de la princesa se colocó el
yelmo y Glagól bajó la celada del suyo, ocultando entonces
esos sus ojos tenebrosos, brillantes como ascuas que parecían
despedir rayos mortíferos.
(¡Si las miradas matasen!... Debo confesar que Petrusky se hallaba
sinceramente espantado, pero el Caballero Azul del Amor, de corazón
tan puro como sir Galahad, no podía estarlo).
La multitud contenía el aliento, no todos los días se
disfrutaba de un espectáculo como aquel tan lleno de colorido
y emoción. Por tercera vez se escuchó el sonido de los
clarines, y, a la señal establecida, arrancaron al galope,
lanza en ristre y cabeza en actitud de embestida, los dos belicosos
contrincantes.
¡Potóm, potóm, potóm!, resonaban los cascos
de ambos corceles al golpear desenfrenadamente la arena del campo,
y ¡plok, crash!, hicieron las lanzas al entrar en colisión;
el encontronazo fue terrible, hasta el punto de que ambas lanzas echaran
chispas y se partieran estruendosamente, mas ninguno de los dos quedó
desarzonado –que bien me expreso, ¿no es cierto?-, y,¡hala!,
otra vez a la carga.
Los espectadores, pueblo y nobleza, aullaba a más y mejor y
se puede afirmar, sin miedo alguno a incurrir en error, que era de
alegría, ya que, por primera vez, el Gran Senescal no había
derribado a su rival apenas entrar en liza.
Los escuderos procedieron a entregarles lanzas de repuesto y nuevamente
volvieron a enfrentarse los caballeros y otra vez trastazos, chasquido,
frenazo y lanzas nuevas.
(Yo estaba molido, y me dije para mis adentros que si el jueguecito
de golpazo y tente tieso duraba mucho, no iba a hacer falta que Glagól
me derribase, estaba seguro de que me caería solo y sin menester
su ayuda. ¡Ánimo, Petrusky, me alenté haciendo
de tripas corazón, que a la tercera, dicen al menos, va la
vencida!)
A estas alturas del torneo el público rayaba en el delirio
y se habían empezado a cruzar apuestas. Glagól en tanto,
huelga señalarlo, estaba que botaba, y no es que hablara mucho
pero se le notaba en su forma de galopar y en la manera como enristraba
su lanza al ataque, por supuesto que debía estar preguntándose
que demonios estaba sucediendo.
Se desprendía de la figura de Glagól, como un aura de
malignidad que, aunque invisible se hacía notar, era algo angustioso
y aterrador que calaba en el alma igual que una lluvia helada, o un
hálito ponzoñoso; la verdad, había que ser muy
valiente para enfrentársele.
Ambos contendientes se encararon por tercera vez, ¡ahora o nunca!...
Lo cierto es que el oficio de caballero de torneos no es de lo más
seductor que digamos, pensaba Petrusky en su pintoresco avatar, y
allá va que voy, hala otra vez a repetir: ¡ploff, catacrok
y pumba, plaff!
Los dos rivales se encogieron como un par de jugadores de rugby, las
lanzas se apuntaron mutuamente, los corceles iban a toda máquina...
Amarilis sonreía en tanto jugueteaba con su joyel distraídamente,
la multitud, azul, verde, rojo, amarillo, marrón, blanco, púrpura,
se estremecía en un vaivén de pleamar, como un campo
de trigo que ondulase bajo el viento... Y faltaba menos de medio metro
para que las lanzas entrechocasen horrísonamente, cuando el
Gran Senescal, arrojó veloz su lanza y con la mano libre atrapó
al vuelo un extremo del suntuoso pañuelo de la princesa, largo
igual que una bufanda, lo agarró con sus dedos y tiró
con determinación. Ante aquel gesto inesperado, el caballero
Azul del Amor exclamo algo ininteligible entre dientes... ¡Glagól
podía ser un malvado, pero jamás un estúpido
ya que debía de haber reparado en que su aguerrido contrincante
anudaba cuidadoso, en cada lanza repuesta, el pañuelo con los
colores de la princesa Amarilis, que para eso era un mago y de los
buenos!
(Habría supuesto que allí había gato encerrado,
¡y nunca mejor dicho!)
Estruendosamente, el público se levantó como un solo
hombre, y Amarilis dejó que el rico joyel se escurriese de
entre sus dedos... Luego sobrevino el silencio, un silencio tan denso
que casi parecía un rugido.
¡UNO DE LOS CONTENDIENTES HABÍA CAÍDO AL SUELO
W.26. -11. EL CABALLERO AZUL DEL AMOR (2)
Un revuelo inesperado en el extremo opuesto del campo, le hizo volver
la cabeza con sorpresa, siendo ésta compartida por todos la
concurrencia, y no era para menos, ya que un gallardo caballero de
brillante armadura, yelmo calado, banda azul celeste cruzándole
el pecho a modo de enseña y penacho de igual color ondeando
sobre su casco, avanzaba sereno y altivo montado en un corcel blanco
como el mismísimo Pegaso, mientras en el guantelete de su diestra
empuñaba una lanza que semejaba estar hecha de plata por lo
que destellaba bajo el sol.
Los asistentes al acto, dejaron escapar un largo ¡Oooooooooh!,
de asombro y también, ¿por qué no?, de oculta
esperanza.
Amarilis, que no dejaba de juguetear con el rico joyel que llevaba
prendido al pecho entre sartas de perlas que rodeaban su esbelto cuello,
observó con impertinencia:
-Me parece, señor, que, por lo visto, aún queda algún
caballero dispuesto a medir sus armas con las vuestras.
-¡Voto a tal! –rugió el disfrazado Glagól,
más esforzadamente dio media vuelta y se lanzó al galope
para encararse con el inoportuno y desconocido caballero.
Una nube de escuderos detuvo el corcel del recién llegado,
y el Gran Senescal, aproximándosele, increpó furioso:
-¿Quién eres tú que aquí te presentas
sin haberte anunciado previamente?
A lo que el forastero repuso con altivez:
-Soy el Caballero Azul del Amor, y vengo a romper una lanza a favor
de la princesa Amarilis, a la cual proclamo desde este instante mi
dama y a quien juro defender y por quien juro luchar empeñando
en ello mi preclaro honor de caballero... ¡En guardia pues,
Senescal, que ya el suelo se halla ansioso por abrazarte!
Glagól soltó un bufido que ponía la piel de gallina
y espoleó su cabalgadura galopando hacia el otro extremo del
campo. Nuevamente los trompeteros hicieron sonar los clarines, el
populacho se animó y los cortesanos también.
El caballero Azul del Amor, libre de la turba obstaculizadora de escuderos,
avanzó solemne hacia el estrado en el cual aguardaba Amarilis,
y así que llegó, quitóse el yelmo frente a la
princesa, descubriéndose entonces su rostro joven, hermoso,
de noble expresión y coronado por negra cabellera –lo
que fue causa de que más de una de las presentes, aristócrata
o plebeya, se dijera callandito: “¡Qué suerte tienen
algunas!-”, pero la mirada que lanzó en dirección
a Amarilis era de auxilio y sólo ella supo captarla, afortunadamente.
Alzándose, la princesa dijo con voz clara y sonora:
-Caballero Azul del Amor, yo te acepto como mi campeón y en
prenda de confianza te entrego este pañuelo con mis colores,
llévalos dignamente.
El caballero Azul del Amor, sin desmontar, se acercó al píe
de los escalones que conducían al estrado y alargó la
lanza, según costumbre, para que Amarilis, la más bella
entre todas las bellas, anudase en él la prenda que ostentaba
sus colores; en apariencia nada más se trataba de un pañuelo
un poco grandote, de esos que sirven como echarpe en ocasiones o para
ocultar el rostro igual que un velo, pero los dos sabían, el
apuesto Caballero Azul del Amor y la encantadora princesita, de que
en realidad de lo que se trataba era de un amuleto destinado a proteger
contra los ardides del pérfido Glagól.
Ceremoniosamente el caballo del esforzado paladín, atravesó
el campo, yendo a colocarse en el otro extremo, frente por frente
al Gran Senescal, cuya negra cabalgadura caracoleaba entre vanidosa
e impaciente. El campeón de la princesa se colocó el
yelmo y Glagól bajó la celada del suyo, ocultando entonces
esos sus ojos tenebrosos, brillantes como ascuas que parecían
despedir rayos mortíferos.
(¡Si las miradas matasen!... Debo confesar que Petrusky se hallaba
sinceramente espantado, pero el Caballero Azul del Amor, de corazón
tan puro como sir Galahad, no podía estarlo).
La multitud contenía el aliento, no todos los días se
disfrutaba de un espectáculo como aquel tan lleno de colorido
y emoción. Por tercera vez se escuchó el sonido de los
clarines, y, a la señal establecida, arrancaron al galope,
lanza en ristre y cabeza en actitud de embestida, los dos belicosos
contrincantes.
¡Potóm, potóm, potóm!, resonaban los cascos
de ambos corceles al golpear desenfrenadamente la arena del campo,
y ¡plok, crash!, hicieron las lanzas al entrar en colisión;
el encontronazo fue terrible, hasta el punto de que ambas lanzas echaran
chispas y se partieran estruendosamente, mas ninguno de los dos quedó
desarzonado –que bien me expreso, ¿no es cierto?-, y,¡hala!,
otra vez a la carga.
Los espectadores, pueblo y nobleza, aullaba a más y mejor y
se puede afirmar, sin miedo alguno a incurrir en error, que era de
alegría, ya que, por primera vez, el Gran Senescal no había
derribado a su rival apenas entrar en liza.
Los escuderos procedieron a entregarles lanzas de repuesto y nuevamente
volvieron a enfrentarse los caballeros y otra vez trastazos, chasquido,
frenazo y lanzas nuevas.
(Yo estaba molido, y me dije para mis adentros que si el jueguecito
de golpazo y tente tieso duraba mucho, no iba a hacer falta que Glagól
me derribase, estaba seguro de que me caería solo y sin menester
su ayuda. ¡Ánimo, Petrusky, me alenté haciendo
de tripas corazón, que a la tercera, dicen al menos, va la
vencida!)
A estas alturas del torneo el público rayaba en el delirio
y se habían empezado a cruzar apuestas. Glagól en tanto,
huelga señalarlo, estaba que botaba, y no es que hablara mucho
pero se le notaba en su forma de galopar y en la manera como enristraba
su lanza al ataque, por supuesto que debía estar preguntándose
que demonios estaba sucediendo.
Se desprendía de la figura de Glagól, como un aura de
malignidad que, aunque invisible se hacía notar, era algo angustioso
y aterrador que calaba en el alma igual que una lluvia helada, o un
hálito ponzoñoso; la verdad, había que ser muy
valiente para enfrentársele.
Ambos contendientes se encararon por tercera vez, ¡ahora o nunca!...
Lo cierto es que el oficio de caballero de torneos no es de lo más
seductor que digamos, pensaba Petrusky en su pintoresco avatar, y
allá va que voy, hala otra vez a repetir: ¡ploff, catacrok
y pumba, plaff!
Los dos rivales se encogieron como un par de jugadores de rugby, las
lanzas se apuntaron mutuamente, los corceles iban a toda máquina...
Amarilis sonreía en tanto jugueteaba con su joyel distraídamente,
la multitud, azul, verde, rojo, amarillo, marrón, blanco, púrpura,
se estremecía en un vaivén de pleamar, como un campo
de trigo que ondulase bajo el viento... Y faltaba menos de medio metro
para que las lanzas entrechocasen horrísonamente, cuando el
Gran Senescal, arrojó veloz su lanza y con la mano libre atrapó
al vuelo un extremo del suntuoso pañuelo de la princesa, largo
igual que una bufanda, lo agarró con sus dedos y tiró
con determinación. Ante aquel gesto inesperado, el caballero
Azul del Amor exclamo algo ininteligible entre dientes... ¡Glagól
podía ser un malvado, pero jamás un estúpido
ya que debía de haber reparado en que su aguerrido contrincante
anudaba cuidadoso, en cada lanza repuesta, el pañuelo con los
colores de la princesa Amarilis, que para eso era un mago y de los
buenos!
(Habría supuesto que allí había gato encerrado,
¡y nunca mejor dicho!)
Estruendosamente, el público se levantó como un solo
hombre, y Amarilis dejó que el rico joyel se escurriese de
entre sus dedos... Luego sobrevino el silencio, un silencio tan denso
que casi parecía un rugido.
¡UNO DE LOS CONTENDIENTES HABÍA CAÍDO AL SUELO!
W.27. -12. LA DONCELLA FARFOR (1)
Desde lo alto de su montura, el Caballero Azul del Amor, miró
hacia abajo estupefacto, rebotando entre el polvo y de espaldas, el
cuerpo del Gran Senescal, como una gigantesca oruga negra iba dando
tumbos sujeto de un píe al estribo de su cabalgadura que seguía
a galope tendido. En su mano crispada, dentro de negro guantelete,
el pañuelo de Amarilis recordaba una suave nube de irisado
colorido... Y entonces aconteció algo en verdad prodigioso
y que no entraba en el guión. El estribo del que pendía
Glagól se rompió y éste hubiera caído
cuan largo era sobre la tierra de no ser que el pañuelo de
la princesa dio la impresión de cobrar vida propia y creciendo
desmesuradamente, se convirtió en una especie de sábana
o algo semejante que envolvió prestamente a Glagól cual
si se tratase de una crisálida, la crisálida de una
mariposa monstruosa, y luego, ingrávida, igual que una cometa
o una voluta de humo, ascendió lenta y majestuosa cielo arriba,
arriba, arriba, hasta convertirse en un puntito en el infinito azul,
y aún más arriba todavía, tanto que en el Mundo
Real, siglos después, muchos astrónomos coincidieron
al comunicar una misma noticia: habían detectado un objeto
volador no identificado que subió cada vez más alto
hasta perderse entre las estrellas.
¡Buen viaje, Glagól, buen viaje y no regreses nunca más!
Continúo mi relato en primera persona.
Yo estaba confundido, después de hacer tan elaborados planes
en los cuales tenía que vencer con la fuerza de mi noble brazo
al malvado, hete aquí que no valió de nada tanto ensayo,
y si bien mordió el polvo Glagól, no lo hizo debido
a mis habilidades en la contienda, sino que él mismo, e impulsado
por su innoble astucia, fue el causante de su perdición. Bueno,
de todas formas estaba acabado, pero me hubiese gustado ser yo el
que le venciese, conminándole, con mi espada en su barbilla,
a abjurar de todas sus maldades y a renunciar a sus poderes mágicos,
porque tenéis que saber que si un mago abjura de su condición
de tal, ha de hacerlo pronunciando tres palabras encantadas que son
Licorsag, Capracupis y Artauge, después de esto ya no hay hechicero
que valga. Claro que se me podría objetar que a un mago tan
poderoso como Glagól, si le hubiera dado la gana, hubiese podido
fácilmente escaquearse de mí e invertir los papeles,
pero según me dijera Amarilis, al susurrarme su plan, el primero
que diera con Glagól en el suelo, tenía sobre él
una ventaja de cinco minutos en los cuales el pérfido individuo
estaba a merced de su contrincante hasta el punto que no podía
hacer sino obedecerle en todo.
Apenas el Gran Senescal se hubo convertido en un punto en el espacio
-¡lástima que nunca pude ver la cara que tenía
y así me quedé sin saber en que clase de rostro posee
un brujo!-, la muchedumbre se entregó a un éxtasis de
entusiasmo que me tuvo a mí como protagonista, cosa que no
me molestó en absoluto. Invadieron el terreno del torneo y
me pasearon en hombros triunfalmente como si yo fuera un torero o
el capitán del equipo de fútbol que hubiese ganado la
Eurocopa. En volandas me llevaron al estrado en donde la bella Amarilis
me aguardaba de píe entre los parabienes de sus damas de honor.
Mis fans me dejaron por fin sobre el suelo, y yo, hincando la rodilla
ante Amarilis, le dije, y la lección estaba aprendida de antemano:
-Princesa, os he librado del Gran Senescal y con vos a vuestro reino.
Yo soy el Caballero Azul del Amor, adalid errante de todas las causas
que hayan de ventilarse por medio de la justicia. De esta guisa, os
dejo en libertad y os devuelvo una palabra que jamás empeñasteis
vos sino vuestro opresor. Sed venturosa, princesa Amarilis y esperad
con fe el regreso de vuestros bravos hermanos que hace tiempo emprendieron
el camino de retorno al hogar de sus mayores.
Todos lloraban de emoción, e incluso Amarilis, aferrada a su
joyel de nuevo, pareció sufrir un leve desmayo, tan sólo
unos segundos de privación, y volviendo en sí me dijo
-¡oh, cielos, “esa” no era mi Amarilis!-:
-Campeón singular de la justa, la palabra empeñada fue
por otro, bien cierto es, mas esta princesa puede otorgar su mano
al que le plazca, y, ¿quién es más digno que
aquel venciere al traidor y salvare al reino?
Retrocedí espantado mientras el pueblo berreaba a más
y mejor de júbilo, ¡anda la osa!, ¿qué
narices significaba esto?
La explicación me vino en forma de gato blanco y pardo que
corriendo presuroso, se escurría entre las piernas de los pajes
para alejarse de allí.
¡Lilí me la había vuelto a jugar restituyendo
a Amarilis, a la auténtica –si lo sabría yo que
conocía de sobras el principesco modo de hablar de esas damitas-,
y mientras, ella se evaporaba, ¡genial!, dejándome allí
en medio y ¡hala!, compóntelas como puedas.
Pensé furioso:
“-¡Como la agarre es que la deshago!”
Pero tuve que poner buena cara y sonreír dado que Amarilis
y yo, escoltados por la corte y el populacho, entre vítores
y aclamaciones, nos dirigíamos ya a la capilla real a dar gracias
por el afortunado desenlace del torneo. En ello estábamos,
por mi parte renegando en silencio de haberle hecho caso a Lilí,
cuando pudimos percibir el trotar de unos caballos que por el camino
venían, hueste polvorienta y semi andrajosa que, no obstante,
fue recibida con un estallido clamoroso de gritos de reconocimiento
y alegría.
¡Menos mal, como en los cuentos que bien concluyen, y para alivio
mío, acababan de aparecer los tres hermanos de Amarilis, que
volvían de las Cruzadas por fin, aunque hechos un asco!
La princesa, loca de gozo, corrió a su encuentro, y yo quedé
momentáneamente olvidado, pero la cosa, respecto a mí,
no hubiera pasado de ahí de no ser que la repentina aparición
de cierta cabecita gatuna por entre las hojas de un arbolillo cercano,
me hiciera cobrar nuevas esperanzas.
-¡Chist, chist, Petrusky, acércate!
-¡Te voy a hacer una cara nueva!
-¡Cállate, gruñón, y ven enseguida!
Como había dejado de ser centro de interés, aproveché
acercándome al escondite de Lilí.
-¿Y ahora qué?; tú me dirás que hago yo,
con esta pinta de paladín de causas perdidas, para el resto
de mis días.
-¡Mira que eres exagerado, Petru, anda, dame la mano!
-¿Es que no sabes saltar al suelo sin ayuda?
-¡Qué no se trata de eso, tonto, venga, dame la mano!
Hice lo que me pedía y en el mismo momento que rocé
su patita sedosa, ocurrió el milagro... ¡Volvía
ser Petrusky!... Volaba... y me acurruqué al lado de Lilí
temblando de emoción.
-¿Y ahora qué, periquito cascarrabias?
Le di un cariñoso picotazo en su rosada naricilla.
-¡Menudo susto!... Creía que me iba a quedar para siempre
aquí... Y ya que he hecho mi buena obra, ¿cuándo
nos vamos?
-Cuando usted quiera, caballero –dijo Lilí y dando un
salto desapareció como por ensalmo.
Yo eché a volar.
Supongo que en los anales del reino, liberado del encantamiento gracias
a mí, el recuerdo de aquel día rico en prodigios, quedaría
como la huella de un hecho imborrable y maravilloso, y el Caballero
Azul del Amor pasaría a integrarse en sus leyendas cual una
especie de San Jorge salvador de princesas; era de esperar que en
lo sucesivo, Amarilis tuviera mejor suerte con sus galanes.
W.28. -12. LA DONCELLA FARFOR (2)
Por más que busqué a Lilí no la pude hallar,
daba la sensación de que la tierra se la había tragado.
Sin embargo, ya me hallaba acostumbrado a sus excentricidades, así
que no me inquietó gran cosa. Sabía que en el momento
más inesperado ella podía aparecer tranquilamente tan
oronda, pavoneándose con su enhiesto rabito y la lengua pronta
a soltar impertinencias y a gastarme bromas. Lo que importaba es que
hubiese recobrado mi personalidad porque la perspectiva de pasarme
toda la vida en plan de ser humano no era un proyecto que entrase
en mi modo de concebir la felicidad. Yo he nacido periquito y periquito
quiero ser hasta el fin de mis días, no ambiciono otra cosa.
Hecha esta importante declaración de principios, prosigo.
La isla era verde de nuevo, joven y llena de vida, lo cual resultaba
muy bonito, pero la duda estribaba en si yo permanecía aún
en el pasado, había llegado justo a tiempo para cambiar la
historia, o bien estaba en el presente y mi presente lo constituía
EL DELFÍN, con mis amigos los corsarios, capitán incluido.
Entonces decidí acercarme a la playa para reunirme con ellos,
si es que tenía la suerte de encontrarles, y así razonando,
me apresuré a volar en la dirección prevista, que, por
más verde que hubiera ahora en la isla, no podía haber
cambiado.
De nuevo tropecé con una paloma mensajera... ¡Qué
curioso!, antes iba y ahora venía, parecía muy cansada
y no me hizo ningún caso. Miré hacia abajo, allí
estaba la playa en donde atracáramos; la chalupa y los corsarios
descansaban a la sombra de unos árboles. En cuanto me vieron
agitaron los brazos en señal de reconocimiento.
-¡Eo!
-¡El amigo Petrusky!
-¡Estamos aquí!
Todos menos el Corsario Blanco.
Grité:
-¿Dónde está vuestro jefe?
-Le dejamos charlando con un búho allá arriba, cerca
del camino, antes de que todo cambiara, seguramente debe de encontrarse
allí todavía.
-¡Gracias, voy a buscarle!
Subí en vertical y miré hacia abajo barriendo la zona
ampliamente, pero había allí tantísimo árbol
que me costó un poco descubrir el fin al Corsario Blanco, y
lo logré merced a su vestimenta de anuncio de detergente que
destacaba entre la lujuriosa vegetación. Vislumbrando un puntito
blanco, allá va que fui en plan misil, mas como no estaba preparado
para ver lo que me esperaba, me quedé de una pieza cuando encontré
junto al Corsario a una bellísima doncella vestida con una
flotante túnica de arco iris y que adornaba sus largos cabellos
dorados con una diadema de flores frescas... ¿De dónde
había salido?
Dentro del pequeño calvero, el Corsario Blanco y ella se hallaban
enzarzados en animada charla en el momento de mi aparición.
-¡Petrusky, amigo, has vuelto, estábamos temiendo por
ti!
(Pues no lo parecían ya que se mostraban radiantes de contento).
La desconocida alzó su hermoso rostro hacia mí, tenía
unos ojos inmensos de color gris claro, y extendiendo los brazos a
modo de saludo, exclamó alegremente:
-¡Petrusky, Petrusky, soy yo, Farfor!
¡Caramba, vaya un look, que cambiazo!
Revolotee hasta posarme en la palma de su mano y entonces ella me
dio un beso en la cabecita.
-Querido Petrusky, ¡gracias, gracias, gracias!, a ti te debo
el haber recobrado mi forma humana y nunca podré agradecértelo
bastante, nunca.
¿A mí?... Indirectamente sí que era cierto, pero
quien había devuelto la estrella no fui yo sino Lilí.
Alguien pareció susurrarme dentro del oído: “no
seas tonto, Petrusky”, y suponiendo de quien provenía
el consejo, se desvanecieron mis dudas.
-No me des las gracias, Farfor, era algo que debía hacerse,
y con la ayuda del Cielo, se ha podido realizar.
La doncella desencantada se puso un dedo en los labios pidiéndome
silencio.
-¿Cómo no voy a agradecértelo, Petrusky, si a
ti te debo mi felicidad presente?
Yo me sentía un poco azarado ante tantas muestras de agradecimiento.
-Sí, comprendo, ya no eres un búho...
Farfor tuvo una maravillosa sonrisa de muñequita de porcelana.
-Y no es únicamente eso, Petrusky querido... ¿Te acuerdas
que cuando nos conocimos te conté que había tenido un
sueño en el cual un apuesto joven rubio me dio ánimos
suficientes para huir del castillo de Glagól y del compromiso
que me ataba a su sobrino?
Intervino en ese momento el Corsario Blanco, enlazando a Farfor por
el talle, muy feliz.
-Y recordarás asimismo, como yo te hablé de otro sueño
mío, de un sueño imposible, que tú pudiste tomar
como tal, sin saber que si yo hablaba de “sueño”,
quería decir eso “sueño”...
De golpe y porrazo se hizo la luz en mi cerebro y me quedé
de pasta de boniato.
-No me iréis a decir...
Ambos rieron dichosos.
-En efecto, Petrusky, en efecto –repuso él-, yo tuve
un sueño y Farfor estaba en ese sueño... Soñé
que una hermosa joven era obligada a casarse en contra de su voluntad
con un pretendiente impuesto... La amé en cuanto la vi y le
dije que huyera porque estaba seguro que si escapaba nos encontraríamos...
Como tal así ha resultado... Mas era un sueño y me dije
mil veces cuán absurdo es creer en que los sueños lleguen
a convertirse en realidad saliendo de su mundo de ilusión...
Sin embargo, me equivocaba, según se puede comprobar, ¿no
te parece?
W.29. -12. LA DONCELLA FARFOR (3)
Farfor parpadeó tímidamente, recordando por un instante
el búho que había sido.
-Yo estaba segura, creo en los sueños, ellos siempre anuncian
nuestro destino.
-Pero, ¿y el mar, Cosario Blanco?
El Corsario Blanco, con la mujer de sus sueños -y muy cierto
era-, al lado, semejaba vivir en un mundo diferente.
Replicó:
-En los Mares Templados existe una isla que me pertenece, en esa isla
tengo mi hogar, y allí pensaba yo retirarme algún día
si la suerte me amparaba al evitarme el perder la vida en cualquier
contienda... Pero ahora las cosas han cambiado, llevaré a mi
esposa a esa isla y, como le prometí, seremos felices por siempre.
¡Pues sí que había ido todo deprisa, si hasta
ya se hablaba de boda!
-Los siete mares te echarán de menos, Corsario Blanco, aunque,
desde luego me alegro mucho por vosotros dos... Se terminaron las
batallas y los peligros –súbitamente algo me vino a la
memoria-. Oye, siempre te quise hacer una pregunta, ¿qué
diferencia existe entre un pirata y un corsario?
(Ya sé que es una bobería, pero era cosa que me intrigaba).
El corsario sonrió amablemente.
-Muy sencillo. El pirata ataca a los barcos y los desvalija por cuenta
propia mientras que el corsario intercepta los navíos e incauta
las mercaderías en nombre del país cuya bandera lleva.
-¿Y eso es legal? –interrogué con gesto de incredulidad.
-¡Naturalmente, forma parte de los negocios del mar! –repuso
él, satisfecho de haber podido aclarar mis dudas.
-¡Ah, negocios, vale, vale!
Farfor y el Corsario Blanco se casaron en la maravillosa isla que
éste último poseía en los Mares Templados.
(Por cierto, que antes de contraer matrimonio, Farfor quiso cambiar
de nombre, ya que el tal le recordaba una parte de su pasado que más
prefería olvidar, y eligió, acertadamente, el de Flor,
que viene sonar lo mismo, aunque con diferencia).
Según ya es presumible imaginarse, asistí a la boda
y además en calidad de padrino; Flor insistió en ello.
Los corsarios les regalaron a los novios un arcón lleno de
perlas que daba gloria ver, y a la salida de la iglesia, en lugar
de la tradicional lluvia de arroz, un viento suave y juguetón,
sobrino tercero del Gran Viento que era mi amigo, cubrió a
todos los presentes con un ligero y fragante manto de flores campestres.
La joven desposada se emocionó mucho y sólo yo supe
la causa.
Después vinieron unos felices días de ociosidad en los
que deambulé a mi antojo por la isla... ¡Ah!, por cierto,
tengo que decir que los bravos corsarios de EL DELFÍN, se quedaron
con su jefe renunciando también a las contiendas navales en
pro de un bien ganado descanso, y así la isla se convirtió
en un lugar perfecto en donde todos vivían dividiendo su trabajo
entre los campos y la pesca. Con el tiempo, no me cabía ninguna
duda, aquella isla sería un pequeño emporio de riqueza
y comercio, sabiamente gobernada por el Cosario Blanco.
Ya, ya, no olvidaba que tenía que volver a casa, pero luego
de tanto soponcio y aventura desmadrada, resultaba de lo más
agradable el haraganear sin rumbo y sin sobresaltos, yendo de aquí
para allá, siendo bien recibido allí donde me presentase
y respetado y querido por todos, ¡qué caray!, yo también
tenía derecho a unas vacaciones, ¿o no?
Cierta tarde que sobrevolaba la isla como quien da un paseo, sintiéndome
cansado, decidí aprovechar el reposo que una nubecilla baja
me ofrecía y, sin pensármelo dos veces, me arrellané
en su algodonosa superficie, instalándome tan cómodamente,
que a poco me entró el sueño quedando profundamente
dormido allí mismo, tan y tan profundamente, que, cuando desperté,
flotaba en el cielo, sobre el mar infinito, sin saber en que lugar
me hallaba..
¡Heme ahí, pues, convertido en naufrago del espacio!
Como es lógico me asusté muchísimo, pero luego,
decidido a no amilanarme, emprendí el vuelo en dirección
hacia donde el sol se pone porque mi instinto de pájaro me
decía que por allí debía encontrase tierra firme,
y era verdad, me guiaba la intuición y también algo
más, algo que yo ignoraba en aquellos momentos y que se denomina
la voz de la sangre.
W.30. -13. ATERRIZO EN AUSTRALIA (1)
No tardé en avistar tierra firme y la línea era tan
extensa que aquello no podía ser precisamente una isla.
Por suerte para mí tuve la fortuna de aterrizar en un lugar
costero, limpio de trazas urbanas y bastante solitario.
Esquivé a cormoranes y gaviotas, demasiado ávidos de
comida para ser buenos anfitriones, y me introduje en vuelo alto en
el interior del continente australiano.
¿Qué cómo supe que lo era?, lo supe, sencillamente.
¡Petrusky, el periquito trotamundos, acababa de llegar a su
hogar ancestral!
Me producía una sensación de vértigo surcar por
los cielos de mi país y ello no era debido a la altura, sino
a la emoción. Cierto que el paisaje recordaba mucho a la isla
desértica, hechizada en tiempos por el ex mago Glagól,
de ingrata memoria, pero la diferencia estribaba en que esta vida
era real y de que de vez en cuando, entre el polvo rojizo y las extensiones
vacías, surgía algún bosque de eucaliptos apenas
balanceando sus afiladas hojas en la brisa.
De improviso, casi me detengo en pleno vuelo, hazaña de por
sí difícil, una algarabía muy familiar resonó
en mis oídos a través de la distancia y pude advertir
como cientos de periquitos parecían jugar al escondite entre
las ramas de uno de esos bosquecillos... ¡Periquitos!
Pudo más el corazón que el raciocinio y, sin pensarlo
dos veces, me escabullí para abajo con la celeridad del rayo.
Pronto los eucaliptos vinieron a mi encuentro y con ellos el mundo
poblado de sus ramas, ¡y qué gran variedad y esplendor
de coetáneos hallé entre su follaje!
(Al llegar aquí quiero hacer un comentario que considero importante,
es algo similar a lo que algunas veces se coloca a píe de página
bajo el epígrafe, “NOTA”; este capítulo
podía habérmelo saltado, omitiéndolo lisa y llanamente,
y nadie se hubiera percatado, mas si he decidido incluirlo es debido
a que lo que en el se relata sirve para comprender hechos posteriores
de una gran trascendencia, al menos para mí que soy el prota
de la historia).
Había montones y montones de periquitos de todos los colores
y edades. Amarillos, verdes, malva, blancos, e incluso rosa, aparte
de azules, por supuesto, y aunque el periquito autóctono es
solamente verde y nada más, se puede deducir que la colonia
estaba integrada por muchos tránsfugas de la civilización,
periquitos que, como en mi caso, procedían de cruces y experimentos.
Muy impresionado, me detuve en el vértice de una rama y contemplé
a la alada muchedumbre periquil con el respeto y la emoción
que en todo ser bien nacido provoca el encuentro con los miembros
de su clan.
Ante mi irrupción, por un instante, todos enmudecieron –y
ya es portentoso el hecho-, luego la algarabía redobló
en intensidad y un periquito de noble porte y añejo color verde,
cuyo pico evidenciaba edad y sabiduría, se me acercó
en tanto los demás gritaban alborotadamente:
-¡Ha llegado un periquito, ha llegado un periquito!
Lo cuál no deja de ser un contrasentido ya que allí
lo que más abundaba era eso sin lugar a dudas: periquitos.
-Buenos días, recién llegado, ¿vienes de muy
lejos... Yo soy Warramenga, el patriarca de este enclave, ¿puedo
saber tu nombre?
Carraspeé pues era la primera vez que me dirigía a alguien
que siendo de mi propia especie, fuese un personaje de calidad.
-Noble anciano, vengo de muy lejos y me llamo Petrusky...
Warramenga el patriarca, giró la cabeza y llamó en voz
alta, interrumpiéndome:
-¡Kopek!
Al instante, un periquito joven, de color verde claro, se aproximó
deslizándose por el tronco del eucaliptos.
-Señor Warramenga –dijo respetuosamente.
-Kopek, tú sabes ruso y el recién llegado se llama Petrusky,
será mejor que hagas de traductor.
¡Recórcholis nunca hubiese llegado a imaginar que hablaba
tan mal el idioma de mis antepasados!
Kopek se encaró conmigo con aire muy satisfecho.
-Priviet, mi sobut Kopek, ya studienski ruski.
Me quedé viendo visiones, ¿qué me explicaba aquel
periquito?
-¿Perdón?
Kopek, muy ufano, repitió su perorata.
Al comprobar mi desconcierto, Warramenga intervino.
-¿No entiendes el ruso o es que Kopek no lo habla bien?
-¡Es qué yo no soy ruso –protesté-, mi ama
me puso ese nombre en recuerdo de un periquito que había tenido
cuando era niña!
-¡Acabáramos! –exclamó Kopek ligeramente
molesto- Yo tampoco soy ruso pero mi amita estaba estudiando este
idioma cuando me compró y de tanto escuchar las lecciones de
las cassettes, lo aprendí... Soy un periquito políglota...
–añadió con orgullo- ¿De dónde vienes?
-Vengo del otro lado del mundo y hasta el presente desde que emprendí
este viaje, he vivido mil y una aventuras a cuál más
increíble.
Los periquitos me rodearon bulliciosamente; siempre contribuye a animar
las reuniones el viajero trotamundos que mucho ha visto.
-¡Cuenta, cuenta! –clamaron todos mientras se arrellanaban
cómodamente a mí alrededor.
W.31. -13. ATERRIZO EN AUSTRALIA (2)
Warramenga se puso serio.
-No seais descorteses, Petrusky viene de muy lejos y tal vez se encuentre
cansado y no tenga muchos deseos de relatar sus aventuras. Quizás
tenga hambre y quiera comer primero o beber.
-No, muchas gracias –repuse eufórico-, ni estoy cansado
ni tengo ahora mismo ese tipo de necesidades y muy gustosamente os
contaré mis aventuras.
¡Era emocionante, tanta audiencia para mí sólo,
ni que estuviese dando una rueda de prensa!
Empecé a hablar y se hizo el milagro de que la grey periquil
enmudeciera y únicamente se escuchase mi vos en el bosquecillo
de los eucaliptos.
Tanto y tanto hablé que descendió la noche sin que nadie
se diera cuenta y yo seguía narrando mis aventuras. Por fin
concluí, cuando las estrellas comenzaban a palidecer, pero
nadie daba muestras de fatiga ni de sueño. Todos, pendientes
de mi relato, a su término, me contemplaron con un respeto
y una admiración, que, francamente, me llenó más
de merecida satisfacción, que no de hueca vanidad.
Warramenga me dijo con voz tomada por la emoción:
-Hoy es un gran día para la historia periquita; hemos tenido
el honor de conocer a un héroe de leyenda...
(¡Cielos, cómo me hubiese gustado que Lilí hubiera
escuchado aquello!)
-¡Oh, no, no soy ningún héroe, las circunstancias
de la vida, nada mas!...
Pero me interrumpió un cálido aplauso de homenaje.
Kopek tomó a palabra.
-De aquí a poco comenzará el alba y nuestro huésped
debe de estar muy agotado, propongo una cena ligera para que reponga
fuerzas, y todos comamos también algo, y bebamos, y luego podríamos
retirarnos a descansar, si os parece bien.
Se aceptó la propuesta e hicimos lo que entre los humanos suele
denominarse “una cena fría”.
(Por cierto, exquisita,; sólo entonces me di cuenta de que
estaba sin probar bocado desde hacía muchas horas).
Antes de que escondiera la cabeza bajo el ala, Kopek, acurrucado a
mi lado, me guiñó un ojo a punto de hacer lo mismo que
yo, susurrándome somnoliento:
-Mañana te enseñaremos los alrededores, y quizás
un poco más si no te importa volar. Supongo que te gustará
ver algunos canguros, y, sobre todo a un ornitorrinco.
-¿Un ornitorrinco?
Me dormí.
A la mañana siguiente, toda una guardia de honor, Kopek incluido,
me escoltó por aquellas tierras lo mismo que se hace con los
personajes ilustres cuando éstos van de visita a otros países.
En las cercanías –ver canguros y ser presentado a un
ornitorrinco solitario y cascarrabias que no dio señales de
quedar muy impresionado ante mi pregonada fama-,el venerable patriarca
Warramenga nos acompañó, pero cuando los más
jóvenes propusieron llevarme en gira turística por el
interior, Warramenga se excusó asegurando que la edad, así
como sus muchas responsabilidades periquitas, le impedían unirse
a nosotros, razonamiento que comprendí a la perfección-
Pero no fueron ni cinco, ni seis, ni veinte los periquitos que decidieron
acompañarme en el viaje –un vuelo de nada, afirmaban
ellos-, sino muchísimos.
Variopintos y alegres, recordaban una ruidosa nube que no obedeciera
al viento, y Kopek a mi lado, muy orgulloso,, pues se había
arrogado a sí mismo el título de guía oficial,
lo cual, lo capté rápidamente, pareció desatar
algunas pequeñas envidias.
Volamos sin pausas bajo un sol de justicia, por aquella parte del
planeta la capa de ozono está hecha un trapo agujereado, y
yo veía desfilar debajo de mí extensiones enormes de
terreno desértico y reservas forestales muy bien cuidadas,
¡ojo, que Australia no es sólo desiertos sin más!;
tenéis que saber, ciudades aparte, que este novísimo
continente posee amplias zonas forestales, parques o reservas protegidas
en las que abundan los árboles, lagos, cascadas... Sí,
yo también lo ignoraba hasta que lo comprobé en aquel
vuelo, que, para que lo sepáis, duró varios días
y en el cual viví unas cuantas aventuras que si no os relato
es porque nada tienen que ver con el asunto de la estrella perdida,
doncellas encantadas y ladinas princesas Amarilis, pero que algún
día, si me encuentro con el humor apropiado, y si vosotros
deseáis seguir escuchándome, tal vez me decida a narraros
ya que estuvieron de los más guay.
Mis nuevos amiguetes no querían que me perdiese nada de nada
y entre idas y venidas, me llevaron a visitar, entre otros lugares
maravillosos, el imponente macizo de Ayers Rock, que se me antoja
debéis de haber visto en alguna película filmada en
Australia. Ayers Rock es una roca inmensa, prácticamente una
montaña, cuyo diámetro es de 8 kilómetros, se
dice pronto, ¿no?. Los aborígenes la llaman Uluru y
para ellos era un monte sagrado, y digo bien “era” porque
ya quedan pocos nativos de raza australiana auténtica. Siendo
su tonalidad siempre rojiza, cambia con la luz al paso de las horas
hasta cobrar un intenso color carmesí en el crepúsculo
–yo estuve allí y lo vi-, y cuando llueve –esto
no lo vi-, reluce como si la veteasen hilos de plata, según
me describieron las parlanchinas huestes periquitas.
Este lugar, Ayers Rock o Uluru, fue conocido como Tiempo del Sueño
o los Sueños, en épocas en las que sólo los indígenas
de Australia eran sus amos y señores... ¡Y qué
de leyendas curiosas y fantásticas me contaron porfiando entre
ellos a ver quien me sorprendía con otra aún más
misteriosa y fascinante!; Uluru está lleno de cuevas y cuenta
con un manantial mágico –ahora son unas fuentes termales-,
del que se dice, que, en tiempos, fue la sangre de un guerrero kunia...
Por que hay leyendas que hablan de batallas entre los hombres canguro
y los hombres serpiente, en el remoto y casi olvidado Tiempo del Sueño,
cuando el lagarto Kandju llegó hasta Uluru en busca del bumerang
que había perdido, y, más, más, todavía
más, como por ejemplo, que el Tiempo del Sueño es el
comienzo de todo, cuando los Dioses y los hombres-animales cantaban
creando el Mundo... ¿No es fantástico?... Entonces empecé
a comprender la causa de que las hadas, en un detalle muy delicado,
me sugiriesen que cantara, ¡lo que ellas no supieran!
W.32. -13. ATERRIZO EN AUSTRALIA (3)
Bueno, a mi regreso, si me había marchado en plan héroe
volví en el de súper héroe. Los compañeros
no cesaron de cantar mis alabanzas a quien quisiera oírlas,
que fueron todos los que se habían quedado, y el venerable
Warramenga, en un impresionante acto multitudinario, declaró
que mi nombre quedaría por siempre integrado en los anales
del pueblo periquito... La verdad, yo estaba que reventaba de felicidad
y todo me parecía un sueño, de aquel inexperto Petrusky,
al que una traviesilla Lilí había precipitado en el
País del Cuadro, hasta el Petrusky trotamundos y curtido aventurero,
cuántas cosas habían llegado a suceder sin que casi
ni nos diéramos cuenta... Sí, en efecto, todo remedaba
un sueño. ¿Qué podía quedarme más
por vivir en plan heroico?, pues no lo sabía.
-¿Te ha gustado tu patria? –me preguntó Warramenga
cuando de nuevo pudimos estar un poco aislados y casi en privado.
-Es impresionante –dije con sinceridad-, tan grande, y luego
las rocas enormes, como plantadas en medio del desierto... Me siento
muy orgulloso de ser australiano.
Visiblemente complacido, Warramenga quiso saber:
-¿Te gustaría quedarte a vivir aquí?
Al oír esto, súbitamente, desperté. Yo estaba
en Australia, me sentía a gusto en el solar de mis antepasados,
pero... en el otro extremo del planeta, en una pequeña casa
en el corazón del bosque, cerca de un pueblo como existen a
docenas diseminados por todo el mundo, vivían tres personas
a las que yo quería y ellas a mí: Papá, Mamá
y la Niña...
No, no podía desaparecer así, sin más, ellos
lo estarían pasando mal, me echarían de menos, sufrirían
por mi ausencia.
-Señor Warramenga –dije entonces al patriarca-, me gustaría
mucho, pero tengo un hogar que me espera y unos amigos que nada saben
de mí y a estas alturas deben de creerme muerto... tengo que
volver... Ya es hora de que regrese a casa.
Warramenga, apesadumbrado, respondió:
-Sea como dices, aunque lo lamento sinceramente... Pero no te olvides
de nosotros y, si puedes, regresa algún día... Siempre
serás muy bien recibido.
Quiero comentar ahora algo, antes de que finalice el capítulo.
Entre tantas idas y venidas, visitas, aventuras, etc., etc., ya desde
el momento de mi llegada, había creído vislumbrar, bien
que de lejos, una especie de sombra fugitiva de color azul, que daba
la impresión de espiarme en la distancia, pero cuando el aturdimiento
de tanta vorágine empezó a pasárseme, hube de
fijar mi atención en la huidiza sombrita y no pude por menos
de quedarme atónito ante la imponderable belleza de una periquita
azul cobalto como yo.
-¿Quién es? –pregunté a Kopek y éste,
picaruelo él, me dijo:
-Bonita, ¿eh?... Es hija de una pareja cobalto que vino hace
muchas lunas aquí... Creo que es la periquita más linda
de todo el bosque y aún en muchas millas a la redonda. ¿Quieres
que te la presente?
Me entró una timidez inexplicable.
-No, no, gracias.
-¿Por qué no?
-No sabría que decirle.
Kopek parecía sombrado.
-Dile hola.
-No, no.
Kopek se encogió de alas.
-Como te apetezca, pero tu excusa se me antoja una tontería.
No quise alargar por más tiempo el momento de la despedida,
siempre penoso, y con un emocionado: “¡hasta la vista!”,
-Da svidania, dijo Kopek-, batí alas alejándome, pero
en el último minuto no pude resistirme y volví la vista
hacia atrás: la población periquita en pleno me decía
adiós y en una rama alta, sola, la bella azul cobalto contemplaba
con infinita tristeza mi marcha... ¡Qué hermosa era,
tanto como el hada Falena, claro que en periquito, y entonces, en
ese momento preciso, decidí que llamaría por siempre
Falenita a la encantadora desconocida!
Mas no podía seguir mirando hacia atrás, de lo contrario
hubiera podido darme un trompazo con algo que me saliese al paso inopinadamente,
así es que miré hacia delante con determinación.
¡Los héroes somos así!
W.33. -14. EL PRECIO DE LA FAMA (1)
Volé muy alto y con el rumbo no muy claro porque me hallaba
embargado por la emoción, y a poco me tropecé con un
globito de esos que tienen cara de bicho gracioso y que se regalan
a los niños por su cumpleaños o se les compra en el
parque cuando la familia sale de paseo.
-¡Hola! –me saludó el risueño globo.
-¡Hola! –respondí yo educadamente.
-¿Puedo llevarte a algún sitio?... No me sujetaron bien
y salí volando.
-¿En qué dirección vas?
-Creo que a las estrellas.
Emití un silbido.
-¡Fiiiiiiu!... Demasiado años luz para mí, yo
me voy a mi casa que ya está bien. Hace la tira que falto,
¿sabes?
-Siento no poder ayudarte, ¿está cerca tu casa?
-¡Qué va, muy lejos!
-Entonces te cansarás mucho.
Iba a replicarle que si, pero, por suerte, la memoria me sirvió
de algo.
-Relativamente, sé cantar.
-¿Cantar? –se extrañó el globito.
-Sí, cantar, fíjate bien, escucha y mira.
En así diciendo, empecé una nueva canción y tal
vez cerré los ojos al hacerlo, porque al abrirlos ya no había
globito ni mar debajo de mí. Volaba por encima de un bosque
que me resultaba muy familiar, y en ese bosque, el humo de una chimenea
delataba que allí abajo había una casa, mi propia casa,
¡mi hogar!
Nuevamente pensé: ¿lo habré soñado todo?;
nada parecía haber cambiado, las cosas seguían iguales,
¿iguales?...
Descendí con el corazón latiéndome alborozado,
mas un inesperado factor vino a congelar la alegría del reencuentro.
El jardín estaba lleno de gentes que hablaban a grito e iban
y venían entre cables, cámaras de televisión
y focos. De pronto escuché como una de esas atareadas personas,
decía a voz en cuello:
-¡Señora, señora!... ¿No dijo usted que
era azul el bicho que se les escapó hace 4 meses?
¿Bicho?...¿Cuatro meses?
Por la abierta puerta del mirador, salieron tres figuras en tromba:
Papá, Mamá y la Niña.
-¡Petrusky!
-¡Petrusky!
-¡Petrusky!
Y los extraños:
-¡Cámara 3, fílmales a ellos!
-¡Cámara 2, encuadra al perico!
¡Perico!
-¡Cámara 1, recoge el momento del encuentro!
Mamá gritó muy alterada:
-¡Por favor, no le asusten que puede volverse a escapar!
Oportuna exclamación, porque a punto estaba yo de salir pitando.
-¡Petrusky, caríñin!... –dijo la Niña
alzando sus manos hacia mí.
Me refugié en ellas francamente aterrorizado, ¿qué
diablos estaba sucediendo?
Por fortuna la Niña me cubrió con sus deditos, de lo
contrario no sé si lo hubiera podido resistir, pero escuché
muy desconcertado:
-Bueno, señora, ¡estará usted contenta con la
vuelta del prófugo!
-¡También ha sido casualidad que el perico regresara
hoy!
-¡Mañana completa, ¿eh?!
-¡Por favor, por favor, unas palabras para radio Decibelio “siempre
en el perihelio”!... ¿Qué significa para usted
que el protagonista de su cuento EL GATO CON GAFAS, aparezca hoy aquí,
en el momento en que acaban de otorgarle el premio Internacional de
literatura infantil PULGARCITO EN EL BOSQUE?
¡Conque lo había conseguido!... ¡El cuento presentado
por Mamá a ese concurso tan famoso, resultó ganador!
-No hay palabras para expresar lo dichosa que me siento por el regreso
de Petrusky, con él en casa el premio resulta perfecto.
-¡Señora, permita que filmemos al pájaro!
Papá intervino con amabilidad pero firme.
-Comprendan que el animalito está muy asustado, será
mejor que lo metamos en su pajarera y le dejemos tranquilo.
-¿Y una foto nada más? ¡Piensen que saldrá
en la portada de la revista BUENOS DÍAS TENGA USTED y ser portada
de BUENOS DÍAS etc., equivale a la popularidad más absoluta,
ustedes no lo ignoran!
La Niña se escurrió entre los mayores y metiéndose
velozmente en el interior de la casa, me puso a buen recaudo en mi
querida pajarera, que, por cierto, no estaba en el mirador sino en
el piso de arriba, en una salita de estar. La Niña salió
cerrando con llave.
Suspiré tranquilo, allí nadie me podía molestar.
Sosegué entonces mi animado corazón, bebí unos
sorbitos de agua –mis previsores amos no habían dejado
de abastecer la pajarera en tan larga ausencia-, y me disponía
a relajarme cuando un maullidito que brotaba de detrás de un
sillón, hizo que me girase en redondo, y, ¿sabéis
lo que vi?...
¡Pues lo que nunca me hubiese imaginado que podía verse
en mi casa!
W.34. -14. EL PRECIO DE LA FAMA (2)
De debajo del sillón, salieron tres gatitos, uno negro, uno
blanco y pardo reflejo de una Lilí en miniatura, y el otro
mitad negro y mitad blanco, y los tres, dando muestras de una gran
desenvoltura, se acercaron a mi jaula, sentándose en hilera
delante de mí. Yo les contemplaba como el que ve visiones y
entonces, un maullido adulto se oyó en el alfeizar de la ventana,
que estaba abierta y daba a las ramas de un árbol cercano.
Me volví y la guinda para coronar el pastel estaba allí
en forma de viejo conocido.
-¡Señor Petrusky –dijo Negri obsequiosamente-,
tanto de bueno de verle nuevamente en esta su casa!
-¿Qué... qué... qué es... “esto”?
-¿Esto, ser refiere usted a los niños, tal vez?
-¿Qué niños?
-Bueno, modismos humanos, quise decir los tres cachorritos.
-Sí, eso mismo, los tres gatitos.
-Permítame que se los presente: el negrito es Pici, la blanca
y parda se llama Lilita y el negro y blanco... Ejém, en honor
suyo, señor Petrusky, le llamamos Petru, ¿qué
le parece?
¿Qué me iba a parecer?; casi me da un síncope
de la impresión.
No habían transcurrido cuatro meses, habían pasado milenios
desde que me fuera, ya nada era igual, todo había cambiado...
Los tres gatitos me miraban en silencio con una expresión juguetona
en sus ojitos azules, los tres movían de un lado a otro su
rabito nerviosamente, los tres parecían dispuestos a tomar
por asalto mi pajarera a poco que yo me distrajese.
-¿Y Lilí? –pregunté con desmayo.
-Abajo, señor Petrusky, atendiendo a la prensa... Ahora usted
y ella son muy famosos... Menos mal que ha comparecido usted tan a
punto ara disfrutar de las mieles del éxito... ¿Sabe?
–me dijo confidencialmente-, resulta que el cuento de Mamá
–se me pusieron las plumas de punta al escuchar semejantes confianzas-,
va a ser llevado al cine en un largometraje de dibujos animados, ¿no
le parece maravilloso, señor Petrusky?
W.35. -14. EL PRECIO DE LA FAMA (3)
De repente alguien vociferó desde las ramas del árbol
que daba a la ventana:
-¡Aprovecha ya, saca las fotos, aprovecha que están los
gatos también!
-Pero la gata permanece en el salón. ¡Ojalá pudiéramos
fotografiarla con el perico!
Y dos periodistas gráficos, con riesgo de romperse la crisma,
empezaron a ametrallar con sus flashes.
-¡Marramiau! –maulló Negri con fastidio y los chiquitines
mayaron también más de excitación que de miedo,
pero a un maullido imperioso de su padre, los tres escaparon prestamente
con él, por una gaterita abierta en la puerta del cuarto.
(Más adelante me percataría de que toda la casa estaba
llena de gateras de esa clase):
-¡Lástima que a este bicho no se le pueda entrevistar!
-¡Sí, hombre, ya sólo faltaría!
-¡Oye, que el árbol empieza a crujir!
-¡Saltemos!
¡CATACROK, PLOFF!
-¡Ay, uy, ay!
¡Uy, ay, uy!
-Bueno –me dije para mis adentros-, les está muy bien
empleado por entrometidos.
Pude escuchar un gran revuelo en el jardín y luego los sonidos
se alejaron. ¡ya era hora, por fin tranquilidad!
La gaterita volvió a abrirse sigilosamente y yo me giré
con recelo.
-Hola Petrusky.
-¡Lilí!
Una Lilí guapísima, con un gran lazo azul en el cuello,
me saludó con el empaque regio de toda una señora de
la casa.
Yo empecé a dar botes en la jaula.
-¡Lilí, ¿qué pasa?, ¿qué
significa todo esto?, y no me estoy refiriendo al premio de mamá!
Lilí se sentó cómodamente delante de mí.
-Me sentía muy mal cuando te fuiste y Negri fue tan amable
que se trasladó aquí para hacerme compañía...
A todos les pareció bien...
En eso entró Negri, quien, sentándose al lado de Lilí,
continúo amablemente:
-Ya le dije, en su día, señor Petrusky, que pensaba
establecerme y fundar una familia... Y hete aquí que ya la
tenemos, y bonita, ¿verdad?
-Pero Lilí, ¿qué ha sido de tus poderes mágicos?
–chillé angustiado.
Lilí empezó a lamerse la patita con parsimonia, luego
repuso:
-Al crecer los perdí, por eso le pedí a Laurisilva tres
deseos, uno fue para ayudarte a ti en el caso de Amarilis, después
de todo yo te había metido en esos líos, el otro fue
para que la familia se viera alegrada con mis tres gatitos y el tercero
para que tú regresases y fuésemos por siempre felices
todos juntos...
-¡Lilí!
No puedo negarlo, soy un terrible sentimental. Más derretido
que la cera le dije a Lilí:
-Tienes unos hijitos monísimos.
Lilí tuvo un gesto de preocupación nuevo en ella.
-Malísimos, dirás mejor, son de lo más requetetravieso.
-Bueno –resumí yo con ironía-, eso no me viene
de nuevo.
W.36. -15. FALENITA
No, la historia aún no se ha acabado, aunque lo que resta por
decir ya es muy breve.
Cuando se fueron los periodistas, Papá, Mamá y la Niña,
me devolvieron, con todos os honores, a mi antiguo lugar del mirador.
Y aquella noche, antes de dormir, vimos por televisión el reportaje
de lo sucedió por la tarde, y, cosa curiosa, lo encontramos
muy divertido, supongo que ya se nos habían pasado los nervios.
Esa noche también había luna llena, y yo, aunque por
otros motivos, estaba insomne meditando sobre mis aventuras y se me
antojaba mentira que semejantes lances hubiera llegado a vivirlos
con tanta desenvoltura, pero, sí, no habían sido un
sueño sino una realidad, fantástica pero cierta. En
fin, todo concluye en esta vida y hasta el más audaz aventurero
tiene derecho a retirarse a una existencia apacible.
-¡Miii!...
Maulló quedamente una cautelosa bolita de pelo negro, a los
pies de mi jaula. Contemplé sorprendido a Pici, pues de él
se trataba.
-¡Oye, ¿crees tú que estas son horas para que
un gatito esté danzando por ahí?, anda que si se enteran
tus papás!
Pici no me hizo mucho caso, lógico, y procedió a descerrajar
la puertecilla de mi pajarera.
-¡Chico, ¿qué haces?!
Pici se dejó caer en el suelo del mirador y desde allí
me sacó la lengua.
-¡Hábrase visto mal educado!
-Petrusky...
Una voz que hacía mucho tiempo no escuchaba, resonó
contenida en su estruendo, justo detrás de mí y al volverme
descubrí a un viejo y queridísimo amigo, al Viento,
que asomaba su cara mofletuda y risueña por la entreabierta
ventana.
-¡Viento!
-¡Chissssste!... Calla, Petrusky, y no alborotes; todos duermen
ya, he venido a verte porque traigo algo para ti.
Dulcemente el Viento alargó su mano, soplaba una leve brisa
otoñal, y me mostró lo que en su interior contenía,
o sea una brillante esfera, una burbuja, y dentro de ella, dormida,
la imagen más linda que imaginarse pueda.
-¡Falenita!
-Claro, muchacho, “tu” Falenita.
Sentí que me ruborizaba debajo de mis plumas.
-Pero... pero eso no esta bien, es como un secuestro, ¿qué
diré cuando despierte?
El Viento sonrió bonachonamente.
-Compruébalo tu mismo.
Y en así diciendo, de un soplo, rompió la burbuja. Falenita
se despertó y lo cierto es que no dio muestras de sorprenderse
mucho ante el nuevo escenario que la rodeaba.
-Buenas noches –dije yo sin saber que más añadir.
Falenita parpadeó.
-Hola, Petrusky.
(Tenía una vocecita encantadora).
-Qué, ¿ha... haciendo turismo? –balbucee atolondradamente.
-Petrusky –me amonestó el Viento.
Y Falenita:
-Me gusta tu casa.
-Pues me alegro mucho.
Nuevamente el Viento:
-Petrusky...
Pensé que debía ser educado.
-¿Quieres entrar?
-¡Oh, sí! –replicó Falenita alegremente.
¡¡¡Y ENTRÓ!!!
Ejém, amigos míos, ahora si que puedo aseguraros que
este cuento ha llegado a su fin, porque, como los pueblos felices,
ya no tiene más historias que contar... ¿o si?
Fin
de Los viajes de Petrusky
Reservados
todos los derechos. El contenido de esta obra se halla protegido por
la ley, pudiendo ser castigados con penas de multa, privación
de libertad, e indemnización por daños y perjuicios,
aquellos que reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren
públicamente, en todo o en parte, la presente obra literaria,
fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de
cualquier medio, sin el permiso previo y por escrito de los titulares
del copyright.
|