RESUMEN
DEL LIBRO Y PERSONAJES
Dos
hombres que huyen: el comienzo de la comedia no puede ser más
intenso. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué temen?
¿Quién puede haberlos reconocido? La aparición
de Diana llamando a los criados, el inmediato «¿Llama vuestra
señoría?» De Fabio la sitúa ya en el centro
del espacio teatral, de la acción; no los va a abandonar. La
bellísima condesa de Belflor es dueña y señora
de su casa y de su destino. No tiene ni padre ni hermanos, habituales
guardianes del honor. La pretenden nobles: un primo suyo, el conde Federico,
y el engolado marqués Ricardo, y muchos más; como le dice
Octavio: «¿No hay mil señores que están,
/ para casarse contigo, / ciegos de amor?» (vv. 69-71). Pero ella,
haciendo honor a su nombre, es esquiva, como la diosa; no les hace ningún
caso.
Su destino teatral no va a ser quedar vencida a la postre por el amor
de uno de sus nobles pretendientes. Su antagonista es otro. La lucha
la librará consigo misma. El genio de Lope dejará a solas
a la hermosa condesa con su descubrimiento: el amor por su secretario.
Llegará a él invirtiendo, también, el orden de
los sentimientos: siente celos al ver que es el enamorado de su doncella
Marcela, y así se da cuenta de su amor. Impedir esa relación
y manifestar a Teodoro sus sentimientos sin desdoro suyo va a ser su
inmediata y difícil empresa.
Su situación privilegiada le permite intervenir en esos amores
que quiere romper; su belleza y su poder la convierten en sol hacia
el que enseguida querrá remontarse su secretario. Los obstáculos
se desvanecen, pues, para ese amor que se ha desvelado en la condesa;
pero entonces Diana ve su propia imagen y no puede seguir: se va a convertir
en el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. No soportará
ver cómo se reanuda una y otra vez, después de sus desplantes,
el idilio entre Marcela y Teodoro, pero al mismo tiempo no puede oír
las palabras amorosas de su criado. Le gustaría tenerlo siempre
a sus pies adorándola sin esperanza, sin ojos para nadie más
que ella. Pero los personajes de esta comedia tienen alma y tienen cuerpo,
son seres apasionados, y la fuerza de su deseo se deja sentir en los
versos.
Diana, cuando descubre quiénes son los que huyen al sorprenderlos
de noche en su casa y se entera de la historia amorosa entre su secretario
y una de sus doncellas, se siente arrastrada por una curiosidad malsana,
y como una bóyense de palabras, primero le pregunta a Marcela:
«¿Y qué te dice?» (v. 262); y luego a Teodoro:
«¿Qué le has dicho, por mi vida?» (v. 1049).
Lo que oye es lo que podría decirle a ella cualquiera de sus
nobles pretendientes: «Yo pierdo / el alma por esos ojos»
(vv. 264-265), porque esta comedia no diferencia a Marcela o a Teodoro
de la condesa de Belflor por el lenguaje. Hay dos categorías
de criados, y sólo la última, a la que pertenece Tristán,
hablará y se comportará como tal. Marcela dirá
a solas dos sonetos que bien pudiera haber dicho su señora o
un galán despreciado. Por otra parte, cuando el marqués
Ricardo quiera elevarse en engolados endecasílabos, caerá
en el afectamiento ridículo.
Diana se quedará sola después de aceptar y proteger el
matrimonio de sus subordinados. Su monólogo —un soneto—
apunta sólo una cierta inquietud. Se confiesa la envidia por
ese «bien» ajeno, pero su concepto del honor nos la ofrece
muy convencida de su lugar:
Es el amor común naturaleza,
mas yo tengo mi honor por más tesoro;
que los respetos de quien soy adoro
y aun el pensarlo tengo por bajeza.
(vv. 329-332)
No parece que la confesión de igualarse con la condición
de Teodoro sea más que un deseo oculto de una dama muy consciente
de su condición social: «quisiera yo que, por lo menos,
/ Teodoro fuera más para igualarme, / o yo, para igualarle, fuera
menos» (vv. 336-338).
Pero en seguida veremos que no es así, que su pasión la
domina. Intentará decirle a Teodoro lo que siente con la traza
de una supuesta carta de una amiga enamorada y, al sorprender el abrazo
de Marcela y Teodoro, vendrá su primera reacción violenta
por los celos: encierra a Marcela en su aposento. Aplicará luego
la técnica que Tristán recomendaba a Teodoro para que
olvidara a Marcela, le dirá a su secretario: «sé
yo que en Marcela / hay más defectos que gracias» (vv.1068-1069),
y unos los apunta y otros no los dice. Y además vuelve al tema
de su supuesta amiga «que ha días que no sosiega / de amores
de un hombre humilde» (vv. 1084-1085) y le pide consejo a él.
Lope nos ofrece una escena intensísima llevando a sus personajes
al límite de las palabras. ¿No había dicho Teodoro
«las palabras poco cuestan»? Pues Teodoro aconsejará
que la dama «haga que con un engaño, / sin que la conozca,
pueda / gozarle» (vv. 1125-1127). Pero Diana va más allá,
su «¿No será mejor matarle?» (v. 1129) señala
a Teodoro lo vulnerable que es en su incursión —teórica
aún— en ese terreno. Otras voces de muerte amenazando a
Teodoro resonarán en la obra. ¡Menos mal que es comedia!
Ya en el
acto segundo, la oiremos confesar su amor imposible a Anarda, la criada
que le sirve de confidente (ella fue la que le desveló los amores
que a tal estado la han llevado). No puede aceptar a sus pretendientes
porque no los quiere y sí ama a otra persona: «No los quiero,
porque quiero, / y quiero porque no espero / remedio» (vv. 1613-1615),
como le dice en críptico lenguaje heredado de la poesía
cancioneril. No se atreverá, avergonzada, a confesar quién
es, pero sí la humildad de su condición. Y al mismo tiempo,
hace un alarde de voluntad y decide no querer: «Quien quiere,
puede, si quiere, / como quiso, aborrecer. / Esto es lo mejor: yo quiero
/ no querer» (vv. 1634-1637). En vano, se le avisa —la canción,
el coro— de lo imposible de su empresa, ella confía en
sus fuerzas: «yo sé mi condición, / y sé
que estará en mi mano, / como amar, aborrecer» (vv. 1651-1653).
Pero el escepticismo de Anarda es el del público: «Quien
tiene tanto poder / pasa del límite humano» (vv. 1654-1655).
Tomará la resolución que zanjaría ese loco amor:
elegir a uno de sus pretendientes, al marqués Ricardo, pero lo
hará —mala señal— hablando con Teodoro. Es
un desafío vano al amor y a su fuerza: «Las palabras poco
cuestan». Será otra vez espía ya no de palabras,
sino de acciones. Oculta —escena esencialmente teatral—,
asistirá a la reconciliación entre Teodoro y Marcela y
no soportará ni el abrazo ni oír lo que de ella dicen.
Y se desbordará la furia y la pasión de Diana: hará
escribir al secretario la carta de su propia confesión —«Cuando
una mujer principal se ha declarado...»—, convertirá
su elección de marido en confusión de criado, se confesará
en un bello monólogo —«¿Qué me quieres,
amor?...»— la fuerza de su amor, el poder de los celos;
pero cuando Teodoro se atreva a confesarle su amor, le frenará,
le recordará su lugar. Teodoro no se acobarda y expone con toda
claridad la situación: ella es el perro del hortelano:
Mas viénele bien el cuento
del perro del hortelano.
No quiere, abrasada en celos,
que me case con Marcela;
y en viendo que no la quiero,
vuelve a quitarme el jüicio,
y a despertarme si duermo;
pues coma o deje comer,
porque yo no me sustento
de esperanzas tan cansadas,
que si no, desde aquí vuelvo
a querer donde me quieren.
(vv. 2193-2204)
Y Teodoro seguirá
hasta la confesión que Diana no puede soportar: «Yo adoro
a Marcela, y ella / me adora, y es muy honesto / este amor» (vv.
2216-2218). La condesa pierde los nervios y lo abofetea: es una confesión
pública de su pasión. Teodoro lo sabe ya muy bien: ella
es el perro del hortelano, y lo es porque su amor ha elegido un sujeto
que no conviene a su honor. Y no hay guardián que burlar, no
puede ser dama tracista de comedia. Ella misma es el guardián
de su honra, ella, que no puede no querer a quien no debe. La hermosa
Diana no tiene más elección que la desdicha, y no parece
muy dispuesta.
El secretario, que teme haber sido descubierto por la condesa en su
cortejo nocturno a Marcela, habla con su fiel criado Tristán.
El consejo de éste es rotundo: «dejar de amar a Marcela»
(v. 371), y le aconsejará un camino eficaz (y ovidiano) para
hacerlo: imaginarle defectos. Teodoro, muy seguro de sí mismo
y de su amor, le contestará de forma tan tajante como él:
«En las gracias de Marcela / no hay defectos que pensar. / Yo
no la pienso olvidar» (vv. 503-505). Tristán le advertirá
del riesgo que corre: «Pues a tu desgracia apela / y sigue tan
loca empresa» (vv. 506-507). Ambos se equivocan: Teodoro estará
dispuesto a olvidar a Marcela enseguida porque a cambio tiene nada menos
que una condesa, y la loca empresa no será la que le dice Tristán,
sino otra mucho más audaz: Teodoro va a atreverse a volar con
su pensamiento no hasta el sol, como Ícaro, pero sí hasta
Diana, la luna.
Como galán de comedia —no como criado—, verá
cómo su señora le da a entender su amor, o creerá
verlo, porque hasta el final del segundo acto las palabras de la condesa
quieren situar a Teodoro en tierra de nadie. Y éste no está
dispuesto a aceptar ese lugar; «pues coma o deje comer»
(v. 2200) le dirá a Diana, una vez que le ha desvelado el juego
y su condición.
Pero antes tendrá que moverse por el espacio de la ambigüedad.
Cree interpretar adecuadamente y emprende el vuelo, pero tendrá
que abortarlo porque llega el desengaño: no es lo que él
creía, o lo parece; Diana es inalcanzable, y él, portanto,
no puede aspirar a ser conde. En ese juego de avanzar y retroceder no
es el amor el que le guía, sino la ambición.
No es raro que la dama lleve la iniciativa en la comedia de enredo —basta
pensar en la deliciosa Finea del tercer acto de La dama boba de Lope,
comedia de 1613—, pero en este caso se trata de dar y amagar:
no es posible la réplica por parte del galán. No puede
ofrecerle amparo y el lugar social del honor con su compromiso y sus
palabras, sino todo lo contrario. Desde el comienzo ambos sabrán
que pisan terreno prohibido, pero ninguno de los dos renunciará
al juego.
Una traza
conocida le sirve a Diana para dar el primer paso: los amores de una
supuesta amiga por un hombre humilde. Como Teodoro es su secretario,
Diana elige con tino el camino de la escritura: soneto frente a soneto,
es su primer enfrentamiento:
Hame dicho cierta amiga,
que desconfía de sí,
que el papel que traigo aquí
le escriba; a hacerlo me obliga
la amistad, aunque yo ignoro,
Teodoro, cosas de amor;
y que le escribas mejor
vengo a decirte, Teodoro.
Toma y lee.
(vv. 515-523)
Teodoro se resiste a competir, miente: «Aprender espero / estilo
que yo no sé; / que jamás traté de amor»
(vv. 530-532). Y la pregunta de Diana —«¿Jamás,
jamás?»— viene cargada de sorna y provocación.
Leerá, obedeciendo el mandato de su señora, la supuesta
carta, el soneto «Amar por ver amar envidia ha sido», y
ambos discutirán sobre su contenido. La explicación de
Diana introduce ya una palabra esencial en la obra: el deseo:
Porque esta dama sospecho
que se agradaba de ver
este galán, sin deseo,
y viéndole ya empleado
en otro amor, con los celos
vino a amar y a desear.
(vv. 572-577)
La respuesta
de Teodoro tardará porque, antes de oírla, veremos y oíremos
al engolado marqués Ricardo en sus afectadas octavas reales,
que lo ridiculizan. El público sabe ya que no es competidor,
y está esperando no esas plumas verbales de pavo real vacuo,
sino el duelo apasionado de sonetos que enfrenta deseo a ambición.
Soneto de dama —¿cuándo habló en un soneto
un yo poético femenino? ¡Lope siempre abriendo horizontes!—
leído por caballero y a la inversa. Tiene mucha más intensidad
el de ella, que lleva las riendas del envite: «De los celos mi
amor ha procedido / por pesarme que, siendo más hermosa, / no
fuese en ser amada tan dichosa / que hubiese lo que envidio merecido»
(vv. 555-558). Segura de su hermosura, se está además
declarando: «darme quiero a entender sin decir nada» (v.
563). Ahí está la belleza de esta obra: se dicen las cosas
sin decirse, es el más sutil juego que permite el lenguaje. La
respuesta con un yo poético masculino («Del ser dichoso
me defiendo»), porque Teodoro entiende y acepta el juego, es cauta;
debe serlo: «No digo más, porque lo más ofendo /
desde lo menos» (vv. 765-766). Lope ingeniosamente trueca el reparto
de papeles, porque no hay diálogo posible dentro de las convenciones
sociales; pero los sentimientos no siempre se ciñen a ellas.
Como le dice Diana:
Desde lo
menos aquí
dices que ofendes lo más,
y amando, engañado estás,
porque en amor no es ansí;
que no ofende un desigual
amando, pues sólo entiendo
que se ofende aborreciendo.
(vv. 811-817)
Teodoro, prudente aún, le recuerda los dos ejemplos poéticos
de castigo de la ambición y vanagloria: Ícaro y Faetón.
Pero la condesa le anima a seguir:
Si alguna cosa sirvieres
alta, sírvela y confía;
que amor no es más que porfía;
no son piedras las mujeres.
(vv. 827-830)
Teodoro a solas dirá su primer monólogo, y el público
oirá sus dudas: ¿es o no verdad lo que a él le
parece entender?:
¿Quién pensó jamás
de mujer tan noble y cuerda
este arrojarse tan presto
a dar su amor a entender?
Pero también puede ser
que yo me engañase en esto.
(vv. 841-846)
Si sus palabras son ambiguas, su mirada, su rostro sonrojado no lo eran...
El pensamiento de Teodoro se va ya «tras la grandeza», aunque
además reconoce «que es bellísima Diana» (v.
887).
Laurencio, en La dama boba, decide pasar del cortejo de la inteligente
Nise a la tonta Finea porque, aunque es boba, tiene una sustanciosa
dote, y clara y desvergonzadamente se lo manifiesta a su criado Pedro
después de un monólogo —un soneto— a su propio
pensamiento, «Hermoso sois, sin duda, pensamiento», en donde
ya expone su decisión: «Pensamiento, mudemos de sujeto».
Teodoro acepta en seguida el cambio de una criada por una condesa. Es
el trueque de la mariposa por el sol, que él no busca, pero que
sabe rápidamente aprovechar. No lo vemos dividido entre dos amores,
sino entre una certeza a su medida y una hipótesis en la que
no se hubiera atrevido a pensar.
Al principio su combate lo libra con las dudas. Y no quiere renunciar
a Marcela por palabras dudosas, por nada, en suma; y esa actitud conservadora
paradójicamente le llevará al triunfo. Es muy consciente
de su lugar, y de la distancia que le separa de su señora, la
condesa: «Nunca tan alto azor / se humilla a tan baja presa»
(vv. 949-950) dice cuando se disuelve su primer espejismo. Pero el público
sabe que en este caso así es, y no es un hombre enamorado de
una bellísima gitanilla o de una ilustre fregona —el lector
confía plenamente entonces en que la anagnórisis resuelva
el conflicto—, es una condesa enloquecida por su secretario; realmente
un alto azor que se humilla a una baja presa, pero es ella el azor,
y él la baja presa. Lope juega muy fuerte, casi tanto como sus
personajes, porque el público sabe que, debajo del disfraz —de
secretario, de condesa— están el hombre, la mujer, y el
deseo.
Volverá Teodoro a su Marcela. Le cuesta un poco más convencerla,
pero no mucho; Tristán le ayuda. Pero la escena será contemplada
por la condesa y ésta, en ataque de celos, le hará escribir
su propia confesión amorosa y le recordará lo que él
sabe muy bien: «quien no estima su fortuna quédese para
necio». Es el impulso que necesitaba su vuelo. Hecho Ícaro,
se alza hasta el sol, le confiesa su amor a Diana: «y así
a decir me resuelvo / que te quiero, y que es disculpa / que con respeto
te quiero» (vv. 2155-2157).
Se estrellará otra vez, pero ya no cejará: «viénele
bien el cuento / del perro del hortelano» (vv. 2193-2194). Y la
desafía: «pues coma o deje comer [...] que si no, desde
aquí vuelvo / a querer donde me quieren» (vv. 2200-2204).
Y culmina su provocación con la confesión que más
puede dañar a la condesa: «Yo adoro a Marcela, y ella /
me adora, y es muy honesto / este amor» (vv. 2216-2218). ¡Touchée!
Ha dado en el blanco: los bofetones son la prueba. No queda duda alguna.
Como le dice a Tristán: «está loca /de un amoroso
deseo» (vv. 2268-2269). No le queda más que recordarle
a Diana que ella es quien decide: «Mátame o dame la vida».
Se atreve a mirar cara a cara a su sol, a hablar con palabras sin ambigüedad
a Diana, la condesa de Belflor.
Los dos primeros actos nos han ofrecido un duelo de dos personajes:
Diana y Teodoro, llevados por la pasión y la ambición.
Y ambos han librado una dura lucha con ellos mismos. Diana, entre su
amor y su honor. Teodoro entre atreverse o no a subir tan alto, volando
y no renunciando a sus bienes en el suelo. Pero todo ha sido posible
mientras las palabras les han dado un territorio para la ambigüedad.
Después del bofetón, de tal acción pública
de la condesa, indecorosa para ella («que tan gran señora
/ se pierda tanto el respeto / a sí misma, es vil acción»
—vv. 2286-2288— dirá Tristán), no hay claroscuro.
Como dice Teodoro: «Mátame o dame la vida» (v. 2336).
Pero Diana no puede actuar contra su honor: no hay salida para el conflicto.
Y ahí es cuando Lope deja las riendas de la acción a un
tracista, al gracioso Tristán. Y la comedia, palatina, deja de
ser psicológica para ser totalmente de enredo. Empiezan los disfraces,
las trazas.
Teodoro está en peligro. La vil acción de la condesa hace
reaccionar a los de su clase, uno de los cuales la ha presenciado: hay
que matar al competidor («sea o no sea verdad», v. 2401),
que además les lleva al desdoro; pero a escondidas, claro está.
La deshonra la causa el acto público, reconocible (no la confabulación
oculta). Y el marqués y el conde encuentran al rufián
que les parece adecuado para el encargo: Tristán, que lleva traje
nuevo acorde con la favorecida privanza de su amo. Y él hará
el papel de bravo magníficamente. Los convencerá de su
eficacia, les sacará dinero y... protegerá a su amo. Pero
no acaba aquí su fuerza teatral, su capacidad de representar
papeles, porque va a idear además una traza al ver el estado
en que su amo está.
Ya no es la ambición la que guía a Teodoro: se ha enamorado
de Diana. Ni le asusta el anuncio del peligro en que está: «¡Pluguiera
a Dios que alguno me quitase / la vida y me sacase desta muerte!»
(vv. 2535-2536) le dice a su criado, y es entonces cuando él
le ofrece la posibilidad de encontrar una salida: «Si te diese
/ remedio ¿qué dirás?» (vv. 2542-2543). Lo
que se le ocurre es la solución de tantas situaciones novelescas,
una anagnórisis:
Si fuese
tan ingenioso que a tu misma casa
un generoso padre te trajese,
con que fueses igual a la condesa,
¿no saldrías, señor, con esta empresa?
(vv. 2544-2548)
Ya ha imaginado
cuál: «El conde Ludovico, / caballero ya viejo, habrá
veinte años / que enviaba a Malta un hijo de su nombre [...]
Éste ha de ser tu padre, y tú su hijo, / y yo lo he de
trazar» (vv. 2549-2556). Ahí está el tracista que
crea, como tal, peripecias, que son la esencia de la traza; y, en cambio,
la traza de Tristán es una anagnórisis, que es el otro
elemento que caracteriza la fábula, según Aristóteles.
Lope hubiera podido hacer que la anagnórisis fuese parte de la
fábula y no traza, que fuera verdad y no invención del
criado; pero la originalidad de la obra es que sea así. En lo
único en que interviene el dramaturgo es en hacer coincidir los
nombres de los «hijos», y es además en ese nombre
fiel a su fuente boccacciana.
Tristán se disfrazará de armenio e inventará una
compleja historia llena de peripecias que contará al conde Ludovico,
ansioso de tener un hijo a quien dejar sus bienes. Felizmente éste
sólo aprovechará lo que le interesa: la identidad de su
hijo recobrado. La mujer, el hijo que añade el tracista Tristán
a la historia no le interesan nada, y nadie vuelve a mencionarlos. Sólo
el público se ha reído viendo la compleja historia que
inventa innecesariamente Tristán en su doble papel, de gracioso
y de salvador de su amo.
El padre «recobrado» evita la marcha a España de
Teodoro. Él y Diana habían renunciado a su amor por imposible
y habían aceptado como inevitable la separación. Pero,
cuando todo parece resuelto con la anagnórisis, queda un último
gesto de Teodoro: confesará a la condesa que es traza de su criado
y no verdad la nobleza adquirida; su «nobleza natural» le
impide seguir con el engaño y así decide renunciar a todo
e irse, como antes habían ya decidido. Bello discurso el que
Lope, secretario del duque de Sessa, pone en boca de Teodoro:
Soy hijo de la tierra,
y no he conocido padre
más que mi ingenio, mis letras
y mi pluma. El conde cree
que lo soy, y aunque pudiera
ser tu marido y tener
tanta dicha y tal grandeza,
mi nobleza natural
que te engañe no me deja,
porque soy naturalmente
hombre que verdad profesa.
Con esto, para ir a España
vuelvo a pedirte licencia,
que no quiero yo engañar
tu amor, tu sangre y tus prendas.
(vv. 3287-3301)
Y cuando se esperaría discurso semejante de la condesa, una nueva
transgresión surge. A ella, noble de sangre, le importa muy poco
la nobleza; le gusta el hombre y no está dispuesta ya a renunciar
a él: «el gusto no está en grandezas, / sino en
ajustarse al alma / aquello que se desea» (vv. 3309-3311). ¡Qué
importa si es engaño o realidad! Si hay que matar al autor del
laberinto, se hace. Pero Tristán está en el lugar que
debe en el momento oportuno: lo oye todo. Llegarán a un acuerdo:
el silencio cómplice, el mismo que Teodoro va a pedir al público
como final de comedia.
Lope ha
querido también dar un margen a la ambigüedad. ¿Ese
comportamiento de Teodoro por su «nobleza natural» indica
realmente un origen noble? Tristán y su cómplice Furio
se asombran ante el éxito de su propia empresa y se preguntan:
«¿Cosa que esto verdad sea, / y que éste fuese Teodoro?»,
y Furio: «¿Mas si en mentira como ésta / hubiese
alguna verdad?» (vv. 2901-2904). La nobleza se refleja en el rostro,
así destaca la belleza de la gitanilla cervantina. ¿Será
Teodoro un ejemplo más? «¡Qué gallardía!
[...] ¡Qué real presencia! / ¡Qué bien que
te escribió naturaleza / en la cara, Teodoro, la nobleza!»
(vv. 3113-3116) dirá el entusiasmado conde Ludovico, que ve la
imagen de su mocedad en Teodoro. ¿Está Lope ridiculizando
al conde o introduce la duda en el público? ¿No será
realmente intuición de padre? Lope pudo hacer que así
fuera, no cerró la puerta para que pudiera ser; pero él,
como Sancho, sabía muy bien que cada uno es hijo de sus obras.
Antes del desenlace, oiremos aún una conversación llena
de intensidad y de deseo entre Teodoro y Diana nada más descubrirse
el supuesto origen noble del secretario. Quedan, frente a frente, los
dos personajes, y sus palabras desvelan la fuerza que Lope les ha dado
a ambos, es un diálogo de tú a tú. Dice Teodoro:
Creo
que estás con menos deseo;
pena el ser tu igual te da.
Quisiérasme tu crïado,
porque es costumbre de amor
querer que sea inferior
lo amado.
(vv. 3168-3174)
Y la réplica de Diana es la sentencia definitiva: ella, dueña
ya de su destino, se casa a gusto:
Estás engañado,
porque agora serás mío,
y esta noche he de casarme
contigo.
(vv. 3174-3177)
Y Teodoro, recobrando el leit-motiv de la obra, dirá: «No
hay más que darme; / fortuna, tente» (vv. 3177-3178). Él
se dio cuenta de cuál era su ventura, se alzó para obtenerla,
la consiguió —gracias al ingenio de Tristán—,
no hay más que rogar que pare ya la rueda. Como un eco repetirá
Diana: «No hay más que desear; tente, fortuna, / como dijo
Teodoro, tente, tente» (vv. 3199-3200). Y el conde Ludovico, supuesta
víctima del engaño, ha conseguido también lo que
quería y dice lo mismo: «¡Detenga / la fortuna, en
tanto bien, / con clavo de oro la rueda!» (vv. 3349-3351).
El fin de la comedia recompone, como suele, lo que de otro modo resulta
inevitablemente descompuesto en ese girar la rueda: Marcela casará
con Fabio. A la doncella le dio Lope dos sonetos para lamentarse y un
lenguaje de dama, no de criada (tenía «no poco parentesco»
con Diana, v. 318). Inventó la traza tan común de querer
dar celos a Teodoro con Fabio, a la vez que se vengaba de Anarda, que,
supuestamente enamorada de éste, la había delatado a Diana.
Sufrió vanamente los embates de la tormenta amorosa de Teodoro
y Diana. Sabiamente le dirá al voluble Teodoro que «unos
pensamientos de oro / te hicieron enloquecer» (vv. 1831-1832),
y le advertirá de que «entre el honor y el amor / hay muchos
montes de nieve» (vv. 3004-3005). Por eso perdona una y otra vez,
porque espera que el orden se restablezca; pero está en la comedia
equivocada, en donde el mundo al revés es posible. La rueda de
la fortuna se detiene cuando Fabio ya no tiene motivo para quejarse.
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ESTRUCTURA
Lope
debió de escribir El perro del hortelano poco después
que La dama boba (acabada el 25 de abril de 1613, fecha del autógrafo).
S. Griswold Morley y Courtney Bruerton señalan como fechas extremas
para su composición 1613-1615, y como probable la de 1613.
La supuesta parodia de los versos de la Soledad primera de Góngora
(vv. 721 y ss. en boca del engolado marqués Ricardo) nos lleva
a la segunda mitad de 1613, porque entre mayo y junio empezó
a circular por Madrid el manuscrito de la obra. Aparece impresa la Comedia
famosa el perro del hortelano en los folios1-27 de la Onzena parte de
las comedias de Lope de Vega Carpio, Madrid, Viuda de Alonso Martín
de Balboa, 1618. A partir del análisis de la versificación,
dicen Morley y Bruerton: «Es muy dudoso que tantos versos sueltos
puedan ser posteriores a 1615. Los porcentajes de versos sueltos y romances
coinciden en 1613, y ésa es la fecha probable».
Comedia palatina, o palaciega, porque la acción transcurre en
buena parte —sobre todo los dos primeros actos— en el palacio
de Diana, condesa de Belflor, en Nápoles. A este escenario se
suman las puertas de una iglesia y de una taberna, la casa del conde
Ludovico y la calle, que convierten también en urbana la obra,
especialmente su acto tercero.
Comedia de enredo, Tiene un inicio típico del género con
huida de personajes embozados, pero en seguida adquiere una gran densidad
psicológica por la lucha interior de sus personajes. Tiene nada
menos que diecisiete monólogos. Tres en el primer acto: Diana
dice un soneto; Teodoro, redondillas primero y un soneto después.
Siete en el segundo: Teodoro, décimas y romance; Marcela, soneto;
Teodoro, romance; Marcela, romance; Diana, soneto; y Teodoro, soneto.
Y siete en el tercero: Tristán, endecasílabos sueltos;
Teodoro, soneto; Diana, redondillas en dos ocasiones; Marcela, soneto;
Tristán, romance; y Diana, dos endecasílabos. Bien es
cierto que algunos de los monólogos son muy breves: 5 versos
uno de Teodoro, 7 versos y 2 otros dos de Diana, y 4 y9 versos los de
Tristán, que no son tanto reflexión como modo de que el
público se entere de su acción. Pero si les sumamos los
dos sonetos, ficticias cartas, que leen Teodoro y Diana, y los apartes,
veremos cómo los personajes continuamente reflexionan, porque,
salvo en el tercer acto, poca cosa sucede en la obra.
La obra tiene nueve sonetos , bien es cierto que dos son cartas leídas
(una por Teodoro y otra por Diana, y se supone que la autoría
es la inversa). Diana dice dos sonetos (actos primero y segundo); Teodoro,
tres (uno en cada acto); y Marcela, dos (actos segundo y tercero).
El monólogo de Teodoro en cinco décimas al comienzo del
acto segundo, solo en escena, tras la marcha de la condesa con el séquito
de los criados y de sus pretendientes, es esencial. Marc Vitse, que
lo ha analizado, subraya su elaboración y originalidad; llega
a calificarlo de «joya artística» y lo considera
«una de las más destacadas obras maestras del tan rico
acervo monologal del teatro del siglo XVII».
Hay pocas
acciones, y la mayoría son fingidas, falsas. Diana manda a Teodoro
leer y escribir cartas a una supuesta amiga suya que no existe, se cae
fingidamente para que él le ofrezca la mano, hace que Teodoro
—y él delega en Fabio— anuncie al marqués
Ricardo su elección como marido y luego niega haberlo hecho.
Tristán lleva un papel de Marcela a su señor, pero éste
lo rompe sin leerlo. Teodoro dice a Marcela que su señora quiere
casarla con Fabio, y es una invención suya. De esta forma, las
nimias acciones de la condesa, el encierro de Marcela y el bofetón
a Teodoro, destacan como lo que son: la prueba esencial de su amor por
el secretario.
Todo sucede además en el ámbito doméstico.
En el tercer acto, los dos disfraces de Tristán, de rufián
y de mercader griego, tendrían que haber desembocado en dos acciones
contrarias: la muerte y el nacimiento de Teodoro como noble. Sólo
la última tendrá lugar y además es de nuevo una
falsedad. La comedia está formada, pues, esencialmente por palabras.
Pero a través de ellas, vemos a unos personajes espléndidos
luchando con sus sentimientos, arriesgándose, hasta llegar al
gozoso «fortuna, tente, tente» final.
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